Santander · Capítulo real 11 de 20

CAPÍTULO XIV

Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 6 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.

CAPÍTULO XIV

De Santoña á Laredo.— Vicisitudes históricas de la villa.— El Bastón de Laredo.— Golindres.— Laredo.— Su iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.— La iglesia de San Francisco.

OuÁNTAS y cuán brillantes son, por cierto, las memorias que acuden en tropel y confusas á la mente, al nombre de Laredo! De aquella población, gentil y risueña, dormida otro tiempo en brazos del mar que arrullaba placentero sus muros unas veces, ó batía sus muelles otras encrespado y violento, como si con su imponente cólera tratase de despertar el corazón nunca dormido de los habitadores de la antigua villa marítima, independiente y poderosa, altiva y soberbia, que juzgaba suyo cuanto abarcaba desde ella la vista inteligente de sus esforzados marinos ! Y cuán distinta hoy, de como nos la presenta la historia en los tiempos

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medios y gran parte de los modernos, todavía! Cuán distinta y cuán otra, aunque risueña siempre, en su lastimosa decadencia actual; procurando encubrir, con la sonrisa de sus amenos huertos y jardines, la tristeza que la devora, no de otra suerte que el mayorazgo, — cuyo tipo ha sabido delinear y colorir con maestría incomparable el pintor de la Montaña, el ilustre Pereda,— que oculta la miseria presente bajo el raído traje señorial con que se ofrece ufano á las miradas de sus convencinos, antiguos vasallos de su linaje y de su extirpe!

Allá está, á la otra banda del puerto de Santoña, desde cuyo peñóte se divisa tendido en declive á lo largo de la costa el informe caserío; allí está, encaramada sobre la colina que la limita por el Norte, y desde la cual fija sus ojos ansiosa y descorazonada en las aguas del mar que, como cansado de ella, le niega sus favores; y más cerca, adelantando hacia Santoña uno de sus brazos, bien como gladiador vencido, ó bien como protesta y amenaza, — el Puntal de Salvé ^ que se atraviesa á guisa de cuchillo entre la ría de Colindres y el Cantábrico, con su arenal nombrado por igual manera. Quieren algunos, dando cariñosos singular importancia á la leyenda, encontrar en semejante designación tradicional la justificación histórica de piadosa fábula, interesante y poética, inventada sin dudar por aquellos forjadores de genealogías y de nobiliarios, que persiguen por todas partes el origen ignorado y siempre por lo común humilde, de los linajes más esclarecidos y poderosos; y remontando á los días de Teodorico el suceso de que el supuesto dimana, y afianzándolo con error manifiesto en el testimonio de Idacio, llévanle sin reparo al año 456 de nuestra era, para cohonestar de alguna suerte la inverosimilitud que entraña, y afirmar que desde entonces, y sin alteración ninguna por maravilla, ha llegado el nombre en su primitiva forma hasta nosotros. Reproducida está la leyenda en varios libros, conocida es para los lectores de la Montaña; pero acaso haya quien nos moteje, si no la reprodujéramos por nuestra parte.

«Trabajada del mar y de los vientos, entraba una flota en la bahía.» «Más quebrantado por las olas el bajel que hacía cabeza, enarbolando el harón ó fanal, guía de sus compañeros, íbase á pique, cuando venturosamente llegó á tocar las arenas de la playa; ¡ salve. ^ exclamaron sus tripulantes en la lengua en que habían aprendido á orar y dirigirse al cielo, y para encontrar luego €l paraje de su salvamento , les sirvió el grito de su ansia y de su alegría.» «Y Salve se llama al cabo de largas edades el arenal todavía.» «Eran los navegantes de la gente goda establecida en las distintas costas de la Escandinavia ; venían en auxilio de su raza, cuya raíz á duras penas agarraba en el suelo español..., y remontando el río..., desembarcaron dispuestos á subir los valles de Ruesga, Mena y de Carranza, para llegar á Castilla.» «El alto de Seña^ encima de Colindres, conserva memoria del primer campamento de la hueste y sitio donde plantó su tienda y su bandera el caudillo que la guiaba...» «En tanto el jefe del bajel piloto, se detenía en la orilla izquierda del Asón, para fundar un solar, estirpe de linaje destinado á ser uno de los primeros y más ilustres de la monarquía castellana...» «Cerca del pueblo de Carasa permanece aún la casa de Velasco, con el nombre del oficio que su fundador tenía á bordo de la flota goda (velasco, hombre del harón ó faro)» (i).

( 1) Escalante, Costas y ü^ontaiias^ (págs. 97 á i 00), fundándose por lo que á la genealogía de los Velasco hace, en el testimonio de Lope García de Salazar, Litro de las bienandanzas y fortunas^ lib. Xlll. Por su parte el Sr. Bravo y Tudela, —glosando los términos de la leyenda, según la publica el Sr. D. Amos de Escalante, asevera que «Idacio, Obispo», fija el hecho, como hemos indicado en el texto, «en la época de Teodorico, hacia el año 4=56 ; habiendo llegado hasta nosotros enriquecido con minuciosos detalles, que contribuyen á darle para nuestros lectores,—dice,— mayor importancia é interés»; no con verdadera exactitud y con grandes erratas, copia las palabras de Idacio, que dicen: «De Erulorum gente septem navibus in Lucensi litore aliquanti advecti, viri ferme CCCC expediti, superventu multitudinis congregatae duobus tantum ex suo numero effugantur oscisis : ^wi ad sedes froprias redeuntes., Cantabriarum et Varduliarum loca mariiima crudelissimé depraedati sunt (4=56)» (Flórez, Es/). Sas^rada, t. IV, pág. 371 de la 3^ ed.) De ellas se deduce claramente, que los hérulos, antecesores de los normandos en la piratería, habían con siete naves arribado al puerto de los Lucenses en Galicia, y desembarcados cuatrocientos hombres, poco más ó menos, habiendo ido sobre

Bien que todas cuantas afirmaciones sean hechas para acreditar de remota la progenie de las poblaciones, resulten extremadamente dudosas por lo menos, y con notoria frecuencia el apasionamiento arrastre á sensibles extravíos, cuando no existen ó no hay conocimiento de datos positivos é irrefutables, — no falta quien dipute de primitiva y celtibérica á Laredo, «si no como población, lo que es improbable, al menos como territorio ó comarca de este nombre», el cual procede á su juicio del «éuskaro, que aún se habla á pocas leguas de la villa de Laredo, que era en el siglo xv el vulgar de la merindad de Castro, que con él linda, y del cual proviene la verdadera etimología de casi todos los pueblos de la marina cantábrica» (i); y mientras estiman cual «manía por demás censurable... la de los genealo-

ellos multitud de gente, dos veces mayor en número que ellos, tuvieron que huir derrotados, y al regresar á su patria, robaron cruelmente algunos lugares marítimos de la Cantabria y la Vardulia. Bien que Laredo no tuvo importancia ninguna ni en la época romana ni en la visigoda, no se ofrece como inverosímil que aquellos aventureros, escarmentados con lo que les acababa de ocurrir con los Lucenses, saquearan la población y la robaran, como saquearían y robarían á Flaviobriga y otros lugares de la Vardulia ; pero no vinieron con propósito de auxiliará los visigodos, ni remontaron los valles de Ruesga, Mena y demás citados, ni fundaron solar ninguno, ni dieron origen al linaje de Velasco, ni hicieron otra cosa que embarcarse en sus navios con la presa y marcharse. Por lo que hace á que hablasen latín, y dijesen Salve, nada tenemos que objetar, por ser tan pueril como candorosa la afirmación, sintiendo que persona tan entendida como el Sr. Bravo y Tudela, lleve su exageración en el respetar las tradiciones y leyendas, al punto de que califique despreciativamente de escéptico á quien ajugando con el vocablo, sostenga que sable en francés significa arenal ; pero no creemos, — añade, — que la semejanza de esta palabra con la de salve tenga más importancia que la de una coincidencia que para nosotros no podía pasar desapercibida» ( Recuerdos de la villa de Laredo, págs. 44-47). Acaso, y como vaga conjetura, no más, si la palabra no proviene del sable francés, se recuerde en ella alguna catástrofe marítima, si la voz Xalve, que aparece cual invocación en el epígrafe sepulcral hallado en Corao, y reproducido en la pág. i 52 de este libro, fué expresión aplicada por los cántabros á los lugares de reposo: los cementerios.

(1) Bravo y Tudela, Op. cit. págs. 18-19, añadiendo por nota en este mismo sitio : «Hemos tenido ocasión de observar que en la parte de la Cantabria romanceada abundan más los nombres éuskaros en lo marítimo que en lo mediterráneo, debido sin duda á que los cántabros orientales fueron durante los siglos medios y aun con posterioridad, los únicos que monopolizaron la marina, por ser como dicen los historiadores los más expertos del mundo en aparejar y regir naves.)) La historia de Cantabria durante los tiempos medios y aun con posterioridad, acredita que el supuesto es demasiado ambicioso é injusto.

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gistas y seudo-cronicones, empeñados en crear figuras, imaginar tiempos y fantasear lugares, confundir la verdad y la mentira, lo desconocido con lo probable, lo dudoso con lo cierto, así como la de latinizar nombres, fingir mártires y suponer sedes episcopales, extraviando por estos medios la opinión de muchos en materias históricas», y declaran que «estas aficiones y fingimientos han dado margen á violentas interpretaciones sobre el origen de varios pueblos y lugares de la Cantabria, entre los que figura Laredo, cuyo nombre se ha querido hacer venir de lauretum, sin tener en cuenta que existen documentos de remotísimo tiempo en los cuales se hace mención de esta villa, y se comprueba que era ya conocida con el nombre que hoy lleva, aun antes de la venida del César en persona á conquistar la Vizcaya» (i), — no vacilan por su parte en fijndamentar etimologías que, para nosotros, sin dejar de ser verosímiles ó de parecerlo, se nos presentan siempre como arriesgadas y expuestas.

«Laredo (2) en lengua éuskara — dice el autor á quien venimos aludiendo, — significa dehesas ó pastorajes templados, suaves, hermosos^ y se compone de lar^ larr^ dehesa, pacedero (que con el artículo pospositivo es lar-a, larr-d)^ y el ed-o hermoso, suave, templado» (3), teniendo igual razón etimológica, á su cuidar, Colindres, Santoña, Liendo, Otañes, Urdíales, Sámano, Cerdigo, Guriezo, «y otros que pudiéramos citar», según escribe. Nombre podría ser descriptivo el de Laredo, á admitir tal

(1) Bravo Y TuDELA, Op. cit. pág. 20.

(2) « Si Laredo estuviese en una región castellana podría creerse razonablemente que su terminación en edo era la de otros muchos nombres castellanos ; pero estando en una región vascongada, es una razón más para que no vacilemos en sostener que este nombre es éuskaro y no latino» ( Nota del Sr. Bravo y Tudela).

(3) «La radical /ar, /arr, tiene numerosos ejemplos en el país vasco, como Lar-regui, Lar-ando, Larr-amendi, Larr-azabal ; y no menos la terminación edo^ si bien ésta varía en su letra final, según los dialectos y la tendencia á castellanizarla que se observa en algunos casos». «De esta raíz ed, ed-o ó ed-e viene ederra, que en lenguaje vulgar vascongado tiene la misma significación, porque la terminación err, err-a es nota de posesión» (Bravo y Tudela, Op. cit., pág. 21, nota).

formación éuskara, nada extraña, pero no positivamente cierta, y falta de interés á nuestro propósito; mas en la actualidad, y á despecho de las benignas y especiales condiciones climatológicas de la antigua villa, su territorio se halla incluido por ley ágrológica entre los correspondientes á la sttb-región de los ctdtivos menos productivos^ entre los de la sub-región de las praderas y entre los de la de los pastizales (i), circunstancia que si notablemente concierta con la etimología éuskara, conviene de igual suerte á otros varios distritos de la provincia de Santander, cuyos apelativos distan mucho de la formación vasca originaria. De cualquier modo que sea, hay que reconocer y confesar que Laredo goza de grandes ventajas por su posición, y que, merced á ellas, obtuvo grande y no dudosa importancia desde los tiempos, aún no determinables ni determinados, en que hubieron de ser conocidas aquellas, lo cual, sin embargo, no autoriza por modo alguno, en buena ley de crítica, á exaltar de tal suerte la fama de la localidad y del distrito, como para declarar una y otro los principales de la región cantábrica en todas las edades.

No hemos por consiguiente de combatir, por gratuito, el supuesto de que Laredo fuese el Portus Victoriae, cual sus encomiadores lo pretenden (2), ni menos que eran laredanos los que en torno del héroe de la Reconquista, del inmortal Pelayo, levantan la enseña de la cruz como bandera (3), aseveraciones

(1) López Vidaur, Disertación sobre la manera de fomentar los principales elementos de riqueza de la provincia de Santander, premiada en los Juegos Florales celebrados en Santander el año 1888.

(2) Bravo y Tudela, Recuerdos de la villa de Laredo, pág. 30, donde obliga á decir al P. Mtro. Flórez lo contrario de lo que éste defendió, valiéndose de sus mismas palabras, y pág. 41, en que hablando de la guerra cantábrica dice: «La armada latina consiguió al fin el triunfo deseado en las aguas de Laredo, veinte y un años antes del nacimiento de Cristo», etc.

(3) El Sr. Bravo y Tudela, que consagra todo el cap. VI del lib. I de su obra á la demostración de este inadmisible aserto, sigue en él á Henao, quien afirmaba: « Es para mí no leve indicio de que Cantabria toda no fué dominada de los godos, el haberse retirado á ella el infante D. Pelayo, huyendo de Witiza, rey godo, que le quería matar... porque, si enteramente estuviera rendida á los godos, mal re-

ambas que no tienen otro fundamento histórico que el afectuoso afán de enaltecer la fama de Laredo, como si en realidad hubiera menester de tales timbres para enorgullecerse consigo propia; pero sí debemos consignar que, si no fué ni pudo nunca ser el Portits Víctoriae, si no fueron laredanos tampoco los que proclaman á Pelayo, cual hemos visto en lugar oportuno y propio (i), — Laredo, con su puerto de Santoña, obtuvo por derecho propio muy alta y significativa representación en la historia de la provincia, como una de las principales villas del cantábrico y de la costa apellidada de Castilla, y supo conservar durante largos días el carácter independiente y libre que distinguió á los montañeses, unida siempre á las demás villas marítimas y de acuerdo con ellas en todos sus actos y en todos sus procederes. Quizás aludiendo á sus condiciones, hizo de ellas ostentación en las empresas del cuartelado escudo que como primitivo se le atribuye: «fortalezas naturales resguardan á Laredo, y colosos de sin igual defensa ampararon su hoy destruido puerto, viéndose [allí] representados claramente por castillo almenado...; abundante en frutos y en vinos era su suelo, leales y amantes los unos de los otros son sus moradores, y de aquí el árbol frondoso que en el [blasón] se mira; un navio, símbolo de la hospitalidad de sus un día concurridas playas y de la intrepidez y arriesgo de sus marinos; y por último, una ballena, emblema de la profesión de pescadores á que se han dedicado desde remoto tiempo los laredanos» (2), resplandecen en los cuartetes del escudo referido.

fugio y sagrado hallara en ella D. Pelayo», palabras que cita en apoyo de su opinión el autor de los Recuerdos de la villa de Laredo, pág. 58.

(1) Véase el cap. VI de esta obra.

(2) Hállase este escudo, dice el Sr. Bravo y Tudela, de quien son las palabras copiadas, «en el ángulo de un cuadro que hay en la iglesia mayor, con marco labrado de plata, que representa á Santa María de Laredo, y da de él la explicación que dejamos consignada D. Antonio de Moya en su Declaración de las empresas, armas y blasones con que se ilustran y conocen los principales reinos, provincias, ciudades y villas de España, año i 7 5 6 » f Recuerdos de la villa de Laredo, págs. 68 y 69, nota).

Navarra un tiempo, en el siglo xi.°, y reintegrada en breve á Castilla, — habíase comenzado á poblar, quizás de nuevo, en los postreros años de la XII. ^ centuria bajo la tutela de la iglesia, y con la protección del príncipe que debía ceñir á sus sienes los laureles del Muradal poco más tarde, y quien ganoso de premiar sin duda servicios ni conocidos ni determinados, y de estimular también á los pobladores, ya constituidos en Concejo, para el acrecentamiento de la villa, — otorgaba desde Belorado con fecha de 9 de Febrero de la era de 1239 (1201 de J. C), el privilegio más antiguo de que hay memoria, y en el cual hacía á dicho Concejo donación graciosa de ciertos términos que llegaban «hasta el mar de Griñón, de tal forma — decía, — que todas las heredades y todo lo que tengo ó debo tener dentro de dichos términos, y las villas que se incluyen en los términos referidos, conviene á saber, en Griñón, y en Liendo, y en Laredo, y en Coabad, y en Coimbres, y en Seña, y en Corbajo, y en Foz, y en Tabernilla, y en Udalla, y en Cereceda por derecho hereditario, á vosotros y á todos vuestros sucesores, lo tengáis y poseáis perpetuamente con los solares, poblados, y yermos, y tierras cultivadas y por cultivar, con los prados, pastos, yerbas, ríos, molinos, bosques y dehesas, con sus entradas y salidas y con todos sus derechos y pertenencias que en dichas partes me pertenecen, de tal modo, que ninguno sea osado á contradeciros esto, ó sobre ello por algún modo inquietaros ó á vos ó á vuestros sucesores» (i). Concedíales además, que sus ganados pastasen libremente por el reino como si fueran del propio monarca, y poniendo digno término y remate á la obra, daba á los pobladores el fuero de Castro-Urdiales, que es el

(i) Traducción auténtica del Privilegio viejo de Laredo, hecha y autorizada en Madrid á 14 de Agosto de 1660 por D. Francisco Gracián Berruguete, secretario de la interpretación de lenguas, por orden de S. M. Insértala en los apéndices de su libro el Sr. Bravo y Tudela, y nosotros la reproducimos en los del nuestro ; dicho privilegio fué confirmado por Fernando III en la era de i 270 (i 232 J. C.) y por Fernando IV en las cortes de Valladolid de la era 1333 (1295 J. C).

mismo de Logroño, otorgado por Alfonso VI en 1095 y general en la Rioja y las provincias vascongadas (i), como en 1204 rodeaba la villa de poderosos muros.

Así fué como hubo de encontrarla San Fernando, al disponer la empresa de Sevilla: gozando libremente de sí propia, y entregada á las marítimas tareas que debían darle renombre; y así, en unión de las demás villas cántabras, contribuía á la formación de la escuadra que había de guiar el almirante Bonifaz al Guadalquivir, cual contribuía á forzar la recia cadena con que los musulmanes tenían atajado el río, decidiendo la rendición y entrega de la ciudad en 1248. Como testimonio glorioso, como ejecutoria nobilísima de aquel hecho memorable, por el cual Castilla dilató sus dominios, y quedó para siempre arruinado el poderío muslime, — el hijo de la insigne doña Berenguela daba por armas á la humilde villa de Laredo las que ostenta: «pujante navio á vela tendida forzando el paso del Guadalquivir (2), y dispuesta á romper el puente de barcas que los moros tenían para pasar de la ciudad á Triana», timbrado por la corona real, que gallardea sobre el escudo cual insignia inapreciable. Puede con seguridad afirmarse, que la conquista de Sevilla fué la señal del engrandecimiento de Laredo y de las otras villas del Cantábrico, pues demás de las mercedes y de los privilegios que el mismo San Fernando y don Alfonso X concedían en particular á aquella, heredados quedaron en Sevilla algunos de sus hijos, llamados á defender por mar el territorio, y á poblar en 1262 en la fenicia Cádiz, asistiendo después con sus hermanos de Castro-Urdiales, Santander y San Vicente de la Barquera á todas las empresas navales que hubieron de sucederse en adelante para honra de Castilla.

Explícase de esta suerte, el que tuvieran ya alientos y ener-

(1) Muñoz y Romero, Colección de Fueros y Carias pueblas, pág. 334, nota al Fuero de Logroño.

(2) No « la entrada del Guadalquivir » , como por errata sin duda, se lee en el libro del señor Bravo y Tudela, pág. 93.

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gía para que congregados las personeros ó representantes de los Concejos de Santander y Castro-Urdiales en esta última villa, con los enviados por la de Laredo, y los de los de Vito ria, Bermeo, Guetaria, San Sebastián y Fuenterrabía, otorgasen la notabilísima Caída de Hermandad^ que lleva la fecha de 4 de Mayo de 1296; para establecer relaciones mercantiles con Holanda y con Inglaterra; luchar con esta potencia reiteradas veces la marina cantábrica agermanada durante el siglo XIV, y extender y dilatar su comercio y su fama sin el auxilio ni la protección de los reyes de Castilla. Época aventurera y hazañosa, en la cual se erigieron los navegantes de la Hermandad en señores de los mares, en que impusieron leyes á los ingleses, y en que, verdaderos piratas, miraron sólo su prosperidad y conveniencia, puestos á las veces y con frecuencia los intereses de la patria en olvido, por más que otra cosa piensen bondadosos los escritores de la Montaña. Mas no eran estas muestras de independencia, que acusan exuberancia de vida, los únicos testimonios por los cuales la de Laredo se revela ; pues bien que en el privilegio de 102 i no se haga designación alguna,— desde los tiempos de Alfonso VIII gozaban los laredanos del derecho de pescar y de salar «en todos los puertos de Castilla», beneficio que, contradicho quizás en ocasiones, daba á don Alfonso X la de extremarlo, con otorgar al Concejo y á los habitantes de dicha villa en 3 de Febrero de 1255 (era 1293), no sólo «que pesquen y salguen de todos los puertos de León y Galicia, con la sal de nuestro salín y no con otra», sino que á ellos y á los de las aldeas dependientes de Laredo, los declaraba quitos y francos para «que no dén portazgo, nin peage, nin costume... ninguno en ningún lugar en todos los nuestros Reinos y de todo nuestro señorío, ni por mar ni por tierra, sacado dende á Sevilla y á Murcia» (i).

(i) Véase dicho documento en los Apéndices de la obra del señor Bravo y Tudela.

Confirmado por Sancho el Bravo en Diciembre de 1284, era acrecentado por Fernando IV en 1301, quitándoles á más á los de Laredo, del diezmo del pescado por privilegio de 1306, como en recompensa de sus muchos y buenos servicios continuaron favoreciéndoles los monarcas posteriores, de suerte que hubo Laredo de alcanzar singularísima importancia entonces, jamás por nada ni por nadie en realidad contradicha, al mismo compás que se engrandecían las restantes villas del Cantábrico, en unión de las cuales, y durante los reinados siguientes de Alfonso XI, Pedro I, Enrique II y Juan II, tomaba participación directa en cuantas empresas navales acometió Castilla. Turbada vió á deshora, sin embargo, la paz de sus poblaciones y de sus aldeas por enconada y sangrienta discordia que empañó el cielo de su prosperidad y de su ventura, y que tuvo « principio en tiempos desconocidos » : fué Ampuero, «lugar tranquilo..., villa mansa y silenciosa», donde nacieron « los dos terribles bandos que por espacio de siglos ensangrentaron y mantuvieron dividida y en armas la tierra de Peñas-al-mar, entre el Fas y el Agüera». «Origináronse de odios entre dos familias poderosas por el número y la energía de sus parientes, cuyos apellidos sirvieron para designarlos, llamándose Giles y Negretes».

«Cuando aparecen sus proezas en los anales escritos, — dice el autor montañés á quien seguimos, — ambos apellidos han desaparecido y no suenan entre los mantenedores y capitanes de los bandos, que se llaman entonces Agüeros y Alvarados ; pero la bandería conserva su título, y lo conserva... hasta los tiempos de la dominación austríaca, hasta más de mediado el siglo XVT, época en que no consintiendo la mejor policía del Estado y el progreso de las costumbres campañas particulares á campo raso y por armas, continuaban su rivalidad ambas facciones, disputándose en villas y lugares el prestigio de la autoridad moral y las varas del regimiento » (i). « Pavorosa lucha de vecino á

(i) Escalante, Cos/as 3; iV/oM/awas, pág. 115.

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vecino, — expresa otro escritor, — en que se despliega todo género de malas artes, de astucias y traiciones, y en la que la ira no se cansa de espiar la ocasión de aguardar y el arma de herir sin compasión al contrario.» «No hay romería sin muertos, caminos sin cruces, casas sin llanto, espesura sin temor, sombra sin miedo ; al yantar, al dormir, al armarse, al cabalgar, al detenerse, al proseguir, siempre es hora de reñida acción, de franca y traidora embestida.» «En Laredo, la [familia] de La Obra contra la de Villote», «en Soba, la de Fernández de Velascón y de Zorrilla contra la de Palacio» ; «en el Puerto, la de la Corsa contra la de la Verde; en Sámano, los linajes de las Cuevas, los de Mioño y Marroquín durante la guerra entre don Pedro y el bastardo don Enrique; no escasean heridas, muertes, incendios, violencias y represalias. »

«¡Cuánta locura! ¡Cuánta insensatez! — exclama el mismo autor; y sin embargo, «ni un robo, ni una violencia en las cosas para aprovecharse de ellas, desvirtúan el carácter de aquellos hechos, en los que la vida interesa, la vida se quiere, la vida se juega, se aventura, pide ó toma y nada más», con bárbara rudeza (i); cuadro sombrío, que entenebrece en medio de su prosperidad el horizonte de la Montaña, y especialmente el de las villas marítimas, y al que da alientos por desventura, la serie de aquellos que tantas veces y con tan reiterada frecuencia retardaron el feliz momento del rescate de la patria, con mengua y desdén de lá corona. Aparta pues, lector, la vista de él, lleno de espanto, y tórnala en compensación á aquel otro con que te brinda la gallarda pluma de uno de los escritores montañeses de más justificado renombre en nuestros días: á aquel cuadro en que destacan como figuras principales sobre el lienzo, la de la egregia Isabel I, que viene ciñendo los laureles conseguidos por ella contra los musulmanes en Granada, y la de su hija doña

, ( 3 ) Bravo y Tudela, Recuerdos de la, villa de Laredo, pág. i 06.

Juana, joven y bella, rodeada de toda autoridad y de todo prestigio, y del amor de cuantos la contemplan. Era un hermoso día del mes de Septiembre de 1496, y Laredo engalanado por la naturaleza con los esplendores y las pompas de su fértil suelo; Laredo que debía á su soberana el ser por excepción el único puerto desde Avilés á Bilbao habilitado para las expediciones de la recién descubierta América, — veía con regocijo llegar desde Burgos á Isabel I, recibiéndola con muestras de respetuoso y entusiasta agasajo.

Volteaban las campanas de su iglesia de Santa María de la Astmción^ y el Concejo con el pendón de la villa, y los vecinos, con el clero, se apresuraban á rendir el debido homenaje á la hija de don Juan II, mientras siguiendo antigua costumbre, sobre las fachadas de las casas lucían ricos tapices y coloridos paños, que agitaban suavemente las marinas auras. Allá en el fondo, columpiándose en las aguas del puerto, aguardaba la embarcación que debía separar la hija de la madre, y «hasta la lengua del agua», en el arenal de Salvé, «vino la gloriosa Reina católica y despidió» á la princesa doña Juana, quien partía para unirse en indisoluble vínculo con el archiduque de Austria, duque de Flandes, de Artois y del Tirol, é hijo de Maximiliano I, emperador de Alemania, don Felipe el Hermoso^ de triste recordación y memoria. De allí partió joven, hermosa, apasionada y viva, y así la despidió su madre, para no tornar á verla «sino llagada el alma, obscurecida la razón, inhábil ya para estimar y convertir en consuelo propio la antigua ternura de familia, y aquellos halagos dulcísimos á cuyo calor se había formado su condición amorosa y leal, causa de su desventura.» Cuán distinta de cómo apareció «en la primavera de 1504, en que de la misma playa partió de nuevo ya madre, sin que las maternas alegrías endulzasen su amargura , apellidada princesa heredera, sin que el brillo cercano de la primera corona del orbe distrajera su doliente y constante pensamiento,» y cuando habían huido para siempre «los años más bellos, los úni»

eos felices, harto breves ¡ay! de su edad» y de su vida (i).

También de Laredo partía en Septiembre de 1501 otra hija, no más afortunada, de los Reyes Católicos: aquella doña Catalina, llamada de Aragón por los ingleses, destinada en mal hora al tálamo nupcial del tristemente célebre Enrique VIII de Inglaterra. «Habíase embarcado en la Coruña, en estación tan poco sospechosa como el mes de Agosto para rendir su viaje; y el mar, como un lebrel fiel é inteligente que, adivinando instintivamente la cercanía de un riesgo, sale al encuentro de su dueño, y con halagos primero y con violencias después, le defiende el paso, — el mar, hinchando sus olas, y llamando de sus abismos boreales á los contrarios vientos, atajó el rumbo de la escuadra», obligándola á guarecerse en Laredo, de cuyas aguas, las últimas españolas que veía, se apartaba quizás con tantas ilusiones, como su hermana pocos años antes se había apartado, feliz y confiada.

Á estas playas, que parecían destinadas á recibir regias visitas, y hoy se muestran abandonadas, aunque siempre hermosas,— impelida también por recio temporal desencadenado y terrible, llegaba en 28 de Septiembre de 1556 parte de la escuadra con que el invicto emperador Carlos I, regresaba á su reino para realizar el acto más grandioso de su vida y retirarse á Yuste (2); traíanle, bajo la pesadumbre de sus triunfos, de sus laureles y de su grandeza, que tantos sacrificios costaron á la pobre España, el cansancio de sí mismo, el hastío de las pompas y de las vanidades del mundo, que había visto á sus pies humillado; y, escogido por el propio César, arribaba á Laredo en el Espírihi Santo, buque de 565 toneladas que mandaba Antonio de Bertendona, y que orgulloso de haber albergado y conducido tanta gloria, y para no servir á nadie, después de ha-

(1) Escalante, Cosías 3' Mon/awas, págs. 1387 141.

(2) Según Sandoval en su Crónica, del Emperador, la escuadra se componía de setenta velas, y parte de ella se vio forzada á arribar á Laredo, mientras la otra buscó en el puerto de Santander refugio. .

ber servido á Carlos V, se fué majestuosamente á pique en la bahía. Acompañaban al emperador sus dos hermanas, doña Leonor, reina de Francia, y doña Margarita, que lo era de Hungría, quienes habían llegado en la nave flamenca Fatico7i, de la que no desembarcaron hasta el día siguiente, y cuando el mar estuvo más tranquilo; dió hospedaje en la villa á la majestad del César, mientras permaneció en la misma, «estrecha y reducida morada..., cuyo solar, contiguo á la iglesia mayor, sirve actualmente de plaza de espera en los días festivos, y lugar de descanso para los fieles» (i); y sosegado algún tanto, de Laredo salía el nieto de Isabel I el martes 6 de Octubre, «siguiendo el valle de Asón, subiendo los puertos por Agüera, y dirigiéndose desde Medina de Pomar á Burgos» (2), con arreglo al itinerario que desde Flandes tenía trazado ya Felipe II (3).

En esta bahía se hallaba el tres de Junio del siguiente año 155 7) — que inmortaliza la victoria de San Quintín — el insigne don Alvaro de Bazán, esperando allí las naves que le tenía prometidas la regente del reino doña María, para engrosar la armada con que proseguir por mar la guerra contra Francia, protectora de Paulo IV (4); desde ella también, á 4 de Octubre, dirigía á Felipe II Juan Delgado relación circunstanciada de la tormenta que había obligado á la flota del Cantábrico á diseminarse en demanda de refugio, después de haber vencido las naos francesas que por estos mares discurrían (5), «y el año de 1559, y en el mismo mes de Septiembre, que parece el señalado para las regias navegaciones, estaba en Laredo Felipe II, y desde allí escribía al cardenal Mendoza, obispo de Burgos, agradeciéndole

(1) Bravo y Tudela, Op. cit., pág. i 12.

(2) Escalante, Op. cit., pág. 14$.

(3) Véase la carta que publica el señor Bravo y Tudela en los apéndices de su * libro, documento que existe en el Archivo de Simancas, Sección de Estado,

leg. 1 1 2, fols. 9 y I o.

(4) Publica dicha carta el señor Bravo y Tudela, págs. 3 1 0-3 1 4 de su libro, si bien deduce de ella con error que el combate naval á que dicha carta hace referencia, ocurrió en las aguas de Laredo (pág. i 19).

(5) Id., id., págs. 3 í "5 y siguientes.

SU voluntad en ir á esperar á la raya de Francia para acompañar en su viaje á doña Isabel de Valois, destinada á esposa del monarca» (i).

En cambio, y cual para borrar y desvanecer la agradable memoria de tantas grandezas como vio en sus aguas y dentro de sí Laredo en la XVI. ^ centuria, — recibía animosa, pero sin elementos ni fortuna en 1639, muy diferente visita, que dejó en la villa profunda y triste huella durante largos años, según la habían dejado ya por cierto y bien aflictiva, la peste que hubo de diezmar implacable sus moradores en 1568, la quema casi general de la población en 1581, y otra peste después, no menos mortífera y aterradora que la anterior, el año de 1597 (2). Desconsoladores auspicios eran, que si aparecían compensados en parte por los triunfos de la Armada del- Océano^ en la cual figuraron bajeles y marineros suyos, y en el primer tercio del siglo XVII recibía título de Escuadra de las cuatro villas, — debían, no obstante, con el saqueo de 1639 producir la decadencia fatal é inevitable de la población, por más que ésta se mostrase autorizada, no sólo con ser residencia del gobernador militar y político del distrito, y con la del teniente auditor, sino con ser cabeza de todo aquel territorio que se dijo Bastón de Laredo hasta el pasado siglo, y cuya demarcación comprendía «todas las jurisdicciones y pueblos situados desde los confines occidentales de Vizcaya y Alava, hasta los orientales de Asturias, entre la costa y la cordillera del puerto de Valderrama sobre el castillo de Pancorvo, y por los páramos de Villalta y de Losa, á las montañas divisorias de Castilla con Asturias, cuyas poblaciones formaban los corregimientos civiles de las cuatro villas de la costa del mar Cantábrico, merindades de Castilla la Vieja, Rei-

(1) Escalante, op. cit., refiriéndose al t. III, pág. 422 de los Documentos inéditos para la Historia de España^ y añadiendo: aPor causas diversas se dilató la venida de la Princesa, que no entró en España hasta principios de i 560, en que se verificaron las bodas» (pág. 146) .

(2) Bravo Y TuDELA, Op. cit., págs. I 2 I y 1 22.

SA NTANDER

nosa, Aguilar de Campóo y Cervera del río Pisuerga» (i).

«Lejana de sus épicos orígenes, quebrantada en su poder, y harto menguada en glorias y en fortuna, andaba la nación española, cuando» á la boca de la bahía de Santoña, como recordarás, lector, sin duda, «amanecía el día 13 de Agosto de 1639 una escuadra de setenta velas, en cuyos topes flameaba el pabellón blanco y las lises de oro de la casa real de Francia, trayendo por general al célebre arzobispo de Burdeos Henry d'Escoubleu de Sourdis», de tan doloroso recuerdo para Laredo. «Venía esta fuerza» de «retar los buques [españoles] refugiados en la Coruña, que no salieron á la mar; pasó frente á Santander, sin amagarla, temeroso [el arzobispo] de inútiles sacrificios ó de un descalabro, y vino despechado á caer con todo el poder de sus navios sobre» esta villa, «donde ordinariamente residen los corregidores y sus tenientes generales», que á la sazón lo eran, «D. Juan Rexón de Silba y Sotomayor, cauallero de la orden de Calatraua, y el licenciado D. Nicolás de Almagán León». Mal prevenida Laredo, contaba sólo «con diez y ocho mosquetes, y arcabuzes tantos como uecinos que de armas tomar se allanan con la gente de los barrios 300»; de pólvora, aunque mala, había la necesaria, y la artillería estaba repartida entre el antiguo castillo de la Brochela y el de San Nicolás, «á corte de la marina».

En el puerto, de arribada, «con dos navios capitana y almirante de los quatro» que habían sido aquel mismo año construídos en Bilbao, se hallaba el general D. Nicolás Judice Fiesco, llegado allí desde Portugalete, de paso para la Coruña «por consejo de Domingo de Santander, piloto mayor de altura, que como natural de Laredo, quiso gogar de la ocasión de ver su casa». Al aviso que de la aproximación de la escuadra francesa, había dado desde Santoña el capitán don Juan de Marchena, «el corregidor despachó luego por la gente circunbecina de

(i) Bravo Y TuDELA, Op. cit , págs 108 y 109.

liendo, guriego, colindres, linpias y anpuero, junta de parajas (?), cesto y boto, soba y ruesga, pidió socorro» á Santander y á Castro Urdíales, al «Correjidor de las siete merindades de castilla vieja, y á la villa de medina de pumar y al valle de mena», y dio noticia «al general Judice de lo que pasava, para saber si quería voluerse acia portugalete con el mismo viento que el enemigo venia, ó entrarse mas al puerto», según hubo de ejecutarlo Fiesco, ayudado por las chalupas laredanas, metiendo la capitana y dejando más afuera la almiranta «por faltar la marea, y no haber viento». Iban delante de la escuadra del arzobispo de Burdeos, dos velas, «que se acercauan á santoña y con banderas flamencas», á cuyo reconocimiento mandó el general dos pinazas, cuyos tripulantes fueron apresados por los franceses, y mientras al siguiente día 13, apareció toda la flota enemiga, — pudo con la marea ser llevada al surgidero del puerto la almiranta, volvió á pedir socorros el Corregidor, y llegaron «asta 700 hombres de liendo, guriego, colindres, limpias yampuero», no acudiendo «ni Santander, castro, mena, medina ni billarcayo asta después de la ocasión» pasada.

Fatigados se hallaban los laredanos con las maniobras ejecutadas, pues llevaban remando «24 oras sin comer, dormir ni descansar»; y repartida la gente de la villa como estimó más oportuno el Corregidor, confió la disposición y gobierno de los lugares «á D. Felipe de la Maga, soldado de experiencia militar», tomando otras prevenciones, sin embargo de las cuales desembarcó el arzobispo de Burdeos con número de combatientes superior al de los defensores de Laredo, y á favor de sus naves, acometió la villa por distintos puntos. Resueltos «á morir desesperadamente» se hallaban los laredanos, «biéndose ven cidos sin socorro, ayuda, ni remedio»; pero «el enemigo se apoderó de la villa», la saqueó en aquel día (i), y al siguiente en

(i) «El enemigo se apoderó de la villa y saqueó en cantidad de más de 1 00,000 ducados respeto de que con la brevedad del suceso y necesidad de la

que el arzobispo oyó misa en el convento de San Francisco, trató «de quemar la villa, tallar los naranjales y viñas y demoler los muelles», quemando «el castillo de san nicolás, y el de la rochela, y las planadas de la artillería; de los muelles quitaron la cadena, del bocal los balcones y rejas y se llebaron las piezas de bronce y tres de fierro y las demás las dejaron caer al mar; dentro de las casas rompieron las puertas y bentanas, arcas y escritorios, derramaron gran cantidad de bino blanco y tinto, y en todo lo que no fué robar las iglesias, quemar las casas y todos los heredamientos, hicieron grande y lastimoso destrozo. » En cuadrillas, recorrieron robando y violando los valles de Liendo y de Guriezo, y los lugares de Seña y de Tarrueca; pero fueron escarmentados, y el i6, poniendo fuego á la casa del consistorio, salieron los enemigos de Laredo, dejándola arruinada, acometiendo á Santoña, y pretendiendo después entrar en Trasmiera por el lugar de Treto. El 27 la escuadra «garpó y se ygo á la bela á la buelta del norte», satisfecha con el botín ganado y del daño producido (i).

De entonces acá, jamás volvió á Laredo á recuperar la importancia que perdió ya para siempre: los sucesos de 17 19, entre los cuales figura la quema hecha por los franceses de tres

defensa no pudieron los becinos salbar nada considerable ni se les consintió creyendo que primero se habia el enemigo de cebar en tomar ó quemar los dos galeones y á la villa del puerto (Santoña)» (Relación de lo que sucedió en la villa de Laredo^ etc., apéndice número 8 de Costas y Montañas, pág. 7 i 2).

Ci) Relación cit. que dió por vez primera á la estampa el Sr. Escalante y reprodujo el Sr. Fernández-Guerra en El Libro de Santoña. aDe pingüe,— dice el primero de los citados escritores,— califican autores franceses el botín ganado en aquella empresa.» «Su trofeo militar fueron la bandera del galeón preso y ciento cincuenta cañones de calibres diversos; haciendo alarde de humanidad, el arzobispo pidió al rey uno de ellos, maltratado y roto, para emplearle en refundir y robustecer una de las campanas de su metropolitana, y tan exigua merced otorgada, única y sin dilación, parece sangriento epigrama de las hazañas que premiaba.» «En poco estuvo que el prelado hallase en nuestras costas,— continúa,— enemigo de su mismo estado y gerarquía.» «Algunos años antes habia gobernado en ellas las armas de Castilla, en aquestas y otras funciones militares, el arzobis- , po de Burgos, don Fernando de Acevedo», cuya casa solariega hemos visto en Hoznayo, así como la iglesia por él fundada, y en la cual reposan sus cenizas {Costas y Montañas, pág. 105).

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de los navios que en construcción á la sazón estaban en el astillero de Santoña, y la de los materiales para construir otros siete, causa dieron para que tres años adelante apareciese con carácter oficial el astillero de Guarnizo, y en balde fué la ida á la villa del célebre Pignatelli, ni los caminos abiertos, ni nada de lo que se hizo; el incremento adquirido por Santander, la creación del Obispado de este título, la erección en ciudad de la antigua villa de San Emeterio, la formación de la provincia santanderina en 1801 y la traslación del corregimiento de Laredo á Santander en e#ta última fecha, acabaron de humillar á la que un tiempo asumió dignamente la representación militar y política del distrito, y gozó de inmunidades y beneficios que á ninguna otra villa del cantábrico habían sido otorgados. Sus marineros han intervenido en los acontecimientos navales de mayor importancia del presente siglo, y sus hijos, que lucharon contra los franceses en tan repetidas ocasiones durante la guerra de la Independencia, también supieron lidiar heróicos en defensa de sus intereses y de la libertad, en estas dos últimas guerras civiles, execrandas y malditas, dando así testimonio fehaciente de que no ha degenerado en ellos la raza de quienes supieron arrogantes desafiar un tiempo las iras de la prepotente Roma; pero nada hay ya que pueda devolver á Laredo los risueños días de su esplendor y su grandeza fenecidos: pasaron para no volver, y desaparecieron en el eterno ocaso de la vida.

Tal discurríamos cuando cruzábamos la bahía de Santoña, y remontando la ría de Colindres hasta el embarcadero, tomábamos allí tierra; qué hermoso panorama ofrecía á los ojos el paisaje, teniendo al frente, en la orilla opuesta de la ría, la desmochada torre de Treto, sobre la cual derramaba sus rayos el sol, dando encantadores tonos y pintoresco relieve á las parietarias, que, á modo de tupidísimo tapiz, y asidas á las piedras, cubrían amorosamente por completo el frente del hoy inútil baluarte, resto expresivo de otros tiempos, valeroso defensor de la que fué merindad de Trasmiera, ante el cual en 1639 retro-

cedía el arzobispo de Burdeos sin lograr espantarle. Era entonces propiedad del Condestable de Castilla, y desde él defendieron el paso al francés la gente de las juntas de Cesto y Boto, mandadas por D. Pedro de el G.° Albarado, su capitán y su caudillo (i). Á nuestra izquierda, seguía en larga distancia dilatándose la ría, y como fondo, se alzaban en distintas proyecciones las cumbres de los montes, verdes las del primer término, obscuras las más inmediatas, esfuminadas casi, aquellas otras que dejaban adivinar con azuladas tintas su existencia sobre el límpido espacio, y por todas partes exuberante vegetación rica en matices.

Alegre y regocijado era el cuadro también con que por su parte convidaba Colindres, tendida á lo largo de la carretera de segundo orden que va de Muriedas á Bilbao y habíamos abandonado en Gama: parecía, bañada en luz, una de esas anchas avenidas tan frecuentes en las poblaciones andaluzas, con el caserío reverberante de blancura, sombreado por larga hilera de corpulentos y copudos árboles. El ir y venir de gentes, denunciaba la industriosa índole de sus habitantes, que en número de 1044, según los datos de 1887, viven consagrados en su mayor parte á la fabricación de escabeches, y la carretera, dilatándose por terreno llano, bien que accidentado á la derecha por alturas rojizas, que simulan restos de fortalezas, recorre agradable así los tres kilómetros y medio que separan á Colindres de Laredo, entrando en la suntuosa alameda, que esmaltan á la una y á la otra parte modernas construcciones, y que precede á la histórica villa (2). Caída está Laredo, sí, caída y triste, «porque su anti-

( 1 ) Costas y Montañas^ Apénd. n.° 8, pág. 714.

(2) En 1850 estimábala un escritor como «acaso la mejor de la provincia, sin olvidar la de la ciudad de Santander», y la describía, diciendo: «es un campo dilatado y espacioso ; contiene unos mil árboles, la mayor parte álamos, algunos plátanos y una que otra acacia, todos colocados simétricamente y formando calles, en las que se pasea la gente de las clases superiores del pueblo, en los días festivos del verano...» «Hay un juego de bolos», etc. (D. Antolín Esperón, Santander y provincias vascongadas^ arts. publicados en q\ Semanario Pintoresco Español^

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guo auxiliar y amigo, el que le traía naves y viajeros, mercancías y caudales, el mar, la desdeña y la abandona y se convierte en su enemigo ; porque no solamente no quiere ya arrimar á sus desmoronados muelles flotas de Indias ó de Levante, sino que amaga estrellar contra sus escombros la pobre y atrevida lancha con que Laredo persigue ál mar y le arranca precaria fortuna, en vez de la fortuna desahogada que él pudiera traerle» (i).

Estrecha es la plaza, á cuya izquierda sobre cinco arcos se levanta de buen aspecto la casa consistorial; pero en cambio, cuán dilatado el arsenal, donde, «como reliquias de buque derrotado y náufrago, yacen mal sepultados..., los muelles hollados por el gran Carlos V, y el sol enjuga y deja en playazo los fondos en que aferró sus áncoras la animosa escuadra de las Cuatro Villas» (2). «Descendiendo de su antiguo y primitivo asiento; avanzando por Oeste hacia el mar;... desapareciendo paulatinamente sus antiguos é inútiles muelles, tras los cuales se han construido cómodas y alegres casas para los bañistas, una calzada con dos hileras de árboles que conduce al túnel abierto en el alto peñón que sirve de asiento á las baterías del Rastrillar, y un nuevo edificio de contratación para la venta del pescado» (3), — Laredo ofrece con verdad, y á pesar de todo, cierto melancólico aspecto, que no alcanzan á desvanecer ni el hermoso espectáculo del mar, ni ninguno de los atractivos que la embellecen, con los «dos enormes peñascos que cual formidables atalayas defienden la bahía», y «sus hondas calles, que trepan el cerro [ya mencionado] del Rastrillar arriba», semejan-

tomo de 1850, pág. 2<^6). En 1873 decía de este paseo el Sr. Bravo y Tudela: «Forma... una extensión de 671 carros (de á 2,500 pies superficiales cada uno), cubierta de fresco musgo, y á la cual dan sombra 964 álamos simétricamente plantados á derecha é izquierda del camino, con otros muchos pies y renuevos de plátanos y acacias de diversas clases...» etc. {Recuerdos de la villa de Laredo, página 164).

(1) Escalante, Op. cit., pág. I 3 I .

(2) Id., pág. 132.

(3) Bravo Y Tudela, Op. cit., pág. 156.

tes á «surcos abiertos en un pedregal por yunta torpemente guiada», mientras «otras, á manera de cauces agotados, bajan retorciéndose hacia la marina» (i).

Preside hace siglos los destinos de la en otro tiempo floreciente villa, encaramada en lo alto del cerro que conduce por el N. á las baterías del fuerte, — la Iglesia matriz^ consagrada á Nuestra Señora de la Asunción^ edificio notable por más de un concepto, bien que dolorosamente desfigurado al exterior por agregaciones modernas, y no del mejor gusto, que han cambiado su fisonomía y le adulteran, ocultando en gran parte sus verdaderas formas. Llégase á él, bien por la empinada y pedregosa calle de San Marcial^ desde donde ofrece su imafronte, que da sobre lo que se asegura fué solar de la casa en que descansó breves días el emperador Carlos I en 1556, ó bien por aquella otra, no menos empinada y postrera de la villa, que sube á la atalaya, y termina en ruda escalinata de mampostería, la cual da acceso á amplio y hermoso pórtico, que guarece majestuoso el más principal de los ingresos de la iglesia, y que alza sobre gallardos arcos de medio punto sus bóvedas ojivas, «como palio de piedra desplegado al umbral del templo, sobre la áurea diadema, tan grave en peso, tan subida en ley, tan briosamente llevada, y tan noblemente depuesta» por el emperador, á cuyo tiempo corresponde.

Con tres órdenes de concéntricos volteles, que insisten sobre otras tantas columnas, de corto fuste, capiteles hoy desornados y de figura de invertido cono (2), — ábrese la portada, ostentando entre los fustes de las columnas referidas, resaltada labor que ofrece el aspecto de puntas de diamante, mientras si-

(1) Escalante, ibidem.

(2) El Sr. Bravo y Tudela afirma que estos capiteles son historiados «con figuras de santos, ángeles alados y adornos estropeados por restauradores sin gusto, sin conciencia y respeto á las obras de arte» (Recuerdos de la villa de Laredo^ pág. 273). Es lo más natural que los capiteles fueran historiados; pero en la actualidad, han debido ser cubiertos de yeso y pintados, ofreciéndose desornados, según decimos.

guiando el movimiento de la archivolta, muéstrase ésta decorada por dos órdenes de entalladas imágenes que, en número de veinte, se agrupan en tal disposición, cobijadas las del centro por sus correspondientes marquesinas. Y en tanto que, por censurable costumbre, aparece en la periferia pintada toscamente imitando pórfido la labor con la cual se enriquecía, — en el tímpano, figurando un cartel, allí suspendido, sobre otra inscripción, también pintada, y que no se ha tenido el cuidado de borrar siquiera, se lee en dos líneas y escrita en caracteres latinos capitales modernos, de principios de este siglo probablemente, la letra: ujec est domus dei, in qua || invocabitur

NOMEN EJUS.

Tapiadas aparecen todavía, á través de la serie de agrupaciones que como protuberancias desfiguran el ábside, las ajimezadas fenestras que le embellecían, con su arco ojivo, dentro del cual se desarrollan los del ajimez, y su lóbulo en el tímpano; y en la fachada lateral opuesta, — ojival también, pero de distinto tiempo y de diversa hechura, pequeña puerta, hoy en desuso, con una ventana del propio estilo, patentiza á la par que la torre, la portada principal, el atrio y el ábside, la historia de aquella religiosa fábrica, en la cual algún escritor, con reconocer como fundada la opinión de los que atribuyen «á San Fernando la restauración y auge de las iglesias de Cantabria», por acreditarlo así «ciertos detalles de la arquitectura del mayor número, su semejanza en traza, y la advocación común de Nuestra Señora de la Asunción ó del Tránsito, de los templos parroquiales de Laredo, Santander y Castro-Urdiales», — asegura que prepondera «la arquitectura de últimos del siglo xii y principios del XIII» (i).

A pensar así, obliga con efecto, el llamado Privilegio viejo de Laredo, por el cual en 1201 Alfonso VIII daba al clérigo don Pelegrín todas las iglesias que existían en la villa, por razón

(i) Bravo y Tudela, op. cit., págs. 275 y 272.

de haber aquél empezado á poblarla, y porque en el aumento de la población puso gran diligencia (i), siendo evidente y claro, que entre los citados templos se hallaba incluida la matriz, la cual en tal fecha, debía ya estar construida; pero del estudio del exterior de la fábrica resulta que si las tradiciones románicas no habían desaparecido aún, cual lo acreditan la forma de los capiteles, las dimensiones de los fustes y algún que otro detalle en la portada principal reparado, el conjunto de la misma y no pocos de aquellas, proclaman por evidente modo, con las ajime zadas fenestras del ábside, que la primitiva fábrica corresponde á la XIII. ''^ centuria toda ella, conviniendo mejor con los días en que Fernando III rige los destinos de Castilla, por lo que no irán muy descaminados los que supongan, reconocida la tenacidad con que la tradición se perpetúa en el arte de construir por toda la Montaña, que la erección de la Iglesia Parroquial de Laredo y la conquista de Sevilla, acontecimientos fueron que bien pudieran con no grande diferencia ser tenidos casi por contemporáneos. Sea como quiera, no obstante, lo que no es dado afirmar, sólo por las indicaciones del Privilegio^ es que prepondere la arquitectura de últimos del siglo xii y principios del siguiente, por no consentirlo el monumento, en ninguna de sus partes, haciendo todo semblante de autorizar el supuesto de que, engrandecida la villa con el rescate de la antigua corte de los Abbadíes, hubo de darse entonces principio á la erección de la nueva iglesia, la cual debía reemplazar á la que halló seguramente allí don Pelegrín y sirvió de base, antes de comenzar la XIII. centuria, para la repoblación de Laredo, en compañía de las restantes, á que se refiere el Privilegio^ y de que no queda ya casi memoria.

Hallan confirmación tales observaciones, cuando traspuesta la portada, se descubre en toda su majestad sombría el hermoso templo, el cual, según ocurre con los de su época, respira gran-

(t) Véase dicho documento en los Apéndices.

deza, y convida á la oración, levantando el espíritu, y consta de tres naves, que caminan de Ocaso á Oriente, repartidas en hasta cinco tramos, desembocando directamente en las capillas absidales, de que resulta la particularidad de carecer ostensiblemente de crucero. Alta, de cruzados nervios poderosos en las apuntadas bóvedas de los tres tramos inferiores, es la nave de la Epístola ó del Mediodía, como son altos también, esbeltos y rasgados, los arcos ojivos que en ellos gallardamente voltean sobre los pilares, con resaltadas vichas por capiteles; á partir del cuarto tramo, al que se abre la principal entrada, recorren las bóvedas los nervios^ dibujando estrellas; los arcos, diferentes, aunque asimismo ojivales, son en los dos últimos tramos superiores, mucho más bajos y desemejantes entre sí las archivoltas, apareciendo encima del último aguda fenestra ; y en tanto que los tres primeros tramos son de latitud proporcionada con relación á la de esta nave lateral y la del centro, cual acontece con el quinto, — el cuarto es de mayor anchura, pareciendo así indicar, — dadas las distintas épocas señaladas por la distribución de los nervios y la flecha y desarrollo de los dos arcos superiores, el último de los cuales carece de capitel en el hombro izquierdo, — que la obra de la iglesia, comenzada probablemente al mediar de la XIII. ^ centuria, sufrió largas interrupciones y reformas, de las cuales resultó con la prolongación de un tramo, el crucero embebido en la construcción y el templo sin crucero propiamente dicho (i).

Es la nave central de altura y latitud equiparables á las de la nave de la Epístola, y en uno de los pilares del cuarto tramo, sobresale el púlpito, labrado en hierro, sobre basamento de piedra, y fruto quizás del siglo xiv; la nave del Evangelio es de arcos apuntados los más, y algunos de medio punto, pero todos

(O Del siglo XIII, y con notable acierto, la clasifica el Sr. D. Antolín Esperón, en los artículos publicados en el Semanario Pintoresco Español^ tomo de iS^o, pág. 260.

de menor flecha que los de la nave de la Epístola, revelando así ser de construcción posterior, y corroborando el supuesto de haber sido la última de las levantadas. Demás de la Capilla Mayor ^ donde es venerada la imagen de Nuestra Señora de la Asunción, patrona principal de Laredo, esta iglesia que, con efecto, «más que templo parroquial de una modesta villa, parece colegiata de ciudad populosa», — cuenta con hasta diez capillas incluidas las de Nuestra Señora de los Dolores y Niiestra Señora de Belén, que son las absidales, aquella en la nave del Evangelio y en la de la Epístola ésta, siendo de notar entre ellas la de Sa7i José, en cuyos muros se abren dos arcos sepulcrales, escrupulosamente blanqueados ; en el uno de ellos se distingue á través de la cal la figura de un caballero, y levantado el lecho funeral á poca altura del suelo, la entallada labor del siglo xv y el blasonado escudo de los patronos de la capilla, se muestran hoy, como todo el zócalo de la misma, desdichadamente pintados, imitando pórfido. Un navio pende de la techumbre, y en él se simboliza sin duda piadosa promesa hecha por algún marino en medio de los mares y de los horrores de amenazadora tormenta, como de la nave real se halla suspendido otro simulacro de embarcación, con significación análoga.

Notable es también la Capilla de la Coíicepción, obra del siglo XVI, en que aparecen confundidas las tradiciones ojivales con las influencias del Renacimiento: ciérrala elegante aunque sencilla reja de hierro, labrada en 1552, y en la cual sobre el escudo de los Escalantes abre la cruz sus brazos amorosos; y mientras en el pavimento excitan el interés azulejos de tradición mudejár y quizás talaveranos, — empotrada en el muro á la izquierda del retablo, ostenta hermosa placa de cerámica, esmaltada, con los blasones de los fundadores de la Capilla en los ángulos, y diez y seis líneas de inscripción en caracteres alemanes, que declara :

lAqiá debajo deste altar están sepultados los ctier || pos de garda descaíante y de catalina gongales la cachupi [j na su 7nuger hizieron e mandaron hazer esta capilla y \ \ retablo que se llama de la Concepsion de la madre de Dios a onor de Dios nro. || señor y suyo año del ñas pimiento del nro. rredetitor ihesu xpo de 1437 años e dota |I ro?ila. en que les an de dezir los señores curas y clérigos del cabildo de esta ygle || sia vna misa del dia todos los domingos y fiestas de guardar de cada vn año || y ocho dias antes ó después del dia de todos los santos se les a de dezir una ve |1 gilia con su rresponso y otro dia una misa de rrequie cantada : Todo lo qual se |1 ha de dezir todos los años para sienpre jamas y dexaron por patro?i del la á gar || cía descalante su hijo mayor y después dél al que suszediere en la casa donde ellos \ vivían y en los otros bienes de la mejora qtie Jiiziero en el dicho su hijo cofjio se \\ cotiene e la clausola de su téstamelo que sobre ello habla: esta señora catalina \\ gomales pasó desta vida á 14 dias de ?iouie?ibre año de 141^ (sic) || y el dicho garda descalante á 27 dias del mes de FVBRO J| año de iSSÓ- -Rogad á Dios por las ánimas. ^>

Las restantes capillas de esta nave meridional, son con la de la ConcepciÓ7t, las del Santo Sepíilcro, que es de la villa, la del Rosario^ la de San Miguel^ y por último la Baptismal^ cuya pila de piedra mármol, tiene en el borde el letrero: Hízose á devoción de D. Juan Antonio Gutierres Carriazo, vicario de esta villa, comisario regio , juez apostólico y real de la Crtisada de la única contribución^ año de lyyi. En la nave septentrional existen sólo tres, denominadas del Santísimo, de Nuestra Señora de Gracia^ Remedios y Natividad^ llamada vulgarmente de Rebellón^ y por último, la ya mencionada de San José^ propiedad de la familia Cachupín, tan nombrada en Laredo. «Al pie de las gradas [de la Capilla Mayor'] se hallan los bancos para el Ilustrísimo Ayuntamiento, cuando asiste en corporación á los Oficios Divinos, corriendo por el centro de la misma una gruesa balaustrada de hierro hasta el gran enverjado del coro, situado» á los pies de la iglesia en la nave central, «á manera de colegiata, al nivel del pavimento, con una doble sillería de nogal,» escasa en mérito, «y un excelente órgano, colocado en una tribuna volada, del lado del Evangelio» (i).

(1) Bravo y Tudela, Op. cit., pág. 277.

«Cuentan, — dice el autor de Costas y Montañas^ — que el emperador» dió á esta iglesia «los facistoles en que se cantan el Evangelio y la Epístola de la misa mayor»; son de bronce dorado á fuego, descansan sobre cuatro leones, y conservando en su configuración las tradiciones del estilo ojival, ostentan como remate poderosa águila, con las alas abiertas, entre cuyas garras se agita una culebra, aludiendo al Evangelista simbolizado en la reina de las aves, venciendo el error, representado en la culebra. No resulta, por la época, inverosímil la donación; pero como en otras iglesias de la provincia existen idénticos facistoles, no es de presumir que también fueran presente del vencedor de Pavía. Asegúrase que tiene igual procedencia «un magnífico terno blanco, completo, todo él bordado de oro y plata, y en un buen estado de conservación, merced al esmero con que lo custodia el cabildo, usándole tan sólo en las fiestas de la Epifanía y de la Purificación», enseñándose entre otras que estiman curiosidades, «los

Facistol de bronce regalado por Carlos V Á LA Iglesia parroquial de Laredo

cojines de terciopelo encarnado, sobre los cuales oró la desdichada princesa de Castilla doña Juana» (i), y cuya autenticidad es por lo menos dudosa.

Bajando á la calle principal ó de Revellóíi^ por la que cruza la carretera á Bilbao, y tomando la calleja del frente de la de San Marcial, hállase el Convento de San Francisco, trasladado allí en 1568 desde el derruido de Barrieta; y bien que nada hay en su exterior que excite el interés, — subamos, lector, la escalinata que conduce al templo, y sin detenernos en el porche, en cuyo arco de entrada se lee la fecha de 1753, ni fijar la atención tampoco en la puerta que da acceso á la iglesia, donde aparece la imagen de San Francisco y por bajo una cartela de madera (2), — penetremos en aquel recinto sagrado, que es una de las pruebas y testimonios por los cuales se acredita la observación hecha por nosotros, en orden á los monumentos mohtañeses: de una sola nave, sólidamente construida, con el coro en alto y á los pies de la iglesia, y bóvedas de tracería y estructura ojivales, bien que ya de fines del siglo xvi, — no ofrece mayor incentivo que el que guardan las rectangulares capillas distribuidas cinco á cinco á cada lado, y entre las cuales es de notar la de San Felipe, en cuyo fondo se abre un arco sepulcral, dentro del que destaca varonil estatua orante, indumentada á la moda de Felipe V; tiene delante un reclinatorio con el rosario, los guantes y el libro de devoción, roto el sombrero y también la espada, y en el frente del lucillo figura en ocho líneas de capiteles latinos incisos el epígrafe funerario, por el cual se acredita que aquel simulacro lo es de D. Felipe Vélez Cachupín,

(1) Bravo Y TuDELA, Op. cit., pág. 280.

(2) Es un vi/or, y dice en las nueve líneas de que consta: El Yll.^"'^ y R."^^ Sr. D. Fr. Luis de Velasco \\ y Maeda Hixo Lex.'^" de S.''^ Mar \\ qués de Velasco, Lect^ J.'^'' ex \\ DifiniP'' Visité gVal de la App.^"- \ Prou." de Sanl." ex-Cusi." exMro 11 ProuJ de la de Cantabria del Cons.'' de \\ S. M. y obispo de Paraguay \\ Año de i/jg. II Viior (en cifra).

quien compró y reedificó en el siglo xvii la capilla (i). No faltan los arcos sepulcrales, más ó menos deformados, en las otras; pero ninguna conserva la declaración sepulcral, fuera de ésta y la de D. Martín de Sierralta y del Hoyo (2), por más que haya arcos en los cuales resplandece la tradición del Renacimiento.

A la salida de la villa por la calle principal, se halla la Ermita del Espíritu Santo ^ respecto de la cual se asegura que «es de fundación antiquísima», como es de buena apariencia arqueológica, siendo propiedad del Cabildo (3).

(1) Dice así el mencionado epígrafe: a mayor honra y gloria de dios y sv

CVLTO divino se COMPRÓ Y REEDIFICÓ ESTA CAPILLA Y LAS DOS SE |1 POLTVRAS PEGANTES A LO LARGO DE LA GRADELLA A COSTA DE D.N PH.E VELEZ CACHVPIN EL AÑO DE I! 1639 AVIENDO BENIDO DEL REYNO DE YNDIAS DEL PERV Y CON DOTAZ.^"^ DE MISA Pf.RPETVA TODOS LOS || DIAS, FESTIBOS DE PREZEPTO, DE TODO EL AÑO, Y ASI MESMO DOS CANTADAS, CADA VNA CON SV BIJILIA DI !| ACANOY SV DIACANO (sic) LA VNA DIA DE SA PH.E APOSTOL Y LA OTRA DIA DE S.^ ANTONIO DE PADVA EN CADA VN AÑO II PERPETUAM.TE Y SE AN DE DEZIR DESPVES DEL EBANJELIO DE LA MISA MAYOR CONBENTVAL Ó SERMON SI LE HVBIERE || O ANTES SI LA PIDIERE EL PATRONO DE LA CAPILLA LA DEJA AGREGADA A LAS CA.^ SOLARIEGAS Y VINCVLOS DE SV P(adre) |¡ D. FRANCISCO VELEZ CACHVPIN OVE GOZE DE SU S.'^^ GLORIA CON LOS DEMAS DESCENDIENTES. AMEN.

(2) Era Caballero Comendador de Mohernando, en la orden de Santiago, y del Consejo de S. M. el año i 7 i 6, fecha de su fallecimiento.

(3) Los lectores que desearen mayor número de noticias en orden á la villa de Laredo, pueden consultar con fruto así la obra del Sr. Bravo y Tudela, que es la más completa, como la de Madoz, y los artículos del Sr. D. Antolín Esperón, arriba citados.