Viaje crítico alrededor de la Puerta del Sol · Capítulo real 5 de 8

CAPITULO VI

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 1 tramo técnico para mejorar el rendimiento.

CAPITULO VI.

Industrias colectivas: Los mineros.— Los artistas.— Los hombres de ne§;ocios. — Aves de paso.

Formando varios corrillos, en los que se notan largos y animados diálogos, vense en la Puerta del Sol, desde las doce del dia, numerosos tipos dignos de Goya y de Alenza, porque sus caracteres y sus figuras son objeto del arte, mucho más que de la crítica.

Tratemos, no obstante, de dar una ligera idea de los mismos, por más incompleta que sea, como hija de una rápida observación.

En el primer grupo que vemos, estacionado al sol, todos los ojos se hallan dirigí-

dos al orador, que ocupa el centro, teaiendo en su mano derecha un pedazo de mineral que despide algún brillo al recibir lo? rayos solares.

— Aquí está la muestra, dice el orador; cuarenta y siete galerías ha sido necesario abrir; pero el filón no mentía. Según los ensayos facultativos, el mineral tiene nueve décimas partes de oro y la otra de cuarzo. Suponiendo que diariamente puedan extraerse diez arrobas de mineral, tendremos al diauna riqueza de 36.000 onzas de oro, ó lo que es igual, más de once millones de reales cada veinticuatro horas.

— Pero la explotación costará mucho...

— Tres jornales de á dos pesetas.

— ¿Y la dirección frcultativa?. .

— Esa es la parte mala: como hasta hoy solo hemos podido repartirnos los accionistas algunos centenares de dividendos pasivos, debemos algunas mensualidades al ingeriiero, lo cual nos hace tener que procurar la venta de las acciones que quedan sin vender.

— ¿Y valen mucho sus acciones?

— Cien reales la lámina.

— ¡Pero eso es un fortunonl ¿Y cómo se llama la mina?

— La Candidez

— Título extraño

—No tanto como á V. le parece. Debe su nombre á que la m\\v.\ fué vendida por la junta anterior para pa .jo de acreedores.

— ¿Y V tiene muchas acciones?...

— Tantas, que siendo yo un hombre sin necesidades, no voy á saber dentro de unos diasen qué invertir los millones queme correspondan. Por eso puedo hoy enajenar algunas; siV. quiere...

— ¡No he de querer, hombre! — ;Y yo quiero otra!

—¡Y yo!

—Corriente, señores. Entremos en el café Oriental y exten leré en él los títulos.

— ¿Y dónde está la mina?

—Junto á la ermita de San Isidro, oculta por un cerro de arena.

Dejemos entrar á los mineros en el café, y no critiquemos á nuestros antepasados por el empeño con qae buscaban la piedra filosofal. Si ellos trataron de convertir las inmundicias en oro, nosotros recogemos á

carretadas el mismo metal, bajo las montañas de arena del termina de Madrid.

Y eso que, por una inexplicable rareza, mientras más ricas son las minas que hoy se explotan , menos personas adquieren acciones de las mismas. Los hombres sensatos se niegan á tomar parte, y hacen bien, en explotaciones que, exigiendo un gasto de tres jornales de á dos pesetas, ofrecen al día un beneficio de 36 000 onzas de oro.

En el grupo inmediato al que hemos visto, se habla de consolidado, bonos, títulos pequeños, sisas, y empréstitos de todas clases y fechas. Allí se cotizan los peligros del Estado, y se presta con usura sobre el trabajo de nuestros nietos. La liquidación de tin de mes preocupa la atención de todos los individuos dsl grupo; la escasa actividad de la Hacienda para los señalamientos les hace poner el grito en el cielo; la quiebra del comerciante ó el suicidio del agente les ocupa también, sobre todo si el comerciante ó el agente han quebrado ó muerto sin dejar recursos para el pago de acreedores. En dicho grupo se han fundido nobles y plebeyos en un común interés; allí no se reco-

noce más aristocracia que la del dinero, ni más edificio arquitectónico que la Bolsa.

— ¿Quién quiere tres millones? pregunta uno de los del grupo, que masca heroicamente un cigarro de á cuarto.

Y, cosa singular, nadie contesta. Confesemos que el desinterés reside aun en la tierra, aunque lo nieguen los pesimistas.

— Doy uaa prima, añade dorador.

Y su voz se pierde en el vacío: los hombres que le rodean deben ser tan inaccesibles al interés como á los encantos del bello sexo. Ni siquiera preguntan si es rubia ó pelinegra aquella prima tan públicamente ofrecida .

— ¿Q-ué número tiene V. en Tesoro?

—El 95,122.

— ¿Y pagan boy?...

—Del 1.261 al 1.500.

— ¿Y de la Caja de Depósitos?

— Calle V. hombre, aquello es eterno como la otra vida. Pagan la bola 61.

— Dejémonos de matemáticas, incomprensibles para la mayoría de los lectores, como lo son para mí. Los hombres que hemos visto gozan, no obstante, cambiando

unos papeles por otros, comprando millones sin dar un céntimo, y vendiendo miles de duros sin percibir un ochavo. Allí dicen, y debemos creerles, que el cambio está á 49-20; que los ferro -carriles suben, que los billetes hipotecarios bajan; finalmente, que nada se está quieto. Si un mecánico lo hubiera observado, no hubiera dejado de pensar en lo fácil que es encontrar el movimiento continuo con sólo fijarse en los valores públicos.

No lejos de los bolsistas están los hombres de negocios, esos problemas ambulantes de la vida humana, para cuya resolución me declaro incompetente.

—¿Son médicos, son abogados, son escribanos, son ingenieros?

—No señor.

—¿Heredaron fincas ó rentas?

—No pagan el alquiler de su casa.

—¿Juegan?

— Parece que no.

— ¿De qué viven entonces?

— De sus negocios.

Mil veces he oido esto mismo, y otras tantas he querido desentrañar el sentido

oculto de la última frase. Inútil empeño: lo único que he podido descubrir es que los indescifrables negocios de algunas personas suelen ofrecer resultados muy opuestos. Cuando es favorable para el que los ejerce, queda subsistente la duda de cuáles podrán haber sido los negocios de un hombre, que han llegado á proporcionarle uno ó más coches. Cuando es adverso desaparece toda duda: sabemos, por ejemplo, que entre los negocios de que aseguraba vivir D. Fulano, uno de ellos se reduela á conseguir condecoraciones en los ministerios, á representar á varios accionistas en una quiebra, ó á administrar la hacienda ajena, y que los desapiadados tribunales cortaron las alas á nuestro héroe, mediante algunos vistos y considerandos, capaces de hacer viajar á un hombre desde Madrid á Ceuta.

Y codeando á los mineros y á los bolsistas, sonriendo á los hombres de negocios y á los transeúntes todos, algunas desdichadas recorren las aceras, sin que el velo del pudor las acompañe ni la fortaleza de la virtud las defienda. Jóvenes todas, hermosas muchas é inocentes ayer, tienen hoy á

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gala el descaro y la impudencia. No las culpemos, sin embargo, con excesiva acritud. De las culpas de la mujer es casi siempre culpable el hombre.

¿Qi ién será capaz de arrojar la primera piedra á la infeliz pecadora^ ignorando las circunstancias de su caida? ¿Quién negará una mirada compasiva á la pobré^paloiDa, r^^e sin fuerzas para seguir su vuelo por lt.s alturas, se manchó en el fango las blanquísimas alas con que salió de su nido?

Basta, que me enternezco.