Viaje crítico alrededor de la Puerta del Sol · Capítulo real 7 de 8
CAPITULO VIII
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 6 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO VIII.
Origen y progresos déla fotografía. — Establecimientos fotográficos. — En el portal.— En el gabinete de espera. — En la galería. — Retrato al vuelo del fotógrafo.
Desde que se usan en el mundo políticos de dos caras, y más especialmente desde que se perdió la buena costumbre de que a Jas gentes se les cayera la cara de vergüenza, la industria fotográfica ha logrado un gran desarrollo , sobre todo en nuestra patria.
Hoy es rara la calle donde no existe una fotografía, y no faltan puntos, como la Puerta del Sol, donde se ven tantas como casas.
La competencia abarata el género, y allí
donde hace seis años costaba un retrato tres duros, hoy se hace por medio ó por dos pesetas.
Al lanzar un fotógrafo el reto de ¡retratos á veinticuatro reales! un segundo fotógrafo recoge el guante y los ofrece á doce reales^ garantizaiido el parecido^ otro fotógrafo los ofrece á peseta, y no falta quien los haga á real. No será difícil, siguiendo esta progresión, que dentro de algún tiempo se hagan retratos co7i obsequio, á elegir entre una entrada parji los Bufos y un plato de caracoles á la madrileña.
Esta rebaja de precios me hace meditar en un problema económico, cuya resolución no es otra que el descrédito de la fotografía y la falta de protección del público para con los sucesores de Daguerre.
El público, sin embargo, es tan ingrato como injusto: después de desear ardientemente la generalización de la fotografía, la abandona y la desprecia, como el niño que después de lograr el juguete por que tanto suspiraba, pretende averiguar primero lo que tiene dentro y lo arroja más tarde lejos de sí.
Al proponerme llevar á mis lectores á visitar algunos establecimientos fotográficos, creo necesario prepararles para la visita con unas cuantas consideraciones en serio y una ligera noticia del origen, medios y desarrollo de la industria fotográfica.
Seré muy breve en esta primera parte de mi trabajo, que suprimirla de buen grado, si na hubiera de servirnos más adelante para conocer y apreciar la obra que se ejecuta en todos los laboratorios fotográficos.
La fotografía no hubiera existido nunca sin la previa invención d3 la cámara oscura, debida al célebre pintor veneciano Juan Bautista Porta. Este aparato recogia las imágenes, y tuvo su complemento en el estudio hecho por Mr. Scheele acerca de las propiedades del nitrato de plata, cuya disolución, puesta en contacto con una sustancia orgánica, se ennegrece á la acción de la luz.
El pintor murió, sin embargo, ignorando las aplicaciones que en el porvenir debia alcanzar su invento: el químico murió también sin conocer la gran parte que habia de
tener su demostración científica en una industria que tiabia de generalizarse tanto como el grabado.
A principios del presente siglo, en el año de 1802, Mr. Davy publicó una extensa relación, describiendo un procedimiento para copiar pinturas sobre vidrio y hacer contornos, mediante la acción de la luz sobre el nitrato de plata; procedimiento que fué estudiado y ampliado después por el doctor Tomás Boung.
Estas primeras tentativas fueron muy útiles para la resolución del problema fotográfico; hallada casi simultáneamente, por los Sres. üaguerre y Niepce de Saint-Víctor, por los años de 1826 y 1827. El primero de ellos había presentado al público de París un famosísimo diorama, para el cual le había servido poderosamente el éxito con que había fijado las imágenes sobre planchas metálicas, en tanto que el segundo conseguía igualmente un resultado análogo preparando sus planchas con bálsamo de Judea y esencia de Lavanda espliego).
Comprendiendo ambos la ventaja de su asociación, ya que la suerte les habia He-
vado á UQ descubrimiento análogo, easi simultáneamente como hemos dicho, y valiéndose de procedimientos análogos, hicieron un contrato en 1 4 de Diciembre de 1 829, por el cual quedaban obligados á comunicarse mutuamente sus respectivos adelantos. Mr. Daguerre debia ser el primero en alcanzar un resultado más completo, así como Mr. Niepce de Saint-Yíctor (sobrino del que he citado ya), debia ser el que más perfeccionase la invención. El triunfo obtenido por Daguerre consistía en fijar la imagen sobre plaqué por medio del yoduro de piala, por cuyo motivo su procedimiento, tomando su nombre, se llamó daguerreotipo. El químico Saint-Víctor, aprovechando algunos trabajos de su tío, formó una capa de yoduro de plata sobre cristal, sirviéndole de vehículo la albúmina, con la cual obtuvo una imagen negativa que, puesta en contacto con un papel preparado con el cloruro de plata y expuesta á la luz, le dio la imagen positiva. ^\*>Á 'v-.r.
Al tiempo próximamente en que SaintVíctor alcanzaba tan halagüeños resultados, Mr. Talbot obtenía en Londres las imágenes
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sobre papel, utilizando para ello las propiedades del nitrato de plata.
En Marzo de 1840, Mr. Fizeam presentó á la Academia de Ciencias de París las primeras imágenes fotográficas, fijadas convenientemente, aunque su tono no fuera tan perfecto como después lo llegó á ser. En 1846, Mr. Archer, siguiendo las huellas de Saint-Víctor, aplicó el colodión á la fotografía en sustitución de la albúmina, y pudo observar que, sensibilizando esta capa con un yoduro, y sumergido el cristal así preparado en un baño de nitrato de plata, se formaba un yoduro de la misma especie, que es la sustancia que hoy se conoce como más sensible á la acción de la luz.
Desde esta época se han multiplicado las aplicaciones de Li fotografía al grabado, la litografía y la tipografía; ha dado origen á la foto-litografía, al grabado heliográfico y al procedimiento foto-lito-zincográfico, introducido en España por el ilustradísimo coro" nel López Fabra, con el que el mismo ha llevado á cabo la reproducción de la primera edición del Quijote.
La fotografía ha contribuido poderosa •
mente al crédito de los artistas, lanzando al público infinitos retratos de los mismos que les han hecho muy conocidos; ha penetrado en los museos y ha multiplicado á su salida las obras más portentosas del arte; ha copiado á la naturaleza en sus más pequeños detalles; ha sido un medio de propaganda política, amorosa y comercial; ha servido para la persecución de los malhechores; para la estadística de las mujeres de la vida airada ó aireada, que para el caso es lo mismo; para sorprender los secretosdel fondo del mar; para fijar en el papel los caracteres de los astros; para enriquecer á sus sacerdotes y para arruinar á los pintores miniaturistas.
La fotografía ha sido protectora de conspiraciones y encubridora de delitos; elemento científico y estadístico; documento de crédito al portador, guia de forasteros; pasaporte de viajeros; recurso dramático; agente propagandista de la inmoralidad y «I vicio.
Sus beneficios son inmensos; pero la humanidad no los ha recompensado aún: antes por el contrario, no puede un fotó-
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grafo adornar la vía pública con sus trabajos, sin que el ayuntamiento le imponga una contribución.
Está visto que, tanto el público como las autoridades, se han propuesto matar á ia fotografía, y mucho me voy temiendo que lo consigan. Esta, en cambio, se ha propuesto llegar á su perfección fijando los colores, y también me temo que lo ha de conseguir.
En tanto que se decide tan empeñada contienda, nosotros, meros espectadores en la reñida lucha, vamos á examinar por dentro lo que es una fotografía; pero como la tarea es algo larga, y como los fotógrafos son tan elevados de miras, que sólo les satisfacen los últimos pisos de las casas más altas, no debe extrañar á mis lectores que me prepare á subir la escalera, haciendo alto en el portal durante algún tiempo.
La curiosidad, madre de todos los vicios, suele reunir constantemente en las portadas de las fotografías á esa población des-r ocupada y trivial, á la que se encuentra en todas partes, menos en los sitios donde se rinde culto al trabajo.
Al penetrar nosotros en uno de dichos portales, acaba de aumentarse su escogido muestrario con el retrato de medio cuerpo de un general, ya anciano, y que luce sobre su brillante uniforme una verdadera prendería de fajas, bandas y cruces.
— ¡Soberbio retrato! exclama un viejo colocado en primer término.
— ¿Conoce V. al original?... le pregunta otro que le acompaña
— Ya lo creo: fué alférez de mi compañía, durante la guerra civil,, en la cual sé hizo notar por el valor con que defendía la causa de nuestro inolvidable rey Garlos V.
— Dispense Y., le interrumpe otro interlocutor, el general X, cuyo retrato acaban de colgar, no debe haber sido nunca carlista; pues recuerdo que en 1848 era republicano y perteneció á las partidas de Cataluña.
— ¿Le vio Y. en el'as? pregunta otro socarronamente.
—Yo, no señor; pero un hermano mió estuvo persiguiéndole largo tiempo.
—Pues.no crea Y. á su hermano; el general X.es moderado: en 1854 lo demostró combatiendo á la revolución.
— El general X, dice otro de los presentes, es un consecuente liberal: tomó parte en la gloriosa, contribuyó al destronamiento de los Borbones, y hoy forma en el partido radix;al, que felizmente nos gobierna.
— ¡El general X, es carlista!
— ¡Es moderado!
— ¡Es radical!
— El general X, tan admirablemente retratado, dice uno de los circunstantes, es un hombre capaz de poner de acuerdo los más encontrados pareceres. Vds. han trazado su biografía exacta y detallada, sin figurárselo. Carlista, republicano, moderado y radical, es capaz de hacerse morraon si el mormonisrao le ofrece un ascenso ó un empleo, una banda ó una cruz. Modelo de políticos, ha formado en todos los partidos y desertado de todas las banderas, haciendo su carrera á costa de los crédulos que le han levantado en brazos. El historiador que trate de reseñar su vida, puede salir del paso arrojando un borrón sobre el papel .
Hasta en una fotografía nos persigue la política; huyamos del corro en cuestión.
Enfrente del retrato del general X, se ve otro de un hombre, que parece imposible haya podido ser retratado. ;Tan grande es su fealdad!
— Hija, dice una mujer del pueblo á otra, cuyo volumen es bastante significativo: na mires á ese señor, que puede perjudicar á lo que esperas.
— Sin embargo, contesta un buen hombre que las ha escuchado, el ciudadano ese es una persona ilustradísima: ha escrito libros, ha pronunciado discursos y ha sido ministro.
— No lo niego, replica la primera mujer; pero eso sólo demostrará que hay hombres que valen más que su cara. Velay.
El retrato de la actriz N... se encuentra junto al del ex-ministro.
Dicha señora debió retratarse en verano, á juzgar por el exagerado escote de su vestido: inútil es añadir que no faltan delante del cuadro mirones, y que algunas de sus frases serian capaces de sonrojar, debajo de su capa de blanquete, á la actriz retratada.
— Si la actriz N., dice uno de ellos, comprendiera sus intereses, haría tapar los oídos y abrir mucho los ojos á los espectadores.
— Ese retrato podría pasar por un tipo y figurar en el catálogo de una exposición de Bellas Artes con el siguiente título: Eva en el Paraíso antes de comer la manzana .
— Pues no sé cómo puede esa mujer presentarse con tan poco abrigo: el vizconde de Selvafria la regaló en tres meses catorce trajes.
— Así está de tronado el tal vizconde.
— i Debilidades humanas ! Siempre se complace uno en vestir á quien le desnuda.
— Pero, parecida, lo está mucho N.
— Las caras de las personas descaradas salen muy bien en la fotografía.
— ¿Conoces á ese tipo de las melenas, que «stá leyendo un libro?
— Sí á fé; es el autor de una obra que parece tiene mucho mérito, según las personas que la conocen.
— ¡Hombre! Asi escribe La Correspondencia,
— Precisamente he tomado la frase de ua suelto que publicó dicho periódico. ¿Qué digo de un suelto? De cuarenta ó más sueltos que le ha [dedicado. Hace un año que decia: «El apreciable joven D. F. de T., cuyas disposiciones para la poesía le colocan ya en el número de nuestras primeras esperanzas, piensa escribir una comedia, que esperan con ansia todas las eminencias literarias de nuestra patria.» Al mes siguiente, nuevo suelto: «Ya saben nuestros lectores que el ilustrado joven D. F. de T. trata de escribir una comedia. Hoy, á pesar de su modestia, hemos conseguido que nos diga su título: se llamará La expiacion perdurable ó abnegación y frivolidad. Creemos que no habrá uno solo de nuestros lectores, que deje de agradecernos esta indicación.» A los pocos dias, nuevo bombo: «La comedia titulada La expiación perdurable no podrá estrenarse en la actual temporada. Su autor D. F. de T. no ha querido precipitarse en concluirla, hasta ver si el año próximo forman juntos en el Español, Matilde, Teodora, Valero, Arjona, Calvo, Vico, Mata y Mariano Fernandez,
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únicos intérpretes dignos de su creación.» Semejantes sueltos, repetidos casi diariamente, hacen que se fije en D. F. de T. la atención universal, y que forme ya en la categoría de las eminencias de nuestra patria.
— Pero ¿y su comedia?
— Ya ha empezado efectivamente á tra* ducirla del francés: ahora sólo falta ir poniendo sus cuartillas en castellano.
—Pues, en el libro que figura estar leyendo, parece que hay un letrero grande...
—Sí, el título de la comedia. Este retrato es el complemento de los sueltos de La Correspondencia .
— Si no fuera tan joven el vate melenudo, creería que lo habia tomado como tipa Escrich, cuando escribió:
...pongo mi fotografía allá en la puerta del Sol, y ya soy lo que se llama un conocido escritor.
—Con efecto, Escrich no podia figurarse la existencia de F. de T. cuando escribid los versos que has citado; pero F. de T. pue-
de muy bien habeí* seguido la receta recomendada por Escrich.
Haria interminables mis observaciones, si me detuviera junto á todos los grupos, sorprendiera todos los diálogos y multipliaase las citas.
Las paredes del portal están literalmente cubiertas de retratos, figurando entre los retratados todos los que por cualquier título han sido reputados por el fotógrafo dignos de la exhibición. Políticos, oradores, magistrados, militares y poetas; mujeres hermosas ó que creen serlo, niños con juguetes , con caballitos ó con trajes de máscara; niños muertos ; niños con sus amas; amas con sus soldados; soldados con su uniforme, todas las clases, todas las fortunas han sido iguales ante el colodión y el nitrato de plata. Todos igualmente motivan dichos groseros ó delicadas frases, justas ó inoportunas observaciones. Quién censura que el dueño del establecimiento haya puesto, bajo el retrato de un Mathusalen con bigote y pelo negro, el letrero de Sin retoque-, quién después de hablar de la
vida pública y privada de una rubia, también retratada en el portal, saca partido del letrero que hay sobre el cristal diciendo: cuarenta reales como la muestra ; quién lleva á mal que una madre haga pública su pasmosa fecundidad, retratándose en un grupo con siete de sus hijos, en tanto que el marido, editor responsable de periódicos que fué antes de la revolución de Setiembre, figura en último término del grupo y casi como de limosna; quién, por último, mirando á un ciudadano, que ha tenido el capricho de retratarse vestido de miliciano, y viendo que tiene en la mano un fusil, respira con tranquilidad y exclama para su capote: cuando éste no ha tirado al pozo su fusil, como en 1856, señal de que el país está tranquilo.
Pero, dejemos que murmuren los curiosos en el portal, tomemos aliento y dispongámonos á subir doscientos cuarenta y cuatro peldaños, que separan á la galería fotográfica del pavimento común de todos los habitantes y transeúntes de Madrid.
— El señor fotógrafo está ocupado: tienen Vds. el número 27 y siguientes.
Estas ü análogas palabras nos dirige un criado, lujosamente vestido, á mis amables acompañantes y á mí, haciéndonos entrar en un gabinete de espera.
Penetremos en él y pasemos el rato examinando los pliegos de aleluyas , que no otra cosa parecen los muestrarios que adornan sus paredes. Las personas retratadas nos son muy conocidas: una?, porque ya hemos visto sus retratos en el portal; otras, porque las vemos constantemente en los sitios y paseos públicos. Figuran, pues, en la colección, el marquesito de A..., cuyas excentricidades le han conquistado una fama universal de necio; el senador K, que se ha dedicado en su vejez á la cria lucrativa de palomas, con la cual ha logrado arruinarse; el general Z, sargento en 1866, coronel en 1868 y hoy teniente general, cuya conciencia no tiene que acusarse por haber faltado al quinto mandamiento; el tenor U, notable porque llega al sol, según la tecnología musical; la bella condesa X, de cuyas facciones, más temibles que las carlistas, se cuentan conquistas increíbles; el catedrádico M, cuyas obras ofrecen la
particularidad de haber sido traducidas del francés á un idioma que él asegura ser español, pero que tiene mucho de griego; la bailarina Q, sorprendida por la máquina fotográfica en el momento preciso en que, mirando al público, eleva su pierna en ángulo obtuso; el matador de toros Coletilla^ que señala un descabello sobre el inanimado cuerpo de un toro de cartón; el camorrista H, luciendo el pelo á la sevillana y las patillas á la flamenca, y otras notabilidades del foro, del toreo, del teatro, de la política y de las artes.
Nuestras indiscretas miradas, fijándose después en el velador que adorna el gabinete, pueden examinar varios alhums^ lujosamente encuadernados.
Uno de ellos, en el que se ven infinitos retratos de personas conocidísimas, sobre todo en el mundo político, no ofrece al pronto particularidad alguna. Después de revisarle detenidamente podremos leer en la primera hoja: Álbum de los morosos para el pago: 1848 á 1872.
Otro libro consagrado al bello sexo, cuyos encantos no se ven oscurecidos por las mo-
daá. El número de las Evas retratadas es considerable: sus caprichosas posturas denotan que el fotógrafo es un verdadero artista y que las ha colocado recordando las más célebres obras de la estatuaria griega. Inútil será que busquemos la más mínima hoja de parra en todo el álbum; se conoce que se retrataron durante una estación en que la naturaleza no las producía. ¡Pobres mujeres! Seguramente que no tienen siquiera para comprarse un vestido de percal; y todas, sin embargo, aparecen risueñas y provocativas...
Veamos otro libro más variado: en él figuran vistas de los monumentos más célebres del mundo, caprichosamente interpolados por el fotógrafo: las pirámides de Egipto junto al cuartel de la montaña del Príncipe-Pío: la basílica de San Pedro en Roma detrás de una cueva mejicana; la Alhambra de Granada delante de la célebre casa de las bolas en la calle de Hortaleza.
Pero ¿qué ruido se escucha en la galería? ¿será una disputa?
Acerquémonos á la puerta de comunicación.
—Es inútil, dice un caballero, en quiea creo recordar á un diputado de la mayoría: mis electores no me reconocerán en este retrato. ¡Es detestable!
— ¡Es excelente! dice el fotógrafo amostazado: no hay en Madrid quien trabaje mejor que yo.
—No lo dudo; pero se conoce que ha estado V. conmigo poco feliz. — Pero, ¿por qué?
— ¿Por qué? Voy á decirlo ¿No tengo yo dos ojos?
-Si tal.
—Pues aquí en el retrato no hay más que uno.
— Pero...
— ¿No tengo dos orejas?
—Si, pero...
— Pues tampoco ha sacado V. más que unaé
—Repare V. que ej retrato es de perfil. ^1
— Ta, ta, ta... ¿Si creerá V. que vengo de arar? Aunque yo me coloque de perfil, ¿dejaré de tener dos ojos y dos orejas?
— Y bien grandes; pero... - -^^j»
— Y otra que tal: ¿tengo yo el cafello negro? *>-
— Si es la sombra...
—En mi vida política no hay la menor sombra, y pocas indirectas conmigo.
— Vamos, será preciso...
— ¿O es que lo dice V. por la gran cruz que llevo?
Pues ha de saber que rae la han concedido libre de gastos, y que en mi distrito le podrán decir quién soy, y si á pesar de haber sido alcalde, he comido los pastos del término y si no fui miliciano en el bienio...
— Pero, el retrato, el retrato...
—Ese retrato no se me parece.
— ¿Y no lo toma V?...
— No, señor.
—Perfectamente: entonces le colocaré en el portal, diciendo en un letrero que el original es un tramposo.
—Puede V. hacerlo...
—Las personas que le conozcan...
—¿Quién me ha de conocer? Mis electores saben perfectamente que yo tengo dos ojos y dos orejas.
— Entonces, vaya V. con Dios.
— ¡Y luego dirán que no miente la foto-
grafíal dice marchándose el padre de la patria.
£1 criado que nos abrió la puerta, dice JQQto á la de otra habitación de espera:
— ¡Puede pasar el núm. 251
Y efectivamente, el núm. 2o, que es una señora no mal parecida, cruza por el corredor que da entrada á nuestro gabinete, y entra en la galería.
El fotógrafo le hace utta reverencia y se entabla entre ambos el siguiente diálogo» que, gracias á la proximidad, podemos escuchar.
— Caballero, dice la parroquiana, en manos de V. está mi felicidad.
— Mucho me felicito por ello; pero no comprendo
— Yo so\ : soy todavía soitora...
— Por ni IOS.
—¡Cómo!
—Quiero decir, que estoy á >
—Pues bien, un hombre áqu, , „, ,. „,, quiere casarse conmigo por podere:>. Roside en la Habana, y yo no quiero tener á mi marido tan l'>í^<
— Lo compi\
—Vamos á ver, si un hombre se obstinase en casarse con V. desde la Habana ..
— Señorita: esa hipótesis no es admisible.
—jAh! es verdad; pues l)ien; si una mujer...
-Hay asuntos en que sólo la ]>ersona interesada...
— Es verdal: por eso yo, queriendo á lodo trance romper el proyectado matrimonio, he pensado mandarle al pretendiente mi retrato.
—Las gracias de V. le cautivarán más y más.
—Por eso quiero que mi retrjto no sea mi retrato: quiero salir fea, muy fea...
—Eso es imposible: la fotografía dice /siempre la verdad.
— ¿Se niega Y?
— Resueltamente: aunque y- .n ,,nstine, no puede V. salir fea.
— Eso me ha dicho mi primo, ol alférez de lanceros.
— Y ha dicho muy bien...
- Pues yo necesito realizar mi plan, y ^ a que V. se niega acudiré á una fotografía que he visto en la calle del Penon de Fran-
VIAJE CRÍTICO. — 1 i
cía, cuya muestra sólo tiene algunas mujeres horribles.
— Puede V. hacerlo, y estoy á sus pies.
La dama se retira, y el criado vuelve á decir:— ¡Puede pasar el núm. 26!
El número llamado es un paleto de atlética presencia y parda vestidura, que, al entrar en la galería, pregunta:
— ¿Es aquí el retratador?
—Sí, tal; puede V. pasar. ¿Quiere V. su retrato de tarjeta ó de placa?
—Lo quiero de los que cuestan 12 rialesy que reza el anuncio.
-—Bueno, siéntese V. en esa silla.
- Pero le advierto , que he de salir hablando.
— Ya verá V...
—Y que he de sacar el traje con que representé en el pueblo en los carnavales El Bruto de Babilonia.
— ¿Lo ha traído V?
— ¡Otra que tal! ¿Hace falta traerlo?
— ¡Ya lo creo!...
— Retráteme hoy, y al primer viaje que haga á Madrid, yo se lo traeré. — ¡No es posible!
— jPues no quiere V. pocos requisitos!
—Vaya, es tarde y me aguardan otras personas: cuando traiga V. el traje que gastó para la representación de El Bruto de Babilonia^ le retrataré hablando, como desea.
— Ea; que haiga salud.
— Gracias...
— ¡Y memorias á la parienta!
—Puede pasar el núm. 27!
—Como recordarán mis lectores, el número 27 fué el que nos asignaron al entrar en el establecimiento. Pasemos, pues, á la galería, donde aún nos falta algo que ver y no poco que oir.
La galería fotográfica en que penetramos se halla adornada con tanta elegancia como sencillez. Varios lujosos sillones se encuentran repartidos en ella, alternando con telones, balaustradas y otros caprichos artísticos, que han de servir de fondo y complemento á los retratos.
El fotógrafo viste una rica bata y cubre su cabeza con un gorro griego; fuma en una larga pipa de ébano, y tanto en sus accio-
nes como en sus palabras, demuestra una extraordinaria viveza.
Al vernos penetrar en la galería, sale á nuestro encuentro, y después de los cumplimientos de costumbre, entabla con nosotros el siguiente diálogo:
— ¿De tarjeta ó de placa?
—Nuestro objeto no ha sido precisamente retratarnos, sino ver una fotografía por dentro; pero ya que estamos en ella, trasladaremos nuestra efigie al papel.
— Perfectamente. ¿De cuerpo entero ó de busto?
— De cuerpo entero .
— Muy bien; coloqúese V. junto á esa columna truncada, que recuerda el jónico más puro. Incline V. la cabeza; más movido el brazo derecho Así. Ué ahí una
postura verdaderamente artística.
— ¿lluego V. es artista?
— Lo fui por mi desgracia; pero renuncie oportunamente al arte. Hoy exploto una industria, ahogando mi inspiración. Pero permanezca Y. inmóvil un momento: el dependiente va á destapar el objetivo. ¡Ahora ..! Veinte segundos; perfectamente.
—¿Puedo moverme?
— Sí, señor. Dejemos que verifique el baño mi ayudante mientras refiero á V. las causas que me impulsaron á dejar la pintura. Yo, hablando sin modestia, fui uno de los más aventajados alumnos de la Academia de San Fernando, como lo comprueba la confianza que hacian de mí los profesores para que les limpiase la paleta, les preparase los colores y fuera veinte veces al estanco á comprar cajetillas de pitillos. En 1860 mi carrera podia reputarse como terminada; habia pintado varios cuadros de composición; retrataba por amor al arte á todos mis compañeros de café, y habia pretendido, aunque inútilmente, dibujar para El Museo Universal, Me propuse, pues, concurrir á la primera Exposición que se celebrara, — jen aquella época todavía se celebraban exposiciones! — y empecé á bosquejar un gran lienzo, de escuela realista, representando los fragmentos de un soldado de la guerra de África comidos por unos bititres. En dicho cuadro me superé á mi mismo, y cuando llegó la Exposición de 18 62 creí alcanzar el premio primero. ¡Va-
na esperanza! El jurado no aprecio mi mérito; el público despreciaba mi composición, síq duda para no conmoverse con exceso, y la crítica se mostró implacable con ella. El lienzo núm. 8.879, decia un periódico, es un caprichoso estudio de la vida íntima de los cuervos. En cuanto al soldado^ no lo hemos visto: si?i duda llega - mas á los postres. — El cuadro del señor D. N...^ decia otro, es preciso verlo antes de comer: de otra manera perjudicaría á las naturales funciones de la digestión. — Hasta en verso se habló de mi cuadro: oigan ustedes lo que decia un posta:
«Si la injusticia notoria
te causa males acerbos,
tuya será la victoria;
más di: ¿es un cuadro de hiátoria
ó es un bodegón . . de cuervos? Yo comprendía que esto era obra de la envidia, y no me desalenté; pero queriendo buscar el gusto del público, me lancé al género religioso, y pinté un crucifijo y un potpourrí de santos andaheces. Ambas obras figuraron en la Exposición de 1864, y causaron una verdadera revolución. Nuevo
suplicio de Jesús^ decia uno al pasar por junto al cuadro. Perdónale, SeTior^ que no sabe lo que se ha hecho, anadia un eclesiás- -tico. Esa, decia un tercero, es una muerte con premeditación y alevosía. Potpourri de santos, exclamaba otro, iqué idea tendrá el artista de lo que es potpourri? — ¿Quién halla del arte, preguntaba otro interlocutor, que por más que me fijo no lo veó2,., — El crucifijo del Sr. D. N.., decia un periódico, -demuestra que Jesucristo resucitó, pues de otra manera, no le hubiera podido volver á matar el pintor. Por último, los cuadros volvieron á mi casa, é hice otros para la Exposición de 1866, todos alegres, frescos y humanos, ó mejor dicho, femeninos. Siete eran los lienzos que preparé al público: Venus rascándose una pantorrilla; ñ^iira simbólica de La Lujuria', Unas ninfas tomando las once junto á un arrollo; la Fecu7ididad; Eva apercibiéndose de su desnudez; Catorce bacantes después ds una orgia y Una dama desnuda en medio de una habitación llena de espejos, ¿Querrá V/ creer que ninguno de los anteriores cuadros fué admitido para la Exposición? Este contra-
tiempo me hizo buscar medios más eficaces de atender á mi subsistencia, y, con efecto, el dia 25 de Setiembre de 1868 recibí el encargo de pintar veinte retratos de la reina Isabel para otros tantos ayuntamientos de España. Tres días después, caia la monarquía borbónica : un mes más tarde , renunciaba al arte y me dedicaba á la fotografía.
— Algo tarde acudió V.
—No tanto: todavía produce lo bastante para no hacerme recordar la época en que me consagró al arte sublime de la pintura.
Con esto, nos despedimos del fotógrafo, quedando en volver al dia siguiente por el retrato que acababa de hacer del autor de este ligero estudio.
Y con esto cierro también el mismo, renunciando á describir las operaciones materiales que exige la fotografía , tanto porque al principiar mi trabajo hice de las mismas un pequeño estudio, como porque de otra manera se prolongaría con exceso este artículo fotográfico-crítico.
JAPITULO IX.
Los círculos políticos. —La gacetilla. — No lo entiendo.
xS^ada tan frecuente como leer en la prensa madrileña estas ó análogas frases:
«En los círculos políticos es objeto de muchos comentarios la noticia del próximo reconocimiento de la república española por el mikado japonés. »
O bien:
«Ayer se dijo en los círculos políticos que el diputado D. Sempronio Tragavotos trata de presentar un proyecto rentístico, que ha de levantar el crédito de España, etcétera, etc.»
Ahora bien: ¿tienen Vds. la bondad de decirme cuáles sen esos círculos políticos^ ¿Dónde se encuentran esos círculos políti-
eos? ¿Cómo podremos conocer á esos aprecíables círculos?
¿No lo saben? Me lo presumía.
¿Quieren saberlo? Pues nada más fácil.
Sigamos para ello á ese joven que va repartiendo saludos á derecha é izquierda, y que es redactor de La Correspondencia de España; sigámosle con constancia y averiguaremos dónde están los círculos políticos, ya que en ellos suelen estar inspiradas sus noticias.
¡Pero, calle! Se ha parado con dos amigos delante del ministerio de la Gobernación.
Oigamos lo que hablan.
— ¿Sabéis la noticia?
—¿Cual de ellas?
— La muerte del capitán X.
^ ¿Ha muerto?
^ '^Irresucitable mente.
—¿Dónde?
— En el encuentro que tuvo con el cabecilla carlista Cabezón.
— Pero las fuerzas que mandaba...
—Deshechas.
— Hombre, eso vale la pena de apuntarlo.
— Va lo creo: como que el citado encuentro puede ser decisivo para la causa de D. Garlos.
Y el redactor de La Correspondencia escribe:
«Hoy se hacían muy extrañas conjeturas por el público respecto al encuentro sostenido por la columna del capitán X, contra la partida Cabezón. Esta parece que salió vencedora, y si no fuera porque el capitán X tiene familia que puede alarmarse, diríamos que ha muerto »
Pues, señor, se conoce que los amigos del redactor son el público; pero no los círculos políticos.
Sigámosle en su callejera expedición.
Mira á los que componen un grupo, estacionado junto á la botica de Borrell.
Y en verdad que bien merecen ser estudiados los que le componen, por represen^ tar á una generación que va desapareciendo de entre nosotros. Junto al currutaco del año doce^ que aún conserva vestigios de lo que fué en el almidonado cuello que dificulta su respiración, el frac verde que sostiene el peso de un enorme gabán, y el
sombrero coqueton que ha logrado escapar al afán coleccionista de Mariano Fernandez; junto á ese tipo, repetimos, se ve á un militar, retirado desde la muerte de Fernando YII, porque ya su edad le impedia entonces soportar* las fatigas de la guerra. Viste levita, teñida por cuarta ó quinta vez, bigote teñido, y cabellos que no necesitan teñirse porque se compraron negros para evitar mayores gastos; son tan crecidos y abundantes, que las malas lenguas suponen que durante el dia, abrigan el cráneo de su dueño, y por la noche le sirven para calentarse los pies. Las mismas malas lenguas quieren decir si sirvió ó no sirvió con Cabrera en la guerra de los siete años; pero él, superior á las murmuraciones, pasa su revista semestral y cobra mensualmente, si el Tesoro lo permite, su corta asignación. El tercero y último tipo permite abrigar la duda de si es un hombre ó una varilla de cortina liada en un poco de paño y coronada por un sombrero de los mejores que sallan de casa del artífice y poeta Abrial, allá por el año de gracia de 1820.
— Sé de buena tinta, dice el currutaco, que anoche estuvo á punto de arder Madrid. Los intransigentes habían hecho acopio de petróleo y se disponían á realizar sus planes destructores, cuando el triunfo del gobierno sobre las oposiciones les hizo retroceder. Figúrense Vds. que yo mandé a mí criada por petróleo para el quinqué, y en siete tiendas se había concluido.
— Vivimos de milagro, añade el retirado; anoche también, al retirarme yo á mí casa, vi un grupo de ciudadanos leyendo El Combate á la luz del farol del sereno. ¿No es verdad, amigo Famina, que vivimos de milagro?
El aludido, que es nuestro tercer personaje, contesta con voz imperceptible:
—Trece mensualidades me deben: sí la república no lo arregla, tendré que cerrar la escuela.
El redactor de La Correspotidencia apunta ligeramente en su cartera:
«Anoche no se encontraba petróleo en la mayor parte de las tiendas.»
«El periódico JSl Combate alcanza tal existo que no es extraño verlo leer á los
i 74 madrileños á la tenue luz del farol de los serenos. »
«Trece mensualidades se adeudan á los maestros de escuela de esta provincia: parece que algunos maestros tratan de cerrar sus establecimientos.»
Como se ve, en las noticias anteriores para nada entran los círculos políticos. Los verdaderos autores del mismo, los componentes del grupo descrito no son el círculo que buscamos.
¿Podrá serlo otro, establecido cuatro pasos más allá, en el que domina el elemento teatral? No es de creer; pero el redactor callejero nos sacará de dudas, pues se dirige á dicho grupo.
— ¿Y el drama de anoche? pregunta.
— Una continuada ovación: puede usted decir que dará grandes resultados á la empresa.
— Me alegro. ¿Habria muchos aplausos para todos ustedes?
—Yo, aunque me esté mal el decirlo, hrilU á granalturo\ puede Y. asegurarlo.
— ¿Y Lar rocha?
— Tan conciemudo como siempre.
~ ¿Melendez?
— No toma parte en la obra: la víspera, del estreno tuvo un disgustillo con su mujer y con el bailarín, á quien parece que encontró en su casa cuando menos lo esperaba. Con este motivo están los dos en el Saladero.
— Pues fué un compromiso, ¿Quiénes suplieron á Melendez y al bailarín?
—A Melendez un racionista, que recibía un meneo del público: en cambio éste celebró la ausencia del bailarín, porque la segunda del cuerpo de baile hizo furor en el gran can-cán franco-prusiano^ vestida de hulano.
— ¿Qué más noticias?
— Que tenemos malas tentaciones , en ensayo.
— ¡Hombre, pues es necesario ahuyentarlas!
— ¡Ah! Y que hemos recibido anónimamente un drama del director de escena, otro del empresario, y una pieza del traspunte.
— ¿Qué dejan V^ds. entonces para los autores de fuera?
— Ya ve V.: como son anónimos los dramas, tienen que ser buenos.
—Es >rerdad... ¿y sus títulos?...
— El del director de escena se llama La resurrección de Polonia^ y pertenece á la literatura del porvenir; el del empresario está escrito sobre el pensamiento de varias obras existentes en el archivo del teatro, y se titula íll pespunte del honor ^ y la pieza del traspunte se llama El estropajo y la esponja.
— ¡Perfectamente!
Y el periodista, después de apuntar en su libro de memorias la parte más esencial del diálogo copiado, vuelve á emprender su camino, en busca sin duda de los círculos políticos.
De repente cruza la Puerta del Sol, y se acerca á un numeroso grupo que casi llena la entrada de la calle de Alcalá. Aquel debe ser sin duda un circulo político^ á juzgar por el afán con que el redactor de La Correspondencia se abre paso por entre la gente que le compona. En la imposibilidad de imitarle, nos tendremos que limitar á ver yoir.
—¡Qué lástima! Tan joven...
— Pero, ¿es verdad que respira?
— Algún suicidio.
— Las mujeres... ¡oh! ¡las mujeres!
— Siempre han sido causa de la perdición.
—Ya lo creo... al menor descuido...
— Gaché, ¡ojo al pañuelo!
— ^Afanaste algot
— Pues ya no sale humo.
—La autoridad acudió en seguida.
— ¿Y los han cogido?
— Les tienen codo con codo.
— ¡Qué escándalo!
Estas diversas frases, verdadero picadillo teatral, no consiguen aclarar el punto principal, y nos atrevemos á preguntar al ciudadano más próximo.
-¿Ve V. algo?
— ¿Cómo ha de verse, hombre de Dios? ¡pues apenas hay escombros!
—¿Luego ha sido un hundimiento?
— ;Ay, pobrecitos! están quemados.
—Mire Y., yo no lo sé á punto fijo.
—Pero, señora, preguntamos á la que acaba de soltar la exclamación anterior... ¿qué es ello?
VlAJiS CafTtGO.— 12
— Yo no alcanzo á ver con tanta gente.-
— ¡Ya vienen los guardias!
— jLe ha interesado el pulmón!
Imposible averiguar la menor cosa.
Por fortuna acuden unos dependientes de orden público y obligan á que la gente se retire. En el centro de aquel círculo, verdaderamente vicioso, hay un punto negro... el cadáver de un perro chino, atropellado por un coche de plaza.
El periodista, cuyo abollado sombrero demuestra la lucha que ha debido sostener para penetrar la muralla humana, se retira mordiéndose los labios y abrochándose el gabán.
El cadáver del perro chino ha sido para él una decepción desconsoladora.
Acaso para olvidarla, acaso para tomar un refrigerio, entra en el café Oriental.
— ¡Nicomedes! grita sentándose junto á:; un velador... traeme una chica fuerte.
Una chica fuerte quiere decir una botella de cerveza: el uso, superior á todas las reglas gramaticales, ha permitido que dos adjetivos hagan innecesaria la enunciación del sustantivo á que se refieren. Hago esta
salvedad, para cuando algún traductor extranjero se apodere de mi libro.
El niozo Nicomedes sirve lo que han pedido y se queda junto al velador.
—¿Qué hay de bueno? pregunta el redactor después de beber medio vaso de cerveza.
— Poco dinero, señorito.
—¿No has oido nada?
— Unos caballeros decían hace media hora que los japoneses habian reconocido Ja república nuestra.
— ¡Hombre! Merece apuntarse. ¿Y qué más?
— Un diputado radical me ha explicado hoy un sistema que ha sacado de su cabeza para salvar la Hacienda.
— ¿Y consiste?
— Creo que en sacar contribución á todos los que sepan leer y escribir.
— ¡Soberbio pensamiento! ¿Y cómo se llaina ese diputado, para que le dé un bombo?
— De nombre es D. Sempronio. . y el apellido es así como Tragaldabas...
—Querrás decir Tragavotos, diputado
por las Islas Baleares, ó por las Canarias^ si no recuerdo mal.
— ¡Eso, eso!
—Perfectamente.
Y el noticiero afila el lápiz y escribe en su cartera: «Ayer se dijo en los círculos políticos que el diputado D. Sempronio Tragavotos trata de presentar un proyecto rentístico que ha de levantar el crédito de España. Personas muy competentes que lo conocen, aseguran que el proyecto es verdaderamente salvador y que demuestra la ilustración de este celoso diputado.»
Ya saben Vds. cuáles son las personas competentes.
Ya saben Vds. cuáles son algunos de los círculos políticos de Madrid, á que con tanta frecuencia suele referirse la prensa.
Si Guttenberg no hubiera inventado la imprenta é Italia no hubiera dado la norma del periódico, D. Perico hubiera suplido á la una y al otro. Él se basta y se sobra para llevar á todas partes el conocimiento, más ó menos exacto, de todo cuanto sucede; para derribar la muralla que separa á
ía vida pública de la privada, y para trazar Ja biografía de la humanidad entera
D. Perico es una gacetilla viviente. Su conversación es una enciclopedia. Su compañía es un curso completo de murmuración.
D. Perico ha establecido sus reales en la acera derecha de la Carrera de San Jeróni mo, porgue la Puerta del Sol es para él un observatorio inapreciable.
Se ignora su estado; pero no falta quien diga que se casó últimamente por lo civil, después de haberlo estado bastantes años por lo criminal. También es un misterio su domicilio, no faltando asimismo quien se haga eco del cuento de que ha brotado expontáneamente^n aquella acera, gracias al riego del Ayuntamiento.
D. Perico viste con decencia, aunque se le desconocen las rentas que producen este milagro; fuma toda clase de tabacos, según sea la de los que fuman sus amigos, y sólo ha conseguido aplicar su actividad á un trabajo: la murmuración.
— jAdios, marqués! ¡Adiós, vizconde! ¡Adiós, general!
A estos salados suyos, que se repiten sin interrupción, contesta un leve movimiento de cabeza de las personas á quienes han sido dirigidos.
Después se vuelve Perico á quien le acompaña, y hace la presentación de sus amigos.
— ¡Mal humor lleva el marqués! Se conoce que su esposa continúa maltratándole.
— Hombre, ignoraba...
—¡Si es público en Madrid! Gomo él era un procurador antes del matrimonio procuró realizar uno bueno; y su mujer, que estaba á punto de perder todos sus bienes en un litigio ruinoso, se encontró de la noche á la mañana con haciendas y marido, gracias á un incendio casual que destruyó las pruebas de la parte contraria.
— Pero dices que le maltrata...
— Ya lo creo: la aconseja un joven abogado, muy buen mozo, y la mujer no deja transcurrir un solo dia sin amenazar al marqués coa mandarle á presidio. Con decirte que le echa á la calle á las ocho de la mañana y no le deja volver hasta las doce de la noche...
—Si él lo tolera...
— Él la ha cobrado un miedo atroz. Es, por otro estilo, casi tan cobarde como el vizconde.
— ¿El vizconde es cobarde?
— Ayer mismo se retractó públicamente de una porción de faltas que no habia cometido, para evitar un desafío, en un casino.
— ¿Por cuestión de amores?
— Sí; se enamoró de un billete de 1.000 reales que habia puesto á un rey otro jugador; levantó el muerto; fué visto por el banquero, y como éste le amenazó con matarle, el vizconde declaró que todos los muertos que se hablan levantado en la casa en los últimos cinco años lo hablan sido por él. Entonces se alzó gran vocerío, y hubo jugador que le hizo firmar un pagaré de 1.000 duros, diciendo que también se los habia levantado la noche anterior.
— ¿Y no era cierto?
— El jugador en cuestión no juega arriba de dos pesetas.
— ¿Y qué general es el que ha pasado?
— Uno de tantos: ha hecho su carrera de avudante.
— ¿De ayudante?
— Sí; de ayudante del general y la generala***: la dignidad de general y de marido reclamaban que*** tomara un ayudante.
—¡Adiós, filósofol
— ¡Holal ¿También tienes relaciones con la filosofía?
— Es toda una historia. Martínez, que es el que ha pasado, empezó á estudiar filosofía conmigo en la Universidad el 1852, y no pudo terminar la segunda enseñanza hasta que ocurrió la revolución de Setiembre. Por eso, para todos sus condiscípulos, es y será siempre el filósofo,
— ¿Y ha seguido después alguna carrera?
—Ya lo creo: en cuanto se decretó la libertad de enseñanza, se hizo médico en un año. Hay quien cree que tiene parte en la empresa La Funeraria.
— ¡Pobres enfermos!
—Pues mira, no hay mal que por bien no venga. A los tres meses de matrimonio ha tenido el sentimiento de perder á su suegra. Observa... observa la casa de donde ha salido.
— ¿Qué tiene de particular?
— La casa, nada; pero al minuto de salir Martinez de ella, el portero ha cerrado media puerta.
—Y bien...
— Que ya está consumada la curación.
—Ese hombre es un castigo...
— Pero siquiera, tiene el decoro de vestir de negro: lleva luto por sus víctimas. Mira qué bonita muchacha: lástima que la murmuración se cebe en ella, desde lo del cuarto desalquilado.
— ¿Lo del cuarto?
— Figúrate que una vez subió á un piso tercero que estaba vacante; que detrás de ella subió un joven, y que cuando un matrimonio les imitó para ver el cuarto, na pudo entrar, porque ella se habia equivocado, echando la llave en vez del picaporte.
- Pero, hombre, eso nada tiene de particular.
— Eso digo yo; pero el matrimonio lo constituian sus padres: hubo gritos, amenazas, y por último, todo quedó arreglado. El joven consintió en casarse con la joven, y sin duda hubiera cumplido su
palabra, á no mediar un obstáculo insuperable...
—¿Cuál?
—Que aquel joven ¡era casado!
D. Perico, á pesar de lo mucho que habla, dice siempre bastante menos de lo que sabe, y no termina nunca una crónica escandalosa sin añadir que calla , para no comprometer la honra de la víctima, para no abusar de lo que casualmente ha sabido y otras razones por el estilo. Sólo obligado por la necesidad dirá lo que debe el ministro H. á su zapatero; el número de amantes que ha tenido la condesa J.; la tienda en que compra sus formas la bailarina P.; la próxima suspensión de pagos del banquero X., y el original de que ha robado su último drama el poeta Z.
Tales y tantos son sus informes, que es preciso conceder á D. Perico el don de ubicuidad, y confesar que simultáneamente debe estar mirando por la cerradura del salón en que se celebran los Jonsejos de ministros, oculto detrás de las cortinas de algunas alcobas, encogido junto al tocador de varias damas, entre los bastidores de to-
dos los teatros, en el chiquero de la plaza de toros y en todos los círculos políticos, recreativos, bursátiles, científicos, artísticos y enciclopddicos. El ha debido intervenir en todos los contratos de todas clases, presenciar todos los duelos, ver nacer á todos los jóvenes y morir á todos los viejos.
No hay suceso en que no haya sido protagonista, lance en que no haya tenido intervención, contratiempo que no le haya ocurrido, ni casualidad que no haya presenciado.
Si D. Perico escribiera sus memorias, po~ dria llenar fácilmente buen número de volúmenes; pero D. Perico es modosto, desdeña la publicidad y nada reserva para el porvenir. Hablar al paso, trazar una biografía con una frase y hasta con un monosílabo, esta es, y sólo esta puede ser su misión sobre la tierra. Sac irle de la Carrera de San Jerónimo y la Puerta del Sol sería matarle; privarle de saludar á todos los que encuentra al paso, conocidos ó nó, sería un tormento mayor que hacerle arrastrar un grillete.
— ¡Horrible mujer! dice acaso suinterlo-
cutor, viendo pasar á una que lo es efectivamente.
— Pues mas fea que su cara es su alma, contesta al punto Perico; esa mujer mató á su marido primero para casarse con el segundo esposo; éste tenia una hija y tambieu la mató.
— i Hombre!
—Todavía está en la galera una pobre criada, sobre la cual hizo recaer todo el peso de ambos crímenes.
—Por ahí pasa el cantante X » tan notable por dar el do de pecho.
—Su mujer vale más que él, pues siempre está dando el sí.
— Y ¿quién es esa rubia de la carretela azul?
—Esa rubia es la ^iuda del magistrado H., que murió el mes pasado. El pobre estaba haciendo siempre justicia, mientras ella hacia gracia á todos cuantos la suplicaban.
— Va, efectivamente, llorosa.
— Ya lo creo; como que se ha descompuesto la boda que proyectaba con un pasante de su difunto, por haberse descu-
bierto que éste estaba casado con una modista.
— ¿Has visto el cuadro del nuevo pensionado á Roma?
-Sí tal.
— Supongo que no dirás que su nombramiento es injusto : ha hecho una obra maestra.
— Como que le ha anudado su maestro, que se disfrazaba de modelo para entrar en su encierro. — Es todo el asunto de una comedia.
— Sí, y ya la está escribiendo un amigo por indicación mia.
—¿Quién?
—Eduardo.
—Buenos versos tendrá.
— Por lo menos bien medidos: de algo ha de servirle haber estado usando diez años la vara de medir en una casa de comercio.
— Yo creí que habia sido tenedor de libros.
— También; uno le presté hace un año y no me lo ha devuelto aun.
Sería interminable seguir á D. Perico
cuando se pone a ligar historias. Las aventuras de unas se enredan con las otras, y es casi imposible hablar del sol ó del mal tiempo, sin que la conversación atmosférica degenere en mundana murmuración. Sus amigos le conocen por La Gacetilla, pero son injustos al hacerlo.
En esta sección de los periódicos, libre el encargado de compromisos políticos, se suele consagrar, efectivamente, á la chismografía matritense, á dar cuenta de las bodas, de las aventaras, de los lances que quitan á la vida su monctonia y su pesadez: muchas veces se escurre y algunas hiere; pero entre un extreno dramático y unos versos amorosos; entre la noticia do un incendio y los números premiados en la lotería; entre las observaciones meteorológicas y las provincias en que ha llovido, se vé más de una vez ol tierno relato de acciones virtuosas y levantadas, el llamamiento á la caridad, la recomendación de una empresa digna y la publicidad de una obra: buena.
Para D. Perico, en cambio, el mundo no tiene más que un punto de vista , y
ese es bastante malo; á fuerza de remover el lago de la vida, ha conseguido hacer salir á la superficie todo el fango que existia en su fondo, y se complace aún en prestarle más negros colores y más sensible fetidez.
Desgraciado quien así vive, sembrando la difamación y alimentando la calumnia, pues no tendrá, cuando termine su existencia, una mujer que le rece ni un amigo •jue le llore.
O Madrid es muy rico ó muy tramposo.
Hé aquí un dilema que me he propuesto infinitas veces al examinar los comercios de lujo de la Puerta del Sol, comercios que con US brillantes luces de gas, sus alfombras, livanes, cortinas de alto precio y cristales que por lo grandes están reclamando á voz on grito la promulgación de leyes suntuarias.
Una peluquería, dos peluquerías, tres, cinco, veinte peluquerías en un palmo de terreno. Soberbios espejos las adornan y en ellas aguarda al parroquiano un verdadero
regimiento de oficiales^ graduación inferior de la clase.
Los alquileres de dichos establecimientos ascienden en conjunto diariamente á 2.000 rs.; la contribución y gas á otros 2.000; los jornales de los dependientes á igual cantidad. Las primeras materias de la industria, reposición, entretenimiento, etcétera, importan asimismo una cantidad respetable. ¿Dónde están ahora los 1 0.000 madrileños que se afeitan diariamente en las veinte peluquerías que están juntas ó poco menos?
Una, tres, siete, doce tabaquerías casi tocándose. Hay tabacos desde dos reales en adelante, cantidad próximamente igual á la que representa el género, incluyendo su coste, trasporte, derechos deaduanasy subsidio comercial. Sien cada tabaco quedan cinco céntimos de beneficio, ¿cuántos necesitarán venderse para cubrir los gastos que por todos conceptos pesan sobre el comerciante? Confieso que á mí no me sale la cuenta, y mucho menos al considerar que el esceso de mortalidad de los varones con relación á las hembras, comprueba plenamen-
te el gran consumo que se hace de los pro* ductos del estanco.
Treinta tiendas de objeto's de escritorio esperan pacientemente á que los españoles aprendan á escribir.
Un taller de sastrería se ve junto á otro de modistas; en ellos se cobran miles de reales por las hechuras, además de ponerse en las nubes el precio de las telas.
Hoy que los hombres no tienen cabeza, Ge ven abrirse en competencia treinta sombrererías en cuatro palmos de terreno.
Hoy que no se ve un duro, aun cuando se busque con candil, se abren joyerías y platerías cuyos escaparates representan millones de reales.... y sin embargo, esos comercios viven, y cuando anuncian su liguidación forzosa es por mejorar de local.
En ellos entran y salen continuamente compradores y curiosos.
Unas veces se vé al cesante comprando un aderezo de perlas; otras á la mujer de un escribiente de Hacienda probándose un abrigo de terciopelo. El coche que se para delante de la perfumería y en cuya porlezuela figuran una G. y una M entrelazadas»
VIAJE CRÍTICO. — { 3.
va ocupado por un antiguo agente de negocios: hay quien al mirarlas referidas letras traduce sin vacilar: Ceuta y Melilla, Las muchachas que se paran delante de la platería de Sellan ó de la joyería de Samper , pidiendo la satisfacción de algún capricho, son hijas del viejo que las acompaña y cuya única profesión es la de curador de unos menores. El joven que sale de la sastrería donde ha hecho un gasto de 200 duros, es un estudiante de leyes, cuyo padre le envía 20 al mes. La mujer que recorre siete tiendas seguida de un lacayo, tiene á su marido en Manila de comandante del resguardo.
No ha pasado, como algunos dicen, el tiempo de los milagros. La severa é implacable estadística acusa por término medio, que cada familia de Madrid disfruta catorce ó diez y seis reales diarios, pero los comercios de lujo dicen una cosa muy distinta y la estadística de la propiedad urbana sabe perfectamente que ella sola absorbe la casi totalidad de aquel haber.
Aquí vemos escribientes de tres mil reales con descuento, que gastan levita; prole-
tarios que tienen criada; comerciantes quebrados que tienen coches; niñas que cosen para las tiendas y tienen palco; mendigos que tienen acciones de Banco.
Aquí vemos comerciantes que tienen de gastos mil reales diarios y venden pastillas ó caramelos, y sastres que realizan fortunas sin sisar un dedo de paño; fabricantes de cruces que ganan un dineral, Á pesar de estar en baja las condecorocionej; vendedores de chocolates y otros géneros, cuya ganancia no se explica á menos de que cada madrileño tome veinte jicaras por dia.
Las covachuelas han desaparecido para siempre, y han sido reemplazadas por tiendas adornadas con un lujo oriental. Las clásicas barberías han dejado la vez á los peluqueros, que no dejan de ganar cuanto quieren, á pesar de que casi todos los vecinos de Madrid no se peinan por estar calvos, ni se afeitan porque la moda autoriza la barba. Sóbrela miserable alojería se alza el soberbio café. Sobre la humilde botica el rico laboratorio farmacéutico-químico, con sus enormes bolas verdes, puestas sin duda para que todos los transeúntes adquieran
aspecto de eafermos y se anitriea á medicinarse.
Todo o¿e lujo representa un capital, del que carece Madrid. Existe^ pero no se razona ni se justifica.
En fin, que no lo entiendo.
Yo conozco á un médico que solo ha tenido tres enfermos en su vida y se ha retirado rico, no queriendo ya ejercer la profesión. Yo conozco aun escribiente delJuzgado que gana una peseta diaria y paga de casa veinticinco duros al mes. Yo conozco á una viuda que cobra de pensión siete reales y habita en un piso principal de la Puerta del Sol; verdad es que hace tiempo consiguió atraer á un caballero particular para vivir en compañía. ¿Q^é extraño es que las envidiosas pensionistas, huérfanas ó viudas, hagan publico un dia y otro, por inedio de La Correspondencia ^ que necesi' tan un caballero^
Madrid, estudiado en su corazón, es un misterio; corresponde á una población tan rica como venturosa que todavía no existe.
Por eso, cuando veo que se abre en la Puerta del Sel ó en la Carrera de San Jeró-
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nimo una tienda de nueve puertas, cuyo decorado ha podido costar un millón, y que en dicha tienda se venden palillos para los dientes, alfileres imperdibles ó cristales ahumados para los eclipses, no puedo menos de repetir: — No lo entiendo.