Viaje crítico alrededor de la Puerta del Sol · Capítulo real 6 de 8

CAPÍTULO Vil

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 3 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPÍTULO Vil.

Estancos y tabaquerias.—Leyenda oriental.— Divagaciones. — Origen histórico. — Producción . — Industrias deper*^ dientes del tabaco. — Opinión de la ciencia y opinión de la crítica.

¿Fuman ustedes?

En caso afirmativo, poco podrá decirles este capítulo: en caso negativo, es fácil que les enseñe algo que ignoran.

Encendamos un cigarrillo de papel, y parémonos á contemplar el magnífico escaparate de las tabaquerías ó á ver entrar y salir en continua procesión á los contribuyentes que, con la sonrisa en los labios y la moneda en la mano, pagan á la Hacienda pública un tributo que la da pingües rendimientos.

lio

— ¡Parece imposible que gasten ustedes tanto dinero en humo!

— No sé qué gusto tienen ustedes en fumar.

— ¡Qué porquería!

A estas esclamaciones de indudable procedencia femenina, y á otras del mismo carácter, tratamos de contestar en este artículo, así como también á las exageraciot^s de algunos enemigos del tabac^, haciendo de paso públicos varios datos estadísticos en defensa del cigarro puro (tabaco) y del cigarrillo liado, tan en uso en nuestra patria.

El asunto es casi tan nacional como las corridas de toros; véase sino á cualquier novelista francés, y se convencerán los incrédulos de que es imposible retratar á un español sin el tradicional sombrero caloñé^ chaqueta con botón de plata, navaja de Albacete en la faja y nn cigarrillo en la boca, dando el brazo á su manóla, ó hincando en tierra una rodilla para que suba á la calesa que ha de conducirles á la Plaza de Toros.

Pero, seamos justos; si eliminamos del retrato, por ridiculos, el sombrero y la na-

vaja, la manóla y la calesa, siempre nos quedará el característico cigarrillo en la boca de nuestros compatriotas.

Verdad es que aun existe en el mundo quien nos aventaja en el fumar: los mahometanos; pero combinando de tal suerte el vicio con las creencias religiosas, que aun fumando más son menos viciosos.

y á este propósito no creo importuno reproducir aquí la leyenda del tabaco, con la que los musulmanes esplican el origen de la planta. Ignoro la procedencia de la citada leyenda y el nombre de su autor, y debo limitarme, por lo mismo, á declarar que su paternidad literaria no me corresponde.

Dice así:

Viajaba una vez el profeta Mahoma por los desiertos del yémen.

Era invierno.

Como hacia frió los reptiles dormían el letargo de las noches largas.

El camello del profeta puso su calcañal sobre la guarida de una víbora, y apareció entonces esta enteramente amortiguada por el frió.

Compadecióse Mahoma del pobre reptil, bajó del camello, tomó á la víbora y la puso dentro de la manga de su túnica para que volviese á la vida, y ^^ calor la dio vida nuevamente, i

Entonces empezó á moverse, luego saeó la cabeza, y dijo: i í ^

— Profeta, quiero morderte la mano.

— No seas ingrata, la contestó él.

— Lo quiero.

.—Guando me des una razón, y me pruebes que tienes motivo, te dejaré hacerlo.

— Tu raza, dijo la víbora, está siempre en guerra con mi raza: la huella de los tuyos aplasta á los mios siempre, y yo necesito vengarme.

— Pero no se trata ahora de nuestras razas, la replicó con dulzura el profeta: la cuestión está en este instante entre tú y yo. ¿Qué males te he causado yo? ¿por ventura no acabo de hacerte un beneficio con el calor de mi pecho, y mi brazo tornándote al vivir?

—Quiero, sin embargo, morderte para que en adelante no hagas daño ni á mí ni á mis hijos ni á los de mi raza.

— Eso, pobre reptil, será una ingratitud: me devuelves mal por bien, ¡ay de tí que tan mal quieres pagar los beneficios!

— Lo quiero, gritó iracunda la víbora; entonces, lo juro por el Dios grande que te morderé, y lo quiero.

Al oir el nombre de Dios el profeta, no se atrevió á replicar: inclinó la cabeza, y dijo:

— c(¡Qae su nombre sea bendito! suyos somos y por El tenemos la vida.»

Y alargó la mano á la víbora, rogándole que la mordiera en nombre de Aláh.

Y la víbora mordió la mano sagrada del profeta.

Entonces este, poseído de un vivo dolor^ la dejó en tierra con cuidado, y sin hacerla daño ninguno, y en nombre del Dios Gran* de, la maldijo porque habia sido ingrata, y á todos los hombres que obraran del mis-? mo modo con ella.

El profeta aplicó en seguida con fuerza sus labios á la herida, aspiró con valor, y por medio de la succión estrajo el veneno de víbora, y lo escupió sobre la arena del desierto.

VIAJE CRÍTICO. — 8

Y al punto en el mismo sitio donde ha bia tocado la saliva nació una planta, que creció de repente y echó hojas.

Los hijos del desierto que acompañaban, al Profeta quisieron quemar algunas de aquellas hojas como en holocausto al Dios Grande que habia salvado del veneno ■ al jefe délos creyentes; y entonces percibie-, ron el estraño y delicado aroma que las hon> jas de aquella planta exhalaban al quemarse. , .,

Y desde aquel dia todos los buenos musulmanes fuman las hojas de aquella maravillosa y bendita yerba, que el dedo de Aláh hace multiplicarse en las arenas y los oasis, y aspiran su perfume con respeta y placer porque participa su sabor dp la amargura del veneno de la víbora y de la dulzura de ia saliva sagrada del Profeta. , «La hoja del tabaco» es desde entonces la delicia de los Hadjis que han hecho la pere-« grinacion á la Meca santa; de los ulemas que enseñan la sabiduría en el atrio de la mezquita de El Azahr, que es fuente de alegría y luz; y de los hijos de la blanca lienda, que son los reyes del desierto.

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Y tambiea desde entonces el creyente que recibe de otro musulmán la sal de la hospitalidad bajo la sombra de su casa ó de su tienda, está obligado á amarle y hacerse matar en su defensa si es preciso, porque es su hermano, y porque la maldición del Pro - feta pesa sobre la cabeza de los «ingratos,)) que no podrán ver la luna clara iel paraíso en la noche de su muerte.

Esta es la leyenda de aLa hoja de tabaco» que se trasmite de tribu ea tribu por los viejos. creyentes, ú través de las generacio-: nes y los siglos, para enseñanza de los musulmanes y gloria de xVláh, cuyo nombre sea euteramente bendito.

¡El es el Grande!!!

VoLva-raüs ahora á nuestro asunto, bajp sü puuto de vista español.

El tabaco es la principal industria degobierno, y á la cual debe mayores rendimientos, como acaso veremos más adelante: ha encontrado la fórmula de hacer tributario el humo y de que las nubes espirales de tabaco figuren por muchos milHo-:

nesen los presupuestos de ingresos del Estado.

Los quo más han perorado contra el estanco; los partidarios del libre cambio, que tantos aplausos arrancaban años atrás en el Ateneo, han sido poder, han tenido en sus manos el planteamiento de las reformas que hablan predicado, y no se han atrevido á verificarlo.

Han preferido aprovecharse de sus rendimientos, dejando que el bello sexo anatematice el uso del cigarro y que los poetas y los filósofos se absorban mirando las bocanadas de humo, acaso buscando en ellas un consonante prófugo, ó una controvertida verdad.

Porque en el -humo del cigarro puede encontrarse mucho más de lo que los químicos afirman: puede encontrarse el olvido de los pesares y hasta el de los hombres; puede ser la nube que nos oculte al mundo y sus miserias para dejarnos entrever lo infinito é inmaterial.

Otras veces nos lleva insensiblemente á pasadas épocas y nos devuelve la juventud, los alegres años en que comenzábamos á

ser tributarios del estanco, para que el cigarro nos sirviera de compañero durante las largas horas en que acechábamos el entreabierto balcón de un piso principal, la iluminada ventana de un segundo, ó la mal cerrada puerta de un sotabanco. El humo rejuvenece entonces nuestro pensamiento, y nos presenta, insensible y graciosamente, nuestras primeras ilusiones y nuestros primeros desengaños; los días en que es-^ cribiamos versos de pacotilla para convencer á una pudorosa sílfide de que el medio mejor de conservar su problemática pureza consistía en abrirnos la puerta de su habitación ó aceptar una cena en algún café célebre por la economía de su alumbrado.

El humo del tabaco, ha dicho no sé quién, crea poetas.

El humo del tabaco, añade, arrastra las miradas del alma.

El cigarro embriaga, pero embriaga de tristeza. Por un instante nos eleva con su humo; pero pronto nos vuelve á la realidad con la gastada colilla que queda en el suelo.

Nos hace soñar con lo que fué, y nos des-

pieria sin piedad enseñándonos lo que es.

Recuérdanos nuestras pasiones, nuésti^os caprichos y nuestras fugaces venturas; pero así que s<} desvanece su humo y qtié -la solitaria punta del cigarro se va apagaríao en el pavimento, la realidad vuelve á presentarse, los sueños se alejan, y la poesía de los recuerdos desaparece.

Sólo queda la prosaica punta del cigarro, acaso para recordarnos que debemos volver á él examinando lo que es el tabaco. ' '

Cuando el capitán español Grijalba, cota unos cuantos compañeros, emprendía sü expedición á Tabasco, poco tiempo después del descubrimiento del Nuevo Mundo , no podría figurarse ciertamente que lo mismo que tanto les chocó en los indios habia de generalizarse en todos los pueblos civilizados.

Cuando Hernán Cortés envió de regalo al emperador Carlos V alguna cantidad de tabaco, estaría muy lejos de pensar que facilitaba al Tesoro un ingreso que habia de desarrollarse extraordinariamente en los futuros siglos.

Pero así como el Nuevo Mundo tomó su

nombre de quien no había soñado en desíoubrirle, así el tabaco debió también el ^Biivo primitivo de Nicotia na á Juan Nicot, ^efif^bajador de Francia en Lisboa, por el solo mérito de haber mandado una muestra de áireho género á París en 1560.

Descubierta la planta, no quedaba ya más que fumarla, y en este punto debemos hacer completa justicia á los españoles: no fueron los que más prisa se dieron á ello. Otros pueblos nos adelantaron en echar humo por las narices ó atestarlas de polvo, llegando hasta tal punto su afición que la ciencia se alarmó y la política tomó el asunto por cuenta propia, apoyada por la religión. Pero la ciencia, la política y Iji religión tomaron mal camino, y lograron un resultado diametralmente opuesto al •que se proponían La ciencia aseguró que el tabaco era un veneno, y como ninguno de sus aficionados se moria, cayó en el mayor descrédito semejante afirmación. La autoridad religiosa prohibió su uso, bajo las más severas penas de excomunión, y á pesar de la leyenda que hemos copiado, la autoridad civil amenazó en Turquía con

pasear por las calles á los fumadores coa una pipa atravesada por las narices, ea Eusia con cortar dicha parte del individuo, y en Persia con quitarle la vida radicalmente,

Gomo la privación es causa del apetito, y basta que se mande una cosa para que -se haga otra, los europeos se burlaron déla ciencia, desobedecieron á las autoridades civil y religiosa, y consumieron con avidez todo el tabaco que lograron tener á mano.

Felipe IV dio una prueba de talento, viendo el desarrollo que habian adquirido la pipa y el rapé: creó el estanco, y convirtiendo al Estado en comerciante é industrial, logró lo que la ciencia, la religión y el poder civil de otras naciones no habian conseguido: disminuir el número de fumadores y el de los aficionados al rapé.

Muchos que en Rusia se hubieran dejado cortar gustosamente las narices, no quisiexon pagar su tributo al Gobierno español, y á esto se debe sin duda que el vicio quedara estancado en España durante muchos años, en tanto que crecía en otros pueblos

donde no se imponía gabela sobre el respirar, como en nuestra queridísima nación.

Pero ¿qué es á todo esto — me preguntará algún lector curioso— el tabaco?

El tabaco, contesta la ciencia, es un género de plantas de la familia de las solanáceas, cuyas especies son herbáceas ó subfrutescentes: se hallan revestidas comunmente de una vellosidad viscosa, y crecen por lo regular en las regiones tropicales de América y algunas de Asia. La que sirve de tipo crece en la América meridional: tiene el tallo recto y redondo, las hojas grandes y oblongas, y las hojas pediculares grandes y hermosas. El cultivo del tabaco ha producido muchas variedades, que suelen conocerse con el nombre del país que las produce. Las hojas del tabaco son verdes, exhalan un olor fuerte y desagradable, que se modifica luego por la fermentación, y al fin se convierte en un aroma suave.

Metodizando nuestro trabajo , debemos decir algunas palabras respecto á la producción del tabaco.

Este se cultiva en toda clase de terrenos^ pero exije que su plantación se verifique

^22 entre los 12 y los 29 grados de calor, que debe aumentar después en los cuatro meses siguientes. En Cuba se siembra en los úí timos meses del año, y en la Península española por primavera y principios de verano .

El sitio en que se siembra se llama vega, rtombre de que se deriva la voz de vegueros, aplicada á los tabacos.

En la Vuelta de Abajo, de donde procede el mejor tabaco, la planta se divide en- libra, quebrado, puntas, injuriado de 1.*, 2* y 3.* clase, pajurrias y capaduras. La libra la constituyen las hojas más sanas, mayores, más aromáticas y de mejor calidad. El quebrado se compone de la hoja superior de la planta, que por estar taladrada por los gusanos no entra en la clasificación anterior. Las puntas é injuriado de primera comprenden todas las hojas útiles para capa, cualquiera que sea su olor; el injuriado de segunda se compone de capa y tripa, y entra en él más generalmente el tabaco flojo que el fuerte, y el injuriado de tercera es todo tripa, aunque de la más sana. La pajurria sólo se compone de tripa floja, y pertenece á la parte inferior de la

planta,* y ibs cá^ádaras se forman con el tabaco de legando corte.

En la Vuelta de Arriba, y en tados los dernáá puntos productores del tabaco; éste sólo áé divide en capa y tripa; división en último resultado bastante más sencilla que la que hemos consignado anteriormente.

El sistema empleado en algunos puntos para defender las plantas del tabaco de la multitud de insectos que les acosan, consiste en echar al plantío bandadas de pavos. Esta circunstancia debe recordarse con gratitud por todos los fumadores, para levantar b1 pavo un monumento.

Así que las hojas están en sazón, se cortan las matas á raiz de la tierra; se las seca á la sombra; se forman montones con los atados, y se les remueve frecuentemente para que ño fermenten con exceso. El método más generalizado de guardarlas hojas, consiste en meterlas en barriles para la exportación, si bien no deja de emplearse el torcido de las hojas formando sogas grue • sas. En algunos puntos productores se hace €l torcido á torno.

La fabricación de cigarros y cigarrillos

merecería un estudio especial, pero que no entra en nuestro objeto: cualquiera que haya visitado una fábrica puede haberse convencido del sinnúmero de brazos ocupados en todas las operaciones que requiere el tabaco antes de quedar convertido en cigarros aristocráticos, plebeyos pitillos, y picadura fuerte ó suave.

Aunque los fumadores que lo son de veras fuman con igual fruición unos y otro, productos, debemos consignar que la moda, la costumbre y hasta el carácter de los pueblos, les hace preferir respectivamente una ú otra forma para el consumo del tabaco. El cigarrillo de papel, por ejemplo, es casi exclusivo de España; el cigarro de hoja, de Francia 6 Inglaterra; la pipa, de los paises del Norte. En algunos pueblos, el tabaco sólo se toma en polvo; en otros se masca; en los más, se quema. La pipa es la inseparable compañera del alemán, asi como el cigarrillo de papel lo es del español. En Oriente se disputa con ventaja como ya hemos dicho á los alemanas y á los españoles la reputación de fumadores.

Las mujeres han arrebatado también al

hombre la costumbre de funiar, y en muchos pueblos no creen vergonzoso salir á la calle con la pipa ó el cigarro en la boca. En España sólo se permiten el lujo del tabaco las que han conocido ya todos los demás vicios. Es, por decirlo así, el complemento de la vida crapulosa.

El consumo del tabaco se halla tan generalizado en nuestros dias, que aunque su uso se conceptúe como un vicio, es un vicio que se comete públicamente.

En algunas naciones los fumadores conservan un resto de pudor, pero aquí en España cada ciudadano es una chimenea ambulante. Fumamos en casa y en la calle; fumamos en los pasillos de los teatros y hasta en el tocador de las damas. Arrojamos humo por la boca, por las narices y basta por los ojos. Enrarecemos la atmósfera, manchamos el suelo, quemamos las sábanas de la cama, y cuando acabamos de fumar seguimos pensando en fumar de nuevo.

La petición de un cigaiTo está admitida en la mejor sociedad, y nadie se cree humillado por dar ó tomar un cigarrillo, un tabaco ó una pipa.

Ei tabaco es el partidario más decidido de la esclavitud.

Si los radicales hubieran podido presumir que el trabajo libre podia privarles del uso del cigarro, de seguro que np bubierau votado la ley de la abolición, '^.^ ^^

El tabaco enriquece á su cultivador y á su fabricante; constituye uno de los artículos que dejan al comerciante mayores rendimientos ; es el tributo indirecto que mayores beneficios reporta al gobierno, y permite que á su sombra se desarrollen infinitas industrias.

Suprimid el tabaco, y se suicidarán en ^1 acto todos, los constructores . de |^e tacas , cigarreras, pipas, cajas y boquillas.

Suprimid el tabaco, y la industria fosforera recibirá un golpe mortal, y los estau-. queros pasarán al panteón de los cesantes, y los fabricantes de libritos de Alcoy, declarados en forzosa huelga, serán capacea de repartirse en nombre de las doctrinas intemacionalistas las orejas de todos sus conciudadanos.

Suprimid el tabaco, y veréis desaparecer como por ensalmo todos los comercios en

que ü^s venden, como leí^ítimos vegueros, los productos del contrabando andaluz y los riquísimos coraceros de Pinto y Léganos.

Suprimid el tabaco, y veréis desaparecer á los ambulantes vendedores y vendedoras que os acosan por todas partes con la tradicional pregunta de: ¿Hacen falta cigarrillos?

Suprimid el tabaco, y la industria colillera pasará á la historia y desaparecerán del Rastro los montones de puntas, en que buscan su primera materia los mozos de café, para vender luego á sus parroquianos los paquetillos de cigarros habanos.

Suprimid el tabaco, y veréis lo que no habéis visto nunca: veréis á un pueblo entregarse á los mayores desmanes y á los más inicuos despojoSj sin freno alguno que ie contenga.

Porque, no debemos hacernos ilusiones: el socialista más furibundo se amansa admirablemente desde el momento en que se le dá una tagarnina de tres cuartos, y el hombre más pacífico y de mejores condiciones morales se convierte en una fiera

desde el momento en que se encuentra sin tabaco.

Una moneda de cinco duros, abandonada sobre las piedras de la calle, no es arrebatada tan pronto como una colilla de puro. Es un hecho comprobado. Aquí en Madrid, donde tanto se fuma, no he conseí^uido ver durante cinco horas una sola colilla coracera en el suelo, y hay quien asegura que muchas de ellas no llegan á tocar la tierra. Siempre hay una mano dispuesta á cojerla al vuelo.

El cigarro ha sido un elemento nivelador y democrático: gracias á él, el plebeyo ha parado al noble en la calle para encender un coracero en una breva. Cuando existia aún en el ejército español la disciplina, vimos una vez á un quinto mandando al capitán de su compañía. El quinto habia empezado á fumar un cigarro de á dos cuartos, — entonces era el precio corriente, — y el oficial le llamó para encender otro. Apenas lo hubo verificado, cuando trató de devolverle á su subalterno el cigarro; pero no pudo menos de sorprenderse cuando escuchó decir al quinto: tírelo usté^ mi capitán.

— Pero, hombre, si apenas lo has empezado...

— Tírelo V., que alguna vez me ha de tocar á mí ser el que mande.

¿Cuándo hubiera logrado esto á no ser por el tabaco?

El cigarro so ha adelantado á los legisladores de 1875, para fijar la mayor edad del hombre.

Hace muchos años que viene marcando el tránsito de la niñez á la juventud. La frase de 1/a fuma FulanilOy dicha por más de una madre complaciente , equivale á decir ya es un hombre Fulanito. Y ¿qué madre no protejo á hurtadillas el vicio del tabaco en sus hijos, facilitándoles recursos para sostenerlo?

Todas estas circunstancias concurren poderosamente á que el gobierno logre inmensos beneficios del estanco ; á que el contrabando no concluya y á que existan diez ó doce magníficas tabaquerías en la Puerta del Sol , sin contar los cente nares de ellas que hay en el resto do -Madrid. :M\ célebre Dr. Magnenus manifiesta que

VTA..TE CUÍTICO. — 9

el uso del tabaco debe ser prohibido á los niños y á las mujeres en cinta.

Pero aunque el Dr. Magnenus no lo hubiera dicho, ío diría la sana razón.

Dejando, pues, á un lado á las mujeres y á los muchachos, veamos las razones que se oponen á que el hombre use del tabaco:

1/ Porque perjudica á la memoria.

2.* Porque debilita el olfato.

Ov^ Porque ocasiona temblores.

4.'* Porque enflaquece.

5."^ Porque predispone á la parálisis.

t).'^ Porque turba la inteligencia.

I.'*- Porque dificulta la digestión.

8.* Porque es mortal su uso para los ancianos.

9/ Porque dispone á la pereza.

10. Porque produce un atontamiento, que en Filipinas se llama chi/iadura.

Renunciamos á seguir enumerando los perjuicios que causa el uso del tabaco: baria interminable y poco grato este trabajo. Consta, sin embargo, que muchas notabilidades científicas se han consagrado á esta cruzada, en la que han intervenido los célebres Baillard, Buffon, Chomel, Caques,

Perey, Barthelemy, Orfila, Joli y otros muchos sabios... que, sin embargo, fueron fumadores en su mayor parte.

Un ilustre profesor español ha tenido la paciencia de coleccionar todo cuanto se ha escrito en contra del tabaco, consagrando después el producto de su obra á comprar buenos tabacos. No le censuramos por ello: consignamos el hecho y nada más.

Pero ¿es posible creer que sea causa el tabaco de los males de que le acusan sus detractores? ¿Deberemos creer que cuando el aceite de bellotas es indispensable para los vivos y muertos, el tabaco no ha de ser tolerable en los vivos?

No ciertamente, y para que no se nos pueda acusar de que discutimos de mala fe, vamos á servirnos de los argumentos con que la ciencia pretende anonadar á los fumadores.

Que el tabaco perjudica á la memoria,.. Pues ¿qué mayor recomendación pudiera hacerse de él? Fumemos para no recordar las miserias políticas que nos rodean; fumemos para olvidar los beneficios que hemos hecho y las ingratitudes con que no»

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los han pagado; fumemos para no acordarnos de los versos de ciertos dramas y los artículos de ciertos periódicos; fumemos para ir olvidando poco á poco que somos españoles y que está pereciendo España.

Que debilita el olfato... ¿Y qué? ¿No es mayor el numero de los malos olores que el de los buenos? Luego la debilidad del olfato antes es una dicha que una desgracia. ¿Qué Itubiera sido de nosotros si no hubiéramos fumado hace veinte años, cuando nos retirábamos á casa después de las doce de la noche? ¿Qué sería de nosotros hoy mismo cuando nuestra mala estrella nos arrastra á cualquier teatro pesetero?

Más grave es la acusación de que ocasiona temblores) pero también los experimenta la tierra... y eso que no fuma; también tiemblan, según los poetas, las hojas de los árboles, y nadie las censura. Además que un leve temblor no sienta mal á una persona: hace su figura más movida, recuerda la existencia, la actividad, el entusiasmo. Si el uso del tabaco se generalizase, á nadie extrañaría el temblor y seria una máscara de la cobardía. ¿Quién había de burlarse

del pacífico vecino que un día de carreras diera diente con diente? Algunos que hoy dicen que es un pusilánime dirían entonces: ¡Qué fumador es Fulanol

Pero sigue la ciencia maltratando á los fumadores porque el humo del tabaco hace enflaquecer, ¿Puede darse acusación más peregrina? Ser flaco, en ios tiempos que corren, es una ganga, y sobre todo en España. Los que abrigamos la creencia de que aquí vamos á acabar por comernos los unos á los otros, no podemos menos de felicitarnos por enflaquecer; y si el tabaco quita carnes, la citada consideración nos convida á fumar. Además que un flaco no es envidiado, porque no hace sombra, y en un día de revolución puede salvar el pellejo escondiéndose en el canon de su fusil, caso de ser miliciano forzoso, y si es perseguido escaparse por el oido del mismo. Un gordo, por el contrario, recoge todas las balas perdidas, excita la glotonería de los descamisados, gasta un dineral en ropa, tropieza con todo el mundo, y no puede asistir al teatro á no ser á palco, ni viajar en ferrocarril sin tomar todo un coche. ¿Y para esto

quieren las eminencias médicas que dejemos de fumar?

Pero también dicen que ocasiona la parálisis^ enfermedad que en muchas ocasiones es un bien. Va uno por la calle, por ejemplo , y recibe un pisotón. ¡Bárbaro! exclama la víctima, yantes de que termine la palabra recibe un bofetón, que se apresura á devolver. Cambia su tarjeta con el transeúnte, y á las dos horas recibe la visita de un par de amigos de aquel, y á la mañana siguiente recibe un balazo ó una estocada. Pues á fé que si hubiera padecido de parálisis, ni hubiera salido á la calle en tan nefasto dia, ni hubiera recibido el pisotón, la bofetada y el balazo. Siendo además paralítico, no se entra en quintas, no se sirve en la milicia ni se corre peligro de unirse á la partida del cura Santa Cruz.

Porque turba la inteligencia.., iGualquiera diria que la inteligencia se cotiza hoy como el atrevimiento ó la desvergüenza. ¿Para qué sirve la inteligencia más que para causar la desgracia del que la posee? Sise la dedica a escribir una obra que asombre á la humanidad, enriquecerá acaso á

un editor y á varios libreros, y cuando piense morirse de hambre lo avisará con un ano de anticipación á la sociedad de escritores y artistas para tener derecho á ser enterrado, y pagará la cuota de entrada, equivalente acaso á la propiedad del producto de la inteligencia. Si se consagra á la enseñanza, le sitiarán por hambre los alcaldes de los pueblos. Si se dedica al per - feccionamiento de las ciencias, encontrará tal vez un nuevo planeta ó una millonésima variedad de infusorios; pero ni el planeta ni el infusorio le darán de comer. Si es un artista y logra labrar una estatua admirable, tendrá acaso que arrojarla á la hornilla para hacer que cueza el puchero ó se frian las plebeyas patatas, que le pueda fiar una compasiva verdulera. Entonces acaso lamentará todo lo que ha gastado en sus esludios, que invertido en tabaco podría haber turbado su inteligencia y contribuido, por ende, á su felicidad.

Dice también la ciencia, que el tabaco dificulta la digestión , cosa útilísima , en nuestro concepto, para adelantar en esta vida el purgatorio. ¿Con qué derecho pre-

tende la medicina retrasar la bienaventuranza? Además que una mala digestión tiene también sus encantos y la ventaja de no poder hacer muchas comidas ni gastar dinero en la plaza. ¿O es que quiere la ciencia proteger los placeres de la gula, rechazados por la religión?

Añaden también los médicos que el uso del tabaco es mortal para los ancianos, y en esto conocemos perfectamente su intención. Quieren disculpar hipócritamente su ignorancia; quieren esplicar así las muchas certificaciones de defunción que expiden, y no juzgan nada tan oportuno como culpar al tabaco de la muerte de sus enfermos. ¿Qué satisfacción le ha de quedar al anciano, si se le priva del cigarro, cuando el vigor le abandona y la muerte lo acech¿i?

Pero añade la ciencia que el tabaco predispone á la pereza: no lo negaremos. Un poeta, amigo nuestro, que ha fallecido no há mucho, era el tipo mas perfecto y acabado de la pereza, y él mismo se habia retratado al exclamar:

((De los placeres el que más me agrada,

os el dulce placer de no hacer nada. »

Pues bien; á nuestro pobre amigo no se le veia nunca sin un cigarro en la boca. Se le veia sin destino, sin dinero, sin ocupación alguna; pero lo que es sin fumar, nadie podrá decir que le vio durante su existencia. ¡Y qué feliz era viendo transcurrir perezosamente los meses y los años! ¿No hubiera sido un crimen privarle del tabaco, para que hubiera renacido acaso su actividad? Al fin y al cabo se hubiera muerto lo mismo, y habria trabajado mucho más. El consejo de los médicos es, por otra parte, antipatriótico; pues la pereza es un rasgo característico de nuestros compatriotas, y además la noche se ha hecho para dormir y el dia para descansar. Entre una y otra operación, nada impide que se fumen unos cuantos cigarrillos.

Pero llegamos al último argumento, al argumento de la chifladura^ que nos parece delicioso. Quien tal dice, se conoce que no suelta de la boca el cigarro.

Convengamos en que la ciencia no sabe lo que se pesca; reconozcamos que la infalibilidad no se adquiere en las aulas universitarias, y cuando leamos en algún libró

médico los inmensos perjuicios del tabaco, encendamos reposadamente un cigarro, y repitamos con Buffon, que nada de cuanto se dice en contra de aquella planta se ha probado, ni es fácil que se llefi¡ue á probar.