Santander · Capítulo real 7 de 20
CAPITULO IX
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CAPITULO IX
Santander.— Rasgos generales de su historia individual hasta nuestros días
SÍ, y no de otra forma, cual la hemos contemplado, grandiosa, y siempre una en su carácter como en sus condiciones,— se presenta, lector, á nuestras miradas en las serenas levantadas regiones historiales, aquella interesante comarca española que fué un tiempo Cantabria. Aun, á través de las edades y de los tiempos, cual en los de Estrabón, — á quien califica el clarísirno
P. Flórez como «el más individual en orden á costumbres de los cántabros», — á despecho de su individual fisonomía, parece compartir con las demás comarcas del Norte de la Península clima, accidentes y quizás no pocos de los usos y de las costumbres, ya que no el lenguaje, siendo por antonomasia conocida de antiguo con el nombre expresivo y gráfico de La Montaña, que tanto enorgullece á sus afanosos naturales.
Lejanos están aquellos días en los cuales, como infranqueable barrera, de todos lados interponían sus moles soberbias y majestuosas los encrespados montes, enlazados los unos á los otros cual anillos de una sola gigantesca y colosal cadena, tendida por la mano de la Providencia, para distinguir sin embargo por tal medio el territorio de los cántabros, é imposibilitar ó detener el paso del viajero. Hoy, las necesidades de la vida, siempre crecientes y nunca satisfechas; los progresos y adelantos del arte y de la industria, ya que no de las ideas, por ser esta razón harto motejada por algunos, dada su vaciedad las más de las veces, — burlándose cual de inútiles fantasmas, de tales y tan temerosos obstáculos, han perforado y hendido los montes, salvado los abismos, cruzado los ríos y los esteros; y la locomotora, que todo lo ha despoetizado en mucha parte, sin dificultad alguna, recorre impulsada por el vapor que lleva en sus entrañas, y deslizándose por los férreos carriles, lugares donde acaso en aquellos tiempos en que al hombre no había aún sido revelada la existencia de los metales, sólo imprimió su planta el independiente habitador de las alturas, ó la fiera salvaje, con la que mantuvo aquél constante lucha.
Adviértese por modo más determinado así, desde que abandona el tren la región palentina ; desde que, dejando atrás á Mave y Aguilar de Campóo, de tanta importancia para la historia y para la arqueología ambas, — se pierde de vista las rocosas colinas, que, á modo de construcciones militares, vetustas, y ya arruinadas é informes, se irguen á la derecha de la vía férrea en larga extensión, y penetra la locomotora decidida y resonante
por el terreno jurisdiccional de la comarca santanderina, en la cual, y como por encanto, cambia todo de aspecto. A las llanuras palentinas, á los montes pelados y pequeños, sucede el descomunal macizo, poblado de frondosas arboledas, cuyas ramas, flexibles y jugosas, se extremecen á compás, y se inclinan delante del tren, que marcha desalado, abriéndose difícil camino por las vertientes, taladrando en largos y sucesivos túneles la roca, y contemplando, aún envuelto en la azulada niebla de la mañana, cuyos girones aparecen prendidos en las cimas irregulares como ingénito adorno, — el profundo y pintoresco valle, dormido todavía, con su caserío diseminado y perdido entre la exuberancia y los halagos de la naturaleza, sus regatos cristalinos y pedregosos, sus prados y sus brañas, tapizados de verde terciopelo, sus bosques de fresnedas y cajigales, sus masas de gigantesco helécho, y sus mieses de borona, lustrosas, agitadas levemente por la suave brisa del amanecer, y esmaltadas por las brillantes gotas del matinal rocío.
Sucede á veces, — en aquella serie de verdaderos cuetos formados por los relieves imponentes, enormes y continuos que accidentan por modo peregrino y siempre de todas partes el panorama, — que la luz del sol, brillante en las alturas, esplendorosa y viva en el espacio, con trabajosa pena se abre paso á través de la neblina, y cayendo perezosamente y como cernida sobre el hondo valle, alumbra el paisaje sombría y tarda, y con dificultad el estrecho camino, que sigue el tren, encajonado entre elevadas trincheras, donde la roca viva queda en fajas oblicuas y negruzcas al descubierto. Por sus protuberancias, empenachadas de heléchos, de escajos y de espinos, y por sus anfractuosidades de leñosa apariencia , se desliza con rumoroso anhelo y constante fluir el agua cadenciosa, apareciendo en misteriosa penumbra hoces, praderas y poblaciones, y precipicios y barrancos en cuyas profundidades serpea con arrogancia sobre su lecho de piedra mugidor torrente, cuyos giros caprichosos, contorneando los escarpados derrames de la mon-
taña, sigue la cinta inacabable de la carretera, que blanquea y se destaca cual argentada gargantilla, sobre las turgencias irregulares que abraza sin descanso.
A no largo andar, y acompañado en una y otra de sus orillas por la carretera de Falencia á Santander y por el camino de hierro que, más inconstante, se separa de él no sin frecuencia para buscarle de nuevo, — aparece el Besaya, cerca de Reinosa, marchando al Septentrión con multitud de ramificaciones que á él acuden como las venas á las arterias en el cuerpo humano ; y pasando la cortadura de Hoces de Barcenas, fi'anjeando el pintoresco y abierto valle donde se agrupan entre mares de bien oliente verdura, Molledo, Santa Cruz y otras poblaciones,— prosigue á Fraguas, á Los Corrales y á las famosas Caldas que de él reciben nombre, donde cabalga sobre sus aguas airoso puente de tres ojos, á la izquierda de la vía. Poco más lejos, y en terreno llano, hermosas arboledas sombrean los dos kilómetros escasos de camino que separan de la estación ferroviaria la elegante villa de Torrelavega; y dejando atrás Renedo, á donde afluye en demanda de salud para ir á Puente-Viesgo, Ontaneda y Alceda en el pintoresco valle de Toranzo multitud de dolientes peregrinos de todas partes ; á Guarnizo y á Bóo, últimas estaciones que nos faltan, lector, para llegar á Santander, término y comienzo á la vez de nuestro viaje por la región cantábrica, — luego de cruzar la locomotora por estrecho terraplén extenso marítimo estero, cuyas tranquilas aguas riza la brisa matinal, y surca alguna que otra pequeña embarcación costanera, — henos ya en la ciudad ilustre, corazón y metrópoli de la Montaña, donde el tren se detiene, y donde el viajero asombrado y hecho á la costumbre de las grandes maravillas que ofrece el país, se contempla indeciso.
No presenta, con verdad, Santander, al primer golpe de vista, y desde el departamento del wagón, para aquel que por primera vez la visita, el aspecto en su caserío de ciudad tan importante como en realidad lo es, bien que desde luego, los mué-
lies que avanzan sobre las marismas, el hacinacimento de los palos y de las jarcias de las embarcaciones atracadas y que á lo lejos confusamente se dibujan, el movimiento que allí se advierte, los grandes almacenes, y otras muchas señas, no inadvertidas para el observador, prueba son fehaciente de la existencia de población llena de vida. Y, sin embargo: «casas andrajosas, altas, hendidas, ladeadas y ruinosas, que parecen subsistir de milagro», surgen de improviso en la cima de rocoso cerro á la izquierda de la vía; «no pensaban ellas, — dice muy elegante escritor montañés, justificando cumplidamente el semblante y el estado de aquellas construcciones, — que el viajero las iba á coger por la espalda ; miraban á su calle, — continúa, — la calle alta^ y para el vecino siempre murmurador y chismoso tenían la mejor cara y el mejor vestido ; para el mar, que á fuer de grande es generoso é indulgente, y aunque se pica no se ofende, y aunque murmura no chismea ni muerde; para el mar dejaron lo que no quieren mostrar á la calle, y ahora que el curioso carril se metió entre ella y el mar, casi no han tenido espacio de componerse y asearse para resistir ventajosamente su inquisición : verdad que, como él anda tan de prisa, cuentan que no tiene tiempo de curiosear», como á nosotros, lector, nos ocurre.
Tal circunstancia no perjudica, á pesar de todo, ni mucho menos daña al buen concepto que la población merece, á juzgar por su fama y su renombre, pues «al llegar á Santander, los trenes sueltan su carga y sus viajeros sobre un terraplén á la vera del agua», y «así truecan sus mercaderías mano á mano, mar y tierra, el wagón y el buque, barbeando sobre la escollera.» «Rodean la estación, almacenes y talleres; la vida de la industria esparce allí sus ruidos diversos y multiplicados, y se oye batir el martillo sobre la bigornia, y la sierra en las entrañas de la madera, y gemir la polea ahogada por el cáñamo; y á par que silba la locomotora ó vibra la campana, vocea el carretero aguijando su yunta, y se oye la monótona canturía con que los
marineros dan compás y unión á sus esfuerzos, y mayor fruto á su faena» (i).
Aunque el natural crecimiento y el constante desarrollo de la antigua villa han modificado en mucho la fisonomía con que en otros tiempos hubo de ostentarse; aunque ganando sin tregua y en eternal combate con el mar, terrenos que utiliza para el tráfico, — todavía Santander ofrece indelebles huellas de su pasado glorioso en su configuración presente y en la distribu- - ción de su caserío, ya que no se haga mención de otros indicadores restos, repartidos como al acaso por la ciudad, y que proclaman su grandeza. De aquellos días en que los romanos, vencedores de la tenacidad cantábrica, la denominaron Puerto de la Victoria^ conserva Santander, acaso con los restos del hipocatisto descubierto en la Magdalena, la enhiesta roca donde más tarde tuvo asiento la sagrada Abadía de San Emeterio, que hoy, después de su transformación en Colegiata^ alza sobre la eminencia los descompuestos y adulterados miembros de su fábrica convertida en Catedral, asomándolos detrás del Castillo de San Felipe ; y bien que desde el momento en el cual los habitantes de la Puebla, «esquivando» en el de Puerto de la Victoria «un apodo que recordaba ominosa esclavitud de la patria, le mejoraron en el de Portus Sancti Emetkerii» ^ hasta aquel otro en el cual Alfonso VIII concedía á la villa en 1187 cumplido fuero repoblándola, no haya sido cumplidero conocer determinadamente la suerte que le cupo en la colosal empresa de la Reconquista cristiana, — todavía guarda de esta última etapa de su vida, que se cierra en la Edad Moderna, su renombre marítimo, el de sus empresas navales, y algo de su antiguo aspecto, cambiado en mucha parte por las necesidades de la vida moderna.
Marcan de uno y otro lado con efecto la historia de Santander, á despecho de todo, la enhiesta mole de su celebrada Abadía^ cuyos costados «envuelven y bastardean» «fábricas sucesi-
( 1 ) Escalante, Costas y Montañas, págs. 200 y 20 i .
vas de tiempos posteriores... como vegetaciones parásitas que hienden la corteza de un tronco caído en espesura impenetrable, y al cabo de siglos le laceran y roen sus entrañas», — y el puente que pone en comunicación la que fué Colegiata y el barrio fronterizo, distinguiendo así y por tal camino los dos distintos núcleos que dieron, cada uno por su parte, origen y nacimiento á la moderna Santander, tan visitada en nuestros días. Aquél, el primitivo, el que se agrupaba en torno de la Abadía y como bajo su protección y amparo, — encaramado sobre la altura que corona el histórico templo ; el otro, el más cercano del mar y de la ermita de San Andrés (i), — tendido en las ondulaciones más suaves del terreno, y dilatado luego á lo largo de la bahía.
Estrechado por el mar que, como á natural península le ceñía por sus costados y por el frente, — el primero, directamente surgido bajo la autoridad del Abad de San Emeterio, y barrio abadengo por consiguiente, apenas si ha podido desarrollarse circunscripto por el peñón sobre el cual se asienta, y resguardado por las ya inútiles murallas del reedificado Castillo de San Felipe; libre y dueño de sí propio, venido á la vida política en los días de Alfonso VIII, el otro, barrio realengo, aunque sometido por la voluntad de aquel soberano de Castilla á la obediencia del Abad, su natural señor y dueño, — en movimiento de expansión irresistible y espontánea, se ha dilatado y crecido de suerte, que es el verdadero corazón de la ciudad desde los modernos tiempos. Sin duda que el antiguo barrio debió de sospechar algo de esto en el pasado para lo futuro, que es hoy el presente, cuando miró con enconados ojos y como á rival intolerable al barrio intruso, y que de tales circunstancias, así cual
(i) Hállase citada por Juan de Castañeda, y estaba, según Martínez Mazas escribe en sus Memorias manuscritas del archivo de la Catedral, ya medio caída al mediar del siglo pasado; nuestro compañero el señor'Assas parece hubo de reconocer las ruinas, en el lugar de Perinés, á la parte occidental de Santander, y todavía se llama calleja de San Andrés, la que va á dicho lugar desde la plaza de Numancia.
de la diferencia de su origen, — según presume muy discreto escritor montañés de nuestros días, — «vinieron los nombres y rivalidad de los cabildos de mareantes de la calle Alta y de Adajo» (i); rivalidad que aún dura, y que tantas veces ha pintado en sus obras el insigne Pereda.
Mera transformación y corrupción de aquel que fué advocación propia á^ Xdi Abadía^ estiman con el P. Mtro. Flórez algunos, el nombre actual con que la metrópoli cantábrica se intitula, haciéndole derivar paulatinamente de Por tus Sane ti Emetherii, en «Puerto de San Medel, de Sant Ander^ Santander ahora» (2); y bien que, prescindiendo de otras etimologías, más ó menos fundada alguna de ella (3), no sin manifiesta violencia podría ser el supuesto aceptado como verosímil á nuestro juicio, — parécenos, no obstante, más natural y llano, conocida la situación de los dos barrios que formaron la villa, y la diferente advocación de los dos templos, de importancia y categoría bien distintas por cierto, en cada uno de ellos un día existente, — que mientras en los primeros tiempos asumió toda la representación de ambas hermanas y rivales pueblas la villa de Sane ti Emetherii^ según patentizan documentos de los días de Alfonso VI (4), en el siglo siguiente fueron sin distinción manifiesta designados por Saneii
(1) D. Angel de los Ríos y Ríos, art, de introducción, ya citado, del álbum De Cantabria.
(2) Flórez, España Sagrada^ tomo XXVII, pág. 24; Fernández-Guerra, Cantabria (Boletín de la Sociedad geográf. de Madrid, t. IV, pág. 11=;).
(3) Mientras Argaiz y Sota, dando fe á los falsos cronicones, crean en España un San Trudon., de quien afirma el primero se dijo San Truder y después Santander^—q\ señor don Joaquín Costa escribe, aunque por incidente: «Sanctum anderon, ó auderu.... Andero ó Anderu vale tanto como el gael dardch, bretón derven...\ todavía se dice hoy á la bellota landra en Galicia.» «La encina era el árbol por excelencia, en sánscrito dru es árbol, bosque...» «Entiendo que de aquí han tomado nombre infinidad de lugares de nuestra Península...» «Santander (Sancti Emetherii, según SQ asegura))) f Poesía popular en España y mitología y literatura celío-hispana, pág. 2 so, nota).
(4) Consta con efecto en privilegio otorgado por Alfonso VI á 24 de Abril de 1089 (era MCXXVII), en el cual era «Abbas Sancti Emetherii ac Celedona» Alfonso Ferrández ; véase el apéndice número i que D. Amós de Escalante publica al fin de sus Costas y Montañas, pág. 655.
Anderii^ nombre de la ermita en la puebla ó barrio bajo, y Sancti Emetherii^ título de la Abadía (i), para apellidarse al fin de la XIII. ^ centuria únicamente Sancti Anderii, apelativo que hubo de conservar en adelante la población, y que acredita la forma en la cual y poco á poco, la puebla ó barrio bajo, fué como más importante, absorbiendo la puebla ó barrio alto, que había servido y sirvió de base á la población entera en otros días.
Ora sin embargo sea de un modo, ora sea de otro, — es lo cierto que, borrado todo espíritu de rivalidad, bien que no en absoluto por lo que hace á los cabildos de mareantes, y fundidos en un solo sentimiento los habitantes de ambos barrios, éstos quedan todavía perfectamente definidos y determinados, según advertimos, á despecho de las reformas y del creciente desarrollo de la ciudad cantábrica. Robado al mar el terreno en que la Plaza de la Pescadería se explaya hoy con sus cuadros de árboles y su «airoso pabellón de cristal y de hierro», — donde ejercitan las pescadoras sedentarias su comercio, — como en el siglo xvi une un puente la puebla vieja con la nueva, facilitando el paso para la Catedral á los vecinos de esta última. Han desaparecido ya los sólidos aspillerados murallones y los almenados cubos de la fortaleza, que bajaba por el monte para tocar en las aguas de la bahía y defender por Maliaño la puebla vieja; y la fuerza explosiva de los barrenos, obedientes á la voz de la industria, han quebrantado las entrañas de aquel
(i) Como testigo de cierta confirmación de exención de servidumbre al monasterio de San Jorge (Santiurde) en territorio de Toranzo, hecha por Alfonso vil á favor del obispo Simón III de Burgos en i 1 30, aparece Román, quien se 'xvíXXXxíXq. fiAt has Sancti Anderih^^ mientras Alfonso VIII en q\ Fuero de Santander^ otorgado en i 187, da en conjunto á la villa nombre de Sancti Emetherii, preceptuando á sus moradores, que «nullum habeatis dominum in villa, nisi tantum abbatem Sancti Emetherii, vel quem vice sui vobis dederit in dominum cum in villa nonfuerit.» De aquí en adelante los abades no recibieron más apellido que el de «abbas Sancti Anderii» {Apéndice núm. i de Costas y Montañas^ Abades de la Iglesia de Santander), y en tiempo de don Alfonso X su hermano don Sancho se llamó en castellano /l¿7a£¿ de Santander, mientras firmaba en latín A hbas Sancti Emetherii.
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cerro, abriendo en ellas camino para el vapor, que sorprende por eso de espaldas el viejo caserío, tan ajeno con verdad de la traición que se le preparaba.
Regular y ancha explanada, que limitan á la una parte almacenes, talleres y escolleras, y nuevas construcciones á la otra, que se apoyan en la roca viva del que fué Paredón en el levantado cerro, formando calles rectas, y al cual da acceso la denominada hoy Rampa de Sotileza, — han reemplazado á aquel militar popugnáculo; y mientras cortado casi á pico, el cerro marca la dirección y entrada de la ciudad, deteniéndose frontero de las aguas, en el famoso Muelle de las Naos, campo de antiguas glorias del raquero^ para volver luego por la Plaza de la Pescadería^ ya mencionada, donde por sus escarpas trepa amontonado el caserío, — ha desaparecido también el muelle viejo, que avanzaba sobre las ondas ligeramente encorvado, como la torre circular que señalaba de aquel lado el límite del barrio alto, para dar lugar y espacio al nuevo muelle. Ya no, delante de la vetusta fábrica de la antigua Abadía, y poniéndola en comunicación con el derruido y reedificado puente, se muestra el abierto foso, ni rechinan las cadenas de la pesada puente levadiza: franco está el paso, y nada hay, si no es su posición, su distribución, su aspecto, sus vecinos, y su veneranda Iglesia Catedral, que distinga en nuestros días la puebla vieja de la puebla nueva, el barrio alto del bajo, el abadengo de San Emeterio del realengo de San Andrés, su enconado contrincante.
Inmediatos uno y otro, — tendíase á la orilla del mar este último, formando redondo seno en el paraje en que hoy, con movimiento igual, gira la Plaza denominada del Progreso ó del Príncipe; y mientras saliendo al barranco, ó boquerón, «cuyas márgenes servían de astillero y atarazanas», y que es \ioy Plaza de Velarde^ se desarrollaba de S. á N. almenada muralla, que iba luego á perderse á Septentrión en los relieves del terreno, — dilatábase fuera del recinto amurallado y en dirección al Poniente el caserío, para dar probablemente en el muelle donde estuvo el
Puerto Chico, y que avanzaba, entonces dentro del agua, hasta el nivel del muelle de Calderón, que tanto hermosea en la actualidad la población santanderina. No menos de siete era el número de las entradas de la villa en aquella centuria, denominándose respectivamente Puerta del Arcillero, de Santa Clara, de Sierra^ de San Francisco, de Atarazanas^ de San Pedro y de San Nicolás; y bien que respecto de la situación de la postrera pudieran caber dudas, — atendiendo «á que \2i Rúa mayor, importante en aquel tiempo, había de tener forzosa comunicación con la campiña..., á que enfrente de ella y por las alturas de las actuales calzadas altas hacia donde hoy están Santa Cruz y el hospital, el antiguo panorama de la villa ofrece una iglesia con advocación de San Nicolás», puede sin violencia colegirse con efecto, «que la Puerta de San Nicolás [se hallaba] situada hacia lo alto del paredón de hoy», dando entrada á X-d. Rúa mayor ^^ox aquella parte (i), en tanto que, conservado el nombre de las seis restantes en el «de las calles á que abrían salida», no hay grave dificultad en señalar su emplazamiento (2).
(1) Escalante, Coscas 3/ Mowíawas, pág. 254.
(2) Jorge Brawn, Civitates orbis terrarum, lib. II. Describiendo con efecto la ciudad y su puerto, decía de ella en el siglo xvi: «De radice montis leuiter assurgentis in mare prominet, cuius alluvio á dextera, qua arce praetergresa , vltra vrbem procul sese extendit, vulgo vocant la ría canal: a sinistra máxime ex parte totam vrbem attingit, ac canali quodam per ipsos muros vrbis interiora petit, qui vulgo la Tibiera dicitur, ipsumque canalis ostium vernaculé quoque, el bucearán apellant. Ab ac parte, aggere quodam humana arte, operaque, veluti brachio in fluctus extenso, quem sua lingua muello vieio vocant, singularem vrbi portum feciére, in cuius aggeris extrema ora, geranium extruxére, ad nauium exonerandarum vel onerandarum commoditatem, quod vernaculé la grúa vocitant. Totus sinus ille, quasi vnicus portus videri potest. Nam per angustias quasdam, veluti per ostium, mare hunc irrumpit atque intus se latius diffundit, vndique alias natura conclusum. A fronte vrbis, alia moles fluctibus obiecta est, inflexa paululum, vt portus commodidate magis seruiret, qua et áfurore aestuantis oceani, si quando contigat, tueri se solet, et nauibus etiam aut exponendi aliquid, aut recipiendi commodissimum locum praebere. In medio huius sinus ostis, scopulum quidam extat, quem la penna de mogro, appellant. Is, ob auium multitudinem, istic nidificantium, incolis saepenumero aucupij, occasionem recreationis ergó praebet. Ferunt, hanc vrbem tantae antiquitatis fama caeteras eius regionis vrbis antecellere, vt incolae eam á Noa conditam esse, dictitare, et gloriari soleant. Forma oblonga est, intus plana, et muro vndique cincta, ab ea parte, qua terram respicit, ob fos-
Antes, mucho antes de que la villa de Santander alcanzase el desarrollo con que en el siglo del egregio emperador aparece, — famosa era ya, como puerto castellano (i), en unión de Castro, Laredo y San Vicente de la Barquera, que hermanadas y juntas constituían las llamadas Cuatro villas de la Costa. En ella, como en las otras, y principalmente en la última, no sólo había cobrado la navegación grande importancia, sino que eran construidas las naves castellanas que al mando del almirante Bonifáz, debían ejecutoriar en el Guadalquivir la fama, el valor y la destreza de los marinos y de los constructores cántabros, contribuyendo poderosamente con su esfuerzo á la conquista de la antigua y esplendorosa corte de los Abbaditas. Ocasión era aquella en la cual, el mismo espíritu aventurero y guerreador que en siglos anteriores había movido á los naturales de la Montaña á distinguirse en los ejércitos de Hanníbal y de Sertorio, les incitaba á abandonar el suelo nativo, y ora al frente de sus vasallos los señores y ricos-homes y caballeros, ora los marinos en sus naos, tomaban, como quedó oportunamente indicado, participación directa, con gloria de Castilla, en las militares empresas que caracterizan los reinados de Alfonso VI y de sus sucesores, hasta el del hijo de la insigne doña Berenguela, á quien la providencia tenía reservado el lauro inmarcesible de rescatar de la servi-
sae profundidatem, aqua tamen vacuae, accessu difficilis.» Ponderando las fuentes que había fuera y dentro de la ciudad, cita la de Santa Clara y Urbano, la de Becedo, la de la Bóveda^ cerca de San Francisco, la del rio de la Pila, la de Molinedo en el barrio marino «quem vulgo la calla de la mar vocitant», añadiendo respecto de él: «Is vicus suburbium est, ita vrbi adiunctum,vt vrbis nomine comprehendatur, tametsi murorum ambitu exclusus sit. Heic seorsum, fere habitant, qui piscatui operam nauant.» Por lo que hace á las puertas de la villa, expresa: «Portae ei septem numerantur, videlicet, S. Nicolai, S. Petri, T>e las Attalassanas , S. Francisci, De la Sierra, S. Clarae, et del Arzillezo...» «A sinistra, — añade más adelante, — vbidixi, aquam in ipsam vrbem sese infundere, aedificia sunt, in ipso aquaeductu; patentibus atque elatis arcubus exstructa, veluti armamentarium quoddam nanale, vulgus, attalessanas vernaculé nominant. Heic ñaues, naualisque omnis apparatus, fieri consueuit.»
(i) Véase cuanto dejamos indicado ya en el cap. VIL — Brawn decía: «Hac feré exportatur, quantumcunque Castellae regnum, lanae foras mittit.»
dumbre muslímica las hermosas regiones meridionales de España, que riega y fecundiza el Betis.
De todos tiempos, había Sevilla sido población de grande importancia, y puerto seguro el suyo á que acudían las naves de las diversas naciones que ó señorearon la Península, ó lo pretendieron en ocasiones diversas; y bien que venido á postración dolorosa el pueblo islamita, desde que con la muerte del piadoso Al-Hakém II, el Califato cordobés era llegado á sus postrimerías, á despecho del grande Al-Manzor, — todavía, y en especial durante el siglo xi.°, en que los ambiciosos Abbaditas elevaron á grande altura la que un día fué togada lulia Romulea, la marina mahometana, señora de gran parte del litoral mediterráneo, como del gaditano estrecho y de las costas que al SO. de Iberia baña amenazador el Océano, — era con verdad respetable, mucho más aún, desde que almorávides y almohades, unos en pos de otros, habían logrado incorporar á sus dominios de Africa el antiguo gualiato de Al-Andálus.
En cambio, sólo allá en las regiones extremas del Norte contaba Castilla con playas propias, en lo que fué \\2Lm3.áo Asturias de Santa Illana^ de Sant Anderio y de Santa María de Portu, prescindiendo de las costas alavesas. Nación mediterránea, — la misión de Castilla, en aquella azarosa edad tan llena de glorias y de miserias, circunscripta estaba al rescate del territorio nacional que aun delante de ella, hacia el Mediodía, y pasadas las llanuras de la Mancha y las gargantas del Muradal, gemía en poder de los enemigos de la patria. No contaba pues Castilla por sí propia con armada para intentar siquiera el rescate de las regiones meridionales; y acudiendo Fernando III á los astilleros de Cantabria, y revistiendo por vez primera con el cargo de Almirante en sus dominios á Ramón Bonifáz, aprestaba éste en breve tiempo en los puertos de Sant Ander, de Laredo, Castro y San Vicente de la Barquera, así como en los de Asturias y en los de Guetaria y Pasajes, tres naves de alto bordo, construidas en Sant Ander, varias galeras y otras embarcaciones menores, con
las cuales hacía rumbo á Sevilla, y remontando el Guadalquivir á despecho de todo, y venciendo la resistencia de los bajeles enemigos, se estacionaba en las revueltas del que los musulmanes llamaron por antonomasia río grande^ batiendo desde allí la población y su populoso barrio de Triana.
Memoria guardan imperecedera las historias de las grandes proezas allí realizadas por el Almirante y sus marinos cántabros, y no habremos, lector, de fatigar tu atención con el relato de aquel hecho glorioso, al cual es deudora Santander del nobilísimo blasón que desde entonces con sus hermanas ostenta, y de que tan orgullosos con justicia se sienten sus hijos: baste sólo con recordar que, merced al brío con que la nao del Almirante, ayudada del viento, rompía al fin la poderosa cadena, defensa del puente de barcas por donde de Triana recibían auxilio constante los muslimes de Sevilla, — la ciudad, impotente ya para resistir las acometidas con que de todos lados reiteradamente la asediaba el santo hijo de doña Berenguela, se entregaba por fin al monarca de Castilla el 3 de Mayo de 1248. Hasta entonces, los sellos del Cabildo de la villa y del Abad, su señor, ofrecían sólo, el primero, «dos figuras de cabegas y una figura de mano por de suso que les santiguaba, et en derredor de todo dicia: 'fb úigillum) . tapituli • %mí\ ■ anírm,» en tanto que en el otro, de planta elipsoidal, y á la usanza del tiempo, se mostraba con ligeras variantes «un tabnaclo., et de iuso del tabnaclo. estavan dos cabegas figuradas, y so las cávelas una figura de ome qe tenía los inoyos fincados é las manos iuntadas como que faz oración, é tenia por delant vna figura de rossa; y el tabnaclo. tenia de la vna parte una figura de castiello y de la otra parte una figura de león, i en derredor del sello dizia: S %{igilluní) •
(i) Escalante, Costas y Montañas, pág. 2 1 8. nota, citando el «Diploma núm. 7 del libro de Escrituras.— Constituciones hechas por el maestre Jofre de Loaysa, abad de Santander, en la era de 1323 (A. C. 1285)»,
Insigne testimonio así «de la tradición inmemorial que acreditaba» á la iglesia de Santander «la posesión de los cráneos de sus patronos los santos hermanos mártires Celedonio y Emeterio», como de la solemne ocasión en la cual las naos de la villa se coronaban de gloria en las aguas del caudaloso Betis, — el blasón de aquella quedó para en adelante formado, «conforme al uso y prescripciones heráldicas», por las « dos figuras de cabezas» puestas en jefe ^ y coronando una nave á toda vela y en campo azul, la cual finge embestir recia cadena tendida sobre el agua entre dos torres, que representan la famosa del Oro^ erigida por el almohade Abú-l-Ola sobre la margen izquierda del Guadalquivir, y el castillo de Triana, colocado á la otra banda del que llamaba Góngora «olivífero» río. Algunos escritores afirman que no satisfecho San Fernando con haber dado á Santander semejantes y nobilísimas armas, honra de que, cual quedó insinuado, hizo partícipes á las demás villas de la costa, — mandó además que Sevilla le pagase « algunos maravedises en reconocimiento de ser feudataria» suya (i), y que colocado «en la parte superior del altar mayor de la iglesia parroquial de esta villa» de Santander, «siguiendo la piadosa costumbre de la época», conservaba «como recuerdo venerando de aquella insigne proeza, un trozo de la tosca y gruesa cadena que cerraba en el Guadalquivir el paso de las naves (2). »
Heroica empresa aquella que «acaso un vate montañés, que cantaba y combatía como el poeta del Cid, — escribe al propósito el actual cronista de la provincia, — ... celebró... en un romance mono-rimo, semejante al que tenía Vivar... ; romance... ya enteramente perdido, á no ser en su principio», el cual «se conservó por dos testigos mayores de excepción: el vascongado
(1) Así lo asegura nuestro antiguo compañero don Manuel de Assas, á quien sus paisanos los montañeses califican de «crítico y arqueólogo preclaro, ilustre cronista de la provincia».
(2) COLL Y PuiG, Guia consultor é indicador de Santander y su i>rovincia (iSgi), página 15.
Lope Martínez de Isasti, en su compendio historial de Guipúzcoa, y el célebre arcipreste de Hita, imitador, cuando no traductor desvergonzado, de lo peor de Ovidio, en su jocoso combate del Carnaval y la Cuaresma.» «Cita el primero, como romance compuesto á la conquista de Sevilla, el que empezaba:
» De Santander salieron — las langostas bermejas.
» Y parodió el arcipreste algo más, de lo que se cantaría íntegro entonces, diciendo :
» De Sant Ander vinieron — las bermejas langostas ; Traíafi muchas saetas — en sus aljabas postas ; Facían, d don Carnal (á los m.oxo'i)— pagar todas las costas; Las plasas, que eran anchas,— fasíansele (facíanles) angostas » (i).
Juzga, lector, si hubo de tener resonancia para la marítima villa y para la Montaña en general tan feliz suceso, cuando, — como dice el mismo escritor, «desde aquella conquista, y de los privilegios que en premio» fueron dados á Santander «en aquella ciudad [de Sevilla], semejantes al de San Vicente de la Barquera..., debe venir la costumbre de ir los montañeses á ejercer el comercio por menor en Sevilla y su antiguo Reino. » « Porque, no concediéndose á otros nacionales, ó extranjeros, por
(i) D. Angel de los Ríos y Ríos, De Cantabria^ art. de introd. cit. El insigne escritor, á quien cuenta « la Montaña entre sus famas » , y á quien «tienen en ella, y fuera por doctísimo [como lo es] , en toda especie de ciencias históricas, erudito geógrafo, diligente aclarador de puntos obscuros y de controversia de la Historia española», según la frase de don Enrique Menéndez y Pelayo, su biógrafo,— al hacer afirmación semejante, perdió de vista, á nuestro juicio, la imposibilidad de que el vate montañés, autor de tal romance á la conquista de Sevilla, hubiera personalmente tomado participación en aquel hecho memorable por el cual Castilla dilataba sus fronteras hasta el Estrecho. Ni las formas métricas con que al mediar de la XIIP centuria se presenta la poesía castellana lo consienten, ni son tampoco sino fruto de la natural transformación que experimentan en el siguiente siglo XIV, no estimando por consiguiente de justicia la imputación que hace al celebrado Arcipreste de Hita, como plagiario en esta ocasión del poeta desconocido, de cuyo romance Isasti conservó el principio. Véase respecto de este punto, no exento de interés y de importancia, cuanto dejó consignado nuestro Sr. Padre en su Historia critica de la Literatura Española, t. IV.
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todo aquel siglo y los siguientes la exención de derechos de puertas sino con excepción de Toledo, Sevilla y Murcia, claro es que ninguno podía competir en estas ciudades con los exentos de tales gabelas, siempre tan aborrecidas del contribuyente como fructuosas á los manejantes.» «Y tal es la fuerza de la costumbre, y de antiguas relaciones que, aunque ya todos contribuyen igualmente, aún van muchos de esta tierra al Andalucía, y son llamados sevillanos, aunque vayan á Cádiz, San Fernando, Jerez ó San Lúcar» (i).
Acrecentado y no sin beneficio modificado en mucha parte por los privilegios y las mercedes obtenidos del santo debelador de Córdoba y Sevilla, y por aquellos otros que á Santander más tarde concedieron los sucesores del glorioso hijo de dofiaBerenguela, — desde el finar de la XIP centuria gozábala población del famoso fuero otorgado en Burgos por Alfonso VIII el quinto día de los idus de Julio en la era de 1225 (A. C. de 1187). Era aquel el momento en el cual, engrandecida y repoblada la antigua villa de San Emeterio, nacida en torno de su renombrada Abadía, con la que hubo desde entonces de ser denominada puebla nueva^ origen del Santander moderno, — para dar sin duda término á las diferencias que apartaban los pobladores viejos de los que se establecían á la parte N. más inmediata al mar, instituía el príncipe que había de quebrantar en las Navas el poderío africano, un solo y único Concejo, bajo la advocación de aquel alférez romano mártir del Cristianismo, cuyas sagradas reliquias, en unión de las de su hermano Celedonio, eran en la Abadía veneradas ; y concediéndole por juro de heredad, in perpetuum, la villa entera, con su caserío, sus entradas y salidas así por mar como por tierra para él y para los que le sucediesen, — declaraba por solemne modo en primer término, que otorgaba pro bono et laudabili semejante fuero, á fin de que todos los habitantes de la así unificada población, ya
(i) Ríos Y Ríos, art, cit. de De Cantabria, pág. 12.
fueran ó no nobles, ya de cualquiera otra dignidad, viviesen sub uno et eqícali iure^ teniendo por único señor al Abad de San Emeterio, ó á quien hiciera sus veces en ausencia suya.
Favoreciendo y protegiendo el crecimiento de la villa, — preceptuaba con aquella candorosa confusión propia de este linaje de documentos, los medios por los cuales podía ser la propiedad adquirida; la inviolabilidad del domicilio; la libertad de comercio dentro de la villa exclusivamente para los vecinos de ella ; la forma en que debían éstos contribuir como vasallos al sostenimiento de su señor el Abad ; y, en resumen y compendio, todo cuanto en el orden civil, el económico, el penal, el político, el militar y el administrativo, debía y podía llevar á aquella población nuevos habitantes, regular su vida, defender sus derechos y sus bienes, fomentar su riqueza y contribuir á su engrandecimiento, declarando terminantemente que « homines villae no7t eant in expeditione^ nisi pro Rege obseso », con lo cual parecía prevenir para lo futuro las contingencias del pasado sin duda, en que, como en lo sucesivo, se hallaron divididos en banderías los vecinos de la una y de la otra puebla, ambas rivales, á pesar de todo y por largos tiempos (i).
La unidad de condición y de derecho, la mutua convivencia y . la común vecindad, no fueron sin embargo poderosas para evitar los males, á que hacía por acaso embozada alusión el octavo Alfonso, como no hubieron de serlo tampoco los comunes triunfos que en las expediciones marítimas cosechaban durante los reinados de Fernando III, de Alfonso X, de Sancho IV y de Alfonso XI, en que las naves de Cantabria, juntamente con las demás de Castilla, eran una y otra vez vencedoras de las escuadras muslimes, favoreciendo los intereses generales de la patria, y las empresas militares de aquellos egregios príncipes nombrados. Dividida en bandos la Montaña, de ella, como de toda Castilla durante
(i) Nos abstenemos en este paraje de mayores indicaciones respecto del Fuero de Santander, pues va inserto íntegro en los Apéndices.
los tiempos medios, había tomado por dolorosa desventura posesión la discordia, encarnada en aquellos proceres y ricos-homes que tuvieron en constante asonada y bullicio la tierra, haciendo víctimas suyas los pueblos desamparados, y retardando así el feliz momento del total rescate de la patria : cuadro tristísimo, que granjeó para los españoles en el concepto de los historiadores extranjeros juicio nada lisonjero ni exacto, y en el cual aparecían con frecuencia como figuras principales, aquellos mismos que, nacidos en las gradas del trono, debían por naturaleza y conveniencia propia atender al robustecimiento del prestigio y de la autoridad reales.
Odiosas memorias las de tales tiempos, en que á los escándalos que acibaran y ennegrecen el reinado glorioso del insigne autor de Las Cantigas^ sucedían los de las minoridades de su nieto Fernando IV y de Alfonso XI, época esta última en la cual el señorío de Santander había pasado por merced del príncipe á quien todavía y con error sigue apellidándose el Emplazado, al dominio del infante don Pedro, como sucedían en pos los de la execranda lucha trabada contra Pedro I de Castilla por la ambición de su hermano Enrique de Trastamara, cuyo partido tomaban los nobles de la Montaña, con aplauso aun de sus naturales (i), lo cual no impedía con verdad, y para honra de la antigua Cantabria, que el «espíritu guerrero y atrevido» de sus hijos disputase «á Inglaterra, según confesión de su rey Eduardo III, el imperio del mar», de que hasta entonces había disfrutado. Tuvieron origen y nacimiento las banderías montañesas que, como las de los Quiñones y Bernaldos de Quirós en
(i) Refiriéndose don Angel de los Ríos y Ríos á la ilustre familia de Garci Laso de la Vega, «amigo y testamentario del Infante don Pedro», la cual, «desde entonces hasta nuestros días fué la primera en la Montaña, unas veces con razón y otras á tuerto »,— estima que lo fué «con justicia, cuando su nieto, Garci Laso el Joven, murió el primero en la batalla de Nájera, afrontando el primer ejército extranjero que quiso ser árbitro en nuestras discordias y gozar, como botín, á Castro-Urdiales y Vizcaya, como hoy goza á Gibraltar y pretende gozar el África portuguesa» (De Cantabria, pág. 12).
Asturias, como las de Narros y Cadeles en Cataluña y las de Oñacinos y Gamboinos en Guipúzcoa ensangrentaron también los dominios jurisdiccionales de la actual provincia de Santander,— allá en tiempos desconocidos y no señalados, en la «mansa y silenciosa» villa de Ampuero, disputándose Giles y Negretes el predominio y mando en las poblaciones de la Montaña, con mortal encarnizamiento y terribles iras nunca satisfechas ni hartas.
Rivales implacables ambas poderosas familias «por el número y energía de sus parientes», — convierten «la historia de la comarca en una serie de violencias sin cuento, celadas, asaltos, desafíos y batallas campales en que lo más florido y brioso de su juventud perece». No lleves á mal, lector, que, en este punto, reproduzcamos íntegras las palabras de uno de los más preclaros y elegantes escritores contemporáneos del país que pretendemos darte á conocer ligeramente, pues ellas pintan de tal suerte la situación general del mismo, que en balde trataríamos nosotros de intentarlo siquiera. «Los linajes — escribe — se arman haciendo leva de vasallos, se arriman á un bando ó se apartan de él á impulso de la ciega pasión de un momento; hoy acompañan á los Giles, mañana riñen contra ellos en la hueste de los Negretes; sin previa declaración de guerra se encuentran en un camino dos cabalgadas de bandera contraria, y traban pelea para satisfacción insana de su odio, por hambre de reñir, y riñen hasta retirarse cansados «furtos de pelea-» ^ que dice Lope García [de Salazar], sin haber vencedores ni vencidos».
«Y en esta pavorosa guerra de vecino á vecino — continúa — despliegan asombrosas cualidades de astucia y de valor». «El ofensor de un hidalgo no tiene en semejantes tiempos lugar seguro; la ira no se cansa de espiar, aguarda la ocasión, y usa de ella sin duelo y con presteza; el hogar es á veces campo de batalla, el tálamo patíbulo de afrentosas mutilaciones; el ofendido, acompañado ó solo, según cuadra mejor á la seguridad de su venganza, acecha en todas partes, en el camino de una
romería, en las puertas de un monasterio, al pasar del vado, en la espesura del monte, á sombra de una tapia, en las tinieblas, al medio día, al yantar, al dormir, al armarse, al cabalgar, al pararse arredrado por un rumor extraño, al arremeter para salvar la trocha ó el desfiladero».
Todo, hasta «la tierra les ayuda: sombría, quebrada, rica en hoces y angosturas propicias á la emboscada, rica en saltos de agua cuyo estruendo ahoga y sume el grito de la víctima, en remansos profundos que guardan irrevocablemente su cadáver, en alturas donde apostar un centinela, en troncos donde poner una señal, en grutas donde esconder un aviso». «Y si antes de la ocasión, la suerte pone al alcance de su brazo un deudo, padre, hijo ó hermano de su enemigo, no vacila en herir». «Y según le cuadra mejor usa de sus armas, de la lanza con que pelea á caballo, de la espada que esgrime á pie, del puñal con que se autoriza en estrados y ceremonias, del cañivete con que desuella el gamo en el monte, y parte el pernil del jabalí sobre su mesa». «De esta manera se perpetúa y eterniza la deuda de sangre entre las familias; el duelo constante entre razas que las cercena y extermina á veces; duelo no exento de cierta altiva generosidad, porque en él se disputa la vida, la vida sola, no los bienes, no el caudal, no la autoridad ni el puesto».
Amedrentadas y temerosas siempre, «mal sueño dormirían las damas montañesas; mal reposo tendrían cuando ausente del solar su esposo ó hijo, padre ó hermano, no podían fiar la seguridad de su regreso, ni en el valor personal, ni en la compañía armada, ni aun en la circunstancia rara de permanecer extraño á discordias y bandos; porque ¿quién estaba exento de asechanza y golpe, por pariente, ó amigo, ó allegado de cualquiera de los metidos en aquel permanente batallar?...» «El claro de luna que puestas en el alféizar de su ventana les sonreía, tal vez alumbraba el tiro certero de una ballesta asestada al pecho del caballero; el silencio aromoso de la noche tal vez ayudaba á seguirle los pasos hasta el paraje seguro y cómodo para el ho-
micidio; el rumor que el viento levantaba en las hojas espesas de los castaños, tal vez encubría un grito lejano, que oído de la casa-fuerte le hubiera llevado oportuno y salvador auxilio».
Sin duda, habíalas «entre ellas de varonil corazón, templado al calor de los duros tiempos en que nacieron; pero en su mayor número vivían con la zozobra en el pecho, el llanto en los ojos y el nombre de Dios en los labios; de otra suerte hubiéranse desnaturalizado y no fuera humana descendencia la perpetuada por hembras á quienes el rigor y destemplanza de las costumbres hubiesen robado las augustas calidades de la maternidad humana, piedad, compasión y ternura» (i).
Giles eran de igual suerte en la antigua villa de San Emeterio, los vecinos de la pttebla vieja y de la pttebla mieva ; pero tenía también dentro de sí ésta por su parte á la sazón, en aquellas postrimerías de la XIV. ^ centuria y en toda la siguiente, «inagotable origen de división y guerra en la rivalidad y ambiciones de linajes opuestos, codiciosos de gobernarlas y dominar á sus contrarios.» «Hijos de un mismo apellido se disputaban perpetuamente la preeminencia y posesión de los cargos concejiles, y para rendir en su pro el oscilante fiel de las elecciones populares, empleaban tanto la violencia de las armas como en tiempos más cultos los sutiles enredos de la astucia.» Bien porque tuviese mayor fuerza, bien porque fuera en los dos barrios superior su prestigio, — gozaba en la villa de toda autoridad y preeminencia la familia de Gutiérrez de Escalante, en la cual «avía seido é era» «todo el mando», «fasta que Gonzalo Gutiérrez de la Calleja», que había gobernado como patrón ó capitán una de las galeras santanderinas, acaudilladas por el célebre Pedro Niño, y que era además «criado é pariente de J.^ Gutiérrez de Escalante», jefe entonces de la familia de aquel apellido, «se algó con la Rúa Mayor, é con la ayuda de los Gi-
(i) Escalante, Costas y Montañas, págs. i 16 á 119.
SANIANDER
les, fizo guerra á los Giles fijos de Juan Gutiérrez de Escalante, después de él muerto.»
Herederos de la representación de su padre y de su familia, no hubieron de consentir por modo alguno los parientes de Juan Gutiérrez la usurpación de su deudo; y levantando en armas los vecinos de la puebla nueva, dirigíanse llenos de bélico ardimiento á la puente que, cruzando sobre el barranco por el cual se dividían las pueblas, daba por aquella parte comunicación á entrambas; allí les esperaba seguido de los suyos Gutiérrez de la Calleja, «é peleando un día con los fijos y sobrinos de Ruy Gutiérrez de Escalante á la puente, feriéronse muchos de los de Escalante, porque entraron en su barrio, é morió J.° de Escalante, fijo de Juan Gutiérrez el ciego (el viejo?) de una saetada que le dieron por el pié de pasmo, é esta fijé la primera sangre vertida entre ellos» (i), y como la señal de terrible lucha y de mayores daños, á consecuencia de los cuales, viéronse más de una vez las calles de la villa manchadas por la sangre de sus vecinos, vertida en mal hora, y no para honra ni defensa de la patria, como en otras ocasiones había acontecido.
A los golpes reiterados de aquella ensoberbecida nobleza, insaciable en sus ambiciones como pertinaz en sus turbulencias y en sus discordias, — llegada era ya en la mitad segunda de la XV.^ centuria la realeza á postración tan vergonzosa y á poquedad tan grande en los días del infortunado Enrique IV, como para que en ellos presentase Castilla el dolorosísimo espectáculo que no sin amargura y repugnancia recuerdan de consuno los escritores montañeses, al consignar la triste situación del reino. Ricos-homes y prelados, próceres y dignidades, levantados en armas contra su natural señor, el monarca heredero de don
(i) LÓPE García de S alazar, Libro de las buenas andangas é fortunas^ libro XXI ; al hacer tal cita el discreto autor de Costas y Montañas, recuerda á este propósito el peligro que hubo en aquel mismo paraje de correr su Sr. Padre, sin duda, á quien Dios «guardó para ejemplo y amparo de sus hijos, y para darle ocasión de perdonar agravios y pagar ingratitudes con favores.»
Juan II, — traían de tal suerte alborotada la tierra y habían de tal manera amenguado el prestigio de la corona, ya harto empequeñecido con verdad desde el siglo precedente, que sin respeto alguno, después de alzar la bandera de rebelión que ponían en manos del infante don Alonso, arrancaban al débil príncipe «villas, ciudades y castillos, unos, peleando contra su derecho», y siguiendo la voz del referido infante; «otros, pagándose á ley de generosos del servicio que prestaban, amparando su combatida causa», y solicitando mercedes y donaciones por las cuales resultaba aún más quebrantada la corona.
Mención especial obtiene entre estos últimos por cierto, el segundo marqués de Santillana, don Diego Hurtado de Mendoza, señor ya poderoso en la Montaña, á quien el rey, — para pago sin duda de los servicios que le tenía prestados en aquella lucha á que le incitaba la turbulenta nobleza, — por cédula otorgada en Segovia á 25 de Enero de 1466, hacía donación de la villa de Santander, ordenando al Concejo de la misma que reconociese al encumbrado prócer como señor y dueño de la citada villa, su castillo, su fortaleza y sus vasallos, sus tierras y sus testimonios, jurisdicción, rentas, pechos y derechos. Bien que no consta la ocasión en la cual, acaso antes de los días de Fernando IV, la antigua población á cuyos vecinos Alfonso VIII prescribía no tuviesen por señor sino al Abad de San Emeterio, salía del dominio de éste para pasar al de la corona, quien hizo cual queda insinuado, merced de ella al infante don Pedro, — es lo cierto que Santander rehusaba entregarse al hijo del inmortal autor de la Comedieta de Ponga^ y dar cumplimiento á la orden del monarca, con cuyo motivo, y enojado por la resistencia de los santanderinos, el marqués, congregando sus vasallos y gentes de sus estados montañeses, daba al señor de Escalante don Ladrón de Guevara la conducta de aquel ejército que debía auxiliar al merino de Santillana Juan de Gauna, y al corregidor García López de Burgos, quienes llevaban encargo de tomar
jurídica posesión de la villa en nombre de don Diego.
El rumor de tales preparativos llegaba á Santander, sublevando los ánimos de los habitantes de ambas pueblas, quienes, dadas al olvido antiguas diferencias, uníanse esta vez en defensa de la villa, á la sazón amurallada y fuerte. Decididos á todo, mientras eran convocadas las milicias concejiles, armábanse ellos á toda prisa; y cuando la mesnada del de Santillana aparecía por el lado occidental de la villa, cuando desoídas las intimaciones de Juan de Gauna y de García López de Burgos, el señor de Escalante se vió en la forzosa necesidad de intervenir en el asunto con sus batallas, — ya tenían los santanderinos prevenida la resistencia, avisados quizás sus hermanos de Laredo y de Castro, y aun solicitado auxilio de los vizcaínos.
No tardó en encenderse la pelea; y hubiera sin duda alguna sido inútil todo empeño por parte de las gentes del de Mendoza, si para desgracia y mayor gloria de los habitantes de Santander,— «tres hidalgos de buena sangre, Fernando Fernández de Alvarado, Juan Gutiérrez de Alvear, y Gonzalo de Solorzano», que figuraban entre los defensores de la puebla vieja ó alta, y tenían en el gobierno de ella gran prestigio, no hubieran franqueado á traición la entrada por la Puerta de San Nicolás á las tropas del señor de Escalante, quienes se hacían por este medio con la Rúa mayor, la Colegial y el Castillo sin resistencia ni combate; pero fué en balde todo, pues recogiéndose los leales á la puebla nueva, no sólo sostuvieron encarnizados encuentros con los invasores, con la tenacidad del que pelea por su independencia y su derecho, sino que haciendo perder toda esperanza á los del marquesado, obligábanles por último á solicitar treguas, que se dilataron por espacio de sesenta días, durante los cuales en vano «día y noche, desde los altos muros y troneras que ocupaban», espiaron inquietos señal aquellos «que les avisara del suspirado socorro», pues, como dice el autor de Costas y Montañas, «sólo tuvieron ojos para ver entrar por la ancha bahía las gruesas fustas que traían soldados á la villa, y oídos para oir el vocerío con que eran recibidos vizcaínos y trasmeranos. »
Justa recompensa fué del tesón y de la entereza de los santanderinos en aquella ocasión memorable, el triunfo, tan legítimo como completo, que alcanzaban al fin sobre las tropas de don Diego Hurtado de Mendoza, las cuales, transcurrido el plazo de la tregua, se vieron forzadas á abandonar las posiciones que habían por la traición logrado, mientras el rey, noticioso de lo acaecido, revocando en Madrid á 8 de Mayo de 1467 la donación que de la villa tenía hecha á favor del de Santillana, daba á ésta en cambio los títulos de muy noble y leal con que se enorgullece y ufana (i). Bien que las diferencias entre la villa y el prócer duraron hasta el año de 1472, «en que por escritura hecha en Guadalajara á 9 de Abril, concertaron canjear la merced original con el pago de costas», — terminado aquel sangriento y glorioso hecho de armas, en que habían peleado unidas las dos pueblas, todo parece indicar y persuadir de que tornaron estas de nuevo á sus antiguas rencillas y divisiones, cuando, con fecha de 30 de Enero de 1498, los Reyes Católicos, que habían sabido enfrenar la turbulencia y las ambiciones de la nobleza, robusteciendo el principio de la autoridad monárquica, — dirigían al Corregidor de la villa muy interesante Caria^ para evitar los «escándalos é inconvenientes» que «en cada vn año avia», «á causa del proveer de los oficios de la dicha villa», la cual, «no estaba bien rexida ni gobernada, porque los oficios de ella se ponían por favor en personas no tan hábiles ni suficientes como convenia», dando origen á «debates é deferencias é quistiones... entre los becinos de la puebla nueva» y de la vieja, «sobre á quien pertenesgia la elección é nombramiento de los alcaldes é rexidores é procurador general é fieles de la dicha villa» .
En ella, á principios del año anterior, habíase celebrado con
(i) Este notable episodio de la historia de Santander, ha dado motivo al escritor don Evaristo Rodríguez de Bedia para romántica leyenda, en la cual, con el título de Tradición Santanderina^ glosa la relación de D. Amos de Escalante (De Cantabria, págs. 70 á 78).
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grandes regocijos- el recibimiento de la princesa doña Margarita, destinada á compartir el tálamo y el trono con el infante don Juan, hijo malogrado de Isabel y de Fernando; en ella, también á mediados de Septiembre de 15 17, joven y animoso, había hecho, aunque breve, permanencia el emperador Carlos I cuando vino á España ; á ella, impelida la flota que la conducía por recios temporales, llegaba el 3 de Octubre de 1570 la reina doña Ana, sobrina y cuarta mujer de Felipe II ; y tomando sus naves y sus marinos brillante participación en las empresas marítimas de aquel monarca, vió surgir en su puerto grandiosa armada de trescientas velas el año 1574, la cual con el título de Armada del Océano^ iba la furia de las revueltas olas á estrellar en breve contra las costas de Inglaterra, pereciendo allí miserablemente, mientras el descubrimiento de América ponía «el nombre de Juan de la Cosa junto al de Colón y los Pinzones», y «Juan de Escalante, en Veracruz ; Pedro de Limpias, en Venezuela; otro Garci Laso, padre de Garci Laso el Inca, en el Perú», figuraban «en primera línea con los Pizarros, Cortés y otros de los primeros descubridores y conquistadores» (i).
Sólo entonces, cuando el comercio con América la hacía rica, cuando en aquella desventurada empresa «de la Armada Invencible, donde nadie fué vencedor sino el mar, Santander acogió las tristes reliquias, con el jefe duque de Medina Sidonia», — era reconocido el puerto de la villa como el mejor de toda la costa cantábrica; y mientras, fundado su famoso Astillero de Gitarnizo^ sostenían sus embarcaciones el honor de España durante los aciagos días de Felipe IV, en que era reconstruido el castillo, luchando en los procelosos mares con los navios franceses que mandaba el arzobispo de Burdeos,— crecía poco á poco la importancia de la villa, desarrollábase su riqueza, y se acrecentaba sü poderío, á despecho de las amenazas de los ingleses y de la guerra de sucesión que en-
( i) Ríos Y Kios, art. cit. de De Cantabria, pág. i 3.
sangrienta los comienzos de la XVIII. ^ centuria, y de cuantos contratiempos experimenta entonces.
Unidas ya para en adelante sus dos pueblas, — á los esfuerzos nobilísimos del P. Rábago, ilustre montañés de Tresabuela en el valle de Polaciones, veía convertida en Catedral su antigua Abadía de San Emeterio por Bula de Benedicto XIV que lleva la fecha de 1752, como veía engrandecido su Astillero^ merced al trasmerano Juan de Isla, y reconocidos al fin, por instancias del mismo P. Rábago sus generosos sacrificios y sus aspiraciones legítimas, con el título de ciudad que desde 1775 ostenta. A partir de esta ocasión, su grandeza ha ido en aumento, en medio del amor de sus hijos, ya con el establecimiento en ella del Constilado de mar y tierra en 29 de Septiembre de 1785, convertido en Junta y Tribunal de Comercio en 1829; ya con su conducta heroica, durante la guerra de la Independencia, en que erigía Santander á su Prelado en Regente soberano de Cantabria por Fernando Vil; ya también en las dos tristes ocasiones ofrecidas por nuestras civiles discordias, en que, al lado de la razón y del derecho, ha combatido por la ley y la justicia, manifestándose digna siempre de su alta representación y de su historia.
Séale siempre propicia, como hasta aquí, la fortuna; y hoy que la paz parece sonreir los destinos de la patria; hoy que el cultivo de sus artes , tranquilas y reposadas , ofrece largos días de prosperidad á nuestra desventurada España, y Santander les abre sus brazos, — haga el nombre de la que fué humilde puebla un tiempo, nacida al calor de la no menos humilde Abadía que conservaba las reliquias venerandas de San Emeterio y San Celedonio, tan grande en las edades venideras como lo es en las fenecidas, para honra de la Montaña y de sus preclaros hijos. Quizás en ellas el problema pavoroso que se dibuja en lontananza, halle fácil solución, ante el amor eminente de la patria : quizás sea sólo para ella nube pasajera que desvanezcan y disuelvan vientos prósperos y bonancibles; pero para contribuir á este fin, para realizar su total desenvolvimiento, hacia el
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cual camina actualmente, preciso se hace apartar de sobre su cabeza la hidra fatal del regionalismo^ que borrando por desventura el común apellido de los hijos de España, amaga separarlos acaso en no lejanos días, como lo estuvieron en aquellos remotísimos, en que indiferentes contemplaron los cántabros la ruina y destrucción de la inmortal Numancia.