Santander · Capítulo real 9 de 20
CAPÍTULO XI
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 16 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPÍTULO XI
Santander: — El Castillo de San Felipe. — La Puebla alta. — La Puebla baja. — Sus memorias. — Los muelles. — El Sardinero. — La Ermita de Nuestra Señora del Mar. — El Monasterio de Corbán. I
*Y^\o parece justo, pues nos hallamos en la Catedral todavía, y unida á ella, como en los tiempos remotos, bien que convertida en Cuartel^ se encuentra la fortaleza de la antigua villa, — que sigamos nuestra excursión adelante, prescindiendo de aquel representante de la arquitectura militar, ya tan reformado, desfigurado y descompuesto, que casi no ofrece otro interés que el meramente histórico. Saliendo á la Rúa Mayor ^ cruzando la torre, descendiendo la escalinata y penetrando finalmente por el pórtico del Cristo de Abajo ^ uno de cuyos ábsides semicirculares surge allí sin carácter, — nos encontraremos enfilado en no muy ancha calle, el edificio que desde la XVII. ^ centuria es denominado Castillo de San Felipe. En balde, lector, interrogarás su fisonomía, si pretendes por ella conocer la fecha de su fundación pro-
bable; en balde será tu afán y será tu diligencia, porque «el
caserío urbano», creciendo como la marea, «se apodera de sus escarpes, ciega sus fuegos, y domina sus hastiales», y le mantiene aprisionado y reducido á la condición con que á tus ojos se presenta, y porque han puesto en él tantas generaciones su mano, que muy poco, ó nada, queda ya que pueda servir de rastro indicador para llegar á la codiciada meta.
Nació, quién sabe cuándo! Quizás en aquella época lejana, en la cual durante el siglo IX.", corrían las costas españolas y africanas los audaces normandos. Acaso antes, mucho antes de esta edad; cuando era por las legiones tiberinas, vencedoras del valor indomable de los cántabros, fundado, quizás en la Magdalena, el Puerto
SANTANDER.— Castillo de San Felipe, y ábside DEL Cristo
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de la Victoria. Dominábase desde aquella altura ancho horizonte, y así y con mayor facilidad era dable mantener en la impuesta y forzada servidumbre á los inquietos hijos de la Montaña por esta parte del litoral cantábrico. Quién sabe, si al amparo de aquel romano propugnáculo, si es que existió, — humilde y pobre, arrimado á él, buscaría abrigo, andando los siglos, el cenobio consagrado á San Emeterio, y si cuando, al calor de la fundación religiosa comenzó á surgir la puebla, serían refrescadas con nuevas obras las cortinas y baluartes de la abandonada fortaleza. Pero iá qué perdernos en inútiles di vagaciones De todos tiempos, consta la existencia de ella, tan antigua como la puebla misma, y en el siglo xvi, decía de ella Brawn: « índe mare versus, arx obuia est antiquissima, non vrbis solum: sed totius etiam sinus imperatrix, quippe cui expositum sit, quicquid toto sinu apparet.» Nadie sin embargo la menciona particular ni determinadamente, si no es en los días de aquel Enrique II, el de las Mercedes; días memorables para Santander y para sus marinos, que se cubrían de gloria en la Rochela el año de 1371, cautivando allí doce galeras enemigas, en que iban cuantiosos tesoros para sostenimiento de la guerra, y con ellas al almirante inglés, conde de Pembroke, y más de sesenta caballeros de espuelas doradas, símbolo de lo encumbrado de su extirpe, quienes «atados con cadenas de hierro», fueron conducidos á la fortaleza de la villa.
El aspecto con que en el siglo xvi se ofrecía, y el que todavía ofrecen algunos de sus mutilados miembros, claro testimonio son de que quizás antes de los días de Enrique IV, si no acaeció en ellos, — fueron de nuevo levantados los bastiones de la misma, así como sus torres, cilindricas, ya desmochadas y cubiertas de vulgarísimo tejado, pero cuya construcción no puede ser razonablemente llevada más allá de la XV. ^ centuria, en que los edificios militares se transforman. Más ó menos modificados, del castillo y de la fortaleza era en 1577 alcaide aquel
Juan de Escobedo, célebre por su muerte misteriosa en Madrid,
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SANTA xNDER
y secretario del insigne don Juan de Austria, vencedor en Lepanto, cuyas cenizas duermen en monumental y moderno sarcófago, bajo las bóvedas sombrías del monasterio escurialense; y si el descubrimiento de la pólvora había hecho indispensable antes de este tiempo la reforma de la fortaleza y del castillo, como necesidades de defensa habían obligado á construir otros en la entrada del puerto según era el de Henano ó Hano, y el de San Martín, — el desarrollo de la artillería demandaba nuevas reformas, y mediado el siglo xvii se hallaban aquellos «con necesidad de esplanadas, colgadizos, encabalgamentos» y otras muchas cosas, y «el peligro de los desembarcaderos de la Magdalena, Sardinero, San Pedro y Nuestra Señora del Mar», por donde podía ser la villa invadida de enemigos, hacían imprescindible no sólo reponer la artillería sino la fortaleza, «de modo que se pueda defender por los naturales».
Así decía, con efecto, en la consulta elevada á la majestad de Felipe IV en 1656, don Sebastián Hurtado de Corcuera, gobernador de la tierra de Asturias y residente en Gijón, cuando temeroso aquel monarca de nuevas guerras navales, era por él comisionado á fin de que, «visitando las cuatro villas», y reconociendo «sus disposiciones defensivas», propusiera al rey «lo que estimara conveniente para su fortificación y armamento». No es dable tampoco hoy detallar ni la extensión ni la naturaleza de los reparos que debió hacer en el castillo; pero todo induce á creer, dados así el tiempo en que verificó la visita (14 de Abril de 1656), como el que tardaría en resolverse la consulta, y el brevísimo durante el cual permaneció al frente de la Comisión citada (i), — que los mencionados reparos no debieron ser muy grandes ni muy importantes, á pesar de sus buenos deseos. Desde entonces acá, ha debido experimentar
(1) En 22 de Diciembre de aquel mismo año, escribía al Conde de Peñaranda, Presidente del Consejo de Indias, aceptando el gobierno y capitanía general de la provincia de Tierra firme (Papeles pertenecientes á la defensa de la gente y puertos de Asturias, Biblioteca Nacional, Ms. Q— 69, cit. por Escalante).
singulares trastornos, ya en la época de la guerra de sucesión, ya en la de la independencia, y principalmente desde mediados del pasado siglo, en que Santander cambia de fisonomía, y da principio á su engrandecimiento.
Embebido entre el caserío, en la actualidad sólo del castillo se conservan dos tambores cilindricos, que blanquean la fachada, y une un lienzo perforado en sus dos pisos por cuadradas ventanas, y mísera rectangular puerta, sobre la cual resalta el blasón real del tiempo de los Felipes, debajo del que en marmórea lápida se lee el siguiente insustancial epígrafe: Gobernando LAS ARMAS DEL REY NUESTRO SEÑOR EN ESTAS CUATRO VILLAS DE LA COSTA Y EL PRINCIPADO DE AsTURIAS, POR SU GRACIA Y GRANDEZA, DON SEBASTIÁN HuRTADO DE CoRCUERA, DEL ORDEN
DE Alcántara y del su consejo supremo de Guerra, mandó
PONER Á LA PUERTA DE ESTE SU CASTILLO LAS ARMAS REALES EN 30 DÍAS DEL MES DE AgOSTO DEL AÑO DE 1656 (l).
Apartémonos, lector, no sin duelo, de estas descompuestas reliquias, que ni la curiosidad siquiera excitan en el viajero, y tornando á la Rúa Mayor ^ respecto de la cual aseguran los escritores locales, sin que sea para nosotros hacedero comprobarlo, que ya no tiene la fisonomía original y propia que años hace conservaba, — dejémonos guiar en ella por quien hubo de conocerla en disposición distinta, para formar juicio de lo que pudo acaso ser, ya que no en aquellos días en que representó papel de no dudosa importancia en las rivalidades y las luchas sangrientas de ambas pueblas, en otros más cercanos á los nuestros. El nos dirá, con efecto, que «pegado á los restos que aún subsisten del edificio colegial, se mostraba un casón antiguo, obra de nobles líneas, apellidado palacio», cuya edad, «años más ó menos» sería de dos siglos, recordando «sus pesados cornisones, las macizas repisas cónicas de sus balcones semicirculares, el
(i) Dados los antecedentes arriba consignados, nada más natural que la fecha completada por el Sr. Escalante, y de la que no son las dos últimas cifras en la inscripción legibles.
verdín tornasolado que marcaba á lo largo de la fachada las filtraciones de la lluvia, y los penachos de yerba apoderados de sus impostas, donde chillaban escondidos los gorriones voraces». «Los ancianos de primeros del siglo lo conocieron vivienda de un magnate, el conde de Villafuertes.... » «El palacio comunicaba con el claustro de la catedral, y cuentan los ancianos que durante el descanso establecido en las horas canónicas, los canónigos pasaban á la sala de billar del vecino y le acompañaban y se divertían con el taco, el tabaco y la taza de café, á que, á fuer de discreto, era aficionadísimo el conde».
Después, nos hará saber que «allí, en la Rúa mayor, tiene su solar el antiguo y revoltoso linaje» de los Gutiérrez de Escalante, quienes levantaron la «paret» de la Colegial que enlaza con la torre, conforme lo declara el epígrafe esculpido por bajo de la ornacina de la Virgen, y que «allí muestra todavía su puerta ojiva del siglo xiv, flanqueada por dos repisas esculpidas de incierto empleo, coronada del sencillo blasón y el apellido, timbres que agobia el orgulloso escudo de los Guevaras, sobrepuesto más tarde en una reedificación ó restauro, á causa de traslación de dominio». «Las hiladas de sillarejo, su color y labra distinguen en la fachada lo más añejo y lo más reciente»; nos dará luego noticia de que «esta casa, llamada por el pueblo el Navio, sea por su extraña disposición interna, por su forma prolongada y angosta, ó por su situación semejante á la del buque que encallada su proa en las algas y el cascajo atraca su popa al terraplén de la ribera, y su vecina, señalada con las armas de Herrera, únicas en pie de tan remotos días, son padrón de lealtad y amor pátrio», conservado por el pueblo «cuando abatió los solares vecinos» de Fernando Fernández de Alvarado, Juan Gutiérrez de Alvear y Gonzalo de Solorzano que en 1466 habían traidores facilitado la entrada en la puebla vieja á las gentes del segundo marqués de Santillana, á quien Enrique IV tenía hecha donación y merced del señorío de la villa, contra la voluntad de sus habitantes.
Reedificado en su gran mayoría el caserío, — ya sólo restan como principales estas memorias en la histórica Rúa Mayor^ cuya fisonomía, sin embargo, se aparta mucho de la de las restantes vías públicas en la ciudad, y que sigue al O. para terminar en la altura de la Cuesta del Hospital, donde empieza la denominada calle Alta que se prolonga hasta la greco romana iglesia de la Consolación ; allí tiene nacimiento la de Menéndez de Lua7'ca^ que se dilata hasta el Hospital de San Rafael fundado en 1791, sucediéndose la de Calzadas altas, la cual finaliza en los llamados Cuatro caminos, con derrames todas en pendiente declive al N. por medio de otras calles que las entrecortan, y cuyos edificios son todavía más modernos. Puede pues juzgarse, aun supuestas las transformaciones que con el tiempo ha experimentado, cuál hubo de ser el perímetro de la antigua pitebla vieja, encaramada en aquel cerro de San Pedro ó de San Nicolás, pues ambos nombres recibe, cercada de murallas, y cerrada á Ocaso por la Ptterta de San Nicolás, de infaustos recuerdos, hacia lo alto de lo que hoy es con el apelativo de Paredón designado.
Antes de abandonar estos lugares, que lo son característicos, y principalmente la famosa calle Alta, « venerable resto de la primitiva Santander» y hoy, al decir de Pereda, que tantas veces la ha descripto, «desvencijado y hediondo albergue de los mareantes del Cabildo de Arriba», — conviene, lector, que por ella discurramos, tomando por guía al creador de Sotileza: él, conocedor y práctico del terreno, advierte en primer lugar, y por grande que haya sido y vaya siendo la transformación operada allí por los tiempos, que «la ebullición civilizadora del centro ha lanzado hasta aquí algunas lavas que á duras penas han logrado ingerirse y arraigarse en forma de casas nuevas, entre» el «laberinto de balcones ruinosos, de aleros retorcidos, de jarcia, de aparejos y de pestilentes residuos de parrocha» ó sardina en salmuera. Las casas, por lo general angostas y altas, «desvencijadas, adheridas unas á otras, para sostenerse mejor.
cargadas de balcones derrengados y de aleros podridos», cuentan alguna vez con hasta siete pisos ostensibles, por más que «entre bodega, cabretes, y subdivisiones de pisos y buhardillas», llegue á catorce á las veces el número de míseras viviendas en que' se halla repartido cada edificio, habitado por igual número de familias, «con sus artes de pescar, sus ropas de agua^ sus cubos llenos de agalla con arena, para 7nacizo^ sus astrosos vestidos de diario, y toda la pringue y todos los hedores que estas cosas y personas llevan consigo necesariamente. »
Utilízase los balcones para destripar la sardina, «colgar trapajos, redes, medio-mundos y sereñas»^ arrojando «á la calle, ó sobre el primero que pasa por ella, las piltrafas inservibles, como si el goteo de las redes y de los vestidos húmedos no fuera bastante lluvia de inmundicia para hacer temible aquel tránsito á los terrestres que por su desventura » necesitan servirse de él por cualquier causa (i). Todavía, con el mismo nombre, por más que haya cambiado de fisonomía y haya perdido ya la importancia que alcanzó hasta hace algunos lustros, existe el Paredón de la calle Alta^ «entre la primera casa de la acera del Sur de esta calle, y la última de la misma acera de RúaMayor, » « Solamente faltan el pretil que amparaba la plazoleta por el lado del precipicio, y la ancha escalera de piedra que descendía por la izquierda hasta bajamar», convertido todo esto en «espaciosa y elegante avenida», á la que, según quedó indicado, con discreto y plausible acuerdo se ha dado para honra de Pereda el nombre de su mejor creación artística: el de Sotileza^ y era en otro tiempo «atracadero de las embarcaciones de aquellos mareantes, hoy parte de un populoso barrio, con la estación del ferrocarril en el centro. » « Allí, en el Paredón^ celebraba sus cabildos el de Arriba, al aire libre, si el tiempo lo permitía; y sino, en la taberna del tío Sevilla, que era... su hol-
( i) Sotüeza, caps. III y VII ; Pasa-calle en" Tipos y Paisajes.
gadero, su lonja, su banco, su fonda, su tribuna y, más tarde ó más temprano, el pozo de sus economías » (1).
Allí, al pie de aquella escalera de piedra, reemplazada por la Rampa de Sotileza^ estaba el fondeadero del Dtieso^ « salpicado de lanchas y barqítías del cabildo, bien ajeno éste á creer que su axioma tradicional de — por mucho qite apañes no /lindarás en el Dueso, — había de ser desacreditado por el genio emprendedor de las siguientes generaciones, plantando en el Dueso mismo la estación del ferrocarril, emblema del espíritu... transformador de las modernas sociedades » (2). Por eso, lector, al entrar en la insig^ne villa marítima castellana, ofrece ésta, coo^ida
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á traición, la espalda de a^uel caserío, que aún no ha sido reformado, como queriendo perpetuar de tal suerte la tradicional memoria de lo que va paulatinamente perdiendo y que formó su historia; por eso, conserva todavía sus dos Cabildos, y como los yemeníes y los modharíes arábigos, guarda cual religiosa herencia y depósito sagrado el fuego de la rivalidad entre las dos pueblas, que tantas y tan repetidas veces, invocando á San Pedrttco^ su patrón, los calle-alteros, y á los santos mártiles los del Cabildo de Abajo, ha producido discordias interminables y sin cuento.
Regresando al puente, aquel famoso puente llamado de Vargas, en conmemoración de la victoria conseguida por la milicia de Santander contra la facción, y que hoy cruza con indiferencia el viajero, cuando ha sido en las postrimerías de la Edad-Media, como en la primera mitad de este nuestro siglo, teatro de sangrientas aventuras, — mientras desde él habrás de disfrutar la hermosa perspectiva que ofrece la Plaza de Velarde^ la línea de construcciones del Muelle y la bahía, y de una y otra parte se ofrece animadísimo espectáculo, que continúa al paso que nos dirigimos hacia lo que fué puebla nueva^ y desembocamos en la
(1) Sotileza, cap. IV.
(2) Id., cap. VII.
nada desahogada Plaza Vieja ó de la Constihición^ — prescindiendo de la Casa consistorial^ edificio de sillería que se levanta sobre cuatro arcos á la izquierda no sin pretensiones monumentales,— formando ángulo entrante con ella, desde luego habrá de llamar lector tu atención vetusto edificio, que dobla á la calle de Santa Clara, y que compuesto de dos pisos, demás del bajo,
SANTANpER. — Vista de la Ciudad
nos sale al encuentro para renovar añejas memorias. Con do§ leones por tenantes, y timbrado de un yelmo coronado de plumas,— á la altura del segundo piso destaca heráldico blasón nobiliario sobre el ángulo del edificio, y por cima de la imposta, como para pregonar desde allí la hidalguía del linaje de la Ribaherrera, fundadores de una de las capillas de la Catedral en el siglo XVII á cuya época corresponde. De malas proporciones, aunque aspecto simpático, — abre ya en la calle de Santa Clara su ingreso, de vulgar arco de medio punto, desornado, cuyas recias dovelas se señalan sobre el muro, para surgir después el balconaje de hierro, en el piso principal, donde apilastrados, y
de frontón triangular con remates de bolas en las vertientes, perforan la fachada tres huecos, en tanto que otro, de mayor latitud, se rasga en la esquina con el frontón partido y románticas apariencias.
Propio de los marqueses de Villatorre, reúne este edificio otro mérito más eminente, por el cual se hace notable, demás de los recuerdos que con su presencia evoca: conmemorado se halla en el ángulo por marmórea lápida muy reciente, y nada monumental por cierto, que con vulgares letras de oro declara en las seis líneas de que consta:
EL AYUNTAMIENTO DE SANTANDER AL ILUSTRE MARINO D.N FRANCISCO ALSEDO NACIDO EN ESTA CASA EL 3 DE SETIEMBRE DE 1758 AÑO 1890
Más arriba, en esta misma calle, cautivando el ánimo por su aspecto y haciéndole mayores promesas, distingüese con sus obscuros tonos, su semicircular desarrollo y sus ojivales fenestras de elegante traza, el gallardo ábside del Convento de Santa Clara, que dió nombre á la calle y á una de las dos antiguas puertas de la villa, — la de la Sierra y la de Santa Clara^ — inmediatas una y otra á aquel religioso edificio, fundado en 1323 por doña María de Cuitarte, viuda de Gonzalo García de Santander, capitán de las naos de Alfonso X y de Sancho IV. Por desventura, ésto es sólo ya lo que subsiste de la primitiva fábrica, erigida por la piedad de aquella señora para retiro de las hijas de San Francisco, pues el convento, reformado en la XVII. ^ centuria, sobre no ofrecer nada de particular y ser en la relación artística insignificante, se halla desde el año de 1839 convertido en Instituto provincial de Segunda Enseñanza^ si bien en aquella fecha recibía el nombre de Instituto Cantábrico. Desmantelada y desnuda, qué triste espectáculo de desolación ofrece al
interior la iglesia, trocada en salón de actos unas veces, otras
en clase de dibujo y otras en lugar destinado á certámenes públicos y florales juegos! Cómo se despegarán de aquellas sagradas bóvedas y de aquellos muros, cuyos ecos han repetido tantas veces los himnos sagrados y las oraciones de los fieles, — la voz de los trovadores, los sonidos de los metales de la orquesta, las guirnaldas de hojarasca y de flores, las colgaduras de percalina roja, y todos los adherentes, en fin, de estas fiestas profanas! Lo que en otro sitio sería á no dudar divertimiento loable y honroso, allí debe resultar segu ra men te
como pecaminoso y extraño; y las cenizas de los que duermen debajo del pavimento el sueño eternal y perenne, se extremecerán llenas de santo horror y de indignación justificada!
SANTANDER.— Casa del Marqués de Villatorre, señalada CON EL NÚM. I EN LA CALLE DE SaNTA ClARA
Poco podrán importarnos el patio plantado de frondosos árboles, ni el Jardín botánico^ ni las aulas, ni las gabinetes...; pero si tienes, lector, noticia de que en este Establecimiento docente existe el Museo arqueológico provincial^ desearás con nosotros visitarlo, y estudiar en él las fases del individual desenvolvimiento alcanzado por la cultura montañesa á través de los siglos. Allí está, con efecto: allí se guarda recogidas las memorias interesantes de la Montaña, ocupando provisionalmente una de las habitaciones bajas del Instituto; allí, hacinadas, revueltas, cubiertas de moho, sudando humedad, envueltas en negras telarañas, confundidas con cascotes, — están las reliquias de las edades que fueron, salvadas de la ruina y del olvido, produciendo muy doloroso efecto el cuadro que ofrece la sombría estancia, y honda tristeza el abandono censurable de los santanderinos, quienes al propio tiempo que enaltecen y subliman las excelencias de su patria,— que somos los primeros en confesar y reconocer, — y ponderan y magnifican en todos los tonos la sublimidad de sus monumentos, no han tenido, todavía que sepamos, una palabra para ayudar en sus tareas á la Comisión provincial de Monumen- ;» tos históricos y artisticos^ ñipara que los representantes de la provincia en la Diptitación^ hayan procurado local decoroso y digno donde instalar el Museo^ que en Santander no existe para nada, y por el cual preguntará en balde el viajero, como preguntamos nosotros, á los mismos empleados de la Diputación de la provincia.
Entallados blasones del siglo xvii; restos de cubiertas de sepulturas, con interrumpidas leyendas monacales; ladrillos; piedras informes... nada de importancia, ni de interés, ni de significación, ni de enseñanza; y entre aquella desconcertada confusión de objetos baladíes por los cuales se forma con verdad muy triste y muy injusta idea de la provincia y de su desarrollo artístico,— bajo de la única ventana, y unida al muro por medio de telarañas polvorientas, una lápida romana, que mide 0,53 de alto por 0,35 de ancho y noventa milímetros de grueso. Hallada
fué en la mina denominada Numa^ entre Udías y Comillas, pro pia de la Real Compañía Asturiana, — que explota casi todo el distrito minero de la provincia, — y con ella «monedas romanas, hachas de piedra, y otros efectos», los cuales se hallan en poder de diversos particulares. La lápida muéstrase decorada en sentido latitudinal por una faja á cada extremo, en la que se desenvuelve incisa, á manera de orla, una serie de medios círculos tangentes; y en el espacio intermedio, separadas por una línea, horizontal también, figura en dos la inscripción siguiente, muy bien conservada:
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• lOVI • OP • MA POS • FL A VS *
Cerca del ingreso de la habitación, y superpuesto uno á otro, osténtanse dos fragmentos, de apariencias monumentales, cilindrico el inferior, y de cuatro rectangulares caras el superior, á manera de pedestal dispuesto, con achaflanado remate, y una oquedad en el centro de la piedra. Mide el primero o"" 71 de alto, y el segundo, que fué labrado para encajar en él sin duda, cuenta en su totalidad o'"5i de longitud, de la cual corresponden o"'32 á cada cara en igual sentido, por o"" 2 9 de ancho, declaraiido en ocho líneas de inscripción en muchas partes borrosa este último:
ísantander
' \ DENDíTAÍii 'J'li lüViVMVV'O'
'^^MdJí PRAtlV. S0R15
IVSTA RIPPA MID KRIE LVMINIS IN V. .lA QUvE ITENDIT AD OPPIDVI VMV VR REQVEJO ED.... ... IN DIE PR^.CVR SORIS ANMI
Rota la piedra en el anillo circular que debía coincidir con el segundo fragmento, tenía allí principio el epígrafe, entendiéndose en las seis líneas que con esta cuenta:
Conforme declara el epígrafe del pedestal en el primero y superior fragmento, bien que el todo despierta muy singulares sospechas en orden á la autenticidad de esta reliquia, parece que hubo de ser encontrada en el pueblo de Requejo, de donde en la situación en que hoy se ofrece, fué trasladada á este sitio, para constituir, con otras antigüedades de ningún valer, la base del Museo arqueológico provincial^ el cual, por lo visto, y dado el escaso interés que estas vetusteces excitan entre los amantes de la Cantabria, no llegará á constituirse nunca.
Forma ángulo en esta misma calle, frente á frente del blasonado solar de la Ribaherrera, la Iglesia de la Compañía^ vulgar en su aspecto exterior y vulgar también en el interior; semejante á todas las construcciones de la orden, impera en este edificio el pseudo-clasicismo, bien que no con malas líneas ni exageraciones censurables (i); y pues nos hallamos en el centro y corazón de la ciudad, antes de que emprendamos la tarea de recorrer sus muelles y la parte nueva con que tan ufana y orgullosa no sin razón se muestra, — acompáñanos, lector bondadoso, á pasear la calle de San Francisco^ donde ha instalado el comercio sus más lujosos establecimientos, y que no es sino remedo de la madrileña Carrera de San Jerónimo^ la sevillana calle de las Sierpes^ la valenciana calle de Zaragoza, la murciana Píateria, la onubense calle del Palacio, y en fin la calle elegida para pasear el señorío con pretexto de los comercios que la autorizan. Estrecha y de edificios que van poco á poco renovándose y tomando modernas apariencias, — guiaba á la puerta que, con el nombre de la calle, daba fuera del recinto amurallado de la puebla nueva, salida al Convento del seráfico instituidor del si-
(i) Aunque la tradición señala á Luís Quixada, muerto en i 570, como fundador de esta iglesia, la fábrica del Colegio tuvo comienzo en i 60 3 y la de la iglesia en 1607, según demuestra Assas (Semanario Pint. Esp., t. de 1847, pág. 10), diciendo: «dos nuevas fundaciones religiosas aumentaron en el siglo xvii el número de los edificios públicos de Santander: tales fueron, uno, el colegio de jesuítas, comenzado á edificar en el año de 1 60 3 , y á cuya iglesia llamada todavía de la Compañía^ se dió principio en 1607 », etc.
SANTANDER.— Interior de la Iglesia de la Compañía
glo XIII ; y allí, con efecto, derribadas puertas y murallas, con fisonomía extravagante, pero labrado en piedra y convertido en parroquial, se alza al extremo de la calle, y dando frente á la hermosa Plaza de Becedo, el templo de San Francisco.
Avanza el pórtico sobre el perímetro de la iglesia, y despojado de las estatuas que decoraron sus ornacinas, ostenta en su principal fachada el escudo franciscano, por bajo del cual aparecen las dos siguientes quintillas, que si no son modelo con verdad bajo el aspecto literario, al menos no lo son tampoco bajo el de la humildad y la modestia:
Este divino Tusón y sacrosantas señales, entienda el mundo que son armas desta religión ' aunque son armas reales.
Porque el rey que las ganó y pudo disponer dellas, sólo á Francisco las dió; y él, por honrarnos con ellas, á nosotros las dexó.
Ignorada es la fecha de la fundación primitiva del Convento^ aunque en la fachada lleva la de 1639 ( i ), que es la de su reedificación; piadosa leyenda, que recogen los escritores locales, asegura que fué debida aquella á indicaciones del propio San Francisco en su viaje á Santander, en los comienzos de la XIII. ^ centuria (2), señalando Gonzaga, general de la orden, que escribe en la XVI. ^, la de 1270, «á juzgar de las letras de un sepulcro situado á inmediación de su ingreso principal», que tendría probablemente aquella data. La iglesia es, aunque espaciosa, pobre, y de planta de cruz latina, con una sola nave y alas de capillas, conforme al uso del tiempo en que fué reconstruida, y nada de particular
(1) AssAS afirma que «en 1687 se reedificó el Convento de San Francisco» ( Art. cit. del Sem. Pini. Esp.
(2) Consigna elegantemente la tradición á que aludimos, en su libro Costas y Montañas, el Sr. D. Amós de Escalante (págs. 261 á 263).
ofrece por lo que se haga interesante; en su pavimento de piedra se lee «todavía los números de las antiguas sepulturas» y en sus machones destaca «el blasón elocuente de la orden, la cruz soberana, patíbulo del hijo de Dios, y clavados en ella el brazo redentor y el brazo penitente, la desnudez divina y el cilicio humano, el sacrificio y la oración, y rojeando á sus pies la sangre, precio, llave y fruto del sin igual misterio». «Acaso bajo las anchas bóvedas, prendidos á las imágenes sacras, á las figuras de los blasones heráldicos, á las labores de los sepulcros de los antiguos caballeros, — dice el escritor de quien copiamos, — viven recuerdos que prestan viva luz al ambiente y hacen fulgurar la santa diadema del patriarca, que en lo más alto del retablo mayor tiende aún los brazos abiertos al cielo» (i).
En una de las capillas de esta iglesia, la de San Luís (2), eran en el siglo xvi celebradas las elecciones anuales de la villa, en la forma que tenían los Reyes Católicos prevenida, y había en 1560 confirmado Felipe II; y el Co7tvento^ hoy transformado y tan diferente de lo que fué, tuvo cátedras de Teología, de Sagradas Escrituras y de Filosofía escolástica moral, recordando los escritores en el número de sus hijos más eminentes, al confesor de la reina doña María de Neoburg, Fr. Juan de la Torre, natural de la villa de Laredo. Después de la exclaustración, ha dado el edificio albergue en diversas ocasiones á diferentes dependencias de la provincia y del Estado, y en la actualidad subsiste en parte de él, no con todo decoro, la Administración principal de Correos, mientras ocupa el resto concurrido Café^ poco há allí establecido.
Desde este punto, comienza ya á extenderse á Ocaso, con aspecto risueño y agradable, uno de los ensanches que ha buscado Santander para el desarrollo de su vida y de su comercio, dilatándose por Becedo hasta la Alameda segunda ; el caserío,
(1) Escalante, Op. cit.
(2) Brawn, Civitates orbi ierrarum, lib. II.
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ofreciendo aspecto diferente, se muestra allí mezclado con fábricas y almacenes de distinta naturaleza é importancia, y el tranvía urbano recorre en frecuentes viajes la larga distancia que media desde el antiguo Puerto Chico ^ en el extremo oriental, hasta esta Alameda segunda^ donde se instala la Feria de Julio, deteniéndose en la denominada Plaza de Numancia^ después de haber cruzado la población entera. Un tranvía de vapor, el de Peñac astillo, toma origen en tal paraje ; y á la verdad, que nada hay más pintoresco que el panorama desplegado á la vista del viajero por aquella parte, pues de un lado, tapizado de fresco y brillante verde, se eleva en más ó menos suaves ondulaciones el terreno, sombreado á trechos por corpulentos árboles, cuyas espesas copas destacan sus matices sobre los blancos muros de aislados caseríos, mientras de otro lado aparece el mar, como bruñido espejo, en cuya superficie se retrata la inmensidad azul del firmamento, y esmaltan el camino frondosísimos huertos y jardines, siempre jugosos, por cuyas tapias y por cuyas verjas, desborda la naturaleza exuberante.
Lástima grande que no nos sea dado el detenernos en estos sitios para recrear el ánimo; pero nos llama, lector, otra y muy interesante parte de la población moderna : aquella que es el orgullo y la gala de Santander en nuestros días, y que arrancando de las Plazas del Progreso y de Velar de ^ no es, sin embargo, la que ha de contribuir con mayor eficacia al engrandecimiento de la antigua villa de San Emeterio. Tornemos, pues, sobre nuestros pasos á la calle de San Francisco, y á la Plaza de la Constitución, que aparecen mezquinos ; y dejando la corta calle denominada Blanca, á la derecha, — detengámonos ante la casa señalada con el número i i en la calle de la Compañía. Es edificio vetusto, de sencilla estructura, labrado en piedra, y cuya fachada flanquean sendos blasones heráldicos, timbrados de arrogante yelmo; llamada Casa de la Conquista, fué solar sin duda de esclarecido linaje; pero hoy, que ha cambiado todo, hoy que la vida tiene delante de sí derroteros muy distin
tos de los que siguió en otras edades, ocupa una confitería el piso bajo, resuena en el principal el ruido sordo de la prensa, reproduciendo por millares y en la misma forma el pensamiento, y en el seofundo se halla instalada una casa de préstamos. Contraste muy singular ofrecen los bla sones, — que parece huyen avergonzados, y co mo próximos á deslizar se por las esquinas de la casa, — con las muestras de la confitería y del establecimiento tipográfico, y sobre todo, con las que en el piso segundo referido y á un lado del portal, llaman á grandes voces y con grandes letras á la necesidad y á la miseria para explotarlas vergonzosamente y al amparo de las disposiciones legales.
Aquí, en la Plaza del Progreso ó del Príncipe, tiene su origen la ciudad baja; y desde
este sitio á Oriente, incluyendo el barrio de MolnedOy se ostentan el lujo y la riqueza santanderinas, principalmente, i Por qué no hemos de reproducir la descripción que hace lleno de amor y
SANTANDER.— Casa llamada de la Conquista
EN la calle de la COMPAÑÍA, NÚMERO I I
complacencia el elegante autor de Costas y Montañas ^Por qué no copiar sus palabras, si ellas, lector, te han de dar idea más exacta de las cosas, que las nuestras torpes y descoloridas? Abre, pues, aquel precioso libro, y lee con nosotros, para persuadirte de que aquí, con efecto, «está la gala de Santander, aquí su opulencia: aquí suena la respiración de sus anchos pulmones, su rumor sordo de colmena, su correr de tratos y negocios, su rechinar de cabrias, su zumbar de aventadores, su rodar de barriles, su golpear de empaques, su contar sin duelo y sin tregua de cueros, duelas, hierros, tablas, bacalao y fardería : aquí late la vida de su cerebro, aquí suena el oro de su bolsillo, y cruge sobre el papel la pluma de sus escritorios, y susurra en el aire el cuchicheo de sus transacciones y el aritmético y arcano frasear de cotizaciones, precios, cambios y descuentos».
«Por aquí rebosó, haciendo estallar el férreo cinto de sus muros, cuando, crecida la villa á ciudad por merced del señor rey D. Fernando VI», que lleva fecha de 29 de Junio de 1755, — «le pareció poco y estrecho aposento el de sus antiguas calles, y para edificarse vivienda suntuosa y vasto almacén, echó cimientos en el agua, donde no tenía más coto que el de sus dineros y su voluntad». «La voluntad no ha enflaquecido nunca, los dineros han tenido períodos de fluir y prodigarse, y tiempos de escasear y retraerse.» «Y los muelles, sujetos á las fluctuaciones económicas, empujados en los momentos prósperos, paralizados en los adversos, han ido entrándose mar adelante con la pertinacia de todo lo fatal é incontrastable». Calles rectas, tiradas á cordel, expansivas y alegres ; edificios en su mayoría de suntuosa fábrica; plazas rectangulares, hermosas y pobladas de arbolado, todo el aparato y lujo que despliegan las modernas poblaciones, buscando lugar en qué rebullirse, sitios en qué solazarse, caminos por donde discurran las sanas brisas marinas que difunden salud, se asome el cielo cuando sonríe tranquilo envuelto en transparente y azul cendal purísimo, y penetre el
sol, regocijado y vivificante, derramando jubiloso los tesoros de su gracia. Todo esto es lo que ofrece la población nueva, en aquella faja que se extiende desde la cortina del muelle á las primeras ondulaciones del terreno, otro tiempo arrulladas por el batir eterno del oleaje.
Dispuesto se halla el caserío de suerte que, ahuyentada en él la monotonía, predomina la variedad más absoluta, dentro de la unidad generadora que se impone, como marca de fábrica ; cada edificio forma por sí solo una manzana en la parte del muelle, y dando cumplimiento á todos los gustos, alternan las construcciones en que resplandecen la moderna arquitectura con la indecisión que la caracteriza, los parques á la inglesa, los jardines exuberantes en pintadas flores, y los edificios destinados á almacenes, que son serios, pesados, poco elegantes, hasta sombríos, cual servidores incondicionales del comercio y de la industria, que en cuestiones de tráfico no hallan reposo en las delectaciones artísticas. A este desbordamiento de la vida moderna, en que, principalmente, las poblaciones del Norte de nuestra España como San Sebastián, Bilbao y Santander, transformándose al calor de la edad en peregrinas mariposas, parecen huir con vergüenza del obscuro, vetusto sitio en que nacieron y comenzaron su desarrollo, — dan nuestros vecinos los franceses el nombre de esplendores de parvenue^ queriendo significar con esto, que sólo son tales galas á manera de señuelo, mientras la moda dura; pero que carecen de arraigo y de firmedumbre. Tú, lector, que has visitado toda España, podrás juzgar en orden á la capital de Guipúzcoa ; quizás tengan razón los franceses, al considerar el desenfadado lujo de que hace sin recursos propios ostensible alarde; mas no podrá decir lo mismo ni de Bilbao, ni de Santander, poblaciones ambas del Cantábrico, que se levantan por su propio esfuerzo y con vida expansiva, poderosa y propia.
En aquella extensa barriada, cuyo límite N. es accidentado sobre modo, — con el extraño carácter que en estos tiempos
ofrece según es notorio la Arquitectura, y en general el Arte, cuando trata de dar formas sensibles al sentimiento religioso, levántase la Parroquia de Santa Lticía, edificio tan moderno, como para que haga contadísimos años que ha sido terminado, y cuya imafronte da á la calle de Daoiz y de Velarde. Delante de él no se apodera del espíritu la misteriosa agitación que le domina y posee delante, no ya de aquellos exiguos templos que levantó la fe en los primeros momentos de la santa epopeya de la Reconquista, no tampoco en presencia de los que erigió la piedad de príncipes y de magnates desde el siglo xi.° hasta los días del vencedor de las Navas, ni al contemplar las agujas, los botareles, los arquitrabes, los airosos ábsides, las rasgadas fenestras, ni las elegantes arquerías de los de la era ojival, ni al penetrar tampoco bajo las bóvedas imponentes de las iglesias del Renacimiento, de grandiosas líneas, de perfectas formas y de grandes tradiciones; nada hay en él que al exterior revele su destino, ni que hable al alma de las santas verdades de nuestra creencia augusta; nada que patentice la fe ni la piedad, ni ninguna de las virtudes de la divina doctrina del Crucificado: soberbio pórtico de columnas, con elegantísimos pescantes de hierro para el alumbrado, parece que denuncian mejor la entrada de un teatro que la de un templo, en el cual no se ha olvidado ningún refinamiento de la cultura moderna.
De una sola nave, anchurosa y de buenas proporciones, — tiene la bóveda pintada al fresco, con adornos y atributos dorados sobre fondo rojo de muy impropio aspecto á nuestro juicio, sin que exciten la atención, ni el altar mayor, labrado todo él en mármol de Carrara, ni los peregrinos relieves de las gradas que hay sobre el mismo altar, los cuales se asegura merecieron grandes elogios en cierta Exposición italiana, ni las imágenes, ni los retablos: aquel lujo, que trasciende á la fácil vida moderna; aquel ambiente que allí se respira, impregnado del aroma de las budoires de las damas, y de la intransigente beatería de la moderna aristocracia, tan bien retratada por nuestro antiguo com-
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pañero el hoy P. Coloma, — no se compadecen con el ambiente misterioso y puro que se aspira con deleite en otros templos más humildes en apariencia, pero más grandes por el sentimiento en que se inspiraron, por el que engendraron en los humanos corazones, y por el que los llena en absoluto, desde las bóvedas al pavimento, desde los audaces nervios que se cruzan airosos como brazos levantados al cielo, en las construcciones ojivales, hasta la base poligonal de los apiñados haces de columnas ó de gallardos juncos que forman los resistentes pilares sobre que descansa la fábrica (i).
Desentendiéndonos, lector, de otros edificios que honran á Santander y ennoblecen esta parte de la ciudad, hora es ya de que visitemos su dilatado muelle, pues á ello nos convida de la una parte, el movimiento que por allí se advierte, y por otro el espectáculo del mar, «azul y profundo, sonoro y undívago hoy, como lo era en los tiempos en que arrullaba aquí vastas soledades», y poblado de embarcaciones de todas categorías y hechuras. La fábrica del muelle, según la expresión de los escritores locales, «cuenta á piedra en grito y al más sordo, tres períodos sucesivos de construcción desde que, levantado el piso antiguo de la baja Ribera, al promediarse el pasado siglo, paulatinamente creció hasta el Martillo^ en cuyas obras suena el nombre del D. Juan de Isla» que encontraremos «en el astillero de Guarnizo». «Luego, en los días de 1820 á 1823, se alarga desde el Martillo al Merlán^ y se apellida Nuevo por su fecha, de Calderón por su diligente constructor y empresario, y al cabo se dilata hasta el desagüe de Molnedo, anónimo, porque se edificó en tiempos en que la asociación es único y necesario agente de la actividad humana». La obra de este muelle suntuoso, que
(1) Ha sido edificada esta Parrogwm en terrenos adquiridos por la empresa del muelle de Calderón, y fué bendita y colocada su primera piedra por el ilustrísimo Sr. Obispo D. Ramón Arias Tejeiro, el i 8 de Septiembre de i 8=54 ; los planos son obra del arquitecto D. Anacleto de Zabaleta, y habiéndose abierto el templo al culto el 24 de Junio de 1868, hasta hace poco no ha sido terminado.
SAN! A N D E R
mide próximamente dos kilómetros de longitud total, y que es generalmente conocido por el nombre de muelle de Calderón^ fué en 1792 emprendida á costa de la ciudad y de su consulado, siendo director de ella «el capitán de fragata graduado D. Agustín Colosía, caballero de la orden de Santiago, y arquitectos de marina de la misma D. Francisco Solinís, graduado de alférez de navio, y su hermano D. Juan» (i), quienes dieron por terminado su empeño en la calle del Martillo, ya citada, sitio denominado en el siglo xvi el Muelle Viejo,
La brisa del mar orea nuestras personas, lector, y pues es ya la hora de que lleguen las traineras, vamos, si gustas, á aproximarnos á aquellos parajes, para ver desembarcar la sardina y el pescado que traen en su cóncavo seno aquellos ligeros barcos, que al amparo de su única y blanca vela, surcan las aguas de la bahía, y se dirigen aquí, como vuelven las palomas mensajeras al punto de donde partieron, para buscar el apetecido descanso y el premio á sus afanes. Cual barras.de argentería, brillan de la una á la otra de las bordas de la trainera amontonadas las sardinas, y en el semblante curtido por el aire y por el sol, de aquellos heróicos hijos del mar que en él buscan su vida y su sustento, se lee el placer que rebosa en su alma. Remangada no sin garbo la saya hasta el muslo, y liado el pañuelo tradicional en forma también tradicional á la cabeza, — esperan ya las pescadoras que, amainado el velamen, atraquen las barcas, para entrar ellas en el agua, y salir con los grandes cestos rebosando sardinas colocados airosamente sobre la cabeza; cuando llega aquel momento, es de oir el vocerío y la charla de aquellas mujeres, que se disputan en rudo y pintoresco lenguaje la pesca, y que algunas veces dan término y remate á la cuestión con las manos; y el ir y venir de las cargadoras, los gritos desentonados que lanzan, la palabrería con que salpican
( o AssAS, art. cit. del Sem. Pint. Esp., cuyas noticias reproducen con las mismas palabras los escritores locales.
la operación, el afán de los marineros, y aquel inacabable fluir de sardinas, que tanto precio adquieren en el mercado y que son exportadas á otras regiones, forma agradable cuadro que sólo la pluma de Pereda, el pintor de las costumbres de la Montaña, y la de Juan García^ el ilustrador de ella y de sus costas, ó el pincel de Pérez del Camino podrían pintar con su colorido propio.
La naturaleza de la población que por allí se ha extendido y bulle, hace que este muelle sea tildado de «epiceno y mestizo», pues en realidad, «tiene de señor y de obrero, de comerciante y de vago, de taller y de casino, de lonja y de paseo». «Sin quitarse la honrada librea de su trabajo, el polvo de la harina que le mancha muros y losas, como mancha el polvo de la creta las barbas y manos del escultor, como mancha el polvo de la hulla la piel curtida del cerrajero, cesa, descansa, toma aires de ocioso y de galán», con sus largos desembarcaderos de madera que avanzan sobre las aguas, «se deja visitar por damas, y se hace cómplice de amores y elegantes aventuras», sobre todo en la estación veraniega, cuando le llena multitud más ó menos abigarrada, que utiliza los vapores de La Coreo- 7te7^a para visitar el Astillero, cuando se verifican interesantes regatas en empavesados barcos, ó cuando, en los días de la feria, después de que el sol ha caldeado la atmósfera y el crepúsculo vespertino tiende su velo de frescura sobre la población, arden en él fantásticos los fuegos artificiales.
«Otro es el muelle que no reposa ni tiene domingo, ni hora de urbanidad y sociales esparcimientos; el muelle obrero de pipa y faja, incansable, rudo, polvoriento, escabroso, inhospitalario para todo el que no va á pagar ó recibir jornal, á cargar ó descargar, á comprar ó vender». «Arranca de la parte meridional de la ciudad, y se tiende al Sudoeste á buscar, avanzando por escalones, la distante península de Maliaño, y á pedirle su nombre». «Franceses vinieron á construirlo: y un día de verano
de 1853, entre músicas y aclamaciones de algunos entusiastas,
y las preces que la Iglesia tiene para toda obra beneficiosa y útil de la inteligencia humana, sumergióse en las aguas de Santander, por cuatro ó seis brazas de fondo la primera piedra de la construcción. «¡Cuántos se reían y alzaban los hombros al oir hablar del porvenir y utilidades y ventajas de una empresa cuyo presente se reducía á un sillar en las aguas, hundido y desaparecido en el cieno de su fondo!...» «Pero al sillar inicial y simbólico, fueron siguiendo algunas barcadas de sillares». «Un día ya asomó el artificial escollo sobre la base de las aguas en su pleamar, y como hitos de una medición fantástica, fueron asomando otros escollos parecidos en toda la extensión de la obra proyectada».
«Los escollos fueron creciendo y ensanchando, luego se unieron, luego el cieno de las mareas se espaldó en su base y rellenó sus huecos, y los barcos fueron descargando arena al abrigo de aquellos estribos, y el mar, después de porfiar una vez y otra, de roerles los cimientos, de arrancarles las piedras de la base, de minar, arrastrar, hundir y quebrantar, sintióse á su vez quebrantado é impotente contra la tenacidad humana, y cedióle el paso, y se fué retirando, y reconoció, por último, que su destino no era pelear contra el naciente y ya vigoroso y erguido muelle, sino ayudar á su utilidad y empleo, arrimando los barcos y teniéndolos á flote, mientras vomitaban sobre la escollera los depósitos de sus anchas bodegas, ó las abarrotaban con las mercancías que la escollera acarreaba» (i). Más corto en longitud que el de Calderón^ cuenta el muelle de Maliaño cerca de 1500 metros de desarrollo, y está llamado en realidad á mayor importancia aún de la que tiene, siendo aquel el punto por el cual las imperiosas exigencias de la industria y del comercio han de procurar ensanche necesario á Santander, si llegan á ser construidos la Aduana, los Doks, y las calles proyectadas, tanto á causa de lo llano del terreno, como de la proximidad de la vía férrea.
( 1 ) Escalante, Op. cit. págs. 28-5 á 286.
Por tal camino, «con uno y otro muelle, alargándose á Vendabal y Nordeste, va Santander abrazando su bahía, á modo de colosal crustáceo que abre la ancha tenaza de sus pinzas para coger la presa» que apetece.
Y ya, lector, que con el auxilio de quien tan bien conoce aquello, hemos recorrido uno y otro muelle, como hemos de cuenta nuestra visitado los monumentos que guardan las tradiciones y memorias históricas de la antigua villa marítima de San Emeterio, — preparémonos á visitar uno de los «dos mares» que tiene Santander «que enseñar al forastero»; aprisionado por los muelles, hemos contemplado «el mar casero, doméstico, útil, manso, apacible á los ojos y al oído»; nos aguarda en El Sardinero «el mar libre, bravo, proceloso, indomado y rebelde», que parece tiene trabada eterna lucha con los escarpes y las peñas de la costa. Dos caminos convidan pintorescos: el del tranvía de vapor, que arranca de la Plaza del Príncipe^ y sigue por detrás del muelle de Calderón, para pasar por Sa7i Martín y la Magdalena á lo largo de la costa, terminando en la segunda playa del afamado Sardinero, y el que siguen las cómodas cestas estacionadas en la referida Plaza y en la calle de Colosia, faldeando el pequeño valle de Miranda, para llegar á la primera y aristocrática playa de tal nombre. Aquel, desde el barrio industrial de San Martin, llamado á grandes reformas con el crecimiento y desarrollo del muelle, avanza sinuoso por la orilla del agua, ora dejando al descubierto por entre las entrelazadas ramas de los árboles que crecen en los escarpes, ó por entre los recortes caprichosos de las rocas, la azulada extensión que limitan al otro las montañas, — y sigue por precipicios y derrumbaderos en pos de la tranquila playa de la Magdalena para desembocar después de violenta curva delante del gran balneario.
El camino que siguen los carruajes, recto, bordado de chopos, de hermosas quintas rodeadas de frondosos jardines, descubre por su parte otra de las maravillas de Santander y su pro-
vincia: las alturas alfombradas de brillante verdura, los caseríos medio ocultos entre el follaje de los árboles, las tierras labrantías, con sus cuadros de mieses pomposas mecidas por los vientos, y á un lado, en una altura divisoria, la Ermita de los Mártires, edificada en 1848 por el Cabildo de mareantes de San Martín de Abajo, donde se hallan los bustos de San Emeterio y San Celedonio, que antes estuvieron en la muralla junto á la Puerta del Arcillero. «Desde esta cumbre se domina el vasto panorama de alta mar», descubriéndose «á la izquierda, la ciudad amontonada, oprimida, agarrándose unas casas á otras, como con miedo de caerse al agua, y cual si se hubiesen detenido un instante, después de bajar rodando desde el paseo del Alta; la bahía, mojando los cimientos de las últimas; la bahía, con sus verdes riberas, sembradas de pueblecillos, después sus cerros ondulantes, y detrás de todo, los abruptos puertos, con su gigantesca anatomía recién desnuda y en espera ya de sus blancas vestiduras de invierno». «A la derecha el mar, coronado de rizos por la juguetona brisa del Nordeste» (i). «De aquí caen rápidamente á la marina, carretera, senderos, prados, veredas, cauces y cañadas á morir como en ancho desagüe en el arenal del Sardinero». «Por quiebras y lomas se derrama y esparce la población con libertad completa de gusto, proporciones y arquitectura en sus viviendas, urbanas y rústicas, góticas y suizas, y abajo en la playa tiene su núcleo, su plaza, su estación, su centro de vida y movimiento, á donde la gente afluye y de donde se retira guardando compás de tiempo y de grupos, á semejanza del torrente circulatorio en los vasos del humano organismo». Desde allí, se descubre la embocadura del puerto, donde se alza erguido peñasco, el Hano, «en cuya cima, como reliquias de antigua corona se distinguen restos de una fortaleza», y á cuyo pie, convertida hoy en faro, la batería de Santa Critz de la Cerda ; en medio de las aguas, «envuelto en espuma», aparece el escollo del
(i) Pereda, El barón de la Rtscoldera^ en Tifos trashumantes.
Motero ó Mogro, « sobre cuya espalda el siglo actual ha hincado un faro, y del cual hicieron batería los ingleses en 1812 para desbaratar y rendir el castillo de Hano que los franceses ocupaban».
Magnífico es con verdad aquel espectáculo; tan magnífico como grandioso y preñado de recuerdos de nuestra historia, pues por allí han penetrado en la bahía santanderina las escuadras que en tantas ocasiones fondearon llenas de orgullo y ufanía vencedoras del mar y de sus propios enemigos, musulmanes los unos, franceses ó ingleses los otros, y aquellas otras que trajeron á España princesas destinadas á compartir el trono con nuestros príncipes de la casa de Austria; pero avancemos todavía, y siguiendo el camino que á una y otra parte limitan agradables posesiones veraniegas; dejando á la derecha el frondoso pinar de la Alfonsina, testigo de innúmeros galanteos de todo género y clase, lleguemos á la ancha playa, que á la una parte, frente al balneario, ostenta el Casino^ á la otra el Grand Hotel, suntuosa construcción de aristocrática apariencia, y á la otra la iglesia del Sardinero, inmediata á la vía férrea y colocada sobre un peñasco. Para ti, lector, que has visitado la Concha de San Sebastián, el espectáculo que á tu vista se presenta no tiene nada de nuevo ; ni el balneario, con su largo mirador ó solana^ ó galería, sobre la playa arenosa y muelle, ni las casetas ordenadas y en fila, á la lengua del agua, ni los grupos alegres de los bañistas de ambos sexos, ni el oleaje revuelto y espumoso, amenazador é incansable, ni nada en fin de lo que allí en la estación veraniega cautiva la atención, despertará la tuya, aunque lo merece: no es este el aspecto propio de la mercantil ciudad, ni bajo tal relación nos interesa, por más que seduzca, como seducen las maravillas relucientes que guarda el buhonero en el fondo del arca con que pasea de valle en valle su persona.
Si siguiéramos la costa por la parte contraria y opuesta, que se desarrolla á nuestra izquierda, y en pos de la segunda playa del Sardinero, que es mucho mayor y más tendida que la
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Otra, — encontraríamos el islote de Santa Marina de don Ponce, denominado indistintamente por el vulgo isla de Jorganes por su dueño, ó de los Conejos^ por los que un tiempo la poblaron. Hubo allí en el siglo xv una ermita de Santa Marina^ y un monasterio de Jerónimos fundado por don Pedro de Oznanayo, canónigo de la Colegial de Santander y Arcipreste de Latas, el cual cenobio permaneció un tiempo unido al de Santa CatalÍ7ia de Monte -Co7^ódn, quedando desde 1419 como dependencia de éste. Entre la ensenada de Sa?t Pedro del Mar, y la de San Juan del Canal, que es más angosta, descúbrese una isla «amarrada á tierra firme por un puente de madera, por el cual y batidos por el Nordeste..., pasan devotos á visitar el Santuario de Nuestra Señora del Mar>->, que aparece allí, humillado y solitario, con su pobre espadaña, sus muros por mil partes recompuestos, sin que excite la atención de nadie, pero sí la piedad ferviente de quien tiene en la Madre amantísima de Cristo puestos su corazón y su confianza. Allí van en romería los marineros, como iban los antiguos señores de la villa en otro tiempo; «en medio del peligro de las tempestades», invoca el marino «con fervorosa confianza y hace votos á la Virgen del Mar, viéndose á veces toda la tripulación de una nave recién llegada al puerto, ir en devota pocesión, descalza de pie y pierna, llevando á la ermita los ex-votos» (i), y de las bóvedas y las paredes del templo, cuelgan simulacros de embarcaciones de «todo porte y aparejo, ofrenda de naufragios, singularmente expresiva, allí donde la amenazadora voz del Océano no enmudece jamás», ni se extingue nunca por acaso.
Hay quien coloca la fundación de esta Ermita en el año primero de la XV.^ centuria, tomando el dato «de la piedra sepulcral del fundador, que yace dentro de su fábrica», y cuyo epígrafe interpretó un arqueólogo montañés, leyendo en él:
(i) AssAS, Ssm. Pin t. Esp. Tomo de 1857, P^S- 42
AQI YASb DE MA
LO FERNANDEZ DE PEMANES, FIJO RTIN FERNANDEZ DE PEAIANES DE
EL QUE DIOS PERDONE
Quizá no anda equivocado quien tal asegura, á despecho de la humildad del templo, demostrando así lo piadoso y fiel de la tradición, perpetuada sin menoscabo hasta nuestros propios días, y llamada á perpetuarse en los venideros (i).
Trasponiendo el puente de madera, y siguiendo «un camino de sierra», no tan blando y nada fatigoso en verdad cual se supone,— descúbrese en lo alto de una loma el nuevo Cementerio de la ciudad, donde arrullados por el rumor del oleaje, batidos por los marinos vientos, y como contemplando desde aquella altura más cercana la eternidad, — reposan de su rápido viaje por la tierra y duermen el sueño eterno los santanderinos ; ciudad de recuerdos, que con la cúpula de su elegante capilla, domina la ciudad de los vivos, y que se ofrece solitaria, silenciosa y medrosa en tal paraje, guardando en su seno ilusiones desvanecidas, afectos defraudados, esperanzas no realizadas, venturas no cumplidas, aspiraciones truncadas, deseos no logrados, y tantas otras pasiones como enturbian y agitan á la continua el corazón de la mísera humanidad, antes de que vuelva al regazo de la madre tierra. Por el carril abierto desde allí, desciéndese ya con comodidad ; y á no larga distancia, entre la verde pompa del follaje asoma enhiesta sus muros de granito sombría la fábrica uniforme del que fué Monasterio de Santa Catalina de Monte- Coródiiy antigua casa de jerónimos, hermanos de los del
(i) Expresa Assas, que es el arqueólogo montañés á quien aludimos, que «en una historia manuscrita de Santander, cuyo autor, — dice, — no sabemos quién fué, aunque tenemos motivos para creer que haya sido b. Emeterio Almiñaque, prebendado racionero de la catedral de Santander hacia los años de i 772, ayudado por F. Ignacio de Boo Hanero»,... se lee que este santuario fué erigido en el año de 1400, fundándose en el epígrafe, cuya lección corrige Assas, en cuyos días se hallaba menos íntegro (Art. cit. pág. 41).
apartado cenobio de Santa Marina de don Ponce, convertida no há mucho, y en pos de varias y tristes vicisitudes (i), en Seminario Conciliar del Obispado.
Hermosa calle de lozanos árboles, guía desde el ingreso exterior directamente á la puerta principal del edificio, cuya severa fisonomía revela al primer impulso la traza de los maestros constructores de la última centuria, y cuya suntuosidad, en medio de aquellos lineamientos regulares y sobrios, proclama la del desconocido bienhechor indiano^ que atendió piadoso á la reconstrucción del Monasterio^ el cual se halla emplazado en lugar silencioso y ameno, apartado del «mundanal ruido», y propio para la vida centemplativa. Apegada al ángulo derecho, está la portada de la iglesia; y aunque sus arreos artísticos nos llaman, conseguida la venia para penetrar en el recinto del antiguo edificio religioso, poco há devuelta á su primitivo estado, — habremos de prescindir de ella, para sorprendernos agradablemente, ya que no con el grandioso aspecto de la complicada escalera, ni tampoco con el del Patio nuevo, — con el del Patio peqtieño ó antigtio á lo menos, en cuyo conjunto se admira la esbeltez del estilo del Renacimiento, y en cuyos detalles palpita aún la tradición vigorosa del estilo ojival, unida en íntimo y perfecto maridaje á la influencia avasalladora del arte que totalmente la reemplaza, y al cual se subordina y atempera por peregrino modo.
Cuadrado, esbelto, de buenas y armoniosas proporciones y en estado perfecto de conservación, — consta de seis gallardos arcos de medio punto en cada una de sus alas y en sus dos alturas, apeados los de la inferior por columnas de cortos fustes facetados, coronadas de capiteles desornados que obedecen en
(i) « Aquí fueron acuartelados los soldados ingleses traídos en 1834 por la cuádruple alianza á sostener la causa constitucional.» «Á su devastadora indisciplina, que abrasó la madera y vendió el hierro, resistieron únicamente las piedras, más difíciles de ser movidas y transportadas» (Escalante, Op. cit., página 353).
SANTANDER. — El « Patio antiguo » del Monasterio de Corean
SU desarrollo el del fuste, y provistas de sus correspondientes basas, de igual linaje, levantadas sobre octogonales y largos plintos, entre las cuales se tendía en otro tiempo seguramente el antepecho que cerraba el claustro. Ricamente molduradas, las archivoltas de estos arcos voltean con gracia sobre sus respectivas y sólidas columnas, apareciendo sin solución de continuidad por lo tangente del molduraje, lo cual hace por extremo vistoso el conjunto; expresivo y simbólico, y limitando el piso inferior, recorre las fachadas resaltado funículo en la imposta, sobre la cual descansan con sus dobles basas las columnas de la arquería del segundo piso, la cual, bien que atemperándose en su movimiento y desarrollo al gusto y á las prescripciones del estilo del Renacimiento, conserva en las archivoltas, en los capiteles y en las basas más ostensible el prestigio de la tradición no fenecida. Acredítanlo así, no ya sólo lo abocelado del molduraje, sino las pentafoliadas flores que destacan en las archivoltas referidas, la estructura y desarrollo de los capiteles, decorados muchos de ellos con igual linaje de exornos, y las facetadas basas que se levantan sobre rectangulares plintos, engalanados unas y otros por el propio ornamental motivo.
Tapiados los arcos de este segundo piso, á excepción de dos por cada eje, — mientras une entre sí las columnas el friso funicular con que termina el antepecho, semejante al que aparece en la cornisa bajo el alero ó zafe de la cubierta, — á intervalos irregulares, y como elementos aprovechados algunos de ellos de construcción más antigua, destacan en las enjutas de los arcos ora tallados bustos, ora aves de resalto, ya cuadradas y salientes piedras, en que se ostenta como blasón y emblema de aquella antigua casa de religión, la simbólica rueda donde sufrió el martirio y fué despedazada Santa Catalina, y ya con otros varios exornos, una cruz florenzada que abre sus brazos entre dos copudos cipreses. Trasladada allí desde el Cenobio de Santa Marina en 1550, época probable de la construcción del Patio viejo, — en el ángulo NE. del piso inferior del mismo,
aparece empotrada en el muro y á raíz del suelo la cubierta de una sepultura, que mide 2"'o50 de longitud, por 82 centímetros de ancho: la humedad, que hace poco saludable el edificio, penetrando audazmente por los poros del descompuesto mármol, le llena de verdín y le da extraño colorido, apareciendo en el centro de la piedra, esculpida en relieve la figura venerable de un religioso, cuya cabeza reposa sobre fingido almohadón, y cuyo cuerpo viste el sayal de los hijos de San Jerónimo.
No resulta, ciertamente, de mérito la figura, aunque en ella
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resplandece el naturalismo propio de la época, sobre todo en el plegado de los paños; la actitud es de reposo, y en lo que es dado advertir de las facciones, supo el artista interpretar la santa quietud y la beata calma de la muerte. A manera de orla, recorre los cuatro lados de la cubierta la inscripción funeraria, en caracteres alemanes de resalto, difíciles de entender, no ya sólo por lo apretado de los signos, por lo borrado de algunos de ellos,, por el verdín que los cubre, principalmente en la parte de los pies de la figura, sino por la posición en que se halla en especial la última línea horizontal, para cuya interpretación son necesarios verdaderos prodigios de paciencia. Da comienzo en el costado menor de la cabeza de la figura mencionada, y desarrollándose en la faja horizontal superior, baja por el costado opuesto, sigue por la horizontal inferior, y termina en torno del almohadón memorado, diciendo de esta suerte:
AQUI : YAZ P^RAY PEDRO DE OZ. . H ...NAYO FIIO DE GARC! GUTIEREZ ET DE DONA URRACA DE OZ>^AYO i CANONIGO QUE FUE DE || LA YGLESIA i DE . SANTANDER i 1| ET ARCIPRESTE i DE LATAS : EL QUAL I ALZO ET DOTO ESTE MONESTERIO i || QUE FINO || ANO DÑI MILESIMO i || CCCCXX(i).
Casi en el eje del ala septentrional del claustro, ábrese en el mismo muro en que se halla esta piedra empotrada, la puerta que da á la iglesia acceso, y que con su arco de medio punto, hace por su disposición semblante de corresponder á la época del patio, espaciándose en pos el templo, ya deformado, con una sola nave de bóvedas ojivas, cuyos nervios arrancan no sin gallardía de los capiteles que coronan los pilares, y en los cuales
(i) Hay en este epígrafe, palabras verdaderamente ininteligibles, no extrañando en consecuencia, que nuestro antiguo amigo y compañero en la Universidad Central, el malogrado autor del Hermenegildo. D. Francisco Sánchez de Castro, Catedrático de Literatura general y española en dicho establecimiento y hermano del actual y virtuoso prelado santanderino, no entendiera por completo la leyenda. El Sr. Escalante la reproduce en su libro Costas y Montañxs[^áigs. 340 y 341}, si bien no guarda al copiarla el orden en que en el original se muestra, por cuya razón no hemos vacilado en insertarla con toda exactitud y escrúpulo.
surge la figura de un ángel, tenante de un escudo en que destaca ya florenzada cruz, ya un águila, — midiendo desde el coro hasta la Capilla Mayor inclusive, cerca de 33 metros de longitud, por siete con noventa y seis centímetros que su latitud arroja. Á uno y otro lado de lo que podría ser apellidado crucero, existen sendas capillas de bóveda ojival también, cuyos nervios apoyan sobre resaltadas cabezas que hacen oficio en tal disposición de repisas, midiendo la capilla del lado del Evangelio, que es de planta rectangular, 4"" 92 de longitud por 3°" 98 de ancho y ofi'eciendo á la izquierda un arco que debió ser sepulcral, sin duda. De tosca hechura, destaca sobre el paramento del muro una figura tenante de un escudo de bandas cortadas y semejante al que aparece en la arandela que, rodeada de estrellas, recoge los nervios de la bóveda, pareciendo todo autorizar el supuesto de que la iglesia, con sus dos capillas laterales, — deformada la de la Epístola, — es obra del siglo xiv, ó por lo menos de principios del siguiente, en que en la Montaña se perpetúan con la tradición, las formas de la centuria precedente (i).
Camino ya de Santander, y en el extremo de la Alameda aíta^ aparecen, á un lado, el nuevo Depósito de aguas la ciudad, y enfrente de este moderno edificio, que la honra, — con su blasonado escudo y su cilindrica desmochada torre á la derecha, aparece encajonado por aspillerados tapiales el Palacio de Villatorre^ el solar de aquellos magnates á cuya piedad en la XVII. ^ centuria, es debida la creación de una de las capillas de la Catedral ; pero como, lector, después de recorrer la ciudad en todos estos sentidos, estarás fatigado, demos punto por hoy á nuestra tarea, pues la noche se viene encima, y comienzan ya á descender cual bruma pesada sobre el horizonte las sombras que todo lo borran
(1) Véase los arU'culos publicados por Assas en el t. de 1857 del Sem. Pint. Esp. acerca de este Monasterio, por más que nada diga de su fábrica, ni intente su estudio.
y lo envuelven, semejantes en esto al tiempo que todo lo destruye ó altera, como desde sus humildes principios ha alterado la fisonomía de la antigua puebla de San Emeterio, haciendo de
SANTANDER.— Portada y vista general del palacio de Villatorre
ella población mercantil, importante, de vida propia, donde al agudo silbar de la locomotora, al estridente grito de los vapores que surcan la bahía, al rumor de colmena de sus muelles, se mezcla el himno que levantan sus fábricas al santificar por medio del trabajo las conquistas de nuestros tiempos.
Si quieres, sin embargo, y antes de recogerte, apreciar « en toda su magnificencia» el espectáculo con que en las noches de otoño convida la bahía de Santander, ven con nosotros, pues Pereda guía, para «colocarnos sobre aquel negro promontorio de enfrente» de la Plaza de Velar de ^ «que es el famoso Paredón del Mttelle de las Naos>y^ donde dejaremos la palabra al insigne escritor que nos acompaña complaciente : « Ya estamos en el verdadero punto de vista.» «Tiende la tuya en derredor, y dime si has admirado muchos cuadros más bellos que éste.» «La luna en toda su plenitud, sin una sola nube que empañe su claridad, reflejándose en el verdoso cristal de la bahía, produce sobre ella una ancha faja de luz inquieta y fosforescente que, naciendo en la angosta embocadura de San Martín, viene á perderse entre el bosque flotante de naves que cerca de nosotros parecen dormitar, como si reponiendo estuvieran sus bríos para lanzarse mañana á luchar de nuevo con las tempestades del embravecido Océano.» «Como barreras de este líquido inmenso espejo, allá la negra mole de Cabarga, el gracioso pico de Solares, los cerros ondulantes del Puntal, Pedreña, Guarnizo y Muriedas, y más lejos las elevadas crestas del Alisas y del Escudo, limitando el horizonte; acá la larga fila de monumentales edificios iluminados por la pálida luz del astro, y mirándose en las tranquilas aguas que lamen los pulidos sillares del muelle, y las colinas de Molnedo hasta el breve promontorio sobre el cual alza su joroba el desmantelado castillo de San Martín, como inválido inútil centinela del puerto.» «Óyese el canto melancólico del remero, y el ruido lejano del mar, y el acompasado martilleo del molinete ó cablestante, y el susurro de las aguas...»
El cuadro, con verdad es hermoso, y no te cansarás de él en mucho rato; y aunque «en Venecia, en Nápoles, ó en Constantinopla podrá haber noches poéticas... pero no más que las de Santander», cuando concurren las circunstancias de haber luna y de hallarse el cielo despejado, no por ello comprenderás del todo que «en presencia de éste y otros no menos bellos es-
pectáculos que proporciona la Naturaleza á los hijos de la risueña y pintoresca costa cantábrica», se sientan ellos poseídos de «la nostalgia... aun considerándolos rodeados de las mayores maravillas del arte » (i).
(i) Pereda, Pasa-calle, en Tipos y paisajas.
De Santander al Astillero. — El Astillero ". — sus memorias. — Maliaño. — Muriedas. — La casa de Velarde.— Solares.— El Palacio de Valbuena. — La iglesia Parroquial de la Asunción. — El balneario. — Hoznayo. — La Casa solariega de los Acebedos. — Balneario de las fuentes del francés. — La gruta del Diablo. — La Cabada:— sus memorias. — Liérganes. — Pámanes. — Palacio de Elsedo. — La Parroquia de San Lorenzo. — La Casa de los Cuetos en Sobremazas.
A tarde que, con sus legítimas y fundadas pretensiones de ^JLaJ ciudad moderna, abandonamos á Santander, era una de esas tardes del estío, tan frecuentes en las regiones del Norte de nuestra España, en que el cielo, cubierto por amontonadas y sombrías nubes grises, presentaba el aspecto de inmensa y opaca plancha de acero. Menuda, pero persistente, caía la lluvia sobre el ancho muelle de Calderón, y mientras las cumbres de los altos montes que se dilatan con varia proyección hacia el Mediodía, ocultaban sus crestas en el seno de las nubes, y esfuminaban sus contornos en ellas, — viento sutil y húmedo agitaba impaciente nuestras ropas y azotaba nuestro rostro, alejando la gente de aquellos sitios, que aparecían en toda su larga extensión desiertos. Habían suspendido los cargadores su faena, y los fardos depositados en el muelle y mojados por la lluvia,
SANTAN DER
despedían extraños olores; los barcos atracados, no presentaban sobre sus lustrosas cubiertas alma viviente, ni cruzaba ninguna lancha la bahía, cuya ondulante superficie, herida por el agua que caía de la altura, parecía como inquieta por aquel inesperado castigo.
Qué triste se ofrecía á nuestros ojos el paisaje, y qué triste la población, tan alegres, tan risueños uno y otra, cuando los rayos del sol resplandecían brillantes y juguetones en las altas cubiertas de las casas, en el pavimento de las calles, en las abigarradas telas puestas á secar en las jarcias de los buques, entre el follaje de los árboles, en el declive alfombrado de las lomas, en las oquedades y en los recortes caprichosos de las peñas! Qué fisonomía tan distinta la de Santander entonces, de la que presentaba á nuestras miradaá ahora! Si eres tú, como nosotros, lector, de aquellos que no pueden vivir sin las caricias del sol, sin un cielo azul, límpido, sereno, transparente, lleno de promesas, y tras del cual sueñes con los ojos del alma quimeras y fantasías, — habrás de sentir el ánimo agobiado por interna y desconocida pena, bajo aquel opaco y ceniciento celaje, que parece triste amenaza suspendida sobre tu cabeza; que todo lo cambia y lo transforma, y como que pone límite visible á tu espíritu, cortándole las alas para que no pueda remontarse á otras regiones que aquellas por las cuales se arrastra vacilante el cuerpo.
Lanzando por su tubo de hierro densa columna de negro humo, que el viento desgarraba en mil girones sin descanso, — atracado á su muelle de madera nos esperaba uno de los vaporcitos de La Corconera, en el cual debíamos cruzar la bahía para penetrar en la ría de Santander y llegar al Astillero de Guarnizo que asomaba á lo lejos en la cima de una de las colinas que limitaban el horizonte, ya de suyo limitado por las nubes. Poco después de haber tomado asiento en la cubierta, eran soltadas las amarras, y tras de las maniobras preliminares para gobernar el barco, al impulso poderoso del hélice, comenzó á moverse éste
á espaldas de las aguas, cortándolas impasible con el cuchillo agudo de su quilla. No reflejaba el mar, como en días anteriores, ni la alegre rubicunda faz del sol risueño, ni la azulada diafanidad del celaje: sombrío, trocado también en ceniciento su color, agitándose en encontrados movimientos bruscos, que imprimían ligero cabeceo al débil barco, — si allí, domado no alzaba su voz poderosa, ni escupía sus rabiosas espumas sobre los costados del vapor, — silencioso é intranquilo, amenazador y obscuro, no dejaba por ello de mostrarse ante nosotros imponente en su solemnidad, exenta de peligros por fortuna.
Á medida que, sesgando la bahía, como pintado panorama escénico huía frente de nosotros la ciudad, desapareciendo lentamente, con sus edificios uniformes de la parte nueva, su cerro de San Pedro, sobre el cual levantaba desmochada la torre de la Catedral, y su muelle de Maliaño, — el ancho cauce iba también estrechándose entre montañas, verdes las de la derecha, pobladas de caseríos que simulaban refugiarse de la general tristeza, escondiendo sus blancos tapiales entre la copa de los árboles; despobladas y solitarias las del lado contrario, hasta que, atracando á humilde embarcadero de madera, el vapor se detuvo, y saltamos á tierra, teniendo al frente, casi sobre el agua, negruzca y encenagada allí, el edificio de la fonda. Lindo debía ser el paisaje, cuando los rayos del sol lo iluminaran; encaramado está el pueblo en la colina cuyos pies baña la ría, y por cuyos declives se derraman, diseminadas aquí y allá, las casitas del pueblo; pero confesamos que aquel cuadro, pintoresco y agradable, pierde mucho de su nativa belleza bajo un cielo gris, que no da tonos, ni hace resaltar los colores, ni engendra alegría en el espíritu de quien lo contempla, produciendo el efecto de un hermoso paisaje de Pérez del Camino ó de Sáinz, que fuera contemplado á la luz incierta de una bugía.
Ocupa el Astillero de Guarnizo el vértice de las rías de Santander y de Solia, y su disposición natural, unida á los recuerdos que su apelativo despierta, — incentivo son para el viajero
que trate de conocer la historia de la Montaña. No anduvieron en realidad desacertados los armadores que escogieron este sitio para construir sus embarcaciones en edad no muy remota pero no determinada, porque el terreno, como dice elegantemente el escritor montañés á quien tomamos por guía, — «parece de propósito inclinado por la naturaleza para que las naves caigan blandamente desde la grada al mar», y porque «sus marismas
Embarcadero del antiguo Astillero de Guarnizo
ofrecen vasto espacio para parques de esas maderas singulares que el cieno marino preserva y cura». Acaso allí fuera puesta la quilla á la galera con que el Almirante Bonifaz rompía intrépido la cadena que defendía el puente sevillano en 1248, y á aquellas otras que en Gibraltar, Tarifa, Guardamar y en tantas otras partes, lo mismo en los tiempos medios que en los de la Edad Moderna, ejecutorían la destreza de los navieros santanderinos, y el arrojo de los marineros cántabros. Ya en los días de los monarcas de la casa de Austria, desde que en 1639 el belicoso arzobispo de Burdeos quemó en el astillero de Santoña algunos galeones y destruyó á Laredo, — suena en la historia de
la armada el Real Astillero de Guarnizo, que «tuvo principio bajo el gobierno del General Pimienta en el año 1645» (i); pero hasta aquellos otros en que Felipe de Anjou afirma en el trono la dinastía de los Borbones con la total derrota del Archiduque Carlos ; en que el insigne trasmerano D. Juan de Isla segunda el renacimiento iniciado para la marina entonces, y en que es el año 1726 nombrado Comisario el célebre Marqués de la Ensenada, — no adquiere el Astillero la importancia de que disfrutó principalmente durante el pasado siglo, coincidiendo en esto con el engrandecimiento y desarrollo de la ciudad santanderina.
En el corto espacio de cerca de medio siglo, que abarca los reinados de Felipe V, Fernando VI y Carlos III, los constructores Donesteve, Arzueta, Buye, Salomón, Obel, Gautier y otros, botaron al agua en el Astillero de Guarnizo no menos de veintiséis navios de línea, trece fragatas, y otros buques menores para el comercio, dándoles madera los árboles de la Montaña, y Cabarga «carbón y hierro», mientras «para armamento de sus buques... fundía cañones la Cabada,... anclas Marrón», tejía lonas Espinosa de los Monteros, motonería, «ó sean poleas, carrillos, roldanas, cuadernales y trocha» la Requejada, y jarcia les facilitaban los establecimientos en Santander fundados por aquel benemérito D.Juan de Isla, cuyo «amor al país que le vió nacer, no tenía límites» (2). Délas gradas del Astillero «salió el
(1) D. José Antonio y D. Alfredo del Río, Marinos ilustres de la provincia de Santander^ pág. 457.— Según los datos recogidos por estos escritores, «dirigidos por el mismo general Pimienta se construyeron en el Real Astillero varios galeones de 800 toneladas, viniendo á concluirse en él el navio Santa Isabel de 80 cañones, que se había empezado en Santoña».
(2) Era en 1750 Comisario ordenador de marina, y formó con parientes «y amigos suyos y paisanos, una sociedad... en el mismo Real Astillero de Guarnizo para construir buques por cuenta del Estado, todo con elementos de la provincia, desde la quilla al tope». Bien que no «rico de dinero, éralo de genio y actividad», y á fin de que «los navios que por la Sociedad se construyesen salieran á la mar del todo armados y equipados..., hizo caminos, y navegables, en cuanto se podía, algunos puntos de los ríos, para la más fácil explotación de los montes y conducción de las maderas». «En Santander levantó el Tinglado de Becedo, con destino
Real Felipey de ciento cuarenta y cuatro cañones, para señalarse en el combate frente á Tolón contra ingleses, donde el año de I 744 ganó el almirante español Navarro el título de marqués de la Victoria (i); de ellos el San Juan Nepomticeno^ cuya cu-
á fábrica de jarcia, no lardándose más que noventa días en construirle.» «Las casas que posee en la calle de Atarazanas el actual heredero de su título (conde de Isla) y de la mayor parte de sus bienes las que fueron demolidas «frente á ellas para hacer las que ahora existen en una línea de la misma extensión que las de la Isla, eran dos vastos almacenes, que se servían directamente de los buques por ser entonces navegable el sitio que ocupa la citada calle » (Del Río, Marinos ilustres de la provincia de Santander ^ pág. 458).
(i) El número y clase de buques botados al agua en el Astillero durante el pasado siglo, son los siguientes, según resulta de «un expediente que remitió en 1821 al Gobierno el Jefe político que había entonces en Santander, referente á las ventajas de habilitar dicho Astillero, y de otro informe transmitido años antes al ministerio de Marina por la Contaduría del mismo ramo..., y de noticias particulares» :
Í757
I 76Ó
Nombres
Número de cañones
BUQUES DE (iUERRA
NAVÍOS
San Fernando
San Luís
San Carlos
San Antonio
San Felipe
Príncipe ,
Princesa
Real Felipe
Santa Ana
Santiago
San Isidro
San Felipe
Serio
Poderoso. .......
Soberbio ,
Arrogante
Hércules
Contento
Victorioso
Príncipe
San Pascual
San Juan Nepomuceno. . . San Francisco de Asís, . .
San Lorenzo ,
San Agustín
Santo Domingo " .
Constructores
Arzueta.
Buye
V Autr.
Salomón. Obel.
Rut. »
Gautier.
bierta en 1805 y en el Cabo de Trafalgar regó la sangre del heroico Churruca»; pero el establecimiento de los arsenales del Ferrol, La Carraca y Cartagena de tal suerte amenguaron la importancia del Astillero, que ya «sólo de tarde en tarde recuerda su antiguo destino, viendo poner la quilla de un buque mercante» (i), y convertido en lugar donde los santanderinos buscan
Años
(724
I 766
Nombres
FRAGATAS
Concepción. Atocha. . . Griega. . .
Nuestra Señora del Rosario San Esteban apedreado. San Francisco Javier. . .
Las Dos Victorias
Las Dos Bombardas. . . .
La Soledad
Santa Catalina
Santa Teresa
Santa Bárbara
/ /
\ Santa Gertrudis.
1760 El Guarnizo.
PAQUEBOT
Número de cañones
69 {
BUQUES MERCANTES
NAVÍOS
Triunfante $o
Marqués de Ferri 50
FRAGATAS
Ninfa del mar 18
Negociante español. ... 18
Los Amigos 19
San Juan Bautista.. . . "*! 20
San Juan Evangelista. . . 20
San José »
PAQUEBOTS
San Luís »
San Antonio de Padua. . .
Santo Domingo
Nuestra Señora de Musiera.
Santa Bárbara w
San Nicolás »
Los Santos Mártires. ... »
Constructores
Arzueta.
Buye y Autr.
Donesteve. Gautier.
14 Donesteve.
Salomón. Arzueta.
Salomón.
)) ))
Donesteve. ))
Zubiría. Donesteve.
Piedra. Real.
(i) Refieren los escritores locales que desde 178$ á 1808 fueron sólo en el Astillero construidos bajo la dirección de Antonio Real y Juan Real de Asúa^
agradable esparcimiento en las tardes sosegadas y tranquilas del estío.
«¿Quién, viendo este pueblecillo, si bonito y pintoresco, sin señal ninguna de haber sido tan buen astillero, — exclaman otros autores montañeses, — quién dirá que allí se construyeron en épocas de prosperidad marítima, los mejores navios de guerra que surcaron nuestros mares?»... Así, olvidadas sus glorias, obscurecidos sus recuerdos, perdidas casi sus tradiciones que un tiempo le dieron fama y nombradía, no puede menos de sorprenderse «el forastero al entrar en su iglesia y verla pintada de banderas y trofeos militares»; que ya «la vida del sitio es vida de ocioso, y ha trocado la viva agitación y el ronco ruido de la construcción naval por el silencio y el sosiego.» «Le van repoblando quintas y posesiones de recreo» que cambian su aspecto como han cambiado sus costumbres, y le hacen apto para su nuevo destino, y de las cuales «cada una se distingue por una condición particular que la caracteriza y da fisonomía: ésta por su frondosa calle de plátanos, aquella por su sombría alameda de pinos, otra por su esbelto bosquecillo de castaños
cuatro fragatas, y tres paquebots ; de i 840 á i 87 i , diez y ocho de varias clases, cuyas circunstancias consignan de este modo :
PIES DE
AÑOS
CLASE
NOMBRE
E S LO R A
ARMADORES
CONSTRUCTORES
Corbeta. . . .
Nueva Luisa. .
IDO
D. Francisco Díaz. . . .
D. Miguel Aberasturi.
Draga para la limpia del Puerto. .
IDO
Junta de limpia del Puerto
Corbeta. .
María Víctorina
. ICO
D. Francisco Díaz. . . .
D. Felipe Fernández.
Bergantín-goleta
Corzo. . . .
IDO
D. Manuel F. Cortines. . .
Idem Ídem. .
Gonzalo.. . .
D. José María Aguirre. . .
Bergantín. . .
Primavera. . .
D. Jerónimo B. Parra. . .
D. Miguel Aberasturi.
1S48
Sirena. . . .
D. Antolín Hornedo. .
Bergantín-goleta
Eustoquia. .
D. Lorenzo Blanchard. . .
D. E. Gassis y herrn."
Goleta. . . .
Dolores. . . .
D. Mateo Obregón. . . .
Corbeta. . .
María Luisa. .
I2S
D. Domingo de la Portilla..
Quechemarin. .
José Francisco..
D. Francisco Díaz. . . .
Bergantín-goleta
María Juana.
D. Felipe Díaz
Bergantín.
Renedo. . . .
ICO
D. José María Montalván. .
P. P. . . . .
D. Fermín San Miguel.
Corbeta. . . .
Soberana.
D. José C. Bustamante. . .
D. E. Gassis y herrn."
Fragata. , . .
Pasiega. . . .
D. Manuel Pérez. Abascal. .
Corbeta. . . .
Aureliana. . .
D. Aureliano Pedraja, . .
Fragata. . . ,
Don Juan. .
á raíz del agua, y no falta cuál se haga notar por las piedras de su portada ó la claraboya de un tejado» (i).
No lejos del Astillero, y más cerca de Santander, está la península de Maliafio, y su iglesia de San Juan, donde quiso el insigne arquitecto Juan de Herrera que reposasen sus cenizas; y más adelante el pueblo de Muriedas, á cuya entrada, sobre la izquierda del camino, levanta humilde sus pajizos muros la casa en la que nació Pedro Velarde, el héroe montañés del Dos de Mayo, el 19 de Octubre de 1779. Aquella ventana que se abre vulgar al extremo derecho de la solana, corresponde á la estancia en que el inmortal héroe, según la tradición, vino al mundo para renovar los laureles de los héroes de la Montaña en otras edades; y los ojos, llevados allí por imán irresistible, creen contemplar al glorioso oficial de artillería en su feliz infancia, tan ageno de que su voz había de producir una epopeya! De aquí salió para ingresar en el ejército, lleno de esperanzas y de ilusiones; quizás siguiendo con el deseo las campañas victoriosas del Capitán del siglo; extremeciéndose de entusiasmo ante el espectáculo que ofrecía la Francia en guerra con toda Europa, y triunfando en todas partes á las órdenes de aquel oficial de artillería, como él, que soñó cual los Césares y Cario Magno con el imperio universal, y que regeneró la patria. Capaz se debió sentir el hijo de Muriedas, de medirse con el gran Napoleón y con sus generales, cuando solo, sin recursos, desobedeciendo con generoso pecho la ordenanza, y seguido de Luís Daoiz, de Ruiz, de Malasaña y del pueblo madrileño en tropel, supo con su muerte detener el carro triunfal de Bonaparte, y reconquistar la independencia de la sorprendida España, que hoy honra su memoria y la bendice agradecida.
Poco más allá del pintoresco Astillero de Guarnizo, siguiendo por la ría, los vapores se detienen en otro muelle de madera, que conduce al Cespedón, en la carretera que pasa por Bóo y Solares;
(i) Escalante, Op. cit., pág. 1 8 I .»
hoy, no inaugurado todavía el ramal del ferro-carril que desde la estación citada debe terminar en dicho pueblo, á pesar de estar ya concluido, — se hace preciso cruzar la vía férrea, por donde discurren trenes de balastro, para llegar en la carretera, al sitio en que aguardan ya multitud de cestas y otros carruajes para conducir los viajeros. Para fortuna nuestra, la lluvia había cesado, y como vedijas de algodón obscuro, iban las nubes desgarrándose por sí solas en el firmamento, dejando ver la azul atmósfera, y permitiendo que el sol alegrase con sus rayos el panorama. El camino se desenvuelve á la derecha por la falda de un monte, lleno de húmeda verdura, con frondosas arboledas en las quebradas, y casitas blancas que parecen, sobre aquella alfombra, cuentas desprendidas de un rosario de nácar, ó que dibujan sus contornos sobre el horizonte, cual dibujan á modo de guarnición de encaje los heléchos y las plantas de las crestas sus hojas y sus tallos, — mientras á la izquierda se dilata el cristal sosegado de la ría, cambiando en breve el paisaje, al torcer el camino, que sigue las ondulaciones del terreno, con ofrecer á este lado de la marisma, prados, mieses, pequeños edificios de rojizos tejados, arboledas, y como último término, larga serie de escalonadas colinas que, sucediéndose unas á otras, se pierden vagas en el lejano horizonte.
La carretera cruza el pequeño pueblo de Heras, pasando por delante de la plaza en que, con su cuadrada torre, y su portada ojival de arco rebajado, grumo de cardinas, y agujas, — todo algún tanto descompuesto, — se levanta la Iglesia parroquial de San Migtcel, — y por espacio de tres kilómetros continúa sombreada de copudos álamos y chopos, desplegando en su desarrollo ante la vista, deliciosos paisajes con vigorosa arborescencia; valles, montes, quebradas, todo cubierto de hermosa vegetación, todo salpicado de pequeñas construcciones, en las cuales, el rojizo color de la madera que viste sus costados, y el de las tejas, forman singular contraste con el tono general del cuadro, sobre el que derrama el sol sus regocijados esplendores. Al fin,
y al descender por inclinada cuesta, aparece Solares, «con sus vegas y montecillos, alfombradas aquellas con el verde musgo, el tupido retoño y el espigado maizal, y coronados éstos con espesa cabellera de zarzales, madroños y avellanos; con sus arroyos que serpean en la mies y dibujan bosques de espadañas, de sauces y de alisos; con su río Miera de sombríos remansos en los que la sabrosa trucha al saltar para coger su presa forma círculos concéntricos de pequeñas olas que se agrandan más y más para desvanecerse hasta morir á la orilla...; sus rápidos de rodados cantos y sauces á medio arraigar; sus presas y sus molinos cubiertos de musgo y sombreados por frondos cajigales» (i), y sus edificios, elegantes, esbeltos y suntuosos los unos, de mediana apariencia los otros, blasonados éstos, y de escasa importancia los más que forman el pueblo.
. Pródiga con él la naturaleza, no sólo le ha dotado de saludable y pintoresco asiento, por lo cual muchas familias santanderinas le prefieren para el verano, — sino que además, en la «honda y profunda depresión del terreno» en que se levanta, brotan sus poderosos manantiales de aguas cloruradas sódicas, comprendidas por algunos entre las bicarbonatadas cálcicas que, dando importancia inusitada al lugar como estación balnearia, prometen para él mayor desarrollo y engrandecimiento; y cual si esto no fuera bastante, cruzan por él caminos diferentes, que le ponen en comunicación con Santander, Muriedas, Ontón, Bilbao y Santoña. «Le da sombra á Poniente, y manantial para sus fuentes, y árgoma para sus hornos el monte Cabarga..., al cual aplicó el ilustre P. Flórez un pasaje de Plinio, apoyando la sólida crítica de su irrefutable libro La Cantabria. » « Cantabriae maritimae parte ^ qitam oceamis alluit, mons praerupte altus, incredible dictus^ totus ex ea materia est, dice el célebre naturalista insubrio, pintando el suelo cántabro y su riqueza en vena de hierro: en la falda meridional del monte están patentes los soca-
(i) De Canícibria, pág. i66.
vones de la explotación antigua; el cárdeno color de la tierra movida denuncia la metálica esencia que encierran sus entrañas, y el nombre de un sitio, Veneras de Cabarceno, parece convidar á sondearle de nuevo» (i).
Derramado sin orden aparente por los relieves que el terreno ofrece á la izquierda, asoma encaramado el pueblo, cuyo desigual caserío, aislado, provisto de anchas y salientes solanas de madera, que avanzan sobre la línea de fachada, — ostenta á veces, proclamando su señorial extirpe, blasonados escudos en los ángulos ó sobre las portadas, mientras extenso tapial conduce por estrecho callejón á la casa solariega de los marqueses de Balbuena, allí apellidada de Palacio. Cilindricos, ornados de molduras y escociado cornisón circular, y con agudos pináculos por remate, — sendos pilares de sillería, medio ocultos por el tapiz sobre ellos tendido por la verde y trepadora hiedra, que por los sillares sube hasta suspender de la cornisa vistosísima guirnalda, — flanquean la puerta que da paso á la señorial morada, la cual se muestra al fondo de anchuroso patio empedrado, plantado de árboles y cubierto de hierba. Descuidada y suave rampa, con su balaustrada ya medio destruida, pone por la izquierda en comunicación el patio y el huerto, mientras al frente se alza rojiza construcción de piedra, con desahogado porche á que dan acceso tres grandes arcos rebajados y sombreados por frondosa parra, cuyos vástagos trepan por el muro para engalanar exuberantes los adintelados balcones del piso superior, ostentando entre los dos del extremo izquierdo rectangular frontón que con su frontis partido, y sus pirámides en el acroterio y en las vertientes, excede de la cornisa general sobre que descansa el alero del tejado.
Hermoso en proporciones, y tallado con maestría y con arte,
(i) Escalante (Op. cit. pág. 175), hace notar que en las inmediaciones «es común el nombre», como lo atestiguan Veneras de Vismaya, Veneras de Montecillo, etc.
resalta en el frontón el nobiliario escudo de los señores de la casa. A uno y otro lado del mismo, bien dibujadas, con largas y holgadas túnicas y peplum ornado de colgantes en las haldas, actitud respetuosa, y rizosa cabellera — dos matronas, de ejecución correcta, empuñan sendas banderas de dos colas, timbradas de un león rapante, y cuyo paño ondea simétricamente sobre sus cabezas; á sus pies, que asoman por debajo de la túnica y van calzados de sandalias, — con no menor simetría dispuestas, destacan dos vichas de rostro varonil, barbado, y cuerpo desnudo que se resuelve en floridos vástagos, cada una de las cuales ase un áncora; y mientras en el centro superior, coronado por una diadema de marqués, sobre la venera de Santiago surge el blasón, partido, con orla de aspas por las que se acredita la participación que los de aquel linaje tomaron en la conquista de Baeza, y la letra gratia dei — ave maría en una faja oriental, — entre los vástagos de las vichas memoradas aparece á la parte inferior otro escudo heráldico, y el todo se muestra timbrado por flordelisada cruz patriarcal y episcopal sombrero, cuyos resaltados cordones sostiene á cada parte desnudo geniecillo, que destaca sobre otros exornos.
Encajonada entre salientes estribos, — hácese eh el extremo opuesto de la derecha en este edificio, la portada de la Capilla de San Juan Bautista, propia del Palacio, con arco rebajado, y frontón triangular ornado de esféricos remates, apareciendo en pos el estrecho recinto de la Capilla, que con ser tan pequeña, se halla por mitad consagrada á la Virgen del Pilar y al Bautista, que allí tienen sus altares respectivos, barrocos y de mal gusto. Consta de cuatro bóvedas esferoidales, recorridas de nervios sin embargo, los cuales giran sobre sólido machón rectangular plantado al centro, pareciendo, aunque no sin reparos posteriores, obra de la XVII. ^ centuria, á la cual corresponde sin duda alguna la casa, como corresponde el interesante blasón, en el cual viven con singular energía las tradiciones del grande estilo del Renacimiento, puestos de relieve así en el di-
SOLARES.— -Palacio de los Marqueses de Balbuena
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bujo como en la ejecución de la mayor parte de las figuras, en la sobriedad con que se hallan prodigados los elementos ornamentales, y en los generales lineamientos del mismo, cosas todas que darían motivo á vacilaciones, para quien no tuviese conocimiento de la tenacidad con que arraigan en la Montaña las tradiciones artísticas (i).
(i) Fué esta capilla fundada bajo la advocación que hoy conserva, el año de 1621, por don Fernando Ibáñez, poseedor del patrimonio, y su hermana doña María González de Ibáñez, dotándole con varias capellanías don Juan Ibáñez de Agüero en 1678, y especialmente y en la misma fecha, «su hijo el Excmo. Sr. don Antonio Ibañez de la Riua Herrera, Arzobispo de Zaragoga, Virrey de Aragón, y Presidente que fué de Castilla», quien dotó por su parte «una capellanía con dos misas semanales, y una obra pía para casar huérfanas, con 600 reales de renta al año.» En el de 1697 «fundó dicho Excmo. Sr. la obra pía de 30 arrobas de azeyte al año, las 18 para las luminarias de las Parroquias de Cudeyo, Gajano y esta capilla, y las restantes para el Poseedor destas Casas.» «Fundó asimismo el Magisteterio de Gramática y Escuela que ay en este lugar [de Solares], con más cinco misas solemnes en las festividades de San Juan Bautista, San Zipriano, San Francisco, Nuestra Señora del Pilar y San Antonio.» «Dotó asimismo doscientos y cinquenta Escudos de plata para dar Estado á uno de los hijos legítimos de esta casa.» Hay además dos jubileos perpetuos, el uno el día de San Juan y el otro el de San Cipriano, «cuyo santo cuerpo está colocado en esta Capilla, en la qual es altar privilegiado perpetuamente »( Tabla de fundaciones, existente en la Sacristía de la Capilla). Pendiente del machón central sobre que descansan las bóvedas, se muestra la siguiente interesante Bula :
«Inocencio, papa duodécimo, ad futuram rei memoriam.=Nuestro venerable Hermano Antonio Ibañez de la Riua Herrera, Arzobispo de Zaragot^a, nos hizo saber poco ha, que haviendo hecho donación á la Iglesia de San Juan Bautista del Lugar de Solares, de la Diócesis de Burgos, de ciertas Reliquias de Santos, colocadas en preciosas Caxas, ó Relicarios, de una Lámpara de Plata, y de algunas alhajas, y ornamentos, como son Calizes, Casullas, Frontales, Imagines y otras cosas Sagradas, para el uso, y aumento del Divino culto, las quales fácilmente pueden deslucirse, y romperse, si se prestan, ó sacan fuera, desea sumamente dicho Antonio Arzobispo, que demos providencia y oportuno remedio para su conservación y manutención.» «Y Nos, queriendo benignamente condescender en esta parte con los deseos de dicho Antonio Arzobispo, y absolviéndole por las presentes, y juzgándole absuelto para el efecto de ellas solamente, de qualesquiera censuras, de excomunión, suspensión, y entredicho, y de otras sentencias y penas Eclesiásticas, por qualquiera ocasión ó causa impuestas por el Derecho, ó por sentencia de Juez, si en algunas de qualquiera manera se halla incurso : inclinados á sus súplicas á Nos en su nombre presentadas con Autoridad Apostólica, por el tenor de las presentes, vedamos y prohibimos, so pena de excomunión mayor ipso fjícto incurrenda^ quQ en adelante ninguno, aunque esté constituido en qualquiera preeminencia, Dignidad ó potestad, se atreva, ó en algún modo presuma prestar las susodichas Reliquias, Lámpara, alhajas ni ornamentos ó alguno de ellos á otras iglesias ó lugares pios ó á qualesquiera personas... etc.» «Y quere-
Prescindiendo de la inmediata casa solariega, donde resalta asimismo, con sendos leones por tenantes, heráldico blasón, timbrado por un yelmo, con orla de cruces de San Bartolomé, una cinta en la parte superior con la letra gratía dei esculpida, un castillo á la derecha sobre agua y dos bandas con veneras al lado opuesto, — Solares aún convida con otras obras de arte, á las que presta su encanto la naturaleza con singular exuberancia, y que son como otras tantas ejecutorias de su linaje. No es ciertamente el humilde balneario, alimentado como queda dicho por dos poderosos manantiales, «uno de los cuales pierde sus aguas cristalinas en sucio arroyo, sirviendo el otro para atender á las necesidades del establecimiento que medio avergonzado se destaca entre las sombras de una potente vegetación», creciendo «allí á porfía los álamos de temblonas hojas cuyos pies aprisionan y sujetan raquíticos rosales amarrados con rústico belorto, raquitismo y falta de vida que hace contraste con la vida exuberante del rosal silvestre que á corta distancia lanza sus vigorosos y dentados tallos á través de enmarañado bardal», donde se disputan «la luz y el aire la zarza trepadora, con sus racimos de negras moras, la ortiga con sus hojas de dardos envenenados, el helécho festoneado, el sauce que se desmaya é inclina sus tallos para beber el agua cristalina que se desliza silenciosa á sus plantas; el aliso de verde y fresco follaje, el avellano de tostada nuez, el añoso y corpulento encinal y el escajo que muerde y al que cubre elegante penacho de amarillas flores» (i).
«Coronando la cima de empinado vericueto cuyas faldas decoran la encina, el laurel y el avellano», — álzase en aquella altura, como vigilando solícita desde ella la extensión de los valles
mos que se fixe, y perpetuamente quede una copia de las presentes letras en algún sitio patente y público de dicha Iglesia.» — «Dada en Roma en Santa María la Mayor, baxo el anillo del Pescador, día 2 de Abril de 1697.))— «De nuestro Pontificado año sexto.))— «I. F. Cardenal Altano.» (i) De Cantabria, loco cit.
que domina, como punto hacia el cual desde todos aquellos lugares vuelven los ojos los rústicos habitantes de esta parte de la Montaña, la Parroquia de la Asunción^ á cuya feligresía con Solares, corresponden Sobremazas, Cudeyo y Valdecilla. Penosa es la cuesta que conduce al templo; penosa como el camino que ha de recorrer el mortal para llegar á las puertas de la vida eterna, por más que á manera de descanso, interrumpiendo con la regularidad de su fábrica la pedregosa senda que allí se ensancha,— no lejos ya de la Parroquia abre sus arcos de medio punto el Humilladero^ abrigando bajo su bóveda de nervios, que parece obra del siglo xvi, tallada cruz que se alza sobre su pedestal, con la imagen de la Dolorosa, teniendo en el un frente sobre su regazo el santo cuerpo de su Divino Hijo, desmayado y muerto.
Erguida, y destacando sus contornos sobre el horizonte, muéstrase la iglesia al terminar del sendero ; rodéala cerrado atrio, y aunque por esta parte la puerta que franquea la entrada á la nave del Evangelio es de frontón triangular, con flameros en las vertientes, — el templo, todo obscuridad y negrura, todo misterio, proclama hoy ser fruto de la transición del estilo ojival al del Renacimiento, con sus tres naves paralelas, de tres tramos cada una, los ojivales arcos del crucero, los nervios de sus bóvedas en que dominan densas las sombras, y el arco sepulcral abierto en el segundo tramo de la nave de la Epístola. Sobre los resaltados almohadones y el lucillo, reposa el yacente simulacro de un caballero : tiene cubierta la cabeza por redondo bonete, traje talar que cubre la figura, y sobre el pecho descansan los anchos gavilanes de la espada que esgrimió con gloria sin duda, mientras á sus pies, símbolo de la fidelidad, se tiende un perro en actitud humilde. Cuántas veces la curiosidad ha interrogado á aquel bulto, y tratado de descifrar la letra que se desarrolla incisa en la escocia del lucillo ! Cuántas veces sin embargo, han permanecido mudos uno y otra, sin revelar el nombre del caballero, cuyos restos duermen allí guardados des-
de el siglo xv, sin blasón que los califique ni cifra que proclame su progenie ! Cuánto tiempo habrá de pasar, para saber, si alguna vez se sabe, á quién representó la estatua funeraria, pues como término final de sentenciosa oración, sólo dicen aquellas letras no entendidas:
qxt0S, ÍTB patt qm cquie?!) \m biga yxm
jqníí0 (cuando:) xütútx uxk !
Ojival, de arcos concéntricos y filiación conocida de la misma XV. ^ centuria, es la portada del lado de la Epístola, que abre sobre moderno porche de tres huecos, desde el cual se domina extenso y quebrado panorama, á cuyo fondo aparecen sombrías las crestas escalonadas de los montes. Haces de juncos suben por las jambas para formar las archivoltas, teniendo collarines de follaje; rebajado y ornado de cardinas es el arco que constituye el dintel, con festón de cardinas y sarmientos, figurando en el centro una zorra en actitud de comer las uvas de un racimo, y un animal fugitivo á cada extremo. En el tímpano, colorido, tiéndese como decoración resaltado cordón pintado de amarillo, y una cinta en cuya parte superior aparece en caracteres minúsculos alemanes la salutación de la Virgen, mientras llena el resto un paño, pendiente del cordón referido, en el cual se lee en tres líneas de igual clase de signos :
_ sxtma • Í0S pb0ms írt ^sta • gglia; m- mira • ait0- ^tój- mil t qitmg.,» • •• mÍ0S trias be perb0tt • mas taba bia
Entre la flocadura del paño, destacan hasta treinta y ocho sellos ovalados, imitando los de cera de la época, con sus sedas colgantes, y en el centro del conopio, que asciende sobre el paramento del muro para recoger la portada, destaca en mayores caracteres de igual linaje, el monograma de Jesu-Cristo, en esta forma: i^s-^"j30-
Levantado también sobre otra colina inmediata, sin que inspire interés, ni sea sino «manifestación... de las pompas y vanidades mundanas, pompas y vanidades por el tiempo reducidas á polvo», — tiene asimismo Solares un panteón moderno, cuya blanca silueta se dibuja, como la de silencioso centinela, en lo alto de aquella eminencia que domina el pueblo, al cual dan reputación y fama sus aguas, diáfanas, insípidas é inodoras, que brotan en un terreno cretáceo, y cuyo «caudal de 107 litros por minuto y 30^ c. de temperatura, sale en dirección ascendente, desprendiéndose de los manantiales numerosas burbujas que les dan el aspecto de verdaderos hervideros » (i). No es dudoso
(i) Según los datos oficiales publicados en i 876 por don Agustín Lacort, médico-director del Establecimiento, «los gases que espontáneamente se desprenden del manantial, están constituidos por una mezcla de ácido carbónico, oxígeno y ázoe ó nitrógeno, en la proporción de :
5,^8 partes de ácido carbónico, 2,60 id. de oxígeno, • 9 1 ,82 id. de ázoe ;
100,00 en conjunto.
» Por ebullición se desprende de un litro de agua : 3,48 partes de ácido carbónico, o, I 2 id. de oxígeno, 13,51 id. de ázoe ;
17,11 en conjunto, de las que tomando la parte proporcional
á 100, corresponden :
20,34 ^1 ácido carbónico,
0,70 al oxígeno, 78,96 al ázoe ;
I 00,00
» Las sustancias sólidas contenidas en un litro de agua son las siguientes :
Gramos
Cloruro sódico. . . . o'2 54i
— CálcicO. . . . 0'0202
— magnésico. . . o'oi63 Carbonato de cal. . . . o'o630
— de magnesia. o'022i Sulfato de sosa. . . . 0*0300 Sílice o'oo7i
Total. . . o'4i28))
que á la acción terapéutica de las aguas contribuye con toda eficacia la amenidad del sitio, el cual, como dicen los hijos de la provincia, « es y será hermoso siempre, y siempre digno de la paleta de los reputados paisajistas que honran á la Montaña con sus producciones».
Cerca de dos kilómetros, en la carretera de tercer orden, que va de Solares á Ontón, dista del pueblo de aquel título el denominado el Bosque, cuya iglesia aparece á la izquierda del camino, pintorescamente emplazada en lo alto de una eminencia, toda ella exuberante de verdura, y en medio de hermoso paisaje, sobre el cual se alza el religioso edificio, que parece ser del mismo tiempo que el de Solares, con su correspondiente porche y su cuadrada torre, cuya cubierta de cuatro vertientes decoran sendas esferas de piedra, colocadas á modo de remates en los ángulos. Mientras por este lado, el camino sigue ofreciendo tendidos valles con lustrosas mieses, entrecortados de bosquecillos, — faldea por el contrario poblado monte, cuyos breñales ha puesto al descubierto la pólvora de los barrenos al abrir la carretera, y torciendo luego algún tanto, deja ver, á otros dos kilómetros aproximadamente del Bosque, el humilde caserío de Hoznayo sobre la derecha, no sin que por la izquierda y á la entrada del pueblo, como custodio y defensor del mismo, — llame tu atención, lector, la casa solariega, que hace allí orgullosa ostentación de su pasado prestigio y su agotada fuerza, con su portalada de rojiza piedra, su arcoMe medio punto en el inferior de los dos cuerpos que la componen, y su frontón cuadrangular en el superior, flanqueado de estriadas pilastras, coronado por saliente moldura, y sostenido por onduladas aletas que, con el tallado blasón en su centro ostensible y al cual sirven de tenantes dos leones, proclama su filiación, y que corresponde á aquella era romántica inmortalizada por Lope y Calderón y sus imitadores, en la XVII. ^ centuria.
Sombrío, severo, y revelando asimismo su grandeza, — no á otra época corresponde el edificio que encaramado sobre los
restantes en Hoznayo, y siendo propiedad de los condes de Moriana, marqueses de Cilleruelo, — de la elevación y alteza de su destino primitivo, ha venido á parar, ya en mucha parte deforma-
HOZNAYO. — Fachada lateral de la casa solariega de los Acebedos
do, en almacén enciclopédico de objetos de distintas naturaleza y clase. Aún sobre los pardos muros de la sillería de su fachada, surgen los heráldicos escudos, indicadores de su nobleza; pero transformado todo, se hace preciso cruzar por obscuros aposentos, convertidos en cuadras, para contemplar la descompuesta fachada lateral que enaltece resaltando al medio, timbrado por
un yelmo, con dos leones por tenantes, y por bajo la divisa ARBOR • BONA • BONOS • FRUCTUS • FACiT, — cuartelado blasón, pregonero incansable del fenecido lustre de la casa. Gastada gradería que se hace á la izquierda de esta lateral fachada, facilita el acceso á la capilla del antiguo Palacio de los Acebedos, pues no á otro linaje corresponden los blasones que ennoblecen aquel edificio: de planta de cruz latina, bien que no de grandes proporciones, — bajo sus bóvedas de piedra y en su disposición herreriana, viven con las tradiciones, las memorias del siglo que ilustra el sombrío Felipe II, y se recuerda las incomparables trazas del Monasterio del Escorial por él labrado, como se recuerda su aspecto, en presencia de aquellos muros desprovistos de todo exorno, con los cenicientos sillares de granito al descubierto, las sencillas molduras de la cornisa, y el ambiente que allí se respira, helado y tétrico como el de un sepulcro.
Recuerdo posterior de aquella obra gigantesca por la cual se conmemora el glorioso triunfo de San Quintín, — en el fondo de ambos brazos del crucero, y abiertos á cierta altura, voltean desornados y severos dos arcos sepulcrales, en los que destacan sendas estatuas orantes trabajadas en mármol, simulacros de otros tantos caballeros, de los cuales, el de la parte del Evangelio, viste ahuecados gregüescos, saliente y encañonada gola, y cubre su ropilla bajo los ondulantes pliegues de la capa, teniendo delante, sobre almohadillado cojín, los guantes y el sombrero, de hechura éste semejante á los usados por el hijo del gran Carlos de Gante. En el tímpano del arco, cuadrada lápida declara el nombre y la condición del personaje, diciendo en las seis líneas de capitales incisas de que consta el epígrafe, ser aquel
DON FRANCISCO GONZ • DE • AZEBEDO S.R Y MAYOR • DESTAS • CA... ...SAS • MERINO - MYOK DE
TRASMIERA
Armado, rota ya la gorguera, ceñida la espada, y teniendo sobre el cojín empenachado el casco, — no se hace ya posible distinguir quién sea el caballero representado en la estatua del lado de la epístola, por carecer de inscripción que lo publique, no sucediendo así por fortuna con las de los otros dos arcos sepulcrales que con idéntica traza, autorizan la capilla mayor, abriéndose en el uno y otro de sus extremos laterales. Varonil, revestido el traje episcopal y cubierto por amplio manto, parece el bulto correspondiente al arco del Evangelio entregado á la oración, y tiene sobre el cojín levantado delante de él, abierto el horario y depositada la mitra. Vulgar cajón de ennegrecida madera pende sobre la figura, y á los lados del arco se distingue sendas piedras empotradas, con diez líneas de escritura capital incisa la del costado de la izquierda, y siete nada más la de la derecha, expresando la una:
DON FERNANDO DE AZEBEDO O B P O DE OSMA ARgOBPO DE BVRGOS, PRESIDENTE DE CASTILLA Y DEL CONS° DE ESTADO DEFELLIPPEIIII HIZO A GLIA DE DIOS ESTA YGLESIA,
y manifestando la otra, que es continuación de la primera:
Y DIO LAS SEPVLTURAS
Y BVLTOS PRESENTES
A SUS HERMANOS Y SV... ...CESORES . Y A LOS HVES... ...SOS PATERNOS QVE
ESTAN SOBRE ESTE BVLTO
Sobre la puerta de la sacristía se abre en iguales condiciones el arco sepulcral de la Epístola, en el cual destaca la efigie orante de otro prelado, ostentando debajo monumental epígrafe, guarnecido de sencilla moldura, á manera de marco, en el que
da sin embargo comienzo y término la inscripción, grabada, y cuyos signos exceden con frecuencia de la línea general, para desbordar sobre el marco referido, diciendo en esta disposición de la siguiente suerte, deshechas las abreviaturas en que abunda:
A IeSVXPO • SEÑOR • DE • VIVOS • Y MVERTOS • D. lOAN BAPTISTA DE AZEBEDO OBPO DE VALLADOLID PATRIAR...
...CHA DE LAS INDIAS InQVISIDOR GENERAL I PRESIDENTE DE CASTILLA QUE POR SV NOBLEZA DE SANGRE, LETRAS, PIEDAD I MODESTIA MERECI...
...O TAN GRANDES LVGARES I LOS TUBO CON A P L A VSO COMVN LIBRE DE AMBICION PROPRIA I AGENA IMBIBIA EN BREVE TPO DIO RAR...
...AS MUESTRAS DE BONDAD I PRVDENCIA SU OPINION I SPERANZ...
...AS FVERON EN TODA ESPAÑA LAS MAIORES MVRIENDODEJO AFFICIONADOS I TRISTES A TODOS LOS BVENOS- MURIÓ A VIII DE IVLIO DE MDCVIIl-ALOS LUI AÑOS DE SV EDAD TV Q. ESTO LEES, HORA LA ALABANZA DE SV MUERTE, AMA SU VIDA POR EXEPLO MIRA Q. SERAS_POLVO COMO EL, Y LLORA NO HAVER SIDO LO Q. EL FERDINAND' ARCHEP' BVR.^ FRATRI AMANT1SS.° LVCTV EL LACHRIMIS POSVIT
Venérase allí en los dos altares del crucero diversas reliquias de los monjes de Cardeña, asesinados por las hordas africanas en la expedición dirigida sobre Burgos por el gran Abd-er-Rahmán III; y excepto un cuadro representando el Patrono, que es San Juan Bautista, y aceptable, y de un retablo barroco, de agradable traza y limpio de oro, nada hay que merezca los honores de tu interés, lector, en esta Capilla suntuosa que fabricaron los Acebedos para enterramiento suyo, y que, fuera de los días de San Juan y de San Pantaleón, en que se dice misa á la que asiste reverente el pueblo, yace hoy abandonada. Todos los bultos de los arcos sepulcrales, aunque no del mismo mérito, no dejan por ello de ser dignos de estima, revelando la magnificencia de aquel insigne prelado burgalés, quien dejó su grandeza ejecutoriada en la catedral de la antigua Cabeza de Castilla^ que en otra ocasión hemos procurado darte á conocer con todo detalle, y aparece aquí, en la mansión solariega quizás por él reedificada, dando honroso lugar de descanso á los suyos, y suspendiendo sobre su simulacro, en humilde caja de madera, los huesos de sus ilustres progenitores, no atreviéndose á labrarles sepulcro, por no contradecir su voluntad y su deseo acaso, pues no
puede ser achacado á otra causa, sin duda alguna, el extraño modo con que procuró conservar las cenizas de sus padres.
Jueves era por aventura aquel día, y de mercado por ende en Hoznayo; en el cajigal inmediato al pueblo, tendidas en hilera, diversas barracas de tablazón, ofrecían á la vista de los trasmeranos multitud de objetos diferentes, desde el dalle, hasta las botitas de charol, y no pocos de los que en todas partes aparecen en los indispensables puestos de d real y medio la pieza. Formando calle, bajo las copas de las cajigas, que como anchos paraguas amparaban de la lluvia á las vendedoras, hallábanse «las banastucas clásicas con perojos roderos, rosquillas duras, y avellanas tostás^^ pan de álaga y frutas de diversa especie, y por entre aquella multitud de puestos, calzadas las almadreñas, con el paraguas debajo del brazo y resistiendo impávidos el agua que caía con persistente tenacidad, discurrían hombres y mujeres, y «bandadas de muchachos oliéndolo y curioseándolo todo, pero sin catar gran cosa de ello, por la picara contra de lo caro que andaba;» no se oía el sonido de las tarrañuelas ni el de las panderetas, por que el tiempo no estaba para ello, ni tampoco el corro de bolos se hallaba concurrido por igual causa; pero un poco más lejos, en las brañas^ parejas de novillos uncidos ó sin uncir, y cabezas de ganado vacuno, eran objeto de graves discusiones entre los que de varios lugares, más ó menos cercanos, acudían al mercadillo de Hoznayo, que tiene fama, por las tretas de que se valen los trasmeranos para la compra de reses, y los medios que emplean para despistar al vendedor, y sacar el mejor partido posible. Cuántas veces ha pintado Pereda escenas de esta especie en sus obras, y con cuánta galanura y maestría las describe; pero por desdicha, lector, aunque los agualojeros, los rosquilleros y otros industriales de análoga naturaleza no faltaban á la sazón, como no faltaban los demás vendedores, el día convidaba poco á dar con el baile y los cantares de la gente moza, y con la algazara de la bolera, animación al cuadro que se desarrollaba silencioso á nuestra vis-
ta, bien diferente de cómo habría sido en otras circunstancias.
Poco antes de llegar á Hoznayo, cuya iglesia parroquial de La Asunción de Nuestra Sefiora^ emplaza sobre lo alto de un collado á la izquierda del camino, y es de planta irregular, mostrando en una de sus portadas de frontón partido la mano de los constructores del siglo xvn, mientras en la otra domina la tradición herreriana, como se perpetúa la ojival en las bóvedas y en florenzado ajimez que orna sus muros, — á 200 metros por la izquierda también de la carretera, en el lugar de Término, distrito municipal de Entrambasaguas, como en encantado oasis, que trajo á nuestra memoria la espléndida gala y el vistoso atavío con que en las regiones del Oriente de España se presenta á los ojos, orillas del Segura, la antigua Viña Almela, hoy parque del balneario de Archena en la provincia de Murcia, — parece desatarse allí la naturaleza exuberante, siempre verde, siempre jugosa, siempre pródiga y lozana de estas regiones del Norte de la Península, animándose en hermosas arboledas, espesos y sombríos bosquecillos y matizadas praderas que se desarrollan alternativamente á la margen siniestra del río Aguanáz, nacido en Entrambasaguas y precipitado al mar por el pueblo de Cubas. En medio de aquel maravilloso lugar, y como si la naturaleza hubiese querido extremar sus lisonjas para con él, dándole mayor celebridad de la que merece por su riqueza insólita, con 23° centígrados aproximadamente de temperatura, brotan de las peñas caprichosas que esmaltan el sitio, cuatro manantiales de aguas clorurado-sódicas, bicarbonatadas, alcalinas nitrogenadas, que reciben el nombre de la Virgen de los Remedios y de Santa Lucia ^ de la Gruta y de San Roque respectivamente.
Todas ellas tienen como genérico apelativo el de Ftientes del francés^ por atribuir la fama, según dicen, el descubrimiento de aquellos manantiales á cierto abate de la nacionalidad citada, quien, emigrando de su país «á raíz de los turbulentos sucesos que le agitaron á fines del último siglo, vino á refugiarse» en este lugar de Trasmiera y cerca de las fuentes minerales, cuya
virtud no había sido de nadie sospechada. «De llorar ó de leer, — continúa la tradición, — el abate tenía malos los ojos, y vínole en gana, un día que paseaba por estos sitios, lavarse con el agua del manantial, cuya ablución, repetida luego en los días sucesivos, parece ser que hubo de curar ó aliviar al menos su padecimiento». «Púsolo en conocimiento de los naturales del país, sin que se sepa en virtud de qué raciocinios fué dando el buen señor, erigido en médico, nuevas aplicaciones medicinales á aquellas aguas, las cuales empleaba de preferencia en los padecimientos del estómago, intestinos y vejiga, obteniendo de su empleo numerosas curaciones». «Desaparecido el abate, la tradición fué la única encargada de traer hasta nuestros días su buena memoria, y la fama de las aguas con que curaba» (i).
Fué siempre el acaso gran descubridor de los secretos de la naturaleza, y á él en realidad es debido en todas partes, ya con una forma ya con otra, el conocimiento del valor terapéutico de las aguas minerales que luego la ciencia analiza y estudia, y á las que da las aplicaciones convenientes, sobre todo en épocas como la actual, en que la hidroterapia está de moda. Ejemplo de ello bien elocuente por cierto, facilita, más que otro establecimiento de esta naturaleza, el de Hoznayo, situado en deleitable lugar, de belleza que sólo se concibe contemplándola, y donde nada falta: ni agrestes soledades donde puede el ánimo entregarse á delectaciones graves; ni sombreadas arboledas; ni murmurante río que va espumoso a^rrastrándose como exhalación de fuego por su lecho de piedras; ni elegantes chalets á la suiza, alegremente pintados; ni cuestas, ni planicies, ni bosques, ni aun teatro, donde alegrar las noches de los días pasados en aquel jardín fantástico, ni para colmo y complemento, misteriosa gruta, que se abre camino en las entrañas de la roca semejante á un promontorio, y que fingiendo en su natural techumbre con entrelazadas estalactitas extrañas figuras, manos, y diversas
(i) De Cantabria, pág. 6-^.
Otras cosas, desciende sombría, húmeda y temerosa hasta el sitio en que el Aguanáz, torciendo su camino, rompe, dislacera y separa con lo impetuoso de su corriente el obstáculo que le ofrece tenaz la roca, se abre paso á través de ella, y sigue bramando en hirviente catarata cuyos ecos resuenan agradables en la informe concavidad de aquella bóveda labrada por su esfuerzo.
Llaman Gruta del diablo 2l la que á tal sitio conduce, quizás suponiendo que hubo de ser obra de aquel infernal espíritu, y consta de dos recintos desiguales y pequeños, en cuyo suelo levantan algunas eslatagmitas, alternando con los charcos del agua caliza que como reloj incansable de la eternidad, se desprende gota á gota silenciosamente de las aguzadas puntas con que las estalactitas húmedas terminan. Cuando visitamos aquel establecimiento, cuyos primores deslucía la lluvia, solitario estaba, sin que nadie acudiera á demandar salud á los manantiales cuya virtud fué descubierta por el emigrado abate : la moda veleidosa, ensalzándoles un día, haciendo concebir en ellos grandes esperanzas sin duda, ha hundido al siguiente en la nada el elegante acomodado balneario, quedando allí enterradas sumas inmensas invertidas en ayudar á la hermosura del sitio, con todas las comodidades inventadas por el comfort moderno.
Doliéndonos íbamos de la triste suerte á que por inconstancias del destino parece condenado el establecimiento termal de Hoznayo, si es que en realidad sus aguas tienen las virtudes que les han sido una y otra vez atribuidas por quienes lo entienden ó á lo menos deben entenderlo, — mientras la ligera cesta corría al trote de sus cuatro caballos por la carretera de Ontón, deslizándose en medio de paisajes que no por predominar en ellos la misma nota, en la provincia de Santander característica, dejaban de alegrar el espíritu soñando allí la fantaseada Arcadia. De vez en cuando, el zagal, un muchachón fornido, á quien daban el mote de Riquitrún sus compañeros, subía á hacernos compañía en el vehículo después de estimular el ganado, y con cierto orgullo, mientras chupaba acompasadamente su cigarro, nos hacía
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referencia de las veces que había corrido aquel camino, y de las penalidades que por él había experimentado en los meses horribles del invierno, cuando entregada á su gestor letargo la naturaleza, que tan llena de vida se ofrecía á nuestros ojos, cubría entonces como sábana inmensa la nieve valles, montes, quebradas, caseríos y cerrejones, y aquellos árboles frondosos, cuyas hojas hacía temblar la brisa impregnada del aroma penetrante de los campos, levantaban bordados de blancas randas, como vendajes, los descarnados retorcidos brazos desnudos, no de otra forma que si pidieran misericordia al cielo ceñudo, envuelto en densísimas gasas grises, de las cuales se desprendían sin cesar abundantes copos de persistente y blanca nieve.
Pero entre tanto, el espectáculo no podía ser ni más risueño ni más hermoso: disipadas por la brisa, las nubes habían ido á perderse en girones amontonados y fugitivos allá en el lejano horizonte, y el cielo se ostentaba despejado y limpio, brillando en él con toda intensidad el sol, símbolo poderoso de la vida, su propulsor y agente, cuyos ardientes rayos de oro, buscando alegres familiar camino por entre el follaje de las cajigas y de los chopos, crecidos entre proceres heléchos á uno y otro lado de la carretera, hería de lleno el rugoso tronco de los árboles por el cual, lozana y fresca, con sus lustrosas hojas aún húmedas por la pasada lluvia, trepaba frondosa la hiedra, mientras sus vástagos, corriendo de uno á otro de los troncos en la espesura, uníanlos en estrecho abrazo, y formaba entre efectos de luz deslumbradores, guirnaldas pintorescas y vistosísimas, pendientes del ramaje. Ya el coche había tomado por la derecha el ramal de la carretera provincial de Añero á la Cabada, y descendiendo por él, dejaba á nuestras miradas al descubierto el hermoso valle de Entrambasaguas y el caserío del pequeño pueblo de Navajeda, llegando poco después á aquel lugar, barrio del pueblo y ayuntamiento de Riotuerto, notable por sus ferrerías y su real fábrica de cañones que, fundada por flamencos en el siglo XVII, recibía grande impulso en los días de Fernando VI,
en que el marqués de Villacastel, D. Joaquín de Olivares, labrándola «de planta nueva», obtenía del monarca en 1755 «privilegio priívativo y prohibitivo para que la provisión de artillería y demás municiones anexas de fierro colado se provean perpetuamente por su casa y sus herederos y süs sucesores», y fué adquirida por el Estado en los días del egregio Carlos III (i), y que demás de este recuerdo de su pasada grandeza, ofrece hoy como mérito su fábrica de tejidos, titulada La Montañesa^ y su situación pintoresca y privilegiada siempre.
Escaso interés brinda la iglesia de San Juan Bautista, obra del siglo XVII, y á la cual precede un gran porche (2), proclamando su cultura el edificio labrado en 1887 para escuelas gratuitas de niños y niñas, dibujo y adultos; pero lo que principalmente caracteriza á la Cabada, que tanto influyó en el desarrollo del Astillero de Guarnizo, muéstrase allá, fuera del pueblo, después de cruzar el puente sobre el caudaloso Miera, y de trasponer la hermosa puerta de triangular frontón y arco de medio punto adovelado, en que resplandecen las líneas clásicas, y en cuyo entablamento se lee una fecha y un nombre: aquella la de 1784, y éste el del rey Carlos III, de feliz memoria. Allí, en larga línea de muros y frogones sin forma, sobre los cuales, como entonando cántico de victoria, las parietarias tienen erigido trono, donde hacen gala de la fecundidad del terreno, — yacen los miserables inútiles residuos de la Real fábrica de cañones engrandecida por el hijo de Felipe V. Alimentáronla, con gran-
(1) Costó al Estado cinco millones y medio de reales, haciéndose el pago en dehesas de los maestrazgos, y abonando entre tanto un dos y medio por ciento, por razón de réditos.
(2) La única memoria que conserva el templo, ofrécela bajo un arco y á la parte de la Epístola una urna sepulcral, en cuyo frente, y bajo la cartela en que se lee Deo honor el gloria,^ declara el epígrafe funerario: Aquí yace Juan Martínez de la Lon II baña cura y beneficiado desta Igla |1 y canónigo de S. Millán de Lar a. Fun \\ dó y dotó y dió -por este sitio \\ d la Iglesia de renta -per-pe \ tiia mil y quinientos mrs H á razón de treinta el millar. Dejó || tres misas cantadas cada año. Murió || año de 16....
En el frente de la puerta que da ingreso al cementerio se lee, como en otras varias de la provincia, la sentencia: Hasta aguí el tiempo \\ desde aquí la eternidad.
Vista de la Cabada
S A Ñ.T.A N D E R
des sacrificios, y con honra del Astillero,- de la marina y de España, las venas de fierro de Somorrostro en Vizcaya, y las veneras de los lugares de Pámanes y Cabárceno, y del monte de Vismaya, término de El Bosque Antiguo y Santa Marina; tuvo á fines del pasado siglo Altos Hornos, fabricados por Jorge de Bande (i), y contemporáneos del de Sargadelos, el primero en España; tuvo Academia con ilustre profesorado, y aun llegó con vida á nuestros tiempos, y acaso hubiera continuado existiendo, si nuestras contiendas civiles no la hubiesen arruinado; si, como dicen los escritores locales, «los benditos carlistas no se apoderaran de ella», y después de fundir «unos cuantos cañones y morteros», no hubieran prendido «fuego á todo lo que era combustible, cuando se acercaba el ejército liberal después de la victoria de Ramales» (2).
La carretera sigue costeando la ribera izquierda del Miera, donde llama la atención la presa de la fábrica de tejidos de La Cabada, y ofreciendo á este lado tras de hermoso paisaje y sobre la cumbre de empinado cerro, la silueta de la iglesia de Rucandio, para pasar luego por delante de extraño y deformado edificio, — propiedad hoy del militar retirado D. Juan Valcárcel, — bajo cuya moderna solana se espacia el pórtico de la aban-
( 1 ) Llegó á haber cinco hornos de fusión, .«dos de reverbero en que se fundían los cañones y otros hierros inútiles para hacer balas, y una máquina de barrenar y tornear cañones...» «Se fundían cañones, bombas, balas y metrallas de todos calibres», siendo las especies de balas las llamadas rasas, de cadena^ de diamante, de navaja y de cabeza de perro (Del Río, Marinos ilustres de la provincia de Santander, pág. 463).
(2) D. José María Cajigal, La industria en la provincia de Santander, artículo inserto en el álbum titulado De Cantabria, ^pág. i 57. Este escritor continúa, haciendo la historia de estas minas: «Los cañones de La Cabada y de Liérganes, aunque se talaron los montes, mucha gloria nos dieron; los de los carlistas me parece que nos dieron... menos». «Luego vino la compañía francesa de Dubourg, Alem y Duport; arrendó por doce años los restos de la fábrica y después de las reparaciones necesarias obtuvo unos seis mil quintales de hierro». «Disuelta la sociedad, se hicieron cargo de ella los señores Ibarra, Villalonga y Duport, y montaron la industria como la tenía el fundador, agregando muchos moldes para ollas, cacerolas, etc.» «Produjeron hierro muy apreciado para ciertos usos, como todo el que se obtiene con carbón vegetal; pero este escasea hoy hasta el punto de hacer casi imposible la fabricación».
donada Capilla del Angel^ fundada por doña Mariana de Matienzo, mujer que fué de Lucas de Hermosa, cuyos bultos orantes han sido bajados de los nichos que los contenían y aparecen empolvados sobre el escombrado pavimento (i). A muy poca distancia ya, se encuentra Liérganes, famoso por su hombre-pez, por su fábrica de cañones, que empezó con «dos hornos establecidos por Juan Curtius, natural de Lieja» (2), por sus aguas salutíferas, por su magnífico balneario, por su monumental Cruz de Rtibalcaba, situada carretera adelante, formando cubo, en la tapia de la finca que allí posee don Belisario de la Cárcova, monumento en que pensaba sin duda alguna el ilustrador de estas costas y estas montañas, cuando escribía pintando el carácter de unos y otros y de sus pobladores:
«Para andar mejor después lo que por andar les queda, descansan en la arboleda montañesa y montañés.
» Dejando al alma vagar, ella mira el porvenir, y en lo que haya de venir cuánto tendrá que penar.
(1) En la linde del camino frente á la Capilla, corre una cerca, en el dintel de cuya puerta, formado por una ^ran piedra, se lee estos versos, alusivos á dos molinos, de la propiedad de los fundadores:
A o loria y honra de Dios que pvso medida y tassa, estamos viviendo dos para el dveño desta casa.
En otra piedra más lejos, según tuvo la bondad de indicarnos el Sr. Valcárcel, se leia:
Los que esta ermita fundaron^ no tienen bienes sin Dios, y en esta atención los dos al mismo Dios los dejaron.
(2) aEn 1826 se calculaba que los edificios de la Cabada, fábrica de Liérganes y el parque de Tijero, valdrían en su totalidad, ocho millones de reales; hoy,— dicen los escritores montañeses á quienes aludimos,— ya no existen ni siquiera las ruinas ; si acaso, algún vestigio que no descubre haber sido parte integrante de riqueza tan grande» (Del Río, Op. cit., pág. 46'5).
Mientras de su íe á la luz piensa el mozo en oración : . ' . Alfo^ 7nuy alto, el blasón,
■ pero más alta la cruz-í> (i).
Porque con efecto, y pregonando á un tiempo mismo aquel sentimiento singularísimo y expresivo de linajuda soberbia que dictó la divisa Después de Dios, la casa de Quirós, y aquel otro de protectora y afectada humildad con que los magnates y señores de pasadas centurias se dignaban reconocer la superioridad del Omnipotente, — mientras el blasón señorial á que sirven de tenantes dos figuras, se ostenta con su empenachado yelmo y sus heráldicos cuarteles como saliendo al paso del caminante, levantado altivamente sobre el cilindrico tambor de sillería, con que cierra la cerca de la propiedad titulada, — flanqueada por dos pequeñas pirámides que plantan en las curvas vertientes del partido frontis en aquel padrón nobiliario, se alza al medio el símbolo de la redención humana, de cuyos brazos pende el simulacro del divino Nazareno.
Lo pintoresco del valle que da á Liérganes nombre, y por cuyas profundas cañadas discurren sobre pedregoso lecho las aguas cristalinas del Miera, con lo rústico de sus molinos, su atrevido puente de un solo ojo y sus riberas majestuosas y solemnes,— alegrado está por la «airosa fábrica» del elegante y moderno balneario, que hace allí ostentación de sus recientes galas, á «no más de medio kilómetro de las primeras casas del pueblo», y descollando en las inmediaciones del río, sobre las altas copas de los árboles y las ondulaciones con que le ofrecen fondo entrecruzadas verdegueantes lomas que rodean el valle. Famosas son sus aguas salutíferas, que brotan en dos manantiales, la Fuente Santa y la Nueva, y cuyas virtudes llevan allí en la estación veraniega flotante población numerosa á que da albergue sano y cariñoso; calificadas están entre las sulfatado-
(i) Escalante, De Cantabria, pág. 79.
calcicas^ variedad sulfhídrico- azoadas^ y según resulta del análisis practicado por el montañés Dr. Rióz y Pedraja, Rector y Catedrático que fué de la Facultad de Farmacia en la Universidad Central, «en i,ooo gramos contienen ©'036 de gas sulfhídrico y o'o2 3 de ázoe ó nitrógeno», circunstancia que les da, á juicio del médico-director del balneario, superioridad indiscutible «sóbrelas más renombradas de la Península, Elorrio, Arechavaleta, Santa Agueda, y, en Francia, sobre las de Aguas-Buenas, tan elogiadas» (i).
No á larga distancia de Liérganes, y contribuyendo á su nombradía, se halla Pámanes, «con su cruz y su palacio memorable [de Elsedo], el más bello quizá, — á decir de los escritores montañeses, — entre los muchos que adornan esta histórica región cantábrica: empezóle á fabricar en 17 10 don Francisco de Hermosa y Revilla, primer Conde de Torrehermosa y Caballero de la orden de Calatrava, gentil hombre de Cámara de S. M., tesorero del Concejo de Cruzada, veinticuatró de la ciudad de Sevilla y natural de Pámanes ; las obras se hicieron sobre la casa solariega de los Avellanos cuyo vínculo poseía y cuyas armas se ostentan aún en la portada; el poseedor actual es don Raimundo del Neto Salamanca Hermosa, Conde de Castroponce y Torrehermosa» (2). Apartado se halla algún tanto este edificio
(1) De Cantabria, pág. 29. El análisis practicado por el Sr. Rióz es el si- :uiente :
Gramos Cents. Cdbs.
Gas sulfhídrico o'o^ó 23 5
Ázoe . o'o23 18 8
Ácido carbónico ©'09=5
Carbonato célico. ^ o' 146
Sulfato cálcico i'4ii
Sulfato potásico ©'295
Sulfato sódico o'7 34
Cloruro sódico 0*533
Cloruro magnésico o'=í04
Sílice o'o I 2
3'790
(2) De Cantabria, pág. 167.
del pueblo, cuya Iglesia parroquial de San Lorenzo se engalana con los esplendores de la era ojival, en el siglo xv, prodigados en la portada, que destaca sobre un fondo guarnecido de crestería, con su revuelto grumo de follajes en cuyo centro aparece el simbólico jarrón emblema de la pureza de María, y símbolo
PÁMANES. — Palacio de Elsedo
de la diócesis burgalesa, sus agujas de trepados, sus varias ornacinas, todo labrado en piedra ya denegrida, pero de aspecto simpático, y encima de la cual, con la fecha de 1655, se abre severo ático de frontón triangular ornado de esferóides en el acroterio y las vertientes, y donde aparece sentada, tallada en piedra y con muestras de antigüedad, la imagen de Nuestra Señora.
Consta la iglesia de una sola nave, repartida en tres tramos demás del presbiterio, y apoyada á los pies, delante del coro, en dos recias cilindricas columnas, de donde arrancan los nervios
que se espacian por las bóvedas; una de estas, calada, hace oficio de linterna, y derrama apacible luz por el sagrado recinto, permitiendo advertir lo barroco de los altares adosados á los muros. Con aspiraciones monumentales , ábrese al lado del Evangelio un arco de medio punto, dando acceso á cuadrangular y lujosa capilla no del mejor gusto, cuyo nombre y circunstancias declara el epígrafe de capitales latinas grabadas en la imposta, el cual tiene comienzo por bajo de la ventana que le alumbra, diciendo: con el titvlo de la soledad || Efundo don Francisco'] (i) de hermosa y re villa sv esclavo, esta capilla PARA sv APELLIDO Y CASA, AÑO DE I 7- 2 - O. Haciendo en ella gala de inusitada magnificencia aquel procer que había diez años antes dado principio á la erección de su palacio suntuoso, — la Capilla de la Soledad se halla profusamente enriquecida de pinturas, ya en mucha parte borradas y destruidas; y mientras en las pechinas que soportan la bóveda surgen coloridos y de desdichada ejecución los relieves que representan pasajes de la Vida de la Virgen, — sobre el arco de ingreso destacan también pintados al fresco tres cuadros, el uno con la figura y letra de san AMBROSIO DOCTOR, el de enmedio con la degollación de LOS YN0ZENTES, y el tercero, más confuso, con la leyenda latina
POSITVS IN MEDIO QVO ME VERTAN (sic) NESCIO.
Antes de abandonar el ostentoso alarde del primer Conde de Torrehermosa, repararás, lector, en el sillón de madera tallada, con el blasón resaltado al medio, que allí yace obscurecido y que figuraría con honra de la Montaña y de la historia de sus artes en el Mtiseo Provincial de Santander, si existiese ; no es el único con que hemos de tropezar durante la excursión á que complaciente nos acompañas, y la presencia de estos muebles blasonados, dentro de la casa de Dios, buena razón habrán de darte de la forma en que se halla constituida la Montaña, y
(i) Rota la imposta en el ángulo, es de suponer lógicamente que en lo desaparecido debió decir así la leyenda.
de que son testimonio fehaciente los solares que encontrarás á cada paso por esta tierra, entre los cuales no es digno de ser ciertamente para olvidado el de los Cuetos en Sobremazas. Encaramado aparece en lo alto de suave eminencia cubierta de hierba que rumia con deleite el ganado ; partiendo de la carretera, que desemboca poco más lejos en Solares, cuidado camino
SOBREMAZAS.— Gasa solariega de los Cuetos
busca el más cómodo acceso, y encajonado luego entre altos tapiales, se detiene delante de la portada. Flanquéanla sendas pilastras, y sobre su entablamento, como sobre el de los retablos de la época, con aletas que se desenvuelven hasta los extremos del mismo, frontón partido, ornado de pequeñas pirámides en las vertientes, y una figura femenil en el centro, en reemplazo de la santa cruz, — se alza á manera de ático el segundo cuerpo, donde, en lugar de sagrada imagen, ostenta su altivez y su arrogancia, con dos guerreros por tenantes, el blasonado
escudo sobre el cual destaca el yelmo, emblema del hijodalgo.
Bajo el entablamento y en las dovelas del arco de la portalada, léese, como pregón de gloria digna de ser conmemorada, que
DON CLEMENTE LOMBA DE LOS CUETOS MEJORÓ Y AUMENTÓ EN 1876 ESTA CASA SOLARIEGA DE LOS CUETOS.
Traspuesta la portalada, y penetrando en la enarenada te rraza, al lado izquierdo del edificio, que nada significa en la relación artístico -arqueológica, con leones ahora por tenantes surge en blanco mármol esculpido el blasón con la fecha de 1719, y debajo una lápida que dice:
DON FRANCISCO DE MIER Y TORRE ME HIZO EN 1719 Y SU ULTIMO SUCESOR EN EL MAYORAZGO DON CLEMENTE LOMBA DE LOS CUETOS ME TRASLADÓ EN 1876 DE RUBALCABA A LOS CUETOS.
No busques, lector, más expresivos testimonios del culto rendido fervoroso en la Montaña á los linajes : allí tienes el escudo, con las empresas que ganaron seguramente los fundadores de aquel solar en la reconquista y defensa de la patria, en la magnificación y ensalzamiento de la misma; es el distintivo, la preeminencia que separa y divide de las demás criaturas los descendientes de aquel soldado ó cortesano complaciente, haciéndoles superiores á ellas. Y como si en este mundo hubiese algo permanente y duradero; como si existiera cosa que pudiese disputar á Dios la eternidad, que es atributo suyo, — allí se alza el mismo blasón, y como emblema y símbolo de su perpetuidad, frondoso añejo pino que levanta y esparce sus caducas ramas á la altura, destacando solitario en tal paraje, todos los años renueva la memoria de quien lo plantó con semejante intento... ¡Vana locura y afanar estéril ! Los siglos pasarán unos en pos de otros : se sucederán las generaciones; y el tiempo, burlándose de la
soberbia de aquellos que quisieron hacer doble la cuna del linaje humano, borrará en un instante el fantaseado alcázar de su grandeza, porque en el cielo, allí donde nada nos distingue ni diferencia, los grandes serán humillados, y los humildes serán ensalzados !