Viajando · Unidad 3 de 24
Unidad 3 · A A IS A A A A
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- A BORDO DEL JULIO CESAR
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Génova, 9 de Marzo de 1927. 3
En la luminosa mañana del 16 de Febrero llegábamos presurosos a la estación Mapocho, que ya encontramos invadida por múltiples familias e íntimos de la caravana” que debería tomar el infernacional, camino de Buenos Aires. y de la vieja Europa. 3)
¡Que loca algarabía, que multitud de impresiones! |
A las siete sonó en el amplio y desnudo hall el ronco silbato de la locomotora y el tren inició quedamente su mar-* cha, lenta en los comienzos, vertiginosa después, dejando atrás la ciudad somnolienta, las planicies de Batuco y los. “cultivos del Aconcagua, hasta llegar a la villa de Los. Andes, primera y alta explanada de la abrupta cordillera. que se dibujaba al frente. | q
Cambiamos de tren y a las diez empezamos a trepar. trabajosamente las altas moles, siguiendo el pintoresco camino de los rieles, que de pronto se dibujaba en los
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flancos de las erguidas montañas o se perdía en tenebrosos túneles, escondidos entre precipicios, y así, subiendo y siempre subiendo y a la vista imponente de una naturaleza, mitadsalvaje, mitad risueña; pero siempre impresionante, llegamos anhelosos a la cumbre, donde dimos adiós a la patria, que dejábamos sumida en una inquietante si" tuación interna, para empezar el descenso argentino, y llegar, entrada ya la noche, a la ciudad de Mendoza. Nos trasbordamos a un otro tren, amplio, iluminado y jubiloso, que nos hizo olvidar las estrecheces, oscuridades y molestias del Trasandino y en él, tras verliginoso correr por pampas verdes y extensas como un mar, llegamos a Buenos Aires al atardecer del día siguiente.
¡Treinta y seis horas de constante rodar!
De la Estación del Retiro nos trasladamos al espléndido Hotel Palace. que enfrenta la animada plaza de Mayo, y un par de horas después recorríamos plácidamente las calles y avenidas de la gran ciudad, que ya habiamos visi- “fado otras veces y que ahora vivía con intensa inquietud, el viaje aéreo del piloto italiano De Pinedo, que en esos propios momentos tentaba un atrevido cruce del Atlántico, desde las quemantes costas del Africa, en Dackar, hasta las rientes selvas del Brasil. en Pernambuco y después de recibir algunas atenciones del Centro al de Ingenieros y de vagar dos días por la hermosa capital del Dlata, viendo mucho y admirando más, el sábado 19 nos _embarcamos en el lujoso trasaflántico Giulio Cesare, palacio flotante de 22,000 toneladas de registro, que debía “ser durante dos semanas, nuestro bullicioso y placentero
hogar.
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La despedida del Cesare, en el Dique Norte de Bue-
nos Aires, fué mucho más movida que la de Santiago,
sólo que ahora éramos del todo ajenos a la algazara y
extraños a las impresiones que bullian y se agitaban en nuestro redor. Los amplios y floridos salones del gran barco se sentían estrechos ante la linajuda multitud que lo invadía: Niñas. hermosas, risueñas y elegantes que embalsamaban el ambiente; damas, ventrudas y alhajadas, como fra-
gatas en rezago; jóvenes, correctos y vistosos, que todo.
lo decían en alta voz; señores, graves y «adinerados, que
transparentaban una vida intensa y ahora holgada y coro-- nando el conjunto, una bandada de chicos bulliciosos, ca--
becitas de querubes, que corrían novedosos, de alto a ba-
jo, como pajaritos en libertad, llenando el ámbito con
sus risas y las almas con su juventud. ¡Que alegría más contagiosa! Las horas se deslizaron así rápidas y jubilosas, hasta que los estridentes gongs tronaron el aire e inferrumpie-
ron las expansiones y enfonces, tras los últimos y apre-
surados abrazos, empezó el desbande de la anónima mul-
titud, que descendiendo como hormigas, el plano inclinado -
que debía conducirles a la ancha esplanada del puerto, -
continuó desde ella el loco flamear de los pañuelitos blan-
cos de las eternas despedidas...
Sonaban las once en el acompasado reloj de la ante- ' cámara cuando el Cesare largaba sus amarras y momentos después íbamos río abajo, por las cenagosas aguas del Plata para llegar diez horas después, a Montevideo, :
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donde con más brevedad y menos bullicio, se sucedieron escenas muy parecidas a las de Buenos Aires.
A la media noche ya estábamos en pleno Atlántico, empezando así la vida lamiliar de a bordo, iniciada con estirado retraimiento y concluida, como en todos los largos viajes, en fraternal comadrería.
La primera alta novedad fué nuestro arribo a Río de Janeiro, ocurrida el 22, después de recorrer las primeras
mil ciento cincuenta millas de travesía marítima.
Desde temprano todos estábamos en la alta cubierta escrutando con nuestros Zeiz el limpido horizonte, hasta que empezaron a dibujarse en lontananza los caprichosos picos del Corcobado y del Dan de Azúcar, que encuadran la soñada rada.
Después de medio día atracamos a los malecones del puerto, y ahí, como en Buenos Aires, fuimos nueva y galantemente acogidos por muchos colegas del Club de Ingeniería, que, encabezados por el ilustre Senador Frontin, concurrían a olrecer sendos bouquelfs de flores a mi esposa e hija y a pasearnos después, a través de las imponentes avenidas de Río Branco y Beira Mar, por las gru-
fas encantadas de Tijuca y por las sombras paradísiacas
del Jardín Botánico, estimado como una de las siete maravillas del mundo.
¡Con cuanta justicia se dice que hay pocas ciudades en el Universo más poéticas y encantadoras que la de Río de Janeiro! |
Volvimos después a bordo y con las últimas horas de la tarde, abandonamos la bahía, iniciando así la gran jornada de cuatro mil setecientas cincuenta millas que median
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entre Río Janeiro y Barcelona, titulado este como el más comercial y hermosos de los puertos de España; jornada que hicimos en doce días inolvildables, tanto por la variedad de los paisajes recorridos, que embriagaban nuestro espíritu novedoso, como por los agrados infinitos que ofrecíal a vida de a bordo, lecunda en novedades y pródiga en placideces. :
Muy de madrugada empezaba el movimiento, al punto E que a las nueve ya que casi todos los pasajeros estába- Z mos desayunados y muellemente ubicados en los cómo-- dos chaiselongue de la alta-cubierta, charlando y leyendo, o simplemente embelezados en la contemplación de las infinitas y variadas bellezas del mar; a las doce y a las ' ocho y media se servía el almuerzo y la comida, la colazione e il pranzo como se decía a bordo y entre-horas se nos regalaba en el hermoso hall central del barco, con espléndidos conciertos, ejecutados por una escogida orquesta. E
En las noches, cálidas al principio y [rías después, la elegante concurrencia alternaba las dulzuras del baile y las emociones del flir£, con las exhibiciones cinematográficas. que eran muy concurridas y bulliciosas cuando a ellas asistian los chicos y actuaba Chaplin. | |