Viage al Parnaso La Numancia (Tragedia) y El Trato de Argel (Comedia) · Unidad 6 de 27

CAPITULO III.

Texto completo en español de una edición de dominio público con fuente y huella registradas.

Eran los remos de la real galera De esdrujulos, y dellos conpelida Se deslizaba por el mar ligera.

Hasta el tope la vela iba tendida, Hecha de muy delgados pensamientos, De varios lizos por amor tegida.

Soplaban dulces y amorosos vientos, Todos en popa, y todos se mostraban Al gran Viage solamente atentos.

Las sirenas en torno navegaban, Dando empellones al bagel lozano, Con cuya ayuda en vuelo le llevaban.

Semejaban las aguas del mar cano Colchas encarrujadas, y hacian Azules visos por el verde llano.

Todos los del bagel se entretenian, Unos glosando pies dificultosos, Otros cantaban, otros componian.

Otros de los tenidos por curiosos Referian sonetos, muchos hechos A diferentes casos amorosos.

Otros alfeñicados y deshechos En puro azucar, con la voz süave, De su melifluidad muy satisfechos,

En tono blando, sosegado y grave, Eglogas pastorales recitaban, En quien la gala y la agudeza cabe.

Otros de sus señoras celebraban En dulces versos de la amada boca Los escrementos que por ella echaban.

Tal huvo á quien amor asi le toca, Que alabó los riñones de su dama, Con gusto grande, y no elegancia poca.

Uno cantó, que la amorosa llama En mitad de las aguas le encendia, Y como toro agarrochado brama.

Desta manera andaba la poesia De uno en otro, haciendo que hablase Este Latin, aquel algaravia.

En esto sesga la galera vase Rompiendo el mar con tanta ligereza, Que el viento aun no consiente que la pase.

Y en esto descubriose la grandeza De la escombrada playa de Valencia Por arte hermosa y por naturaleza.

Hizo luego de sí grata presencia El gran DON LUIS FERRER, marcado el pecho De honor, y el alma de divina ciencia.

Desembarcóse el dios, y fue derecho A darle quatro mil y mas abrazos, De su vista y su ayuda satisfecho.

Volvió la vista, y reiteró los lazos En DON GUILLEN DE CASTRO, que venia Deseoso de verse en tales brazos.

CHRISTOVAL DE VIRUES se le seguia, Con PEDRO DE AGUILAR, junta famosa De las que Turia en sus riberas cria.

No le pudo llegar mas valerosa Esquadra al gran Mercurio, ni él pudiera Desearla mejor, ni mas honrosa.

Luego se descubrió por la ribera Un tropel de gallardos Valencianos, Que á ver venian la sinpar galera.

Todos con instrumentos en las manos De estilos y librillos de memoria, Por bizarria y por ingenio ufanos.

Codiciosos de hallarse en la vitoria, Que ya tenian por segura y cierta, De las heces del mundo y de la escoria.

Pero Mercurio les cerró la puerta: Digo, no consintió que se embarcasen, Y el porque no lo dixo, aunque se acierta.

Y fue, porque temió que no se alzasen, Siendo tantos y tales con Parnaso, Y nuevo imperio y mando en él fundasen.

En esto viose con brioso paso Venir al magno ANDRES REY DE ARTIEDA, No por la edad descaecido ó laso.

Hicieron todos espaciosa rueda, Y cogiendole en medio, le embarcaron, Mas rico de valor que de moneda.

Al momento las ancoras alzaron, Y las velas ligadas á la entena, Los grumetes apriesa desataron.

De nuevo por el aire claro suena El son de los clarines, y de nuevo Vuelve á su oficio cada qual sirena.

Miró el bagel por entre nubes Febo, Y dixo en voz que pudo ser oida: Aqui mi gusto y mi esperanza llevo.

De remos y sirenas impelida La galera se dexa atras el viento, Con milagrosa y prospera corrida.

Leiase en los rostros el contento Que llevaban los sabios pasageros, Durable, por no ser nada violento.

Unos por el calor iban en cueros, Otros por no tener godescas galas En trage se vistieron de romeros.

Hendia entanto las Neptuneas salas La galera del modo como hiende La grulla el aire con tendidas alas.

Enfin llegamos donde el mar se estiende, Y ensancha y forma el golfo de Narbona, Que de ningunos vientos se defiende.

Del gran Mercurio la cabal persona Sobre seis rezmas de papel sentada Iba con cetro y con real corona:

Quando una nube, al parecer preñada, Parió quatro poetas en crugia, O los llovió, razon mas concertada.

Fue el uno aquel, de quien Apolo fia Su honra, JUAN LUIS DE CASANATE, Poeta insigne de mayor quantía.

El mismo Apolo de su ingenio trate, El le alabe, él le premie y recompense, Que el alabarle yo sería dislate.

Al segundo llovido el Uticense Catón no le igualó, ni tiene Febo, Quien tanto por él mire, ni en él piense.

Del Contador GASPAR DE BARRIONUEVO Mal podrá el corto flaco ingenio mio Loar el suyo asi como yo debo.

Llenó del gran bagel el gran vacio El gran FRANCISCO DE RIOJA al punto Que saltó de la nube en el navio.

A CHRISTOVAL DE MESA vi alli junto A los pies de Mercurio, dando fama A Apolo, siendo dél propio trasunto.

A la gavia un grumete se encarama, Y dixo á voces: la ciudad se muestra Que Genova del dios Jano se llama.

Dexese la ciudad á la siniestra Mano, dixo Mercurio, el bagel vaya Y siga su derrota por la diestra.

Hacer al Tiber vimos blanca raya Dentro del mar, haviendo ya pasado La ancha Romana y peligrosa playa.

De lexos vióse el aire condensado Del humo, que el estrombalo vomita, De azufre, y llamas, y de horror formado.

Huyen la isla infame, y solicita El suave poniente, asi el viage Que lo acorta, lo allana y facilita.

Vimonos en un punto en el parage, Do la nutriz de Eneas piadoso Hizo el forzoso y ultimo pasage.

Vimos desde alli á poco el mas famoso Monte que encierra en sí nuestro emisfero, Mas gallardo á la vista y mas hermoso.

Las cenizas de Titiro y Sincero Están en él, y puede ser por esto Nombrado entre los montes por primero.

Luego se descubrió, donde echó el resto De su poder naturaleza amiga, De formar de otros muchos un compuesto.

Vióse la pesadumbre sin fatiga De la bella Partenope, sentada A la orilla del mar, que sus pies liga.

De castillos y torres coronada, Por fuerte y por hermosa en igual grado Tenida, conocida y estimada.

Mandóme el del aligero calzado, Que me aprestase y fuese luego á tierra A dar á los LUPERCIOS un recado.

En que les diese cuenta de la guerra Temida, y que á venir les persuadiese Al duro y fiero asalto, al cierra, cierra,

Señor, le respondí, si acaso huviese Otro que la embaxada les llevase, Que mas grato á los dos hermanos fuese,

Que yo no soy; sé bien que negociase Mejor. Dixo Mercurio: no te entiendo, Y has de ir antes que el tiempo mas se pase.

Que no me han de escuchar estoy temiendo, Le replique, ya si el ir yo no importa, Puesto que en todo obedecer pretendo.

Que no sé quien me dice, y quien me exhorta, Que tienen para mi, á lo que imagino, La voluntad, como la vista corta.

Que si esto asi no fuera, este camino Con tan pobre recamara no hiciera, Ni diera en un tan hondo desatino.

Pues si alguna promesa se cumpliera De aquellas muchas, que al partir me hicieron, Lléveme Dios si entrára en tu galera.

Mucho esperé, si mucho prometieron, Mas podra ser, que ocupaciones nuevas Les obligue á olvidar lo que dixeron.

Muchos, señor, en la galera llevas, Que te podrán sacar el pie del lodo, Parte, y escusa de hacer mas pruebas.

Ninguno, dixo, me hable dese modo, Que si me desembarco y los envisto, Voto á Dios, que me traiga al Conde, y todo.

Con estos dos famosos me enemisto, Que haviendo levantado á la poesia Al buen punto en que está, como se ha visto:

Quieren con perezosa tirania Alzarse como dicen á su mano Con la ciencia que á ser divinos guia.

Por el solio de Apolo soberano Juro ... y no digo mas: y ardiendo en ira Se echó á las barbas una y otra mano.

Y prosiguió diciendo: el DOTOR MIRA, Apostare, sino lo manda el Conde, Que tambien en sus puntos se retira.

Señor galan, parezca: á qué se asconde? Pues á fé por llevarle, si él no gusta, Que ni le busque, aseche, ni le ronde.

Es esta empresa acaso tan injusta, Que se esquiven de hallar en ella quantos Tienen conciencia limitada y justa?

Carece el cielo de poetas santos? Puesto que brote á cada paso el suelo Poetas, que lo son tantos y tantos?

No se oyen sacros hymnos en el cielo? La harpa de David allá no suena, Causando nuevo acidental consuelo?

Fuera melindres, y cese la entena, Que llegue al tope, y luego obedeciendo Fue de la chusma sobre buenas buena.

Poco tiempo pasó, quando un ruido Se oyó, que los oidos atronaba, Y era de perros aspero ladrido.

Mercurio se turbó, la gente estaba Suspensa al triste son, y en cada pecho El corazon mas valido temblaba.

En esto descubrióse el corto estrecho, Que Scila, y que Caribdis espantosas, Tan temeroso con su furia han hecho.

Estas olas que veis presuntuosas En visitar las nubes de contino, Y aun de tocar el cielo codiciosas.

Venciólas el prudente peregrino Amante de Calipso, al tiempo quando Hizo, dixo Mercurio, este camino.

Su prudencia nosotros imitando, Echaremos al mar en que se ocupen, Entanto que el bagel pasa volando.

Que entanto que ellas tasquen, roan, chupen Al misero que al mar ha de entregarse, Seguro estoy que el paso desocupen.

Miren si puede en la galera hallarse Algun poeta desdichado acaso, Que á las fieras gargantas pueda darse.

Buscaronle, y hallaron á LOFRASO, Poeta militar Sardo, que estaba Desmayado á un rincon marchito y laso:

Que á sus diez libros de Fortuna, andaba Añadiendo otros diez, y el tiempo escoge, Que mas desocupado se mostraba.

Gritó la chusma toda: al mar se arroje, Vaya Lofraso al mar sin resistencia. Por Dios, dixo Mercurio, que me enoje.

Cómo? y no será cargo de conciencia Y grande echar al mar tanta poesia? Puesto que aqui nos hunda su inclemencia?

Viva Lofraso, entanto que dé al dia Apolo luz, y entanto que los hombres Tengan discreta alegre fantasia.

Tocante á ti, ó Lofraso, los renombres, Y epitetos de agudo y de sincero, Y gusto que mi comitre te nombres.

Esto dixo Mercurio al caballero, El qual en la crugia en pie se puso Con un rebenque despiadado y fiero.

Creo que de sus versos le compuso, Y no sé como fue, que en un momento, O ya el cielo, ó Lofraso lo dispuso,

Salimos del estrecho á salvamento Sin arrojar al mar poeta alguno, Tanto del Sardo fue el merecimiento.

Mas luego otro peligro, otro importuno Temor amenazó, sino gritára Mercurio, qual jamas gritó ninguno.

Diciendo al timonero: á orza, pára, Amainese de golpe, y todo á un punto Se hizo, y el peligro se repara.

Estos montes que veis que están tan juntos, Son los que Acroceraunos son llamados, De infame nombre, como yo barrunto.

Asieron de los remos los honrados, Los tiernos, los melifluos, los godescos; Y los de á cantimplora acostumbrados.

Los frios los asieron y los frescos, Asieronlos tambien los calurosos, Y los de calzas largas y greguescos.

Del sopraestante daño temerosos, Todos á una la galera empujan, Con flacos y con brazos poderosos.

Debaxo del bagel se somurmujan Las sirenas que dél no se apartaron, Y á si mismas en fuerzas sobrepujan.

Y en un pequeño espacio la llevaron A vista de Corfú, y á mano diestra La isla inexpugnable se dexaron.

Y dando la galera á la siniestra Discurria de Grecia las riberas, Adonde el cielo su hermosura muestra.

Mostravanse las olas lisongeras, Impeliendo el bagel suavemente, Como burlando con alegres veras.

Y luego al parecer por el oriente, (Rayando el rubio sol nuestro orizonte Con rayas rojas, hebras de su frente;)

Gritó un grumete y dixo: el monte, el monte, El monte se descubre, donde tiene Su buen rocin el gran Belorofonte.

Por el monte se arroja, y á pie viene Apolo á recebirnos. Yo lo creo, Dixo Lofraso, ya llega á la Hipocrene.

Yo desde aqui columbro, miro y veo Que se andan solazando entre unas matas Las musas con dulcisimo recreo.

Unas antiguas son, otras novatas, Y todas con ligero paso y tardo Andan las cinco en pie, las quatro á gatas.

Si tu tal ves, dixo Mercurio, ó Sardo Poeta, que me corten las orejas, O me tengan los hombres por bastardo.

Dime, porqué algun tanto no te alejas De la ignorancia, pobretón, y adviertes Lo que cantan tus rimas en tus quejas?

Porqué con tus mentiras nos diviertes De recibir á Apolo qual se debe, Por haver mejorado vuestras suertes?

En esto mucho mas que el viento leve Baxó el lucido Apolo á la marina A pie, porque en su carro no se atreve.

Quitó los rayos de la faz divina, Mostróse en calzas y en jubon vistoso, Porque dar gusto á todos determina.

Seguiale detras un numeroso Esquadron de doncellas bailadoras, Aunque pequeñas, de ademan brioso.

Supe poco despues, que estas señoras, Sanas las mas, las menos mal paradas. Las del tiempo y del sol eran las horas.

Las medio rotas eran las menguadas, Las sanas las felices, y con esto Eran todas en todo apresuradas.

Apolo luego con alegre gesto Abrazó á los soldados, que esperaba Para la alta ocasion que se ha propuesto.

Y no de un mismo modo acariciaba A todos, porque alguna diferiencia Hacia con los que él mas se alegraba.

Que á los de señoria y excelencia Nuevos abrazos dió, razones dixo, En que guardó decoro y preeminencia.

Entre ellos abrazó á DON JUAN DE ARGUIJO, Que no sé en qué, ó como, ó quando hizo Tan aspero viage y tan prolijo.

Con él á su deseo satisfizo Apolo y confirmó su pensamiento, Mandó, vedó, quitó, hizo y deshizo.

Hecho pues el sinpar recebimiento, Do se halló DON LUIS DE BARAHONA, Llevado alli por su merecimiento.

Del siempre verde lauro una corona Le ofrece Apolo en su intencion, y un vaso Del agua de Castalia y de Elicona.

Y luego vuelve el magestoso paso, Y el esquadron pensado y de repente Le sigue por las faldas del Parnaso.

Llegóse enfin á la Castalia fuente, Y en viendola infinitos se arrojaron Sedientos al cristal de su corriente.

Unos no solamente se hartaron, Sino que pies y manos, y otras cosas Algo mas indecentes se lavaron.

Otros mas advertidos, las sabrosas Aguas gustaron poco á poco, dando Espacio al gusto, á pausas melindrosas.

El brindez y el caraos se puso en vando, Porque los mas de bruces, y no á sorbos El suave licor fueron gustando.

De ambas manos hacian vasos corbos Otros, y algunos de la boca al agua Temian de hallar cien mil estorbos.

Poco á poco la fuente se desagua, Y pasa en los estomagos bebientes, Y aun no se apaga de su sed la fragua.

Mas dixoles Apolo: otras dos fuentes Aun quedan Aganipe é Hipocrene, Ambas sabrosas, ambas excelentes.

Cada qual de licor dulce y perene, Todas de calidad aumentativa Del alto ingenio que a gustarlas viene.

Beben, y suben por el monte arriba, Por entre palmas, y entre cedros altos, Y entre arboles pacificos de oliva.

De gusto llenos y de angustia faltos, Siguiendo á Apolo el esquadron camina, Unos á pedicox, otros á saltos.

Al pie sentado de una antigua encina Vi á ALONSO DE LEDESMA, componiendo Una cancion angelica y divina.

Conocíle, y á él me fui corriendo Con los brazos abiertos como amigo, Pero no se movió con el estruendo.

No ves, me dixo Apolo, que consigo No está Ledesma ahora, no ves claro Que está fuera de sí, y está conmigo?

A la sombra de un mirto, al verde amparo GERONIMO DE CASTRO sesteaba, Varon de ingenio peregrino y raro.

Un motete imagino que cantaba Con voz suave; yo quedé admirado De verle alli, porque en Madrid quedaba.

Apolo me entendió, y dixo: un soldado Como este no era bien que se quedara Entre el ocio y el sueño sepultado.

Yo le truxe, y sé como, que á mi rara Potencia no la impide otra ninguna, Ni inconveniente alguno la repara.

En esto se llegaba la oportuna Hora á mi parecer de dar sustento Al estomago pobre, y mas si ayuna;

Pero no le pasó por pensamiento A Delio que el exercito conduce, Satisfacer al misero hambriento.

Primero á un jardin rico nos reduce, Donde el poder de la naturaleza, Y el de la industria mas campea y luce.

Tuvieron los Hesperidas belleza Menor, no le igualaron los Pensiles En sitio, en hermosura y en grandeza.

En su comparacion se muestran viles Los de Alcinoo, en cuyas alabanzas Se han ocupado ingenios bien sotiles:

No sugeto del tiempo á las madanzas, Que todo el año primavera ofrece Frutos en posesion, no en esperanzas.

Naturaleza y arte alli parece Andar en competencia, y está en duda Qual vence de las dos, qual mas merece.

Muestrase balbuciente y casi muda, Si le alaba la lengua mas experta De adulacion y de mentir desnuda.

Junto con ser jardin, era una huerta, Un soto, un bosque, un prado, un valle ameno, Que en todos estos titulos concierta.

De tanta gracia y hermosura lleno, Que una parte del cielo parecia El todo del bellisimo terreno.

Alto en el sitio alegre Apolo hacia, Y alli mandó que todos se sentasen A tres horas despues de mediodia.

Y porque los asientos señalasen El ingenio y valor de cada uno, Y unos con otros no se embarazasen;

A despecho y pesar del importuno Ambicioso deseo, les dió asiento En el sitio y lugar mas oportuno.

Llegaban los laureles casi á ciento, A cuya sombra y troncos se sentaron Algunos de aquel numero contento.

Otros los de las palmas ocuparon, De los mirtos, y yedras, y los robles Tambien varios poetas albergaron.

Puesto que humildes, eran de los nobles Los asientos qual tronos levantados, Porque tú, ó envidia, aqui tu rabia dobles.

Enfin, primero fueron ocupados Los troncos de aquel ancho circuito, Para honrar á poetas dedicados,

Antes que yo en el numero infinito Hallase asiento: y asi en pie quedeme Despechado, colerico y marchito.

Dixe entre mí: es posible que se estreme En perseguirme la fortuna airada, Que ofende á muchos y á ninguno teme?

Y volviendome á Apolo con turbada Lengua le dixe lo que oirá el que gusta Saber, pues la tercera es acabada, La quarta parte desta empresa justa.

VIAGE AL PARNASO.