Santander · Capítulo real 4 de 20

CAPÍTULO V

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 10 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPÍTULO V

Cantabria y los cántabros en la segunda guerra púnica. — Cantabria durante la dominación de Roma. — La guerra cantábrica.— Cantabria romanizada. — Invasión de los bárbaros. — Amaya sede episcopal. — Cantabria durante la monarquía visigoda.

CIRCUNSCRIPTA y determinada por la naturaleza la región que habita el cántabro, — fronteras suyas son, como puestas de propósito para distinguirle y singularizarle, las escarpadas rocas de la costa y el proceloso mar que, desde el Estuario de Villaviciosa hasta la desembocadura de la ría de Oriñón por el N., le ofrece constante el espectáculo de sus aguas turbulentas y conmovidas, y le incita y arrastra de continuo á acometer en frágiles embarcaciones empresas temerarias, cual le convida con lo desconocido, oculto allí detrás del lejano horizonte, donde se

confunden á la vista el mar y el cielo, cerrando los espacios á los ojos, que en balde intentan sondear lo arcano. El ancho seno por donde, entre dos enhiestos promontorios, vierte la ría de Oriñón á Levante, y el Estuario mencionado de Villaviciosa á . Poniente, con larga sucesión de montañas á la una y la otra parte, — le separan del Vardulio y del Transmontano, y aquella inmensa masa de eminencias que entrecortan y accidentan el territorio donde se hallan establecidos los Cóncanos, los Vadinienses, los Camaricos, los Velegienses y los Morecanos, — le apartan de las comarcas donde viven los Vácceos y los Turmódigos.

Todo parece de intento contribuir, para que resalte más expresiva la fisonomía del cántabro ; y como el mar por la encrespada costa, bajo el opaco cielo que le cobija, soñar acaso le hace con países ignotos, y la Montaña es pobre para alimentarle, no bastando el bélico ejercicio de la caza, ni el sosegado del pastoreo á que se entrega en valles y mesetas más ó menos prominentes,— vive en eterna lucha con sus limítrofes y aledaños, sin que acierte á templar su natural bravio la influencia de los helenos que el acaso conduce remontando el Ebro á la Cantabria, y que después de hechos nci narrados pero comprensibles y naturales, concluyen por aclimatarse, como se habían antes aclimatado las distintas razas llegadas allí desde diversos puntos del Oriente. El aislamiento en que vive, el cuadro que contemplan diariamente sus ojos, la dificultad de la vida, y la rudeza de su cultura, le hacen guerrero; convierte la lucha en habitual ocupación, y el robo y el saqueo en oficio; y así vive, adorando divinidades desconocidas, invadiendo los campos de sus vecinos, manteniendo con ellos contienda inacabable, haciendo gala de fortaleza y de independencia, y buscando en las oquedades y las cuevas morada que supo más tarde construirse.

Espíritu emprendedor y guerrero es el que le anima, cuando acude quizás á alistarse en las banderas de los cartagineses, y lucha como mercenario en la primera guerra púnica; allí es

donde concibe acaso el odio con que miraron siempre los hijos de Cantabria á Roma, y por eso, cuando Hanníbal, después de la catástrofe saguntina, declara la guerra á la república rival de Cartago, — se brindan por aventura los cántabros á formar de los primeros entre las legiones libi-fenices con que el heredero de Hasdrúbal pretende destruir para siempre la aborrecida enemiga de la africana patria. Aunque entre ellos no faltan griegos, y á su territorio, colocado de la parte allá del Ebro, que tiene origen en sus montañas, no alcanza el poderío de los cartagineses,— con ellos van como con gente conocida, llenos de rencor, contra Roma; y no son los cántabros, ciertamente, de los españoles que al atravesar el riscoso Pirineo, abandonan las legiones púnicas declarándose incapaces de figurar en ellas. Rey ó caudillo, jefe ó cabeza de los que penetran con Hanníbal en las Galias y cruzan el Ródano siguiendo al capitán cartaginés que hace temblar de espanto la ciudad del Tíber, — insensible como sus hermanos á los rigores de la estación y á las fatigas de la marcha, camina Laro, aquel héroe cuyo nombre citan los montañeses cual ejemplo de bravura, y que supo más adelante excitar la admiración de los romanos.

Nadie hay que aventaje á los hijos de la Montaña en la tenacidad y prontitud del ataque ; nadie que muestre mayor desprecio de la vida, ni vacile menos en arriesgarla ; y si, á través de los siglos, pudieran los Alpes guardar recuerdo del homérico paso de los cartagineses por sus desfiladeros y cañadas, contarían de seguro las hazañas realizadas por los cántabros en aquella expedición memorable que llenó de aturdimiento y pánico á los generales de la república italiana, y que en balde trataron una y otra vez de impedir y dificultar los galos, confederados de Roma en su mayor parte. ¡Cuántos de aquellos hijos de Cantabria perecieron en el camino á pesar de su resistencia proverbial, de su sobriedad notoria, y de su fortaleza incuestionable, — cuando al llegar á lórea Hanníbal, sólo pudo reunir en torno

suyo menos de la mitad de los infantes que componían su ejér-

cito al salir de España ! Y sin embargo: con ellos venció á Escipión en el Tesino y á Tiberio Sempronio en Trebia, y entre ellos hubo de distinguirse Laro, «membrudo y crecido, que se hizo formidable en los combates, aunque fuese invadido por el costado y espalda, á causa de la prontitud con que por todos lados manejaba un hacha de dos filos.» No sin íntima satisfacción, que trasciende en sus elegantes versos, complácese el español Silio Itálico al recordar las proezas de aquel héroe, escribiendo:

44 «Vix uni mens digna viro, novisse minores

45 Quam deceat, pretiumque operis sit tradere famae Cantaber ingenio membrorum et mole timeri

Vel nudus telis poterat Larus. Hic fera gentis

More securigera miscebat proelia dextra.

Et, quanquam fundi se circum pulsa videret 50 Agmina, deleta gentilis pube catervae,

Caesorum implebat solus loca : seu foret hostis

Comminus, expleri gaudebat vulnere frontis

Adversae : seu laeva acies in bella vocaret,

Obliquo telum reflexum Marte rotabat. 55 At, cum pone ferox aversi in terga veniret

Víctor, nil trepidans retro iactare bipennem

Callebat, nulla belli non parte timendus.

Huic ducis invictis germanus turbine vasto

Scipio contorquens hastam, cudoné comantes 60 Disiecit crines. Namque altius acta cucurrit

Cuspis, et elata procul est electa securi.

At invenís, cui telum ingens accesserat ira,

Barbaricam assiliens magno clamore bipennem

Incutit. Intremuere acies, sonuitque per auras 65 Pondere belligero pulsati tegminis umbo.

Haud impune quidem. Remeans nam dextera ab ictu

Decisa est gladio, ac dilecto immortua telo.

Qui postquam murus miseris ruit, agmina concors

Avertit fuga confestim dispersa per agros.

70 Nec pugnae species, sed poenae tristis imago

71 Illa erat, hinc tantum caedentum, atque inde ruentum» (i).

(1) Piinicorum^ lib. XVI.

Vencidos por Publio Cornelio Escipión los cartagineses en la Península española, en balde fueron ya los triunfos que Hanníbal logra valeroso en Italia, hasta ser derrotado en el Metauro el sorprendido ejército de Hasdrúbal: cuán angustiosa y aun difícil la situación del egregio vencedor de Cannas, cuando, después de sus victorias, se ve en Crotona forzado á partir con las reliquias de sus gentes para el África, donde el joven Cónsul Escipión le espera, y con él, como término miserable de su gloriosa vida militar, el desastre tristísimo de Zama! ^Qué había sido de aquellos esforzados cántabros que, de uno en otro triunfo, le siguieron animosos por territorio italiano? ^Qué se habían hecho aquellos bravos montañeses, delante de quienes temblaban con espanto los aguerridos legionarios del Tíber? Allí quedaron, como quedaron en Africa, entre los ajados laureles conseguidos por ellos en tantas y tan comprometidas ocasiones al servicio de la república de Cartago: allí quedaron, clamando venganza sus cadáveres en el apartado rincón de España, de donde procedían y á donde no volvieron, y engendrando en los montañeses, sus deudos y contribuios, odio implacable á Roma, odio invencible, que hubo de perpetuarse de una á otra generación por largos años !

Qué confiados viven en sus riscos ! Con qué indiferencia contemplan desde ellos los esfuerzos reiterados en que esterilizan su energía los españoles, ganosos en unas y otras regiones de reconquistar la independencia ya perdida! Podrá el romano, á quien aborrece, atropellar á los ilergetes y los ausetanos que siguen la generosa voz de Indibilis y de Mandonio; podrá, aunque no sin vergüenza suya, repartirse la España y establecer colonias y triunfar de Viriato y la gente lusitánica por la alevosía; pero no podrá atreverse nunca á penetrar en la Montaña, guardada y defendida por sus hijos. Como preparándose á más seguras empresas, no les importa á los montañeses que el tiránico invasor cuente cual propio el territorio de la Cantabria que las legiones no conocen aún, y lo adjudique por disposición se-

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natorial á la España Citerior con el de los astures, vacceos, oretanos y bastetanos, hasta el Pirineo y los indígetes, y así permanecen como extraños á la ruina de la patria, sin que las quejas y los lamentos de los oprimidos les conmuevan ni les decidan ahora á tomar las armas y aventurarse á bajar de las encumbradas alturas donde tienen su asiento y su morada, para vengar á sus hermanos. Así el cántabro, mirando sólo su personal interés del momento, «deja correr el falso rumor de que, unido á los vacceos iba en auxilio de la incomparable Numancia», á la que asedia el invasor sin tregua, y cuyas desdichas no le alteran ni le mueven.

«Oye con pueril vanidad [sin embargo], que, á sólo esta noticia, el romano sitiador Cayo Hostilio Mancino había abandonado el lugar donde estuvieron los temibles reales de Nobilior, y cedido á una paz afrentosa (año 137 ¿í. Ch. n.)-». «Y cuando Escipión renueva el cerco y estrecha á aquel egregio puñado de valientes y generosos españoles, Cantabria se cruza de brazos y los abandona á suerte lamentable». «Roma entra á fuego y sangre por los Vacceos, asuela una ciudad y otra, y convida engañosamente á la de Colenda á que vengan sus habitantes para obtener en repartimiento pingües tierras; y luego que salen fuera de los muros, los pasa á todos con traición á cuchillo». «Celtiberia se levanta contra el inicuo invasor ; Cantabria no ayuda á sus hermanos». «Flaco mata veinte mil celtiberos, y los sujeta». «Caen los cántabros entonces en la cuenta de cuál había de haber sido su obligación, y tarde quieren tomar las armas», como si de ellos sólo dependiera la suerte de los españoles todos. «Para deliberar se reúne el Senado cantábrico» en Belgeda ó Véllica, población que si no fué la capital de esta comarca, pudiera conjeturarse que «gozó el privilegio de ser cabecera» de ella; tarda aquel «mucho en acordar, la mayoría es contraria á emprender la guerra; y el pueblo se irrita y cerca el palacio y en derredor le pone fuego, y dentro abrasa á todos los senadores (93 a. Ch. n.)», «Flaco viene, castiga á las cabezas

del tumulto, pero no se atreve á esclavizar la región». «Impasible ésta, continúa viendo á los Romanos apoderarse una á una de todas las de la Península, cargar de tributos á España, y enviar magistrados para organizaría y constituirla en provincia suya» (i).

Juzgan quizás los cántabros, á quienes posee feroz egoísmo, que no ha de osar Roma contra ellos, y que mientras en torno suyo los demás pueblos españoles doblan no sin lucha al yugo la cabeza, ellos podrán alzarla siempre, libres é independientes, atrincherados en su Montaña inaccesible y bravia. Para ellos, el mundo termina donde tiene sus límites la Cantabria; y como ven que el astuto conquistador se detiene ante sus naturales defensas, achacan á mérito propio tal conducta, y envuelven en igual menosprecio al habitante de las unas y de las otras comarcas sometidas, no recelando de que en su aislamiento, les aguarda al postre la misma suerte que á sus hermanos. Envilecidos los estiman, porque, al mismo tiempo que algunos aventureros montañeses, con Sertorio procuran aquellos romanizarse; y lejos de contribuir á la emancipación con que el caudillo romano brinda á los españoles en odio al dictador, — rechazan en común todo comercio y trato, y «en celos, pleitos y rencillas de vecindad», emplean «las fuerzas del cuerpo y del espíritu», soñando ciegos con mantener su independencia. Comarca improductiva y pobre, poco podía interesar á los romanos, quienes poseían las fértiles que riegan y fecundan poderosos el Betis, el Anas, el Tagus, el Tader, el Durio y el Ebro: aquellas encrespadas alturas, cubiertas de salvaje vegetación y erizadas de rocas, no compensaban con verdad el esfuerzo de conquistarlas, y así continuaron, sin que los montañeses hicieran causa por lo general con Sertorio y sus romanizados españoles.

Desvanecida la Cantabria por la libertad de que disfruta.

(i) Fernández-Guerra, Cantabria {Boletín de la Soc. geográf. de Madrid^ tomo IV, pág. 117).

mientras la mayor parte de estos militan á las órdenes de Pompeyo,— toma ella partido, en el sentir de alguno, por la revolucionaria facción de César, «que brindaba con esperanzas de libertad á las naciones, opresas de la ambición latina» (i), y consiente que la antigua Brigancia tome el nombre de Julióbriga, en memoria del vencedor de Pompeyo (2); «abriga perenne queja y hondo resentimiento de sus convecinos los Autrígones», y envía sus hijos repetidas veces á correr las tierras de éstos, de los Murbogos ó Turmódigos, y de los Vacceos, causando en ellas doloroso estrago. «Y tales y tan frecuentes saqueos, vejaciones y agravios les infiere..., que al fin, ardiendo en ira el Senado y Pueblo Romano, acudió á la defensa de sus buenos aliados Autrígones, y juntamente de los Turmódigos y Vacceos (los de tierra de Burgos y Palencia)». Augusto mismo en persona, á quien había correspondido la Cantabria en la división de la España hecha con el Senado, como perteneciente á la provincia imperial, — viene á la Península acompañado de Publio Carisio y de Marco Agrippa, decidido á poner término á la arrogancia de los cántabros, y sin perder momento allá se

(1) Así se expresa con efecto el docto Fernández-Guerra en su muy estimable Libro de Sanioña, pág. 2 1 ; pero el mismo César declara en contrario, afirmando, según advierte el discretísimo Flórez en La Cantabria (pág. 62): Equites auxiliaque toti Lusitaniae á Petrejo; celtiberis, cantabris, barbarisque ómnibus, qui ad Oceanum pertinent, ab Afranio imperantur (De Bello civili, c. XXXVIII).

(2) Tal es la deducción que lógicamente se desprende de las palabras del mismo Fernández-Guerra en el citado Libro de Santoña, pág. 23, donde manifiesta que Julióbriga « antes de César hubo de llamarse Brigancia » ; pero contradiciendo esta opinión, que hubo ya de defender Garibay,— el P. Flórez afirma terminantemente que « no pudo... Julio César edificar ciudad dentro de la Cantabria». «Ni basta— dice— para ello el dictado de Julio que vemos antepuesto á la voz Briga; porque el impedimento referido obliga á usar ahora el recurso de que algunas veces era Augusto el entendido bajo el título de Julio^ como expresa Dión Casio, que nos ofrece el ejemplar de que Agripa intituló Julia las Sepia del Campo Marcio, dándoles aquel dictado, no por Divo Julio, sino por su hijo Augusto : Julia ea ab Augusto cognominavity>. « Esto es un apoyo irrefragable para recurrir á Augusto en lances donde la historia ofrezca comprincipios que no pueden aplicarse á Julio, como es en el caso de que hablamos; y para ello se debe tener presente que Octaviano desde la adopción se llamó Cayo Julio (como muestran los Fastos), y por tanto Agripa pudo tomar de él dictado de Julio y lo mismo la ciudad de Julióbriga» {La Cantabria^ págs. 62 y 63).

encamina amenazador, perdido quizás en él el recuerdo de la condición indomable de aquellas gentes que no vacilaban á toda hora en desafiar á la señora del mundo, y olvidado por las legiones el pavoroso temor que antes en ellas infundía el cántabro, nacido para la guerra y el combate.

Vuela por las montañas la noticia de la aproximación de Augusto: apercíbense á la lucha los cántabros, seguros del triunfo y contando desde luego con lo inaccesible é intrincado de sus montes; pero «recuerdan los Astures que tienen la misma sangre de los» montañeses, «y se unen á ellos para contrastar al César». No tarda éste en presentarse, con efecto, seguido de sus legionarios, y ardiendo en deseos de terminar de una vez con los implacables enemigos de Roma y sus aliados, mientras envía al pretor Carisio contra los Astures transmontanos, divide el ejército que él guía en dos haces distintas, de las cuales, «acampa la una en los Autrígones, hacia Medina de Pomar, á la orilla izquierda del Ebro», en tanto que la que capitanea en persona «pone sus reales en Segisamone (Sasamón), ciudad de los Turmódigos» (i), y Marco Agrippa, «con naves de Inglaterra, surca el mar», amenazando la costa. Privado de sus auxiliares los Astures, á quienes detiene Carisio, no por ello se acobarda el cántabro, ni ceja en su actitud arrogante, dando así prueba de que la raza, aislada, ni había degenerado, ni menos dado al olvido la memoria de aquellos que, combatiendo en Ita-

(i) Hace constar el ilustre Fernández-Guerra, á quien seguimos generalmente, que «uno de los eódices manejados por Freinshemio para su edición de las Historias Romanas de Lucio Julio Floro, puntualiza en las cercanías de Avia de las Torres y no en Sasamón, el lugar donde Augusto plantó los reales : ipse venit^ secus Auiam castra posuit ; \Y , 12». «Ambas poblaciones — prosigue el sabio anticuario de la Real Academia de la Historia — caen á igual distancia casi del límite meridional de los Cántabros : Avia en los Vacceos, Segisamo en los Turmódigos». « Pero, bien meditada estratégica é históricamente — concluye,— la lección Avia no llega á prevalecer» {Cantabria, en el Bol. de la Soc. geogrdf. de Madrid, nota 27, pág. 149 del t. IV). En la edición del Epitome rerum romanarum incluido en la Bibliotfieca classica latina, pub. por N. E. Lemaire en 1827, y que contiene las notas y el índice de Freinshemio, no se hace sin embargo esta distinción (pág. 329), leyéndose en el texto: Ipse venit Segisamam : castra posuii.

lia al lado de Hanníbal, ya por enfermedad, ya por las armas, habían sucumbido lejos de la Montaña en que nacieron, legando á los suyos como herencia el odio, tantas veces ponderado, hacia el nombre de Roma.

Puesto de acuerdo con sus generales, por tierra y por mar «y en un día mismo, todos acometen por tres partes á Cantabria.» «De Sasamón sale Augusto contra Vé/¿zca (Hélecha.) y la toma.» «Los Cántabros huyen al inaccesible Monte Vzndto»^ que cruza el territorio de los Cóncanos y de los Vadinienses, replegándose al N., donde los Vellegienses afluyen, dispuestos á defender sus vidas y su independencia, y reconociendo á pesar suyo la superioridad de la organización de las legiones romanas; convencidos de que las alturas solo pueden ofrecerles ventaja, «adoptan el sistema de rehusar batalla campal, y hábiles guerrilleros», conocedores del terreno que pisan, aprovechan toda ocasión para mortificar al enemigo y quebrantarle, «y sorprenden y diezman en todo sitio á los Romanos.» Fuertes y robustos, ágiles y persistentes, no hay sendero en la Montaña que no les sea familiar y conocido, y van de la una á la otra parte, de Peña Prieta á Sierras Albas y á Siei^ra Sejos^ empeñando á las legiones «en andar sin fruto, como á caza de fieras, entre montes»; ríndenlas «á insoportable fatiga»; y pónenlas «en riesgo á toda hora, y al mayor peligro siempre.» «Cinco años dura la guerra, que se pensó concluir en pocas semanas; los Cántabros pelean por la vida, sus enemigos por la reputación; de ira y despecho enferma Augusto, abandona el ejército, confía su gobierno á Cayo Antistio y retírase á Cataluña. »

Notable ejemplo de resistencia ofrecía así Cantabria á los ojos del mundo entero; resistencia á la que ayudaban y poderosamente contribuían la ferocidad de la gente y la fragosidad del terreno, en el cual eran de todo punto inútiles y «no servían las fuerzas, ni artes militares» para el intento que perseguía el romano; y como los cántabros no querían rendirse «confiando en la aspereza de las montañas», ni se atrevían tampoco «á venir

á las manos, por ser muy inferiores en número, y reducirse la mayor parte de sus armas á flechas», según Dion Casio afirma (i), «á cualquier parte que movía el emperador sus soldados», batíanlos los montañeses «desde las alturas que tenían ocupadas, sin omitir estratagemas de varias emboscadas.» «Aquellos montaraces sin caudillo, — dice moderno historiador al referir estos sucesos, — ...divididos en una infinidad de cuerpos diminutos, eran, como ahora mismo, únicamente guerrilleros, y estaban día y noche hostigando y persiguiendo á los Romanos, tanto en su campamento como en las marchas, sin poder éstos alcanzar jamás á sus enemigos.» «Aparecían y desaparecían con una prontitud asombrosa.» «Arrojados y terribles en el avance, era imposible haberlos en la fuga; rechazados y perseguidos, se enriscaban al punto entre sus breñas, cuyos senderos conocían ellos solos; salían luego, y se descolgaban sobre los Romanos cuando menos lo presumían.» «Eran unas continuas alertas, refriegas desaforadas é irracionales, y desapariciones milagrosas» (2).

Pudo más la necesidad que el esfuerzo y ánimo viril de los montañeses, pues aunque el corazón era «invencible, — como escribe el sabio agustino hijo de aquella comarca, — los brazos y las armas fueron inferiores al enemigo»; pero así y todo, «muchas y sangrientas batallas costó á Roma sujetar á Cántabros y Astures», y muchas veces las aguas de los arroyos y de los ríos que se abren paso por entre aquel dédalo de relieves que forman y constituyen la Montaña, llevaron confundida al Océano la sangre irreconciliable de vencedores y vencidos. «Dígalo, á más de la de Véllica^ la [cruenta lucha] de aquel Monte Vmdio-f> ^

(1) Cit. por Flórez, Lc5^ Canía&rm, pág. 31.

(2) No en otros términos se expresa Romey, quien añade como conclusión, y probando con sus palabras la unidad del carácter español en todos tiempos : «en fin, cuanto en la guerra de 1808 estuvo acosando á los soldados de Napoleón, vino á suceder ya entonces con circunstancias en extremo semejantes» [Hist. de Españd., trad. por Bergnes de las Casas y pub. en Barcelona el año 1839, Pagina I 28).

el cual, según hemos notado arriba, «cruzaba los Cóncanos, dividía á los Orgenomescos y Vadinienses, y se llama hoy Picos de Europa, Sier^-as Albas, Peña Labra y Sierra de Sejos^ á donde se ufanaban de ponderar los Cántabros, que primero llegarían las encrespadas olas del Océano que las soberbias y rapaces águilas romanas.» «Díganlo también: la batalla de Aracilio ó Atracillo, Aradillos, por cima de Reinosa, donde se peleó con mucha gente y por largo tiempo, como asimismo en los lugares más fragosos, inclementes y selváticos cercanos al mar; la de Santander, que se denominó ya por muchas centurias, Puerto de la Victoria; y en territorio astúr, la de río Astura ó Esla, al pie del cerro de Lancia colocado entre el Esla y el Porma, á tres kilómetros hacia el Norte de Mansilla, donde fué vencedor Carisio, legado de Augusto; la de Brigecio (Villaquejida, á la derecha del mismo Esla, entre Valencia de don Juan y Benavente); y por último, aquella donde todo favoreció á los legados Furnio y Antistio, la del Monte Medullio ó Sierra de Mamed, sobre el Sil, hacia el Ocaso de Astorga. »

«Dos años después de sujeta Cantabria, — continúa con Floro y el P. Flórez refiriendo en conciso lenguaje el último de los ilustradores de esta región famosa, cuya historia pretendemos recorrer, — crucificados los jóvenes más valientes, vendidos como esclavos y diseminados por España los demás, éstos matan á sus señores, vuelven á su patria y encienden de nuevo la guerra, adestrados ya con la táctica militar romana.» «Agrippa triunfa, no sin que la Legión Tercera Augusta se cubra de ignominia, y sea preciso que la venga á reemplazar la Cuarta Macedónica», establecida allí, no lejos de Juliobriga, según convencen no menos de cinco piedras terminales, copiadas por el M. Flórez y reproducidas algunas de ellas por nosotros en el capítulo precedente (i). «Con la victoria de César Augusto (dice Estrabón), los Cántabros» no «desistieron de sus salteamientos

(i) Pág. 124.

y robos»: pero «aquellos que devastaban las tierras de los amigos y aliados del Pueblo Romano, hoy militan en sus legiones.» «En ellas es soldado el Cóncano feroz y los que pueblan los cerrados valles de la ciudad Juliana» (i). «A todas las familias se les obligó á desalojar los sitios encumbrados y fuertes, y á vivir en lo llano, dominado y abierto»; pero esta medida no fué ni tan absoluta ni «tan general, que las montañas quedasen despobladas, pues los geógrafos posteriores, — advierte el autor de la España Sagrada, — suponen allí pueblos, y los que entregaron rehenes se quedaron arriba» (2).

«Para amarrarla como con una cadena, y afianzar la conquista», impidiendo que en lo sucesivo se reprodujeran los acontecimientos pasados, «Roma erizó de sólidos castillos los caminos y desfiladeros» y muchas de las alturas de la Cantabria, «en lo que decimos provincias de Soria, Burgos, Valladolid y Palencia», á cuyo fin contribuyó poderosamente al propio tiempo, el establecimiento de las tres cohortes ó legiones presidiales destinadas por Augusto á la Montaña y allí enviadas por Tiberio, con lo cual, el llano y el monte, la cañada y el valle, cuanto compone el territorio donde se creyó invencible y alardeó de independencia en tantas y tan reiteradas ocasiones el cántabro, desafiando á Roma, — fué sometido y totalmente pacificado desde entonces. Y mientras que, abandonando á la fuerza quizás sus riscos se establecía ya romanizado en Tarragona (3) y en otras

(1) Las palabras de Estrabón, vertidas al latín, dicen: «Minus tamen hodie eo vitio laborant, ob pacem et romanorum ad illos profectiones : quibus ista minus obtingunt, importuniores sunt et inhumaniores : quod vitium augeri par est, cum nonnullis accedat locorum et montium incomoditas habitandi. Verum jam, ut dixi, omnia bella sunt sublata. Nam cántabros, qui máxime hodie latrocinie exercent, iisque vicinos, Caesar Augustus subegit : et qui ante romanorum socios populabantur, nunc pro romanis arma ferunt, ut Concani, et qui ad fontes Iberi amnis accolunt, Tuisis exceptis.»

(2) La Cixntabri(x^\iéi^. 143.

(3) Convencen de ello dos inscripciones allí encontradas ; la una «se puso... con estatua á un ilustre cántabro, natural de Juliobriga, llamado Cayo Annio

comarcas de la Península, en las cuales dejó vinculado el nombre (i), — «arrancada á su hogar por la tiranía de brutales Césares, la juventud cantábrica, envejecía durante uno y otro y otro siglo en las desnudas colinas de la Judea, volviendo caduca y agostada al suelo patrio, para vivir en pobreza y servidumbre,» «Más de una vez, imperando Tiberio, Calígula, y Nerón, los ancianos, mujeres y niños apellidaron libertad» aunque inútilmente ya por desventura.

Vencida quedó ante el poder de Roma la Cantabria ; vencida y sin aliento para resistir á sus conquistadores, quienes abrieron á través de sus incultos montes vías y caminos, beneficiaron las minas, organizaron la región á su manera, le infundieron su cultura, le enseñaron su religión y su idioma, como enseñaron á sus hijos á derramar la sangre de sus venas en apartadas regio-

Flavo, cuyas líneas se disponen en Grutero (P. CCCLIV , 4) de esta forma:

C • A N N I O • L • F •

QVIR- FLAVO IVLIOBRIGENS EX- GENTE- CANTA BKORVM • PROVINCIA - HISPA

NIA - CITERIOR OB - CAVSAS • VTILITATESQVE

PVBLICAS FIDELITER-ET- CONS TANTER • DEFENSAS

La otra «ofrece memoria de una Flamínica de la España citerior, á la cual puso el marido estatua en Tarragona; y ésta era natural de la Cantabria en el lugar de Amoca.» «La piedra dice así» según Grutero (CCCXXV, 10):

PAETINIAE • PA TERNAE • PATERN FIL- AMOCENSI-CLVNIENS EX • (JENTE • CANTABRO FLAMINIC - P-H-C-L- AN TONIVS • MODEST VS INTERCAT • EX-GENTE VACCAEOR • VXORI-PI ENTISS- CONSEN-P-H-C-ST

(Flórez, La Cantabria^ pág. 64 y i 3 5)

(i) Tal sucede en el Cerro de Cantabria en la Rioja ; véase acerca de él lo que expresa el doctísimo Flórez en la obra cit., pág. 143.

nes al servicio de los intereses romanos, aunque jamás, ni ellos, ni los otros pueblos que en el proceso de las edades señorean la España, pudieron arrebatar al cántabro las condiciones de carácter que le distinguen, y que en tanta parte proceden del espectáculo de sus montañas, del cielo que las cobija, y del ambiente, en fin, que le rodea y envuelve de todos lados, y que va con ellos donde quiera que se avecinden y establezcan. Memoria eterna quedó de aquella guerra no sólo en la Montaña sometida, sino allá, en las fértiles regiones lusitanas que se dijeron luego Extremadura, donde Publio Carisio, en recompensa del triunfo por ellos conseguido, funda para sus soldados eméritos la ciudad Emérita Augusta, capital luego de la Lusitania entera, emporio un día de las artes, mísera abandonada población en nuestros tiempos, que aún, para recuerdo de su grandeza fenecida, ostenta hoy con los monumentales restos de sus fábricas prodigiosas, que de todas partes surgen, las pintorescas ruinas de sus acueductos, que parece contemplan coronadas de parietarias el espectáculo de desolación que ofrece Mérida, y casi bajo las cuales discurre hirviente la locomotora, extremeciéndolas con su aliento y con sus gritos.

En las medallas romanas de aquella población insigne, que engalanó á porfía el arte latino-bizantino, y delante de cuyos fuertes muros se detuvo la arrogancia de las huestes arábigas que habían vencido con Muza-ben-Nossayr en Sevilla, — figuran «las puertas de la ciudad, con sendas y elevadas torres á los lados, y sobre el adarve» se levanta «en arco una robusta armazón de maderos llenos de TTTTT, que no han sabido explicar los numismáticos.» «Pues esas eran cruces, que perennemente ostentaba toda fortaleza romana, de la una á la otra torre angular, para amenaza y terror de los pueblos esclavizados.» «Puestos en ella los infelices Cántabros, morían entonando himnos y canciones patrióticas, y maldiciendo de sus tiranos y verdugos. » «Cuáles se apresuraban ellos mismos á buscar la muerte, ó peleando unos con otros, ó tomando veneno, ó despeñándose de

los tajados riscos.» «Y todos, ¡cuántas lágrimas de sangre no derramarían por no haber ayudado á Viriato (150-140) ni á Numancia en su lucha de catorce años (146-133), ni á Sertorio (83-72), contentos con su aislada y vanidosa independencia!» « El egoísmo y la satisfacción presente, — dice el escritor á quien copiamos, — ciegan á los hombres para no ver que la ruina y destrucción del adversario y del vecino, las más veces, son precursoras de la propia» (i).

Confundida con las demás regiones españolas, vigilada como ellas, y aún más que ellas, — Cantabria en la nueva división que hizo el propio Augusto de la Península, fué adjudicada á la Tarraconense, dependiendo en ella del Convento jurídico de Clunia, con sus distintos pueblos, entre los cuales sólo halla Plinio digno de mención el de Juliobriga; más tarde Caracala, 216 años después de Jesucristo, formaba con ella, los galáicos y los astures la provincia de Galicia, en la Niieva España Citerior Antoniniana^ y así hubo de subsistir en las restantes divisiones en que repartieron los Augustos el suelo pátrio; pero ya nunca, hasta en momentos solemnísimos, volvió á recordar sus antiguas glorias, dando en ellos, no obstante, pruebas eficaces sus hijos de que para fortuna de España, circulaba ardiente por sus venas la sangre de aquellos que habían hecho con Hanníbal terrible el nombre cantábrico á las legiones romanas, y á Augusto y á Cayo Antistio y á Agripa, sus vencedores, y ministrando así testimonio de la energía propia de los naturales de la Montaña. Aún se descubre por acaso en ella de vez en cuando restos de su vida bajo el yugo de la ciudad del Tíber, donde aparecen escritos los nombres de algunos de los pueblos que habitaron la Cantabria, como para atestiguar la romanización de la misma, preconizada hoy por sus hijos (2), recogen los montañeses, y guardan con particular cari-

(1) Fernández-Guerra, Cantabria^ pág. i 20 del Bol. de la Soc. geográfica de Madrid, tantas veces citado.

(2) « Somos más greco-romanos que los vascongados, apegados á la rudeza y

ño, monedas y objetos encontradas en diversas partes y principalmente en las minas, las cuales debieron ser sin interrupción explotadas por los tiberinos. Habla de los Selenos, los más occidentales, establecidos en territorio hoy adjudicado á la provincia de Oviedo, «la inscripción de Galicia que nos dió á conocer Pighio, Códice Lugdunense, i6; y de allí Flórez, España Sagrada, XV, 68 ; y Hübner, Inscrzp ¿iones Hispaniae Latinae, 2599 :

1. O • M

CANDIEDONl T • CAESIVS • RVFVS

SAELENVS EX • VOTO • FECiT

«Hallada en Verdiago, ayuntamiento de Villayandre, partido judicial de Riaño, territorio cóncano », háblanos de él y de sus habitadores, que hacia el siglo iv se decían CuncanenseSy otra lápida fragmentaria, que expresa en las seis líneas de que consta:

d \ ^ % M

¿mani LO • V I R ^'oni . / . CVNCA nensi • A/ X L ^cumn V

am ' suo ' pO (suit) (i)

De la misma zona es también la lápida de Sorribas, en el citado partido judicial de Riaño; de figura irregular, parece aprovechada de un antiguo menhir, y declara en las ocho líneas en que se muestra repartido el epígrafe:

lenguaje célticos», dice el ilustre don Angel de los Ríos y Ríos en el art. que sirve de Introducción al álbum De Cantabria, ya citado (pág. lo).

(i) Fué publicada por don Juan Castrillón en la Revista Histórica, t. XXII, página 45, y el señor Fernández-Guerra al reproducirla en su estudio Cantabria, la suple é interpreta así « por vía de ejemplo: A los dioses manes. A su amigo Manila, hijo de Virono, cuncanense, de cuarenta años, Cumnu erigió esta memoria».

D . M BODERO BODIVES DOIDERIE A • XXV FILIO • SVO

M P H .f - E • S . T i ' l ' (i)

A ella pertenece otra «lápida de Corao, partido judicial de Cangas de Onís, en la margen derecha del Güeña, al N. de Covadonga», cuyo «estilo, genio, lengua y letra»... corresponden al principio del segundo tercio del siglo v», diciendo :

XALfz;<)

IN mm.O^Ciam) TVGAHORV CERT^^z;// ; E(7 ) MIGE RAVIT B(:^/z^;MC^)REN TE Chun)Q, (ho)^OKYM Q,Cert7ianus ^osvÁl't) (2)

Y « traída igualmente de Corao, y de los mismos días, como abierta en el año de 436, posee nuestro Museo Arqueológico Nacional otra lápida aún más singular todavía » , encabezada con el crísmon flanqueado por el A y el 0 (3), don-

(1) Hállase delante del «pintoresco santuario de Nuestra Señora de la Vega^ á cuyos pies se desliza el Gradefes, cortando la izquierda margen del caudaloso Ezla » y « mide 0,50 metros de alto, por 0,32 metros en lo más ancho.» «En la parte alta las siglas funerariae aparecen dentro de un rudo círculo con sendas palmas á los lados», y el docto P. Fita, su primer ilustrador, estimándola «del siglo 111 ó iv», la interpreta así : D(iis) M(anibus). Bodero Bodives Doiderie, a(nnorum) XXV^ filio suo m(onumentum) ^(osuit). H{ic) [ s(itus) ] e(st). S(it} /ibi) [ /(erra) / (evis)] (Museo Español de Antigüedades, t. IV, pág. 627).

(2) Fernández-Guerra, Cantabria.

(3) Entiende el señor Fernández-Guerra, el primero también en interpretar este interesante epígrafe,— que el monograma que le corona envuelve « la idea apocalíptica de la divinidad de Jesucristo con la del misterio de la santísima Tri-

de no sin dificultad se lee, comenzando por la última línea :

RA CCCC NORVM LVAE OVIDENAE AN AMATRI SVAE D POSVIT SEVER (i)

Hace de los orgenomescos mención, otra «piedra, cóncana también, hallada en Santo Tomás de Collía (legua y cuarto N. de Cangas de Onís)», y que correspondiendo al año 477, se conserva como la precedente en el Museo Arqueológico Nacional^ habiendo sido varias veces publicada; consta de siete líneas, de las cuales la última sólo muestra los ápices de los signos, y dice:

M P D M BOVIICIO BODE CIVES ORGNOM EX GENT PEMB ELOR . VI . PV . MV LV POSVIT AERA DXV (2)

nidad», unido al A y al Q el «monograma romano, vulgarizado por Boldetti» y descubierto en algunas inscripciones de Cartago por De Rossi, quien advierte en él « la idea de la Santa individua Trinidad » , expresada por la W griega ( Cantabria).

(1) Según el docto anticuario de la Real Academia de la Historia, debe leerse: AW Q—Posuit Severa matri suae Dovidenae annorum LV aera CCCCLXXIV. — «(En el nombre de la Santa é individua Trinidad). Severa puso este monumento á su madre Dovídena, que murió de $ 5 años en el 436 de nuestra salvación» {Cantabria^ saepe).

(2) Publicáronla con efecto, Quadrado, en los Recuerdos y Bellezas de España.^ Hübner bajo el núm. 2,707, y nuestro señor Padre en las 'Revistas arqueológicas con que colaboró en la Ilustración de Madrid (t. II). Fernández-Guerra la reproduce en su conferencia de Cantabria, escribiendo: «Lo que la piedra dice, sin el menor género de duda, es esto:— A/(onumentum) />(ositum) D(iis) M(anibus). Boviicio Bodecives Orgnoni(QSCO), ex gent{t) Pembelor{um), Viputnulu posuit, Aera DXV.— Monumento erigido á los Dioses Manes. A Bovecio, hijo de Bodecio, orgnomesco, de la gente de los Pémbelos (hoy lugar de Pembes, al ocaso estival de Potes, en la Liébana): lo puso Vipúmulus, año 477».

«Catorce monumentos sepulcrales, de los siglos iii y iv, cuál de ellos ostentando el emblema cantábrico svasti^ ó signo de la cruz, y alguno la palma», refiriéndose á los Vadinienses fueron «descubiertos en Corao; en Valle de San Pelayo, concejo de Acevedo; en Armada, ayuntamiento de Vegamián; en Velilla de Valdoré, en Valdoré y en Aleje». «Tres llevan fecha de los años 290 y 300; y para atribuir otro al de 383, no faltarían razones valederas». «Es singular que once de tales epitafios estén erigidos á varones de 25 á 40 años por sus padres, sobrinos maternos ó amigos : en distrito cóncano, pues, aquellos mancebos debieron perecer, defendiendo su religión ó sus hogares cantábricos». «Entre las de Corao, ya publicó el P. Risco la inscripción donde entero aparece el nombre geográfico, la cual consta de siete líneas, y declara:

M . FVSCI ' C A B E D I AMBATI • F V A D I N lE N S I S X X V H S E (i)

«La encabezada con el signo svasti, común á los cántabros de la India y de España..., es preciosa además por la fecha del consulado que sirvió de punto de partida para la famosa Era española» y fué también hallada «en Corao, distrito de Cangas de Onís», sin que su epígrafe haya sido «interpretado ni comprendido siquiera por escritores propios y extraños», según manifiesta el último ilustrador de la Cantabria, de quien lo reproducimos. Consta de ocho líneas no completas, y declara:

(i) «Sepulcro de Marco Fusco Cabedo, hijo de Ambato, vadiniense muerto á los 25 años. Aquí yace» (Fernández-Guerra, Cantabria).

D. M. M.

TER-BODVA P O S • M A T S V E . C A R • V O C • C • A • R E C AE ANN • LXXXVIII eos • CCCXXVIII S . T . T . L (i)

Cuando la salvadora doctrina del Crucificado fué por toda España extendida, merced á las predicaciones, al ejemplo y á la persistencia de los varones apostólicos, — la región de los Cántabros, sujeta en lo civil á la provincia de Galecia, quedó como en antiguos tiempos dependiente en lo eclesiástico de la de Tarragona, y así hubo de continuar durante aquella época verdaderamente terrible en que fué «teatro la Península Ibérica de todo linaje de persecuciones y tiranías ejercidas contra los cristianos». Reconocida por ellos mismos su inferioridad respecto de Roma, su antigua y aborrecida enemiga, — no sólo aceptaron los montañeses la cultura del vencedor, ufanándose hoy con ella, sino que abriendo el corazón á la santa semilla del cristianismo, figuraron quizás entre sus adeptos más entusiastas, pues él les «enseñó, — como dice uno de los escritores montañeses de nuestros días, — que había más valor en sufrir cada uno su cruz, que en morir cantando crucificados en ella, como los cántabros primeros de Agripa; despeñados, como los viejos; ó en el suicidio

(i) •j'j D(iis) M(anibus) w2(onumentum}. re;(entius) Bod{áe), a^a(diniensis) ;^os( uit) mat(ri) sw(a)e Carvoccarecae ann(orum) LXXXVIII : £:o(n)s( ulatu ) CC(:XXVIII. S(it) /(ibi) /(erra) /(evis).— (El signo cántabro). Monumento á las almas de los difuntos. Terencio Bodde, natural de Vadinia, lo erigió á su madre Carvoccáreca que vivió 88 años, en el 328 desde el consulado (de Pulcro y Flaco: año 290 de Cristo, 6.° de Diocleciano). Séate leve la tierra» (Fernández-Guerra, loe. cit).

á la manera de Numancia» (i); pero la invasión terrible de aquellos bárbaros que penetran como torrente despeñado y sin dique por nuestra España en los comienzos del siglo v, á la par que el desconcierto hacía presa con el pavor en la decaída Roma, y crugía con espantable estruendo próximo á derrumbarse el inmenso edificio erigido con la libertad de los pueblos sojuzgados y envilecidos por los romanos, — suspendía á deshora el ánimo de los cántabros, quienes veían desgajarse sobre sus montañas la falange irresistible de suevos, de alanos y de vándalos que ocuparon entera la Galecia (2).

Como sus hermanos del resto de España, — enervados y sin alientos, perdidos en aquella ocasión, más que otras muchas solemne, el antiguo heroísmo y la arrogancia con que habían provocado largo tiempo el poderío de los que debían de ser con Augusto sus dominadores, — vieron con invencible espanto devastados sus campos, incendiadas sus ciudades, arrebatadas sus mieses, señoras el hambre, la ruina y la miseria; y cual hubo de ocurrir en varias partes, fué tan general el desastre, que la necesidad obligó al pueblo á comer carne humana, viniendo como última desdicha á hacer más terrible aún la situación de los míseros españoles en general, y en particular de los Cántabros, la peste, la invencible peste, con dar término y remate á cuanto habían hasta allí respetado el fuego y el acero incansables de los cruentos invasores (3).

(1) D. Angel de los Ríos y Ríos, loco cit.

(2) «Aera CDXLVIL, Suevi, Príncipe Hermerico, cum Alanis, et Wandalis simul Hispanias ingressi sunt, atqtie omnem Gallaeciam cum Wandalis ocupant» (S. Isidoro, Suevorum historia).

(3) Tal es el cuadro que pinta con efecto el egregio San Isidoro, diciendo: «Wandali, Alani et Suevi Hispanias occupantes, neces, vastationesque cruentis discursionibus faciunt; urbes incendunt, substantiam direptam exhaurient, ita est humanae carnes vi famis devorarentur á populis». «Edebant filius suos matres: bestiae quoque morientium gladio, fame, ac peste cadaveribus assuetae, etiam in vivorum efferebantur interitum, atque ita quatuor plagis per omnem Hispaniam saevientibus, divinae iracundiae per Prophetas scripta olim praenunciatio adimpletur» [Wandalorum historia). Casi en iguales términos se expresa Idacio.

Ya desde remotos tiempos seguramente, y conformándose con la antigua división territorial romana (i), — aparece en Amaya la sede episcopal de los cántabros, no de otra suerte que los turmódigos y autrígones la tenían en Auca, y «en Alisanco, al mediodía de Nájera [estaba] la de los pelendones, verones, caristos y vardulos (2);» aun no pasado el torbellino destructor de aquellos pueblos bárbaros irresistibles, — lleno de santa caridad y celo, ganoso de restañar la sangre que manaba de las heridas abiertas en su diócesis por vándalos y por suevos, y de enjugar las lágrimas de cuantos habían sufrido el tremebundo estrago, cuando todavía duraba para la comarca la opresión de Hermerico y de su hijo Recchila, Astemo^ el venerable obispo de Cantabria, — elevada acaso á provincia por Teodoredo en 422, — recorría su iglesia y consagraba en ella altares, cual hubo de acontecer no lejos de Cangas de Onís, el año 437 (3); pero la memoria de la población montañesa y la de sus prelados posteriores de tal suerte se muestran obscurecidas y olvidadas, como para que no sea dable por manera alguna al presente establecer fundado conocimiento de la representación que hubieron una y otros de alcanzar así durante las excursiones piráticas de los hérulos, como durante la guerra entablada y con ahínco proseguida entre hispano-latinos, — que en concepto de tales se pregonan los montañeses (4), — y sus nuevos dominadores los arrianos visigodos.

Fué Eurico (466-484), según todo parece indicarlo, quien dejando á los suevos en el rincón extremo de la Galecia, tuvo por suyas las demás regiones boreales de la Península, y entre ellas acaso, y más nominalmente que de cierto la cantábrica; pero si llegó á poseerla, si llegó á someterla al régimen y á la organización visigodos, lo cual no está probado, — no por ello

(1) Fernández-Guerra. £■/ Lz¿>ro ú?e Saw¿oñ(2, pág. 38.

(2) Id., id., pág. 40.

(3) Id., Cantabria, pág. 144 del t. IV del Bol. de la Sociedad Geogr. de Madrid.

(4) Ríos Y Ríos, art. cit. del Album De Cantabria.

consiguió borrar las huellas profundísimas que en el espíritu de los montañeses dejó la cultura de Roma, ni arrancar tampoco, tanto él como ninguno de sus sucesores arríanos, el sentimiento religioso que los poseía y alentaba, á despecho de persecuciones y martirios. Como provincia, gobernada estuvo la Cantabria, á la cual fueron incorporados con los turmódigos, los autrigones, los berones, los caristos, los vardulos y los vascones, — por un duque ó rector supremo, de quien, como gobernadores militares dependían, establecidos en las ciudades cabeza de distrito no menos de doce condes; y si no es lícito descubrir ya en el removido territorio de la provincia de Santander monumentos que sean expresivos testimonios de la influencia que en ella pudieron ejercer los visigodos, — aun durante largas edades subsistieron las decanías ó deganias^ de que ya apenas se hacía mención en el siglo XIV, y que no parecen á pesar de todo sino restos de la organización político-administrativa de aquellos tiempos (i).

Más feliz que sus antecesores, más guerrero que ellos y de más alto pensar ciertamente, — ya en el último tercio del siglo VI, y después de triunfar de los bizantinos que desde los días de Athanagildo habían ido extendiendo cautelosamente su acción por la Península, — el egregio Leovigildo, primer rey sin

(i) Bien que se da por los escritores acepciones varias á esta palabra en una ú otra forma,— en los documentos que procedentes del Monasterio de Sahagún son hoy conservados en el Archivo Histórico Nacional^ se infiere que hace relación « á las granjas ó terrenos de labor con caseríos agrupados»; y «como estos caseríos solían tener iglesia ó ermita, el monje que las servía se llamaba decano, si bien Guerard in Polyp. Irminonis, dice que se llamaban también decanos los ministros rurales encargados de dirigir los trabajos de los campos de la decanía, y que ejercían cierta jurisdicción en su territorio.» «Santa Rosa, en la voz Daganhas, deganas ó deganhas^ que equivale á la nuestra decania ó degania...^ dice que llevaban este nombre las tierras bravias que se reducían á cultivo, y que se llamaban así de ganhadias, como nosotros decimos gañán al que trabaja la tierra, voces derivadas del árabe gana que significa lucrar, enriquecerse, ganar, según Marina, art. 7 5 5 » {Indice de los documentos del Monasterio de Sahagún, pub. por el Arch. Hist. Nacional en 1874, pág. 603 en el Glosario). Lasaga Larreta (Dos memorias^ Torrelavega, 1889, págs. 71 y 76) afirma que las decanías eran denominadas también marcas, y se hallaban subdivididas en casares ó mansos, los cuales llegando á cierto número, constituían la aldea.

disputa de la España visigoda, vencedor y exterminador del reino suevo de Galicia, después de someter á la fuerza las regiones más occidentales de la Cantabria, donde los montañeses se habían sublevado, y de fundar á Vitoria en la Vardulia, divide el territorio de Iberia en ocho ducados diferentes, tantos casi como provincias halló existentes en su tiempo, y conservando á aquella la extensión que hubo de recibir probablemente en los días de Teodoredo, apellidóla Autrigonia, nombre que no pudo prevalecer y que perdió tan pronto como Recaredo ciñe la corona. ¿Qué fué de la Cantabria desde entonces? ^jQué, de su sede episcopal Amaya, cuyos prelados no suenan en las actas de los Concilios de Toledo? ^Qué participación tomó en las continuas sublevaciones con que la Vasconia, integrante suya desde el siglo v.°, alteró de continuo la paz del reino visigodo hasta los comienzos de la misma centuria VIII. ^? Cuestiones son que no aparecen resueltas en los historiadores, y respecto de las cuales apenas si es cumplidero formar entero juicio, por más que sea para todos notorio que en tales y tan señalados actos hubo principalmente de señalarse la Vasconia con los Caristos en la Vardulia.

Nadie cuidó de conservar la memoria de la vida cantábrica determinadamente, y para mayor desventura, ni aun restos subsisten monumentales ni literarios que pudieran contribuir con no dudosa eficacia al esclarecimiento de la historia montañesa, durante el período visigodo. Afírmase que, como todos los pueblos del norte de España, y así cual había repugnado la dominación latina, repugnó también la de los sucesores de Ataúlfo; háblase de las veces que hubo de rechazar con las armas la influencia de los arrianos, y asegúrase que no llegó jamás á la Montaña la cultura de éstos, aseveración no admisible en verdad, cuando quedaron rastros de ella, según hemos insinuado arriba, y cuando, comprendiendo sus intereses y apartándose prudente del camino emprendido por su ilustre progenitor, Recaredo funda la unidad política de su reino sobre los cimientos

i6o

duraderos de la unidad religiosa, y toma activa participación durante aquel período de decadencia el pueblo hispano-latino, representado por el clero, en la gobernación de la república. Cierto es que, á despecho de todo, nunca los españoles alcanzaron la misma consideración política que sus dominadores, á quienes impusieron con la religión el idioma, las costumbres, el arte y aun en mucha parte las leyes; pero no es dable desconocer por modo alguno, á nuestro juicio, lo legítimo de la influencia conseguida sobre los montañeses, aun supuesta la resistencia más ó menos activa que opusieron á la total dominación visigoda, cuando aparece como las demás provincias españolas sometida á la misma organización militar y político-administrativa.

Común á todos los españoles, lo mismo á aquellos que habitaron las encumbradas cimas del Norte de la Península, que á los que tuvieron sus moradas en las costas de Levante y de Poniente, que á los que se hallaron establecidos en los páramos centrales y á los que gozaron de las delicias con que brinda el regalado país hético, — fué el amor á la independencia, y el amor á las armas; y héroes que lo patentizan recuerda la historia, así en Istolacio é Indortes, cual en Indíbilis y Mandonio, en Viriato y en otros muchos, como guarda memoria insigne de Sagunto, de Astapa, de Numancia y de diversas poblaciones que hicieron eterna su fama resistiendo las águilas rapaces de la ambiciosa república del Tíber. Unos y otros, sorprendidos quedaron, en el enervamiento producido por la cultura romana, ante las hordas bárbaras que recorren el nacional territorio produciendo en él terrible estrago y horrenda mortandad sin ejemplo; unos y otros se sintieron sin alientos para arrojar á vándalos, alanos y suevos, que todo lo saquearon y escarnecieron, y unos y otros, que vieron aparecer á Ataúlfo y á sus sucesores hasta Liuva como auxiliares del caduco Imperio romano (i), ni

(i) «Ninguno de los godos usurpó hasta Leovigildo las insignias reales, ni

S A N T A N i) E P

l6l

ofrecieron ni pudieron ofrecer resistencia á los que venían á restablecer en España la autoridad latina. Todos á la fuerza sucumbieron, y mayor tenacidad mostraron en conservar su independencia los habitantes de la Bética, quienes con Hermenegildo osan desafiar á Leovigildo, y sólo entonces, cuando la venalidad de los griegos por un lado, y la defección de los suevos por otro los deja desamparados frente á frente del valeroso monarca, es cuando doblan la cerviz al yugo.

Y sin embargo: aun dominadas las Españas por el arriano; aun sometidas política, militar y administrativamente, todavía tienen bríos para oponer á Leovigildo por medio de los prelados católicos tenacísima resistencia, que enciende la cólera al postre en el soberano, y que abre de nuevo la era de las persecuciones para la Iglesia española. Cantabria pues, al repugnar el dominio visigodo, no hizo en realidad sino seguir, por propio impulso, el ejemplo con que le convidaban las demás regiones españolas, que se acomodaron á la servidumbre cuando triunfó su causa en el tercer Concilio de Toledo.

acuñó moneda con su busto y su nombre; porque hasta Leovigildo ninguno tuvo alientos para ser ni llamarse rey de las Españas ». « Sus antecesores, desde Ataúlfo á Liuva, son ^ quién pretenderá negarlo? reyes entre la gente goda, pero sólo gobernadores de las Españas, en nombre y al servicio del Imperio romano-bizantino». «Como tropas auxiliares cobraban sueldo del Estado; y cuando faltaban las pagas, recibían por compensación tierras en feudo ». « Lo propio se hizo siempre, antes y después del siglo de Augusto», con los eméritos; «pero de esto á considerarse príncipes soberanos de la nación española, va mucha diferencia». «Rebelábanse, desertaban, traicionaban, eso sí, ni más ni menos que cualquiera otra hueste auxiliar, ni más ni menos que cualquier ejército de los Césares, germen eterno de discordias civiles» (Fernández-Guerra, Discurso de contestación al del señor Rada y Delgado en la Real Academia de la Historia, pág. 142). Véase además cuanto dejaron ya apuntado nuestro Sr. Padre y nuestro hermano político don Francisco Fernández y González en los discursos leídos ante la misma Real Academia en la recepción del último.

Caída del Imperio visigodo. — Invasión muslime. — La Reconquista. — Los bereberes en Cantabria.— Pelayo en la Llébana y en Covadon- — Subiedes. — Fundación de Favila en Cangas de Onís, —Alfonso I el Católico y los bereberes.—Fruela I. — Sus sucesores hasta Alfonso el Casto.

Yatal en todos senti- ^AJ dos, y dolorosa al propio tiempo, era la decadencia á que sin esperanza de remedio se veía llegada la monarquía visigoda en los comienzos de la VIII. ^ centuria. Bien que otra cosa traten de demostrar modernos escritores, de tal suerte la inmoralidad y la perversión, ayudadas por la intransigencia,

se habían de la nación española apoderado, que causa con

verdad honda tristeza contemplar á la luz imparcial y severa de la historia, el estado á que se hallaban reducidos, en medio de su apartamiento, hispano-latinos y visigodos: cuadro de horrores y de crímenes presenta con los más sombríos tonos la España de aquellos tiempos, y las actas conciliares, las obras de los escritores en tal edad, y los acontecimientos mismos, prueba incontrastable ministran de que la sociedad visigoda, con la hispano-latina, era por fuerzas superiores arrastrada á su acabamiento y su ruina. No fué pues maravilla que, á la presencia sólo de las africanas hordas con que en 7 1 1 cruza Tháriq-benZeyyád el estrecho gaditano, faltasen en el general desconcierto ánimos á los españoles para defender sus hogares, su independencia y su doctrina religiosa.

Era ocasión aquella por desventura, en la cual, insurreccionados como tantas otras veces los vascones, que seguían formando oficialmente parte de la Cantabria entonces, — había Witiza convocado en Toledo la que más adelante se apellidó de hueste real^ designando para ponerse al frente de las tropas al duque de la Bética, Rodrigo, hijo y sucesor de Teodoíredo en el ducado, y nieto de Flavio Chindasvinto, el guerrero monarca padre del piadoso Receswinto, á quien recuerdan las coronas visigodas en Guarrazar halladas. Sorprendió á la sazón la muerte al príncipe, cuya figura han cargado de negro colorido los escritores, y sobre cuya vida han sido tantas fábulas fraguadas, disponiendo aquél en su testamento, como novedad que no se avenía ciertamente y por manera alguna, con las prácticas y con las prescripciones de los Concilios, repartir el nacional territorio á modo de soberanías independientes entre sus varios hijos, 01- mundo, Rómulo y Ardabasto, según los nombra ya la vulgar tradición comunmente admitida. En balde, por convenir á sus intereses, trataron éstos y don Oppa y Sisberto, hermanos del difunto monarca, de ganar á su partido el Senado que debía elegir el nuevo sucesor en la corona; y aunque logran en él y en las provincias no exiguo número de secuaces, promoviendo

uno y otro tumulto con tal motivo, — á espaldas del Senado, el duque de la Bética, el nieto de Chindasvinto, quizás sin desearlo, como jefe del ejército es elegido por las turbas y los soldados en la imperial Toledo, para regir los destinos de la España, acaso en el mes primero del año memorable y ya citado.

Ganosos de mayor medro y fortuna, — mientras sucumbe á la presión de las masas el Senado, alzan diversos condes y aun rectores la enseña de la rebelión á favor de los que juzgan desheredados hijos de Witiza, y entre ellos, con el afán del triunfo, y cerrando los ojos desvanecido á toda conveniencia, el conde don Julián quien, entre los diez condados africanos reconquistados á los imperiales por Sisebuto y Suinthila, y adscriptos á los dominios españoles, gobernaba el de Ceuta, y se contaba «entre los más nobles de los godos y entre los familiares y parientes de Witiza» (i), — viendo avecinarse la hora por él codiciada, como cumplimiento de esperanzas y deseos anteriores (2), no vacila en filiarse, cual «traidor, consumado», en la bandería de los hijos del fallecido príncipe, y reanudando antiguos tratos, abre y allana al postre á Muzaben-Nossayr, representado por su lugarteniente Tháriq, el camino de apoderarse los mahometanos de la patria. No vienen á ella en rigor de verdad, á los ojos de aquellos y de los que les siguen, — sino cual meros auxiliares y ayudadores de la iniquidad que, sin la intervención del Senado, pretenden prevalezca Olmundo, Rómulo y Ardabasto para provecho propio y de los suyos; y así, encendida la intestina discordia, divididos los ánimos délos alucinados nobles visigodos, — fácil tarea fué la acometida por Tháriq, al presentarse en las costas de la provincia assidónense, y desembarcar en el antiguo promontorio de Calpe sin grave riesgo, ni inconveniente grave, el 28 de Abril de 711.

( 1) Fernández-Guerra, Caída y ruina del Imperio visigótico español, pág. 7 i.

(2) Véase cuanto respecto de este particular propone con el acostumbrado acierto el Sr. Fernández-Guerra en el trabajo ya citado, pág. 72.

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El rumor de la presencia de aquella extraña gente en los dominios españoles, mientras llena de jubiloso regocijo á los que con ella esperan el triunfo de sus innobles ambiciones, — sorprende á Rodrigo cuando, puesto el cerco á Pamplona, «creía ver suya muy pronto la ciudad», cabeza del distrito rebelado; y alentado por el deseo de someter la indómita comarca, en tanto que sin conceder importancia á la noticia ordena que su sobrino Iñigo forme la hueste del ducado bético y rechace con ella á los invasores, — prosigue él tranquilo la comenzada empresa, sin recalar su corazón generoso del daño que le amenaza con traidora alevosía. Al fin, el desgraciado suceso en que perece Iñigo, y cae prisionera gran parte de su hueste; la facilidad con que el africano avanza, y la urgencia del peligro, cuya magnitud no había sospechado, obligan al monarca á abandonar la comenzada pacificación de la Vasconia; y reforzando su ejército en la forma que hubo de serle cumplidera, distribúyele en tres cuerpos distintos, y adelántase con él desde Toledo hacia las regiones meridionales, donde causaba grave estrago con los suyos el lugarteniente de Muza. Y allí, en los campos jerezanos, donde con él se encuentra, trábase enconado y larguísimo combate, en el cual, por la traición de Oppa y de Sisberto, que mandaban las dos alas extremas, cae para siempre el Imperio visigodo, con la total derrota de la hueste de Rodrigo.

Ni incumbe á nosotros, ni es ésta con verdad ocasión tampoco para ello, — el referir determinadamente los detalles conocidos que de aquella lucha guardan, tomándolos de la tradición y de los escritores cristianos (i), las crónicas muslimes llegadas á nosotros: apuntados quedan en otros libros semejantes á éste (2), los que, en medio de la obscuridad que aún reina respecto de la conquista de la patria por los musulmanes, interesan

(1) Moreno Nieto, Discurso de contestac. al de recepc. del Sr. Lafuente y Alcántara en la Real Acad. de la Hist.

(2) Véase los tomos de Murcia y Albacete y de Huelva, en esta misma obra España.

especialmente á ciertas regiones de nuestra España; pero lícito habrá de sernos el recordar, cual todo lo hace presumible, — ya que no resulte dable considerarlo rigurosamente histórico, — que mientras los traidores hermanos de Witiza toman seguramente á su cargo la sumisión de las comarcas extremas del mediodía y del occidente (i), — facilitando guías á Tháriq le deciden á aprovechar el estupor causado por la noticia del desastre del Lago de la Janda en los sorprendidos españoles, quienes «llenos de espanto,» ven «caer en manos del atrevido agareno los alcáceres valentísimos de Ecija, Granada, Mentesa,» Málaga, Córdoba, «Toledo y la ciudad del Henares» (2). No en persecución de los despedazados fugitivos restos del ejército de Rodrigo, sino con el afán de sojuzgar la mayor extensión posible de territorio, — engrosado su ejército con los esclavos, descontentos de la conducta seguida por sus señores para con ellos, y secundado al par por los judíos españoles, quienes no podían poner en olvido la cruel persecución de que habían sido y eran objeto por parte de la intransigencia de los cristianos, — Tháriq, saliendo de Toledo, toma el camino que conduce á Zaragoza, y al llegar á Guadalajara, cambia de dirección, inclínase á su izquierda, pasa el Guadarrama por un desfiladero que tomó su nombre, y que algunos han supuesto sea la moderna Buitra- (3)^ y desemboca por Somosierra en las llanuras de Castilla.

(1) Tal debe juzgarse, cuando de ninguno de ellos hay noticia en orden á que acompañase al lugarteniente de Muza en las expediciones que realiza, y cuando confía éste la guarda de las poblaciones conquistadas á los judíos en su mayor parte. La Crónica atribuida á Isidoro de Beja, claramente expresa además, como advierte Dozy [Recher ches ^ t. 1, página 6), que los magnates, no partidarios de los hijos de Witiza, trataron aunque sin conseguirlo, de libertarse por la fuga, de la persecución de don Oppa, el aliado de los musulmanes.

(2) Fernández-Guerra, El Libro de Santoña, pág. 30.

(3) El malogrado Lafuente y Alcántara (D. E.), á quien seguimos en esta relación, afirma que tal supuesto «no parece admisible, primero, porque Buitrago, en la época goda, aparece con el nombre de Bituracum: segundo, porque lo que tomó el nombre de Tháriq no fué una ciudad, sino la garganta ó desfiladero por donde pasó». «Débese pues entender por desfiladero de Tháriq el paso de Somosierra» (Ajbar Machmuá, pág. 2^2).

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De allí, «desciende á las del Duratón y el Eresma» buscando «probablemente la carretera de Segovia^ que era la más próxima, y que después, por Cauca y Nivaria, llegaba á Septimancas;» se apodera de Olmedo ( Almeida), donde suponen hubo de hacerse dueño de la famosa mesa de Salomón^ que dió al lugar apellido, cual erróneamente se pretende (i), y noticioso de que los cristianos «á la otra parte de los montes», se aperciben á defenderse en fortificada ciudad (2), «no se detiene hasta el corazón de los cántabros», pues de Cantabria era la población, y cabeza de la provincia. No le arredra el saber «que los godos en sus fortalezas son leones», pues ya en varias ocasiones lo tiene experimentado; y cruzando acaso por Falencia, se dirige hacia Sasamón, en la actual provincia de Burgos, avanzando denonadamente hacia Amaya. Era ésta, ciudad populosa y de no disputable importancia, erigida en lo alto de tajada peña, y en terreno «tan escarpado é inaccesible, que la misma naturaleza parece que se empeñó en formar unos muros de circunvalación inconquistables» (3). Por el lado único por donde hubiera sido posible entrarla, ofrecía la resistente fábrica del castillo, cuyas ruinas aún subsisten, y derramadas por todo el circuito, soberbias torres acrecentaban la fortaleza del lugar, que se ofrecía como inexpugnable. Luchan, á no dudar, los cántabros desde la altura, oponiendo resistencia al invasor muslime; pero á despecho del arrojo con que tratan de defenderse y de lo inac-

(1) «Según aparece de Ebn-Hayyán en Al-Maccari (t. I, pág. i 7 2), esta mesa no era otra cosa que una especie de atril, en que se colocaban los libros de los evangelios, y este autor, como otros muchos, se inclina á creer que la alhaja referida se encontró en Toledo» (Lafuente y Alcántara, op. cit., pág. 246). «D'aprés Aríb (a^r^rf Ibn-Chebát, p. 90)...., cette table provenait de legs pieux, et elle servait á porter les saintes Ecritures dans les processions» (Dozy, Recherches, t. I, pág. $8, nota). El Sr. Fernández y González en su trad. española de Aben-Adharí de Marruecos, afirma que la voz técnica (zabarghedah) empleada por éste y traducida por esmeralda, «corresponde más bien al antiguo chrysolitho (topazius veterwm de Boecio) piedra conocida hoy con el nombre de ■peridoto {Historias de A lAnddlus, t. I, págs. 37 y 38).

(2) Ebn-Hayyán, a^ud Al-Maccari, t. I, pág. 172.

(3) Flórez, España Sagrada^ t. VI, pág. 416.

cesible del sitio, — logra Tháriq penetrar en Amaya, donde «coge portentoso botín», y mientras unos escritores afirman que regresó entonces á Toledo (1), otros dicen «que se internó en Galicia, arrasó aquel país, llegó á la ciudad de Astorga, cuyos alrededores devastó, y dió ya la vuelta satisfecho á la ciudad de los Concilios (2).

Sea ó no rigurosamente exacta semejante afirmación, — lo que de cierto parece resultar es que hubo de quedar sometida por avenimiento sin duda la parte de la Cantabria que hoy se llama provincia de Santander, si bien no en su totalidad absoluta, y que Pedro, duque de aquel distrito, «y el último, al desplomarse el trono visigótico», no tuvo corazón ó medios para oponerse á los muslimes, replegándose en cambio hacia la zona de los vardulos, como no lo tuvieron tampoco los amedrentados naturales para defender sus montañas y rechazar tratos, según lo hicieron en otra edad contra las legiones de Augusto. Los escritores árabes sin embargo, hacen constar que en el Norte de España fueron por capitulación las tierras agregadas al dominio del Islám, y que allí los cristianos conservaron la propiedad de las mismas y de sus árboles, aunque no la de sus otros bienes (3), habiéndoles Musa-ben-Nossayr respetado su organización y «el libre ejercicio de su culto, á condición de que pagaran el impuesto personal y vitalicio», 3.pt\\\á2iáo jar de que no era otro sino el de capitación exigido en todas partes á los cristianos (4).

A estas comarcas del Norte y á las del NO. de España, como menos fértiles y como más ocasionadas á luchas incesantes, según hubo de demostrar la experiencia, — luego que Muza

(1) Aben-Adharí DE Marruecos, Bayan-ul-Mogrib, pág. 14 del texto árabe; 38 de la trad. esp.; Ajbar Machmud^ pág. i 5 del texto árabe, 28 de la trad. esp.; Ebn-Hayyán en Al-Maccari, loco cit.; trad. de Lafuente y Alcántara en los Apéndices del Ajbar Machmuá, pág. 184.

(2) Ebn-Hayyán, loco cit.

(3) MoHÁMMAD-BEN-MozAiN, cscrítor del siglo xi,cuyo texto publica Dozy en el Apéndice I del t. I, de los Recherches, pág. IV.

(4) Id., id., id., pág. III.

da con sus tropas arábigas término á la invasión de la Península, haciéndola dependiente del gualiato de África, puesto en sus manos por los Califas, vinieron á establecerse, ó fueron á ello quizás obligados en el reparto entonces hecho, aquellos berberiscos (i), y aquellas gentes africanas que no sólo con Tháriq abren en el Guadalete las puertas á los árabes, sino aquellas otras de la misma progenie, las cuales, una vez asegurado el triunfo, cruzan el Estrecho gaditano en los días posteriores, si no en los mismos en que la segunda invasión se realiza. Tolerante, leal y generoso, gobierna el infortunado Abd-ulAziz-ben-Musa por espacio de cerca de dos años y medio en nuestra España (Octubre-Noviembre de 713 á Marzo de 716), respetando con todo escrúpulo cuantas capitulaciones, tratos y avenimientos habían pactado Tháriq, Muza y él mismo con los vencidos y había ratificado el Califa, y su pariente Ayub benHabib Al-Lajmí, que interinamente le sucede por cinco meses, continúa su tolerante y pacífica política; y al paso que, proclamándose muslimes y tomando el nombre de muladíes^ la mayor parte de los esclavos y de los siervos, á quienes aún la Iglesia no tenía reconocidos, engruesa la población mahometana, y adquiere con la libertad, no sólo la personalidad jurídica de que antes carecía, sino la propiedad de los terrenos confiscados principalmente á las iglesias, — crecido número de hispanolatinos, clientes, industriales y propietarios, á quienes más que á los visigodos afectaba la invasión islamita, dados la exorbitancia de los impuestos y el reparto que los conquistadores de la propiedad hicieron, acompañados ó confundidos con algunos de los nobles godos que no seguían el partido de los hijos de Witiza y á quienes perseguía sin tregua don Oppa (2), habían ya por entonces buscado en las montañas refugio, para defenderse en

(1) Dozv, Recherches, t. I, pág. 28.

(2) Isidoro de Beja, Crón.^ cap. 36.

ellas de los extraños conquistadores, cuya presencia en la Península jamás consideraron permanente.

Fué aquí, á esta región de la Cantabria, y á la escabrosa zona ocupada antes por los Orgenomescos y los Cóncanos; fué en la Liébana, comarca agreste, áspera y majestuosa, erizada de altas, grandiosas y eslabonadas rocas que se levantan imponentes de todos lados y que por sí ofrece sobrada defensa, — á donde iban llegando los fugitivos de una y otra especie, sin que fueran los bereberes poderosos á impedirlo. Fué allí, — donde, ya en los días de Al-Horr-ben-Abd-ir-Rahmán, á quien llaman Alattr y Alhaur equivocadamente nuestras historias (Agosto de 716 á Abril de 719), hubieron de congregarse por vez primera los abatidos españoles; y ardiendo en el deseo de rescatar la patria, mientras el gualí de Al-Andálus, á quien acompañaron «cuatrocientos hombres de los principales de Ifriquia» (i), se consagraba á otras empresas, — confiaban la de su salvación en manos de Pelayo, cuyo padre Fafeila ó Favila, hijo del rey Chindasvinto, «parece que hubo de ser» duque de Cantabria (2), como lo fué de Asturias (3).

Dado lo regio de su extirpe, así como lo alentado de su persona, la autoridad que conservaba en aquel distrito, donde tuvo su solar, si ha de darse crédito á ciertas escrituras (4),

(1) Abén-Adharí DE Marruecos, op. cit., pág. 24 del texto árabe; 6i de la trad. española.

(2) Fernández-Guerra, El Libro de Sanioña, pág. 3 1.

(3) Id., Cantad) ta, pág. i 14 del tomo IV del Bolet. de la Sociedad geográf. de Madrid.

(4) Prescindiendo de no justificadas exageraciones, en virtud de las cuales se supone duque de Liébana á Favila, padre de Pelayo, y á Pelayo mismo lebaniego, — el Sr. D. Ildefonso Llórente Fernández hace mención de una escritura del Cartulario de Santo Toribio por la que «Roderic, abad del expresado monasterio, arrendó vasallos y el solar de Pelaí^o secundum lex gótica continet; de otra, del año 851, «por la cual Ordoño I y su mujer donaron á las iglesias de los pueblos que mencionan, del territorio liebanense, lo que, heredado del rey y á titulo de dote, poseían en aquellos puntos los donantes, á saber: villas, casas, antecasas, cortes, hórreos, molinos, viñas, tierras, pomares y señeras (semineras) en Bores, en Toranzo, en Bárago, en Lerones, en Cahecho, en San Román de Lebeña, en Armaño, en Mieres, en Lon, en Bodia, en Xesenia, en Varó y en Belenia (cerca de las Ilces

SUS aspiraciones al trono que trataba entonces de restaurar, y la enemiga que debían inspirarle los desatentados hijos de Witiza, ricamente heredados entre los musulmanes (i), — seguramente aquellos nobles, allí reunidos por la desgracia, y una vez conocida la muerte de Rodrigo (2), á quien eligió la muchedumbre toledana á despecho del Senado (3), no vacilaron en ceñir á las sienes de Pelayo la corona que le había ya discernido el voto de los montaraces liebanenses, y que ciñó como él su abuelo. Por desventura, indolentes ó bien avenidos los moradores cristianos con los bereberes establecidos en las comarcas de Galicia, de Asturias y de Cantabria misma, por hallar respetadas sus propiedades, como su organización y sus creencias, — no respondieron cual presumía á su voz en ninguna de las poblaciones principales, si halló cual parece eco en las aldeas, las decanías y los caseríos lebaniegos. Insignificantes en número, apesar de todo, sin recur-

y Cosgaya), donde habitó don Favila, ubi Domnus. Fafila habitavit, dice la escritura textualmente»; y por último, de otra de i 5 de Mayo del siguiente año 852, que expresa :

» In Dei nomine.— Ego Aurelius placuit mihi ut facerem pactum Domno. Salvatori et Sancto Johanni in loco Belleniae, sive fratres qui ibidem habitant vel habitabunt, id est, Moysen Presb.% Frodilani vel caeteri Gasalianes, concedo meam quintam ad integritatem, id est, vineam in Befares parti vestrae in Carabano superagrum Domni. Fa/í/ani re.r, etc.» — «Factum pactum Idus Maii. Era DCCCLXXXX. — Moyses presb.'' <íf. Ego Aurelius in hoc pactu manu mea fj» feci. — Gomerici presb."" i^. — Potami presb."" © Magiti textis. ©.—Frodilani testis. 1^. »

Estos documentos persuaden ostensiblemente de que Pelayo tuvo bienes y quizás estableció su solar en la Liébana, pues Favila, «hijo y sucesor de Pelayo, fué dueño del Planum Regís,» Plan de Re, Lian de Re, Lian del Rey, y hoy Los Llanos y Redo, «que es el campo cercano á Carabaño, más arriba de la aldea de San Pelayo» (Recuerdos de Liébana, Madrid 1882, págs. 239 á 241).

(j) Id., Caída y ruina del Imperio visigótico, pág. 75.

(2) El Sr. Fernández-Guerra en su trabajo acerca de la Caída y ruina del Imperio visigótico, ya citado, trata de demostrar, no sin fortuna, que don Rodrigo, refugiado á las comarcas Lusitánicas, vivió allí como rey hasta el año 713. Véase lo que respecto de este particular interesante escribe el sabio anticuario de la Academia de la Hist. en dicha obra, pág. 50 y sigs.

(3) Así lo demuestra el Sr, Fernández-Guerra, quien en la Enmienda apendizada al referido trabajo, hace suya como «muy atinada», la observación de nuestro compañero y amigo el Sr. D. Eduardo de Hinojosa, conforme á la cual, en el fragmento del Pacense, en que se refiere la elección de Rodrigo, debe leerse obstante senatu, en lugar de hortante senatu, que traen todas las ediciones.

SOS y sin medios, inspirando desprecio los gobernadores africanos de aquellas zonas boreales de nuestra España, — inspiráronselo también al mismo Al-Horr, á su sucesor el jaulanita AsSamáh-ben-Malik, á quien interesaba la propagación del Islám por todo cuanto fué dominio de los monarcas visigodos, y halló la muerte combatiendo en Tolosa (721), y al interino gobernador Abd-er-Rahmán-ben-Abd-il-Láh, quien rige los musulmanes en Al-Andálus hasta la venida del quelbita Ambisa (i).

No menos de ocho años eran transcurridos desde que había sido sometida España (713-721), y tres que Pelayo había dado señales de existencia en la montañosa y enriscada Liébana, cuando el gualí de Gegio determinaba deshacerse de aquellos aventureros que infestaban las comarcas de su distrito. Y con efecto, reuniendo sus tropas, Alcama, el gobernador ó gualí, se apercibe para exterminar tan miserables gentes y someter por completo el país, con la conquista de la Liébana, hasta donde no se habían atrevido á penetrar los rapaces africanos. Al frente de los suyos, bereberes como él, traspone Alcama «la erizada barrera de los montes Erbasios, y sin hallar otros obstáculos en su camino que la aspereza de las breñas y la angostura de los barrancos, tuerce en dirección á Levante, donde se repliegan... los insurgentes». «Puéblanse de rumor de armas los ecos de los valles, y cual sordo y prolongado trueno, avanza el estrépito de la hueste en marcha, amenazando muerte y exterminio».

«• A la salida de Cánicas (hoy Cangas de Onís), présentase un desfiladero, más estrecho y selvático que ningún otro : empréndelo el infiel, y la mano de Dios le ciega para no ver el horror creciente de la senda, y el peligro de sus gentes acorraladas. » « A cada revuelta, parecen cerrarse los montes á sus es-

(i) D. José M.* Quadrado, en el tomo correspondiente á Asturias y León en esta misma obra (cap. 1), siguiendo á la generalidad de los escritores, supone que al verificarse la invasión mahometana, la población cristiana de la Península huyó en masa á guarecerse á las montañas de Asturias y de Cantabria (págs. 6 y 7). Hoy ya no es lícita afirmación semejante.

paldas, como fauces que engullen su presa. » « Andadas aún no dos leguas, trunca el paso una tajada gigantesca roca, en cuyo seno y á notable altura, sobre la cascada que á su pie bro ta, ábrese una anchurosa cueva, donde refugiados cual halcones en su nido, aparecen Pelayo y un puñado de valientes, cuantos permite la capacidad del recinto. » « Cueva de Santa María la apellidan los más antiguos relatos ; y tal vez algún pobre ermitaño ya de antes veneraba allí en ruda efigie á la Madre del Salvador ; y su advocación sagrada, antes que homenaje de la victoria, fué un título de piadosa esperanza, para escoger aquel asilo » (i).

Antes de que se determine al ataque la hueste beréber de Alcama, llegada allí no sin fatigas y penalidades, quiere el autor de la Crónica, atribuida á Alfonso III, que aquel don Oppa, «menos regalón y más bullanguero» que sus bien heredados sobrinos, siguiendo « en su tema de perorar á diestro y siniestro » (2), — dirija elocuente arenga á los cristianos de Covadonga (3) ; pero su palabra no produce resultado, «y al momento..., prepáranse las hondas, blándense las picas, resplandecen los aceros y dispáranse nubes de saetas». «Lo que entonces sucedió,— dice el escritor á quien arriba hemos copiado, — ni el entusiasmo y fe de los vencedores, ni el temor de los vencidos les permitió verlo apenas, cuando menos relatarlo » (4) ; porque al amparo de las rocas y con la protección divina, — aquel puñado de españoles, corte, ejército y vasallos en una pieza del rey

(1) QUADRADO, Op. Cit., pág. 2 3.

(2) Fernández-Guerra, Caída y ruina del imperio visigólico, pág. 76.

(3) Bien que, aun haciéndose eco de tradicionales relatos respecto de la invasión muslime,— con gran discreción tiene el señor Quadrado por fábula la presencia de don Oppa, su arenga, y por último la aprehensión que de su persona hicieron las gentes de Pelayo, en la famosa batalla de Covadonga. No es de presumir, con efecto, que el traidor hermanó de Witiza anduviera de una á otra zona de España, tratando de reducir con la palabra á cuantos intentaron rechazar ó se negaron á someterse á la dominación muslime, sobre todo después de lo que asegura Isidro de Beja en su Chronicon y mencionado queda.

(4) Quadrado, op. et. loco cits.

Pelayo, rechaza con cuanto encuentra á mano la hueste muslime, haciéndola experimentar grandes pérdidas; y obligándola á huir, con la muerte de su caudillo, por terreno que no conoce y del que salir no sabe, — persigúela sin descanso; la ve trepar á la cima del Auseba, la ve internarse y perderse en aquella serie de eslabonadas alturas que se atropellan gigantescas las unas sobre las otras, y por el Amosa, venir finalmente á la Liébana, á los encrespados y majestuosos Picos de Europa^ por entre los cuales, como torrente poderoso, se abre paso amenazador el Deva.

Amedrentados y en desorden, «por senderos de cabras, inverosímiles ó dificilísimos», llegan «á las altas praderas de Naranco y de Aliva» los fi.igitivos, descienden precipitadamente á la cañada por donde corre el río, juzgando libertarse de sus perseguidores, y llenos de invencible pánico, intentaron subir por la montaña denominada Subiedes; pero ni aun así, — dice Sebastián de Salamanca, — pudieron evadir la venganza del Señor; pues desde la cima de aquel monte, frente al predio de Casegadia (Cosgaya), — como señal evidente de la voluntad divina, «por efecto de las grandes lluvias», ó «por otras causas que anteriormente» tuvieran conmovida la montaña, prodúcese «colosal argayo^ ó magno desprendimiento de peñas, árboles y tierra» (i), que sepulta en el lecho del río y entre sus aguas turbulentas da muerte á los míseros restos de la expedición de tal manera que, todavía en el siglo ix, cuando pasado el tiempo invernal, en que las corrientes llenan de uno á otro extremo el álveo del Deva, quedan al descubierto sus orillas, — aparecían allí evidentísimos los huesos y las armas de los que perecieron en ocasión tan memorable (2). El eco de aquel prime-

( 1 ) Llórente Fernández, Recuerdos de Liébana^ pág. 264. Este escritor montañés supone sin grave fundamento que la persecución de los bereberes fué realizada por los lebaniegos, capitaneados por el señor de Mogrovejo.

(2) Con razón escribe después el autor de la Chronica atribuida á Alfonso III : «Non istud miraculum inane aut fabulosum putetis, sed recordamini quia qui in Rubro mari Aegiptios Israelem persequentes demersit, ipse hos Arabes Ecclesiam

ro é inesperado triunfo, cundiendo por las zonas de Asturias, de Galicia, de Cantabria, llenó de grave espanto á los bereberes, no grandemente avenidos tampoco con sus dominadores los árabes; y aunque no hay noticia de que Pelayo aprovechase aquel momento y los sucesivos para libertar la España, parece lógico deducir que le íué desde entonces cumplidero el señorear mayor extensión que la circunscripta al territorio de la Liébana, sólo en esta ocasión y por aventura visitado por los musulmanes.

Y sin embargo : ni galáicos, ni astures, ni cántabros, que sostenían con frecuencia luchas sin importancia con los conquistadores, abrieron todavía las puertas de ninguna de las poblaciones principales de los tres distritos al vencedor de Covadonga, continuando bajo el dominio de los bereberes, á despecho de cuanto se ha fantaseado, los dos primeros, y gran parte del tercero. Quizás hasta entonces Pedro, el duque visigodo de la provincia de Cantabria, miró con recelo y sin prestarle auxilios á Pelayo : tal vez juzgó loca la empresa de restauración por aquél soñada ; pero cuando la Providencia pone al servicio del héroe de la Reconquista á la fortuna, — entonces acaso, — que tal es el corazón de la humana especie, — «envía su hijo Alfonso para que se enlace en matrimonio con Hermesindis ó Ermesinda, la hija del caudillo inmortal» (i), verificándose de tal mane-

Domini persequentes, immensa montis mole oppressit » (cap. 10). Nada hay con efecto imposible para Dios; pero sin duda por exageración de quien escribía recogiendo noticias del siglo precedente, lo que pudo ser desprendimiento natural y providencial si se quiere por lo oportuno, se convirtió en derrumbamiento total del monte. El señor Quadrado, que no recorrió el distrito de la Liébana, supone al referir este hecho, que «vaciló el ribazo», y los naturales de aquel partido judicial, que han presenciado derrumbamientos naturales de índole semejante al acaecido entonces, — si el aserto es verdad, como es verosímil,— no dificultan que pudiera ocurrir y produjese el resultado de destruir totalmente los restos del ejército beréber, ya desorganizado con la muerte de su caudillo. El señor Llórente Fernández hace notar «el rápido espantoso declive» que el monte Subiedes presenta hacia el río, y encima del camino trazado al pie del monte referido, una peña, «cortada de repente en este sitio — dice,— por fuerzas superiores á la industria humana,» recordando el desprendimiento y la desaparición «también junto á Cahecho» del monte (kSorbienda, en el año i 79 i ,» el cual «se licuó de tal modo, que corrió en turbio torrente hasta el mar» {Recuerdos de Liébana, págs. 259 y 260.) (i) Fernández-Guerra, Canía¿»;-ía, pág. 114 ya citada.

ra la unión de los intereses representados por ambos proceres, ambos de real linaje, descendiente el uno, Pelayo, del egregio Chindasvinto, de la « esclarecida prole de Leovigildo y Recaredo » el otro (i).

«Largo tiempo hacía, — escribe el docto historiador de los musulmanes españoles, — que no sin razón se mostraban los bereberes querellosos de los árabes: considerábanse con mejor derecho que éstos á la posesión de la Península, como verdaderos conquistadores de ella; á su esfuerzo era debida la derrota del ejército de Rodrigo, con el que habían luchado, mientras Muza y sus árabes aparecían en España en el preciso momento en que no había otra cosa que hacer sino ocupar algunas poblaciones, dispuestas á entregarse á la insinuación primera.» «Y no obstante, — continúa, — cuando llegó la hora de repartir el fruto de la conquista, los árabes se adjudicaron la parte del león, apoderándose de la porción más rica del botín, del gobierno del país y de las tierras más fértiles y provechosas, y aP paso que para sí guardaban la hermosa y opulenta Andalucía, relegaban los compañeros de Tháriq á las áridas llanuras de la Mancha y de la Extremadura, y á las ásperas montañas de León, de Galicia y las Asturias, donde se veían forzados á combatir á cada instante con los cristianos mal sometidos todavía.» «Poco escrupulosos entre sí los árabes sobre lo tuyo y lo mío, — prosigue,— afectaban singular rigidez en cambio, cuando se trataba de los bereberes: si éstos por aventura se permitían despojar á los cristianos que se habían por composición rendido, — después de haberles hecho sufrir el látigo y la tortura, los árabes, — concluye,— les dejaban gemir, cargados de hierro, y cubiertos apenas de hediondos harapos, llenos de toda suerte de miseria, en el fondo de infectos é inmundos calabozos» (2).

No fué pues de extrañar así, que, aprovechando las circuns-

(1) Fernández Guerra, Op. et loco cits.

(2) DozY, op. cit. pág. 129 del t. I.

tancias, en los días del gualí Abd-er-Rahman-ben-Abd-il-Láh se sublevase Munuza, ni que, mientras ganaba terreno la empresa felizmente acometida por Pelayo, aguardasen con impaciencia los bereberes el momento de sacudir el yugo de sus dominadores. Presentóse la ocasión, cuando llegó hasta ellos la nueva de que sus hermanos de Africa, acaudillados por Maisara Al-Mahfuz Al-Magdarí, se habían en los postreros días del año 738 levantado en armas contra los árabes, que les oprimían cruelmente; tenía aquella insurrección carácter á la vez político y religioso, y apenas hubo muerto el gualí de Al-Andálus Ocba (741), y fué conocida la victoria de los africanos sobre los árabes, estalla la revolución entre los bereberes de Galicia, — nombre que indistintamente dieron los musulmanes á lo que antiguamente había sido provincia de Galecia, — y cundiendo con increíble rapidez, se comunica á los demás distritos del Norte, si se exceptúa el de Zaragoza, — que abarcaba casi la Tarraconense, — y donde los árabes se encontraban en mayoría. En todas partes fueron éstos batidos y de todas arrojados; y reuniéndose los berberiscos de Galicia, de Mérida, de Coria, de Talavera y de otros lugares, marcharon decididos contra sus enemigos del mediodía de España (i), llegando á tomar la rebelión crecidas proporciones.

Gobernaba á la sazón los muslimes de Al-Andálus el anciano Abd-ul-Malik-ben-Cotán, y temeroso de que se reprodujera en la Península lo acaecido en África, viéndose imposibilitado de contener á los berberiscos, solicitó y obtuvo del siriaco Baleg-ben-Bixr, sitiado en Ceuta por los rebeldes triunfantes, que pasara á España para luchar con los insurrectos de este país, como efectivamente lo verificaba, y con tal fortuna que, derrotados en todas partes, perseguidos como bestias feroces por los siriacos sedientos de venganza, y mermados por el hambre que asoló la España por espacio de cinco años á contar desde el de 750, — la mayor parte de ellos, sintiéndose incapa-

(i) DozY, loco cit., pág. 130.

ees de resistir tanta desdicha, abandonaba en tropel y ansiosamente la Península, para buscar refugio y amparo entre sus parientes y contribuios de Tánger, Azila y demás lugares de la costa de Africa, donde se hallaban aquéllos establecidos (i). Mientras tanto, sin ejercer autoridad y dominio sino en el áspero país de la Liébana y en la parte cóncana de la Cantabria, donde se levanta Cangas de Onís, — Pelayo había logrado mantenerse con los suyos, y en tal disposición le sorprendía la muerte el año 737, cual le seguía al sepulcro dos adelante su hijo y sucesor Fafeila ó Favila (2); y como continuaba «siendo

(1) «Su embarque, — dice Dozy,—hubo''de verificarse en la provincia de Sidonia; y como las naves destinadas á transportarlos se hallaban en el río de Barbate, los musulmanes llaman á estos años desastrosos los años de Barbaten (Op. et loco citatos).

(2) «En la hora que Favila ciñe la corona,— escribe el Sr. Fernández-Guerra, — año 737, y con su mujer Froiliuba y por ensalmo levanta junto á Cangas de Onís un adoratorio á la santísima Cruz, — vino á gozarse el monje poeta que dictó la inscripción conmemorativa, recordando cómo allí mismo, tres siglos antes, el obispo Ástemo había consagrado altares á Cristo, en aquel revuelto día del año 262, cuando treinta ambiciosos capitanes sublevaron los ejércitos de Roma contra Galieno en todo el orbe de la tierra.» «He aquí el epígrafe que nadie hasta ahora había logrado satisfactoriamente leer ni traducir ; ni menos adivinar siquiera, en los versos de mayor interés para nuestra historia»... «Dice así :

(iresurgü ex preceptts divinis hec macina sacra opere exiguo comtum fidelibiis volts prespicue clareat oc tempium oblulibus sacris demonstrans figuraliler signaculum alme crucis 5 sit xpo placens ec aula sub crucis tropheo sacrata quam famulus fafeila sic condidit fide promta cum froiliuba coniuge ac suorum prolium pignera nata quibus xpe luis niimeribus pro hoc sil gratia plena ac posl uius vile decursum preveniat misericordia larga 10 hic vate astemo sacrata sunt altaría Cristo diei revoluti temporis anis ccc seculi eiate porrecta per hordenem sexta

cúrrente era septingentésima septagesima quin

ta que.^->

Álzase de nuevo por precepto divino este monumento sagrado. Aun cuando humilde la obra, rico el templo con votos de ardentísima fe, resplandezca en viva claridad á las piadosas miradas manifestando simbólicamente la señal de la Santa Cruz. 5 Sea grato al Redentor del mundo este santuario consagrado bajo el trofeo de

[la Cruz vencedora.

Con fe pronta lo erigió el siervo Fafeila,

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electiva la corona, y diciéndose godos los reyes, no la heredaron los hijos de» este príncipe, sino su cuñado «don Alfonso I, el Católico^ varón digno de la mayor alabanza», en quien por tal camino hallaban representación los intereses hasta allí contrapuestos, bien que no llegados á discordia por fortuna, del menguado reino de Pelayo y del ducado de Cantabria (i), que debió Alfonso heredar de su padre, en época no determinada ni por la historia ni por los documentos.

No se le ocultaba por cierto al sucesor del desventurado Favila, la disposición en que se hallaban los berberiscos en aquellas regiones del Norte de nuestra España, respecto de los árabes ; y sin sospechar siquiera que la inmortal empresa de la Reconquista tenía otro fin diverso que el de la restauración de la monarquía visigoda, desaparecida para siempre en las aguas del Lago de la Janda, — ganoso de recuperar toda aquella parte del antiguo ducado en que los africanos permanecían, uniéndolo á la zona ocupada por Pelayo y su menguada hueste, — congregados ya bajo una bandera los vardulos caristos, los autrígones y los antiguos cántabros, acomete animoso y decidido á los bereberes, apodérase no sin lucha en 741 de la patricia Amaya, que queda desde entonces destruida (2), y reduce á esclavitud no escaso número de enemigos, diseminados por los caseríos y los valles de la Montaña. Bien que no sea dable en aquellos momen-

juntamente con su mujer Froiliuba y con todos sus hijos

(por lo cual, oh divino Cristo, según tu liberalidad inagolable concédeles ple-

[ na gracia,

y en su muerte misericordia abundante), 10 aquí, en el mismo lugar ^ donde el obispo Astemo consagró altares á Cristo, en los revueltos días de la centuria trigentésima,— adelantada ya la sexta edad del mundo, según el orden de los tiempos, corriendo la era española de 775 ; de nuestra redención, 737.»

{El Libro de Santoña, págs. 41 y 108)

( 1 ) Alcanzaban sus dominios desde las fronteras orientales de los astures transmontanos hasta las de Francia (Risco, España Sagrada, t. XXXII, págs. 74 á 80) y no había sido totalmente sometido por los musulmanes.

(2) Fernández-Guerra., El Lidro de Santoña, pág. 40.

tos todavía suponerle descendiendo «como rayo exterminador hasta la misma desembocadura del Duero, y hasta las cumbres de Guadarrama», — no cesa de molestar y hacer intolerable sin embargo, la permanencia allí de los berberiscos; y cuando, en 750, ante el ejemplo de sus hermanos de África, y las predicaciones religiosas de sus emisarios, cual mina largo tiempo preparada, estalla la revolución en Galicia contra los árabes, y marchan aquellos á las comarcas del mediodía, y emigran luego al otro lado del Estrecho, — aprovechando los galáicos el abandono en que les dejan sus dominadores, convencidos de que no han de volver, y de que todavía han de tardar los árabes y los siriacos vencedores en llegar hasta sus montañas, — apellidando libertad é independencia y desquitándose del silencio que hasta entonces habían guardado, levántanse en masa contra sus opresores, y se apresuran á reconocer como su rey á don Alfonso.

No de otra suerte, con verdad, según demuestran recientes estudios, — hubo de dilatarse la naciente monarquía asturiana, y no por otro camino, eran rescatadas de la servidumbre islamita aquellas regiones, ocupadas por los bereberes. El yerno de Pelayo, sorprendido quizás ante lo inesperado de los acontecimientos, apresúrase no obstante á segundar á los galáicos; y mientras los africanos que ofrecen alguna resistencia son pasados á cuchillo, y huyen otros á refugiarse en Astorga, — declarándose siervos y vasallos suyos, permanecen en el país libertado no pocas de aquellas gentes (i), sin que quede en él ninguna otra huella de la dominación musulmana. «Los indígenas, que, por causas

(i) Véase lo que resulta de los documentos citados y copiados así por el P. Flórez, como por Muñoz y Romero en su Colección de Fueros y Cartas Pueblas. «Sin contar el gran número de esclavos hechos en sus guerras por don Alfonso el Católico..., todavía afirma Morales (lib. XIII, cap. 1 4) que permanecieron sujetos á su señorío en Galicia algunos moros desarmados, á la manera de los mozárabes que antes vivían en ella, en cuya misma condición entraron, al decir de aquel historiador diligente, otros vasallos moros que tenía en la Vasconia y Montes de Oca» (Fernández y González, Esíarfo social y político de los mudejares de Castilla^ pág. 21).

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diferentes, habían abrazado el islamismo, pero que vacilaban en su nueva creencia todavía, tan pronto como vieron triunfar á los cristianos, apresuráronse á volver al seno de la Iglesia» (i); y en tanto que, glorioso siempre, Alfonso organiza sus nuevos estados,— atiende al restablecimiento del culto, no interrumpido sin embargo, funda iglesias y monasterios, y puebla la Liébana, Trasmiera (2) y con otras comarcas cantábricas, Sopuerta, Carranza, la Bardulia, que ya en el siglo ix se llamaba Castilla y la parte marítima de sus dominios gallegos. Ante él, y ante la miseria que les hace imposible la vida, llenos de espanto, huyen los bereberes, retrocediendo sin cesar hacia las zonas meridionales, dejando libres desde 753 á Braga, Porto y Viseo, y toda la costa, hasta más allá de la desembocadura del Duero, sin serles hacedero mantenerse, ni en la misma Astorga, ni en León, ni en Zamora, ni en Ledesma, ni en Salamanca, ni en Coria, y abandonando á Saldaña, Simancas, Segovia, Ávila, Oca, Osma, Miranda de Ebro, Cenicero y Alesanco en la Rioja (3).

Quedaron entonces como fronteras de los dominios musulmanes, de O. á E., Coímbra sobre el Mondego, Coria, Talavera, y Toledo sobre el Tajo, Guadalajara, Tudela y Pamplona (4), é inmensa faja de territorio abandonado, inculto y sin moradores apenas, separaba como divisorio desierto la parte de la España sometida á los musulmanes, y aquella otra en la cual se respiraba ambiente gratísimo de libertad é independencia. Fué en

(1) DozY, Op. cit. pág. I 3 I .

(2) Sebastián DE Salamanca, cap. 14.

(3) Dozy, loco cit. Sebastián de Salamanca en el C/iron/con atribuido á Alfonso III, dice textualmente : « Simul namque cum fratre suo Froilane multa adversus Sarracenos proelia gessit, atque plurimas Civitates ab eis olim oppresas cepit, id est, Lucum, Tudem, Portucalem, Bracaram Metropolitanam, Viseum, Flavias, Agatam, Letesmam, Salamanticam, Zamoram, Abelam, Secoviam, Astoricam, Legionem, Saldaniam, Mabe, Amaiam, Septemancam, Aucam, Velegiam, Alabensem, Bruñes, Cinisariam, Alensaco, Oxomam, Cluniam, Argantiam, Septem publicara, exceptis Castris cum Villis et viculis suis : omnes quoque Arabes occupatores supradictarum Civitatum interficiens, Christianos secum ad patriara duxit» (cap. i 3) (Esp. Sagrada, t. XIII, pág. 484).

(4) Dozy, Op. et loco cits.

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tal ocasión acaso, cuando en Valpuesta, en Brañosera y aun en el valle de Pas, según recientemente se pretende (i), como en otros lugares, al igual de lo que acontecía en Galicia, — temerosos de los árabes, permanecieron sometidos como vasallos, dando así principio á la población mudejar^ no pocos de los bereberes allí establecidos desde los días de la conquista, pues cual razona un escritor de los nuestros, en presencia de estos hechos, «ni pudiera concebirse otra conducta, dado que la conveniencia recíproca de moros y cristianos debió establecer muy pronto alianzas entre ambos pueblos, llegando el comercio y comunicación en días de tregua hasta un punto, que contrasta notablemente con su habitual animadversión y frecuente ememiga.»

Y con efecto: «en los primeros momentos de la invasión, menos excitados los odios religiosos que en los siglos siguientes, pudieron ofrecerse repetidas mezclas de familias mahometanas con linajes españoles: que la corrupción de las costumbres góticas, antes que contradecir, parecía avenirse con la liviandad y voluptuosidad sarracenas». «Por su parte los muslimes, mal adoctrinados todavía en las prácticas del Islám, se resintieron del trato con los fieles á la religión del Evangelio». «La indiferencia religiosa, por tanto, fruto de la pravedad de costumbres, lo mismo anidaba en el pecho de los nobles españoles que se aliaron con los muslimes, que señoreaba los ánimos de los nuevos convertidos conquistadores de España» (2). Entre tanto Alfonso, recorría el territorio en tan grande extensión como la indicada abandonado por los bereberes, y mientras destruía por las armas á los pocos musulmanes que le hicieron sin duda resistencia, lejos de tomar posesión del mismo, privábale de sus habitantes de todo género, á quienes llevaba consigo cuando regresaba á sus dominios ciertos (3). «La razón de esta conduc-

ía i) Lasaga Larreta, Dos Memorias^ pág. 45 y sigtes.

(2) Fernández y González, Op. cit. pág. 22.

(3) No falta quien suponga que al llevarse « consigo Alfonso en ejército formidable á todos los habitantes cristianos» de estas comarcas, « llenó de nuevo

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ta, — dice otro escritor, salta á los ojos: para cultivar país tan dilatado, menester era crecido número de siervos labradores; y como el hambre había amontonado millares de hombres en las Asturias y en Cantabria, lo mismo que en las demás provincias de España, — los magnates del Norte apenas debían haber conservado siervos suficientes para cultivar sus propias tierras». «Aun suponiendo sin embargo que hubiera ocurrido de otra suerte, todavía se hacía indispensable atender á la defensa del territorio por medio de fortalezas, y como los musulmanes, que no querían dejar á sus enemigos más que escombros, las habían desmantelado ó destruido todas antes de su marcha, hacíanse por igual necesarios tiempo y dinero para reconstruirlos.» He aquí pues, entre otras, la causa por la cual «Alfonso hubo de contentarse con tomar posesión de los distritos más inmediatos á sus antiguos dominios, que eran la Liébana, ó sea la parte SO. de la provincia de Santander», lo que se apellidó entonces Bardulia, la costa de Galicia y la ciudad de León por aventura: lo demás, no fué largo tiempo sino verdadero desierto, natural barrera entre los cristianos del Norte y los musulmanes del Mediodía» (i).

«En aquella hora, — dice con efecto el último ilustrador de la comarca montañesa, — Cantabria, la famosísima en historiadores griegos y romanos, la primitiva, con su constitución y organización peculiar, dejó de existir; y como región, hasta perdió su propio y legítimo nombre». «Entonces recibió el de Castilla

pueblo y de grandes riquezas los desiertos y abrasados valles y montañas de las dos modernas provincias de Oviedo y Santander», de donde viene á resultar, que toda aquella inmensa é incontable multitud que á la presencia de los musulmanes huye á Asturias, se había en poco más de cuarenta años desvanecido como el humo ; que los habitantes de Galicia, de Asturias y de Santander, no eran ni mucho menos los suficientes para la tierra, ni antes de la invasión muslime, ni después de 7 5 I en que quedan libres de bereberes, y que estos en lugar de atender á su propia conveniencia, conservar poblaciones y cultivar campos y heredades, habían desatentados y locos abrasado los valles y las montañas. Véase las consecuencias de admitir sin correctivo tradicionales supuestos, que tienen, ó pueden tener valor literario, pero que carecen del histórico, (i) DozY, Op. cit. pág. I 3-5.

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la parte que desde lá cordillera cantábrica», y á partir de Pámanes, en Trasmiera, «se extendía por el Sur hasta el Duero», según documentos latinos lo patentizan desde el año 801, los cuales designan con tal nombre la Autrigonia y Cantabria reunidas; la parte «del otro lado hasta el mar se dijo Asturias» . «En esta manera: á Liébana y sus aledaños apodaron Asturias de Salida Illana^ por causa de atesorar dos siglos hacía ya las reliquias de Santa Juliana, mártir de Nicomedia, en Bitinia». «Al trecho que limitan el mar y los ríos Saja y Miera, apellidaron Asturias de Sancto Anderio, por existir la cabeza del mártir, alférez español, San Emeterio, en la iglesia del que los Romanos denominaron Puerto de la Victoria». «Sus vecinos, esquivando un apodo que recordaba ominosa esclavitud de la patria, le mejoraron en el de Portus Sancti Emetherii^ poco á poco transformado y corrompido en Portzis Sancti Auderii^ Puerto de San Medel^ de Sant Ander^ Santander ahora (i): tan caprichosas y varias son las lenguas é imaginaciones del vulgo». «Finalmente, lo que ciñen el Miera y Asón, llamóse Asturias de Transmera^ luego Asturias de Cutellio, por el Cíctellium Castrum (de ahí el nombre moderno Cudeyo^ Cuchillo), brava fortaleza puesta sobre afilada cumbre, dominadora de extenso y agrio territorio á la derecha del río Miera; y siglos después aquella parte vino á decirse Asturias de Sancta Maria de Portu, por el de los Coniscos, á la desembocadura del Sanga y Asón, hoy puerto de Santoña» (2).

De Amaya, aun repoblada por el mismo príncipe, según el Chronicon Salmafzticense, — Alfonso traslada la sede episcopal cantábrica á Vellegia (741), donde permaneció ya en adelante, dentro del distrito que se llamó Bardtdia y se dijo después Castilla, nombre aquel con el cual hubo de ser acaso designada

( 1) Véase cuanto al tratar individualmente de Santander, exponemos respecto de este asunto.

(2) Fernández-Guerra, Cantabria, pág. i i 5 del t. IV del Bo/. rfe /a Soc. o^eográfica de Madrid.

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la naturaleza de sus repobladores, pues «no parece sino muy verosímil, — hemos escrito antes de ahora, — dada la necesidad de repoblar aquellas regiones rescatadas con tal fortuna por Alfonso el Católico..., que las comarcas aledañas á la Vardulia... recibiesen de Alfonso I el mismo nombre, como dependientes ó continuación de aquella, ó por haber sido pobladas de nuevo con gentes procedentes de la referida Vardidia alavesa, lo que no se nos ofrece como inadmisible en absoluto» (i). Semblante hace de autorizar tal supuesto, la discreción con que imagina el docto ilustrador de Santoña, si no precisamente al invadir la España los muslimes, no largo tiempo después quizá, que «un golpe de muy atrevidos guipuzcoanos hubo de adelantarse con naves á fortificar y mantener (en la linde occidental de los autrígones) el Amanum Porhis^ el puerto de los Amanes, que en honra de los emperadores Vespasiano y Tito se quiso llamar Flaviobriga Colonia». «Desde allí, sin duda, contuvieron el empuje de los alarbes enseñoreados de la Cantabria; y haciéndose defensa, ejemplo y admiración á todos, vino el forastero y gentilicio nombre de los várdulos á ser el déla ciudad...» «La romana colonia se dijo ya Castro-Vardulies, esto es, fortaleza de los vardulos, Castro-Urdiales ahora» (2).

Cuando la muerte cerró, bien á deshora en verdad, los ojos de aquel egregio príncipe, á cuyo corazón valiente se adunó placentera la fortuna (757), si la provincia de Cantabria había dejado de existir como agrupación política entonces con este nombre, — no sucedió de igual suerte por cierto con el carácter y la condición de sus hijos. Domados por las armas y la cultura romanas, flaqueó su espíritu y se adormeció á no dudar la nativa energía de los montañeses, cuando envueltos en el general torbellino y en la general decadencia de la patria, ni intentaron siquiera contener, ni cuando menos rechazar, la violencia del to-

(1) Burgos, en esta misma obra España, pág. XX.

(2) Fernández-Guerra, El Libro de Santoña., pág. 39. En su lugar propio tendremos ocasión de volver sobre este asunto.

rrente invasor de aquellos pueblos bárbaros que entonaban ebrios de sangre sus cantos de victoria sobre las hacinadas y humeantes ruinas de los pueblos por ellos destruidos; y si firmes en su nueva creencia religiosa, abrazados á ella resistieron los cántabros la dominación de los visigodos, cual hemos visto arriba, alzándose con frecuencia contra estos, como combatieron hasta los días de Leovigildo contra él y contra los suevos establecidos en la Galicia, — en 711, ante la gran desdicha de lapatria, y como si sobre ellos hubiera caído mortal pesadumbre que les imposibilitara todo movimiento y les privara de todas sus energías, — dejaban que los bereberes se posesionasen sin grave oposición de los territorios cantábricos, no osando siquiera auxiliar por modo alguno á sus hermanos de la Liébana, y de Covadonga, y menos quebrantar las cadenas que les oprimían, sino cuando en 751 la lucha enconada entre bereberes y árabes, había debilitado á estos de tal suerte que no pudieron intentar defensa, y regía ya los destinos del naciente reino, que se juzgó restauración solamente del visigodo, el noble Alfonso, hijo del duque de Cantabria.

Desde aquel momento, sin embargo, todo hubo de cambiar de fisonomía y de aspecto: quizás hasta entonces, las gentes que habitaban en el ducado de Asturias, obligadas por los condes sus gobernadores, acaso afectos á la causa de los ambiciosos hijos de Witiza, creyeron servir los intereses de éstos dejando que los que juzgaron auxiliares tomasen allí todo dominio; y cuando convencidos de que era para desventura suya terminado en absoluto el de aquellos cuya bandería seguían sus gobernadores mencionados; cuando se persuadieron de que era verdadera y permanente servidumbre la suya, y vieron cómo Pelayo en la Liébana y en Covadonga osaba levantar el estandarte de la rebelión, y cómo sus dominadores abandonaban en masa aquellas regiones por ellos señoreadas, — entonces y sólo entonces, recobraron su energía, viniendo á ofrendarla como prenda de reconciliación á los pies del magnánimo Alfonso el Católico,

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con lo cual dieron principio á la sublime epopeya de la Reconquista cristiana. Necesidad tuvo Fruela de atender, más que á los cuidados de la guerra, alejada entonces, á los de la reorganización de la naciente monarquía, cuyo estado ni podía ser ni en realidad era tal como generalmente se pinta, cuando lejos de aprovechar la coyuntura por todo extremo favorable con que le brindaban el reciente triunfo conseguido por Abd-er Rahmán I en Córdoba sobre Yusuf-al-Fehrí, y la incontable serie de rebeliones que sucedió en toda la España muslime á la venida del fundador del Califato español, — contentábase con el territorio que había logrado hacer suyo don Alfonso, y se consagraba en él á restablecer el imperio de la olvidada ley, á sofocar la rebelión de los que en adelante se dijeron vascongados, á fundar á Oviedo, reprimir conspiraciones, como quizás la de Vimarano, y á fortificar las fronteras de su reino.

No falta sin embargo quien suponga á pesar de todo, y con presencia de la lacónica declaración hecha en los Cronicones^ que el hijo del primer Alfonso llevó sus huestes á combatir con éxito y fortuna contra los musulmanes, venciéndolos denodado en determinadas ocasiones, como no falta quien pretenda que Abd-er-Rahmán I, en medio de la agitación incesante que caracteriza su gobierno, llevó sus armas á las regiones de Galicia, de donde tornó aventurado y victorioso; pero una y otra afirmación no se hacen por manera alguna admisibles en sana lógica, pues ni la supuesta batalla de Postumio, en que al decir de los cronistas murió muchedumbre de muslimes, pudo ser otra cosa que la represión acaso de los bereberes mudejares, ni hubo ocasión alguna en la que el fundador del Califato de Córdoba, desentendiéndose de cuantos se alzaron contra él llevados por espíritu de feroz independencia, pudiera tranquilamente intentar nada contra los cristianos de Asturias; más verosímil es, á nuestro entender, y conocidos los límites que hubo con Alfonso I de alcanzar el reino asturiano, que cuando aquel Sofián ó Xakíaben-Abd-ul-Guahid, apellidado el Fathimi más tarde, ponién-

dose al frente de los berberiscos enarbolaba la enseña de la rebelión contra el Califa, y huyendo de éste se refugiaba en el distrito de Coria, que era fronterizo, pretendiese con los suyos salvar el desierto infranqueable casi que separaba á la sazón los dominios de cristianos y de muslimes, buscando refugio en medio de las sierras, donde suponía que habían de ampararle los bereberes allí establecidos al tiempo de la conquista.

Quizás fuera con él y con los suyos con quienes trabó combate Fruela, y acaso á la noticia de la aproximación de aquellas fuerzas berberiscas, los bereberes sometidos en Galicia y en Asturias tratasen de recobrar lo perdido, levantándose contra los cristianos; pero nada hay que históricamente autorice semejantes hipótesis, como nada existe tampoco que justifique las afirmaciones combatidas. Sebastián de Salamanca, y el monje de Albelda, declaran no obstante, como hace observar un escritor moderno, que el hijo de Alfonso, el Católico, ganó batallas y alcanzó victorias sobre el enemigo de Córdoba (i), nombre dado en general como el de Caldeos á los musulmanes, — y tales indicaciones, si ha de dárseles crédito, inducen á sospechar que hubo de acontecer lo que expresamos. Que la situación de la naciente monarquía asturiana, no era tan ventajosa como se ha supuesto, no ya sólo para resistir el empuje de los musulmanes, sino para intentar nada en los dominios perturbados de aquellos, dícenlo no sólo la rebelión de los vascones, mal avenidos siempre con quien tratase de cercenarles la independencia de que gozaron en todas ocasiones, sino la de aquellos pueblos de la Galicia misma, contra quienes hizo uso de las armas Fruela, reduciéndolos á viva fuerza y devastando para ello sus térmi-

(i) « Hic vir mente, et armis acerrimus fuit: victorias multas egit adversus hostem Cordubensem ». «In loco qui vocatur Pontumio Provinciae Gallaeciae praeliavit, cosque expúgnalos quinquaginta quatuor millia Caldaeorum interfecit: quorum ducem adolescentem, nomine Haummar (Omar), filium de Abderraman Ibem hiscem, captum in codem loco, gladio interemit » (Chronicon de Sebastián de Salamanca, cap. 16).

nos (i); dícenlo las leyes que hubo de dictar contra las malas costumbres establecidas en el orden eclesiástico, y dícelo en fin su desastrosa muerte, que hubo de recibirla triste de manos de sus vasallos propios en 768.

Y como si esto no fuera bastante, todavía habría de acreditarlo con entera eficacia la conducta seguida por Aurelio, Silo y Mauregato, régulos sin carácter, sin energía y sin prestigio, quienes ni supieron ni pudieron quizás emular el ejemplo de Alfonso el Católico, y cuyos días no se hicieron por nada memorables. Fué aquella época como de respiro y tregua sin duda: como los instantes de apacible calma que preceden á la tempestad próxima á desencadenarse con todos sus horrores; y bien pronto, — cuando sosegada algún tanto la gente islamita por una parte, los sucesores de Abd-er-Rahmán I, fallecido el año 788, se hallaron en disposición de intentar apoderarse del dominio de la Península, y por otra, digno heredero de las glorias conseguidas por el yerno de Pelayo, Alfonso II, apellidado el Casto, es reconocido rey en Asturias, — la tempestad estalló tremebunda, ensangrentando con varia suerte las comarcas del N, de España, hasta donde llevaron sus soldados los Califas cordobeses.

Veamos, pues, el espectáculo que á los ojos de la Historia ofrece ocasión tan memorable.

(i) Sebastián de Salamanca, loco cit.