Viajes de un Colombiano en Europa, primera serie · Unidad 50 de 76

CAPITULO II. — parte 2

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La catedral de Granada, que data de los siglos XV y XVI, aunque grandiosa y espléndida en su género y de una admirable riqueza de ornamentacion y pormenores, es, segun mi gusto, inferior á las demas catedrales de España, en cuanto al conjunto. Tengo una pasion decidida por la sombría solemnidad, la originalidad y el atrevimiento de las catedrales góticas, porque son monumentos típicos, populares y en armonía con el recogimiento severo de la religion. Pero me repugnan en los templos los refinamientos _escolásticos_ y afeminados del Renacimiento, que hacen evocar la memoria del paganismo. La catedral de Granada, mandada construir por los Reyes Católicos, es del mas puro estilo del Renacimiento, combinando los tipos de sus diversos órdenes. Es un monumento grandioso, de proporciones muy majestuosas, pero pesado en su masa, sin audacia en las formas y de una regularidad que, interesando en el primer momento, acaba por ser monótona.

Una inmensa nave que hace su semicírculo en el fondo y abraza los dos costados, forma las naves laterales, y otras tres en el centro completan la vasta construccion. Un coro central en mala hora concebido, interrumpe el cuerpo del edificio, quitándole mucho de su majestad, y, exceptuando algunos relieves de un hermoso frontispicio-altar do mármoles soberbios, solo llama la atencion por sus dos órganos colosales, cuyos tubos parecen querer penetrar la techumbre para lanzar al cielo sus solemnes melodías. El altar mayor, situado en el centro de un vasto círculo formado por columnas y bastiones que sostienen la gran cúpula del templo, es de una magnificencia suntuosa. Nótase allí un famoso arco inclinado, atrevida creación impuesta al artista por la necesidad de la perspectiva; y hay en todas las cornisas y los arcos circulares una profusion de relieves de gran valor que hacen un efecto excelente sobre el fondo de los frescos debidos á artistas muy notables, como el famoso Palomino.

La capilla de las _Reyes_ contiene allí, entre muchas riquezas de ornamentación, dos tumbas monumentales de mármol blanco, asombrosamente preciosas por sus líneas delicadas, su inmensa labor y sus relieves de un gusto artístico insuperable. La una de esas tumbas es la de Isabel y Fernando, con sus cuerpos íntegros en relieve; la otra de Felipe I y Juana la loca, de iguales condiciones. De resto, la catedral entera está llena de primores; su riqueza de mármoles en todos los pavimentos, los altares y muros, es prodigiosa,--como en todas las catedrales españolas (no siempre con buen gusto en la distribución); y entre multitud de bellos frescos, de infinitos adornos y cuadros al óleo de bastante mérito, se distinguen dos pequeños de Murillo, uno de Herrera el viejo y varios del infatigable Alonso Cano.

Un curioso espectáculo me llamó la atención, al recorrer la ciudad hacia extramuros, en solicitud de la Cartuja, el Albaicin y el Monte-Santo. Me había prometido ver á los Gitanos en su barrio y contemplar sus extrañas danzas en medio de las ruinas de la Alhambra. Había conocido un dia, en el Jeneralife, al _capitán_ de los Gitano de Granada, hablando con él para que nos hiciese preparar una danza, objeto que provoca mucho la curiosidad de los viajeros. El capitán, albéitar de profesión, me había impresionado vivamente, haciéndome simpatizar con su raza. Fino y comedido, con una fisonomía en que parecían disputarse la expresión típica, el orgullo y la humildad fingida, la indiferencia y la amabilidad; alto, delgado y enhiesto; llevando con garbo su capa azul oscura de vueltas de terciopelo carmesí, y su sombrero de fieltro algo inclinado sobre la frente; con un acento vibrante y suave, un ojo profundamente negro, vivo y ardiente, pero velado por instantes, y marchando con seguridad y presteza,--aquel hombre me ofrecia el tipo de una raza bellísima, que ha conservado en medio de su degradación en Europa la tradicion de la mas hermosa estirpe de la India proscrita.

Al atravesar una espléndida plaza, interesante por recuerdos históricos, dimos con una esplanada vecina, llena de gente y animales. Celebrábase en aquel momento un mercado característico de los Gitanos. Todos los vendedores eran de esa raza, mientras que los compradores pertenecían á la nacional. Donde quiera grupos de gente, de vestidos caprichosos ó tristes. Por acá los hombres tratando caballos, mulas y asnos, y aun alguno que otro perro; por allá las mujeres, vendiendo sartenes, olletas y toda clase de objetos de metal. Durante los dias comunes el Gitano anda por los campos y cortijos recogiendo animales de servicio doméstico, ya comprados, ya recibiéndolos en comisión; en tanto que las mujeres y los muchachos de la raza colectan á ménos precio los útiles de menaje mas ó menos deteriorados, en las casas subalternas de la poblacion. El barrio de los gitanos es así el depósito de mil ruinas animadas ó inanimadas. Aquellas gentes, especiales en el arte tradicional de estañar y remendar, acomodan y _rejuvenecen_ el enjambre de trastos viejos; y, no menos especiales en manejos de veterinaria (mas ó menos empírica, pero hábil en cuanto á las apariencias), trasforman el potro recalcitrante y el asno que parecía inservible. La reventa de esas mercancías, en cuyo valor hay mucho de artificioso, y la venta de algún carbón y otros artículos traídos de las montañas, constituyen los mercados especiales de los gitanos de Granada.

La curiosidad de examinar los tipos de esa raza nos hizo mezclarnos entre los grupos. Como mis dos compañeros de viaje y yo teníamos que hablar siempre en francés, los gitanos, al considerarnos extranjeros, creyeron por un momento que podrían hacer negocio,

--Eah, dijo uno de ellos al compatriota mas cercano,--ofréceles la _jaca_ á esos _chorlos_, y si la quieren apriétales el _molde_.

--Ya, pues,--repuso el otro, con una sonrisa maliciosa,--mientras nosotros observábamos un caballito de garbosa apariencia, que relinchaba con mucho brío.

--Eh, señorito; añadió el chalan, con el acento mas meloso;--_píntele usté el ojo_ á esa _jaca_, y dígame si hay un primor mas _cuco_ en _toas_ leas Andalucías,

--Cierto que es muy bonita la jaca,

--Ah-¿_Usté_ se _despresa_ en español? No parecia....

--¿Y por qué no? le respondí, ¿Cuánto vale la jaca?

--Media bicoca, señorito; por ciento cincuenta duros....

--Es muy cara.

--Ah, señor! si usté supiera lo que vale la yegua!... Es mas fina que una perla; y tal madre tal hijo.

--Entonces la jaca es muy mala.

--Puah! qué está usté rezándome! Y el padrote....

--La verdad: la yegua fina da mal potro, si el caballo es bueno.--Yegua ordinaria, sabrosa jaca, dice el proverbio de los chalanes.

--Ah! este señorito sabe el negocio.--Eh! tiempo _perdio_!

Y me volvió la espalda con soberana indiferencia, seguro deque no habría negocio. El Gitano es así. Cuando espera ganar tratando, su palabra es melosa y su fisonomía elástica; pero cuando no se promete nada del que se le acerca, su mirada se apaga, su frente se contrae revelando un orgullo brutal y egoista, y vuelve á su silencio, que parece encubrir la antipatía instintiva de una raza respecto de todas las europeas.

Aquellas vocea ásperas y fisonomías bronceadas y casi repelentes nos llamaron mucho la atención. El color del gitano español, único tipo de esa raza que hasta ahora he visto, es semejante al de una pasta de café bruñida, por regla general, aunque algunos tienen una tinta mas oscura, Labios muy delgados, llenos de astucia y malicia, mirada rápida, movimientos fáciles, y en toda la persona un aire de tristeza profundamente concentrada; un no sé qué sombrío, algo que parece vacilar entre la indiferencia y el desden, el odio y el pesar: tales son sus rasgos. ¡Pobre raza, llena de cualidades enérgicas, que la Europa no ha pensado en educar y mejorar, sino en proscribir, condenándola á los vicios de la vida nómade! ¡Qué de misterios en esa extraña raza, perpetuándose sola al través de los siglos, como privada de la atmósfera común de la civilizacion, y sin patria ni hogar!

Antes de observar la casa del Gitano dejémosle en sus tratos y penetremos en la Cartuja.

El edificio en su conjunto no tiene nada que llame la atencion. Data del siglo XVI, y es un antiguo convento suprimido, que pertenece á una opulenta y piadosa granadina. La mayor parte quizá de lo que componía el convento ha desaparecido, ó solo quedan sus vestigios. Solo se conservan la iglesia, la sacristía y los claustros y algunos salones desiertos, con unas cuantas celdas felizmente sin capuchas vivientes. Los cuatro claustros contienen, en detestables cuadros sin ningún valor artístico, toda la historia de San Bruno, fundador de la orden mas prodigiosa (la de frailes mudos, sobrios y trabajadores), y de los martirios de los cartujos de Inglaterra. Al recordar las reglas de ese singular instituto se comprende por qué fueron tan raras las Cartujas en Europa y en todo el mundo católico, y por qué sus templos llegaron á ser maravillas de arte.

La iglesia y la sacristía, como todo el conjunto del edificio, es del estilo del Renacimiento. Al contemplar el interior se pasma uno admirando tantas delicadezas de arte, en que se manifiestan la inspiración del artista español profano, el gusto mas esmerado, la riqueza del convento y la increíble paciencia de algunos frailes. ¡Si todos los frailes tuvieran paciencia!... Aturde aquella profusion de dorados y relieves, de estucos primorosos y mármoles. Aquella capilla es una inmensa filigrana de infinitos primores, en que todo interesa. Los frescos riquísimos de Palomino, en la capilla, y de José Hermoso en la cúpula de la Sacristía, bastante notables; un _Ecce Homo_ admirable de Murillo, una preciosa Vírgen de Alonso Cano, y otros cuadros; el _Sancta-Sanctorum_ y su sagrario, todo en marmol purísimo y oro macizo del gusto y el esplendor mas completos; dos enormes ágatas, sin rivales en Europa, y mil otras preciosidades, hacen de aquel santuario un tesoro inestimable para el artista. Pero nada impresiona tanto como las puertas y vastos armarios de la sacristía, de ébano superior y con los mas maravillosos embutidos de nácar y plata. ¡Cuarenta años gastaron dos frailes en trabajar aquellos portentos de habilidad, de gusto y de paciencia! ¡Pobres monjes de otras épocas (excepcionales es verdad) que con sincera concurso de su trabajo industrial, al menos vivian en el recogimiento y las pacientes labores, sin dar alimento a las pasiones turbulentas del mundo. ¡Los frailes del siglo XIX son mas civilizados; ellos hacen elecciones, dirigen á los reyes, conquistan territorios, son accionistas de ferrocarriles y empresas comerciales, negocian con loterías piadosas, juegan en las Bolsas, hacen fortuna y viven contentos y satisfechos. San Ignacio ha derrotado á San Bruno.

Comenzamos á trepar la alta colina donde tiene su asiento el Albaicin, Servíanos de guia un hombrecito muy pobre, de setenta y dos años, llamado Juán López Salcedo, cuya conversación nos agradaba y divertía mucho. Había estado en Francia en tiempo del Directorio, combatido contra Napoleón en la guerra de la independencia española, y acompañado á Diego y Quiroga en su heroica revolución. Miserable y decrépito y con ocho hijos pequeños, aquel hombre nos resumía por sus cualidades el tipo del viejo español puro. Su fisonomía aragonesa tenia la rigidez del carácter enérgico, y su tenacidad de sentimientos y opiniones se conservaba á despecho del tiempo y de las privaciones. Era un liberalote de puño cerrado, humilde, convencido, bondadoso y prudente, con el corazón joven y el espíritu lleno de esa filosofía que se atesora con las duras pruebas de la vida. Trepabá por todas partes con la agilidad de un muchacho dé quince años, sin fatigarse nunca, embozado en su capa é impasible. El clero y los militares era su pesadilla permanente; la república su idea fija.

Un dia, al subir al Jeneralife, después que le hubimos obsequiado en una fonda de la Alhambra, las copas de generoso Málaga le desataron la lengua, y nos contó su historia, á invitacion nuestra, con detalles interesantes sobre episodios de la historia moderna de España. Al concluir su relato nos dijo que se había casado con una mujer joven y bonita hacia nueve años, y dejó escapar un suspiro. Temeroso de que ese suspiro revelase algún drama doméstico, le dije:

--Supongo que U., en lo posible, será dichoso.

--Ah, señor,--soy tan feliz como infeliz

--No comprendo....

--Es muy sencillo. Adoro a mi excelente mujer y ella es muy buena y me quiere mucho. Pero tenemos la desgracia de no poder dormir juntos. Apenas le doy las buenas noches y me nace un hijo mas. ¡Somos tan fecundos!... pero somos pobres, y el temor de los hijos nos condena á una especie de divorcio íntimo.

Aquel hombre sincero, al hablar con esa candidez, trazaba en cierto modo la historia del hogar del pueblo pobre.... ¿Hay drama del corazón tan sublime como el del amor que se defiende de sí mismo, luchando bajo formas diferentes? Confieso que Juan López me hizo meditar bastante.

Nada mas curioso que el renombrado Albaicin. Hacia las faldas de la colina alcanzan todavía las tortuosas calles de Granada, construidas á la luz del gol andaluz, mas ó menos caprichosas, mas o menos divergentes, según que corresponden al estilo morisco, tan gracioso y desigual, ó al español posterior a la conquista de Granada (si eso puede llamarse _estilo_) pesado, maciso y sin coordinación artistica ó completamente empírico. Pero en las cimas de la loma la estructura cambia: allí ningún techo se destaca en el horizonte, de tal manera que si se mirase por detras y de lejos esa loma, no se creería que hay en ella una población. Y sinembargo, allí viven como seiscientas familias que pudieran llamarse una población de _armadillos_ humanos, Allí está la vida, pero la vida subterránea y entre harapos.

Imagínese una serie de calles sin empedrado, caracoleando en anfiteatro al derredor de una colina por tres de sus lados. Cada una de esas calles es como un callejón profundo entre dos filas de rocas y barrancos; y sobre cada lado ó fila se ven como bocas ó respiraderos de hornos que sueltan bocanadas de humo en medio de pobres jardincitos y plantaciones reducidas de alóes enanos, de tunales tupidos cuajados de flores amarillas y frutas de carmín entre espinas, y de habas y judías. Si la superficie desigual de la loma ofrece el contraste de aquellas tristes sementeras, que parecen vegetar sobre centenares de cráteres, á juzgar por las columnas de humo que salen de la tierra, la vida social no se revela sino al observar las puertecitas que dan sobre las _calles_, de las habitaciones cavadas en los barrancos cascajosos ó las rocas calizas. En realidad el hogar del Gitano se manifiesta por la entrada y la salida: la _puerta_, á flor de tierra, en la calle, y la _chimenea_, á flor de tierra también, sobre los barrancos.

Cada una de esas cuevas es habitada por una familia y se compone generalmente de cuatro piezas: algunas solo tienen tres; otras cuentan hasta seis. Solo visité con mis compañeros unas cinco, al acaso, entrando en cada callejón á la primera quo se nos ofrecía. Una puertecita angosta, de unos 160 centímetros de altura, está ajustada á la roca y se abre sobre una salita cuadrada de poco mas de 2 metros por lado. A un lado hay una puertecita interior que comunica con la cocina, estrechísima y ahumada; en el fondo hay otra que conduce á la alcoba, y mas adentro se ve un dormitorio para los muchachos y alguna despensa ó cuarto particular. La altura de aquel _edificio_ negativo, ó edificio hueco, es de tres metros á lo mas; y en varios puntos de los _techos_ hay troneras oblicuas arregladas de modo que el aire se renueve, aunque laboriosamente, sin que penetran la lluvia y los rayos directos del sol. Los muros, enteramente desnudos, muestran á la roca viva á los sedimentos de arenisca levemente petrificada que componen el terreno, muy bien igualados y nivelados.

¡Pobres gentes! ¡Con qué gusto y buena voluntad, con qué candido orgullo de aseudosidad nos invitaban aquellas mujeres á visitarles sus grutas, desde la puerta hasta el último rincón. Una ó mas tarimas en el dormitorio, un triste mobiliario en la cocina, una muy escasa provision de habas, garbanzos ó judías en la despensa, y en la salita dos viejos taburetes de palo, una mesita coja, y algunos pequeños trastos con útiles de trabajo pendientes de los muros entre estampas de colores vivos, ya religiosas ya profanas; tal es el menaje de aquella sociedad subterránea. Pero lo que admira mas es la robustez relativa de esa gente, y el admirable aseo de sus habitaciones. Aunque casi todos los muros están ahumados, todo está limpio y en su lugar, y no se nota humedad ninguna ni aún en las piezas mas recónditas. Sinembargo, el corazón se siente oprimido en presencia de tal espectáculo. Al tender la vista sobre los pequeños huertos de esas pobres familias de proscritos, no pude menos que hacer una observación: hasta sus objetos de cultivo son tristes. La tinta medio gris de los aloes y de las plantaciones de habas coincide con la historia de esa extraña raza, así como las extensas y apretadas huertas de tunales y espinos. Esas familias casi no conocen el sabor de la carne; su alimento consiste principalmente en habas y judias, y Granada les compra los frutos rosados de millares de cactus. Aquella loma me parecía un calvario; aquellos millones de flores amarillas y de frutas carmesíes, creciendo entre las espinas y troncos sin hojas ó follaje (como son los cactus), me parcelan representar la historia de la raza gitana; y esas quinientas columnas de humo en un campo sin casas, me daban la idea de los campamentos variables de un pueblo nómada. Por último, las numerosas fraguas subterráneas de aquella raza de albéitares y estañadores, me hacían imaginar que visitaba el reino de Vulcano en caricatura.

Pero no se crea que los Gitanos aman mucho sus cuevas. Si la noche los obliga á entrar en ellas decididamente, las dejan desiertas durante el dia. Esos hijos de la India, que se creen Egipcios, aman el sol con voluptuosidad. Así, cuando no llueve, se les ve en grupos numerosos por las _calles_ ó en medio de sus melancólicos jardines ó huertos, remendando trastos, cosiendo, calentándose en la ociosidad ó bailando á cielo abierto. Sí; esa raza de la proscripcion es la raza de las danzas vehementes por excelencia. Fue imposible conseguir una danza formal que nos prometiera el capitán, pero en los bosques de la Alhambra y en las calles del Albaicin pudimos ver algunas _muestras_. ¡Qué de agitación, de delirio artificial, de extrañas contorsiones, de locura reflexiva, de lubricidad aparente en una raza esencialmente casta! ¡Qué de sonidos atropellados, rudos y de salvaje melancolía!