Viaje crítico alrededor de la Puerta del Sol · Capítulo real 4 de 8
CAPÍTULO V
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 3 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPÍTULO V.
Varias industrias: El vsndedor de periódicos, El gancho, El tomador. El actor que no actúa, El fosforero, El limpiabotas y otros tipos que verá el curioso lector.
No hace mucho que, en vista de las numerosas^ ocultaciones que disminuían las rentas públicas, el gobierno nombró investigadores especiales que denunciaran las industrias no afectas al pago de tributos.
No sabemos, ni pretendemos averiguar, silos nuevos funcionarios cumplieron como buenos su cometido, ni si la Hacienda, ese monstruo multifauce nunca satisfecho, alcanzó beneficiosos resultados. Lo cierto, lo indudable es que existen en Madrid numerosas industrias, poco estudiadas, tributarias algunas y exentas otras de toda gabela y que merecen un lijero estudio crítico.
JUICIO CRÍTICO. — 5
Desde luego reclaman nuestra atención los vendedores de periódicos ó ciegos^ según se llaman vulgarmente, por más de que casi todos estos industriales tengan una vista escelente, pertenezcan á cualquiera de los dos sexos y se hallen comprendidos eu cualesquiera de las edaies de la vida humana. Estos industriales se estacionan en las esquinas, recorren las aceras ó cruzan el empedrado, aturdiendo á los transeúntes con sus gritos. Su efímera mercancía, congí' tantemente renovada, satisface todos los caprichos, todas las tendencias, todas las opiniones. Desde El Tribunal del Pueble hasta La Regeneración^ desde El Imparcial hasta La Iberia^ desde El Diario del Pueble hasta El Cencerro^ los vendedores de pe-^ riódicos confunden en sus manos á los republicanos y los carlistas, radicales y conservadores, alfonsinos é incoloros. La idea política toma forma en el cerebro del escritor, se hace pública mediante la tipografía^ y se reparte por medio del vendedor. Esté lleva siempre una esperanza y un consuele al parroquiano, cualesquiera que puedaii ser sus opiniones, Y sin embargo de pres-^
tar semejantes beneficios, solo consigue una pequeña ganancia en el ejercicio de su industria. Tal vez se me dirá que menos gana y trabaja más el redactor de un diario; pero no se debe perder de vista que el escritor público cursa en la prensa la carrera de ministro, y que el vendedor de periódicos no suele salir de vendedor.
El industrial en cuestión ejerce una inÜuencia decisiva en la suerte de las publicaciones periódicas, y sus sentencias son inapelables; periódico despreciado por él, morirá sin ser conocido por el público; periódico por él protejido alcanzará fama, fortuna é inmortalidad. El vendedor de periódicos ha conseguido tal influencia que muchas empresas periodísticas le entregan gratis ó poco menos sus números, sin considerar que el vendedor les causará un grave perjuicio cuando pregone por las calles: ¡A ochavo, á ochavo, para acreditarlo, El Sapo, con la puñalada que ha dado el Sr. Castelar al presidente del Consejo de ministros! ¡A ochavo! ¡El papel vale mas,á pesar de estar impreso!
O bien: El Calabacín que me han dado
de gratis para que ^^^p^® ^ noticia del público con el levantam.^'^^to ^e Getafe y los nombres de los díputau ^^ sentenciados á muerte por el club de la caiV® de la Pingarronal
Con este y otros pregones la opinión pública no seestravía, porque no puede estar ya más estra viada; pero los periódicos El Sapo y Bl Calabacín no publican número segundo. Verdad es que esto interesa bastante poco al vendedor, y que no ha faltado alguno que organice la publicación de números primeros de diferentes periódicos, logrando beneficiosos resultados; pero hoy produciría este sistema uno completamente opuesto.
Donde los vendedores de periódicos deben verse y estudiarse es en la calle del Rubio, á las nueve de la noche, cuando después de cojer sus veinticincos en la administración de La Correspondencia salen corriendo en todas direcciones, atrepellando á los pacíficos transeúntes y á los agentes de la autoridad; salvando todo género de obstáculos y surtiendo á los cafés del tránsito de los ejemplares en que se calcula
la reventa. Los gritos de ¡La Correspondencia de Espafial anuncian la irrupción y avisan al público de que se aproxima la avalancha. Guando desembocan en la Puerta del Sol, la tormenta ha perdido todo su carácter de gravedad. Cinco minutos mas tarde los habitantes de los barrios menos céntricos de Madrid pueden recrear su vista con el periódico noticiero y saber por el mismo que el general X. ha dicho en el Congreso ser muy liberal (cosa de que nadie se habia apercibido); que la corsetera francesa Mad. Lecompte ha inventado una nueva faja para las señoras en estado interesante y los políticos muy gruesos; que se ha concedido el título de marqués de Gasa-Homobono al reputado tocador de vihuela Homobono García (a) Mediohigo; que la facción carlista Gómez ha sido bitida por la columna Pérez, teniendo esta que retirarse por ser de noche y para que aquella enterrara á sus infinitos cadáveres; que ha llegado á Madrid el reputado joven gaditano D. Glaudio Retuerto, para matricularse en la escuela de Gomercio, donde es seguro que logrará
triunfos honrosísimos; que se proyecta un cuartel; que se derriba un mercado; que se casan dos apreciables jóvenes; que el conocido cesante D. Pascual Puerto-Peñasco ha resuelto abrir una academia de instrucción primaria para los diputados y senadores; que el joven novelista D. Liborio Matallana ha presentado al Teatro Español un drama traducido del francés al portugués y de éste al castellano, con el título de La bayoneta y la cachucha ó hs mineros de KarabarhaTan en la Huíanla,
El vendedor de periódicos es mas liberal que Riego, y recuerda con horror que González Brabo le prohibió pregonar á gritos su mercancía; cumple su misión con verdadero entusiasmo, y poco curioso generalmente, no lee lo que vende; cuando algún nuevo estraordinario escita poderosamente la atención, se acoje á la libertad de comeroio y exije un precio arbitrario por sus papeles; indiferente al calor y al frió vive en la calle casi continuamente, y si el despotismo impera y la prensa es perseguida, se dedica á la venta de hojas clandestinas durante la noche ó pregona décimos de la lo-
tpría, todos ellos, por supuesto, con el premio de los ochenta mil duros. ^ La industria de los vendedores de perió- 4icos se encuentra hoy en todo su auge, y no se puede dar un pa^^o sin que á derecha é izquierda nos aturdan los gritos de: ¡El ¡^parcial! El Garbanzal Ángel 'primer o\ El Coehetel El Cencerro! El Jaque-mate! El Trueno gordal La Correspondencia! La Reqeneracionl El Diario del pueblo! La Reconquista! El Apagador! El nuevo papelitol El barón de la Castaña! El rey de Bastosl El Tiberiol El Gil Blas de Santillanal La torre de Babel! El matapillos! El Mosconl El Mico\ y El Bueyl (I)
, No creo que los mencionados periódicos —varios de ellos al menos,— produzcan ú. los vendedores grandes beneficios; pero siempre les dejarán lo bastante para que vivan más descansadamente que los infelices braceros que, cumpliendo la ley del trabajo, emplean el suyo en las obras públicas, cuando hay obras y no llueve.
(1) Este capítulo se publicó ea 1872,
Colocado en medio de la acera, con el sombrero hasta las cejas y la capa hasta los ojos, mintiendo buen cuerpo y airoso talle, s0 vé á un hombre en actitud observadora y reposada. Si tiene cédula de vecindad, cosa bastante problemática, es seguro que no se marcará en ella la profesión que ejerce. Y, sin embargo, el tipo que analiza* raos ejerce una industria que debe ser lu* crativa, porque hace una docena de años que vendia arena de mármol de San Isidro y hoy luce sortijas en la mano y una cadena colosal en el chaleco, que á no ser de rico dublé podría tomarse por de oro finísimo de Arabia.
El sitio predilecto del mismo es la acera comprendida entre la calle de Carretas y la Carrera de San Jerónimo; las horas á que puede vérsele desde la una de la tarde á las diez de la noche; suele hacer frecuentes desapariciones; pero no es dudoso que ninguna pasará de un cuarto de hora. El hora*- bre llena sin duda una obligación, así durante su guardia como en su ausencia.
Al pasar junto á él otro embozado, en el momento que hemos elejido para estudiarle,
•rar
le ha llamado Miguelito. Ya es una noticia biográfica: sepamos esperar y acaso conoceremos toda su vida y milagros.
Pero trascurre un cuarto de hora, y nuestro hombre sigue en su primitiva acti* tud, examinando atentamente á todos los transeúntes, como si esperase á alguno, Al cabo de este tiempo sonrie imper* ceptiblemente : sin duda tiene ya lo que buscaba.
Y lo que buscaba no es otra cosa que un joven, que mira en todas direcciones coma embobado; que se para observando la altura del surtidor de la fuente que ocupa el centro de la plaza; que admira tímidamente á las beldades que pasean sus venales atractivos por entre la multitud, y que luce un cigarro de tre? cuartos en una boquilla con cabos de plata.
Nuestro joven, colocado en una antesala y á media luz podría confundirse con un cuelga-capas; tal es la gracia con que lleva sus ropas , cuyo brillo denuncia que son nuevas y cuyo corte no desdeñaría algún sastre de fama, si una imprudente etiqueta cosida á uno de los fal-
7i dones del gabán no dijera con toda elocuencia. Tienda del león rapante, calle de la Cjuz, núm. 99.
Al pasar nuestro forastero, —pues sin duda loes,— junto al industrial que le ha marcado por suyo, siente que le posan una mano sobre el hombro, al mismo tiempo (jue escucha una voz que le dice: ^: — i Vaya V. con Dios!
Párase el joven balbuceando algunas frases, con las que quiere dar á entender á su interlocutor que nunca le ha conocido; pero este continúa:
— Poca memoria tiene V. para estudiante. ¿No va V. hoy á casa del duque?
— Sin duda está V. equivocado. Yo no conozco á ningún duque.
— ¡Qué! ¿No estuvo V. ayer en la calle de la Victoria? , —Ni sé dónde está.
— Dispense V., amigo mió; pero se parece V. al que yo buscaba como un huevo á otro.
— Está V. dispensado.
—Pero no ha de ser inútil mi equivocación involuntaria, y si quiere V. acompa-
ñarme á casa del duque le presentaré á los amigos. — ¿Pero, qué amigos?...
— Gente alegre y campechana, que tira las onzas por pasar el rato. V. tiene cara de hombre de suerte, y capaz de dar siete golpes aun duro.
El joven ha oido referir en su pueblo que en Madrid se pueden ganar miles y miles con un poco de suerte; se ha gastado acaso en ocho días el dinero que debia durarle un mes, y comprendiendo que le invitan á entrar en una casa de juego, cae en el lazo y aprovecha la feliz coyuntura que le ofrece su parecido con otra persona para aceptar el ofrecimiento de su franco interlocutor.
Si, por el contrario, recuerda los consejos de su padre, que compromete y gasta la hacienda de sus abuelos para hacerle abogado, y que pueda ser el mejor dia diputado por el distrito ó juez municipal del pueblo; si está todavía bajo el influjo de la santa bendición de su madre, desprecia el ofrecimiento que le hacia el cazador de víctimas y sigue su camino.
Pero el primer fracaso no le desanima al buen Miguelito, y después de encender una tagarnina vuelve á ponerse en espectacion y á repetir á los cinco minutos:
— ¡Vaya V con Dios!
El detenido entonces vuelve la cara y no contesta; pero Miguelito no retrocede nunca, y repite con insistencia.
— jNo se ha vuelto V. poco orgulloso!
—¿y quién es V.para calificarme así? pregúntale amostazado el transeúnte.
— ¿No es V. el Sr. Martínez?
Gomo los Martínez abundan en el mundo casi tanto como los duros falsos, hace la casualidad que el detenido se llame efectivamente Martínez, coincidencia que le mueve á detenerse y contestar:
— Martínez me llamo.
— ¿No iba V. antes á ¡a partida del alabardero?
— Usted me toma por otro: no soy el Martínez que V. cree.
— Imposible parece; pero en fin,— y aquí Miguelito repite su fórmula,— no ha de ser inútil mi involuntaria equivocación , y si quiere V. acompañarme á la partida del
alabardero, que acaba de trasladarse á la calle de la Victoria, número ...
— No señor, no juego.
— Virtud es.
— Lo que V. quiera.
Y Martinez, que tenia prisa por llegar á una cita, redobla el paso, maldiciendo del impertinente y de su apellido, cuya vulgaridad le ha hecho perder cinco minutos.
Miguelito se muerde los labios, y después de otro breve intervalo, repite á un joven que pasa á su lado:
— ¡Vaya Y. con Dios!
El joven le mira y no se dá por entendido; pero otro de alguna más edad que se había quedado mirando el escaparate de una librería, le dice:
— ¿No has visto que te han saludado?
—Si.
—¿Y cómo no contestas?
—^Porque no le conozco: solo sé de ese individuo que es un gancho...
Ya sabíamos que nuestro industrial se llamabaMiguelito: ya sabemos también que es un gancho. Combinando este dictado con las frases que le hemos oido pronunciar, sa-
hemos fija y positivamente que se ocupa en enganchar incautos para llevarlos á una ó más casas de juego, donde esperan á las víctimas sus ordinarios sacrificadores.
Gancho, según algunos gramáticos, es sinónimo de rufián. En su acepción más conocida, el hombre que por medio de ciertas artes solicita á otros para algún fin.
Kl fin, en la ocasión presente, no puede ser más censurable.
Tan censurable como el medio.
Miguelito vive, no obstante, con su industria, y honradamente según él.
Cierto que la moralidad de Miguelito no es muy allá que digamos; pero debemos decir en honor suyo, que en tanto que los gobiernos no prohiben el juego, él sigue en su industria, y que su hoja deservicios, archivada en la Audiencia, no espresa que haya estado más que tres veces en el Saladero, una por expendedor de moneda, que dio un comerciante en calificar de ilegítima, otra por haber servido de testigo falso, y la tercera por haberse enamorado de un reloj que se le iba cayendo del bolsillo á un tratante en vinos.
Tal es Miguelito y tal su retrato moral. En cuanto á su físico, es muy difícil de pintar en invierno por la picara capa; pero en dias de viento, en que sin querer se desemboco, podremos averiguar que tiene el bigote recortado ó naciente; que en el pómulo izquierdo luce un soberbio lunar, del que pende una sortija de pelo y que le falta un pedazo de la oreja izquierda. La maledicencia achaca este defecto á un navajazo; pero una señora que habitó hace años en la calle de Gitanos se acusaba de haber causado aquel destrozo con sus dientes, en un altercado que tuvo con el protagonista de nuestro bosquejo.
?ío habrán olvidado los lectores el embozado á quien debimos conocer al gancho por su nombre de pila: Miguelito.
La premura con que dicho personaje desapareció de la escena, nos impidió que hiciéramos del mismo una presentación en toda regla. Sigamos sus pasos, aunque esta empresa sea algo difícil á causa del afán que muestra por meterse entre los grupos estacionados delante del café de lasColum-
ñas, y tal vez sus actos nos lo darán bien pronto á conocer.
Pero ¿por qué se arremolina la gente? ¿Qué ocurre?
Nada: la diezmillonésima edición de lo que sucede cada dia. Un pobre diablo que pone el grito en el cielo, porque asegura que le han sustraído el porta-monedas, y busca con la vista á los agentes de la autoridad, creyendo incautamente que podrán reintegrarle en la posesión de su dinero.
El infeliz estaba leyendo gratis los periódicos satíricos colocados en un escaparate y recibió un terrible pisotón de un embozado que tropezó distraídamente con él. Después, y por uno de esos fenómenos inesplicables del corazón humano, apartó el pensamiento de su callo número 53 para fijarlo en su bolsillo, donde se habia operado el vacío sin auxilio de la máquina neumática. El ratero, hábilcomotodos los prestidigitadores, le habia llamado la atención á los pies, cuando era su bolsillo lo que perseguía.
Pero ¿quién puede ser el autor del delito?
Seguramente que ninguno de cuantos le rodean: todos tienen cara de hombres de bien á carta cabal, y es seguro que reuniendo capitales no podrían completar un duro.
Respecto á los transeúntes, sería punto menos que imposible señalar entre ellos á un ratero: precisamente todos cuantos acaban de pasar tienen un aspecto de hidalguía que rechaza cualquier pensamiento injurioso.
Dejemos, pues, al pobre robado maldiciendo su escasa fortuna, y sigamos á Miguelito que senos vá alejando demasiado.
Por nuestra suerte, no ha de sernos difícil darle alcance: precisamente acaba de pararle un amigo, con quien habla en voz baja.
— ¿Qué has hecho, Pacorro? le dice.
— Nada, hombre, no me he estrenado .
— ¿Has visto al Tuerto?
— Está de punto en las Cuatro Galles.
—¿Y Cachaza?
— Malo aun de la paliza que le dieron en la prevención.
—¿Cantó?
VIAJE CEÍTIGO. — 11
— Gomo un canario.
— Ha de pagármelas. ¿Nos veremos? —Luego iré al billar. — Buena suerte. —Gracias.
Y nuestro desconocido, Pacorro por mal nombre, vuelve á meterse por donde hay más gente, y tira al descuido un portamonedas vacío, que no produce el menor ruido al caer sobre las losas,
— ¡Eh! Caballero, dice un lugareño que pasa á la sazón. jQue se le ha caido e! bolsillo!
Y como Pacorro no contesta y se pierde entre la gente, el lugareño recoje aquella prenda y comprueba que está vacía, al mismo tiempo que dos guardias le agarran por los brazos, y acusándole de haber robado el portamonedas, le arrastran á la prevención para carearle con el verdadero dueño de la prenda.
Pacorro, que por lo visto está en fondos, entra en una tabaquería, en la que cambia una moneda de cinco duros y se estaciona delante del café de Correos, como si esperase á algún viajero de los que van llegando
al despacho central del ferro -carril del Norte. Una enorme breva que mastica más que fuma , le permite despedir espirales de humo, que hacen temer á cualquiera se haya declarado un incendio en las casas próximas.
Poco después de llegar se le acerca azoradamente un muchacbuelo mal trazado, y le dice al paso: ¡Toma!
Misterio incomprensible. El muchacho que tiene un aspecto verdaderamente famélico, le acaba de hacer un regalo de gran valía; nada menos que una hermosa cadena de oro, á la cual solo le falta el gancho para sujetar el reloj y componer uno de sus eslabones que parece cortado. Pacorro, que^ según los cigarros que fuma, debe ser rico, le alarga desdeñosamente medio duro.
Pero ¿por qué tira ahora el cigarro, apenas empezado y se emboza basta los ojos? Precisamente no hace el menor frió...
Tal vez pudiera esplicarlo otra persona que acaba de salir del café y se dirijo al ministerio de la Gobernación, en cuya puerta le saludan los guardias que están de servicio. Pero como no podemos preguntárselo,
ifos limitaremos á seguir observando á Pacorro que saca un nuevo cigarro, mientras un desdichado chico recoje el primero, que aun humea, y lo guarda en una caja de hoja de lata, desde la cual, reunido á otra multitud de puntas de puros, pasará á surtir los puestos del Rastro.
Si Pacorro saca un pañuelo de batista para sonarse, observaremos que en una de sus puntas tiene una corona de marqués; si enseña la petaca podremos ver que tiene unas iniciales de plata, y si se desemboza crecerá nuestra admiración viendo relucir sobre una sucia camisa un botón de brillantes. ¿Qué clase de persona es Pacorro, que gasta y triunfa y lleva el bolsillo lleno de monedas de plata y oro? ¿Qué título de marqués es el suyo, que tan mal se aviene con la navaja que asoma en uno de sus bolsillos?
Pacorro es un industrial, empresario y obrero á la vez: tiene aprendices que le auxilian y respetan, y que contribuyen á su fortuna con sus nacientes habilidades y ejercita él mismo el nobilísimo arte de la garduña. En su primera juventud fué pres-
tidigitador y logró justo renombre en la plaza de Santa Cruz; más tarde venció en él Inmodestia al afán de exhibición y prosiguió escamoteando sin el aliciente de los aplausos. Tanto llegó á disgustarle el aura popular que hoy mismo oculta el rostro para realizar sus habilidades, y aunque busca á las muchedumbres, sentiría en el alma ser admirado cuando ejecuta sus prodigiosas manipulaciones.
La inconstante fortuna le ha vuelto muchas veces la espalda, y el desdichado Pacerro ha llegado á verse en el sensible caso de tener que sentarse en el puente de Toledo y echar el as de oros á los arrieros y vendedores de frutos.
Ha habitado temporalmente en el Saladero y se ha escapado tres veces de sus celdas: y eso que durante su estancia en aquella casa Pacorro tenia siempre una onza en el bolsillo y ejecutaba entierros del ma^or mérito.
Para él fué siempre tan fácil enterrar vivos como levantar muertos, porque su habilidad le lleva á todo lo grande y extraordinario.
í Uno de sus admiradores aseguraba hiperbólicamente que Pacorro era muy capaz de quitar la elástica á un descuidado, sin desabrocharle la levita; pero en esto debe haber alguna exajeracion. Lo cierto, lo indudable es que si llegara á incluirse en las tarifas del subsidio la clase de tomadores, Pacorro sería uno de los primeros contribuyentes.
Su origen se pierde en la noche de los tiempos: solo se sabe que la justicia inflexible de las comisiones militares que funcionaban en tiempos del absolutismo le iejó huérfano de padre. Este le habia privado antes del maternal cariño y de los afectos fraternales, mediante una navajada que dio á su consorte, hallándose esta en estado interesante.
Su niñez corrió al lado de unos gimnastas extranjeros; su primera juventud al lado de un jugador de manos de quien aprendió no poco; después se estableció en Madrid por su cuenta y tomó estado, adelantándose á las ventajas del matrimonio civil. Viudo sin tener que llorar la muerte de su esposa, se consagra hoy con más apH-
cacíoa que nunca á formarse un capitalíto respetable.
Disculpemos su ambición, pues aunque Pacorro cuenta cuarenta y nu^ve años, tiene que vivir hasta el siglo próximo, so pena de no pagar la deuda que tiene contraída con Id justicia, en virtud de unas cuantas sentencias. • ••••••«.•• ••••
Perdón, arte dramático, perdón vosotros <5uantos le cultiváis con el entusiasmo del genio; perdón si al vernos colocados en plena Puerta del Sol, examinando algunas industrias menudas, nos vemos en el caso de preguntar á más de uno y más de dos de vuestros cultivadores:
¿Quién esl ¿Dó vat ¿Qué busca iQué le traet
Las personas á quienes se dirigen los anteriores interrogantes, se hallan colocadas en la esquina de la Carrera de San Jerónimo, buscando apoyo á sus espaldas en las puertas del café Imperial, y son las mismas que nuestros poetas del siglo XVII pudieron ver y retrataren el mentidero de los representantes.
¿Qué esperan? preguntareis.
Un caballo blanco; un empresario que no los conozca ó un agente que los conozca demasiado.
Por desgracia los caballos blancos van siendo tan raros como el ave fénix; los empresarios de las provincias no forman por la intranquilidad política y los agentes se ven reducidos á la impotencia.
Por eso esperan en vano los actores sin ajuste; por eso estaban hace un trimestre junto al café Imperial; por eso continúan hoy en el mismo sitio y por eso podrán verse dentro de un par de meses conservando su posición y sus esperanzas.
Si queréis conocerlos, no tendremos más que pararnos un momento junto á cualquiera de los grupos que forman: como la discreción no suele ser su característica virtud, ellos mismos se retratarán, evitándonos así un trabajo penoso.
— Guando yo estaba de primer actor en Alicante, — dice uno de colosal estatura y envuelto en un gabán milagroso, porque á imagen de la paciencia de Dios nunca se acaba,— 'Piedrahíta era un mal racionista
de mi compañía, que no servia siquiera para hacer buñuelos
— Pues vaya V. á pedirle hoy un favor...
—Claro: como que su hija la bailarina le ha hecho primer galán del teatro de Barcelona. El empresario gusta de las rubias; y la hija de Piedrahita ha sabido teñirse el cabello muy oportunamente.
—Ese es el teatro, amigo Rebollar: de nada sirve el mérito si no se cometen bajezas.
—Pues, ¿por qué estoy yo sin un contrato? Por haberme negado á hacerle los segundos á Perea Ya ven ustedes, Perea...
— ¿Quién? ¿Un cojo que no tiene pelo de barba y que estuvo de gracioso en el café de Maravillas?
—El mismo: el primer galán hoy en Valencia.
— ¡Qué escándalo!
— Pero los valencianos me han vengado* cada noche le dan un meneo. Últimamente me ha escrito la característica diciéndome que está sofocada con el tal hombre...
— Pues la tal característica tiene mucho que perder...
—Hombre, ahora se ha reformado desde que se casó con el violin.
—Pues el hombre ha hecho su suerte: iene una mujer más conocida que el Don Juan Tenorio,
— Con la diferencia de que Don Juan Tenorio gustó siempre y ella no ha gustado nunca...
Alejémonos del grupo en que tan mal paradas quedan todas las reputaciones y oigamos lo que dicen en el inmediato.
— ¿Quién lleva la palabra?
— Quién ha de ser: Rebollar: ese hombre que pudiendo contratarse para encender á mano los faroles se ha obstinado en ser cómico.
—Pues me hablan dicho que se iría con Piedrahita.
— Bien se ha bajado Rebollar para conseguirlo ; pero el otro le conoce y no le ajustará .
— ¿Y de qué vive?
—De lo que debe al mozo del café: almuerza todos los dias ahí dentro.
— ¿Y le fía el mozo?
— Yo te diré: el mozo tuvo un deudor que
era poeta y al cual solo consiguió arrancarle un drama en tres actos y un epílogo, titulado El corazón y las botas. Rebollar, que sabe vivir, le ha prometido representarle el drama en cuanto le contraten en Madrid, y el mozo, después de arruinarse por el poeta, se está arruinando por el actor.
— Bueno; pero supongo que Rebollar no hará una sola comida.
— Una noche le vi entrar en un bodegón de la Cava Baja, y desde entonces me ha cobrado un aborrecimiento inesplicabíe. Mira si me aborrecerá, cuando por no hablarme sin duda, ha resuelto no pagarme tres pesetas que puse por él hace nueve años cuando se echó un guante para enterrar á la pobre Eleuteria Rojillo.
— jPobre chica! Precisamente cuando iba á casarse con ella, ignorante de toda su vida, aquel abaniquero de Burgos.. ..
—Lástima fué sobre todo para el arte; á no ser gangosa, hubiera brillado en el tea-- tro, llegando á ser tan conocida como fuera de él.
Alejémonos. En el primer grupo se quitaba el pellejo á los vivos: en el segundo no
se perdona á ios difuntos. Escuchemos junto al tercero, en el cual hay una señora: allí al menos no se murmurará. Precisamente es ella la que está hablando; escuchemos.
—No, señores; ella habrá dicho lo que quiera; pero precisamente el empresario por no darme no me ha dado nninca los buenos dias. ¡Pues bonita es la niña para belenes! Sino que creen que porque una es del teatro, se la puede faltar así.... Lo mismo que me pasó en Bilbao cuando vieron la llave en la puerta de mi cuarto en la noche del Juan sin Tierra. -Como si una pudiera evitar que hubiera atrevidos!
¡Mejor hubieran hecho las chismosas del coro en no salir á escena tan escurridas, cuando el público las habia visto tan abultadasl...
Huyamos, huyamos; los actores sin ajuste no perdonan ni respetan nada, desde las alturas del arte han descendido al industrialismo más grosero é improductivo: se entretienen en quitar el pellejo al prójimo sin el menor provecho ni escrúpulo.
— Para ellos nada existe respetable ni
respetado, y rasgan ú su antojo virtudes y méritos. jEn algo han de pasar el rato!
Si queréis saber misterios de bastidores, acercaos á la esquina del café Imperial. Allí sabréis que todas las obras nuevas son robadas; que Taraayo, Bretón, Avala, García Gutiérrez y todos nuestros más notables poetas no saben escribir una redondilla, sino que tienen alquilados á unos cuantos genios de veinte años que les hacen las obras que firman luego como suyas; alU sabréis que todas las damas del teatro tienen más aventuras que el ingenioso hidalgo de Argamasilla; allí sabréis que los hijos no son hijos de sus padres, ni los padres, padres de sus hijos; allí sabréis que no hay empresario que no haya quebrado fraudulentamente una docena de veces por lo menos; que no hay actor ni actriz que merezca un solo aplauso , escepcion hecha de quien habla; allí sabréis con asombro, que cada primer actor ha muerto en desafío á seis ó siete periodistas.
Allí sabréis, por último, que el murmurar es una industria como otra cualquiera, que á veces produce resultados positivos, bajo
la forma de una contrata, y que hay seres tan desgraciados que llegan á familiar. zarse con la murmuración basta el punto de creerla una de las ocupaciones más naturales y propias de quien no tiene otra cosa que hacer.
Para semejantes industriales escribió un poeta dramático los siguientes versos:
...Por eso, si algún talento desde cierta altura brilla, á menoscabar su fama se presta traidora envidia, y cuando hundida en el cieno su reputación admiran, cuando han llenado de lodo aquella conciencia limpia, celebran su loca empresa con estúpidas sonrisas... ¡Quién tiene su honor en poco, goza si el ageno pisa!...
A los gritos de ios primitivos fosforeros [A cuatro cuartos las de cien cerillas! sustituyó el de \Baules y ivagones por dos cuar^ tosí Pero esto era poco todavía: la industria
fosforera perseguía un ideal y lo ha encontrado en parte. Hoy dice: ¡Por dos cuartos cien cerillas y un periódico!
Mañana probablemente dará por dos cuartos cien cerillas y un café con media tostada de abajo.
¡Nieguen los incrédulos el progreso!
Los fosforeros de la Puerta del Sol son de dos clases: fijos y ambulantes. Los de puesto fijo lo tienen en el ingreso de los cafés y hasta en el mismo ministerio de la Gobernación, sustituyendo á la antigua garita del centinela. Los ambulantes llevan su mercancía en un cajón colgado al cuello. Unos y otros ejercen una industria bastjnte lucrativa, por realizar la ganancia de muchos pocos, que es ó debe ser el preferente objeto del comercio. Los primeros especialmente tienen mayor sueldo que un juez ó un catedrático, aunque no dependa toda su ganancia de los fósforos, sino también del papel de fumar, papel de cartas, sobres, periódicos, fotografías, calendarios y décimos de la lotería nacional.
jGon qué envidia debe mirarlos el humilde limpiabotas que, estacionado en una ace-
ra, acecha los pies de los transeúntes y mancha sus botas con un poco de barro, para hacer necesarios sus servicios! Porque no hay que hacerse ilusiones: la moda y los limpiabotas son hoy incompatibles. Dentro de poco, el tipo de este habrá desaparecido y pasará á ser objeto de estudio para el arqueólogo, como lo es ya el pobre de San Bernardino, que con su caja de lata en la cintura y la mecha en la mano, convidaba á los paseantes á encender el cigarro. El limpiabotas ha cerrado ya su establecimiento, maldiciendo primero del charol y del chagrín, y después del becerro mate; ha cojido un trípode y un bote, un pincel y dos cepillos , y armándole de paciencia , se ha establecido al aire libre, reduciendo sus aspiraciones á los pies de los cocheros. Ha renunciado al porvenir, ha renunciado á las propinas, y sólo aspira á ganar para el sustento, trabajando como un negro.
Fenómeno notable. Los negros son precisamente los que mayor cariño tienen al ejercicio de esta industria: no falta tampoco quien asegure que hay negros falsificados; pero este es un punto tan oscuro que no nos
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atrevemos á intentar ponerlo en claro. De todas maneras, los limpiabotas contribuyen al lustre social y merecen ser considerados, aunque ellos en su modestia se arrojen á nuestros pies.
Realizan un Irabójo honrado y no dan perro al público.
Tampoco lo da otro industrial situado no lejos del limpiabotas; pero lo vende. Todos losí madrileños le conocen: el perrero es un ser imprescindible en la Puerta del Sol. Comprendemos á dicha plaza sin su iglesia del Btien Suceso, y la comprenderíamos sin el ministerio de la Gobernación, sin sus lujosos cafés, sin sus elegantes comercios: como no la comprenderíamos nunca seria sin el perrero. Este industrial forma parte integrante de ella, como la fuente que hay en su centro y como sus farolas.
¿De dónde procede? ¿Gana mucho? ¿Cómo se llama? Nadie lo sabe: en cambio, nadie hay que le desconozca.
Pero, ¿qué turba de industriales es la que vemos, así que la concurrencia llena
los cafés? '-^fM);).-/..
¡Ah! sí: ese hombre de blusa y sombrero
VIAJE CRÍTICO.— 7
chambergo es un itül" «no, que lleva vaciados CQ yeso de be lí^í !> esculturas. Difunde el arte por poco dinf ro. No es ya el vendedor de saniiy bomti, ixiaU^ que conocimos en nuestra niñez: ha lu -¡orado, ha crecida y arrinconado los niños de la bola pintados de almazarrón y lo * 'ooejitos vivos, que pudo vender á su lle^¿i la á España: lleva hoy reducciones en y<»jo de verdaderas obras artísticas , rn*: 1 ilíones en azufre, con relieves de honihi<'s, célebres, y otros objetos muy apreciiíl>l<v. Durante el dia expone dichos objeto ; w las ventanas de algún edificio, y por l.i aeches recorre los cafés.
Ese otro industrial, v<'stido con chaquet» parda y sombrero niíiinht^go, cuya rápida pronunciación impo>¡l»«lita que se le comprenda, tengo para mí (ue debe ser pariente del Judio Erraii , ó que, por lo menos, se ha tragado me lia docena de las pildoras de Salomón, poi «{ue hace muchísimos años que vive, vcí! i»endo piedras para afilar navajas, corneí ció poco más productivo que el de lentes i(í\muados para mirar los eclipses de sol. ¡Y i todavía pregonase
su mercancía con claridad! Pero, ¿quién al oirle repetir sesenta veces por segundo, qutrehenaqutrehenaquerehena» . . podrá comprender que vende piedras para las navajas de afeitar?
Esos otros que desembocan por las calles de la Montera y de Carretas son futuros editores y libreros en agraz: hoy por hoy cargan con una arroba de novelas y poesías que venden á bajo precio en los cafés, y llevan en el bolsillo de la chaqueta varios ejemplares de obras peí tenecientes á una literatura soez y escandalosa, con la que algunos escritores vierten la infamia de su alma en la inocente juventud.
Otros venden fotografías más ó menos repugnantes, gracias á la impunidad.
Siguen á estos los infinitos comerciantes on bisutería; los ópticos que siendo madrileños de pura raza pregonan y ofrecen buona lente y buona gafa; los comerciantes de babuchas morunas; los fabricantes de palillos para la dentadura; los repartidores de entregas de novelas; los pobres que piden limosna fingiendo tipos, inventando desgracias y ponderando catástrofes , y
otros cien y cien que prolongarían con esceso este capítulo.
Renunciemos, pues, á seguir analizando las varias industrias que se ejercitan en el punto más céntrico de la capital.