Viajes por España · Unidad 22 de 26

CAPÍTULO VII — parte 2

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Pues sigue oyendo la descripción de mi retiro.....--Si quieres cazar, á la puerta de tu casa tienes liebres y perdices; en el monte de la derecha jabalíes y osos..... (á los cuales preparamos una batida); en el monte de la izquierda, corzos y venados, que ya han aparecido sobre mi mesa en varios guisos.--Si optas por la pesca, el río te brinda con anguilas, truchas y hasta exquisitos salmones.--¿Eres herborizador? Trepemos al monte de Caldas, y encontrarás plantas de todos los climas, inclusos el té y el tabaco.--¿Quieres flores? Paséate por el campo, y la pródiga naturaleza te dará mil variedades de rosas y mirtos silvestres, enredaderas, amapolas, lirios, madreselvas, violetas y jazmines.--¿Deseas frutos? Desde el delicado griñón, que no conoces, hasta la sabrosa pavía; desde la avellana hasta la pera de manteca, y variadas manzanas, ciruelas riquísimas, uvas, membrillos, melocotones, nueces y castañas, todo lo hallarás en sazón.--Porque aquí reinan á un mismo tiempo las cuatro estaciones, según que subas ó bajes, ó que camines al Norte ó al Mediodía. En ciertos sitios escarcha todas las noches; en otros hace calor. Arriba, el viento seca y orea la tierra; abajo, la humedecen constantes rocíos.....

Pero la _especialidad_, la maravilla de este valle es la leche. Que tengas tisis ó tengas asma; que Madrid te haya secado la médula de los huesos, ó debas al estudio ó á la disipación una gran frialdad de estómago....., ¡nada te importe! Bebe leche por la mañana, al mediodía y á la noche, recién ordeñada, como la toma el ternero, ó trasnochada y cubierta de crema, cocida ó cruda, líquida ó en requesones ó en queso..... ¡Mama á todas horas, te digo, y te nutrirás, te refrescarás, sacudirás todas las ruindades madrileñas, y remudarás tu sangre, tu color, tu vida, todo tu ser!

No creas que exagero: ¡este es el paraíso[18]! Aquí no quema el sol; aquí no moja la lluvia..... (Es decir, aunque moja, no da reumas ni calambres.)--Ahora estamos en Agosto, y salgo sin sombrero á las once del día á coger fruta ó á matar gorriones, y ni me da un tabardillo ni me duele siquiera la cabeza.....--Ayer he sufrido á pie quieto un aguacero de una hora, buscando en el río el nido de un salmón, un aguacero de una hora, á la orilla del río, y no me he baldado.....

¡Oh, sí! La benignidad de este clima es prodigiosa. Todos los elementos pierden aquí su rigor y todas las bellezas del mundo ofrecen sus encantos..... ¡Porque nada falte, hasta puedes ver el mar, sólo con subirte al próximo monte de Collados!.....

* * *

Sin embargo, la mujer, sublimada por el cristianismo á esfera muchas veces superior á la del hombre; la mujer, objeto siempre en nuestra patria del culto de los caballeros, de las trovas de los poetas, de los agasajos de los rondadores nocturnos; la mujer, reina de su casa en Andalucía, lujosa, petimetra y holgazana á expensas del sudor del marido, lleva aquí la parte más dura de los trabajos agrícolas. Ella ara, ella siembra, ella coge, ella guía el carro, guarda las vacas y sufre todos los rigores de la intemperie..... Véselas, pues, ajadas, feas, sucias, andrajosas, con el cuévano á la espalda y el niño dentro, encorvadas contra la tierra, sin aliño alguno en su traje ni asomos de tocado, mientras que el hombre se pasea ufano y compuesto, colorado y robusto, ocupado en pescar ó en llevar las reses á las ferias.....

¡Triste condición la de un pueblo que no rinde culto á la hermosura y donde el amor no se levanta sobre el egoísmo del más fuerte!

* * *

El día de San Roque he asistido á las fiestas de _Somahoz_ y regaládome con la música y el baile del país.

La música es una especie de jota menos bulliciosa que las de Aragón y de una melancolía infinita.--El baile se distingue por la seriedad y circunspección con que se mueven las parejas.

No hay más instrumento que un pandero.

La copla corre á cargo de una _cantora-bastonera_, cuyo pulmón es infatigable.

Pues bien: aun estas horas de expansión y esparcimiento, nótase la frialdad ó desdén con que el hombre del campo mira á su compañera.--Parece como que el baile es un deber en tales días, un rito sagrado, algo que ya se vió en el mundo antiguo. Ni sonrisas, ni rendimiento, ni obsequiosos mimos; nada hay en esta danza que se parezca al fandango ni á la jota. Los hombres tienen los ojos fijos en tierra, y las mujeres en el rostro de _su señor_.

¡Ah! ¡Pobres pasiegas! ¡Cómo me explico ahora el que sus esposos las envíen á Madrid á desempeñar el papel de vacas de leche, convirtiendo la bendición conyugal y sus frutos en un oficio ó granjería! ¡Y cuánto siento haber tenido que retratarlas, en conciencia, hace pocas noches, de la cruel manera siguiente, en una _epístola_ que dirigí á nuestro amigo Cruzada!.....

* * *

Lánguido el Pas las hortalizas riega Que cultiva y se come á dos carrillos La famosa en Madrid hembra pasiega. Viérasla aquí, entre chotos y novillos, Arar, sembrar, coger..... ¡siempre á la espalda El cuévano cargado de chiquillos!..... Ó, bailando en los campos de esmeralda, Los domingos y fiestas, la hallarías, Con las trenzas más largas que la falda, Recios los huesos, las miradas frías, Y rebosando del corpiño el pecho, Rica promesa de robustas crías. Mas ¡oh cálculo vil!..... Sólo ¡provecho Buscando en el amor, franco de porte, Abren á estos gaznápiros el lecho, Y, sin que el hijo luego les importe, Anuncian _leche fresca_ en el DIARIO, A las bellas madrastras de la corte!

* * *

Pero volvamos al baile del día de San Roque.

Los vascongados que trabajan en el ferrocarril, tocaban la flauta de boj toscamente labrada, haciendo como quien dice rancho aparte, y bailaban á las pasiegas con más donaire y animación. La luna creciente aparecía ya sobre el ocaso á presidir los patéticos instantes del anochecer. Del río y de la selva brotaba el concierto misterioso con que las aguas, las plantas y los animales daban su adiós al día. Sonaban á lo lejos las esquilas de los ganados y el último tiro del fatigado cazador, mientras que en las cumbres de los montes resplandecía la hoguera de los pastores y modulaba el viento lánguidos sollozos que parecían el lejano murmullo de Madrid.....

Pero me dirás:--¿Cuándo llegas á _Santander_, á la capital de la provincia, al término de tu anunciado viaje?

Llegaré, amigo mío, cuando _acabemos_ el trozo de ferrocarril de _Los Corrales á Torrelavega_, en que _trabajamos_ sin descanso, por medio de apuestas y de profecías, todos los habitantes de este valle, desde la distinguida familia constructora (inglesa por más señas), hasta mi humilde persona, que ha clavado ya más de una escarpia asentando _rails_.....--Conque ten otra semana de paciencia.

VII

ESTRENO DE UN FERROCARRIL.--CATÁSTROFE

* * *

Ya estábamos á media legua del fin de nuestro viaje de inauguración: acabábamos de entrar en el Valle de Buelna, de regreso de Santander: sólo nos faltaban cuatro minutos de marcha por la llanura, para estrechar la mano á los que nos aguardaban ansiosos, con las botellas de Champagne á medio abrir, y celebrar la apertura de esta sección de la vía férrea..... Pasábamos sobre el último terraplén--también el _último_, por haberse concluído aquella misma mañana.

Esta obra tiene por la izquierda (hacia donde caímos) 22 pies de elevación, por la derecha 35, y se alza sobre el río Besaya, formando, como él, una ligera curva.

De pronto, pero no sin que hubiésemos notado ya cierta vacilación en la marcha del tren, como si se balanceasen las traviesas, sentimos una fuerte sacudida de atrás para adelante, seguida de un grito general de horror de las gentes que había en los balcones de los próximos _Baños de las Caldas_ y en las peñas cercanas al ferrocarril.....

A este grito contestó otro más espantoso, que lanzamos los del tren al ver que nos faltaba la tierra, que nuestro vagón se inclinaba al abismo, que las maderas crujían, que la locomotora caía despeñada arrastrándonos detrás, envueltos en los materiales del terraplén.....

Del _ténder_ y de la locomotora, que iban delante de mí llenos de gente, no se veía ya nada, sino humo, polvo, fuego; agua que corría de la caldera; las ruedas vueltas hacia arriba; las peñas saltando al empuje de la máquina, que aun quería andar después de haber encallado en ellas; algún hombre que se levantaba ensangrentado de debajo de aquellas destrozadas moles, dando alaridos; y nuestro vagón, al cual le tocaba volcar en seguida, y al que le faltaba poco para acabar de dar la vuelta ó para saltar en astillas.....

Mil muertes nos amenazaron en aquellos cuatro segundos: delante, la caldera, que podía reventar..... (no sabíamos que un rail la había atravesado de parte á parte); á un lado, las peñas del abismo que nos aguardaban y nuestro propio vagón que se nos venía encima; detrás, los demás coches, que, al pararse, nos golpeaban con la velocidad adquirida; debajo, el camino que se hundía con nosotros.....

Y luego el horror, la pena, el miedo....., la compasión por aquellas diez ó doce personas que iban delante de mí, y que ya no veía, y que suponía muertas debajo del ténder y de la locomotora.....--¡Oh! fueron cuatro segundos....., pero cuatro inmensidades de pensamientos, de recuerdos, de angustias.

Las descripciones leídas de otras desgracias; la muerte imprevista; el mundo que desaparece; la familia; los amigos; el natural arrepentimiento del viaje; las personas que nos esperan; la fiesta frustrada; el instinto que clama por la conservación; el alma que condensa todo su poder, todas sus facultades para el instante supremo, y que, despidiéndose de sí misma, se dice: «_aquí era la muerte_.....»; todo esto y mil nimiedades que no sé cómo caben en aquella situación extrema, mil ideas frívolas, unidas á otras muy solemnes y graves, la muleta, la mano cortada, lo que será uno sin dientes, la cuestión de la inmortalidad del alma, lo que dirá fulana cuando sepa lo sucedido, cómo llegará la noticia al hogar paterno, y un punto de conformidad cristiana, y una mirada al cielo, y la tranquilidad más estoica, y el miedo más miserable: todo eso y mucho más, resumido en una idea multiforme, súbita, luminosa, intuitiva, llenaron aquellos cuatro segundos, abreviatura y término de la existencia.

Cuando me vi en salvo, he aquí lo que observé y cómo me dí cuenta de todo lo ocurrido en tan poco tiempo.

El terraplén se había hundido hacia la izquierda; la locomotora volcó por allí, encorvando el rail sobre que gravitaba; pero, como marchaba al mismo tiempo que caía, se encontró con el rail siguiente, que atravesó la caldera de parte á parte. Unido esto á que el Ingeniero inglés Alfredo Jee, que hacía de maquinista, tuvo tiempo _antes de morir_ de quitar alguna fuerza á la máquina, dió por resultado que la locomotora encalló en las rocas que hay al pie del terraplén, por su parte menos elevada, y se paró, no sin haber dado dos vueltas enteras en el aire y el ténder una.

Nuestro vagón se balanceaba sobre el abismo..... ¡Un paso más, y cae también! El siguiente estaba descarrilado; el otro sobre los rails, y el coche de primera tan perfectamente colocado sobre la vía, que las Autoridades y personas de edad que lo ocupaban, no se enteraron desde luego de nuestro peligro, sino que creyeron que nos habíamos parado.

Los que iban en la máquina y en el ténder rodaron por la pendiente movediza del terraplén.--¡Ni ellos mismos saben cómo! Los más afortunados quedaron en pie, y huyeron de la mole que se les venía encima. Los hermanos Jee, que iban delante de todos, cayeron mal, ó no tuvieron tiempo de huir, y quedaron debajo de la locomotora, el uno, Alfredo, muerto en el acto, abrasado por toda la lumbre y por el agua hirviente de la máquina, y cogido por una rueda en medio del pecho; y el otro, Morlando, preso entre las piernas de su hermano y una peña, tendido boca abajo, con la cabeza y el pecho fuera de la máquina, pero recibiendo desde la cintura hasta los pies, y especialmente en la pierna derecha, el agua hirviendo de la caldera y el calor del hierro y de los carbones hechos ascuas.--Contusos, ligeramente heridos ó quemados, estaban otros muchos; pero ninguno de gravedad.

Nuestro dolor al ver muerto al eminente ingeniero Alfredo Jee, y en tan grave situación á su hermano; nuestro asombro al encontrarnos vivos; nuestro reconocimiento á Dios que nos había librado; el terror del pueblo que nos cercaba; los penosos cinco cuartos de hora que se tardó en sacar á Morlando Jee de debajo de la máquina, son cosas que no acertaría á describir.....

Míster Morlando Jee vive todavía; pero frío como el granizo y sin esperanza de salvación.

* * *

El desgraciado murió á la noche siguiente.

Los Corrales (Valle de Buelna), 1858.

MI PRIMER VIAJE A TOLEDO

El ferrocarril de Castillejo á Toledo acaba de ser inaugurado, lo cual significa en sustancia que la vetusta ciudad imperial se encuentra ya á las puertas de Madrid.--De esperar es, por consiguiente, que, pues tan rápido, cómodo y barato resulta hoy el viaje, todos los amantes de la belleza artística y de las glorias patrias vayan sin pérdida de tiempo á admirar con sus propios ojos aquel museo de maravillas.

En el ínterin, si á bien lo tienen, dígnense leer los apuntes que yo he hecho en mi cartera durante los dos días que acabo de pasar en la Roma de nuestra historia; apuntes que, si no son una _Guía_ ni mucho menos, revelan todo el entusiasmo que puede inspirar á un buen español, aficionado á las artes, la noble ciudad tantas veces cantada por Zorrilla.

* * *

_Toledo_ es un magnífico álbum arquitectónico, donde cada siglo ha colocado su página de piedra. Ver á Toledo es leer á un mismo tiempo la historia de España y la historia de la Arquitectura.

Más ricas en monumentos árabes son Córdoba, Sevilla y Granada, en obras romanas Mérida y Segovia, en góticas los reinos de León y Castilla la Vieja; pero ninguna ciudad como _Toledo_ lo encierra todo; ninguna como ella puede ostentar juntamente grandes obras de todos los tiempos y de todos los períodos del arte. Y consiste en que Toledo es una ciudad diez veces histórica, que diez veces ha resucitado de sus cenizas, que ha puesto en su frente corona sobre corona, llegando al cabo á verse investida de toda la grandeza de la historia patria.

Su fundación, perdida en la noche de la fábula como todo lo épico, es para unos obra de Hércules, para otros se remonta á la fuente de los días auténticos; al pueblo judío. Y lo mismo que la religión y el paganismo se la disputan, ved cómo luchan después todos los invasores de España por engrandecerla.....

¡Ah! no todos: que si bien es verdad que los bárbaros del Norte la respetaron hace quince siglos, no es menos cierto que los franceses del siglo XIX quemaron y destruyeron sus alcázares y templos.

De cualquier modo, Toledo ha sido la ciudad bien amada de los siglos. La antigua Carpetania la cuenta entre sus pueblos patriarcales, Roma entre sus colonias, entre sus esclavas los alanos, entre sus reinas los godos. En ella busca amparo el naciente Cristianismo, y los renombrados Concilios toledanos enaltecen su fama en todos los pueblos visitados por los Varones Apostólicos. Asentará en ella luego Rodrigo su corrompida corte, y la avasallarán después los árabes..... Pero Toledo no habrá muerto todavía. Aun será corte de los grandes Alfonsos, amparo de los errantes judíos, mansión de Isabel la Católica y Carlos I de España, cuna, en fin, de los primeros albores de libertad en tiempo de las Comunidades de Castilla.

Pues bien: toda esta grandeza, todo este poder, toda esta fortuna están escritos en sus innumerables monumentos. En más de una torre desmantelada, á que sirvieron de cimiento ruinas de la dominación de Roma, hay ventana que fué primero ajimez árabe, después ojiva gótica, luego nicho del Renacimiento, y que hoy es balcón adornado de flores á que se asoma la hija del campanero. En él veis borrados los junquillos y doseletes; notáis el rastro del arco estalactítico, echáis de ver un resto de friso greco-romano, y acaso encontráis algún extravagante delirio de Churriguera; todo revuelto y remendado, pero todo elocuente y revelador de pasados destinos.

La _Catedral_, sobre todo, es la urna cineraria de las grandezas españolas. Cada período de civilización ha grabado en ella su nombre: cada generación ha dejado el polvo de sus héroes.--Crúzase con melancólico orgullo aquel museo en que todos nuestros artistas han labrado una columna, colgado un cuadro ó tallado un santo de madera; donde cada conquistador ha depositado las banderas de su ejército y los trofeos tomados al ejército vencido; donde los reyes han buscado sepultura, así como los poetas y los poderosos; donde uno dejó sus alhajas, otro su librería, este su espada y su armadura, aquel las obras de su ingenio. Parece la Catedral, considerada de este modo, una matrona antiquísima, una venerable abuela, á la cual cada uno ha contado sus tristezas, confiado sus secretos, legado su gloria, pedido consejo en la desgracia y debido una oración en la hora de la muerte.

Allí duermen Enrique de Trastamara, el rey fratricida; allí los santos y los arzobispos que guerrearon contra los moros; allí los mismos arquitectos que sucesivamente, durante muchos siglos, fueron construyendo la Catedral; allí D. Álvaro de Luna, el soberbio enemigo del feudalismo, y D. Enrique III el _Doliente_, y D. Juan I, y famosas reinas, y capitanes, y prelados, y damas hermosísimas, que reinaron en famosos torneos; allí están las banderas cogidas á los agarenos en cien batallas, y las perlas y los diamantes acumulados por los judíos, y los frescos de Jordán, y las esculturas de Berruguete, y verjas de cien autores, todas de un mérito asombroso, y mil reliquias, mil ex votos, mil preciosidades auténticas, históricas, paleográficas, artísticas.

Lo repetimos: la _Catedral_ es un museo, un archivo, una biblioteca inmensa, donde el artista, el poeta, el arqueólogo, el historiador, todos los que aman el pasado, encontrarán inagotables tesoros.

Pues si la consideramos ya como edificio, como obra de arquitectura, como templo gótico, ¡qué nuevas maravillas, qué riqueza, qué grandiosidad, qué excelsitud!.....

Allí está toda la historia del estilo gótico, desde el godo, anterior á la invasión de los bárbaros, hasta el gracioso y puro del siglo XIII. Allí hay portadas más bellas que las de Nuestra Señora de París y que las elegantísimas de las catedrales de Burgos y Sevilla; allí atrevidas bóvedas, vistosos rosetones, aéreos doseletes, casetones cuajados de estatuas en miniatura, vidrieras de colores que filtran dulcemente la luz del cielo, y mil y mil molduras y archivoltas que entretienen la vista y la imaginación por su interminable variedad.

La primitiva iglesia fué fundada por San Eugenio, y sobre ella bordaron los moros una gran mezquita. Reconquistada la ciudad, San Fernando no quiso que en la Catedral toledana hubiese ni tan siquiera huellas de los infieles, y la destruyó hasta los cimientos, poniendo en aquel mismo sitio la primera piedra del templo actual. Doscientos cincuenta años se tardó en construirlo, y todavía hoy se sigue trabajando en pormenores de ornamentación.....

Pero no me es dado proseguir, ni tampoco me queda tiempo de bosquejar, como quisiera, otros monumentos de _Toledo_.....--Esta rapidísima reseña ha de publicarse dentro de dos horas, y los cajistas me van quitando de las manos las cuartillas según que las escribo de primera intención.