Santander · Capítulo real 12 de 20
CAPÍTULO XV
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 10 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPÍTULO XV
De Laredo á Castro-Urdiales. — El valle de Liendo. — La ría de Orlñón. — La Torre llamada de los Templarios. — Castro-Urdiales.— Notas de su historia. — La villa: su aspecto.— El puerto.
RANDioso, y verdaderamente bello, es sobre toda ponderación el espectáculo que se ofrece á la vista del viajero, cuando, después de cruzar de Occidente á Levante la villa de Laredo, tan llena de memorias, — trepa, al salir de ésta por la elevada colina que limita la población al Oriente y al Norte, y por donde, en dos zigs-zags, se encarama la carretera de Bilbao, para continuar trepando en la primera de las direcciones indicadas. Desde aquel sitio culminante, pocos serán, lector, los panoramas que tan hermosamente conmuevan el
espíritu y le recreen, por más que á la continua brinde la Montafia por todas partes con cuadros de singular belleza y deleitable encanto; si vuelves la mirada hacia la villa, desparramada en lo hondo, — encontrarás allá, al frente, y como surgiendo recortada y gibosa del fondo azulado del mar, semejante á monstruosa bestia tendida sobre el tapiz movible de las aguas, — ^^la peña de Santoña, cuya silueta desigual dibuja sus contornos, quebrados é incorrectos, sobre la bóveda de los cielos, espléndidamente iluminada, y cuyos relieves, heridos por la luz del sol, pronuncian sus irregulares turgencias y sus protuberancias deformes con fuerte claro-obscuro; más cerca de ti, bordada pintorescamente por las ramas de los copudos árboles, la carretera de Colindres, que va á morir en la ría de este nombre, y el arenal de Salvé^ de históricos recuerdos, y el puerto de refugio para las lanchas laredanas, en el cual, como en bruñido espejo, á que sirven de cuadrado marco los muelles que le abrazan y circunscriben, refleja el firmamento sus celajes; y luego, y como siempre, á tu izquierda y detrás de ti, y al lado tuyo, macizos de montañas, verdegueantes, risueñas, y de varia altura, y que parece se amontonan y unas encima de otras se empinan y encaraman, para recrearse con la contemplación del mar, y recibir como halago el beso que les envía aquél, salobre, desde su movible lecho.
Trepando sigue la carretera con fatiga por la ladera del monte Candina que á su izquierda se encumbra, cubierto de escajos y de heléchos; sombréala con intermitencias no muy frecuentes á la parte contraria, larga hilera de olmos, y á poco menos de seis kilómetros, descúbrese al fin por la derecha otro panorama, tan hermoso como el contemplado al salir de Laredó, bien que más apacible y completamente distinto, y montañés en absoluto. Encajonado también y con efecto, entre montañas, — desde la elevación del camino, aparece en profunda hondonada, semejando «nido de flores, abrigado y fresco,» delicioso valle, como colocado allí por mano del artista;
las rocas á porfía
asoman, cual gigantes osamentas
del pie de la montaña al horizonte,
y á manera de bordado encaje realzado, ó de cuadriculada labor, varia en matiz y brillante, se tiende el tapiz fresco y delicioso de sus prados, de sus huertos y de sus mieses, lozanas y briosas, cerradas por bardales de pomposos espinos y otras plantas. Al medio, bañada en la rojiza lumbre del sol, que da relieves y difunde alegría, y acompañada de «dos ó tres grandes cipreses,» levanta erguido su mole de piedra sencillo el templo, que simula presidir, y que preside el cuadro en su conjunto, con su blanco campanario, cuya vibrante lengua envía «saludos de paz y de alianza desde la una á la otra» parte, «cada vez que el alba asoma ó el sol se oculta,» y «á cuyos ecos, — según dice el pintor de la Montaña, — responden en los tranquilos rústicos hogares los de la oración que se eleva á Dios en acción de gracias por el nuevo día alcanzado, ó en demanda de perdón para la culpa, si el sueño que se busca para reposo del cuerpo fatigado ha de ser el comienzo de la eternidad» insondeable (i).
Conducen hasta la iglesia, abriéndose camino por entre la jugosa vejetación como por un parterrey diferentes sendas que mueren allí, y que nacidas en los montes, por ellos se retuercen y culebrean, mientras aislados ó en grupos caprichosos, desperdigados y medio ocultos entre la exuberancia del follaje, y arrimándose poco á poco «á las faldas de las montañas vecinas, entre cuyos robledales se agazapan» cual el niño bajo el regazo de la madre, — se distingue los edificios de la población, cuyos muros blanquean y cuyas rojas cubiertas, algún tanto ennegrecidas por las aguas, añaden nuevos tonos al paisaje; y como la carretera, bordeando el valle á gran altura, le' ofrece á tu contemplación, lector, de costado y de frente, — puedes recrear la vista y el espíritu con el soberbio cuadro incomparable que á tu
(1) Pereda, D. Gonzalo González de la Gonzalet a, cap. I.
presencia se desenvuelve, saciando los ojos, y llenando el alma de indefinible encanto. Ya, antes de que te lo digamos, habrás comprendido que es éste el Valle de Liendo; y cuando con tales aderezos se manifiesta hoy, qué no sería hace años, y antes de que fuese víctima
de la segur impía
la selva que en gracioso laberinto las laderas del término vestía.
Rastrero abrojo al haya sustituye, y la aridez conquista en cada^monte cuanto el avaro leñador destruye.
No ya, afianzada en sólidas raíces, en vistosos rectángulos despliega rico marco de espléndidos maíces, la viña sus verdores por la vega-, ni ya el rabel congrega lucio rebaño en pasto redundante.
Pasó, cual plaga egipcia, insecto crudo: y, con sorpresa amarga, ven los ojos tronco de vid, de vástago desnudo ganado ruin en míseros rastrojos.
Así canta el poeta montañés Casimiro del Collado, al contemplar el valle paterno; y así se duele al encontrarle tan distante en la realidad, á su juicio, de lo que soñó en su fantasía exaltada, adornando desde lejanas tierras aquel deleitoso pedazo tan querido de la Montaña, de cuantas galas quiso, y rodeándole de aquel ambiente amoroso y enamorado en que flotaban los recuerdos, las saudades de sus juveniles años. Para él.
El membrudo garzón de la labranza abandona el fecundo ministerio á mujeres y ancianos sin pujanza; de la codicia al riguroso imperio, en el otro hemisferio insegura riqueza solicita: torna doliente, ó viejo, cuando vivo; y, del caudal indiano en recompensa, halla los patrios campos sin cultivo y los paternos lares sin defensa.
De primavera á las sutiles auras, al vivífico aliento del verano, tu pristina beldad tal vez restauras, tal vez recobras tu vigor lozano; pero el otoño en vano á disfrazar tu desnudez aspira
con restos de su regia vestidura: ' y al contemplarte mísero, discierno cuánto cuadre mejor con tu tristura la túnica severa del invierno I
Quizás tenga razón en sus querellas: quizás, no tanto por la emigración á las Indias como indica, el valle de Liendo haya venido á la decadencia que supone y deplora, y de que no podrás darte cuenta, lector, cuando de tal suerte te sorprende y te maravilla en su actual estado: que el poeta ve siempre la realidad por el cristal que sus propios sentimientos coloran, y aquí Collado se abandonó á la hipérbole, porque al volver él de las Indias, no vió su espíritu en el paterno valle aquel imaginado, y juzgó mudanza del valle lo que no era sino mudanza propia. De esta manera, para él perdió toda animación y toda vida, y así exclama:
I Qué silenciosa soledad ! j Cuán honda de tus risueños sotos la mudanza ! l Por qué no suena por la alegre fronda el tamboril de la festiva danza?
Diríase que avanza de la discordia el ominoso espectro espiando tus limpios horizontes: del leñador el carro, con chirrido áspero, finge en los lejanos montes de venideros males el quejido.
Cesaron ya los plácidos cantares del labrador, que tras la grave yunta retornaba al solaz de los hogares do parca cena la familia junta (i).
(i) Liendo, ó el valle paterno, lindísima poesía inserta en el álbum De Cantabria.
Rápida vuelta del camino, que marcha á Levante y costeando siempre los montes, desvanece el pintoresco panorama, con sus «manchas de roble», sus «lugarcillos empenachados de humo», y sus «casas blancas, solas, esparcidas entre prados y huertas», para reemplazarlo con otro más adelante, y así continúa, pasando por Guriezo, y así se interna por las fragosidades de la montaña, y descendiendo al fin el monte Candína, que baña en el mar su base por el opuesto lado, despliega á los asombrados ojos nuevo espectáculo, tan seductor y no menos risueño que los anteriores. Á la izquierda, la obscura línea del Cantábrico, en agitación constante; estrellando sus aguas impetuosas contra las rocas de la costa, luchando á brazo partido con ellas, y procurando, por el inmenso portillo abierto en ella para desagüe de la ría de Oriñón, invadir en vano la tierra. Hasta aquí dilató sus dominios la Cantabria; hasta aquí llegaba cuando Plinio hubo de recorrerla; los montes quedan cortados para formar la quebrada por donde ha de verter en el mar la ría, como en ella vierte el Agüera; y el extenso llano que média de la última estribación cantábrica á la primera del vecino territorio, — cubierto por las aguas, es tranquilo estero, cuya superficie rompen, cual penachos, las matas de verdes mimbres, y algún que otro débil solitario arbusto. La marea estaba baja, y como relieves vagos de medalla no concluida, ó dibujos desordenados, — aquí y allá surgían del estero con varia configuración diversas praderas, donde tranquilas, reposadas, graves, pacían sin precipitación ni cuidado la verde hierba algunas vacas de capa diferente; y mientras á la derecha espeso bosque frondoso y verde, alegra con su aspecto el seductor paisaje, y la carretera desciende en varias vueltas hacia el puente de madera que cruza sobre el Oriñón, — el mar, el soberbio mar, envía en salinas bocanadas sus caricias, mezclando su aliento al de la Montaña.
«Oriñón — dice el escritor montañés que ha hecho célebre el pseudónimo de Juan García, — es un grupo de árboles y casas á lengua del agua y á faldas de un cerro». «Báñale el sol
cuando se acerca al meridiano; mañana y tarde yace en fresca sombra, derramada por los montes que hacen cauce á la ría, delicioso asilo de poesía y descanso, semejante á tantos otros esparcidos por el suelo de Cantabria» (i), como es sobre toda ponderación bello el paisaje que, al correr del coche, se disfruta desde la carretera, cuando, traspuesto el puente, y siguiendo aquella hacia el Norte encajonada á la derecha por enorme y pelado peñasco que «desciende... resueltamente hacia las sierras - interiores», y á la izquierda por la ría, — descubre entero el flanco del monte Candina, por el cual sube la vegetación vistosa y exuberante siempre, con macizos de arboleda que destacan briosos, y van acompañando en la subida el camino que acabábamos de abandonar para cruzar la ría. Poco después, la carretera tuerce bruscamente á la derecha por cuidado arrecife, y partiendo «el pueblecito de Islares», prosigue sentada y llana, revelando en su aspecto y sobre todo en los grupos que por ella discurrían, la aproximación de la antigua Flavióbriga. Algunas de las mujeres, llevaban «las trenzas sueltas sobre la espalda»; otras, «se guardaban del sol con su chai plegado en cuadro, puesto sobre la cabeza, á manera del panno de las campesinas romanas», y á otras «sombreaba un ancho cesto cargado de fruta ú hortaliza», en tanto que los hombres iban con la «boina azul ó roja, ó el castor negro de alas blandas, traje de sus vecinos vascongados» (2).
A no largo andar, y «sobre un peñasco de la montaña», — solitaria y triste, como recuerdo abandonado de otros tiempos y memoria de otras edades, ya lejanas de la nuestra, — sombría y ceñuda, toda descompuesta y hendida, toda ruina y desolación, levanta aún sus trabajados y obscurecidos muros vetusta construcción militar, cansada de sí propia y de combatir con los elementos desde la altura en que se ostenta; cargada de
(1) Cosías y Moniañ:is, pág. 83.
(2) Id., pág. 76.
Ruinas de un tokueón llamado de los Templarios, cerca DE Castro-Urdialf.s
consejas y de misterios tradicionales, legendarios y fantásticos, á que da todavía crédito el sencillo vulgo, que sueña con tesoros y con maravillas, y de cuyos sillares, carcomidos y movidos de su asiento, cual fúnebre guirnalda han prendido engalanándolos vistosamente las plantas trepadoras sus penachos, mientras por entre las « dislocadas piedras trepa la cabra golosa á morder los renuevos de la parleta-
ria». Melancólico es el aspecto del torreón, que allí encaramado hace siglos domina el panorama, como es melancólica siempre la presencia de este linaje de ruinas venerables, rastros elocuentes que en pos de sí dejan las generaciones, cual expresión de su carácter y de su vida; montones hacinados de escombros, cubiertos hoy de escajos, son las bóvedas ojivas que se levantaban arro gantes; por la vertiente del peñasco, han rodado en fragmentos las almenas que coronaban los muros; enorme boquete reemplaza hoy en uno de ellos quizás ajimezada ventana, y manteles, adarves, el recinto entero, en fin, no es sino informe masa desfigurada, como el antiguo popugnáculo ha quedado reducido á albergue de aves siniestras y de reptiles. Y sin embargo: un tiempo hubo en que resonó allí el estruendo de las armas, y en que, cual quiere sin fundamento la tradición, la orden del Temple, á la cual se asegura hubo el torreón de pertenecer, vigilaba desde él el golfo cantábrico, atenta á los intereses de la patria!
De los Templarios le diputan resto, y á la verdad, que aun con no haber causa alguna que el supuesto contradiga, — desde luego echarás de ver, lector, en la disposición de estas ruinas y en lo que permanece por milagro en pie todavía de ellas, que su fisonomía parece recordar más bien las postrimerías de la XIV. ^ centuria que no edades anteriores (i); mas como esto poco puede importarnos, aunque sí mucho á los escritores de la Montaña, — y ya delante de nosotros empieza el caserío de Castro-Urdiales á mostrarse á la una y otra banda de la carretera, en fábricas de conservas y otros edificios, — preparémonos y dispongámonos á visitar la marítima villa, tan notable y famosa en los fastos historiales, y de tanta nombradía en los tiempos medios, como fué población de grande interés en los antiguos.
(i) Con discreto acuerdo afirma el Sr. D. Javier Echavarría que á la época del rey don Pedro de Castilla «corresponden el castillo de los Templarios; la puerta de Brazomar; el castillo mayor», el convento de San Francisco, y otros monumentos de que adelante habremos de hacer mención oportuna ( Castro-Urdiales^ art. del álbum De Cantabria, pág. 258}.
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No existe ya, la que un día se llamó Ptieida de San Francisco y que, aspillerada y fuerte, se abría en la carretera de Laredo, como no existe tampoco la muralla que circundando á Castro, describía un segmento de círculo á sus espaldas, y como obra inútil fué demolida hace años, cuando, á pesar de las reformas que la adulterasen, debía acaso ser digna de estima, y era considerada cual respetable reliquia de otras edades (i).
Asentada á la misma orilla del mar, que se presenta allí imponente y seductor al propio tiempo, — la villa de Castro Urdiales es en realidad, y después de Santander, la más importante bajo todos conceptos de la provincia: discretamente aprovechada la movida y ondulante línea de la costa, bien supieron sus primitivos fundadores escoger el sitio, prefiriendo «el más abrigado recodo del profundo seno que el Cantábrico forma entre los cabos Quejo y Machichaco, casi á igual distancia de uno y de otro, frente por frente de la dilatada línea... que desde el abra de Bilbao se extiende hasta la punta del Villano, al pie de la elevada sierra de San Pelayo, la más saliente y menos áspera de las estribaciones del monte Cerredo» (2). Puerto de los Amanos era el lugar poblado que reconoce y señala Plinio como origen de Flavióbrica Colonia, y con verdad que «el valle de Sámano, que debió ser la comarca habitada por los sámanos, se encuentra en aquellas inmediaciones», siendo — como apunta otro escritor montañés, — «el puerto de Castro... su natural salida al mar», por desembocar, «en efecto, allí el río que también se denomina Sámano-» (3).
(1) « Halladas entre la argamasa de sus paredes », al decir del Sr. Escalante, ofrecían «testimonios del segundo siglo de la era cristiana en monedas de Marco Aurelio Antonino y su mujer Annia Faustina» (Cosias y Montañas, pág. 26).
(2) D. Javier Echavarría, Castro-Urdtales, art. cit. del álbum De Ca^iíabria, página 2 «5 6.
(3) AssAS, Lauda ó cubierta de panteón de la Iglesia parroquial de Castro-Urdiales (Museo Español de Antigüedades, t. I, pág. 259}. D. Antonio Bravo y Tudela en SUS Recuerdos de la villa de Laredo (pág. 23), expresa que : « En cuanto á la correspondencia del ^7?zawws /)or/w5, de Plinio, es evidente... la semejanza cacofó-
SANTA xNDER
Región era aquella habitada por los Aiitrígones; y mientras en honor de los emperadores Vespasiano y Tito la villa «se quiso llamar Flaviobriga Colonia (714)», y alcanzó seguramente duradera vida, sin dilatar su término más allá de los límites que le impusieron los romanos al erigir sus muros y defensas, — quizás, — según imagina el último de los ilustradores de Cantabria, — «al invadir á toda España» los que denomina no con rigurosa exactitud «fanatizados hijos del Desierto», ó antes acaso, cuando mediado el siglo v los hérulos saqueaban y robaban cruelmente las poblaciones marítimas de cántabros y várdulos, si no fué en la ocasión, con tanta frecuencia repetida, en que rechazaban las armas de los triunfantes visigodos, « un golpe de muy atrevidos guipuzcoanos hubo de adelantarse con naves á fortificar y mantener (en la linde occidental de los Autrígones)» aquel sitio, poblando fuera de la que fué Colonia el vico ó barrio á que corresponde la ensenada de Urdíales, que de ellos tomó nombre, y que se muestra á la parte occidental también de la histórica villa, donde nos hallamos detenidos. «Haciéndose defensa, ejemplo y admiración á todos, vino, — dice el mismo escritor,— el forastero y gentilicio nombre de los várdulos á ser el de la ciudad, y muy pronto, el de la nueva provincia autrígona y cantábrica en una sola refundidas», con lo que en aquellos ó posteriores tiempos, « la romana colonia se dijo ya Castro Vardtdies, esto es, fortaleza de los várdulos, Castro-Urdiales ahora; y toda la nueva y gemela región, se ufanó con el título de Vardulia » (i).
Bien que hallando «razonadísima» la suposición, — no falta sin embargo, quien niega que el apelativo de « Urdíales venga de Vardtdies», pues « Urdíales... es nombre de origen éuskaro, y sencillamente es una modificación de Ur-bl-al-ez, cuya signifi-
nica de este nombre con el de Sdmano (Amanos ó Zamano), que, según Erro y otros vascófilos, significa ex/enso 3; //a«o : de aw, extensión honda, y a«-a, aw-o, cosa llana».
(i) Fernández-Guerra, El Libro de Sajitoña, págs. 33 y 34.
cación es sitio próximo pero no en la unión de dos aguas como lo está Castro respecto á la marina y fluvial que se juntan ó se juntaban en el Amanum portus>> (i); mas semejante etimología que, como todas las de su condición y naturaleza, está basada en hipotéticos cimientos, ni significa ni resuelve nada, al paso que la indicación por ella combatida, se ofrece cual verosímil y juiciosa, tanto más cuanto que «hay razón para creer que durante la Edad-Media se parecía bastante el nombre de Urdiales al que se le daba en la antigüedad, diciéndose por entonces Bardules y> (2). Nada fácil resulta, en rigor de verdad, y á lo que se nos alcanza en presencia de cuanto sobre el particular con mayor ó menor apasionamiento se ha escrito, — el determinar por modo cierto la ocasión histórica en que los várdulos hubieron de predominar sobre los autrígones en la jurisdicción de la antigua Flaviobriga, dándole su gentilicio nombre; pues, aunque el docto autor de El Libro de Santoña imagine que hubo
( 1 ) Bravo y Tudela, Recuerdos de la villa de Laredo^ págs. 29 y 30, y 7 2.
(2) AssAs, monografía cit., págs. 261 y 262 del tomo I del Museo Español de Antigüedades, continúa diciendo, en demostración de tal aserto : « Así se lee en la célebre escritura titulada Votos del conde de Castilla Fernán González por el monasterio de San Millán, impresa entre los privilegios á varios pueblos de la CORONA DE Castilla (tomo V, núm. 2, desde la página 4 á la 12), al señalar Fernán González la donación devota con que cada pueblo de sus dominios debía contribuir perpetuamente al monasterio de San Millán de la Cogulla.» «Después de enumerar varios pueblos, tiene en la página 8 de la colección un pasaje que interesa á nuestro objeto y traducimos de este modo : Sova, Assón, Salcedo, Sopuerta, Carrantia, Bardules, Tavison, Ayala, con sus villas pertenecientes á sus alfoces, por cada casa una libra de cera, etc. » « Entre estos nombres de pueblos,... el que más nos importa aquí es el de Bardules.» «El doctor don Juan Antonio Llórente, que había publicado esta escritura en el tomo III, núm. i8,pág. 191 de sus Noticias históricas de las tres provincias Vascongadas^ Alava. Guipíizcoa y Vizcaya., copiándola del libro llamado Becerro galicano de San Millán de la Cogulla, folio i.% dice (pág. 264, nota 157): <.< Bardules. Aquí hay equivocación notoria del )) copiante del Becerro: el orden que sigue la escritura dicta que creamos decía el ori- » ginal Urdiales, y se designa el territorio que ahora pertenece á la villa de Castro- » Urdíales...» «Nosotros, con Llórente,— escribe Assas,— creemos que allí correspondía la situación de Castro-Urdiales ; pero, contra él, creemos que no hay error de copia, sino que éste debía ser, por aquellos tiempos, su verdadero nombre», concluyendo después de otras pruebas, que la propuesta «siempre sería suficiente para indicar... la tradición y procedencia del nombre Urdiales., trasformándose en éste, y antes en Bardules, el antiguo Vardulies, ó según Strabon Bardyalois ó Bardyales, ó lo que es casi igual Vardyales.n
de ser sin duda al penetrar en Cantabria durante los tristes días de la invasión muslímica los que él apoda de « fanáticos hijos del Desierto» , — como quiera que para admitir la hipótesis se haga necesario también dar crédito á la de que Flaviobriga entonces se halló falta de defensores propios, y esto no se ofrece por modo alguno como demostrado, y pudo acontecer de igual suerte en el mediar de la centuria V.^, y en los tiempos de la dominación visigoda, — no es dable admitir en buena dialéctica tal supuesto, presentando en cambio mayores visos de certidumbre, el de que aquel acontecimiento acaeciera en la época gloriosa de Alfonso I el Católico : cuando unido al pequeño reino de Pelayo el ducado de Cantabria, y sometidos los bereberes que en uno y otro se hallaban establecidos, gente varduliense era la que poblaba en toda aquella región que al decir de Sebastián de Salamanca, nunc appellatur Castella.
Pudo, pues, ser entonces, cuando defendido el hermoso puerto de Flaviobriga por la fortaleza erigida en el boreal peñasco donde subsiste la que hubo de reemplazarla, convertida hoy en faro, recibiese título de Castro-Vardulies, trocado luego en Castro de Ordiales^ Castro-Urdiales ahora; pero por desventura no es dado conocer nada de cuanto á la heroica villa se refiere en orden á aquellos primeros siglos de la Reconquista en los cuales debió seguir la suerte de Vizcaya. Controvertida es, y por demás dudosa resulta la autenticidad de la famosa escritura de los Votos de San Millán de la Cogulla, atribuida á Fernán González; y á juzgar por ella, muy escasa y muy inferior debía de ser entonces la importancia de Castro-Urdiales con relación á la de Guriezo (Agorienzo) y Sámano, cuando éstos contribuían con un pez, cual emblema de la industria á que se hallaban consagrados sus habitadores, y la pretendida Bardules tributaba á la par de otras poblaciones meditérraneas con una libra de cera por cada casa. Sólo en el siglo xi.^, y no con entera seguridad, suena por vez primera el nombre de CastroUrdiales: en la ocasión en que incorporada al reino de Navarra
por don Sancho el Grande^ heredaba la villa su hijo don García con otros varios territorios que habían sido del patrimonio de los condes de Castilla, y en 1040, cual se asegura, «como parte de arras de su augusta esposa Estefanía» hacía á ésta donación del «dominio de Castro-Urdiales y de los valles hoy apellidados de Ruesga y Soba, todos situados en la referida comarca » (i).
Algún tiempo permaneció Castro, con Santoña y con Santander, sujeta al señorío navarro ; pero reintegrada á Castilla, tal y tan aflictiva debía de ser sin duda la situación á que era por desdicha suya llegada, como para que Alfonso VIII el Noble^ se viera en la precisión de poblarla, otorgándole en Burgos á 10 de Marzo de 1 163 como fuero propio el de Logroño, concedido en 1095 á aquella villa por don Alfonso VI (2), y la gracia de no pagar portazgo en la villa de Medina de Pomar, asegurándose que en Castro-Urdiales se hallaba el que debía en las Navas quebrantar para siempre el poderío africano, al otorgar en 28 de Agosto de 1208 « el privilegio para el empadronamiento del lustre y nobleza de los solares de Espinosa » (3). Libres é ingenuos para siempre, declaraba expresamente Alfonso VIII á los habitantes de Castro-Urdiales, con proclamarles además exentos de fonsadera^ anubda, mañería y cualquier otra carga ó prestación, entre las que se contaba el Warn^áo fuero malo de saionia^ y con disponer que ni el señor que por el rey gobernara la villa, ni el merino, ni el sayón, hicieren fuerza ni violencia en las personas ni en las cosas, dictando á la par re-
(1) AssAS, monografía cit., pág. 263 del t. I del Museo Español de Antigüedades.
(2) (( El fuero de Logroño fué casi el fuero general de los pueblos de la Rioja y Provincias Vascongadas.» «Foreste fuero se gobernaban los de Miranda del Ebro, Santo Domingo de la Calzada, Castro-Urdiales, Vitoria, Briones, Laredo, Salvatierra de Alava, Medina de Pomar, Frías, Santa Gadea, Orduña, Tolosa de Guipúzcoa, Arciniega, Lasarte, Azpeitia, Elgóibar, Plencia, Peñacerrada, y otras villas y lugares » ( Muñoz y Romero, Colección de Fueros municipales y Cartas-pueblas^ páginas 334).
(3) AssAS, monografía cit., pág. 264.
glas para la buena administración de justicia en el orden civil y el criminal, conforme la costumbre de los tiempos. Fué desde entonces, desde que comenzó el engrandecimiento de la villa (i), á la par que ocurría de igual suerte con Laredo y con Santander, sus hermanas de la costa: Fernando III en 12 19 la conce día el privilegio de que no pudiese ser enagenada de la corona, y gozando de aquellas preeminencias, en su mayoría deducidas de los fueros del conde de Castilla don Sancho Garcés, — pudieron los moradores de Castro-Urdiales, sin temor ni riesgo, consagrarse á las empresas marítimas, que debían dar renombre y fama á la antigua Flaviobriga; y entonces y sólo entonces, luce para ella el sol de prosperidad que aún la ilumina.
«Tan pronto como la marina de Castilla se hace notar por sus empresas, — dice resumiendo directamente un escritor castreño, — figura en ellas el nombre de Castro, logrando á veces señaladas y muy singulares distinciones. » « Concurre con los demás marinos de esta costa á los triunfos del Guadalquivir y á la Conquista de Sevilla; contribuye á la repoblación de Cádiz; combate contra la Escuadra árabe en el estrecho de Gibraltar, y logra con su heroico comportamiento y señaladísimos servicios que el rey don Sancho el Bravo la premie con desusados privilegios» (2). No debían ser éstos, sin embargo, los únicos
(1) En prueba de la importancia del tráfico que á la sazón debía hacer CastroUrdiales, el mismo don Alfonso VIH, por privilegio de i o de Julio de i 1 92, hacía merced « al obispo, iglesia y cabildo burgenses... de los rediezmos de todas las mercaderías que entrasen por los puertos de Santander y Castro-Urdiales. » « Wklla.se &\ documento Qíi los libros de privilegios y cojtfirtnaciones del Real Archivo de Simancas, libro 369, art. 8.°» y lo inserta Assas en la monografía citada, página 263 del t. I del Museo Español de Antigüedades.
(2) AssAS, monografía cit., pág. 264, publica el documento y Echavarría hace mención de él, añadiendo por nota en este punto: «El privilegio rodado, cuyo original se conserva en el archivo municipal, dice : « por facer bien é mer- » ced al Concejo de Castro de Urdíales por servicios que ficieron siempre al rey » don Fernando nuestro abuelo, é al rey don Alfonso nuestro padre, é señalada- » mente por muy gran servicio que ficieron ahora á nos con una nave é una galea » en esta flota que nos mandamos armar cuando Avenzaf tenía cercada la villa de » Jerez, franqueámoslos, é queremos... etc. »
títulos por los cuales la villa había de ejecutoriar su grandeza y su prestigio: ejerciendo «con sus propias naves activo comercio en los mares septentrionales, guerreaba con extranjeras naciones, apresando buques cargados de ricas mercancías, y hasta sus humildes pescadores, no ateniéndose sólo á la pesca costanera, hacían grandes y útilísimas pesquerías de cetáceos, yendo á buscar las ballenas hasta en las regiones á la sazón apenas conocidas, de los marítimos arenales que hoy se dicen Banco de Terranova; lucrativas empresas todas que á Castro daban bienestar y holgura, nada comunes entonces en las interiores comarcas del reino castellano» (i). Fama de esta suerte habían legítimamente conquistado los marinos de Castro entre todos los de la que se dijo costa de Castilla por antonomasia, y reputación de atrevidos y conocedores mareantes alcanzaban, manteniendo activo comercio con Bayona, con Flandes y con Inglaterra, á que daba momentáneo término la guerra, que al finar de la XIII. ^ centuria tenían entre sí trabada el rey de Inglaterra y el de Francia.
Ocasión era aquella en la cual, venido al trono el príncipe Fernando IV de Castilla bajo la tutela de su madre la insigne doña María de Molina, y despierta á sobrehora la ambición de la inquieta nobleza, — carecía el poder real de prestigio y autoridad suficientes para defender sus derechos, y á la par los de las villas y ciudades, en que los magnates cometían todo género de excesos y de violencias. Por esta causa pues, y por el ejemplo triste que habían ofrecido otras villas, donde el respeto á la legislación foral no había detenido ni mucho jnenos á la voluble nobleza, — como lugar más seguro y más importante á la sazón de la costa cantábrica, reuníanse en Castro-Urdiales los representantes de las villas marítimas en la primavera del año 1296, y á 4 de Mayo firmaban solemne pacto de Hermandad los Con-
(i) AssAS, monografía cit.
cejos de Santander, Laredo, Castro-Urdiales, Vitoria, Bermeo, Guetaria, San Sebastián y Fuenterrabía, así para terminar sus querellas y hacer prosperar su comercio, como para defenderse y ampararse contra cualquier transgresión de sus fueros, «ó privilegios, ó cartas, ó libertades, ó franquezas, ó buenos usos é costumes», hecha por quien quiera que fuese, incluso el propio monarca don Fernando.
Establecíase por aquella famosa Carta^ que bien á las claras pone el sentimiento de independencia por el cual se sintieron animados siempre los cántabros, — que «si por aventura algún ome traxer á qualquier de estos concejos sobredichos carta, ó cartas que sean contra fuero, que en qualquier logar do esto acaeciere, que caten la carta de la hermandat, é que cumplan aquello que juraron, é prometieron, segund que en ella dice», acordando «de no dar los diezmos nin la saca del fierro, que son cosas contra fuero de que nos podría venir, — dicen, — muchos dannos á nos, é á todos los otros de la tierra, ni otra cosa ninguna que contra nuestros fueros sean», y preceptuando la forma en la cual debían resistir y rechazar toda orden en contrario emanada de la corona, «ú otro qualquier rico-ome ó caballero». Era Castro-Urdiales, como la más importante sin duda alguna entonces, la villa en la cual, en caso de conflicto, debían «ayuntarse» todos los representantes de los Concejos agermanados para haber «acuerdo en uno sobre ello, que es aquello que hi — expresan, — habemos á facer», y conviniendo en otros particulares, no exentos de interés histórico ciertamente, resolvían hacer «un seello», el cual debía tener «esta sennal: un castiello, é só el castiello fondas, é las letras...: utWss la krmailbaí las
billas be la marina be tasMIa m\\ biíüria,» prevención que tomaban las villas, «si por aventura nuestro sennor el rey don Fernando, ó los reyes que vernán después de él, nos ficieren ó nos pasasen en algunas cosas contra nuestros fueros, ó privilegios, ó cartas, ó libertades, ó franquezas, ó buenos usos é costumes», á fin de que «por nuestra carta seellada con este nuestro seello.
que nos enderece aquello en que recebiemos desafuero» (i).
No paraban aquí las preeminencias conseguidas por el Concejo de Castro-Urdiales en semejante documento; sino que, de acuerdo con lo que en él se manifestaba, y con lo que se deducía de la presencia en la villa de los personeros de los Concejos concertados, quedaba el sello confiado «en fieldat» á los representantes de la misma Castro, que lo eran Lope Pérez el joven, don Pascual Ochanárren y don Bernalt el joven, determinando «que sea con ellos quien escriba todas las cartas que fueren mester para esta hermandat, é que ponga en cada una de ellas so nombre escripto con su mano», ó en defecto de quien desempeñare tal cargo, «Pero Pérez, escribano de este mismo logar» de Castro-Urdiales (2). Dejábanse muy luego sentir los efectos de semejante concordia, en cuanto al fin que hubo de inspirarla, durante todo el siglo xiv, por lo que á la prosperidad marítima de la villa se refiere, y segura prueba de ello son las luchas mantenidas con los reyes de Inglaterra, y de que queda hecha indicación en capítulos anteriores, mientras atenta á los intereses que la unían con el demás territorio de Castilla, mandaba á Burgos en 1 3 1 5 sus procuradores Sancho Sánchez y Diego Gómez de Frías, como los enviaban Vitoria, San Sebastián, Guetaria y Laredo, para agermanarse con los caballeros, fijosdalgo. Concejos de las ciudades, villas y lugares de los reinos, á fin de defenderse por tal camino de los tuertos que les hiciesen los tutores doña María, don Juan, y don Pedro, infantes, durante la minoridad del rey don Alfonso XI.
( 1 ) Los lectores que lo desearen, pueden consultar este interesante documento en los Apéndices.
(2) Fernando IV contribuía generosamente al desarrollo de Castro-Urdiales, concediéndole al decir de Assas dos privilegios: «el primero otorgado en Valladolid á I =i de Mayo de i 300, para que Castro no pagase diezmo del vino que cosechara y llevase á vender fuera del reino», y el segundo, otorgado en Burgos á 27 de Julio de i 302, que es el mismo que con ligeras variantes, y alterando el nombre, menciona el P. Flórez con respecto al Concejo de Santillana en la pág. 34 del t. XXVII de la España Sagrada, y que Assas, que lo menciona en su Crónica de la provincia de Santander, atribuye á Castro en la monografía tantas veces mencionada, pág. 266 del t. I del Museo Esp. de Antigüedades.
Mucho debió crecer la importancia de Castro-Urdiales durante el reinado de este príncipe, quien otorgaba al obispo y cabildo de la Iglesia de Burgos en 1333 el décimo del treintavo que tenía entre otros puertos en éste, — cuando se dilata su término hasta comprender por privilegio de 1347 á Campijo, Allendelagua, Cerdigo, Islares, Santullán, Portugal, Otañes, Mioño, Insa, Ontón, Agüera y otros, con más la merindad de Vezi, á la que correspondían los valles de Sámano y de Guriezo, «pechando algo á donna Leonor» por ello, y dando así ocasión á que en las cortes celebradas en Valladolid por don Pedro I de Castilla en 1351, pidieran por merced «los fijosdalgo que biven en los valles de Famant de Genezo (i), que es en la merindad de Vezio» (2), que les devolviesen su libertad, por pasarlo mal y hallarse desaforados, pues solían ellos escoger sus alcaldes fijosdalgo, y antes merinaban entre ellos «el merino mayor de Castiella ó el que poníe la merindad de Vezio» (3); y como quiera que, á favor de las revueltas de los tiempos, y abusando en provecho propio y como siempre, los diezmeros hicieran «mu-
(1) « En la colección de D. Juan Pablo Pérez Caballero se lee: valles de Sanmani de Geztezo». «Quizá, — expresa no sin razón la Real Academia de la Historia al publicar estas cortes en la Colección de las de los reinos de León y de Castilla (183 6), — debe decir: valles de Samant (hoy Sámano) e de Guriezo ».
(2) « Kéjzío pudiera ser el pueblo que actualmente llaman Beci en Vizcaya» (Nota de la cit. Colección).
(3) Es la petición XXVI, y dice de esta suerte: « A lo que me pidieron por merced que los fijosdalgo que biven en los valles de Famant de Genezo que es en la merindad de Vezio, por que dizen que agora poco tiempo ha que los de Castro de Ordiales que ganaron carta del Rey mió padre, que Dios perdone, pechando algo á donna Leonor, por que fuese término del dicho lugar de Castro, é que juzgasen ante los sus alcaldes, é que merinase entre ellos el merino de la dicha villa de Castro é non otro ninguno, é por esta razón que pasan mal é que son desaforados, por que dizen que solien aver alcaldes fijosdalgo, aquellos que la tierra escogie, é otrosí montaneros que guardavan sus montes, é que merinavan entre ellos el merino mayor de Castiella ó el que poníe la merindad de Vezio, é que les mande dar mis cartas que ayan sus alcaldes é sus guardas de sus montes é sus fueros segund siempre los ovieron, é que merine hi el merino mayor de Castiella ó el que él posiere por sí segund que dizen que lo usaron en tiempo de los Reys onde yo vengo»,— «A esto respondo que pues dizen que los de Castro de Hordiales ganaron carta sobresto por que llamen al concejo del dicho lugar de Castro, é que oyré á amas las partes, é les mandaré librar como la mi merced íuere por derecho».
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chos desafueros é agravios á los mercaderes» en los puertos y marismas, cogiéndoles dobles diezmos (i), — señalaba los lugares donde debían ser satisfechos, designando á Medina de Pomar, Frías y Oña para los puertos de Castro-Urdiales, Laredo y San Vicente de la Barquera, de igual modo que para evitar las sacas de harina, trigo, plata y oro por los puertos, nombraba en cada uno de ellos «un ome bueno morador dende» (2), que lo previniera, disponiendo por razón de equidad, y á petición sin duda de los procuradores de Castro, en otro cuaderno de aquellas mismas cortes, «que las naves é navios que vienen» de Flandes á Castro-Urdiales, y que llevando mercaderías de tránsito no osaban amarrar en la concha, por que los diezmeros les cobraban diezmos de todas ellas, corriendo grandes peligros en las tormentas, — de allí adelante «se amarren en la penna de dentro de la concha», y puedan «estar hi quanto durar la furtuna».
(1) Petición XIV. ^ de las Costas de Valladolid ([ 3$ i), que pinta por modo gráfico la situación del reino, como la pintan otros muchos documentos legales, expresando:—« A lo que dizen que los dezmeros que por mí recabdan los diezmos de los pannos é mercadorías de los puertos é marismas, que fazen muchos desafueros é agravios á los mercaderes de los mis lugares, no guardando los puertos é parajes do lo han acostumbrado, é que por los engannar que dexan entrarlas gentes con las mercadurías en las villas sin les pedir diezmo, é después que diezman con ellos, é que porque no toman alvará dellos, que entran é les escodrinnan las casas deziendo que non diezman algunos pannos que tienen, é que se les achacan é dizen que los han perdidos; é me pidieron por merced que hordenase é mandase que los dichos diezmeros guarden de aqui adelante los puertos en aquellos lugares do es acostumbrado »,—« A esto respondo que tengo por bien que de aquí adelante que se faga en esta guisa: que los que ovieren á dar diezmo de las cosas que traxieren de fuera del reyno, que las diezmen en los puertos é lugares que es acostumbrado de lo dezmar, é estos que tomen alvaláes de los que recabdaren los diezmos, é desque llegaren á los lugares do han acostumbrado de estar las guardas, que les muestren los alvaláes á las guardas, é que dende adelante que les non tomen nin escodrinnen nin lo pierdan por descaminado». «E los que non dezmaren ó non tomaren alvaláes de los diezmos en los puertos, é non venieren por los logares do están las guardas é les non mostraren alvaláes, que lo pierdan por descaminado aquello que troxieren, é que el dezmero ó el que lo por él oviere de recabdar, que pueda ir en pos dellos fasta cinco leguas después del lugar de la postrimera guarda, á tomarle la mercaduría por descaminada, é desde adelante que ge la non pueda tomar». « E los lugares de los puertos de la mar é de la tierra do han de dezmar, é otro sí, do han de estar las guardas, son estas...» etc.
(2) Petición XLII,
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dando «fiadores los mercaderes que las dichas naves é navios troxieren», «é que non sean tenudos de pagar el diesmo allí si non quisieren descargar é quisieren ir descargar á qualquier de los otros dichos puertos do ay los mios desmeros» (i).
No es de maravillar por tanto, que tomando participación en grandes acontecimientos navales, puesta al frente de la Hermandad A^sd,^ 1296, aumentada con el tráfico su riqueza, ensanchados sus términos, y próspera su fortuna así por mar como por tierra, — se lanzase á aventureras empresas, enviando «á sueldo sus naves á las aguas de Cerdeña», y entre aquellas la Rosa de Castro^ especialmente mencionada por Pedro López de Ayala al referir el suceso, «logrando con su eficaz auxilio asegurar el triunfo de las gloriosas armas de Aragón en el sangriento combate de Alguer, que costó á los genoveses y sardos ocho mil muertos y tres mil prisioneros» (2), como tampoco es para causar extrañeza, que, defendiendo sus privilegios, y en especial aquel que en 12 10 Fernando III le había concedido, para que no pudiera ser enagenada de la corona, — aunque afecta al partido del desventurado rey don Pedro, tan calumniado todavía, y como se viese éste en la necesidad de ceder al príncipe de Gales en Liborna el año 1366 el señorío de Vizcaya y la villa de Castro-Urdiales, en compensación del servicio que de él contra el bastardo don Enrique esperaba,— resistiesen los castreños el entregarse á los apoderados del inglés, como, á pesar de todo, se resistía la voluntad del monarca al cumplimiento de lo pactado á la fuerza con el que llaman Principe Negro nuestras Crónicas.
Temerosos andaban los vecinos de Castro, después del ominoso triunfo del conde de Trastamara; pero con ánimos de generosidad, y deseando captarse la estimación y la gratitud de la villa, otorgaba Enrique á 20 de Marzo de 1395 cierto privilegio
(1) Petición XXVII.
(2) EcHAVARRÍA, art. cit. del álbum De Cantabria, pág. 258.
perdonándoles cuanto eran en deber los que llamaba «mis mareantes de las mis barcas y pinazas de la cofradía de Santo Andrés,» que á él habían por medio de procurador recurrido contra los arrendadores de las rentas reales (i). Mas hagamos aquí punto, lector, y recreémonos con la grandeza conseguida entonces por esta villa, pasando por alto otros no menos notables acontecimientos, entre los cuales se cuenta la ruina y depoblación de la misma por varias causas en los días de don Juan II, para venir á días más cercanos, pues estarás, como nosotros, impaciente por conocer la población, después de conocer en parte algo de su historia, no contada, cual debiera ser, por nadie todavía. «Causa asombro contemplar, — dice el escritor castreño á quien hemos aludido arriba, — el enorme tributo de sangre con que Castro-Urdiales contribuyó á las grandes empresas y á las grandes ambiciones de los siglos xvi y xvii.» «Había en la villa, hacia el año 1530, más de siete mil habitantes (mil quinientos vecinos), y en el año 1741 no llegaban los vecinos á doscientos: ruina espantosa causada por las levas en masa que se hacían para surtir las armadas,» no menos que por la emigración d las Indias^ que es en la actualidad aún tan frecuente. «Para la [armada] que en Flandes se formó al mando del duque de Medina-Sidonia, — contribuyó la villa con diez y seis embarcaciones ligeras (llamadas entonces navios), y doscientos cincuenta marinos; para la que se armó poco después en Portugal, concurrió con una nave, diez y seis embarcaciones ligeras, y cuatrocientos marineros; veintidós embarcaciones ligeras, tripuladas por quinientos marineros castreños combatían en 1582 á las órdenes del Marqués de Santa Cruz contra Felipe Strozzi, en el porfiado y sangriento combate de las Islas Terceras; en 1587 fueron entregados al corregidor de Vizcaya setenta y un marineros de la villa, que en ella se hallaban licenciados para ir á Lisboa á engrosar
(i) Assas inserta el documento en nota de la pág. 267 de su citada monografía.
el contingente de la expedición preparada contra las Islas Británicas, y asistir, con otros castreños, hasta el número de trescientos ochenta, á los infortunios y desastre de la Armada Invencible; en 1596 tenía la villa ciento catorce marineros al servicio de la Armada; en 1625 envió doscientos de sus hijos en la expedición dirigida por don Fadrique de Toledo contra los holandeses á las costas de la América Meridional...; en 1718 entregó noventa y cuatro hombres, de los que casi todos perecieron peleando contra los ingleses en las aguas de Sicilia.» «En una palabra, — concluye, — no hubo combate alguno en los mares donde la sangre castreña no corriese derramada por los intereses y por las glorias de España» (i).
Sin rival como marinos, «pues notoria es su pericia, su inteligencia, su valor y ánimo sereno y firme», sin rival fueron también como españoles, en la epopeya de la Independencia; y la fecha, triste y gloriosa al par del 1 1 de Mayo de 18 13, recuerda una de las páginas más hermosas de nuestra nacional historia, y el heroísmo de los habitantes de la villa, frente á las fuerzas de las legiones napoleónicas, diciendo un escritor contrario y testigo de aquel suceso, en que «trescientas nueve casas fueron abrasadas y más de trescientos castreños pasados á cuchillo» bárbara y cruelmente, — que «la gloria de la defensa, no igual á la del ataque, fué sin embargo tal, que la guarnición pudo gloriarse de haber obligado al ejército sitiador á emplear muchos medios y no pocas fuerzas» (2). Días de luto y de desolación fueron aquellos para Castro-Urdiales, que en medio de su prosperidad pre-
(1) EcHAVARRÍA, art. cit., refiriéndose al Titulo de la vara de Alcalde Mayor de Castro-Urdiales, cédula otorgada por Felipe IV en Madrid á i 2 de Julio de 1641,7 que publicada por Henao en sus Averiguaciones de las antigüedades de Cantabria, tomo II, cap. XX, núm. 7, reproduce Assas en la monografía mencionada, pág. 268, nota del t. I del Museo Esj>. de Ant.; al t. LV de la Colección de documentos inéditos para la historia de España, en que se incluye el Compendio historial de la jornada del Brasil, y sucesos de ella, escrito por don Juan de Valencia y Guzmán, y al acta del Ayuntamiento de 30 de Enero de 1723.
(2) Camilo Vaccani, Storia della campagna é degli assedi degV italiani in Espagna del 1808 al i8iy.
senté, aún se extremece al escuchar los horrores de que fué víctima, por parte de la soldadesca de Palombini y de Foy, que dirigieron el ataque de la villa; pero días de gloria, que renuevan y refrescan los laureles en tantas ocasiones cosechados por ella, y que ponen de manifiesto el noble corazón, la entereza inquebrantable, y los alientos briosos de sus hijos, cuando se trata de la defensa de la patria. «Partidaria fiel de las instituciones liberales.... testigos de su noble proceder son las dos guerras civiles» que han desgarrado el seno de España en la actual centuria, volviendo á ser «derramada sobre la cubierta de los buques nacionales la sangre de sus hijos» valerosos, como ha prodigado «su hacienda en obras de defensa, y en servicios de inapreciable valor para el ejército,» servicios nunca olvidados y que guardan en su memoria llenos de gratitud aquellos que los recibieron.
Perdónanos, lector, si en la rápida excursión hecha á través de la historia de Castro- Urdiales, hemos olvidado aún mucho de lo que es digno de recuerdo; pero nos hallamos ya en la villa, y como avanzada suya, en reemplazo de aquellas romanas murallas que no pudieron resistir el embate de la artillería francesa en 1 8 1 3, y fueron luego demolidas, — nos salen al paso aspilleradas y labradas en ladrillo, las obras de defensa que levantó Castro contra las huestes de Carlos VII en esta última lucha fratricida, en la que todos hemos tenido que llorar desgracias irremediables (i). Á la izquierda queda con sus ennegrecidos peñascos y sus escollos la ensenada de Urdiales, donde la mar combate sin tregua ni descanso; á la derecha, y siguiendo el segmento de arco descripto en otro tiempo por los torreados muros de la villa, sigue por la calle de Ar dígales la carretera, quedando al frente espaciosa plazoleta de prócer arbolado, y
(i) También nosotros, que perdimos en la áspera Navarra y batalla de Santa Bárbara de Oteiza el 30 de Enero de i 876 á nuestro querido hermano don Alfonso, joven teniente del regimiento de Aragón, núm. 2 i , que aún no había cumplido 20 años.
ancha y derecha calle que guía sin interrupción, bien que estrechándose luego, al puerto que se adivina en el ambiente, pero que no se ve todavía. Aquí estuvo la Puerta de San Francisco^ como estuvo la batería de la Longa en la guerra de la Independencia, y luego la de Isabel II en la primera guerra carlista; y aquí está, encabezando la línea de la derecha de la calle, lo que resta en nuestros días del Convento de San Francisco. Ruinas tristes quedan de su hermoso rectangular claustro, labrado todo él en piedra, construido, á no, dudar, y según revela su estructura, en el siglo xiv, y reformado ó restaurado en el xvii; nada tan desconsolador como las descompuestas reliquias de las obras arquitectónicas, que guardan en cada uno de sus detalles tantas memorias, y que obligan á meditar sobre la instabilidad y la miseria de la vida humana. Así sucede en presencia de aquel miembro del antiguo edificio: restos informes llenan el vano del claustro, donde la hierba crece á sus anchas entre las piedras desprendidas: movido el pavimento de las alas claustrales, parece que los rojizos arcos y las descubiertas techumbres van á derrumbarse, y los pisos superiores producen dolorosa impresión, de la que es preciso huir, para no formar temerarios juicios acerca de la villa, no sin antes reconocer la iglesia, de una sola nave, sombría, y de poco valor artístico, la cual se halla aún abierta al culto.
Alegre es sobre modo el aspecto que ofrece Castro-Urdiales, y todo revela allí, al contrario de lo que en Laredo ocurre, que nos hallamos, lector, en lugar donde, próspera la fortuna, á través de las vicisitudes de los tiempos no ha cesado de prodigar sus dones: casas altas, elegantes muchas de ellas, de hasta tres pisos no pocas; calles bien empedradas y con aceras; gente de pacífica apariencia, laboriosa, amable y de buen continente, robusta y sana. Garridas las mujeres, — á pesar de lo curtido de su rostro, adviértese en él cierta indecisión de líneas que recuerda á la par las mujeres de Vizcaya y las montañesas; son recias, fornidas y decidoras como éstas, y no carecen de la gra-
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cia y de la esbeltez de aquellas, echándose de ver desde luego que la villa se encuentra en los linderos de la provincia de Santander y los de la de Vizcaya, y que por grande é íntimo que fuera originariamente el parentesco de las razas que poblaron en una y otra parte, á juzgar por la semejanza de costumbres, según Estrabón, y por grande y crecido que se suponga el número de inmigraciones que hayan verificado en esta zona los habitantes de la Cantabria primitiva, — no se ha borrado por completo y con los siglos el sello característico que hubo de distinguirlos. No ocurre de otra suerte respecto de los hombres, y así lo persuaden también por lo general sus costumbres, por las cuales se demuestra, que los castreños son más en realidad vizcaínos que montañeses, y «considerándose [con efecto] parte del solar vizcaíno, del que se decía [la villa] separada por carta ó provisión del conde de Haro de 4 de Marzo de 1471, pidió y consiguió, tras largas gestiones, verse reintegrada en el disfrute de los fueros vascongados, y ser restituida al señorío de Vizcaya, al tenor de las Reales Cédulas presentadas al Ayuntamiento en la sesión del día 24 de Diciembre de 1739» (i).
Según el censo provisional de 1887, cuenta con 9,140 habitantes, 1,285 menos que en el de 1877, y entre ellos predomina, como afán insaciable, como aspiración ingénita y que les sonríe desde sus primeros años, el deseo de ir d las Indias, trasponiendo aquel mar á cuya presencia y contemplación se hallan habituados, con el cual se han familiarizado de pequeños, cuya furia no les intimida, sino que les atrae como el abismo, y á cuyo arrullo han dormido su primer sueño, considerando la voz del Océano cual música deliciosa y llena de invencibles seducciones. Podrán, en otras muchas regiones de nuestra España, soñar las gentes con la villa y corte, suponiéndola encantada
(i) EcHAVARRÍA (loco laudato), afirma que («en el archivo municipal se conservan curiosos documentos relativos á este larguísimo expediente,» y que «desde esta época debieron empezar á figurar en el escudo de la villa las armas de Vizcaya, y aún se conservan en él.»
maravillosa mansión de la fortuna ; podrán apetecer y codiciar en otras partes la sosegada vida del campo, ó las revueltas luchas de la estéril política, fuente provechosa de grandes lucros personales; pero en esta heroica villa, cuyo partido es, entre los de la provincia, de los correspondientes á la Sub-región de mltiv os menos productivos; que cuenta con 11,184 hectáreas de montes, abundantes en buenos pastos; con minas de hierro en Salta Caballo, Setales y otros montes del valle de Sámano, y con diferentes ventajas, entre las cuales figura su comercio y su pesca, — nadie piensa sino en aquella lejana tierra española que se alza allá en el continente americano, detrás de la tendida línea azul del mar, que parece invitar con el rumor constante de sus aguas á emprender el camino.
Lleno de animación es el cuadro que presenta con su dársena el puerto ; grande el movimiento que de todas partes se advierte, lo mismo bajo los soportales de la plaza, que en la dársena misma, que en la calle del Mar^ y sobre todo en aquella barriada nueva y hermosa que compite con la del muelle en Santander, y que se dilata frente al mar en la Barrera. Una plazoleta poblada de álamos de Lombardía, con una fuente de buenas aguas, hácese á la parte de Ocaso; y á la del N., con teatrales apariencias, la plaza mayor, de porches de sillería, con el edificio destinado á la Corporación municipal en un extremo, y exteriormente adornado «con la imagen, en piedra, de Nuestra Señora de la Asunción, su patrona, un balcón corrido por toda la fachada y el blasón ó escudo de la villa, acerca del cual, el P. Gabriel Henao, de la Compañía de Jesús (i), habla como sigue: «Es aquí de saber tiene por armas, fuera de la nave ó »naves, — castillo, puente, hermita, ballena y mar con color propio »azul. En dos escudos que hay de ellas en las casas de Ayunta- » miento se leen estos dos blasones:
(i) Avert^ruaciones de las antigüedades de Cantabria^ t. 11, cap. XX, núm. q.°, cit. por Assas.
«Castro soy y Castro he sido, Asiento firme en montaña, Y á la Corona de España Con lealtad siempre he servido.»
«Armas, escudo y señal, Castillo, Puente y Santa Ana, Naves, Ballena y Mar llana Son de Castro la Leal.»
» Tiene castillo por el suyo, antiguo y permanente ahora, » puesto al Oriente sobre peñas con altura de más de loo esta- »dos, y de él recibió su nombre.» «Tiene puente por la de un »no pequeño llamado Castañeda, á cuya corriente está, y que » remata allí desaguando en el Océano...» <í.T\^ví^ Santa Ana ^ »y es una ermita de mucha devoción que está en peña sobre el »mar...» «Tiene balle7ia, ó por que allí se suelen cazar muchas, »ó por algún suceso que ha escondido la antigüedad.» «Tiene •i>mar por estar en la costa del Cantábrico, siendo su asiento »en forma de media luna entre Laredo y Portugalete. » «Baten »las aguas sus casas» (i).
Asegura el mismo P. Henao que la «alta, fuerte y autorizada torre», que descuella en la Plaza de la Villa, es tradición que fué fabricada por el marqués de Santillana Don Diego Hurtado de Mendoza para Gonzalo de Solorzano, en pago de las casas que le quemaron en Santander, á consecuencia de la traidora conducta que siguió para con los de aquella villa en favor del citado marqués, á quien Enrique IV había hecho merced cual sabemos, de la misma; que la torre, «por sucesiones ha venido á parar en los del apellido Mioño», haciendo observar que «antes que se fabricasen los muelles para el abrigo de los vasos, se pagaba un tanto á los dueños de la torre por el amarrar los barcos á unas peñas llamadas Iméas, que son de ella; pretendieron se continuase este reconocimiento, — dice, — mas fueron
(i) AssAS, monografía cit., págs. 21^8 y 259 (t. I dQ\ Museo Esp. de Antigüedades.
vencidos por carta ejecutoria ; y así la Villa goza como propio el anclaje» (i). Como de los mejores de la costa cantábrica es estimado el puerto, para ofrecer seguridad á los buques, especialmente durante los fuertes temporales del O. y del NO., y fuera mejor aún, á juicio del mismo jesuíta, si tuviere «abrigo contra los vientos que corren de Setentrión, como le tienen contra los de Occidente», pues «suelen aquellos ocasionar tan desmedidas tormentas que, estrellando montes de agua en las peñas sobre que está el Castillo, levantan olas espumosas que le sobrepujan...» «Para resguardo de estas tormentas hubo un muelle fortísimo, derruido casi ahora: trátase del reparo, que será muy costoso.» «A la parte de la Villa hay una concha labrada, según parece, á fuerza de brazos, donde, con el abrigo de los muelles, á estar bien reparados, pudieran hacer segura mansión» las naves.
Siempre tuvo Castro propósito de colocar el puerto en condiciones de realizar sus esperanzas, mejorándolo, y según un escritor montañés, «en el año de 1832, tratándose de obviar los inconvenientes que al puerto ocasionaba la abertura de los dos arcos inmediatos á la ermita de Santa Ana, el ingeniero hidráulico D. José María Mathe levantó, de real orden, el plano de una segunda dársena, al Este de la existente, proyectando la prolongación de un muelle desde la roca del Castillo, en dirección Sudeste, y otro que debía partir desde la peña de Torrejón, hacia el Nordeste; con lo cual, sin necesidad de cerrar los arcos, quedaba un magnífico y seguro puerto, tan accesible á todo buque en las tempestades, como profundo en todos tiempos, pues dentro de los proyectados muelles, se hallaría en las bajamares equinocciales, un fondo de 14 á 37 pies de agua; proporcionando el proyecto, además, el beneficio de dilatar el terreno en que podía ensancharse la población por la parte que ocupa el mar.» «Tan útil proyecto quedó paralizado á con-
(i) Averiguaciones, etc., cap. cit., n.° lo.
secuencia de la guerra civil de siete años, durante la cual apenas consiguió Castro dejar de verse, por algún corto tiempo rodeada de los armados partidarios de D. Carlos de Borbón.» «Por último, el Ayuntamiento representó á S. M. la general conveniencia de cerrar los arcos, solicitando al par 30,000 duros de los fondos de los 200 millones de reales que destinó el Gobierno para puertos y caminos» (i).
Habilitado hasta 1842 para el comercio de cabotaje solamente, desde aquella fecha quedó abierto además para el comercio exterior; y si las obras ejecutadas hasta nuestros días en el puerto han facilitado el tráfico, — las emprendidas en la actualidad por el joven bilbaíno D. Luís Ocharán Mazas, cuyo nombre recordará siempre con gratitud Castro-Urdiales, pues á cuenta suya ha hecho el muelle, como ha realizado otras obras de importancia para la villa (2), — habrán de devolver á ésta la importancia que obtuvo durante los tiempos medios, y ofrecerá ya Castro abrigado refugio á las embarcaciones que, amenazadas por las tormentas crueles del Cantábrico, buscan allí amparo y defensa contra la furia de los elementos desencadenados, pues como es notorio entre la gente del mar, «Castro es el puerto de última esperanza para los marineros que corren tempestades de Noroeste, cuando no pueden tomar el de Santander ni el de Santoña», proclamándolo así el expresivo y triste proverbio que «la marinería conserva y repite siempre en medio de sus angustias: ¡A Castro, ó al cielo! Podrá en adelante, y merced á aquellos trabajos, engrandecer la esfera de sus transacciones mercantiles, y acrecentar su riqueza, tanto en el comercio exterior como en el interior, y buena prueba de ello es con efecto, el
(1) AssAS, monografía cit., pág. 270 del t. I del Museo Español de Antigüedades.
(2) Además del muelle, y á cambio del edificio del Hospital hoy existente, tiene encargado al joven arquitecto Sr. D. Eladio Laredo, nuestro cariñoso amigo, la construcción de otro, doble de aquel, y con arreglo á todos los adelantos modernos.
que, durante el último año económico de 1890 á 1891, y según la Estadística recientemente publicada por los centros oficiales, Castro haya importado mercancías por valor de 48,677 pesetas, y exportado en cambio 4.228,246 pesetas de mercancías de varios géneros, y principalmente minerales, conservas y escabeches.
«Existe aún el gremio (antes cofradía) de pescadores y navegantes, bajo la advocación de San Andrés, apóstol», el cual hace próximamente veinte años, constaba de 480 individuos que tripulaban ochenta lanchas «sin cubierta, destinadas á las diversas faenas de la pesca», conservando «antiquísimos estatutos para el buen régimen de su industria, en los cuales resaltan la justicia, la moral y la caridad fraternal», y con arreglo á ellos, «todo pescador que por enfermedad, vejez, ó caso fortuito, se imposibilite para el ejercicio de la pesca, recibe, sin trabajar, la mitad de lo que ganan sus compañeros que están en activo servicio, no impidiendo esto que el agraciado se procure cualquier otro arbitrio pasivo, compatible con sus fuerzas físicas» (i). Poco á poco va la antigua villa engrandeciéndose y renovándose, como va adquiriendo nuevos prestigios y nueva fama, demás de la que hubo de conquistar durante las dos últimas y tristísimas guerras civiles execrandas, contribuyendo á ello no poco los esfuerzos de sus hijos, entre quienes figura como de los más entusiastas, el notable abogado y diputado provincial D. Javier Echavarría, discreto autor del artículo consagrado á Castro -Urdiales en el álbum De Cantabria, publicado en Santander en el pasado año de 1890.
Posee la villa numerosas fábricas de conservas y escabeches, tanto en el interior de la población, como en sus afueras; y sólo el temor de molestarte, nos impide, lector, que te invitemos á visitar algi>nas de ellas; pero llaman nuestra atención con verdad cosas de mayor importancia para la historia de Castro y
(i) AssAS, loco cit.
nuestro objeto, con ser grande sin embargo el interés que habría de despertar en ti la contemplación de tales y tan productivas industrias; y así habrás de perdonarnos complaciente que no te ofrezcamos el espectáculo maravilloso de aquellos montones de pescados de todas clases, convenientemente distribuídos según su distinta naturaleza, y hacinados como reluciente montón de plata sobre las losas del pavimento; ni el de aquel sinnúmero de mujeres, descalzas de pie y pierna, atareadas en las operaciones indispensables y preliminares para la conservación del pescado; ni el no menos curioso de la selección, ni el de las otras mil operaciones ejecutadas con la sardina y el pescado, hasta que distribuido en latas, va á parar en grandes pilas metálicas á los almacenes, de donde pasa por último, casi en su totalidad, á la bodega de los buques que lo transportan, así acondicionado, con preferencia á América.
^5 Clara. — El Miliario y otras antigüedades romanas.
INTORESCO en grado sumo; destacando bizarro sobre el celaje y la agitada superficie de las aguas, que estrellan contra él su furia, — á la parte Norte de la villa prominente peñasco adelanta resuelto sobre el mar, y de él, como eslabones desprendidos, avanzan hacia Levante, húmedos, desnudos y grandiosos, otros dos, un tiempo aislados y temerosos siempre, unidos hoy entre sí por sendos puentes, practicables por medio de escalerillas, y formados de rocas inmensas amontonadas allí por manos de titanes encima de las ondas. Anchuroso es el espacio que, dando frente al mar, separa la villa de aquel paraje verdaderamente romántico: saturado de fuerte olor marítimo, el viento azota en continuas turbona-
das los edificios, y se disfruta, á no dudar, de maravilloso espectáculo, en el que, fuera del golfo cantábrico, descuellan como principales la mole airosa de la Iglesia Parroqttial de Nuestra Señora de la Anunciación^ el castillo, convertido en Faro, y allá en el extremo avanzado oriental, el Miradero de Santa Ana^ único resto ó última transformación, mejor dicho, de la ermita de tal nombre, entre residuos de construcciones, ya arruinadas, y moderno caserío, tendido á la vera del agua sobre la roca misma. Fué aquel sitio levantado, aquel lugar, desde el que se domina la población, y desde el cual se hace más sensible en todos sentidos la grandeza divina, — el escogido en todo tiempo así para defender la villa, que debe al mar su importancia de siempre, como para congregar á sus habitantes en lugar seguro donde elevar al cielo sus oraciones y sus súplicas, al amparo de las fortificaciones, que hoy, ya inútiles, yacen en su mayoría por el suelo.
Sencillas tapias han reemplazado en mucha parte los resistentes muros de la fortaleza, y sobre aquel conjunto desolado, con su fábrica adulterada, sus torres no concluidas, sus numerosos arbotantes, sus sólidos botareles, sus cresterías y pináculos, sus fenestras generalmente tapiadas, y todos los esplendores de construcción, en fin, propios de aquel estilo singular que supo hacerse intérprete del idealismo arquitectónico durante tres seguidas centurias, — aparece majestuosa la Iglesia Parroquial de Santa Maria, como galera empavesada que resiste én abrigado puerto los embates de la tormenta, y que poco á poco ha ido perdiendo sus lujosos atavíos, á impulso de los tiempos, bien que conservando siempre su nativa gallardía, á despecho de las obras y de los reparos indiscretos que la desfiguran y empequeñecen. Estrecho callejón formado también de tapias, guía directamente á la imafronte del templo, colocada al NO., y descarnada y aun fría hoy, pero de esbeltas proporciones; y doble escalinata conduce á la puerta principal, del Perdón ó de las mujeres, que todavía conserva restos de su pri-
mitiva aunque trastrocada belleza. Atemperándose á las condiciones del estilo, y á la naturaleza de la planta del edificio, acusa desde luego la imaíronte en su disposición y aspecto la forma general de aquél por indudable modo: consta de tres cuerpos, señalados por cuatro contrafuertes poderosos de sillería, como toda la fábrica, salientes y rectangulares los dos del centro, y de mucha mayor importancia los de los ángulos, que son asimismo prominentes, bien que de líneas sumamente accidentadas.
Destinados éstos á contener los empujes oblicuos de las bóvedas, acusan con efecto mayor solidez y resistencia, y fueron sin duda alguna construidos para servir de asiento á dos torres gemelas, que á haber sido en su totalidad erigidas, como ocurrió en parte respecto de la del S., — á pesar de la sobriedad decorativa de la fábrica, habrían dado al conjunto mayor belleza. No llegaron los constructores á realizar, sin embargo, el pensamiento del arquitecto, y así aparece esta torre en el lienzo SO. perforada por dos órdenes de fenestras, rasgadas, apuntadas, y ajimezada la superior, que hace oficio de campanario, como acaece respecto de la que á esta altura y medio tapiada, se abre á la fachada principal ó imafronte. Mide en su total elevación la misma, no menos de 21 ""So, repartidos en hasta cuatro zonas diferentes y horizontales, de las que la inferior, que es el basamento general, cuenta 8"' 63 de altura, mostrándose «dividido á veces, — según observa el joven é ilustrado arquitecto encargado actualmente de la restauración de la Iglesia^ — en dos ó tres retallos, que se hallan siempre impuestos por la necesidad de cambiar la planta» de esta zona, con el propósito de aligerarla é impedir la monotonía que pudiera resultar de otra manera. De la segunda la separa laboreada imposta de o"'43, formada por su correspondiente bota-aguas y estrecho friso enriquecido de «faunos, figuras, animales» y follajes, relieves «toscos, de mala proporción como esculturas,» pero peregrina muestra de la eficacia conque la tradición románica alentaba vigorosa todavía, — levantándose encima con 5'" 80 de altura la tercera zona, apartada de la an-
terior por sencillo bota-aguas, mientras se ofrece coronada por otra imposta semejante á la descripta, y como ella destruida en mucha parte.
Dan en este punto término los dos contrafuertes de la parte N., en tanto que sobre la imposta mencionada se alza la cuarta zona en la torre del S., en la que se rasgan dos ventanas gemelas, ajimezadas, de arco ojivo y de casi la altura del cuerpo, y se sucede hacia el N. no concluido muro de sillería, cuya estructura acusa tiempos posteriores á los de la fábrica del resto de la imafronte, la cual resulta así algún tanto descompuesta, pareciendo indudable, á juzgar por las condiciones de esta última zona, y principalmente por los caracteres de la ventana, que trató sin duda el siglo xiv de completar la torre, continuando la construcción, bien que sin darle remate por desdicha. Gallarda en medio de las mutilaciones que ha experimentado seguramente, y correspondiendo con el eje longitudinal del edificio, — flanqueada por los rectangulares contrafuertes que traban la nave central, ábrese la mencionada Puerta del Perdón ó de las mujeres^ merecedora por muchas razones de que en la misma, lector, detengas la mirada. Facilita el acceso á ella, una de las escalinatas á que hicimos referencia arriba, comprendida también entre los contrafuertes aludidos, y desde allí, gózase de aquel miembro de la fábrica, de arcos concéntricos y ojivos, recogidos por moldurada periferia que los resguarda y los protege; á uno y otro lado, y fingiendo soportar los arcos referidos, surgen, con i"'40 de altura, tres columnillas en los varios planos de proyección, coronadas por corrida imposta que hace de capiteles oficio, y en la cual resaltan vichas y follajes, labrados por el arte mismo que resplandece y hemos notado en las impostas generales de la imafronte.
Notables son los cimáceos de los capiteles; pero no menos que ellos lo es ciertamente el basamento sobre el cual reposan las columnillas, y que se dilata á la una y la otra parte de la portada, midiendo i"'85 de altura, repartida entre el zócalo propiamente
dicho, y cuatro arquillos trebolados, semejantes por su disposición y aun por su estructura á los de la famosa Puerta del Sarmental en la catedral burgalesa, y que á no dudar corresponden, como la primitiva Puerta del Perdón, á la misma época. Ya no por desventura decoran y ennoblecen el tímpano aquellas deliciosas entalladuras que son complemento imprescindible de estas portadas, con representar pasajes bíblicos ó religiosos: cuatro circulares rosetones calados y de cuatro lóbulos, allí no sin gracia abiertos en posterior época, quizás en el siglo xv, reemplazan los relieves peregrinos que debieron contribuir al embellecimiento del principal ingreso de la Iglesia, mientras falto del partelúz que hubo de tener seguramente, — el arco de la puerta es rebajado, y se muestra desprovisto de todo exorno, mostrando ser fruto de alguna restauración ó reforma harto reciente. Ni falta quien suponga, poniendo lleno de generoso entusiasmo en olvido la larga vida que alcanzaron en esta provincia las tradiciones, que «los capiteles son de un gusto bien marcado de fines del siglo XI y principios del xii, ni quien afirme «que toda esta composición [de la portada] es de un mismo artífice y época;» lo primero es insostenible, y de ello persuaden con el tecnicismo, el acento de aquellas figuras y de aquellos follajes que decoran la zona de capiteles, y la forma misma de estos miembros de construcción ; de la inexactitud de lo segundo convence el hecho de que «en el curso de los trabajos» ejecutados para la restauración del templo por el arquitecto señor Laredo, se ha descubierto «que el hueco antiguo, que todavía está perfectamente marcado, es mayor» que el basamento (i).
(ij Don Eladio Laredo, Memoria descriptiva de las obras de restauración de la Iglesia monumental de Santa Marta de Castro-Urdiales (Castro Urdíales, 1891). Este ilustrado profesor, á quien será debida la existencia del templo, sigue diciendo en las págs. 23 y 24 de la dicha Memoria: «En épocas posteriores se añadió un pequeño muro por cada lado, para que de este modo pudiera quedar en buenas condiciones la entrada por la citada puerta, muros nuevos que sostienen un arco rebajado, cuya línea no juega en nada con las restantes de la composición.» «Desde esta altura se eleva el arco formero, de una línea apuntada de sumo gusto, cuya moldura es la siguiente: cuatro baquetones, tres baquetillas, seis boceles,
Restaurada en mucha parte la Puerta del Perdón^ comienzo tuvo también en el presente año de 1891 la restauración de la imafronte, libertándola de las construcciones postizas que la afeaban (i), como lo era entre otras la «tejavana formada por un arco formero de mal aspecto» que daba á la iglesia comunicación con el edificio frontero y arruinado, del cual no existe ya sino una sola de las paredes, y que tiene cierta resonancia histórica. De él escribe el autor de Costas y Montañas^ que «quiere la tradición que dentro de este recinto murado y á par del rey del cielo, tuvieran palacio los reyes de la tierra». «Autorízase, — prosigue, — de las reliquias viejas que aún subsisten; dice que Alfonso el Sabio le habitó en ocasiones, que en sus aposentos se ordenó el trabajo de alguna de las Siete Partidas, y hasta señala una angosta y misteriosa puerta, ya tapiada, por donde aquel príncipe glorioso, asombro de su era, afligido en medio de sus prosperidades y merecimientos por la aguda pena de la rebelión y desobediencia de su hijo don Sancho, pasó alguna vez y se recogió á sagrado, fugitivo si no del hierro, de la insolencia de conjurados y descontentos» (2).
Bien quisiéramos, lector, aun abusando de tu paciencia, que nos acompañases á recorrer las demás fachadas de este monumental edificio, honra y orgullo legítimos de Castro-Urdiales; que con nosotros, te detuvieras delante de aquella fábrica, de la cual son á modo de excrecencias y apostillas que la deforman y la adulteran como sin piedad la han mutilado, las desordenadas construcciones que por todos lados la envuelven, y que habrán de desaparecer, si el sentimiento generoso de los castreños responde á las excitaciones del arquitecto que lucha brioso por defender este padrón de gloria para su patria; pero si detalles
tres cuartos boceles que combinados con pianitos son de un efecto agradable.» «Entre estos dos arcos se interpone un tímpano sin decorar, pero que, á no dudar, en otra época estuvo decorado, hasta que la piqueta demoledora.... redujo á polvo esta decoración.»
(1) El Sr. Laredo hace de ellas mención en su cit. Memoria^ pág. 215.
(2) Escalante, Cosías Mo«/awas, pág. =51.
buscas, que no te podemos dar nosotros en este libro, estudia el trabajo á que hacemos referencia, y en él encontrarás cuanto apetecieres (i), bastando á nuestro propósito recordar que aun á través de los incalificables atentados cometidos con aquella monumental construcción, principalmente por la fachada meridional, puede intentarse con esperanzas de éxito la reintegración de la misma, con los elementos conservados por fortuna, y que aparecen más de manifiesto en la fachada del Norte, en la cual dibujan destruidos ya, los lineamientos de los ventanales y de las portadas, tapiados unos y otras, como gallardean sobre robustos estribos los arbotantes que avanzan en número de cuatro por cada lateral fachada, mientras llegan al de seis en la parte correspondiente al ábside.
Adelanta del segundo contrafuerte, en la fachada del Mediodía, descolorida construcción que constituye el atrio ó porche de la iglesia, con varios arcos de medio punto; y dando á él y á Levante, no sin grande extrañeza y sin dolor, se halla el viajero sorprendido delante de la puerta que da ingreso al templo, y cuyo atavío singular descompone y causa mal efecto en tal paraje y en tal edificio. «Puerta moderna, de fábrica lujosa», greco-romana y de gusto dórico, de frontón circular partido y ático, — labrada se halla en mármol negro; pero no fijarás en ella la atención, . á pesar de su relativa belleza ni de su lujo, ni de la imagen de la Virgen, tallada en mármol blanco, pues el ábside pentagonal del templo te suspenderá con justicia, advirtiendo en las capillas del mismo las tapiadas fenestras de dobles archivoltas y de elegante traza que, guardando algunas de ellas los recuerdos de anteriores tiempos, corresponden sin embargo á los mismos en que fué erigida la imafronte (2). Lenta debió de ser y fué osten-
(1) Véase la indicada Memoria del Sr. Laredo, págs. 34 á 47 y 6o á 68.
(2) Haciendo referencia en especial á la segunda de las capillas absidales, que resulta de planta cuadrada, y reparando en que «su fábrica es de sillarejo», que sus ventanas son «de medio punto, con un mainel y un círculo superior», que son pesadas sus líneas, que es su « composición sumamente achaparrada», y otras cir-
CASTRO-URDI'ALES. — Conjunto del ábside y dr la Iglesia parroquial
DE Santa María
siblemente la edificación del templo, consagrado á Nuestra Señora de la Anunciación; comenzada en los días del insigne conquistador de Córdoba y Sevilla, «años no pocos y generaciones pasaron», según observa discretamente un escritor montañés, hasta que halló término y remate en la XV. ^ centuria, por lo que aparecen allí confundidos y mezclados «los muros viejos, modernos y restaurados», que «se atropellan y amontonan como en fortaleza batida y desmantelada por enemiga batería» (i).
Y si sorprendente es en su exterior aquella fábrica, verdaderamente suntuosa, — no lo es menos, cuando trasponiendo la moderna entrada, dedicada por «la misma iglesia á los evangélicos vencedores que, partiendo de su modesto coro, subieron á las más altas sillas de la eclesiástica jerarquía» , — se desarrolla entera en toda su magnificencia la iglesia, con sus tres esbeltas naves, su giróla, sus capillas y su grandioso aspecto, que conmueve, dando motivo á invencible extrañeza algunos de sus miembros. — De planta de cruz latina, mide 3 1"" 90 de longitud total, por 1 8"" 10 que se cuenta en la latitud por una parte, «en tanto que por otra no tiene más que 17"" 40»; y en el primero de ambos sentidos, se compone de cinco bóvedas ó tramos hasta el ábside, mientras que se reparten la latitud máxima indicada las tres naves, correspondiendo 7"" 70 á la central y 5"'5o á cada una de las laterales. Bóvedas de cruzados nervios, levántanse con diferente altura en cada una de las naves; y girando las menores en torno de la Capilla Mayor ^ que se alza airosa y gallarda, origen dan en el ábside á otras cinco capillas, de planta diferente y todas ellas notables, denominadas de Nuestra Señora de los Dolores la más inmediata á la nave lateral del Evangelio, del Sa-
cunstancias, — el Sr. Laredo cree que tales circunstancias «dan fundamento á conjeturar que su construcción (la de la capilla) se efectuó muy al principio del siglo XII, pues— dice con error, — impera en todas sus partes un sabor bien definido del arte latino-bizantino» (págs. 527 5 3 de la cit Memoria).
(i) Escalante, Costas y Montañas., $2 y 59; los lectores que desearen
mayor ilustración en orden al ábside y sus capillas, deben consultar al propósito la Memoria del Sr. Laredo, ya citada.
CASTRO-URDI ALES.— Obras de restauración en una de las capillas absidales DE LA Iglesia de Santa María
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grado corazón de Jesús la seguncia, del Santísimo Cristo de la Agonía ó de la Aparicióíi la tercera, que contiene la imagen del Redentor del mundo en un cuadro al óleo de tamaño natural y de mérito, la del Santísimo Cristo de los Remedios la cuarta, y por último la de Santa Catalina^ hoy restaurada por el señor Laredo, y que si al exterior ha recobrado gran parte de su antiguo aspecto, no tardará en recobrarlo al interior en breve.
Distribúyese la altura de la nave central en tres cuerpos diferentes; y mientras que coincidiendo con su planta pentagonal, cinco agudos arcos dan gran transparencia á la Capilla Mayor ^ ocupando la luz del central el retablo, donde es venerada la imagen de Nuestra Señora, — sobre resaltada imposta moldurada, álzase el segundo cuerpo ó triforio^ con otros cinco arcos ojivos, en los cuales han sido fingidas discretamente la antigua disposición y la ornamentación primitiva, compuesta de tres arquillos gemelos, soportados por columnas funiculares, laboreadas y estriadas, y de lobulados tímpanos del mejor gusto, rasgándose en el tercer cuerpo las fenestras, que han sido cuidadosa y esmeradamente reintegradas, como lo está siendo por fortuna y con gran trabajo el templo todo. Singular es el efecto que producen los arcos de refuerzo que interrumpen la nave mayor y central, y que ha hecho indispensables la mala construcción originaria de la iglesia; destinados á resistir el empuje de fuera á dentro de las naves laterales, han sido sin embargo causa para que la fábrica de la nave central, á despecho de los botareles exteriores, haya perdido su racional equilibrio, y buscado en cambio otro, merced al cual ha llegado á nuestros días, planteando difícil problema, cuya resolución arriesgada preocupa en gran manera á los restauradores; pero de cualquier modo que sea, la Iglesia parroquial de Castro-Urdiales resulta monumento de grande interés y de indiscutible importancia, revelando ser obra todo él, no ya del siglo xii, ni de la transición románico-ojival como sospecha Assas, sino del siglo xiii, del xiv y aun
CASTRO-URDIALES.— Interior de la Iglesia Parroquial de Santa María
S^A N T A N Dr E R • V 563
del XV (i), época esta última de que aparecen rasfr'os en el edificio, bien que todo él se atempera en su estriíctura al estilo ojival de que es fruto característico y notorio.
Angrelado, y no el único de los que en esta iglesia existen, — al intestar la nave de la Epístola en la giróla, é inmediato por consiguiente á la Capilla de Santa Catalina^ ábrese en el muro un arco sepulcral, con respecto al que aparece descentrada la fenestra que sobre él se rasga ; desornado aparece el lucillo, y en el fondo destacan dos lápidas cuadradas, con los relieves de los Evangelistas en los ángulos, y blasones heráldicos, ambas en caracteres alemanes de resalto, de las cuales la una en las diez líneas del epígrafe declara:
fiqxti : 3|it^c : maríhi ix% ■ be (as : mtinn B '■ ú limo ■ qitc : bÍ0S - perírnnc : qxxt fi na : R : ^mn ■ íiias : bt marp : : b^ ; mil : e : ctcL : e k : mwB '■ e : ncjxxx ■ giij^ : tatiilxna : (0 5 : sit : miiger • que : biüs : perbone : que fino II ■ xxxxx ■ bias : be manü : mx ■ be : mil : t tac ■ e
: an0s : e aqiti : ga^^ (2)
Bxx ■ fiicr : que ■ bx0S - pxl^oixt ■ que : fino
a .bias : be ^ra : b^
10 mil : t tctt • e • : anüs pater : nr
(1) Refiriéndose á esta iglesia, dice de ella discretamente el Sr. D. Agabio de Escalante en el artículo que con el título de El espolique artista publicó en el álbum De Cantabria (pág. 105), firmándolo con el pseudónimo de Arremiendos: «Vista desde la mar, encallada sobre las altas rocas de su asiento, parecen escritas para ella las palabras del texto sagrado bené fúndala est supra /irmampetratnf). «Destaca airosa sobre el azul del cielo con sus agujas, pináculos y botareles, y su graciosa torre sin chapiteles coronada de crestería: á sus pies baten con incesante rumor las olas; los duros temporales del Noroeste las levantan hasta besar sus sillares». «Obra del siglo xiii en su parte principal, adornan su fábrica labores de época más moderna, pero de gusto refinado: tiene galería ó tri/orium que corre la nave central que la viste y enriquece». «Piérdese sin embargo el efecto de perspectiva interior porque, en el promedio de sus alzados, sin duda para contrarrestar el empuje de las bóvedas, labraron unos arcos transversales suplementarios, cortando el vuelo de la primera traza y construcción». «La puerta abocinada se compone de capiteles historiados y arquivoltas ojivales».
(2) Lo señalado con puntos suspensivos estuvo pintado y no tallado, y ha desaparecido.
La segunda lápida consta de doce líneas y dice:
aqui : •■ íoi^t JxB : bc Ikb •■ mtxmB ■ ñ 10 ■ ■ mmixn ■ frs • Iub - toxthxm • c{xxm (su) !trt0S : }3xr!tr0m : qxi^ : fhtü : a m - bias : b^ - xmx^a txu ■ bx : mil : t tat ' mxos - t aqiti : gaje : xo^n 5 fxB ■ be las : tnríinas : dtxx^o ■ qiu j bios ^ p bont : ítio : btl : biclj0 : marítiT : frs : be las rüríiitas : qxtt • ñno - a : ^^bx bias be : marp : i^ra : be : iml : e aa_: e tói : a ixoB ■ e : aqbi : gaje : biegn : íxb ■ be las
10 mrtrnas : fib : bel : hxúp ' imxthx ■ fes xjite ; bÍ0S : perbüne : qxte ■ fmo : a bx : bias : be
12 setientrre : ^ra : be : mil ■• e cea - e btn : anos (i)
No resta ya otra indicación, ni en el lucillo hay ninguno de aquellos simulácros que representaban el difunto, y á las veces son obra estimable y de mérito artístico; pero en cambio, sobre el lecho, ostentábase hace más de veinte años riquísimo inapreciable monumento, colocado allí quizás desde que fué labrado: peregrina Lamida trabajada en bronce, compuesta de cuatro grandes láminas horizontales unidas entre sí, y que en tal disposición cubrían la urna sepulcral, midiendo i^'qs de longitud por o"" 80 de ancho. Grabada en ella, campea en el centro varonil figura yacente de agraciado rostro, rizada barba y larga cabellera; viste rica túnica orlada, y no menos rico manto caballeroso^ anudado al cuello, y muestra sobre el pecho cruzadas ambas manos en actitud orante, mientras calzado de puntiagudo borceguí, apoya sobre melenudo león el pie izquierdo y el derecho sobre fantástico animal de cabeza humana y velludo cuerpo de cuadrúpedo, que empuña un tronco. Destaca esta figura interesante en elegante ornacina ojival, en cuyo arco, á la una y otra
(i) Las fechas marcadas en ambos epígrafes corresponden respectivamente á los años del Señor de 1371, 1373, 1362, 13 69 y 1370-
parte, aparecen dos ángeles, fingiendo sustentar los extremos del almohadón en que descansa la descubierta cabeza de aquella principal figura, distinguiéndose sobre la clave de la referida ornacina un retablo, adornado de pináculos y de agujas vistosamente dispuestos, y cuya parte central ocupa la imagen del Padre Eterno, con un niño desnudo sobre las rodillas, figura esta última que representa el alma del difunto, como el grupo representa en su totalidad el tránsito de la misma al regazo del Creador Omnipotente; á uno y otro lado, y en ornacinas de igual arte y naturaleza, muéstranse otros dos ángeles incensando al grupo central, en tanto que en ornacinas análogas, tañen otros dos ángeles distintos instrumentos músicos: un psalterio el de la derecha, y un laúd el de la izquierda.
Constituyendo parte de la ornacina principal, — donde resalta la figura de la persona á cuya memoria está dedicado el monumento,— mírase á cada lado tres doseletes piramidales, bajo los cuales se levantan las imágenes de San Pedro, San Juan y San Andrés á la izquierda, y San Pablo, Santiago y San Matías á la derecha, haciendo por último, oficio de orla á esta decoración exuberante y armoniosa, funeraria inscripción en caracteres alemanes de resalto, interrumpida en los ángulos y en el eje longitudinal de la Lauda por el blasón «de atribución confusa», propio de la familia á que perteneció el panteón ó carnero, y por la misma decoración en la parte inferior y superior del monumento, la cual inscripción dice de esta suerte, dando principio la leyenda en el ángulo superior de la derecha del espectador:
^ aqfai
* martht * toabas * las türímas * * fin0 * ^1 * primar • bia • be • marsc0 * era • be • m mt b * anttüs * ^ aqtri * iajc * catalina * lüpxs * sír * mbgur * q * fino * a 0x^0 * bias * be * maD0 * era * be * ntj^ ate * * ann0s aqbx *iace S0S * fir0S * l0pe * ferrabes * b^a * ferrabes * biag0 * ferrabes * a qfai bÍ0s * pbe
No parece obra de artista español la Lauda^ mandada labrar para el enterramiento de la familia de Martín Fernández de las Cortinas por sus sucesores y herederos, y hay quien no sin razón sospecha que «pudiera ser obra de artista alemán ó flamenco, en cuyos países se usaban y era mayor el progreso de las artes» (i), abundando nosotros con Assas en tal idea, sobre todo si se tiene en cuenta, con el comercio que hacían á la sazón los castreños en aquellas regiones, la delicadeza y la perfección del grabado, no estando conformes las lápidas copiadas arriba y que aún subsisten en el arco sepulcral, con la duda de que el enterramiento que cubría hace veinte años esta Lauda^ correspondiese á la inscripción de la misma, duda que propone el escritor montañés, á quien han seguido cuantos han estudiado hasta ahora este interesante monumento (2), que enriquece desde 1871 las colecciones del Museo Arqueológico Nacional, donde se conserva.
(1) Escalante, Cos/as y Montañas, pág. 58. Este escritor recuerda que «el docto P. Sigüenza, historiador de San Jerónimo, atribuía á mano italiana la lauda de bronce que el caballero Fernán Rodríguez Pecha, camarero del rey don Alonso XI, muerto en 134$, tenía en la capilla de San Salvador, en la parroquia de Santiago de la ciudad de Guadalajara, según refiere el jesuíta Pecha en su historia de esta ciudad; pero el carácter de la plancha de Castro no parece de la misma escuela», como es lo cierto. En el texto de su interesante libro, hace memoria el mismo Sr. Escalante de que «adoptaron los señores castellanos estas laudas metálicas para sus sepulturas; Haro trae en su Nobiliario,— dice,— las que poseía la familia de Pacheco (marqueses de Villena), en su célebre monasterio del Parral de Segovia, fundación de Enrique IV, príncipe; describe alguno de sus dibujos, y copia sus inscripciones, y debieron ser de uso frecuente en el siglo xvi, cuando Cervantes hace decir en una de sus comedias á Pedro de Urdemalas, hablando de un alma en purgatorio :
)) Víla en una sepultura Cubierta con una plancha De bronce, que es cosa dura.»
» Poníanse,— concluye el Sr. Escalante,— sobre el pavimento de las iglesias, lo cual,— asegura, hace dudar que la plancha de Castro ocupe (i 87 i) el lugar para que fué destinada».
(2) Id., id., pág. 59. El Sr. Assas, en su monografía citada (Museo Esp. de Antigüedades, t. I, pág. 276), sospecha que en lugar de cubrir el lucillo debió servir de puerta al panteón de la familia, y que en cualquiera de las obras de reforma de esta iglesia pudo el panteón desaparecer ó ser destruido.
Ya sin duda alguna, habrás, lector, reparado en que « de la consideración social del sujeto», que, al decir del ilustrador de la Lauda^ «sería probablemente uno de tantos armadores de la villa, cuyas expediciones mercantiles se extendían hasta el peligroso Mar Báltico, y cuyas proezas belicosas ó piráticas llegaban hasta internarse en el famoso río Támesis, y apresar las naves ancladas en medio de la gran ciudad de Londres», — «dan testimonio el lugar y la forma de su sepultura», mientras le facilitan «de sus virtudes personales los símbolos agrupados á sus pies» y antes citados, como habrás fijado la atención, en que la decoración de la Latida lejos de corresponder á la época en que falleció Catalina López, mujer de Martín Fernández de las Cortinas (1373), es obra ya del siglo xv bien marcada, y tributo rendido á tal familia por sus herederos, no por los hijos de Martín y Catalina que habían fallecido ya en años anteriores al de 1 37 1 en que finó el primero, persuadiendo de ello notable circunstancia, que no tendría tampoco explicación de otra manera : la de que declarando la primera de las lápidas copiadas, que el dicho Martín falleció á 24 de Marzo de la era de 1409, la inscripción de la Lauda declara por su parte que el fallecimiento de aquel se verificó el primer dia de Marzo, olvido en que no pudieron caer los inmediatos sucesores, y en que cayeron seguramente los que en el siglo xv recogieron la herencia de la familia Fernández de las Cortinas, sin tener en cuenta lo consignado ya en el epígrafe empotrado en el fondo del carnero (i).
Separada del sepulcro de que formó parte, « y cubierta con
(i) Assas afirma hipotéticamente, y no conociendo la inscripción de las lápidas, que los tres hijos de Martín, «Lope, Juan y Diego, le servirían de poderosos auxiliares durante su vida ; y muertos él y su mujer Catalina López, continuando ellos con el mismo género de vida, pudieron fácilmente encargar y conducir por sí mismos en persona desde Flandes ó Alemania tan preciosa lauda, permitiéndoles desahogadamente la riqueza, por tales medios adquirida, pagar el no escaso coste de tan estimable objeto». Fallecido Lope en i 2 de Mayo de 1 362, Juan, que fué clérigo, en 26 de Marzo de i ^69 y Diego en 6 de Septiembre de i 370, mal pudieron «encargar y conducir por sí mismos en persona» la Lauda^ cuando además en ella aparecen sus nombres.
una espesa capa de óxido y materias terrosas » , hallábase de largo tiempo la Lauda « arrinconada, hecha cuatro pedazos » , « cuando varias personas entusiastas de Santander realizaron... notable exposición artístico-industrial de la provincia», siendo entonces «conducidos á la capital aquellos olvidados trozos, sin presumir ni remotamente su importancia.» Viólos por fortuna un artista; y «presintiendo... el mérito del grabado casi oculto por el óxido y la tierra..., hizo no pequeños gastos para limpiar el bronce ; unió las desconcertadas piezas ; y presentó por último á la admiración de los inteligentes» aquel notable monumento. « Al tenerse noticia en Castro-Urdiales del feliz hallazgo..., tornaron la vista los hijos del país hacia» la Lauda, y después de varias reclamaciones consiguieron restituirla á esta Iglesia parroquial de donde procedía; y como cundiese la noticia de su existencia, parece ser que hubo de excitar la codicia de los negociantes, quienes llegaron á hacer proposiciones al Ayuntamiento para adquirirla «con el fin de enviarla á museos extranjeros, para con aquellos fondos hacer un paseo público»; mas el gobernador de la provincia noticioso «de tales proyectos, supo oponerse á ellos, y trasladó inmediatamente el monumento á su mismo despacho oficial, donde lo entregó» en 1871 á la Comisión nombrada por el Ministerio de Fomento « para investigar, adquirir y trasladar al Museo Arqueológico Nacional objetos propios de este Establecimiento, que se hallaban esparcidos en varias provincias de España» (i).
No es ésta sin embargo, con ser de tanta importancia y de mérito tan singular como reconocido, la única joya con que contaba la suntuosa y elegante Iglesia Parroquial de Castro-Urdiales, pues prescindiendo del bien entallado busto de Jesucristo que allí se conserva, y del magnífico órgano, con otras
(i) Don Juan de Dios de la Rada y Delgado y Don Juan de Malibrán, Memoria, que presentan al Excmo. Sr. Ministro de Fomento, dando cuenta de los trabajos practicados y adquisiciones hechas para el Museo Arqueológico Nacional ( Madrid, 1871), pág. 25.
varias obras estimables, — guarda todavía alhajas de indisputable mérito, algunas de ellas tan poco conocidas, como ocurre en orden á las llamadas alhajas del violín^ por asemejarse á tal instrumento la forma de la caja que las contiene. Regalo, sin duda, de algún indiano afortunado, y producto de orfebres italianos seguramente, — dichas alhajas, labradas en oro y finamente esmaltadas, son en número de cuatro y representan al Padre Eterno^ la Purísima Concepción^ el ave Fénix y el Pelícano ; ocupa la parte superior de la caja, de medio cuerpo y de bulto, la imagen del Padre Eterno, ya mencionada, con la mano izquierda sobre el mundo, y levantada la derecha en actitud de bendecir, teniendo por bajo, con las alas desplegadas, el Espíritu Santo en figura de paloma ; en el centro, interesante y bella, más artística que la del Padre, también de bulto pero de cuerpo entero, con imperial y alta corona desproporcionada, envuelta en los pliegues del bordado manto convencionalmente dispuestos, y lujosamente ornada la túnica que viste, — levantada sobre tres alados querubines, surge la imagen de la Purísima, con las manos cruzadas en oración sobre el lado izquierdo del pecho, el semblante expresivo, y la actitud convencional para este linaje de representaciones, mientras en la parte inferior y más ancha, se muestra á la izquierda del espectador, entre amarillentas llamaradas el Ave Fénix, símbolo de la resurrección del alma, con las alas abiertas y en disposición de levantar el vuelo á las regiones celestiales, y á la derecha el Pelicano, también con las alas abiertas, pero caídas, hiriéndose en el pecho con el pico, y dando sus entrañas á sus tres hijos, que ansiosos de ellas se alimentan, como encontró la humanidad su salvación y su vida eternas, en las entrañas del Divino Salvador del mundo.
Fruto de la XVII. ^ centuria, obras parecen ya que no del mismo Cellini, de alguno de sus discípulos, sorprendiendo en ellas la riqueza, la pulcritud, la proporción, el esmero de los detalles y la finura del esmalte y del colorido, circunstancias todas
que hacen subir de punto la importancia de estas alhajas, de
que tiene en Castro-Urdiales noticia contado número de personas, y que aun haciéndose de ellas ostentación en las procesiones, por la exigüidad de su tamaño no han sido reparadas generalmente. Dignas son de figurar entre las colecciones de un Museo, ya que no se hallan destinadas al culto, y quizás con el valor que representan, podría la misma Iglesia atender á los gastos de la restauración con tanta fe como entusiasmo acometida por el arquitecto D. Eladio Laredo, á cuya galantería somos deudores del detenido reconocimiento del templo y de la contemplación de estas verdaderas maravillas del arte, hoy sobre todo tan apreciadas entre los coleccionistas y en el comercio de antigüedades.
Del siglo XV, y midiendo 37 centímetros de altura, — notable es como pieza de orfebrería el magnífico copón ó vaso sagrado, donde se guarda las hostias consagradas. Afecta la figura de un arca, cuyos lados mayores son rectos, mientras los menores forman ángulo saliente; recorrido de cresterías, — el vaso, en esta disposición, se halla cerrado por su cubierta correspon-
CASTRO-URDIALES.— Copón del siglo xv
diente, de seis cascos, ornados de crestería en los ángulos y con grabados medallones en las caras mayores, surgiendo en el centro, sobre torneada peana una cruz radiada de época posterior, y á cada extremo un ángel, con las alas plegadas y un cirio en la mano. Quiso el artista, alemán sin duda, representar con el sagrado vaso el sepulcro de N. S. Jesucristo, y urna funeraria semeja con efecto, resaltando en las caras de la misma pasajes de la Vida del Salvador del mundo, los cuales estuvieron ó debieron estar primitivamente esmaltados de negro. Por bajo de los indicados medallones y recorriendo las seis caras del arca, desenvuélvese estrecha orla, y en ella, en caracteres alemanes minúsculos é incisos, se halla la siguiente inscripción, cortada por la hechura del vaso:
= sunbü mu \\ rbcmos : pro ^nt^ ír^ || Cctsíañtóa : axxu : t ma |1 rtgit : pms • írtl tanpa leg || 0 • fisolo.,., (i) follou plateo || tBÍu obra Bt ÜBo • m \\ la era itastgmunta || ír^l sseñor mgll t ate I • 1 • ^ • iri • RXíOB =
En el nudo también exagonal, resplandece con todos sus primores el estilo ojival florido, con elegante domo ornado de pináculos, agujas, brotes, follajes é imágenes, figurando en el labrado pie, también grabadas, las imágenes de San Cristóbal, la Dolorosa y el Crucifijo.
Propia del estilo del renacimiento, y con todas las exuberancias del ojival, — rica es sobre modo la Cru2 procesional^ asimismo de plata, y en perfecto estado de conservación, bien que no íntegra por desventura, dando idea de la suntuosidad de aquel hermoso templo, y de la devoción y de la piedad de los castreños. Bien puedes, lector, formar juicio de ella por la re-
(i) Aunque perfectamente conservada la letra, no resultó, á lo menos para nosotros, legible por completo el nombre del platero, que aparece en esta disposición: lililí J acaso sea abreviatura de Johan
producción gráfica que te ofrecemos adjunta, y advertirás las delicadas cresterías que decoran como fino encaje los brazos del sagrado símbolo, los relieves representando la Pasión que la
avaloran, la elegancia de su forma general, la belleza del nudo, ornado de medallones y contrapostas, y la importancia de esta joya, que juntamente con las mencionadas, se guarda con religiosa veneración en la Sacristía de la Iglesia, al lado de otras alhajas de menor interés, como lo son unas vinajeras y un cáliz de filigrana de plata, una naveta de igual metal y del renacimiento, una Custodia del siglo XVII , de buena tradición y también
CASTRo-URDiALEs— Cruz PROCESIONAL DEL SIGLO XVI plata, un incensario de la misma materia, anudinado y del siglo xv, y otra Cruz procesional del xviii, bien labrada, aunque ya de mal gusto.
Atribúyese no sin causa á San Fernando la fundación del templo de Castro-Urdiales, como se le atribuye «la restauración y auge de las iglesias de Cantabria;» y si por aventura no fué personal ni directa la participación que en tal empresa tuvo el insigne conquistador de Sevilla, por lo menos autorizan en cier-
to modo la tradición, la época en que fueron erigidos aquellos edificios y la advocación común que ostentan, á despecho de cuanto advierten la mayoría de los escritores locales, olvidados de la influencia poderosísima que tuvo en la Montaña la tradición de tiempos anteriores, constituyendo, dentro del período ojival, variedad característica y privativa de esta región del N. de España, y que aparece por iguales causas en Asturias y en Galicia. Hoy «trabajada por la acción demoledora del tiempo,» la iglesia de Castro-Urdiales semeja «barco sorprendido por el temporal, desmantelado y pronto á sucumbir;» así «se nos presenta, al cabo de siete siglos [á contar del xiii], pidiendo reparación; reparación urgente y necesaria tratándose de un templo llamado á desaparecer, si una mano pródiga no atiende á su restablecimiento y su conservación, para que la ruina», «que desde luego podemos calificar de inminente «no le destruya,» y deje de él tan sólo el recuerdo de su hermosura, sencillez y elegancia de sus líneas» (i). Mucho pueden la fe y el entusiasmo de quien ha tomado sobre sí la grave tarea de restaurar el monumento, y lleva en él hechos prodigios verdaderamente admirables, dados los medios de que dispone y la situación dolorosísima de la fábrica; pero necesario es que á sus esfuerzos se unan los de todos los castreños, dentro y fuera de España, y conveniente sería que el Estado, si la angustiosa crisis que le combate lo consintiera, diese muestras efectivas, aunque no invasoras, de reconocer por tal medio los servicios que á la madre patria tiene prestados Castro-Urdiales.
«Como á unos cuatro metros del solar del templo, — hace observar el señor Laredo, — se encuentran las ruinas (hoy reducidas á unas simples tapias) que, á juicio del ojo observador, no iian podido ser otra cosa que una iglesia, distinguiéndose perfectamente su pequeño ábside, que es, indudablemente, de una arquitectura anterior á la de la Parroquia, » medio éste por el cual
(i) Laredo, Memoria^ cit. pág. i 2.
se demuestra que fué siempre y en toda ocasión, según costumbre añeja, lugar destinado al culto, aquel elegido en el siglo xiii para emplazar la Parroquia de Santa María^ dentro de la fortaleza que defendía la villa, aun sin saber «de qué enemigos recelaban, qué acometidas de herejes ó paganos temían los fundadores de Santa María de Castro para erigir su templo en el centro de una fortaleza, sobre un áspero escollo, cuya entrada cerraron con muro y cava» (i). «Las pocas líneas que en» aquellas ruinas «se pueden observar, recuerdan, — dice el arquitecto, — esos templos... de la dominación llamada latina.» «Siguiendo el curso de sus muros, nos encontramos con una puerta que indudablemente representa el crucero, que es de arquitectura posterior, pues en sus líneas se observa algo del gusto románicocantábrico (permítasenos la clasificación), de que encontramos tantos modelos en Asturias y Galicia.» «Parece ser que esta iglesia estuvo consagrada al Apóstol San Pedro, y que fué el primitivo templo de la villa» (2), con lo cual resulta demostrado que los fundadores del siglo xiii dieron asiento al actual «en suelo ya santificado» de antiguo, y al abrigo y amparo de la fortaleza, como la parte más noble entonces de la villa.
No habremos, lector, de invitarte á visitar, antes de salir del recinto de la Iglesia, el cementerio que se dilata por su costado septentrional: lúgubre mansión de los muertos, arrúllala la imponente música del Cantábrico, cuyas olas levantan los duros temporales del Noroeste hasta besar los sillares del templo, según expresión de un escritor montañés, y cuyo eterno batir contra la roca, hace que vibre, cual nosotros mismos lo hemos comprobado, la fábrica entera de Santa María^ infundiendo temeroso pavor en quien lo advierte. Las obras de restauración acometidas, han perturbado el religioso silencio de aquel lugar de descanso, donde esperan la hora de la resurrección eterna
(1) Escalante, Costas y Montañas, pág. 50.
(2) Laredo, Memoria, cit. págs. 15716.
tantas generaciones, cuyas cenizas recogidas en los nichos de la galería, ó depositadas en la tierra, permanecen allí olvidadas... Sólo llamará tu atención «el obelisco de un monumento erigido á la memoria del ardiente publicista Luís Artiñano por sus amigos y compatriotas», y cuya sencillez elegante forma contraste singular con el conjunto vulgarísimo de aquel triste paraje.
Recuerdo de otros tiempos, y de otras gentes, y de distinta consideración para la villa, ofrece con verdad el castillo, descompuesta construcción militar, que se alza «á unos 15 metros de la Parroquia y de las ruinas» memoradas, completando ciertamente «el bellísimo cuadro que tanto caracteriza á este pueblo, y que admiran todos los forasteros». Conduce á él una rampa, y aparece provisto de cinco torreones, cuatro de los cuales sirven «de contrafuerte á la gran bóveda que forma la vivienda» del vetusto propugnáculo, mientras avanzando el quinto «hacia tierra, forma un recinto de planta triangular, que indudablemente estuvo coronado por almenas»; parece así indicarlo «un tercer cuerpo, donde hay dos puertas, cuyos arcos son de época bien determinada, por la severidad y belleza de su línea, así como por la falta absoluta de ornamentación» en ellos, revelando en su conjunto muy diversos períodos de construcción, y presentando entre aquella serie de reformas que adulteran su fisonomía «algunos elementos pertenecientes á la misma época de la fundación de Santa María» (i). Otra rampa guía «al fantástico puente que pinta Castro en sus armas, tendido de peñón á peñón, bajo del cual se revuelcan pavorosamente las olas» (2), y que no es el único, pues aquellas dos peladas moles que azota el oleaje, fueron unidas «por medio de arcos ó puentes que conducían á un pequeño Santuario dedicado á Santa Ana».
«De aquellos, — dice el arquitecto Sr. Laredo,— aún quedan vestigios para poder estudiar su época, siendo el mayor de la
(1) Laredo, op. cit., pág. I 6.
(2) Escalante, Costcis y Montañas, pág. $9,
misma forma apuntada que la misma fortaleza é iglesia: el más pequeño es de medio punto». Fantástico es con verdad el aspecto de aquellos peñones desnudos, que han presenciado impávidos tantas glorias y tantas desventuras! Humedecidos por las aguas, sírvenlas de valladar invencible, y contra ellos vienen estrellándose unas veces furibundas, mientras se arrastran otras humildes y sosegadas, pero sombrías siempre, á sus pies de duro granito. Ellos han contemplado el nacimiento de la villa; ellos guardan sin duda el recuerdo de aquellos pobladores á quienes hubieron de suceder los que sometió más tarde Roma; ellos han presenciado la llegada de las embarcaciones tiberinas, y han sufrido, si esto es posible, la dominación de aquellas gentes que fundaron la colonia apellidada más tarde Flavióbriga^ como recogieron los asombrados gritos de los que vieron en el siglo VIII. ° perdida á España, y como dieron alientos á los que engrandecieron adelante el nombre de aquel lugar, haciéndolo cabeza de las villas del Cantábrico! El batir incesante de las olas ha conmovido al fin las entrañas de roca de uno de aquellos peñones, rajándole en sentido oblicuo, disposición en que amenaza desprenderse como pavoroso argayo la porción quebrantada, deslizándose para buscar sosiego en el fondo obscuro de las aguas.
De mucha devoción, decía en el pasado siglo el P. Henao, era la Ermita de Santa Ana^ de la cual ya nada existe que pueda contribuir al intento de señalar la época de su construcción primitiva, pues «por más estudios que se practiquen, no se encuentra un solo documento» que á ella se refiera; hoy se halla convertida en hermoso Miradero^ desde el cual se goza espectáculo incomparable y á la vez imponente y majestuoso: mírase desde allí, abrirse «la costa en seno anchuroso, cuyo centro ocupan la villa y su playa; corren al nordeste las quebrantadas tierras vizcaínas; en su obscura mole clarean la entrada de la ría de Somorrostro, las casas de Algorta que cuelgan esparcidas en la pendiente, ó se agrupan al pie del orgullo-
SO faro de la Galea, y el arenal de Plencia, somero del agua, dilatándose el promontorio hasta morir en cabo Villano, cuyo espolón de piedra, caído al mar, asoma aislado encima de las olas». «Hacia el Ocaso, se escalonan escuetos peñascos hasta los montes de Laredo y de Santoña, perdidos... en la bruma de oro derramada en la atmósfera por la luz poniente del estío, y en frente duerme tendida la inmensidad del Océano, cuyo horizonte azul se confunde con el azul purísimo del cielo» (i). Espectáculo hermoso con verdad, de que no se harta el espíritu soñador, y del que distraen á ciertas horas sin embargo, «las velas que parecían esparcidas por el horizonte», y que con la marea, «se acercaban unas á otras, llegándose á la costa».
«Desde el peñón de Santa Ana se las veía desfilar, saltando sobre las olas, y arriando su aparejo, viraban para penetrar en la angosta gola que entre sí dejan los muelles de la dársena». «Y lentas y silenciosas, como animadas de oculto espíritu, acostumbrado á la obediencia y disciplina, arrimábanse las lanchas en ordenada hilera, la proa á tierra, descansando del trabajo de la mar, sobre las aguas serenadas y tranquilas del puerto». «Aprestábanse á desembarcarlos marineros: unos aferraban las velas, cargaban otros con los remos, y otros se repartían las cestas de los aparejos, los tabardos embreados, en tanto que mozos, mujeres y chicos acudían á la descarga de la marea-» ó pesca del día, cuya subasta y distribución se verifica por sencilla é interesante forma que describe pintorescamente el autor de Costas y Montañas^ donde puedes, lector, hacerte cargo de las formalidades y de los medios ingeniosos que para mayor legalidad son empleados (2). La subasta se celebra en la casa del gremio, en anchurosa sala, dividida en dos tramos, el superior de los cuales se alza sobre una tarima de madera y es el estrado, provisto de larga mesa, mientras el inferior tiene tendidos á lo largo de los muros sitiales numerados, y en el centro
(1) Escalante, Cos/as 3; Mon/añas, pág. 3 I .
(2) Pág. 63 y sigtes.
una báscula donde se hace el peso del pescado; léese en alta voz los nombres de los buques y de sus patrones, y la cifra de la carga de cada uno de ellos, y procédese por el alguacil á la subasta, voceando el precio. Delante de la mesa presidencial, «en medio de la grada», se levanta «hasta la cinta de un hombre, una urna prismática, cuya base superior» se halla partida «en divisiones convergentes é inclinadas hacia su centro»; y cuando á alguno de los concurrentes conviene el precio voceado,— como «por bajo del entarimado que cubre el suelo corren sistemas de palancas aislados, cada uno de los cuales remata por un extremo en una de las sillas arrimadas á la pared», y por el otro «va á empujar dentro de la urna un tope vertical sobre que descansa la bola numerada» correspondiente á cada sillón, — no tiene sino oprimir sencillamente su botón, para que la bola «saltando sobre la base de la mesa», ruede al centro de ella, indicando así que el individuo que ocupa el sillón correspondiente á aquel número, queda en el precio indicado en los quintales de pescado que desee.
Y pues ya conoces este procedimiento, que tantas palabras ahorra, y tantos disgustos evita, vamos á la Barrera, elegante avenida y paseo de Castro-Urdiales, no sin que antes entremos en la iglesia del Convento de Santa Clara, reedificado en el siglo XVII, pero fundado primitivamente en el primer tercio del siglo XIV, pues la licencia concedida por el papa Juan XXII, lleva la fecha de 1322. Nada tiene de notable la iglesia, que es de una sola nave como la del derruido convento de San Francisco; pero á través de las adulteraciones experimentadas, aún conserva las huellas ojivales de aquel siglo en que suenan después de la gloria inmarcesible del Salado^ las desdichas de Pedro I y el fratricidio cruento de Montiel que ensalzó al de Trastamara, y en cuyo tiempo los de Castro pagaban al rey no despreciable tributo (i).
(i) «Pagan al rey monedas é servicios quando los de la tierra; pero que quan-
CASTRO-URDIALES.— Miliario rom/ no
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Saliendo á la calle de Ardigales^ que rodea por Ocaso la villa para llevar á la que fué Ptierta de San Francisco^ y da paso á la carretera de Laredo, — y siguiendo hacia el barrio de San Nicolás, en dirección del cauce de Brazomar por la carretera de Bilbao, muéstrase ésta lindamente hermoseada por abundosa arboleda y caserío moderno, pues es allí donde va buscando desahogo y ensanche la Villa, en demanda de sus playas. Fórmase semicircular Glorieta, y en su eje, — «surcado por las lluvias, roído por el tiempo», sobre moderno pedestal se alza un fuste de asperón rojo, en cuya superficie, con las extrañas apariencias que el tiempo imprime, se distingue restos de una inscripción, ya casi ilegible, ó legible con grave dificultad y no menor trabajo. Aquel es el famoso Millar de Castro, piedra indicativa de la vía Romana que debía guiar á Flaviobriga, pasando por Otañes, donde fué hallado el monumento, y que dice en esta forma, según publican la leyenda los escritores:
ÑERO • CLAVDIVS • DIVICLAVDI- F. C^SAR. AVGGER • PONT - MAX - TRIBPOTESTATE • VIII - 5 IMP. IX. COS. IIIIA . PISORACA • M. 7 CLXXX
En una de las caras del pedestal, se lee en diez y seis líneas la declaración de que esta coluna se hallaba || en Otañes junto á su her- || -mita de la Trinidad de fines || del siglo último que la re I -cogió D. Antonio de Otañes || en aquel valle. El Ayuntamiento II de esta villa dispuso colocar- \ la aqui este año de 1826 para jj conocimiento de la antigüedad de || esta población y mayor
do el rey há guerra con los moros ó tiene alguna villa, ó castillo cercado, ó está hy por su persona, é arma flota á su costa en la marisma de Castiella ó de Gallizia, que estonce le han de servir los de la villa de Castro con una nave ó con una galea, del dia que se partiere de Castro á tres meses; é acabados los dichos tres meses que an servido, que finca el cuerpo de la galea para el rey» (Lasaga Larreta, Dos Memorias^ pág. 143).
luz II de la Historia. La inscripción || de la coluna dice asi:
II ÑERO • CLAVDIVS • DIVI • CLAVDI • F • CAE... || ...SAR • AVG • GER • PONT. MAX. TRIB • PO... || ...TESTATE- VIII. IMP • IX. eos . IIII I A PISORACA . M • CLXXX.
«Fué pues erigido á distancia de ciento ochenta millas de Pisuerga, y en el año noveno de su imperio, por el César Augusto y Pontífice Máximo Claudio Nerón Germánico, hijo del divino Claudio, después de haber ejercido ocho veces la potestad tribunicia y cuatro la consular» (i), según escribe ilustrando este monumento el escritor montañés, á quien tantas veces llevamos citado. «¿Dónde — pregunta, — estuvo el millar cuando señalaba distancia á caminantes del siglo primero de la era cristiana?» «Medía un camino que los emperadores romanos tendieron sobre la raya cántabra, como cadena destinada á ceñir y sujetar los lomos de una fiera indomable, cuyo irritado resuello amedrenta á su opresor y dueño, y cuyos extremecimientos le sobresaltan», como lo había practicado ya y lo seguía practicando con las demás regiones españolas, que hubieron de sucumbir bajo la pesadumbre de ia fuerza. «Bajaba la vía, — prosigue, — desde las márgenes del Pisuerga á las del Océano, y cerraBa por Oriente el anillo en que cogía la indomable tierra Roma, señora del mar, apostada sobre los páramos de Castilla», donde para dominar á los naturales necesitó de toda su astucia y su perfidia, «y segura de los asturianos, enervados por su codicia, despierta al golpe del legón minero.» «Subsisten, — añade, — sus hitos terminales en Castro y en Herrera; mas desaparecieron los intermedios, los que pudieran ayudarnos al cabo de siglos á plantear de nuevo el curso y desarrollo de la estratégica vía.»
( i) «Según Muratori ( Annali d'Ital.), Nerón Claudio entró á ejercer la autoridad imperial en el año 54 de J. C. : corresponde, pues, el noveno de su gobierno al 6 de nuestra era, durante el cual fué labrado el millar de Castro, que cuenta de edad,— decía en 1871 el Sr. Escalante,— mil ochocientos ocho años» (Costas y Montañas, pág. 4$, nota).
«Pocos años después, — continúa, — daban los Flavios nombre á una colonia establecida á inmediación de aquella carretera, y un siglo más tarde», á juzgar por las monedas halladas en la argamasa de ellas, «restablecía sus murallas, ó las levantaba de raíz Castro, que... no es otra que la misma Flaviobriga. » Con el miliario, descubrióse también «y en un mismo paraje, en Otañes, cerca de Castro, sobre el camino de Castilla, piedras é inscripciones; de ellas un millar labrado, en el cual no llegaron á esculpirse las acostumbradas letras, porque quizás las gentes que en la obra se ocupaban, hubieron de abandonar la tierra sin poner remate á su civilizador trabajo», ó por otra causa ni conocida ni determinada. «No lejos de aquellos sitios había sido hallada una alhaja de labor singular, un plato argentino de forma circular, esculpido en relieve, supuesto voto ó memoria de algún enfermo al manantial de aguas que le dieron medicina y remedio.» «Así lo describe en sus Memorias la Academia de la Historia: «en la parte superior se ve una ninfa que vierte de »una urna el agua que cae entre peñas.» «Un joven coge de »ella para llenar una vasija; otro le da con un vaso á un enferimo ; otro está llenando una cuba colocada en un carro de cua- »tro ruedas, á que están uncidas dos muías.» «A los dos lados »de la fuente hay dos aras en que se ofrecen libaciones y sacri- »ficios, y en el contorno la inscripción salvs vmeritana.»
«El hábil orfebre, queriendo acaso indicar la fisonomía y vejetación del terreno donde el celebrado manantial brotaba, dibujó á uno y otro lado de la personificada fuente dos troncos con hojas de castaño.» «El indicio convendría á la comarca donde sucedió el hallazgo; pero ¿cuál de los varios lugares de ella donde corren salutíferas aguas, da cabida en su etimología á la raíz umeri^ana?» — «Y ¿quién sabe si allí quedó enterrado en la confusión y sangre de militar sorpresa?» (i). Mas sea como quiera, y reconocida la filiación de todos estos monumen-
(i) Escalante, Costas y Montañas, págs. 44 á 50.
tos, no vienen sino á corroborar la demostración de que extendieron sagaces los romanos su autoridad y su influencia por estas comarcas, y que en realidad, como sospecharon ya el P. la Canal, Cean Bermúdez y Sabau, — Castro-Urdiales fué un tiempo, aún no exactamente con el emplazamiento mismo de la villa, la Colonia que quiso llamarse Flaviobriga, y cuyos vicos ó arrabales hubieron de dilatarse á raíz del agua hasta el peñón característico y eminente, donde levantaron entonces, y fueron luego en varias épocas reconstruidos, el templo y el castillo; aquél, amparado y defendido por la fortaleza de los dobles muros y las cavas que hubieron de circundar el propugnáculo, y éste por lo imponente de la fortificación misma que le dió la naturaleza ayudada del arte, no siendo por tanto de maravillar que, alcanzando estos beneficios á la que un tiempo fué cabeza de la Hermandad de las villas del Cantábrico, inspirase Castro á sus habitadores este mote significativo, que recuerdan los escritores montañeses:
«Con las peñas que tenemos / Por fundamento en la tierra, Daremos al mundo guerra» (i).
(ij AsSAS, monograf. cit., pág. 2158 del t. I del Museo Esp. de AnUoüedades.