Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2 · Unidad 22 de 25
Epílogo 321 — parte 20
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Tanto Pichicaiun, como Comeñé, tenían nombres muy apropiados; la una se distinguía por una boca pequeñita lindísima; la otra por unos grandes ojos negros llenos de fuego. Ambas estaban en la plenitud del desarrollo físico, y en cualquier parte un hombre de buen gusto las hubiera mirado largo rato con placer.
Me recibieron con graciosa timidez.
Me senté, Ramón se puso á mi lado, su mujer principal y sus hijas enfrente.
Las dos chinitas sabían que eran bonitas; coqueteaban como lo hubieran hecho dos cristianas.
Ramón es muy conversador, no me dejaban conversar con él; el lenguaraz trabucaba sus razones y las mías.
¡Qué maldita condición tienen nuestras caras compañeras!
Con su permiso diré, que son como los gatos: antes de matar la presa juegan con ella.
--¡Spañol! ¡Spañol!--gritó Ramón.--El cautivo blanco y rubio se presentó. Recibió órdenes, se marchó y volvió trayendo cubiertos y platos.
Sirvieron la comida.
Yo acababa de almorzar. Pero no podía rehusar el convite que se me hacía. Me habría desacreditado.
Comí, pues.
El cautivo no le quitaba los ojos á Ramón; éste lo manejaba con la vista.
--¿Cómo te llamas?--le pregunté, creyendo que las palabras ¡Spañol! ¡Spañol! tenían una significación araucana.
--Spañol--me contestó.
--¿Spañol?--repetí yo, mirando á Mora y á Ramón alternativamente.
--Sí, señor, Spañol--me dijo Mora,--así les llaman á algunos cautivos.
--Spañol--afirmó Ramón, que había entendido mi pregunta.
--¿Pero qué nombre tenías en tu tierra?--le pregunté al cautivo.
--No sé, se me ha olvidado; era muy chico cuando me trajeron--repuso.
--¿De dónde eres?
--No sé.
--¡Cómo no has de saber! ¿Te han prohibido que digas tu verdadero nombre y el lugar en donde te cautivaron?
--No, señor.
--Si no ha de saber nada, señor--dijo Mora,--por eso le llaman Spañol, hasta que sea más grande y le den nombre de indio.
--¿Y ésa es la costumbre?
--Sí, señor.
--Pregúntele á Ramón ¿qué quiere decir Spañol?
Ramón contestó.
--Spañol, quiere decir, de otra tierra.
En esto estábamos, cuando el capitán Rivadavia se me presentó, y hablándome al oído, me dijo:
Que Crisóstomo acababa de llegar de Leubucó y que á su salida se decía allí que había habido invasión por San Luis.
Le pedí permiso á Ramón para retirarme, comunicándole la ocurrencia; me retiré, y un momento después el capitán Rivadavia se separaba de mí con una carta bastante fuerte para Mariano Rosas.
Le exigía en ella el castigo de los invasores apoyándome en el Tratado de paz y le decía que en la Verde esperaba su contestación; que á la tarde estaría allí.
Ramón vino á hablar conmigo y me manifestó su disgusto por el hecho; me dijo que había de ser Wenchenao, calificándolo de _gaucho ladrón_ y me preguntó que á qué hora pensaba ponerme en marcha.
Le dije que en cuanto medio quisiera ladear el sol, estilo gauchesco, que vale tanto como después de las doce.
Me hizo presente que entonces había tiempo de carnear una res gorda y unas ovejas para que llevara carne fresca.
Le expresé que no se incomodara, y me hizo entender que no era incomodidad sino deber y que extrañaba mucho que Mariano Rosas me hubiera dejado salir de Leubucó sin darme carne.
En efecto, de allí habíamos salido con una mano atrás y otra adelante, resueltos á comernos las mulas.
Yo había hecho el firme propósito de no pedir qué comer á nadie.
Era una cuestión de orgullo bien entendida en una tierra donde los alimentos no se compran; donde el que tiene necesidad _pide con vuelta_.
Trajeron una vaca gorda y dos ovejas, mandé á mi gente á carnearlas y entramos con Ramón á la platería.
El indio me habló así:
--Yo soy amigo de los cristianos, porque me gusta el trabajo; yo deseo vivir en paz, porque tengo qué perder; yo quiero saber si esta paz durará y si me podré ir con mi indiada al Cuero, que es mejor campo que éste.
Le contesté:
Que me alegraba mucho de oirlo discurrir así; que eso probaba que era un hombre de juicio.
Añadió:
--Yo conozco la razón; ¿usted cree que no me gustaría á mí vivir como Coliqueo?[5] ¡Pero cuándo van los otros!
¡Están muy asustadizos! Es preciso que pase mucho tiempo para que le tomen gusto á la paz.
Yo repuse:
--¿Entonces usted cree que es mejor vivir juntos y no desparramados?
--Ya lo creo--me contestó,--viviendo así tan lejos unos de otros, todos son perjuicios, no hay comercio.
Llegaron algunas visitas. Tuve que recibirlas. Entre ellas venía el padre de Ramón, un indio valetudinario y setentón. Me contó su vida, sus servicios, me ponderó sus méritos con un cinismo comparable solamente al de un hombre civilizado; me dijo que había abdicado en su hijo el gobierno de la tribu, porque Ramón era como él, me hizo mil ofertas, mil protestas de amistad y por último me pidió un chaquetón de paño forrado en bayeta.
Me avisaron que la carneada estaba hecha; mandé arrimar las tropillas y le previne á Ramón que ya pensaba marcharme, á lo cual contestó que yo era dueño de mi voluntad; que cómo había de ser, si no podía hacerle una visita más larga y que iba á tener el gusto de acompañarme con algunos amigos hasta por ahí.
Le di las gracias por su fineza, le manifesté que para qué quería incomodarse, que no hiciera ceremonia, y me respondió que no había incomodidad en cumplir con un deber, que quizá no nos volveríamos á ver.
Yo no tenía qué replicar.
Pensé un momento para mis adentros, que en Carrilobo soplaba un viento mucho mejor que en Leubucó, como que Ramón no tenía á su lado cristianos que le adularan; que era el indio más radical en sus costumbres; el que me había recibido más á la usanza ranquelina, era el que se manifestaba á mi regreso más caballero y cumplido; y acabé por hacerme esta pregunta: ¿El contacto de la civilización será corruptor de la buena fe primitiva?
Sentí el cencerro de las tropillas que llegaban, mandé ensillar y le dije á Ramón:
--Bueno, amigo, ¿qué tiene que encargarme?
--Necesito algunas cosas para la platería--me contestó.
--Yo se las mandaré, y esto diciendo saqué mi libro de memorias para apuntar en él los encargos--añadiendo,--qué son:
--Un yunque.
--Bueno.
--Un martillo.
--Bueno.
--Unas tenazas.
--Bueno.
--Un torno.
--Bueno.
--Una lima fina.
--Bueno.
--Un alicate.
--Bueno.
--Un crisol.
--Bueno.
--Un bruñidor.
--Bueno.
--Piedra lápiz.
--Bueno.
--Atíncar.
Ramón había ido enumerando las palabras anteriores, sin necesidad de lenguaraz, pronunciándolas correctamente.
Al oirle decir atíncar, le pregunté:
--¿Atíncar?
--Sí, atíncar--repuso.
--Dígame el nombre en lengua de cristiano.
--Así es, atíncar.
Iba á decirle: ése será el nombre en araucano; pero me acordé de las lecciones que acababa de recibir, de mi humillación en presencia del fuelle, de mi humillación ante doña Fermina, discurriendo como un filósofo consumado y en lugar de hacerlo, le pregunté:
--¿Está usted cierto?
--Cierto, atíncar es, así le llaman los chilenos; y esto diciendo se levantó, se acercó á la fragua, metió la mano en un saquito de cuero que estaba colgado al lado de la horqueta de una tijera del techo, y desenvolviéndolo y pasándomelo, me dijo:
--Esto es atíncar.
Era una substancia blanquecina, amarga, como la sal.
Apunté _atíncar_, convencido que la palabra no era castellana.
En cuanto llegué al Río 4.º, uno de mis primeros cuidados fué tomar el diccionario.
La palabra _atíncar_ trotaba por mi imaginación.
Atíncar hallé en la página 82, masculino, véase: _bórax_.
--¡Alabado sea Dios!--exclamé.--Yo sabía lo que era bórax; sabía que era una sal que se encuentra en disolución en ciertos lagos; sabía que en metalurgia se la empleaba como fundente, como reactivo y como soldadura. ¡Loado sea Dios!--volví á exclamar,--que así castiga sin palo ni piedra.
Tanto que declamamos sobre nuestra sabiduría, tanto que leemos y estudiamos.
¿Y para qué?
Para despreciar á un pobre indio, llamándole bárbaro, salvaje; para pedir su exterminio, porque su sangre, su raza, sus instintos, sus aptitudes no son susceptibles de asimilarse con nuestra civilización empírica, que se dice humanitaria, recta y justiciera, aunque hace morir á hierro al que á hierro mata, y se ensangrienta por cuestión de amor propio, de avaricia, de engrandecimiento, de orgullo, que para todo nos presenta en nombre del derecho el filo de una espada, en una palabra, que mantiene la pena del talión, porque si yo mato me matan; que en definitiva, lo que más respeta, es la fuerza, desde que cualquier Breno de las batallas ó del dinero es capaz de hacer inclinar de su lado la balanza de la justicia.
¡Ah! mientras tanto, el bárbaro, el salvaje, el indio ése, que rechazamos y despreciamos, como si todos no derivásemos de un tronco común, como si la _planta hombre_ no fuese única en su especie, el día menos pensado nos prueba que somos muy altaneros, que vivimos en la ignorancia, de una vanidad descomunal, irritante, que ha penetrado en la obscuridad nebulosa de los cielos con el telescopio, que ha suprimido las distancias por medio de la electricidad y del vapor, que volará mañana, quizá, convenido; pero que no destruirá jamás, hasta _aniquilarla_, una simple partícula de la materia, ni le arrancará al hombre los secretos recónditos del corazón.
Todo estaba pronto para la marcha.
Me despedí de la familia de Ramón, cuyas hijas, apartándose de la costumbre de la tierra, nos abrazaron y nos dieron la mano, regalándoles sortijas de plata á algunos de los que me acompañaban.
En seguida marché, me acompañaban Ramón y cincuenta de los suyos al son de cornetas.
Ramón montaba un caballo bayo domado por él.
Parecía un animal vigoroso.
--Yo no soy haragán, amigo--me dijo.--Yo mismo domo mis caballos, me gusta más el modo de los indios que el de los cristianos.
--¿Y qué, doman de otro modo ustedes?--le pregunté.
--Sí--me contestó.
--¿Cómo hacen?
--Nosotros no maltratamos el animal; lo atamos á un palo; tratamos de que pierda el miedo; no le damos de comer si no deja que se le acerquen; lo palmeamos de á pie; lo ensillamos y no lo montamos, hasta que se acostumbra al recado, hasta que no siente ya cosquillas; después lo enfrenamos, por eso nuestros caballos son tan briosos y tan mansos.
Los cristianos les enseñan más cosas, á trotar más lindo; nosotros los amansamos mejor.
--Hasta en esto--dije para mis adentros,--los bárbaros pueden darles lecciones de humanidad á los que les desprecian.
Ramón me había acompañado como una legua.
--Hasta aquí no más--le dije, haciendo alto.
--Como guste--me contestó.
Nos dimos la mano, nos abrazamos y nos separamos.
Su comitiva me saludó con un ¡hurrah!
--¡Adiós! ¡adiós!--gritaron varios á una.
--¡Adiós! ¡adiós! ¡amigo!--gritaron otros.
Y ellos partieron para el Sur, y nosotros para el Norte, envueltos en remolinos de arena que obscurecían el horizonte como negra cortina.
Mi cálculo era llegar á la Verde al ponerse el sol.
Llegué á un campo pastoso, hice alto un momento, la arena nos ahogaba.
NOTAS:
[5] Coliqueo, indio amigo establecido en su tribu entre los departamentos de Junín y 25 de Mayo, Provincia de Buenos Aires.
XXX
Á la vista de la Verde.--Murmuraciones.--Defecto de lectores y de caminantes.--Dos cuentos al caso.--Reglas para viajar en la Pampa.--La monotonía es capaz de hacer dormir al mejor amigo.--Dos polvos.--Suerte de Brasil.--Reproche de los franciscanos.--¿Tendrán alma los perros?--Un obstáculo.
Los médanos de la Verde estaban á la vista, y es probable que, en mi caso, otro viajero no se hubiera detenido. Pero la experiencia es madre de la ciencia, y yo me reía de algunos de mis oficiales que, viendo el objetivo tan cerca, murmuraban:--¿Por qué se parará aquí este hombre?
Ellos no habían recorrido como yo cuatro partes del mundo, en buque de vela, en vapor, en ferrocarril, en carreta, á caballo, á pie, en coche, en palanquín, en elefante, en camello, en globo, en burro, en silla de manos, á lomo de mula y de hombre.
Es defecto de lectores y de caminantes apurarse demasiado.
Unos y otros debieran tener presente que la igualdad del movimiento produce en el espíritu el mismo efecto que hace en los oídos la igualdad de la entonación.
Voltaire lo ha dicho:
«_L'ennui naquit un jour de l'uniformité._»
Lo que nos sucede cuando oimos leer en alta voz con excesiva rapidez olvidando la marcha más ó menos mesurada del autor, la fuerza, energía ó pasión del pensamiento, nos sucede también viajando en ferrocarril.
La velocidad de la locomoción no hace efecto porque es continua.
Siempre que oigo leer en alta voz muy aprisa, me acuerdo de un cuento, y cuando recorro á caballo las pampas argentinas me acuerdo de otro.
En una comedia de Sedaine, no estoy cierto si en _Rose et Colas_, hay una escena muy larga entre dos aldeanos, y cuentan las crónicas que los actores á fin de terminar cuanto antes el ensayo, se apuraban demasiado, y que no por eso la escena parecía más corta.
Consultando al autor á ver si se prestaba á hacer algunas supresiones, contestó:
«Díganla más despacio y harán que parezca más corta.»
Sedaine tuvo, á no dudarlo, presente el dicho de otro poeta francés como él:
«Dans tout ce que tu _lis_, hâte-toi lentement.»
Pues lo mismo sucede cuando se recorre un país á todo galope; todo parece lejos y nada se ve bien, se llega al término de la jornada abrumado de cansancio y sin haber disfrutado de los agradables espectáculos de la Naturaleza.
Y eso es cuando se llega, que á veces se queda uno en el camino.
Era tarde, poníase el sol, un viajero ecuestre galopaba á toda brida por los campos.
Encontróse con un gaucho y le preguntó:
--¿Á qué hora llegaré á tal parte?
--Si sigue al galope--le contestó,--llegará mañana; si marcha al trotecito llegará _lueguito_ no más.
--¿Y cuántas leguas hay?
--Así como dos.
--¿Y cómo es eso; si está tan cerca, cómo he de tardar más andando más ligero?
--¡Oh!--contestó el paisano, echándole una mirada de compasión al caballo de su interlocutor;--es que si lo sigue apurando al _mancarrón_, _ahorita_ no más se le va á aplastar.
Lo cual, oido por el viajero, hizo que recogiendo la rienda se pusiera al trote.
La aplicación de mis máximas, viajando en todas estaciones, de día y de noche, con buen y mal tiempo, por las vastas soledades del desierto, me ha dado siempre el mejor resultado.
He llegado adonde me proponía el día anunciado de antemano, sin dejar caballos cansados en el camino y sin fatigar física ni moralmente á los que me acompañaban.
Mi regla era inalterable.
Partía al trote, galopaba un cuarto de hora, sujetaba, seguía al tranco cinco minutos, trotaba en seguida otros cinco, galopaba luego otro cuarto de hora, y por último hacía alto, echaba pie á tierra descansando cinco minutos y dejaba descansar los caballos prosiguiendo después la marcha con la misma inflexible regularidad, toda vez que el terreno lo permitía.
Los maturrangos que me seguían se quejaban de que cambiara tanto el aire de la marcha y de las continuas paradas, primero, por falta de reflexión; segundo, porque á ellos una vez que el cuerpo se les calienta, lo que menos les incomoda es el galope. Pero los caballos, más jueces en la materia que los que los montan, estoy cierto que en su interior decían, cada vez que oían la voz de alto y la orden de _saquen los frenos_: ¡bendito sea este Coronel!
Lo repito, viajando sucede lo mismo que leyendo.
Las lecturas más largas son ésas en las que no hay alteración ni en la cadencia ni en la dicción.
El autor de la tragedia _Leonidas_ había invitado varios de sus amigos para leerles una nueva composición.
Nadie se hizo esperar.
Á la hora convenida doce jueces selectos, entre los que había algunos académicos, se hallaban reunidos ocupando cómodos sillones, y enfrente de ellos, con una mesa por delante, el poeta.
La lectura empezó leyendo el mismo autor, que poseía el arte de hacer magníficos versos; pero que no sabía leer.
Leía con una voz sepulcral monótona é invariable.
Durante la primera media hora la amistad soportó el suplicio, aplaudiendo los dos primeros actos.
Terminaba el tercero, y como el autor no oyese la más leve muestra de aprobación, levantó la vista del manuscrito, y echando una mirada á su alrededor, encontró que el auditorio dormía profundamente.
Comprendiendo lo que había pasado, apaga las luces, y en lugar de continuar leyendo, se pone á declamar á obscuras el resto de la tragedia que sabía de memoria.
La lectura en alta voz y la declamación son dos artes diferentes.
Todos se despiertan exclamando: ¡bravo! ¡bravo!
El autor no se detiene, sus amigos creen que aquello es un sueño, que están ciegos, porque abren los ojos y nada ven, vuelven en sí después de un momento de espanto y la escena termina con esta enseñanza útil:
La monotonía es capaz de hacer dormir á los mejores amigos.
¿Mis oficiales no pensaban en nada de esto al censurar mi parada á la vista de los médanos de la Verde, como no pensaron en ocasiones anteriores qué habría sido de los pobres caballos y de nosotros mismos, si hubiéramos marchado en alas de la impaciencia siempre al galope?
Habríamos tardado más en llegar á Leubucó, más en salir de allí, más en volver al punto de partida y el trayecto lo hubiéramos hecho entre el sueño y la fatiga.
Que se acuerden de lo que les pasó, yendo de la Verde al fuerte «Sarmiento» y cuando en cumplimiento de mis órdenes tuvieron que hacer la marcha al trote, y nada más que al trote.
Todos querían galopar ó _tranquear_.
Los franciscanos clamaban al cielo.
La consigna era al trote y al trote se marchaba y las distancias parecían más largas y las horas eternas y todos se dormían y se llevaban los árboles por delante é interiormente exclamaban: malhaya el Coronel.
El Coronel tuvo, sin embargo, sus razones para dar esas órdenes, razones que no son del caso y que respondían á un sentimiento de prudencia previsora.
La parada no se efectuó únicamente por alterar la monotonía de la marcha ó por hacer descansar los caballos. La diplomacia tuvo en ello gran parte.
Yo tenía motivos para retardar mi arribo á la Verde, en donde no quería detenerme, sino encontrarme, en todo caso, con el capitán Rivadavia, ó con algún embajador de Mariano Rosas.
Cuando después de haber medido las distancias con el compás de la imaginación, el reloj me dijo que era hora de proseguir la marcha, mandé poner los frenos y cinchar.
Al tiempo de movernos descubriéronse á retaguardia dos polvos siguiendo la misma dirección de la rastrillada, siendo más pequeño el que estaba más cerca de nosotros, que el que remolineaba más lejos.
--Es uno que corre un avestruz--decían éstos;--es uno que corre una gama--decían aquéllos;--no es nada de eso--decía Camilo Arias:--es un indio que corre una cosa que no es animal del campo.
Mis oficiales y yo observábamos, haciendo conjeturas, y hasta los franciscanos que se iban haciendo gauchos, metían su cuchara calculando qué serían los tales polvos.
Ya estábamos á caballo.
Yo vacilaba; quería seguir y salir de dudas.
Camilo Arias, cuya mirada taladraba el espacio, por decirlo así, hasta tocar los objetos, dijo entonces con su aire de seguridad habitual:
--Es un indio que corre un perro.
--Ha de ser _Brasil_ que se ha de haber escapado--exclamaron varios á una.
Y los dos franciscanos:
--¡Pobrecito! ¡Cuánto me alegro!
Y esto diciendo, me miraron como reprochándome una vez más lo que había hecho en Carrilobo.
Mi pecado no era grande, empero.
Estábamos conversando con Ramón en su toldo, cuando el valiente _Brasil_,--hablo del perro--vino mansamente á echarse á mi lado, mirándome como quien dice: ¿cuándo nos vamos de esta tierra? meneando al mismo tiempo la cola como un plumero, como cuando con una sonrisa afable ó con una palmada cariñosa queremos neutralizar el efecto de una frase picante.
No sé si lo he dicho, que _Brasil_, á más de ser muy guapo, era un can gordo y macizo, de reluciente pelo color oro muy amarillo.