Santander · Capítulo real 6 de 20
CAPÍTULO VIII
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 7 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPÍTULO VIII
Costumbres montañesas. — «La buena gloria». — El «indiano». — El «jándalo». — Las brujas. — La Robla. — Los marzantes. — Una boda de aldea entre ricos. — El Pasiego ; — Sus costumbres.
OMO aquel que, tras de largo y fatigoso y pesadísimo viaje
V>A á través de regiones accidentadas, revueltas y penosas de suyo, apetece rendido y codicia con ansia lugar acomodado, placentero y ameno donde encuentren el suspirado reposo el cuerpo y el espíritu, — por modo igual, lector, después de la excursión somera y rápida á que te hemos invitado por las lindes de la historia revuelta y accidentada de la Montaña, apetecerás fatigado cual nosotros, y codiciarás al par, que sea para ti sonada la hora de entregarte á reparador descanso. Y á fe, que si
tal es tu deseo, aunque traigas dentro de tu sér la memoria y la imagen, seductoras y risueñas ambas, de las floridas vegas andaluzas, con su vegetación exuberante y soberbia, sus pomposos bosques de naranjales y de limoneros, sus setos de piteras y de nopales, sus cortijadas, sus olivares, sus viñedos, sus erguidos pitacos y sus africanas palmeras ; aunque traigas delante de los ojos todavía el espectáculo deslumbrador de la hermosa huerta de Murcia, con sus acequias, sus barracas, sus azarbes, sus moreras, sus rosales, y cuanto la embellece y hace trasunto en realidad del paraíso ; aunque seduzcan tu imaginación el romántico recuerdo del bosque inmenso de palmeras en Elche, y el delicioso de las celebradas huertas de Alicante y de Valencia, no tan celebrada esta última, como es hermosa y productiva,— habrá de ofrecerte la Montaña á cientos los sitios placenteros y agradables, alegres y risueños, románticos y soñado- _ res, sublimes y nunca comparables, en los que, con deleite y júbilo de tu ánima, podrás de todo corazón entregarte sorprendido y regocijado al anhelado reposo por que suspiras.
No encontrarás aquí, es cierto, ni aquel cielo límpido, puro, transparente y poético que inspiró á Murillo y á Fernando de Herrera; ni aquel océano de luz en que se baña Andalucía, enardece la sangre de aquellos naturales, flaméa en su cerebro, y da realce singular y expresivo á cuanto miran, como predispone el ánimo á la hipérbole y el cuerpo á la molicie, y exalta la fantasía, mientras fecunda y vivifica el suelo, presta matices maravillosos y coloración viva y sin semejante á todo lo que ilumina, y dilata el pecho, y embriaga con el perfume penetrante de las flores que crecen sin cultivar casi en sus huertos, cármenes y jardines ; pero en cambio, encontrarás en los hermosos valles de la Montaña, en la Montaña misma, bosques frondosos, espesos y continuados de robledos y de cajigas, de encinares y de castaños, robustos y poderosos de tronco, de altas y resistentes ramas, y amplias y profundas y hojosas copas, hasta las que se levanta el tapiz jalechos que se extiende vistoso de todos lados; rega-
tos cristalinos por todas partes; grupos de casserío amontonados en las verdes vertientes de los montes, mieses lozanas, praderas dilatadas y deliciosas, y el conjunto, simpático y agradable, iluminado por los rayos del sol, templado, alegre, risueño á intervalos, á intervalos oculto tras de masas de nubes. Panorama lleno de atractivos que por igual modo se desenvuelve allá en honda irregular extensión bordada de riscosas alturas, sobre las cuales levanta al cielo enérgico canto de victoria la vegetación exuberante, y á las que sirve de fondo, á lo lejos y en diferentes graduadas proyecciones, la silueta imponente de otros montes, ó las aguas obscuras y movidas del turbio mar, por las que cruza lanzando bocanadas de negro humo algún vapor, ó con la enhiesta y blanca vela hinchada por la brisa, ligera embarcación de pescadores, — que allá en la altura misma, ó en dilatado valle, pero siempre teniendo cerrado el horizonte por la cadena indestructible de relieves que han dado apellido propio á esta región encantada de la Península, no sin razón justísima comparada en su configuración y aspecto á la tan ponderada de Suiza.
El cuadro, siempre bello, y con accidentes bien distintos, se reproduce con pasmosa frecuencia; y aunque temas al primer pronto que la monotonía llegue á deslucirlo, — como en cada uno de los paisajes que contemplen tus ojos con verdadero arrobamiento has de advertir constantemente variedad de elementos y de condiciones y de circunstancias, jamás llegará á señorear tu espíritu la fatiga, ni te se hará pesada la Montaña, por más que todo en ella afirme la unidad, resumen y compendio característico de su constitución y de su naturaleza. Justificado hallarás por una y otra, cuanto la historia de esta región enseña, así en orden á la condición y al carácter también de sus habitantes, como en lo que se refiere al desenvolvimiento de la misma; pues derramándose por toda la extensión de lo que fué Cantabria los relieves que accidentan su suelo con irregularidad aparente, pero ostensible, — aquellas continuas moles de fragosos montes, han constituido y constituyen verdaderas fronteras, que limitan cada
grupo de población, le aislan, le obligan á vivir para sí propio, y desarrollan en sus naturales dos sentimientos, que descuellan y predominan sobre todo, y que aparecen perpetuados á través de las edades : el de independencia por una parte, y el de invencible desconfianza por la otra, sentimientos ambos de que son fi-uto el exagerado amor á la tierruca^ por el cual se sienten poseídos, el respeto religioso á las tradiciones de todo género heredadas, y el recelo constante que les posee, con cierta especie de vanidad pueril y hasta inocente, la cual les hace pensar que cuanto les rodea, por reflexión de su propia personalidad y por egoísmo en consecuencia, es superior á todo lo que sobre la tierra existe.
Encaramados en los riscos de sus montañas, los hemos visto contemplar impávidos é indiferentes el espectáculo que ofrecía la Península, al ser sojuzgada por los romanos; llenos de odio hacia éstos, y desconfiando de vácceos y de autrígones, ya rendidos á la dominación tiberina, — también los hemos visto entregarse con reiterado placer al saqueo y al pillaje de aquellos pueblos sus limítrofes, como al fin, aislados, abandonados de todos, si no es de los astures transmontanos, hemos presenciado el término de la famosa guerra cantábrica y la sumisión completa de los montañeses. Así de igual manera romanizados, y ennoblecido y dignificado su espíritu con la salvadora doctrina del catolicismo, aunque entre dudas no resueltas, habrás, lector, podido sorprender al habitante de la Cantabria luchando por un lado con los suevos, y por otro con los visigodos, obligar á Leovigildo á destruir á Amaya, y á que Suinthila sea quizás el único rey de aquella dinastía, que pudiera llamarse con justicia señor de la región cantábrica, cual se dijo señor de España entera. Claro y evidente resulta después de esto, que aun constituido el ducado de Cantabria, aunque el dominio directo de las heredades y de los valles de la Montaña pudiera por mercedes reales corresponder acaso en su mayoría á los señores visigodos, la masa general de la población era hispano-latina, y que por tanto, des-
amparada en 71 1 por aquellos de sus hijos que formando en la hueste ducal debieron quizás figurar en los ejércitos con que Rodrigo procuró rechazar la invasión muslímica en los campos de Jerez, — ella sola resistió los efectos de la conquista, al llegar hasta allí los bereberes.
En balde fué que Pelayo invocase el nombre de la patria, para mover al montañés receloso, que de cliente se había convertido en propietario ; en balde fué que diera en la Liébana, — región que á sí propia se conceptúa no montañesa, — muestras de su arrojo y de su energía contra los bereberes, pues sólo hasta el momento en que los africanos huyen y abandonan la España, temerosos de los árabes, en 751 ; cuando Alfonso I el Católico los empeña al propio tiempo en proseguir la empresa comenzada, es cuando, como los ovetenses y los gallegos, se unen en un mismo sentimiento, y tiene origen la gloriosa Reconquista. Poco poblada estaba la Montaña, cuando á ella llevaba el yerno de Pelayo los cristianos de otras zonas, cuando imitaban su ejemplo más tarde los condes, y cuando continuaban allí viviendo los bereberes sometidos ; entonces, aquel espíritu belicoso, que fué siempre la nota característica del cántabro, — impulsado por el amor invencible á las aventuras, y por la pobreza misma del suelo, que no debía bastar para el sustento de los pobladores, — le arroja á empresas mil en que sale triunfador; y el montañés se derrama de una en otra etapa, hasta poblar en el siglo XIII la remota y fenicia Gades, que arrulla con sus aguas el Océano allá en el Mediodía. Receloso y desconfiado, se constituye en behetría, para hallar defensa contra sus vecinos, y ambicioso, y poco afecto al cultivo de sus prados, se precipita al mar, se establece en Bayona, en la Rochela, en Flandes, comercia allí, exportando los géneros de Castilla é importando los paños extranjeros, se hace pirata contra los ingleses, se desentiende de la autoridad real, y forma y constituye hermandades y celebra contratos por sí propio, como el tan famoso de Londres en la XIV^ centuria, mientras sostiene inacabables pleitos
más adelante para proclamar su independencia respecto de sus señores.
Ya no es sin embargo totalmente el que antes era; y mientras no falta quien, como refiere Trueba, estime que «los montañeses son vascongados, y asturianos y castellanos, sin ser uno ni otro», no por ello habremos de concluir que han perdido el carácter privativo con que son distinguidos en la historia. Podrán aquellos decir que «son en su lenguaje, en su traje, y en sus costumbres, una mezcla de las tres razas >-> aludidas, ya porque «confianden el masculino con el femenino, como los vascongados; gustan de las terminaciones en u como los asturianos, y llaman tío, como los castellanos al que ningún parentesco tiene con ellos;» ya porque «usan la boina de los vascongados, la montera de los asturianos y el sombrero de alas anchas de los castellanos;» y ya en fin, porque «así bailan al son del tamboril vascongado, como al de la dulzaina de Castilla la Vieja, ó la gaita galaico-asturiana» (i); pero aunque tal suceda, aunque con el transcurso del tiempo hayan podido astures, vascongados y castellanos ejercer influencia de todo punto natural sobre los montañeses, — todavía, demás del traje que con naturales alteraciones se conserva en la mujer montañesa, tal como era en el siglo XVI, — el espíritu de individualismo forma la base del carácter en aquella gente, y como en remotas edades, se muestra el montañés emprendedor, aventurero, supersticioso, apegado á las costumbres antiguas, consagrado al pastoreo, viviendo en grupos de población que han ido paulatinamente acercándose, pero que son reminiscencias de las añejas decanías, enemigo de todo lo extraño y desconocido, amante de su tierra hasta la exageración, y de la libertad hasta la idolatría, ni más ni menos que en la sucesión de los tiempos se nos presenta, por más que hayan templado su rudeza primitiva, primero sus con-
(i) D. Antonio de Trueba, ^ro7o^o de la primera ed. de las Escenas Mon/awe' sas de Pereda (Madrid, 1 864), pág. VI y VII.
quistadores los romanos, más adelante la doctrina católica, y en pos de ella, los azares de la guerra de la Reconquista por un lado, y por otro, las expediciones marítimas y comerciales á que hubo sin restricción de entregarse el habitador de la marina.
Bien que uno mismo en el fondo, vario es en sus costumbres el montañés, según viva en la parte de la costa ó en los valles del interior habite, dedicado allí al cultivo de la tierra, ó
Traje de las aldeanas montañesas en el siglo xvi, tomados del plano DE Santander en la obra de Brawn Civitates orbi ierrarum
al del ganado, por sí ó en aparcería, como es lo más general y corriente, ó se dedique á portear, según el protagonista del her-
moso cuadro pintado por Pereda y reproducido por nosotros en uno de los primeros capítulos de este libro. El habitante de la marina, como sus antecesores, dedicado exclusivamente á la pesca, tan abundante y tan sabrosa en el Cantábrico, y tan celebrada de todos tiempos (i), vive en la ciudad ó en la villa marítima, desafiando al mar, y sin temor á las terribles galernas^ con tanto arte y con tanto sentimiento pintada una de ellas en Sotileza por Pereda; considera el agua como su elemento propio, y dividido en dos bandos dentro de Santander, el uno es callealtero y tiene por patrón á San Pedruco, y el otro es del cabildo de Abajo, se halla establecido en lo que fué calle del Mar y tiene por patrón á los mártires Ysm^X.^x\o y Celedonio, á quienes ha levantado pequeña capilla en el barrio de Miranda, sobre una eminencia desde la cual se domina gran extensión del Cantábrico. Viste como puede, y siempre con abigarradas prendas deslucidas, encima de las cuales usa, cubriéndole la cabeza, el sueste ó sombrero embreado; y sujeto al servicio del Estado, en toda edad se halla obligado y dispuesto por virtud de la matrícula de mar, á abandonar el hogar y la familia, y tiene hecha abnegación completa de su persona.
No ha recibido otra educación que la que le ha sido posible personalmente proporcionarse desde muy pequeño: desde que dedicado á vender el pescado, ó á las faenas domésticas, ó al aguardiente, que es lo más común, mientras su padre está á la mar, — le abandona su madre á sus propias fuerzas, y discurre por el muelle, donde ó se convierte en raquero^ tipo semejante al de charrán en los puertos andaluces, ó entra al servicio de algún patrón, que le confía la guarda de su barquichuelo, con el que convida á todo el mundo para ir á los buques surtos en la bahía. El instinto le obliga luego á tomar parte en las expediciones de
(i) Brawn, Civilates orbis terrarum, lib. II, aludiendo al golfo cantábrico, decía en el siglo xvi que era abundante « optimorum piscium tanta copia...: v^t incredibili videri possit,» etc.
pesca; se hace hombre, se casa y procede con la prole como con él han procedido, sin cuidarse para nada de ella, y seguro de que Dios no habrá de faltarla. Huye de la ciudad nueva, y antes de cruzar sus calles, da grandes rodeos para ir á un punto cualquiera al cual hubiese llegado antes de otro modo: sujeto á la capitanía del puerto, como matriculado, depende inmediatamente del alcalde de mar, que es quien dirime directamente sus cuestiones y á quien respeta; tiene el genio pronto y vivo, la lengua siempre expedita, el insulto en la boca; pero se mira mucho antes de comenzar las obras y venir á las manos con quien contiende, caso extremo en el cual no usa cuchillo ni otras armas que sus robustos puños.
Remembranza y tradición de lejanas edades fenecidas, y de razas y de pueblos ya desaparecidos, — el pescador en Santander conserva todavía, entre otras, secular costumbre, mirada hoy como extraña y aun pecaminosa, cuando fué general un tiempo, no sólo en la Montaña, sino en León, en Asturias y en Galicia. Aludimos á La buena gloria^ que con ser reminiscencia no dudosa de los banquetes fúnebres de egipcios y de griegos, no es también sino memoria de las denominadas caridades^ en muchos pueblos montañeses guardadas hasta nuestros días, al decir de los escritores locales, y miradas en ellos «como un acto de piedad, que hasta se ordena en los testamentos» para bien del alma (i). No sin razón en el pasado siglo era La buena glo-
(i) Lasaga Larreta, Dos 7nemori(xs^ pág. 70, donde cita como precedente legal de esta costumbre, el título V de las leyes ordenadas en el Concilio de Coyanza, celebrado por Fernando 1 el Magno en io$o, donde se preceptúa que «Clerici et laici qui ad convivía defunctorum venerint, sic panem defuncti comedant, ut aliquid boni pro ejus anima faciant: ad quae tamen convivía vocentur pauperes et débiles pro anima defuncti».
ria considerada, á pesar de las poco edificantes contingencias á que da motivo, cual
una cirimonia
que nuestros tatarabuelos nos dejaron prevenío se observase con rispeto;
y por más que sorprenda no del modo más agradable en los actuales tiempos, y sea estimada como hábito salvaje impropio de pueblo que se conceptúa ilustrado, sigue siendo La buena gloria imperturbablemente respetada, y seguirá así. Dios sabe hasta cuándo, á despecho de todo lo que se ha hecho y de lo que se haga para extirparla, empresa á que parece ha renunciado la autoridad eclesiástica, en vista de lo negativo del éxito alcanzado (i).
Quién pudiera, lector, reproducir en este sitio el animado cuadro que con habilísima pluma y singular observación pinta el ilustre Pereda de La buena gloria! «El cortejo, en el mismo orden en que había acompañado al cadáver á la iglesia y de la iglesia al cementerio», volviendo silencioso y con cara de circunstancias «á la casa mortuoria: delante los hombres, é inmediatamente después las mujeres, y todos con el traje de día de fiesta». «El de los primeros, compuesto de pantalón, chaleco y chaqueta de paño azul muy obscuro, corbata de seda negra anudada sobre el pecho y medio oculta bajo el ancho cuello abierto de una camisa de lienzo sin planchar, y boina también de paño azul obscuro con larga borla de cordoncillo de seda negra». «El de las mujeres, de saya de percalina azul sobre refajo de bayeta encarnada, jubón de paño obscuro, mantilla de franela negra con
(i) El primer obispo de Santander, D. Francisco Javier Arriaza, «empleó todos los esfuerzos de que eran capaces su autoridad y su fervor, contratan profana ceremonia,» así como su sucesor, y «en el púlpito los oradores más afamados trabajaron con incansable celo en la propia obra; pero... todo fué en vano» (Pereda, Costumbres Montañesas, pág. 255 de la ed. de 1864).
anchos ribetes de panilla, media azul y zapatos de paño negro». La viuda, «con una mala saya de percal, desgarrada y sucia, en
mangas de camisa, desgreñada y descalza, acurrucada en un
rincón de la destartalada habitación en que había muerto su marido, sala, alcoba, pasadizo y comedor al mismo tiempo»... Sentados al rededor de aquella mujer y sobre «el suelo, dos granujas, una muchachuela, y tan sucios y mal ataviados» como la viuda, «de quien eran dignos vástagos». «El cortejo... penetrando acompasadamente en la sala;» formando los hombres «una línea alrededor de las paredes, y las mujeres otra algunos pasos más al centro,» todos en pie, por no haber sillas en la casa, y en medio del general silencio, «una de las mujeres..., la más autorizada por su vecindad y relaciones en aquella familia», adelantando un paso hacia el centro, y exclamando con voz áspera y fuerte:
— «Por el eterno descanso del de/unto, Padre nuestro», á lo que contestan lúgubremente los circunstantes rezando la oración comenzada, en pos de lo cual, la propia mujer se despoja de la mantilla, la tiende sobre el suelo, se retira un tanto, «y con la misma voz con que» acaba «de pedir una oración para el finado», pide «para los dolientes, á cuatro cuartos», ó á rial, ó á lo que se convenga por los asistentes al duelo, quienes después de ella depositan ó arrojan no con grande orden sobre la mantilla la cuota convenida, operación que vigila con todo escrúpulo la mujer que ha inaugurado el acto, diciendo á grandes y destempladas voces: — «¡Alto!... no lo metamos á barullo: dir echándolo poco á poco, que aquí hay anguno que va á quedar bien con el dinero de los demás. » Y tras de algunos mientes^ y algunas palabras descompuestas, á modo de guerrilla, — la operación continúa, repitiendo la vecina siempre y en el mismo tono: — «A r2'¿^/para los dolientes», hasta que todos ó casi todos los del cortejo han arrojado sobre la mantilla la cantidad concertada, cuyo recuento da motivo á nueva escaramuza por si hay ó no reunida la suma que debe de haber, trayéndose con aquel
dinero, según el voto de los circunstantes, queso, pan, aguardiente y vino, artículos que sale á comprar aquel que inspira por su edad mayor confianza, mientras que los del duelo rezan una salve á la Santísima Virgen del Mar, un Padre Nuestro^ por todos los fallecidos del cabildo, y un credo ^ «para que Dios nuestro Señor tome en su miselicordia los santos ufragios que se acaban de hacer por el alma del defunto, que en paz descanse.»
El primer vaso de aguardiente y el de vino, la primera rebanada de pan y el primer trozo del queso, son para la viuda, á la btiena gloria del defunto^ frase sacramental, que se repite al dar á los hijos su porción correspondiente, inmediatamente después de la madre, circulando luego el aguardiente y los comestibles por la reunión, «entre murmullos, muy expresivos en tales casos», en medio de los cuales se oye «de vez en cuando aquí y allá, bien por la chillona voz de una mujer, bien por la ronca de un hombre, la frase consabida á la buena gloria del defíinto. » Sucede que con la repetición de las libaciones, los ánimos se acaloran, la desconfianza asoma, y no falta quien suponga que alguien ha bebido más de lo que debe, por lo cual fallece la jarra del aguardiente cuando menos se piensa, siendo esto la causa de que la batalla empiece golpeándose los circunstantes sin dar oídos á la voz de la viuda, á quien también se insulta y aun se golpea, poniendo término á la campaña la presencia del alcalde de mar, llamado á toda prisa por alguien, á fin de evitar alguna desgracia.
Expresiva manifestación por su parte, del carácter ambicioso y aventurero de los hijos de la antigua Cantabria, — lo mismo en la zona del litoral que en la más humilde aldea de los valles, el montañés sueña dominado de insensato afán con la riqueza; aquí,
ante el espectáculo que le ofrecen las mieses y los prados, de que con trabajo alcanza el diario sustento para sí y para los suyos; allí, en presencia del movimiento constante de buques y de embarcaciones de todo género, y en la de las transacciones mercantiles á que asiste de continuo, y allí y aquí á la par, obsesionado por el ejemplo con que le brindan aquellos que han logrado hacer esclava suya la fortuna. Por eso en toda la Montaña, y aun fuera de ella, pues los de la Liébana no se llaman montañeses, tanto por ambición como por amor propio, quizás cual resultado de dolorosa consecuencia obtenida por comparación entre la vida del rico mayorazgo que en su solar goza altivo del caudal heredado como de los timbres esculpidos en el frontón de la señorial portalada, y la vida del pobre aldeano, que apenas posee mísera casuca^ reducido prado donde cultiva los posarmos, el maíz, las patatas y otras legumbres, mientras cuenta en propiedad ó en aparcería algún individuo de ganado vacuno, — apetece el montañés subir á más alto estado, libertarse de la especie de servidumbre en que vejeta, siempre con el dalle ó sallaítdo á su tiempo su prado, ó conduciendo á los pastizales y á la cabaña el poco ganado que posee, mal comiendo, y apartado de cuanto pudiese hacer para él agradable la existencia; y como amigos y convecinos suyos han conseguido la fortuna en América ó Andalucía, y contempla sus hermosas viviendas y sus extensos prados y su ganado numeroso, y los ve cambiar de condición, sin percatarse de los esfuerzos que hubieron de realizar para llegar á aquella altura, — su aspiración no es otra que abandonar el suelo ingrato donde nació, correr en pos de la fortuna, hacer presa en ella, y volver luego al valle nativo para alardear de su suerte y de su fortuna.
De aquí proceden el indiano y el jándalo^ tipos que tanto abundan en la Montaña, bien que no todos con el mismo aspecto; que tanto bien han hecho en ella, y por los cuales se acredita la sin razón con que el pintor de las costumbres de este país truena airado contra los hijos que le abandonan, suponien-
do, con disculpable optimismo, y en frente de lo que proclama y enseña desapasionada la agrología (i), que es el llamar pobre y estéril á esta tierra, «cargo injusto por cierto, y que perpetuamente en boca de tantos ignorantes, sostiene en esta provincia cada vez más terrible y enconado el cáncer de emigración que la corroe.» «Entre América, Andalucía, Madrid, Santander y el ejército, — dice, — se llevan todos los años las cuatro quintas partes de la juventud montañesa; la restante se dedica, casi en su totalidad, á jornales ó á la industria carretera...» «¿Qué ha de producir, — exclama, — un país cultivado por ancianos y por mujeres .^..» «¡Que el [suelo] de la Montaña no puede satisfacer las aspiraciones de sus hijos!» «Y ^ quién tiene la culpa de sus insensatas ambiciones, — prosigue, — de que aspiren todos á grandes señoríos, á fabulosas riquezas?...» «(¿En qué títulos fundan sus esperanzas?» «¿Está el dinero en América al alcance del primero que lo solicita?» «¿Basta á un rudo é ignorante labriego querer ser rico para conseguirlo?» «No, ciertamente.» «¿Puede, entre tanto, el suelo montañés proporcionar á sus hijos una posición desahogada é independiente y feliz?» «Sí, y mil veces sí.» «¿Cómo? Con los brazos de sus mismos hijos que, ingratos, le abandonan hoy, como le han abandonado siempre^ y desterrando de su agricultura las perniciosas rutinas á que se la viene condenando ab initio» (2).
(1) Véase respecto de las condiciones agrológicas de la Montaña cuanto expresan los Sres. López Vidaur y Odriozola en las memorias premiadas en los Juegos Florales celebrados en Santander en 1888.
(2) Pereda, art. A las Indias^ pág65 de las Escenas A/on/añesas (ed. de 1864), donde continúa en defensa de su tema : «Que el campo de la Montaña es feraz como ningún otro para toda clase de pastos y forrajes, no puede negarse al verle hecho espontáneamente un pintoresco jardín todo el año; que el arbolado crece en él con una rapidez y profusión fabulosa, está bien á la vista.» «¿Por qué no se explotan estos dos magníficos elementos de riqueza?...» «¿Por qué en lugar de fomentar ésta, real, tangible, digámoslo así, se corre en pos de otra imaginaria que no se consigue, ó que la consigue uno solo á costa de la existencia de otros ciento que también fueron tras ella?» «Por la más estúpida de las preocupaciones...»— «BosqiLes de cajigas^ cabanas de ganado, quesos, manteca, legumbres... ¡valiente riqueza ! oiréis decir aquí, con el mayor desdén, á un holgazán que por no cavar un
En el sollado de cualquier buque, — niño todavía, ó joven, y llevando como único equipaje las risueñas ilusiones que le poseen; falto de instrucción casi siempre; dejando en la miseria y en la incertidumbre á los suyos, y abandonándose esta vez sin desconfianza á la suerte; provisto ó no de carta recomendatoria de algún otro indiano, — parte el montañés y marcha entre penalidades sin cuento á aquel otro mundo que se forja á su capricho y según su deseo, como inagotable manantial de riquezas, con las cuales cree que ha de volver á la tierriica en plazo breve. «Los abismos del mar, los estragos de un clima ardiente, los azares de una fortuna ilusoria, el abandono, la soledad en medio de un país tan remoto... nada les intimida; al contrario, todos esos obstáculos parece que les excitan más y más el deseo de
huerto no come cosa cocida en todo el año, ni de otra cosa se ocupa que de cultivar un poco de borona que le alimenta mal seis meses \ ¿y me sacará todo ello de pobre ?)) n Adviértase que no ser pobre se llama entre estos infelices ser millonario.)) «Por eso se queman impunemente bosques enteros bajo el pretexto de que algunas reses se extravían entre la maleza ; por eso, lejos de plantar arbolado, se tala cuanto crece al alcance del hacha asoladora de estos paisanos; por eso están las mieses la mitad del año mal cultivadas y la otra mitad abiertas á merced de esa bárbara costumbre de ]as derrotas que no permiten á un labrador aplicado mejorar sus terrenos ni sembrarlos durante el invierno, porque están al arbitrio del ganado de todos sus convecinos, que pace hasta sus raíces, y los huella hasta convertirlos en inaccesibles charcas; por eso brotan el escajo y el brezo en las tres cuartas partes del suelo de la Montaña en lugar de la patata, del maíz ó del roble, mientras atribuye el labriego su pobreza á la falta de terrenos ; y por eso al volver la primavera están otra vez pobres las mieses, ralos los montes, incultas las inmensas sierras, y hambrientos y desnudos muchos infelices.»— «De aquí la aparente necesidad de la emigración.» «Mas si, por el contrario, — añade, — se fomentara el arbolado, se sembrasen sabia y oportunamente las mieses, garantizando al labrador la seguridad de sus frutos con el establecimiento de los indispensables guarda rurales; si se dedicase á la ganadería una parte no más de las atenciones que se consagran al cultivo del maíz que no basta, que no puede bastar nunca al sustento de la población montañesa,— esta provincia se vería regenerada, porque ya no habría en ella una sola, si bien grande fortuna, vinculada en una sola familia en medio de un millar de otras menesterosas, resultado indispensable de la emigración, sino muchas pequeñas distribuidas en proporción del trabajo y de la propiedad, en lo cual consiste la verdadera riqueza de un país.» Sin género alguno de apasionamiento, recomendamos á los lectores vean cuanto con relación á todo esto, manifiestan otros escritores, montañeses como Pereda, en cuyo número figuran con los dos citados López Vidaur y Odriozola, Lasaga Larreta y otros. Hay que confesar y reconocer que, como buen hijo, el insigne Pereda, sólo ve el aspecto favorable y artístico á la par de la Montaña.
atropellados.» — «¿No es cierto que en América es de plata la moneda más pequeña de cuantas usualmente circulan?» — «Pues un montañés no necesita saber más que esto para lanzarse á esa tierra feliz: la vida que en la empresa arraiga le parece poco, y otras ciento jugara impávido si otras ciento tuviera.» Si hay quien lo dude, «ofrezca un pasaje gratis desde Santander á la Isla de Cuba, ó una garantía de pago al plazo de un año, y verá los aspirantes que á él acuden.» «Y no se apure porque no sea de primera cámara: un montañés de pura raza atraviesa en el tope el Océano, si necesario fuese.»
«Díganle á las Indias vamos ^ y con tan admirable fe se embarca en una cáscara de limón como en un navio de tres puentes.» «Este heroísmo suele ir más allá aún.» — «Un indiano de semejante barro ve transcurrir los mejores años de su juventud de desengaño en desengaño, y no desmaya.» — «No hay trabajo que le arredre ni contrariedad que apague su fe: la fortuna está sonriéndole detrás de sus desdichas, y la ve tan clara y palpable entonces como la vió de niño, cuando, soñando sus ricos dones, se columpiaba en las altas ramas del nogal que asombraba su paterna choza» (i). Le enardece é incita el ejemplo de los triunfadores de la suerte: «un señor que vino al pueblo cargado de talegas; que á todos sus parientes ha puesto hechos unos señores; que no bien sabe que hay un vecino necesitao ya está él socorriéndole; que alza solo casi todas las cargas del lugar; que corta todos los pleitos para que no se coma la justicia la razón del que la tiene y el haber de la otra parte, y que no quiere por tanto beneficio más que las bendiciones de los hombres de bien», y no ve ni quiere ver la «vecina que no halla consuelo hace un mes, llorando al hijo de su alma que se le murió en un hospital al poco tiempo de llegar á la Habana», ni se acuerda del que «murió pobre y desamparado en lo más lejos de aquellas tierras», ni de aquel á quien «malas compañías le llevaron á perecer en
(i) Pereda, Escenas montañesas, pág. $1 de la ed. de 1864, ya cit.
una cárcel», ni del que «veinte años bregó con la fortuna..., y por no morirse de hambre anda hoy de triste marinero ganando un pedazo de pan por esos mares de Dios», ni del que cerca de la casa del que quiere ser indiano, espera «á que se le acabe la poca salud que trajo de las Indias al cabo de quince años de buscarse en ellas la fortuna, para que Dios le lleve á descansar á su lado; pues ya, pobre y enfermo, ni vale para apoyo de su familia, ni para el pueblo, ni para sí mismo, que es lo peor... y bien reniega de la hora en que salió de su casa...» (i).
Llena está la Montaña de memorias de los indianos : escuelas, hospitales, reparación de templos, edificios más ó menos suntuosos, pregonan por todas partes el amor de aquellos á quienes protegió la suerte, y emplearon en la tierruca y en bien de sus paisanos (2) los capitales ganados á costa de inmensas é incontables penalidades «en la obscuridad de un roñoso tugurio, sin aire, sin descanso, sin libertad y mal alimentados, con el pensamiento fijo constantemente en el norte de sus anhelos» (3). jQué de extraño pues, que ya por una ó por otra causa, inveterada, secular, que está en la masa de la sangre del montañés de hoy, como lo estuvo en la del antiguo cántabro y lo estuvo en la de los habitantes- de esta región en todos tiempos, — si halla pobre la tierra, si no le satisface la vida que ella le proporciona, aspire á mejorar su condición por medio del trabajo, buscando á costa de la salud y de la vida con frecuencia, aquello que nunca ha de lograr en el cerrado horizonte de su aldea? Jamás desaparecerá el indiano, porque jamás podrá el montañés prescindir de su carácter y de sus tradiciones, y desventurado de él el día que tal suceda, porque entonces habrá muerto: quizás llegue, sin embargo, la hora en que entrando de lleno en la vida moderna, tal como debe ser, pueda consagrarse exclusivamente
(1) Pereda, Escenas Montañesas, págs. =567 5 7 de laed. mencionada.
(2) ZuMELzu, La beneficencia en la Montaña, pág. 81 del álbum De Cantabria.
(3) Pereda, Dos sistemas (Tipos y paisajes, pág. i).
al cultivo y beneficio de la tierruca, dar á la industria y al comercio sus brazos y sus energías, como se los dio á este último en el siglo xiv, siglo de engrandecimiento para las cuatro villas de la costa de Castilla; y si «con la fe de sus mayores es dable únicamente [hoy] á los pobres aldeanos la paz y la ventura entre tantas privaciones y miserias», no se le haga aborrecible ninguna de las conquistas del siglo, porque merced á ellas, y descartando la política^ por desmoralizadora y mal sana, será como podrá vencer la costumbre^ que hace deplorar al príncipe de los escritores montañeses la emigración, que como cáncer corroe las entrañas no sólo de su país sino de España entera por desventura.
Quizás, como sospecha no sin razón aparente otro hijo ilustre de la Montaña, — de la conquista de Sevilla «y de los privilegios que en premio se nos dieron en aquella ciudad», venga «la costumbre de ir los montañeses á ejercer el comercio por menor en Sevilla y su antiguo Reino, aunque antes hallaban en su camino... los Reinos de jaén y de Córdoba» (i). De allí procede el jándalo^ nombre que el natural de esta región montañesa, especialmente en su parte occidental, donde «tienen heredada afición al Mediodía», — recibe al regresar á ella después de haber ejercido el comercio ú otra industria, generalmente de vinos, en las fértiles comarcas andaluzas, y que conservando el valor gramatical y fonético del vocablo arábigo primitivo, no significa en realidad sino el andaluz el que procede de Al-AndáluSy según dijeron los muslimes en común á todo el Mediodía principalmente de nuestra España. Allí con efecto, al frente de sus mesnadas propias, y al servicio de los monarcas de Castilla, fueron los
(i) Ríos Y Ríos, art. introducción del álbum De Cantabria^ pág. i 2.
señores montañeses siguiendo á Alfonso VIII, á Fernando III y á Alfonso X, como siguieron á sus sucesores ; allí recibieron en las ciudades y territorios rescatados pingües heredamientos, y fundaron linajes esclarecidos .que nacieron en humilde solar de la Montaña, bastando la lectura de los nobiliarios para convencer de tal verdad, harto notoria y preconizada. Y aquellos señores, engrandecidos por sus merecimientos y por las mercedes recibidas; y aquellos mesnaderos y fijosdalgo que con ellos se habían establecido galardonados en las regiones meridionales, — al volver á la Montaña, al restaurar el esplendor de su linaje, recibían seguramente el apellido jándalos ó andaluces, por ser Andalucía el lugar donde su descendencia tomaba carta de naturaleza para lo sucesivo.
No es en la actualidad el jándalo nada de esto: seguramente el comerciante montañés, bien de la costa ó marisma, bien del interior, incitado por las exenciones y privilegios que los monarcas les concedían en el país hético, buscase en él mercado favorable; y así como la costumbre de ir á las Indias se ha perpetuado entre nosotros, la de bajar á Andalucía y amasar allí con igual género de trabajos la fortuna, sigue imperando aún, y nombre de montañés recibe lo mismo en Córdoba, que en Sevilla, que en Cádiz y que en Huelva, todo establecimiento de bebidas, tan distinto en su disposición y aparato de las vergonzosas tabernas de Castilla y de la Montaña, porque principalmente los montañeses son los que explotan esta clase de comercio, de donde extraen luego la fortuna con la cual deslumhran á sus paisanos al regresar á la tierruca, bien diferentes de como salieron de ella. Algunos de ellos vuelven enriquecidos, como volvió á su aldea Toribio Mazorcas (a) Zancajos^ uno de los tipos retratados por Pereda (i). «Fuése en sus mocedades á probar suerte en Andalucía, y allí, fregando la mugre del mostrador de un amo avaro y cruel, supo ahorrar y aprender lo su-
(i) Blasones y Talegas, en Tifos y -paisajes.
ficiente para establecerse de cuenta propia en una taberna al cabo de algunos años de esclavitud y de sufrimientos indecibles. » «Poco á poco la taberna llegó á ser bodega; y cuando el jándalo cumplió medio siglo, podía alabarse de contar muchos menos años que pares de talegas.» «Entonces se vino á la Montaña con ánimo de no volver á salir de ella», y hubo de fincarse y establecerse allí, consagrándose al cuidado de sus haciendas, y «cansado ya de bregar con vacas, salladoras y rozadores», «anheloso de verse algún día rodeado de familia decente, fina y de principios. »
Suele el jándalo, en estas condiciones, servir de apoyo y de sostén á alguno de los aristocráticos y arruinados linajes de la aldea natal, enlazando con él su grosera persona; recibe el dictado de do7t por sus convecinos que tratan de explotarle, y no atreviéndose á vestir el traje de los caballeros, usa otro diferente del de la gente de la aldea, procurando hacer ostentación de sus riquezas siempre; así es que en los días de gala aparece con «rico traje obscuro de corte medio entre el de caballero y hombre de pueblo, brillando entre los rizos de la chorrera de su camisa los gruesos eslabones de una cadena de oro» que cae «después sobre el pecho y» baja «en dos grandes ramas á perderse en uno de los bolsillos del chaleco»; calza «brillantes botas de charol», y lleva «en la mano un recio bastón de caña de Indias con puño y contera de oro», distinguiéndose y señalándose en todas las ocasiones que puede, y de modo muy diferente por lo común, al del indiano también enriquecido, con el cual presenta muchos puntos de contacto, aunque es menos paciente que él, pues «aguijado su amor propio y su amor á la patria por la menor distancia y las facilidades de salvarla, no aguarda para visitar su aldea más que á poder presentarse con el conveniente lucimiento y majeza» (i). De Andalucía trae algo del carácter
(i) Escalante, Cosia,s y Montañas., pág. 514.— Es notable y sobre modo interesante la pintura que, con su habitual gallardía, hace el señor Escalante del jdn-
abierto y burlón de aquellas gentes, como trae modismos y palabras que se aclimatan á la postre, y llegan á las veces hasta á tener entrada en las esferas literarias, según ocurre indudablemente con la locución adverbial d la vera, tan usual en la Montaña y en toda Andalucía, como sinónima de á la orilla^ á la margeíi^ jubito d, al lado de, cerca de, etc., no teniendo otra explicación la frecuencia y facilidad con que en el común lenguaje, elide el vulgo las letras finales de algunas palabras, ni más ni menos que podrían hacerlo un vecino de Triana ó de San Bernardo en Sevilla, ó de la Corredera en Córdoba, ó del Albaicín en Granada, ó del Perchel en Málaga, por no citar más poblaciones andaluzas.
Y\ jándalo menos afortunado, para quien algunas onzas de
dalo; no llevarán á mal los lectores que por lo mismo, la reproduzcamos en este sitio : « Dispone [el jándalo] su jornada y mide el tiempo de camino para bcijar en sazón y punto de celebrarse la más nombrada feria ó romería de su valle ó del valle vecino. » «Y en hora de la tarde, en que, agotadas las emociones, embotada la curiosidad por el calor y la fatiga, se hallan los vecinos mejor dispuestos á saborear mejor lo inesperado y nuevo,— hele aquí apareciendo jinete en una jaca de Zapata ó del Saltillo, trotando largo, encogido sobre el arzón, y renegando para sí de la frondosidad de los castaños, cuyas ramas bajan á besarle su rico y aplanchado sombrero de calaña, estorbando el ademán gallardo, la enhiesta postura con que se prometió aparecer en la tela.»— «Llega apartando gentes á lo más apretado del concurso, y allí se pára y endereza el busto ; amigos y conocidos acuden á felicitarle y darle la mano ; él, afable, se deja lucir y da tiempo á que las mujeres deletreen á su sabor su porte y vestido, á que las viejas, acurrucadas en círculos, le admiren diciendo : — / Grcin mozo está, bendito sea Dios !—á que los chicos envidien sus patillas de chuleta y los mozos su cadena de reloj y su vistosa faja de colores.»—«En tanto los inteligentes pasan la mano por las ancas de la jaca, le pulsan los belfos y averiguan la edad del bruto, cuyos ijares laten agitados por la carrera; sus finos remos, acostumbrados al blando piso de los arrecifes andaluces, tiemblan azorados del brusco choque de las durísimas camberas y los endones montañeses; pero menos tarda en sosegarse que sus admiradores y críticos en ponerle tachas y recorrer sus primorosos jaeces de campo, obra de algún famoso talabartero jerezano.»— Allí, lisonjeando á todos, echando chicoleos á las muchachas que le rodean, y llevándose el corazón de alguna, como se lleva las miradas de todas, «se apea el jándalo, no sin dar dos vueltas á la mano délas riendas, para que la jaca se revuelva y pompee su cola y extremezca las crines, y salpique de blanco con su resuello á los más inmediatos.» «A pie y descalzos han venido siguiéndole los chicos de su lugar, sin más ambición ni esperanza que la de tenerle el caballo.» «El que logra tamaña fortuna no se trocaría por nadie en el mundo, como no fuese por el mismo jándalo, ideal insuperable, blanco de toda adniiración, extremo de toda envidia.»
oro en otro tiempo representaban un capital, y á quien bastaba con ellas para darse aires de potentado en la tieí^ruca^ de donde salió miserable y hambriento á probar audazmente fortuna, — llega á ella vistiendo el garboso traje de la gente del Mediodía; pantalón acampanado y claro; faja de seda ó de lana de colores chillones, liada á la cintura ; marsellés de astracán ó de terciopelo; camisa de cuello abierto ó sin cuello, con gruesos pasadores de similor en él y en la pechera; patillas de boca jacha^ cerdosas y pobladas; chuletas en la frente, y sombrero calañés ó cordobés en la cabeza, mientras fuma puro, escupe por el colmillo, lleva navaja larga y de muelle en la faja ó en la faldriquera, procura hablar en caló, y es más valiente que los valientes del Perchel ó de la Macarena. Antes de que el ferro-carril pusiera en comunicación á Santand*er con el resto de España, el jándalo aparecía siempre ó procuraba al menos aparecer en su aldea para el día de San Juan, montado
« sobre indefinible bicho,
pues desde el lomo á los pechos,
y desde el rabo al hocico,
llevaba más alamares
que sustos lleva un marido.
»Todo un chulo era el jinete, á juzgar por su trapío : faja negra, calañés, y sobre la faja un cinto con municiones de caza, pantalón ajustadísimo, marsellés con más colores que la túnica de un chino, y una escopeta al arzón, unida por verde cinto ».
A su decir, dejaba siempre
... atrás, en el camino, una recua de jumentos
cargada con su equipaje, que no llegaba nunca; y mientras en-
tre exclamaciones de sorpresa por parte de sus antiguos convecinos, y gestos de importancia desdeñosa por su parte, llegaba á la humilde choza donde vivían sus padres, ya ancianos, iba echando chicoleos á las mozas, derramando rumbo, y dándose importancia, como consumía en cohetes, en fiestas y en comidas el poco dinero que había traído, y se veía al postre obligado á agarrarse al dalle^ y ayudar á los suyos en el cultivo de la tierra de que se sustentaban (i), ó hacía vida holgazana y criminal á veces, cual el Sevillano retratado por Pereda en El Sabor de la Tierruca, cuando no, volviendo de nuevo á Andalucía, y redo7ideado su haber, «saldadas cuentas con la tienda de Jerez ó de Sevilla», tornaba para siempre á su patria, «regaladamente acompañado, montando bestia de mayor pujanza y brío, y más galán arnés; trayendo á la grupa una almohada, y sobre la almohada una de aquellas mozas, la más gallarda ó la más ruborosa, rodeada una mano al busto del galán, asida la otra á las correas de la baticola, usanza y cortesía de la morisca Andalucía, transportada á la céltica Cantabria» (2).
Malicioso, ignorante, desconfiado, sagaz, lleno de ridiculas supersticiones, como aquel que vive aislado, y es pobre, y teme siempre el mal del que es más poderoso, ó de lo que no conoce ni á explicarse acierta, — el aldeano montañés, tal cual le presentan los escritores sus paisanos, tiene como todos los campesinos de todas partes mucha gramática parda ó letra memida, merced á la cual ñi vive ni sosiega. Su casa es, según su hacienda, ya de un solo piso, con «ancho portalón ó teja-vana» al
(1) Véase el lindo romance que con el título de El Jándalo publicó Pereda en sus Escenas Montañesas.
(2) Escalante, Cosías y Montañas^ pág- 5 í 8 y i q.
centro de la humilde fachada, la puerta «de la cuadra á la izquierda, y á la derecha la ventana de la cocina», cuya «misión, más que dar luz..., es dejar que salga el humo» por «ella, cuando hay fuego en el hogar» (i); ya de dos pisos, con portalada, solana de madera que se extiende á lo ancho de la fachada con pronunciado saliente, y donde asoma algún cacharro con flores, ó prendas colgadas para solearse, y varios huecos además del ancho soportal que le sirve de entrada, llevando todos los edificios impresa la marca de la misma arquitectura rural, varia en sus formas y lineamentos, pero una en su esencia, como es uno también su objeto. La pieza de mayor importancia en la aldea, es la cocina, el salón de recibo, el estrado, en cuyo fondo está el hogar con el llar bajo, teniendo á los lados \xw poyo de material; en una de las paredes, ahumado vasar contiene la no abundante ni escrupulosa batería de cocina, y por bajo de él, suele haber ennegrecido arcón donde se guarda la leche, la azucara^ alguna vez los pucheros, y otros objetos de análoga naturaleza; á un lado se abre la puerta del carrejo ó corredor que da paso á las demás habitaciones de la casa, asomando «por una viga del piso del desván» el mango de un arado, y adherida á uno de los muros, la mesa perezosa, reducida «á un tablero rectangular sujeto á una pared de la cocina por un eje colocado en uno de los extremos; el opuesto se asegura á la misma pared por medio de una tarabilla». «Suelta ésta, baja la mesa, como el rastrillo de una fortaleza, y se fija en la posición horizontal por medio de un pie, ó tente-mozo, que pende del mismo tablero». «La perezosa no se usa en las aldeas sino en el día del santo patrono, en la noche de Navidad, en la de año nuevo y en la de Reyes, ó cuando en la casa hay boda» (2).
En las casas de mayor acomodo é importancia, en pos de la
(1) Págs. 46 y 47 de las Escenas Montañesas.
(2) Pereda, La Noche de Navidad (Escenas Montañesas, pág. 107 de la edición de 1 864).
portalada, en cuyo frontón de piedra destaca entallado el señorial blasón, hácese la corralada, donde se halla el pozo, el horno, el averío y otras cosas necesarias, apareciendo al frente la casa propiamente dicha, con ancha solana de madera al mediodía y el blasón en el ángulo; entrando en ella, el vestíbulo ó estragal, comunica por medio de un carrejo con la corte, ó establo, donde se recoge el ganado por la noche, y donde descansan los bueyes adornados de melenas^ mientras sobre los des-
Carretas del país
iguales morrillos de la calle, ó en la corralada, se muestra recogida la carreta de Penaos, ó el rodal de madera, como colgado en la pared el dalle bien picado y prevenido para su día, con los demás aperos y útiles indispensables á todo labrador, que por sí propio cultiva su huerto, salla el heno, la cebada ó el maíz, recoge los posarmos ó berza villana, las patatas y demás legumbres, lleva á pastar el ganado, y no se ocupa sino en las faenas del labriego. El piso alto sirve para depositar el heno, guardar la cosecha de maíz, hacer la deshoja, con tanta habilidad pintada por Pereda en El Sabor de la Tier^^uca y en Suum cuique, y almacenar los víveres de que ha de alimentarse la familia todo el año. Escasamente se halla en la casa del aldeano sino una silla de bañizas, mientras en las más acomodadas no abun-
dan las de perilla; su cama es un jergón, y sus costumbres tan frugales como lo son las de los aldeanos y campesinos de casi toda España; come borona y olla de legumbres sazonada con tocino, al medio día, bebe chacolí cuando puede, vino blanco de Nava del Rey y tinto de Rioja en las grandes ocasiones, y al paso que ve discurrir los días de la semana ya ocupado en las faenas agrícolas, ya cuidando de la vaca ó del novillo, ya picando el dalLe^ ó arreglando el carro, — el domingo se reúne con sus convecinos en la taberna y juega allí á las cartas, ó en la bolera, donde juega á los bolos, ó en el corro de las mozas, si es joven y soltero, donde al son del pandero y de los cantares que entonan las muchachas, baila á cuantas puede y se retira luego á su hogar, tranquilo y satisfecho, y dispuesto á comenzar de nuevo sus trabajos de la semana.
La mujer, con su pañuelo anudado en forma de albanega á la cabeza, en mangas de camisa, apenas ceñido el talle por rústico corpiño, con su saya de percal sobre refajo de color fuerte, desnuda de pie y pierna, con el rostro curtido por la intemperie y tostado por el sol, — no es solamente en la Montaña la compañera amante y cariñosa, señora del hogar, y madre de los desarrapados hijos del aldeano, sino que desempeña además funciones agrícolas de importancia, y acaso con mayor perfección que el hombre: ella lleva á pastar el ganado, cuando no confía esta misión á cualquiera de sus pequeñuelos; ella, encorvada todo el día, bien bajo la menuda lluvia persistente, bien bajo los rayos del sol, ó el fuerte viento que sacude furioso las cajigas, los robles y los olmos, salla sin descanso su prado, laya el terreno después de abiertas las mieses á la derrota, recolecta las legumbres, recoge los punzantes erizos de la castaña, conduce la carreta, carga sobre ella los haces de heno, ayuda á colocarlos en lugar conveniente en la cabaña ó en el desván de la casa, y habituada desde pequeña á tales menesteres, jura como los hombres, bebe como ellos en no pocos casos, y se entrega con pasión al vino ó al aguardiente, que la conducen al idiotismo.
S A N T A N i) E P 263
No es esto decir que falta, ni mucho menos, la que, libre de vicio tan repugnante, sólo en su hogar piense, en sus hijos y en su escasa hacienda; y aunque chismosa y enredadora, amiga de disputas en que hace por turno y sucesivamente gala de ingenio, de voz y de mímica, y con frecuencia de la robustez de sus puños, que nada tienen que envidiar á los del mocetón más recio, — es sensible y buena, bien que solapada y maliciosa como todos lo son en la aldea.
Cual consecuencia de la falta de cultura y de ilustración, y de los obstáculos que la tradicional costumbre opone, — el aldeano montañés es supersticioso, y apenas si habrá lugar alguno en la Montaña, donde no haya su bruja correspondiente, creyendo como artículo de fe en la virtud de los amenimlos ó amuletos preservadores, que suspende la madre del cuello de sus hijos, ó que ella misma lleva, para salvarse de todo mal que pudiera sobrevenirle, consistiendo el amenículo^ en un sartal de ajos y acedadle. «Que hay brujas^ lo creen todos los aldeanos, y muchos que no lo son, así montañeses como no montañeses». «Hasta qué punto creen en ellas y las temen mis paisanos, — dice Pereda, — y cómo son las brujas montañesas, es lo que vamos á ver ante todo». «Cuál es el primer hecho del cual parte la fama de una bruja, nunca se supo: creo más bien que esa fama procede de su mismo tipo, porque he observado que están cortadas por un mismo patrón todas las mujeres que he conocido y conozco calificadas de brujas en este país; todas se parecen..., y... han vivido ó viven solas, generalmente sin familia conocida ni procedencia claramente averiguada».
«La bruja de la Montaña no es la hechicera^ ni la encantador a ^ ni la adivina: se cree también en estos tres fenómenos, pero no se los odia [como á aquella]: al contrario, se los respeta
y se los consulta, porque aunque son también familiares del demonio, con frecuencia son benéficas sus artes: dan la salud á un enfermo; descubren tesoros ocultos y dicen á dónde han ido á parar una res extraviada ó un bolsillo robado». — «La bruja no da más que disgustos; chupa la sangre á las jóvenes; muerde á sus aborrecidos por las noches; hace mal de ojo á los niños; da maldao á las embarazadas; atiza los incendios; provoca las tronadas; agosta las mieses y enciende la guerra civil en las familias». — «Que montada en una escoba va por los aires á los aquelarres los sábados á media noche, es la leyenda aceptada para todas las brujas».
«La de la Montaña tiene su punto de reunión en Cernéula, pueblo de la provincia de Burgos». «Allí se juntan todas las congregadas al rededor de un espino, bajo la presidencia del diablo en figura de macho cabrío». «El vehículo de que se sirve para el viaje es también una escoba: la fuerza misteriosa que la empuja se compone de dos elementos: una untura negra como la pez, que guarda bajo las losas del llar de la cocina y se da sobre las carnes, y unas palabras que dice después de darse la untura». «La receta de ésta es el secreto infernal de la bruja: las palabras que pronuncia son las siguientes:
« Sin Dios y sin Santa María, ¡por la chimenea arriba 1»
«Y parte como un cohete por los aires». — «Redúcese el congreso de Cernéula, á mucho bailoteo al rededor del espino, á algunos excesos amorosos del presidente, que por cierto no le acreditan gran cosa de persona de gusto, y, sobre todo, á la exposición de necesidades, cuenta y razón de hechos, y consultas del cónclave al cornudo dueño y señor». «Tal bruja refiere las fechorías que ha cometido durante la semana; otra pregunta cómo se las arreglará para acabar en pocos días con esta hacienda ó con aquella salud ; otra manifiesta que la familia de aquí ó de allí goza de una alegría y un bienestar escandalosos, y que
i Al aquelarre ! (Copia de un Capricho de Goya)
en su concepto debe hacérsela algún daño, etc., etc., etc.» «A todo lo cual provee el demonio en el acto, en unos casos dando consejos, en otros echando la maldición que saca lumbres; proporcionando á esta 'bruja ciertos polvos para que se los haga tomar á Petra, á Antonia ó á Joaquina, con los cuales es segura la Jaldía á las pocas horas; indicando á otra la necesidad de que al vecino X ó Z le chupe un par de reses, ó haga malparir á su mujer; y en fin, ilustrando y auxiliando con toda clase de luces y medios materiales al numeroso congreso, para mayor honra del demonio y desesperación de los pueblos». «Estas soirées duran desde las doce de la noche hasta que el alba asoma sus primeros tornasoles sobre las cumbres más altas».
«Aceptando esta versión el vulgo como artículo de fe, no bien la fama califica de bruja á una mujer, ya se pone aquél en guardia contra ella». — «Nadie pasa de noche junto á su casa; no se toca cosa que le pertenezca; se le da en todas partes el mejor sitio, y en cuanto vuelve la espalda se le hace la señal de la cruz». «En la calle se la saluda desde media legua, y las mujeres en cinta huyen de su presencia como de la peste; las que ya son madres, separan á sus niños del alcance de su vista para que no les haga mal de ojo». «Si á un labrador se le suelta una noche el ganado en el establo y se acornea, es porque la bruja se ha metido entre las reses, por lo cual al día siguiente llena de cruces pintadas los pesebres». — «Si un perro aúlla junto al cementerio, es la bruja que llama á la sepultura á cierta persona del barrio; si vuela una lechuza al rededor del campanario, es la bruja que va á sorber el aceite de la lámpara ó á fulminar sobre el pueblo alguna maldición». «En una palabra, todo lo triste, todo lo desgraciado, todo lo calamitoso que ocurre en la jurisdicción de una bruja, se atribuye por el vulgo á las malas artes de ésta».
«Acontece que las llamadas brujas son mujeres de la misma piel del diablo, es decir, enredadoras, chismosas, borrachas y algo más, en cuyo caso explotan en beneficio de sus malos ins-
SANTANDER ( 267
tintos la necia credulidad de sus convecinos; ó son como otra persona cualquiera, y acaban por ser completos demonios, acosadas, escarnecidas y vejadas por el fanatismo popular; ó son, en fin, mujeres virtuosas y honradas á carta cabal, y entonces viven, las desdichadas, mártires de la más estúpida persecución». «De los tres grupos — concluye el Sr. Pereda — he conocido brujas en la Montaña» (i), sin que se interrumpa por la muerte la dinastía de aquellas, pues al poco tiempo de fallecer una, ya el vulgo señala, odia y persigue á otra mujer como su sucesora, si no en el mismo barrio, en otro cualquiera del pueblo, atribuyéndole iguales condiciones, y achacándole toda suerte de maleficios y desdichas.
Las horas largas y frías del invierno, - pásalas el campesino en las hiladas^ ó reuniones celebradas en la cocina de la casa de cualquiera de ellos; y mientras las mujeres al amor de los tizones hilan el lino, los hombres discurren á su modo bien sobre política, que suele ser estupenda, bien contando cuentos y chascarrillos, bien proponiendo adivinanzas, ó bien de forma parecida, y siempre mirando allí y fuera de allí como á profeta y hombre superior, al que ha logrado en el lugar «la fama de célebre, nombre que entre los aldeanos equivale á decidor, oportuno, chistoso», á quien «escuchan con la sonrisa en los labios» y «tiene amplias facultades, no solamente para provocar la risa, sino para ser importuno, molesto y hasta grosero dónde y cuándo le acomode, sin que á nadie se le ocurra darse por ofendido, aun cuando la dignidad y la honra sean las víctimas de un equívoco, ó de una frase más ó menos ingeniosa». — «Y ^cuál no será la influencia de un
(i) Las Brujas, en Tipos y paisajes ; véase también lo que de la Ránula, dice en El Sabor de la Tierruca.
hombre de estos sobre los que le rodean, cuando sobre su carácter de gracioso lleva la opinión sabio...}» El se halla «siempre presidiendo todos los acontecimientos del lugar. » «Bodas, bautizos, entierros, juntas, tertulias... en cualquier acto de estos y otros muchos, lo primero que la pública curiosidad» busca anhelante es su presencia; «porque aquí para provocar la risa, allá para dar un consuelo y en el otro lado para ilustrar el juicio de los demás, su presencia» se hace «tan indispensable, que sin ella no se» encuentra «alegría, ni lágrimas, ni consuelo, ni consejo» (i).
El, con medias palabras, despierta la desconfianza, enciende los odios, aviva los deseos y las ambiciones de sus convecinos; les aconseja, les incita, les mueve y les impulsa, y á veces es tal su influencia, que hace y deshace á su gusto matrimonios y contratos, interviene en las elecciones, dirige el concejo, y se convierte en cacique de la aldea, aunque sea en ella de los menos acomodados. No le falta un chiste malicioso y mal intencionado en ocasiones, para la novia, en medio de la boda á que asiste, para el difunto, cuyo entierro acompaña, para el querelloso, que le pide consejo, para los que con él se encuentran en las hiladas y en las deshojas, ó en la taberna y en el corro de bolos. El es el que, como hombre experto, lleva consigo de preferencia á la villa ó al mercado ó á la feria, el aldeano ó el colono montañés que desea comprar con sus ahorros ó una vaca, ó una pareja de novillos, no siendo raro que además de todas aquellas cualidades que le han hecho célebre en la aldea, sea «público y notorio que en más de cien sangrías que lleva hechas en el pueblo á los animales de sus vecinos, á la oreja, al pelo y al rabo, que es la más difícil, no se le ha desgraciado una sola res»; que «para poner una bizma, ó sea un emplasto de trementina y polvos de suelda, no hay otro que se le iguale»; que «distingue á la legua un cólico de un empander amiento, y en las cojeras no confunde el zapatazo con el babón»; que «si no ha
(i) Pereda, Swwm cw/gwe CEscííwas A/o«^awesas, pág. 197 de la ed.de 1864).
curado un solo caso de solefiguaño^ es porque la enfermedad es mortífera, mas no por haber dejado de echar á tiempo, por ¿a boca abajo del paciente animal, con el auxilio conductor de una teja, el agua de jabón, aceite y vino blanco, bien caliente». «Por algo dice él que si le hubieran desamináo, albitre podía ser, y es la verdad» (i).
Examina grave y atento, y, como hombre que lo entiende, el ganado ó la res que trata de comprar aquel á quien sirve de perito; media en las negociaciones del contrato, allanando dificultades; resuelve las consultas que el dudoso comprador le hace; contesta á las marrullerías del vendedor, y es el primero en cortar las diferencias, y avenir á los contratantes, proponiendo que se pague la robla, semejante á lo que llaman en otras partes alboroque. «Desde que han ido cundiendo la sagacidad y trapacerías de los trasmeranos — dice otro escritor montañés,— son pocas las ventas de nuestras ferias en que no se promuevan algaradas al reconocimiento de los ganados, lo cual exige la intervención de más personas, que aumentan los gastos de la robla, hasta el extremo de no querer ya los vendedores entrar con la obligación de pagarlos, como siempre fué costumbre, y quedarse las ventas por estas pequeñeces: rueda hoy entre los feriantes esta frase, que va haciendo fortuna: De roblas y cabezas, cada uno la mitad» (2).
«Como una de las cosas más festivas de nuestras ferias», — continúa el mismo escritor, — digno es de ser citado «el reconocimiento y entrega de los ganados, cuando se venden á los trasmeranos; gente lista, sabe manejar el negocio con tal sutileza y maestría, que los vendedores pocas veces llegan á apercibirse puedan ser de la misma cuadrilla los diferentes tanteadores que se presentan, y llega la hora de entregar sin que todavía les sea dado saber quién es el verdadero comprador, entre los dos ó
(O Pereda, Lcl Robla (Escenas Montañesas, págs. 36 y 37 de la ed. cit.)- (2) Lasaga Larreta, Dos memorias, pág. 67.
tres que suelen intervenir; entonces comienza la parte más graciosa del saínete». «Con el paraguas terciado á la espalda, poniéndose en cuclillas, empieza el reconocimiento haciéndole con los dedos figuritas en los ojos, para ver si tiene en ellos la res alguna imperfección; á lo mejor sale con que se le nota en el derecho como un pajazo^ así le tenga más cristalino que el agua; aunque en esto no hace mucho hinc'apié, porque él sabe que hay otro sitio de donde con sus triquiñuelas sacará para el gasto del día, que es lo que va buscando: enseguida, dice al compañero: — Echa mano de ese aiiimal^ que voy á reconocerle la boca; cogiéndosele éste por los cuernos, ó por uno de ellos, métele los dedos en las fosas nasales, á lo que llaman coger ó agarrar por los morros ; después le tuerce un poco la cabeza y le abre la boca, se la mira detenidamente repasando con la uña la juntura de las palas; afirma que están algo ralas ^ que cabe en ellas el canto de una peseta; además, la una está esportillá (aportillada); y por lo tanto se debe rebajar lo menos tres pesetas de lo ajustado». «El vendedor contesta que no está por eso, que en las palas no hay tal esportillaúra^ que los animales están del pastu y por eso se le han gastado». «Dice entonces á su compañero el trasmerano: — A ver, Pacho, si tú reconoces esos animales, y si tengo yo razón en lo que digo, ó no la tengo». — «Pacho acaba de remachar el clavo; asegura, que para su entender, lo del ojo es algo más que un pajazo, está ya picado en nube: de lo de la boca dice que el compañero se ha quedado corto, que lo menos que tiene de rebaja por todo es un peso». «En esto se van rodeando algunos vecinos y conocidos del ganadero, y empieza la discusión; los demás trasmeranos, que andaban á la desbandada, se acercan también, y arremolinándose como gorriones, empiezan á hablar todos á la par sin entenderse; pero ellos van al suco, hasta que uno, más grave ó más sentencioso, exclama: — Señores y voy á decir , si ustedes quieren, lo que eíi mi concencia, y segí'm mi corto entender, tie7ten de rebaja los animales; menos, menos, de 5 riales no hay qtie le poner, pues en el ^
mer cadillo de Hoznayo ó en Haro más ha de subir la rebaja, por que alli S071 más de lie dos» . — «Dice el comprador: — Fació, yo paso por lo que has dicho, á ti níinca te dejo feo; el vendedor, que no está muy conforme con aquella sabiduría, regañando
entre dientes, dice: — Estos j de trasmeranos siempre se han
de quedar co7i algo de carne entre las tmas ; al cabo por 5 reales no voy á dejar de vender la pareja. Ahi tienen tistedes los bueyes » .
«Aparece entonces una ráfaga de alegría en el mustio semblante de aquellas gentes habladoras», se conviene en la forma en que ha de ser satisfecha la robla - el vendedor, después de recibir el precio, entrega al comprador la ahijada, «como símbolo del dominio que le trasmite», y se procede á dar la tradicional solemnidad al trato, remojándole en la taberna con la robla, requisito sin el cual, «estos paisanos, — observa Pereda, — no dan por terminado ningún negocio, aunque para cumplir con la ley le amortajen con más testimonios y sellos que un archivo de hipotecas». «No vale en el día de mañana, para disfrutar pacíficamente la posesión de lo comprado, restregar los hocicos del vendedor con la resellada escritura de legítima pertenencia; que si ante la ley le asegura en la posesión, no es suficiente, sin embargo, para librar al poseedor de un litigio cada semana, en el que, por lo menos, pierda la paciencia, amén de algunos dinerillos que suelen irse en pos, por vía de procuración, asesoramiento y demás adminículos de que es costumbre proveer á todo aquel que tiene la mala humorada de pesar sus derechos en la prudente balanza de Astrea». «No hay, pues, título de propiedad que valga, si falta la fe de bautismo, el fíat del tabernero más próximo, la robla, para decirlo de una vez» (i), y sin la
(i) Pereda, La i<!o¿'/a.—Lasaga Larreta, que no desconoce, antes bien afirma la identidad más que la semejanza del alboroque con la robla, en el sentido aquel de obsequio ó regalo, — después de estimar en justicia que ésta no es sino la roboración, corroboración ó confirmación del trato, recuerda «de cuando iba á la escuela, que los muchachos, usábamos, — dice,— una cosa parecida» á los símbolos usados en varios pueblos de Europa, para confirmación y fortaleza de lo estipulado, y señal de la transferencia de dominio, «para solemnizar nuestros cámbala-
cual,. no puede «pasar un objeto de las manos de Juan á las de Pedro».
Permítenos, lector, que, pasando por alto otros muchos hábitos de la Montaña, como el relinchar de los mozos, que no es sólo privativo de ella y se encuentra en otras partes, según sucede en Murcia, hábitos de que Pereda te dará gallarda noticia, recordemos los marzantes de la noche de Navidad, es decir, las «dos docenas de mocetones del lugar, que andan recorriéndole de casa en casa», pisando recio con las almadreñas sobre los morrillos ó cantos de la calle, relinchando á más y mejor, y pidiendo por las ventanas y en voz de falsete «para disfrazar la verdadera», «morcillas en blanco, ó aunque sea en negro, y otras cosas por el estilo», que ó se les da ó se les niega, según el rumbo del aldeano de quien lo solicitan, ó se les finge con morcillas llenas de ceniza. Pero no es éste el origen legítimo de las mar zas, en toda la Montaña características; nacieron, quién sabe la ocasión, durante «las tibias noches del mes de Marzo, embalsamadas por el rico florecer de la campiña», y cuando todo convida á rondar en ellas; tomaron nombre del mes, y hoy todavía, «la ronda pasea uno y otro pueblo, corriendo en ocasiones largas distancias; se detiene á la puerta de los señores y de las mozas que tienen partido, esto es, concepto de hermosas, y recita stts marzas con voz plañidera, sin acompañamiento alguno
ches: después de haber hecho la venta ó cambio,— prosigue,— uno de ellos se arrancaba un mechón de pelo, y arrojándolo al aire, se ponían los dos contratantes á soplarle hasta que se perdía de vista, y luego se decía:— Ta hemos echado el Pelucii, al que se vuelva atrás el diablo le lleve^K — «Si se aclaraba después que hubo engaño, y lloraba el ofendido, los demás compañeros decían que ya no podía volverse atrás, porque se había echado el pelucu» (Dos Memorias, pág. 67 cit.). Pereda por su parte afirma, que «el origen de esta ceremonia no consta en las crónicas montañesas, porgue se pierde en la antigüedad de la afición de los montañeses al acre néctar riojano» (La Robla).
y en un ritmo sencillo de dos frases, parecido al canto llano de la liturgia católica. » Restos son de antiguos desfigurados romances; mas «^quién, — pregunta otro escritor montañés, — sería capaz de distinguir y señalar en el fárrago bastardo de las marzas montañesas^ la pertenencia y origen de sus elementos varios, y en qué momentos y á qué propósito los tomó del romance caballeresco, del rústico, de la canción amatoria, la serranilla y el villancico » (i)?
La costumbre, sin embargo, ha dado por extensión sin duda nombre de marzas á las rondas y cantares de la noche de Na-
(i) Escalante fCos/as ¿Aíoníawas, pág. 506 á $ 09;, inserta una de las marzas montañesas, la cual reproducimos, por juzgarla no desprovista de interés, y dice :
«Ni es descortesía ,
no nos acredita
ni p<s H PQnhpH 1 pn r"!
ol ÍIU lU LCllClliUb.
en casa de nobles
Ni era lo maiore.
cantar sin licencia;
ni era lo menore.
si nos dan licencia,
que era doña.....
señor, cantaremos;
ramito de flores,
con mucha prudencia
y también su esposo
las marzas diremos.
porque no se enoje.
Escuchen y atiendan,
Salga doña...,,
nobles caballeros,
la del pelo largo,
oirán las marzas
Dios la dé buen mozo
compuestas de nuevo,
y muy bien portado.
que á cantarlas vienen
con el cuello de oro
los lindos marzeros,
y el puño dorado.
en primera edad
y también su hermano
y en sus años tiernos.
muchos años goce.
como las cantaron
su padre y su madre
sus padres y abuelos.
que los arrecogen.
y hacemos lo mismo
.también sus criados
para no ser menos.
por que no se enojen.
Á lo que venimos,
por no ser molestos.
no es á traer,
Con Dios caballero.
y así llevaremos
hasta otro año....
de lo que nos dieren.
á los generosos
torrendos y huevos.
líbrelos de daño.
nueces y castañas.
Angelitos somos,
y también dinero
del cielo venimos,
para echar un trago.
bolsillos traemos.
porque el tabernero
dinero pedimos.»
vidad; y siguiendo la pintura comenzada, y después de los relinchos de rúbrica que son á manera de anuncio ó preámbulo, el marzante que dirige las rondas, siempre con la voz de falsete, pregunta al dueño de la casa si quiere que recen ó que canten; y resuelta la cuestión, después de «otro coro de relinchos», semejante al que anunció su presencia, «comienzan á cantar los marzantes, en un tono triste y siempre igual, un larguísimo romance, que empieza:
« En Belén está la Virgen que en un pesebre parió; parió un niño como un oro, relumbrante como un sol...
y concluye con estas palabras:
«A los de esta casa Dios les dé victoria, y en la tierra gracia y en el cielo gloria».
«Esta copleja tiene esta otra variante que los marzantes suelen usar cuando no se les da nada, ó cuando se les engaña con morcillas llenas de ceniza:
« A los de esta casa sólo les deseo que sarna perruna les cubra los huesos.
« Los pesados lances á que esta jaculatoria suele dar lugar, y los nada ligeros que se suscitan siempre al fin de la velada, cuando van los mozos á comer las mar zas á la taberna, ya encontrándose con los rriarzantes de otro barrio, ó ya faltando al respeto á algún vecino, es lo que sin duda da origen á que disfrace la voz el que pide, y á que guarden asimismo el incógnito todos sus compañeros » (i).
( 1 ) Pereda , La Noche de Navidad {Escenas Montañesas J.
No hablaremos ni de la bolera, colocada en un extremo del lugar, donde los mozos del mismo distraen honestamente sus ocios los domingos ; ni de los otros juegos que, como el de la cachurra ó á la brilla^ describe en El sabor de la Tier7^uca (i) el insigne Pereda, á quien hemos recurrido para darte á conocer al montañés, pintado por sí mismo, y prescindiendo de ciertas notas que el carácter del autor de Sotileza pone de relieve, y con arreglo á las cuales, deducirías, sin vacilar, lo contrario de lo que se propone aquel escritor, quizás, á ser esto posible, el más amante de su tierra : esto es, que la Montaña y los montañeses son casi salvajes, cuando no es exacto. Tampoco traeremos á la memoria el tipo del mayorazgo de aldea, un tiempo ensoberbecido con su nobleza, su palacio desvencijado, su blasón esculpido en la portalada y en un ángulo del palacio, su sitial blasonado en la iglesia y cerca del presbiterio, sus pergaminos y sus fantasías, y hoy reducido al papel de los demás aldeanos, ó restaurado con el dinero de 2^^\m j ándalo ó de algún indiano, á quien conoció en la aldea descalzo y casi sin hogar ni abrigo; pero con prescindir de todo esto, de las derrotas y de las deshojas, — por ser cosa que recuerda añejas costumbres cántabras, á la cual estima alguno como derivada de los griegos que habitaron parte de esta región santanderina, — lícito nos será hacer siquiera memoria de las fiestas con que las bodas son celebradas, cuando el novio es rico y rumboso principalmente, y haciendo caso omiso de los preparativos del festín, que tiene mucho por la abundancia, del del rico Camacho, descripto por Cervantes.
Desde bien temprano, si la estación es buena, « las puertas
(i) Cap. XVII.
y ventanas de la casa» del novio, aparecen vistosamente «festoneadas de rosas y tomillo; las... mejores guisanderas de los contornos, posesionadas del gallinero, de la despensa y de la cocina, despluman acá, revuelven allá y sazonan acullá, y atizan la fogata que calienta á veinte varas á la redonda, y al salirse en volcán de chispas por la chimenea, se lleva consigo unos aromas que hacen chuparse la lengua á toda la vecindad.» «En un ángulo del corral otras cocineras menos diestras guisan en grandes trozos» el número de terneras que haya dispuesto para tal intento; y mientras se improvisa « en el centro una fuente de vino tinto, y se arma una cucaña en el otro lado», — estallan «en el espacio multitud de cohetes; recorren las callejas cuatro gaiteros sacando á sus roncos instrumentos los más alegres aires» que pueden ; voltean «las campanas; los mejores mozos del lugar ponen el relincho en las nubes ; las mozas engalan sus panderos con cintas y cascabeles ; el sacristán tiende paños limpios y planchados en el ara del altar mayor, y el maestro de escuela se come las uñas buscando un consonante que le falta para concluir un epitalamio. »
« Dos horas más tarde, una alegre y pintoresca comparsa sale del corral», donde mozos y mozas vestidos de gala se hallan ya reunidos, y se dirige á la casa de la novia ; muéstrase la comparsa compuesta de «numeroso grupo de danzantes, bajo cuyos arcos cruzados van » el padre del novio y éste : « detrás de la danza forman doce cantadoras con panderetas adornadas de dobles cascabeleras^ y siguiendo á las cantadoras un sin número de mozas y mozos de lo más florido del lugar», al paso que «las avenidas de las calles » , aparecen siempre « ocupadas por una multitud de curiosos» como en todas partes ocurre. «Los cuatro gaiteros abren la marcha, tocando una especie de tarantela muy popular en la Montaña, y á su compás piafan, graves como estatuas, los danzantes. » «Cuando las gaitas cesan, dan comienzo las cantadoras en esta forma.» «Seis de ellas, en un tono pausado y lánguido, marcando el compás con las panderetas, cantan :
» — De los novios de CvStas tierras aquí va la flor y nata,
»Las otras seis, con igual aire y acompañamiento, responden :
»— Válgale el Señor San Roque (i), Nuestra Señora le valga.
» Luego las doce:
»— De los novios de estas tierras aquí va la flor y nata. Válgale el señor San Roque, Nuestra Señora la valga.
» Alternando así otras dos [ó más] veces las cantadoras y los gaiteros, llega la comparsa á la portalada »de la casa de la novia, y allí se detienen y callan todos por un instante. « Enseguida los mozos de la comitiva echan una relÍ7ichada^ pero tan firme, que llega á los montes vecinos, y aún queda una gran parte para volver de rechazo hasta el punto de partida en ecos muy perceptibles.» «Acto continuo las de las panderetas, y mientras» el padre del novio da «tres manotadas» en la puerta de la casa, cantan «esta nueva estrofa:
« — Sol devmo de estos valles, -v,
deja el escuro retiro:
que á tu puerta está el lucero
que va á casarse contigo. »
(i) Hace observar Pereda, — que es de quien nos permitimos copiar con algunas necesarias variantes de locución,— que «la costumbre de cantar de esta manera es aún bastante frecuente en la Montaña ; pero más que á los novios en sus bodas, suele dedicarse el obsequio á los hijos del pueblo cuando, tras de muchos años de ausencia, vuelven ricos á él, y al Santo patrono cuando le llevan en procesión.» «Los dos versos que ponemos en boca del segundo coro,— añade, — son los que cantan siempre en tales casos, como estribillo, con la alteración conveniente en el primero, según el Santo de la localidad y objeto del festejo» (Blasones y Talegas).
«Momentos después, se abre la portalada y aparece» la novia con sus padres, si los tiene, vestidos de fiesta, ella «trémula y ruborosa» y «con las... flamantes galas de novia», y se colocan como pueden, si caben todos, debajo de los arcos, poniéndose de nuevo «en marcha la comitiva entre los relinchos y las aclamaciones de los curiosos, la música de las gaitas, las coplas de las cantadoras^ el estallido de los cohetes, y el toque de las campanas, porque es de advertir que el sacristán » , si el rango y rumbo de la boda lo merecen, llega hasta encaramarse « en lo más alto de la torre, toda la mañana, con objeto de solemnizar á volteo limpio cualquier movimiento que note entre la gente de la boda.» «Cuando ésta llega al portal de la Iglesia, salen á recibirla», según la cualidad de las familias, « el señor cura, el alcalde con una comisión del ayuntamiento, el maestro y los chicos de la escuela». «El primero,... se limita á saludar afectuosamente á cada uno de los... personajes principales del alegre y pintoresco grupo.» «El alcalde, labrador pudiente^ rapado á navaja en cuanto no sea mejorar terrenos y amillarar riquezas imponibles^... hallando sin aquello que hizo el señor cura por todo homenaje á los novios, se propone darle una lección en tan solemnes momentos,» y como puede, les dirige estrambótica alocución á que asienten los concejales, mientras el maestro, dirigiéndose á los chicos, da la voz, para que éstos comiencen « á cantar un himno compuesto ad hoc por el pedagogo, formando al mismo tiempo, con la precisión de reclutas, en dos filas que van á terminar á la puerta de la Iglesia. »
«Pasando la comitiva por en medio de ellos, y entrando en el templo», mientras se acomodan en el lugar propio, « los gaiteros y el maestro suben al coro, aquellos para tocar la misa., éste para echar la epistola y dirigir á los demás cantores. » La ceremonia se verifica como en todas partes, habiendo «tiros de escopeta y cohetes á la puerta, en el momento de la Consagración »; y terminado el acto religioso, «después de las felicitaciones y enhorabuenas de costumbre, vuelve á formar la comiti-
va á la puerta de la Iglesia, y se pone en marcha conforme ha venido», dirigiéndose á la casa del novio. «El señor cura», — aunque estuviese prohibido en antiguas leyes (i), — los novios y sus familias, los padrinos, «el alcalde, la alcaldesa, los concejales de la comisión, el maestro, el sacristán, y más una docena de personas de lo más selecto del lugar, ocupan la larga mesa preparada en la sala principal ; los danzantes, los gaiteros, las cantadoras y cuanta gente se presenta, se posesiona del corral, donde hay para el que menos, abundante ración de guisado, pan, vino... y arroz con leche » (2).
Distinguiéndose de los demás habitantes de la provincia, famosos son por cierto y nombrados y conocidos en toda España los pasiegas. Hay quien pretende no sólo que son gente de procedencia extraña, allí al valle de Pas llegada en los días de la Reconquista, como siervos de criazón, emancipados ó libres más tarde, y cuyas villas no figuran en el libro de las behetrías formado en tiempo de don Pedro I, — sino que son de origen mahometano, haciendo advertir que «el pasiego desconoce la estabilidad del hogar » ; que «anda errante de cabaña en cabaña en busca de aguas y pastos para sus ganados » ; que es comerciante; que es para él «una religión la venganza», la cual se transmite «como una herencia, y el que perdona aparece á los ojos de los otros como un cobarde»; que «es sobrio»; que privándose de la nata del mozizit confecciónala manteca»; que «merca con su valor el pan ó borona que no puede cosechar en sus alturas, y toma por compamt el mozaiztt »; que «aprovecha
(1) Así á lo menos lo prescribe el tít. V. del Concilio de Coyanza (1020), diciendo terminantemente : «Presbiteri ad nuptias causa edendi non eant, nisi ad benidicendum, 1)
(2) Pereda, Blasones y Talegas en Tipos y Paisajes.
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también el suero y los trebejos ó mazeaos^ que es la parte serosa de la manteca»; que «no se permite tomar mozizu ó leche» y sólo lo consiente «á los niños y los ancianos » ; que « es una especie de sacrilegio» para él, «el tomar asada ninguna cosa del cerdo, sino cocida » ; que no hay pobres, en la pasieguería, por que «el aislamiento en que viven les prescribe sin duda unirse entre sí, para que el pasiego no se vea nunca reducido á mendigar de los extraños. »
«A cierta edad, los hijos, permaneciendo en el hogar paterno, empiezan á tratar y contratar, formando su peculio para cuando lleguen á casarse, que no lo hacen sin previsión, cediendo al instinto de la naturaleza». Cuando los padres «llegan á una edad avanzada, ó muere uno de los cónyuges, el supervivente, ejerciendo un acto de jurisdicción doméstica, convoca sus hijos, y les hace entrega por hijuela de las cabañas, vacas y prados, con la ineludible obligación de darle anualmente en metálico la cantidad que conceptúa le será necesaria para vivir, y también queda estipulado el mozizu de cada día; si alguno de los hijos se halla ausente, el padre ó madre disfruta de aquel lote, como compensación del metálico, hasta que se presenta». «Si se da el caso, que es bastante raro, de que cualquiera de ellos no entregue á los padres lo convenido, se hacen cargo los otros de suministrárselo, y al formalizar las cosas en el fallecimiento, le demandan para hacerse cobro; el pasiego no da crédito al refrán castellano : El que da lo qtie tiene antes de la muerte^ merece que le peguen con tm canto en la frente». El montañés mira como una ofensa que le confundan con el pasiego, quien ha conservado á través de los tiempos «dos prendas de antigüedad» la capiruza^ en que el escritor á quien venimos siguiendo ve «el albornoz del árabe», y el palancu, ó «bordón del antiguo peregrino» (i).
«El pasiego, — decía otro escritor en 1 85 i , — conserva algo de
(i) Lasaga Larreta, Dos Mtímorzas, págs. 61-64.
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la tradicional independencia y arrogancia de los moradores de otros siglos: él no se baja á servir de cochero ó lacayo como el asturiano, ni de mozo de cordel como el gallego, ni tampoco de criado doméstico, en mayor ó menor escala, como lo hacen los paisanos de otras provincias». «El Pasiego procura, ya permaneciendo en sus hogares, ya alejándose de ellos, vivir libre y dueño de sí, no reconociendo ningún amo». «Favorecido por las montañas en que nació » , se consagraba desde joven al contrabando, en cuya profesión se amaestraba pronto con las lecciones y la práctica desús padres y parientes, contribuyendo «poderosamente á este fin sus instintos y su constitución física, pues en lo general el Pasiego es robusto, fuerte, temerario, además, calculador, industrioso y listo en más de un concepto». «El que no es contrabandista, comercia en telas, tirantes y baratijas de varias especies, y cuyo origen, más ó menos remoto, suele ser asimismo el contrabando». — «Los Pasiegos forman una nación aparte, como los judíos» y como los gitanos; «se desparraman por toda la provincia de Santander y por el resto de la Península, vendiendo sus cachivaches». «Difícil será que el comprador deje de salir engañado en cualquier mercancía; si no en el precio, será en la cualidad de ella». «Apenas hay villa ó lugar en Santander, donde no haya un Pasiego que figure de más rico ó entre los más ricos del vecindario», citándose como ejemplo entre otros á «D. Antolín Solana, que hizo construir en el muelle de Santander una de las mejores casas, si no la mejor [entonces] de la población, é igualmente algunas leguas de carretera desde su quinta de Arredondo hasta La Cabada».
«El Pasiego, en su estado primitivo, prescindiendo de las transformaciones que pueda experimentar, — se distinguía [entonces] á tiro de cañón por su palo enorme, especie de varal gigantesco, parecido al árbol de San Cristóbal». «El Pasiego y el palo eran dos elementos necesarios para una misma existencia; más que el ciego y el lazarillo, más que el hijo único
y el mimo y la tontería, más que la casta doncella y el deseo de
pasar á otro estado, más que el tramposo y las buenas palabras: esto es, que una cosa no podía existir sin la otra: un Pasiego sin palo sería un cómico español sin apuntador, un ministro sin periódico semi-oficial y sin mayoría parlamentaria». «El palo fué pues el alma del Pasiego; y no significa esto que tuviere alma de palo, en cuya particularidad abundaría en compañeros que no son pasiegos ; sino que sin el palo habría faltado un rasgo característico y esencial de nuestro protagonista». «En sus manos, es [quizás todavía] un arma ofensiva y defensiva, es palanca, es báculo, es remo, es escudo». «Aquí le sirve para rechazar los golpes de cualquier arma blanca, y hasta de cuantas piedras se le arrojen; allí, para saltar con una firmeza y una rapidez sorprendentes, un muro, una tapia, un barranco, un río, ó cualquier obstáculo de otro género que se oponga á sus viajes y excursiones...; allá, para cazar conejos donde pululan los criaderos y madrigueras, ó para llevar un lío de ropa, ó para levantar un peso, haciendo el oficio de cabrestante: el palo del Pasiego es la vara mágica ó el misterioso talismán con que hace mil maravillas» (i).
Viste hoy el traje común, que en otro tiempo era de pana obscura, con más ó menos adornos, compuesto de chaqueta, dos chalecos, de los cuales el superior era de pana negra con botones de plata, y el más interior blanco, ceñidor 6 faja, calzón corto ó bragas^ y usa sombrero ó boina, ó simplemente un pañuelo ceñido al cráneo, olvidadas ya las carcetas ó melenas largas, que no dejaban de contribuir al aliño de su persona; es honrado y hospitalario, y en las villas pasiegas «las medidas para los granos y líquidos... son mayores que las de las antiguas merindades» de la Montaña. Socarrón y solapado, jamás contesta derechamente á nada; vive en cierta espe-
(i) D. Antolín Esperón, El pasiego^ art. pub. en el Semanario Pintoresco Español, t. de 1851, pág. 391.
SANTANDER.-Pasiego.
cíe de masonería, y como «los habitantes de Pas tienen todos un sobrenombre ó apodo con el que son conocidos entre siS, « cuando ocurre instruir una causa criminal contra algún Pasiego » , en balde la autoridad procurará indagar « quién es fulano» ó que se le presente; «los vecinos afirman que allí no vive semejante sujeto, ni saben que exista en la comarca», en la cual no parece la persona á quien se busca, pues jamás se acusan los pasiegos, y «siempre se encubren y protejen». Si llegas, lector, á la cabaña de un pasiego preguntando por él te contestará «que no li co7ioci; si por casualidad se presenta algún otro en estos momentos, él mismo le dirá: — ^Ois^ Marctts? ^Conocis á ti Tista el de Guz tiparras?->y — «Responde el interrogado: — No sé cara onde mora; y después de todo, pregunta: — ^ Qué li querías? — Me han dicho que vende tina punta de ovejas y venía á tratar de ellas: entonces, con el mayor cinismo del mundo, suelta una carcajada, como quien decía, me he estado burlando de ti^ y exclama: — Pzis hombri^ ese soy yo» (i). Si en una encrucijada de caminos se «pregunta á un Pasiego por dónde se va á tal parte, primero se hace el sordo, y sólo habla cuando se le indica uno de los caminos, cuando se le dice en tono interrogativo ¿es por aquí?, entonces responde: — Podráque y podráque; pero ni dice sí ni no, y el interlocutor se queda en la incertidumbre ».
Robusta y recia como el hombre, participando del mismo carácter caviloso y reservado, de la misma predisposición al trabajo, y tan laboriosa como él, — la Pasiega es de buena estatura, de continente varonil y por extremo andariega. De fisonomía agradable, — sobre tupido refajo de bayeta grana, que abulta sus caderas, viste saya corta de paño ó de estameña, plegada toscamente á la cintura, y encima de la cual extiende amplio delantal que resguarda casi por completo á aquella; usó camisa
(i) Lasaga L arreta, Dos Meworms,
con cabezón ; cierta especie de peto de vivos colores, con que cubría los pechos sobre la camisa, y al cual dábase nombre de pechero; corpiño atacado por delante; chaqueta de veludillo ó de paño negro, con adornos en las estrechas bocamangas y en todo el ruedo de la prenda, que era corta, no pasaba de la cintura y careciendo de cuello, iba abierta por delante, dejando lucir los abultados senos y el pechero ; lleva medias azules de lana, fabricadas por ella, y mientras hace ostentación y gala de las arracadas ó zarcillos, grandes y colgantes, que penden de sus orejas, y suelen ser de plata dorada, — adorna el busto con dobles y triples sartas ó collares de coral y vidrio azul ó de vidrio de este matiz y rojo, según sus medios, gargantillas que caen vistosas sobre el pecho, y destacaban no sin arte por encima del plegado cuello de la blanca y gruesa camisa y del rojo pechero; calza los anchos pies con chapines ó escarpines, ó con abarcas de cuero, y su tocado consiste, — pareciéndose en esto á las montañesas,— en amplio pañuelo de algodón ó de seda, conforme sus recursos lo permiten, de vivos colores ó de tonos obscuros, según el gusto y la edad, atado á la cabeza, no á la vizcaína, sino formando una especie de cofia, remedo de la albanega, ó un cucurucho, y ceñido al rededor de forma que el centro queda al descubierto, como deja el pelo trenzado á la espalda.
En el invierno se cubre y envuelve con la capiruza^ blanca, ó de color claro por lo menos, que recuerda el albornoz ó caftán de los africanos, usado también por las damas castellanas en la edad Media; abriga las piernas con pieles, á que da nombre jostras ó pellicas y con las cuales defiende los chapines, y no descuida los que apellida barajones, «especie de tabla triangular sujeta á la planta del pie con correas, y que le sirve para sostenerse en la nieve», tan abundante en la comarca montañosa donde habita. Altivas, amantes del hogar, varoniles y recias, estiman en mucho su honra, y como hacen solas largas y penosas excursiones por todas partes, «son una especie de Lucrecias
SANTJANDER. -Pasiega.
de navaja al cinto, que no hay medio de avenirse con ellas» (i). Fresca como las flores campestres, — es en la Pasiega el ctiévano lo que el palo fué al Pasiego: prenda indispensable, sin la cual no se la comprende; especie de excrescencia nacida de su propia carne, y con la cual vive, anda, camina y lo hace todo, bien que no sea de su absoluta y exclusiva pertenencia, pues también la usa el Pasiego. En el cuévano, sólida cesta cuadrilonga, con dos asas dispuestas en el sentido de su longitud, por las cuales introduce los brazos, de modo que resulta pendiente ó sujeta á la espalda y descansando sobre los riñones, — transporta su ropa, la mercancía en que trafica, las compras, los encargos, el maíz, todo cuanto necesita llevar de una parte á otra; y como es madre cariñosa, y no desatiende por lo general su crío, — en el cuévaíio^ semejante en esto á las cunas canadienses, lleva su pequeñuelo, sin que le lastime opresión alguna, ni le moleste y fatigue el calor de quien le lleva, ni aun el del sol, pues para evitarlo, cuidan de cubrirle con cierta especie de hueco toldo, así como en el invierno le cubren de abrigo y de tela impermeable, para librarle de las aguas y de las nieves, tan frecuentes en toda esta comarca.
El traje pues, resultaba por extremo pintoresco, y se conserva por tradición, — exagerada algún tanto en él, cuando la pasiega,— que goza con justicia fama de robusta y de sana, — ó la que por tal se vende con frecuencia, (que no repugnan las montañesas el hacerlo), abandona su valle y su hogar temporalmente, y va á las grandes poblaciones donde hace comercio de su sangre, vendiendo el nutritivo jugo de sus abundantes pechos á quien puede pagarlo, y convirtiéndose en ama de cría; la saya entonces, por honesta conveniencia, desciende hasta casi cubrirle los pies, hecha de rica tela, con randas de terciopelo festoneado de galones de oro, chaqueta de terciopelo negro, con botones y
(i) Los Pasiegas^ artículo pub. en el Semanario Pintoresco Español^ t. de 1839, pág. 203, donde aparece firmado por las iniciales E. G.
alamares de filigrana de plata ó de oro, grandes pendientes ó de coral, ó de filigrana, ó de monedas de plata y aun de oro, según el rango de la persona cuyo hijo cría, collares de igual índole, rico pechero grana con randas de terciopelo negro y galones dorados, delantal de merino, también grana ó negro, y con el mismo linaje de adorno; escarpines ó botitas en los pies, trenzas caídas á la espalda y pañuelo de seda, abigarrado y dispuesto en la forma en que lo usa en la tierra.
Ni el trato de gente, ni el ambiente que le rodea, ni el ir en carretela descubierta y así ataviada al lado de sus señores, ni aun hasta el hospedarse en las habitaciones reales, cuando llega á prestar sus servicios á la familia reinante, — logran en ella borrar su naturaleza, ni menos el recuerdo de su valle, aunque luego quede en Madrid como ama seca ó de confianza. Ahorrativa, industriosa y económica, todo lo guarda; y cuando vuelve al valle nativo, hace ostentación de todo delante de sus paisanas, y desarrolla en ellas la ambición, decidiéndoles á seguir su huella. Otras veces, viene el su hombre, y con el dinero adquirido se hace el matrimonio de una Vaquería^ y prosigue, no sin cierta nostalgia comprensible, la vida que hace allá en el hermoso valle que riega el Pas, y cierran las montañas, por las cuales tantas veces marchó inclinada bajo el peso del cuévano, haciendo diez y doce leguas sin cansarse por sitios verdaderamente intransitables para otra persona que el montañés que la conoce.
Ya hoy, sin embargo, no se dedica el Pasiego al contrabando como en otros días; mucho daño le ha hecho en su cualidad de mercader ambulante el ferro-carril, y por eso, conforme advierte un escritor de aquella provincia, «se viene observando cierta tendencia entre los pasiegos... á vivir en la Montaña, como ellos dicen, y van ocupando nuestros montes, con notable perjuicio de los pueblos, según aquel refrán de — el que está al pie del peral se come la pera; la falta, sin duda, del contrabando, hace que les sea más ingrata aquella tierra (la suya): con
este motivo — dice — recordaré lo que un vicario que hubo en la Vega de Pas, llamado Madrazo, contestó al Obispo de Santander, cuando le quiso hacer cargos por el contrabando que ejercían sus feligrés: Si qítería su lima, que se mitrieseii de hambre aquellos infelices-» (i).
No nos culpes, lector, si algo y aun algos queda, que pueda interesarte y sea característico de los hijos de la Montaña; si no te hemos dicho palabra de sus romerías, en las cuales constituye el adorno de la imagen del Santo multitud de pañuelos multicolores en forma de arcos dispuestos, — con ser tantas como santos tiene el calendario, según Pereda, y en especial la del Carmen, en Santander, de que te hablaremos al pasar por Bóo, si llegamos allí á tiempo; si de las costumbres campurrianas, tan diestramente pintadas, aunque no coleccionadas por desventura, por D. Demetrio Duque y Merino bajo aquel mismo dictado, tampoco hacemos mérito... Seguros estamos de que pocos habrán sido nuestros yerros, llevando como llevamos de guías á los mismos montañeses cuyas palabras copiamos, hásta el punto de que ellos nos hayan dado hecho este capítulo ; pero si quieres en realidad conocer con mayor extensión los hábitos de la Montaña, lee y estudia después las obras de Pereda, lee y estudia asimismo las de Escalante, las de Ríos y Ríos, las de Duque, las de D. Pedro Sánchez y las de otros, y ellas, como en hermoso y fresco y regocijado ramo, te presentarán al descendiente del cántabro, tal como piensa, tal como siente, tal como vive, tal como anhela, y tal como se expresa en la mezcla de castellano que usa, especie de patois, tan difícil de entender para quien no tenga de él el alma llena. Contempla luego los
(i) Lasaga Larreta, op. cit., pág, 65.
cuadros y dibujos de Polanco, de Pérez del Camino y de Casimiro Sáinz, y respirarás la fragancia de estos valles, la brisa de este mar, el ambiente, en fin, de la Montaña, y así y no de otro modo, si no la recorres por tu pie, podrá serte posible conocerla.
Sólo, sin embargo, nos hemos de permitir un consejo: y es el de que para gozar de todas sus gracias y de todos sus encantos, procures aprovechar el tiempo en que sonríe: porque cuando está triste, llenará de penumbras tu ánimo, á pesar de su lozanía y de su magnificencia decantadas.