Santander · Capítulo real 13 de 20
CAPITULO XVII
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 7 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO XVII
La romería del Carmen en Bóo. — Renedo. — Castañeda y su Colegiata. — El Valle de Toranzo : — Puente- Viesgo. — Soto : su convento de Franciscanos. — Ontaneda y Alceda. — Bejoris. — Villa-Carriedo : sus monumentos. — Selaya. — Valle de Pas.
OMiNGO era por cierto, el día en el cual, y después de recorrer la villa y hacer votos fervientes por su engrandecimiento, y por que llegue á ver realizada la generosa y nobilísima empresa de la restauración de su magnífica Iglesia Parroquial^ — tomando en CastroUrdiales el coche que hace el servicio diario entre Bilbao y San-
7^ /;
tander, volvíamos á contemplar no sin regocijo de nuevo aquella serie inacabable de pintorescos panoramas, llenos de atractivos, con que brinda á los ojos asombrados la hermosa y cuidada carretera de segundo orden que nacida en Muriedas, la patria de Pedro de Velarde, halla término en Ontón, luego de llevar más de setenta y siete kilómetros de camino. Así tornamos á distinguir los descompuestos y tapizados muros de la fortaleza llamada impropiamente Torre délos Templarios ; disi cruzamos Cerdigo é Islares, y así llegamos á salvar el ancho portillo "por donde el Agüera se arroja al Océano en la ría de Griñón, subiendo después por la vertiente oriental del monte Candína. Grupos de aldeanos, vestidos de fiesta, circulaban por la carretera, y animada se ofrecía ésta por el ir y venir de carros, y por las cuadrillas de mujeres, de agraciado rostro y gentil continente que, al abrirse á nuestras miradas el valle de Liendo, menudeaban y se hacían cada vez más frecuentes.
Laredo, Colindres, la barca de Treto, Adal, Bárcena de Cicero, Gama, Ambrosero, atrás quedaron, como quedaron Hoznayo, y Solares, y el Astillero de Guarnizo; la tarde caía ya, cuando llegábamos á Bóo, notando allí desusado movimiento, que iba aumentándose conforme avanzábamos á la estación del ferrocarril, acompañándonos, al correr de los caballos, otros muchos carruajes, y no pocos velocipedistas, quienes daban sobre sus biciclos muestras de habilidad, mezclándose con los vehículos, y como burlándose de ellos al adelantarlos en su carrera. Poco antes de cruzar la vía férrea, en la menguada plazoleta que á la izquierda aparece encajonada irregularmente entre no más regulares edificios, — la multitud abigarrada zumbaba y se rebullía como una colmena, entre músicas extrañas, gritos y bárullo, expresión natural de la alegría. Habíase celebrado la famosa romería del Carmen\^ y siguiendo tradicional y no interrumpida costumbre, en eF tren mixto, que pasa por Bóo á las 8 y 26 minutos de la mañana, «gente de todos pelajes», como di ée Pereda-, había acudido desde Santander para dirigirse luego
á Revilla de Camargo, sitio de la popular romería^ esperando allí la llegada del tren que debía conducirla á Santander de nuevo.
«La Montaña tiene casi tantas romerías como festividades, — expresa su enamorado encomiador é hijo; — el sitio más malo donde se celebra la más insignificante de las primeras, es mucho más pintoresco y más cómodo que el de la del Carmen de Revilla de Camargo, y, no obstante, ninguna se ha captado tanta popularidad ni tantas simpatías en toda la provincia»..., siendo años hace «el punto de mira de todos los hijos» de Santander, pues «los que viajaban por placer ó por negocios... hasta los marinos, arreglaban sus expediciones de manera que éstas pudieran emprenderse después del Carmen ó terminarse antes del Carmen: lo principal era encontrarse en la capital en el famoso día» (i). Desde Peña-Castillo, y cuando aún «la rectificación de la carretera de Burgos por Muriedas» no había acortado el camino, llegábase á «la famosa taberna de Gómez», luego á la Venta de Cacicedo, sobre una de cuyas verdes eminencias, resto de antiguo solar, levantaba sus amarillentos muros la Torre de Cacicedo^ de que ya no queda memoria, y que á pesar de su «fuerte corona de almenas»
(( Jamás cerró con rastrillos sus umbrales indefensos, ni con cenagosas ondas anchos fosos la ciñeron;
» Nunca dió clamor de guerra voz á sus dormidos ecos, ni sus ámbitos temblaron con los marciales aprestos,
»Ni blasón de altas hazañas, ó de victorias trofeo, ' : '
su nombre en doradas hojas guardan anales sangrientos ».
(i) Pereda, Tipos y paisajes: La romería del Carmen.
«La mano avara del hombre» apresuró su ruina, cuando era ya lo único que quedaba del antiguo palacio, y ahora,
« triste, despoblado yermo, desnuda de su corona »
muestra su frente la colina que le sirvió de asiento, y al lado de la cual discurrieron tantas veces los alegres romeros sin percatarse para nada de aquella mole desaparecida y llorada por el ilustrador de estas Costas y Montañas (i). De la Venta de Cacicedo llegábase por último á Revilla de Camargo, célebre además por su Gruta, que estudió Sautuola, y de la cual hemos dado noticia ya en este libro (2); si quieres, lector, formar juicio de lo que es esta romería, abre cualquiera de los libros de Pereda, y allí la encontrarás descripta, y bien que ha variado algún tanto, según aseguran, con el transcurso de los tiempos, — de ella, dirigiéndose á sus lectores decía el insigne montañés citado: «Imagínense ustedes todos los colores conocidos en la química; y todos los instrumentos músicos portátiles asequibles á toda clase de aficionados y ciegos de profesión ; y todos los sonidos que pueden aturdir al humano oído ; y todos los oloreá de fig()7z que pueden aspirarse sin llorar... y llorando; y todos los brincos y contracciones de que es susceptible la musculatura del hombre; y todos los caracteres que caben en una chispa; y todas las chispas que caben en una agrupación de quince mil personas de ambos sexos y de todas edades y condiciones, de quince mil personas entregadas á una alegría frenética, y dispuestas á gozar con toda libertad, según el carácter y el temperamento de cada una de ellas; imagínense ustedes estas pequeñeces, más algunos centenares de escuálidas caballerías, de parejas de bueyes, de carros del país y coches de varias formas; imagínense, repito.
(1) Escalante, La torre de Cacicedo^ cerca de Santander, sentido romance inserto en el t. de 18^7 del Semanario Pint. Esp. (pág. 222 á 224) y dedicado al Sr. D. Manuel de Assas.
(2) Páginas 93 y 94.
toáo esto, revuélvanlo á su antojo, bátanlo, agítenlo y sacúdanlo á placer, viertan enseguida á la volea el potaje que resulte sobre una pradera extensísima interrumpida á trechos por peñascos y bardales, y tendrán una ligera idea de la romería del Carmen en la época á que me refiero» (i).
Romeros y romeras, unos y otras llevando pendientes del cuello sendos escapularios; enarbolando ramas de cajigas; con pañuelos llenos de perdones y de cuantas chucherías ofrecen los puestos de la fiesta; alegres con el vino, con el movimiento, con la agitación del día entero, y más que todo con la exuberancia de vida que es propia de la juventud, — invadían en compacta y rebullente masa el andén de la mísera estación, entonando al propio tiempo cantares diferentes y monótonos, con la especial canturia acompasada de que tanto gustan los montañeses, y que repetían en coro los circunstantes. Poco tardó en llegar el tren, resbalando con estridente rumor sobre la vía, y poco también aquella multitud inquieta y regocijada en instalarse en los vagones, y en entonar de nuevo el coro de sus cánticos, al arrancar despaciosamente la locomotora; las seis y pocos minutos más eran, cuando á su vez se detuvo allí el tren mixto que aguardábamos en el ya solitario andén, y que momentos después nos dejaba en la estación de Renedo, pequeño lugar del ayuntamiento de Piélagos, con sus cuatro barrios de Rucabado, el Campo, Surribero y las Cuartas, y su iglesia parroquial de Santa María. Noche hicimos allí, y á la mañana siguiente, en una de aquellas cestas que corren el camino al balneario de Puente-Viesgo y á los de Ontaneda y Alceda en el hermoso valle de Toranzo, emprendimos nuestra excursión, si no con todas las comodidades apetecibles, pues el coche estaba desvencijado y sucio, lo mejor posible á lo menos.
Tres kilómetros de camino llano y de nada notables accidentes, dista de allí el pueblo de Carandía; y cruzado el puente
(i) Pereda, loco cit.
colgante de hierro, que con este nombre se tiende sobre el pedregoso lecho del Pas, y cuenta con un solo tramo de 63*25 de luz, — torcimos hacia el NO., penetrando á poco en el valle de Castañeda, de muy agradable perspectiva, y compuesto de las antiguas cuadrillas^ hoy pueblos, de Cueva, Pumaluego, Villabáñez y Socobio. Levántase al Mediodía la elevada Sierra del Caballar cerrando el valle, y al Norte, con mayores relieves y más imponente aspecto, aparece la de Carceña^ corriendo entre ambas por medio de la vega, y de E. á O. el humilde río Pisueña, á la entrada de cuyo puente, y oculta bajo las frondosas ramas de un árbol, apenas, lector, si te será posible distinguir la — Cruzá^ humilladero^ allí plantada, y que habrá de excitar tu curiosidad desde luego, por ser demostración y prueba de la vitalidad lograda por la tradición en la Montaña. Sobre trapezoidal y prolongado basamento, írguese con efecto el sacrosanto emblema, de tosca hechura y brazos rectos y resistentes: pendiente de ellos, y con no menor rudeza labrada, se halla la imagen del Salvador del mundo, con tal expresión y tal acento que, prescindiendo de algunos detalles, — te juzgarás, lector, en presencia de estimable monumento escultórico, propio de aquellos días del XI. ° siglo, en que Fernando I el Magno y su esposa doña Sancha, ofrendaban en la Colegiata de San Isidoro de León hermoso ebúrneo crucifijo, que hoy admiran los entendidos entre las colecciones del Museo Arqueológico Nacional^ donde como joya se ostenta.
Ciñe las sienes del sagrado simulacro la corona de espinas; tiene la cabeza caída sobre el pecho, y la barba, tan ingenuamente señalada, que recuerda las esculturas de tales tiempos, como las recuerda el desnudo torso, en el cual, con ingenuidad no menor se marcan, fuera de su sitio, las costillas pronunciadamente; tosco cendal cubre la cintura, y prominentes y descompuestas, pero ya no en la forma consagrada por la tradición románica, las piernas encogidas se prolongan hasta la base de la cruz, donde los anchos pies se hallan sujetos, uno encima de
Otro, por resaltado clavo. La ilusión es el Crucifijo es moderno, si bien, cual comprenderás, lector, careciendo de fisonomía propia, no es dable señalar la época aproximada en que pudo ser labrado. Mayores indicios guardan para tal fin, los relieves de la base trapezoidal, donde, á los pies del madero, — contrahecha, con amplio manto que le recoge, aparece la figura de la Soledad, cruzadas las manos sobre el pecho, y sobre la túnica pendiente el rosario; en zona inferior é inmediata, otra figura, en traje de religioso, cubierta por un bonete la cabeza y manteniendo la cruz con la mano derecha, asoma medio cuerpo sobre la especie de brocal en que termina, y con la mano izquierda, ase una cuerda, cuyo funicular filamento se hace patente, y á la cual se amparan las ánimas benditas que entre llamaradas aparecen y llenan el resto del basamento.
Obra debe de ser esta cruz terminal acaso de la XVII. ^ centuria, y fruto del pobre cincel de algún artista desventurado y de poco fuste, quien no sabría quizás hacer otra cosa, si no es que se propuso á fuerza de paciencia reproducir con la mayOr fidelidad posible, bien que no sin correcciones y enmiendas, las representaciones que ostentaba entalladas la Cruz que anteriormente existió en aquel mismo paraje,
grande con verdad ; pero
Cruz terminal ó humilladero DE Castañeda
y fué, quién sabe por qué
causas y en qué ocasión, destruida; y á la verdad, que si tal se estima su intento, hay que confesar que lo cumplió á conciencia, pues en la disposición en que se muestra aquel religioso monumento, recuerda perfectamente la candorosa ingenuidad de la era románica en su mayor parte. Lindando con la orilla del rumoroso río, y en la vertiente occidental de la Sierra de Carceña mencionada, que sale desde Ríoperojal, encuéntrase tendido el pequeño pueblo de Socobio, á la izquierda del camino, y oculto por la vigorosa vegetación, que hermosea el paisaje; y no lejos del extremo denominado Cueto^ levántase, ya harto deformado, y como abrumado bajo la pesadumbre de los siglos, interesante monumento arquitectónico, allí escondido á las miradas del curioso, y el primero de su género y condición con que tropezamos en la Montaña.
Estrecha senda pedregosa de desiguales morrillos^ cerrada á la una y otra parte de espeso bardal florido de espinos y de árgomas, trepando irregularmente por la ladera, conduce en varios giros á la plazoleta, plantada de cajigas, cuyo centro ocupa la fábrica de aquella reliquia artística, y desde donde, como en tantos otros lugares de la provincia, entre las ramas del cajigal, las «cercas de seto vivo,» y las «redes de camberones,» — se distingue «en primer término, una extensa vega de praderas y maizales, surcada de regatos y senderos, aquéllos arrastrándose escondidos por las húmedas hondonadas; éstos buscando siempre lo firme en los secos altozanos.» «Por límite de la vega, de Este á Oeste, una ancha zona de oteros y sierras calvas; más allá, altos y silvosos montes con grandes manchas verdes, y sombrías barrancas; después montañas azuladas; y todavía más lejos, y allá arriba, picos y dientes plomizos recortando el fondo diáfano del horizonte» (i). Solitaria en medio de cajigales y cas-
(i) Tan notable resulta la semejanza del paisaje descripto por Pereda en el capítulo I de su hermosa novela El sabor de la Tierruca^ con el que se descubre desde la plazoleta donde alza sus ennegrecidos muros la Colegiata de Castañeda, que no hemos vacilado en reproducir las palabras del insigne novelador montañés, las cuales pintan con la apetecida exactitud el panorama.
taños, «como una oración en medio de las penas de la vida», ofrecíase la iglesia, pues iglesia era el edificio, y colegial un tiempo, y consagrada bajo la advocación de Santa Cruz; «frente á la puerta, había una pequeña escampada, desierta de árboles, pero alfombrada de tupido césped: limpia y fresca como el alma que ha descargado el peso de sus culpas.» «Los rayos de sol, oblicuos y tibios todavía, se cernían por entre las hojas de las cajigas, y pintaban el suelo con una especie de arabescos grises, cuya tonalidad parecía.... invitación al descanso» (i).
Mientras complaciente buscaba una mujer á la del sacristán, para que abriese el templo, — darnos cuenta de él procurábamos delante de su imafronte adulterada y trastrocada de tal suerte, que no se hace fácil comprender del todo la serie de obras ejecutadas allí rústicamente en aquel edificio, cuya fisonomía aparece desdibujada y como borrosa, y cuya conservación debieran procurar con mayor empeño los montañeses. En el eje longitudinal de la fábrica, ábrese en medio de excrecencias de miserable aspecto la puerta principal, toda ella deformada y descompuesta, pero guardando á pesar de tales desventuras, inalterable el sello de la edad y del arte de que es representante y fruto; de arco de medio punto, la archivolta gira con la uniformidad característica de la era románica en varios volteles concéntricos y abocelados que apoyan á cada lado sobre cuatro acodilladas columnas de fuste corto y capitel decorado de salientes vichas y sumóscapo de hojas, gastados unos y otros exornos por el lapso del tiempo y por el uso, mientras en la imposta resaltan como adorno típico labradas conchas. A la derecha se halla la pila de agua bendita, con la cruz de Santiago de relieve, y á la izquierda, ocultando parte de la decoración, una tabla pin-
(i) Aseméjase también y muy estrechamente, la disposición de las iglesias de la Montaña, coincidiendo por tanto con esta de Castañeda la de la que describe por su parte D. Demetrio Duque y Merino en el cuadro de costumbres Una romería que obtuvo el premio en los Juegos F/ora/es, celebrados en Santander el año de 1888.
SANTAN DER
tada de negro, dice en letras amarillas: Creo en Dios Padre ^ creo eii Dios Hijo, creo e7i Dios Espiritu Santo. || Amo d Dios Padre y amo á Dios Hijo^ amo á Dios Espiritu Santo. || Espero en Dios Padre^ espero en Dios hijo, espero e7i Dios Espiritu Santo. || Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal; ¿ibranos Señor de todo mal.
Dos arcos gemelos, apuntados ya y compuestos por un baquetón y su correspondiente moldura, — hacen patente á la izquierda obras posteriores á la de la imafronte, las cuales desfiguran la planta del primitivo edificio sin duda; apóyanse dichos arcos en sendas columnas, cuyos capiteles proclaman en su figura y acento la era ojival del siglo xiv, y cuyas volutas, salientes, se hallan formadas de hojas características, sustentadas por un vástago que se ata en el centro de las caras principales, ostentando el conjunto de este cuerpo ó agregado, maltratado y denegrido, las señas todas de vetustez que tanto impresionan aun á aquellos que se confiesan ajenos á este linaje de estudios arqueológicos. Semicirculares son los tres ábsides, que aparecen en pos de un cuerpo saliente de moderna estructura y que ha alterado también por su parte la planta del templo de la Santa Cruz; semicirculares y peregrinos, de grande interés por la decoración que los enriquece, resplandece en ellos con todas sus galas el estilo románico, y no bizantino, como algunos erróneamente han supuesto, — así en las impostas de ajedrezada labor, como en los ventanales, estrechos y de arco redondo, en las columnas y en los capiteles; y en los pronunciados canecillos, donde con la expresión propia de la época á la cual semejante orden de exornos corresponde, surgen representaciones de animales, hojas, vichas, y otros varios elementos decorativos, puestos á contribución con tanta frecuencia por los entalladores del siglo XII, á cuya centuria pertenece con efecto, — bien que quizás ya en sus postrimerías, — el monumento primitivo y tan sensible en su exterior desfigurado, sobre el cual se alza « la cuadrada torre del crucero, aligerada con impostas, capiteles ricos en las
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ventanas y canes de variado dibujo», dando «elegante aspecto al edificio» (i).
Abierta y franqueada la principal entrada, al paso te salen, lector, en aquel recinto que sólo reposo y conmovedora quietud respira, dos pilas para el agua bendita, ambas pequeñas y de hechura de cuenco, con una cruz incisa la del un lado, estrellas de relieve y dos caras toscamente labradas en la parte inferior, y agallonada la del otro lado, muy gastada ya, con la cruz de Santiago y apariencias de corresponder á la XIII. centuria; después, á la vaga luz que incierta y como indecisa penetra por los estrechos ventanales, alumbrando sombríamente el sagrado recinto, advertirás «pobreza como afuera»; y prescindiendo del «mal gusto propio de la rustiquez de estas gentes», — como dicen los escritores de la Montaña, — de «la Virgen con bata, lazos y papalina», de «un Santo Cristo... con zaragüelles», de «los soldados de la Pasión con botas y gregüescos», y de otras varias cosas que, cual genéricas en las humildes iglesias de la provincia, mencionan los autores en ella nacidos (2), y que no tendrás siquiera tiempo de reparar si en esta Colegiata de Castañeda existen, — tu atención entera será desde un principio cautivada por los caracteres arquitectónicos que irás notando á compás que tus ojos, llenos de la luz del sol que al aire libre derrama sus rayos de oro, se vayan acostumbrando á la misteriosa penumbra que allí reina. Descubrirás de un solo golpe de vista la iglesia toda ella, en su primitiva planta de cruz latina, como las de su tiempo, con una sola nave de mediana longitud, desornada pero interesante, dividida en tres diferentes tramos de igual anchura, y tan distinta de los demás templos visitados hasta aquí, y reputados cual románicos en Santander, en Santoña y en Laredo, que experimentarás espontáneo regocijo al encontrarte
(1) Escalante (D. Agabio\ El Espolique artista, en t\ áXhum De Cantabria, pág. 102.
(2) Pereda , E/ saibor rfe /a r/errz/ca, cap. I.
delante de aquel monumento, que no es por ventura el único
de los que dejaron para memoria suya los constructores del siglo XII.'', peroque reputad o como «obra románica de lo más acabado y exquisito», tiene sobre todos « el privilegio de conservar entera, sin adherencias nuevas, porción considerable de la fábrica primera» (I),
Mayor el tramo de los pies del
CASTAÑEDA. — Interior de la Colegiata
templo, hállase en él
establecido el coro, «un coro postizo, labrado á hachazos» según
(i) Escalante (D. Agabio), loco citato.
lo son la mayoría de los coros en las iglesias de la Montaña, con «una mala escalera para subir á él», mientras de menor longitud el segundo, fué labrado para crucero, y excita en gran manera el interés, así en su conjunto como en sus detalles, sobre todo, cuando viene acostumbrado el ánimo á edificios de vulgar extructura, ó á las gallardías ojivales, en que no se muestra parca la provincia, principalmente en las poblaciones de la costa, que obtuvieron inusitado prestigio y singular desarrollo durante los tiempos medios, y contaron con recursos propios para engrandecerse. De planta cuadrada, este segundo tramo se muestra en primer término circunscripto por dos grandes arcos torales desornados, de mucha luz, casi escarzanos, pero en realidad de medio punto, los cuales estriban sobre altas y resistentes columnas adosadas, con capiteles de vichas características, y basas compuestas de su correspondiente plinto, sobre el cual descansa el toro, ancha escocia y por último el saliente anillo; inscriptos en otros dos arcos de igual condición y naturaleza, perfora cada uno de los muros laterales otro de mucho menor cuerda, pero por igual arte dispuesto, cuyas columnas plantan en rectangulares zócalos, elevándose después sobre el paramento de los muros y por medio de pechinas ó alhorarias, formadas por tres arcos redondos y concéntricos, pero en distintos planos, la bóveda central que es esférica y de cascarón, y en la cual se abren las lucernas, en forma de cruz de cabos redondos las de la parte transversal, y sencillas y de arco redondo las laterales.
El ábside central constituye el tercer tramo,, á que da paso el arco de triunfo, y de planta semicircular, hállase en sus dos alturas recorrido por ajedrezada imposta, resaltando á la una y la otra parte, en el cuerpo ó zona inferior, dos arcadas gemelas de listeles, con periferia de pronunciadas palmetas, grandes capiteles románicos, historiados los unos, otros de pencas retorcidas y abundantes, otros de leones, y otros de aves, asidas al collarín con las garras, en actitud de espulgarse, y cuyas cabezas se juntan por bajo de las volutas, haciendo en cada fuste una cara
de resalto el oficio de cartela, al paso que la imposta, á manera de cimáceo descansa sobre el capitel, formada por característica
labor de conchas de conocida filiación románica, siendo cortos, pero gruesos los fustes por los que aparecen apeadas las arcadas. Medio ocultas por el retablo, que no es de malas líneas, aun siendo
fruto de la XVII. centuria,— descúbrese otras arcaturas en las cuales resplandecen las mismas condiciones señaladas en las anteriores, siendo de observar, no obstante, que la archivolta en ellas es ya apuntada, circunstancia que obliga á confesar que esta iglesia, como casi todas las del país, fué erigida « á retazos y por obra de misericordia», y que comenzada á labrar á fines del siglo xii, no hubo de ser terminada sino en el siglo xin, bien que atemperándose con todo escrúpulo los constructores á las tradiciones románicas, á despecho de los cuales la nueva influencia reformadora hubo indefectiblemente de dejarse sentir en ellos, de suerte que apareciendo el ábside al exterior, obra legítima románica, y siendo románicos los elementos todos que al interior se advierte, con
CASTAÑEDA.— Detalle de la Colegiata
ellos y á pesar de ellos, se impuso el nuevo estilo, que debía de gozar de gran preponderancia ya en otras regiones españolas (i).
Así como una de las arcadas del lado de la Epístola da paso desde la Capilla Mayor por la derecha á la mísera sacristía, — así en el tramo central el arco del mismo lado da ingreso á cuadrada capilla, de estructura moderna, obrada ya en el último siglo. Tiene la bóveda pintada, con los Evangelistas en las enjutas; y tapiada y sin uso, al parecer, una puerta que da al costado de la fábrica, y es de gusto conocido, con partido frontón, y una lápida de singular ortografía en cada una de las vertientes del mismo, declarando ambas en letra incisa embebida, unas veces capital y otra minúscula que : El Capellán D. Ivan de Fromen || ta Cevallo s i Billegas || hijo legitimo des te da... || ...lie á oíira y gloria de Dio... II ...s Nro. Señor ^ de sv Madre Santisima || y su milagrosa Y... II ...magen del rosari... || ...o sitta en esta Co,.. || ...legiata^ hizo fa... || ...h'icar esta Capilla || sv retablo y ca... \ ... marin á su costa || y de limosna^ año lyoó. Desfigurando por completo la primitiva planta del religioso edificio, el arco frontero en el citado cuerpo central da acceso por su parte no ya
(i) Refiriéndose á esta iglesia dice de ella con galano estilo el Sr. Escalante (D. Amos): «Su mérito está para mí en la edad, su interés en la época á que pertenece.» «Levantáronla hombres de caudal limitado, de no primorosas manos, pero empapados en tradiciones puras, arrancando á la vecina montaña el asperón jalde, blando á la labra, ligero al acarreo, al cual presta el sol meridiano ese rico cálido tinte de oro que baña las almenas y escudos de nuestros solares.» «Su estilo nacía apenas recobrado el universo cristiano del terror de las profecías milenarias: el mundo entraba en su undécimo centenar sin perturbación, sin accidente que á la temerosa espectatiya de su fin respondiese...» «Los artífices de Castañeda no dieron campo á su fantasía,— añade; — emplearon su estilo con la austera sencillez de sus elementos primitivos; corrieron sus bóvedas de cañón á lo largo de las naves, las partieron con arcos de medio punto, y sobre los cuatro torales del crucero trazaron un tosco arquitrabe anular, cubriéndole de un cascarón esférico, sirviéndose para pasar de la planta rectangular al círculo, de aquellas bovedillas de arquivoltas salientes, concéntricas y á descubierto, rudimento y generación primera de la elegante pechina de Bizancio ; pegaron las columnas á los hastiales, coronaron sus fustes con un esbozo de hojas griegas, y sellaron la obra, bordando su coronamiento exterior con cordón de labrados canecillos, y partiendo la seca alzada del ábside con imposta de escaques, y cintas que rodea y dibuja el marco de sus angostas luceras» Costas y Montañas, págs. 401 y 403).
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al brazo del crucero, sino á otra capilla absidal, que da origen á una nave paralela á la primitiva, la cual se dilata hasta medir la longitud total de la iglesia en la imafronte; obscura y falta de luz, hállase en grande abandono, y <á lo largo de sus muros, se dibujan confusamente nichos anónimos, ataúdes gigantes de piedra labrados de misteriosas cifras y señales, digno encierro de heroicos despojos», cuyas «leyendas no son para interpretadas
CASTAÑEDA.— Estatua yacente del abad Munio, en la Colegiata
de buenas á primeras» (i), y entre aquellos, en el suelo se mira la tumbada cubierta de un sepulcro, donde en letras alemanas de relieve, ya harto gastadas, se lee:
aqtó : m^t : i^om : uxxvlcu : kstütóü : qto : finó
m:ü: mtn : ír^ K^mia :txR: mil : t ttc : z f moB {1302 de j. o
En el suelo también, y cubriendo sin duda todavía el lugar . donde reposan sus cenizas, — al lado de la pequeña puerta practicada en el muro de la Epístola á los pies de la nave primitiva del templo, hállase otra cubierta de sepultura; en ella, vistiendo
(i) Escalante (D. Agabio), loco cit.
SANTA N i) E R 6oi
traje talar que le diputa de varón eclesiástico, y envuelto en los pliegues de amplio manto que recoge y levanta con la mano derecha, — destaca el bulto yacente de un personaje, barbado, de luenga melena que baja á caerle sobre los hombros, y cuya cabeza descansa sobre toscos almohadones, mientras apoya los pies en la deformada figura de un perro, símbolo déla fidelidad, y ostenta sobre el hombro izquierdo el distintivo de la Cinta. Escultura parece por su aspecto casi contemporánea de la Colegiata, si hubiera sido entonces costumbre semejante orden de representaciones sepulcrales; pero en el machón del arco, inciso y algún tanto trabajoso de leer, se muestra en seis líneas irregulares el siguiente epígrafe, haciendo constar en caracteres ale- . manes como los de la anterior leyenda, que
aqtrx : mit : mtrn --
• mü : bií liles : ablj --
• ai : que : fue : ír^ t -- ...asíamba;: aq" - ^xco)%
pxhom : ^it la : ^ra
tit ■ mil : e tcc : kfaiin anos (1331 de j. o d).
(i) AssAS, que parece ser el autor del artículo Castañeda en el Diccionario geográ/ico-estadistico-htstórico publicado bajo el nombre de Madoz, tanto en él, como en el artículo consagrado á la misma Colegiata en el Semanario Pintoresco Español^ tomo de 1857, pág. I 37, copia esta inscripción de muy diferente modo que nosotros, diciendo en el primero: Aquí yace Munio Gonzalo, abad que fué de Castañeda, II (que Dios perdone). \\ Año de la era de MCCCLXVIIII, y en el segundo: Aquiyace Munio González, abad que fué de Castañeda, que Dios perdone. Año de la era de MCCCLXVIIII. Por su parte el Sr. Escalante escribe, después de describir el bulto yacente: Quién es? ¿Las letras abiertas en la pared inmediata, se refieren á éste ó á otro muerto?» «Ciega piqueta las tocó en mal hora, y con idea al parecer de ponerlas todas uniformes y simétricas, alteró los caracteres y mató su sentido )). « Lo que de la inscripción sobrevive, — añade, — dijo así á mis ojos: aquí iace
MUÑO González de Castañeda que Dios perdone. — En la era de M e
CCCLXVIllI AÑOS». « Queda sin leer el apellido que sigue al patronímico. — { Será de Lara?f> «Esta casa tuvo señorío de añejo tiempo en estos parajes». «Y otra palabra, que probablemente indica la dignidad del sepultado, y acaso dice: a¿?a¿¿ » {Costas y Montarías, pág. 400). Ya decimos en el texto que el epígrafe es trabajoso de leer, no por la vulgar corriente forma de los signos, ni de la «ciega piqueta», de que no hemos hallado señales, sino por la obscuridad que allí reina, y la necesidad de valerse de un cabo de vela que, como de cera, es de luz indecisa y de es-
Frente al sepulcro del Abad Munneo, hácese posterior rectangular agregado por la izquierda del templo, al cual corresponden los dos arcos del siglo xiv mencionados en la imafronte, quedando por tal y allegadizo cuerpo, más desfigurada aún la primitiva planta de la iglesia, la cual hubo de experimentar singulares reformas seguramente en la misma centuria en que rigió la Abadía aquel varón Munneo ó Munio de Alés, cuyos restos mortales yacen allí bajo el húmedo pavimento, así con la prolongación del brazo del crucero, como con la edificación de esta última capilla, severa en su decoración, desornada y triste, bien que más clara que el resto del edificio. Fué éste fundación de «los moradores del valle, según parece probado en un pleito que aquella jurisdicción sostuvo contra el conde de Castañeda», al intentar hacerla aneja y dependiente de la Colegial de Aguilar de Campóo (i), y aunque ya en 1073 aparece en el Libro de
casa intensidad; no es de extrañar por tanto, que Assas entendiera Gonzalo y González últimamente, donde dice de Alés con claridad; que tanto este escritor como Escalante leyesen que Dios perdone, donde dice sincopado á quien Dios perdone, que es más gramatical y más propio, y que el primero invirtiese la redacción de la leyenda como lo hace; pero sí que al entendido autor de Costas y Montañas se le ocultase la palabra ^¿'¿•a/, comenzada en la segunda línea ¿'d^' y terminada en la tercera fat), dando origen á los supuestos de que quedara sin leer «el apellido que sigue al patronímico», y de que acaso fuera el de Lara, el nombre que dejó de leer el Sr. Escalante. En cierta Memoria manuscrita, dirigida desde Santander por el entendido arquitecto D. Antonio de Zabaleta en 1 6 de Febrero de i 845 á la Comisión Central de Monumentos, y relativa á la Colegiata de Saníillana, se hace mención de esta de Castañeda, diciendo el Sr. Zabaleta en orden al monumento del Abad y al epígrafe: «Al pie de uno de los pilares hay una estatua de mármol negro como de ocho pies de larga, echada sobre un zócalo como de un pie de alto, con un perro á los pies, y en el mismo pilar hay una inscripción muy derruida que, según pude entender, me parece dice que están allí los restos mortales del Abad Munio González que finó en la Era de i 200 y tantos; no pude entender más». (Arch. de la Real Acad. de Bellas Artes de San Fernando, Santander leg. n.° 52). Por su parte el Sr. D. Agabio de Escalante, haciendo referencia en el mencionado artículo á las lápidas sepulcrales, de no llana inteligencia, expresa: «la de más apariencia han leído varios eruditos como sigue: Aquí yace MuJtio González... de Castañeda, que Dios perdone: en la era de ij6g, otros leyeron, después del patronímico, la palabra abad». «No olvidaré,— añade,— los cirios que gastamos mi capellán y yo queriendo leer los demás; gracias que andaban abundantes por los rincones del templo y sin dueño aparente».
(i) AssAS, art. cit. del Seman. Pint. Esp., tomo de 1857; Madoz, Dicción, s^eoorá/., t. VI, pág. 81.
Regla de Santillana firmando una escritura como testigo cierto Juan, que se titulaba Abad de Castañeda (i), no se remonta á aquel siglo la fábrica actual ni mucho menos, según persuaden sus caracteres arquitectónicos; patronos de ella se decían «los condes de Castañeda, marqueses de Aguilar [de Campóo], de la poderosa casa de los Manriques de Lara» (2), «y en uso de tal posesión, don Juan Fernández Manrique, marqués de Aguilar y conde de Castañeda, embajador de Carlos I en Roma, consiguió del papa Paulo III que se suprimiera la colegial, anejándola el año de 1541, con las de Escalada y San Martín de Elines, á la colegial de Aguilar, villa predilecta del magnate» (3).
Impresionados con la memoria de aquel sombrío, austero é interesante monumento, perdido en la Montaña como tantos otros que no nos será dado visitar no obtante, y con el cual puede enorgullecerse aquella, á pesar de las adulteraciones experimentadas por él con el transcurso de los tiempos, — tomamos de nuevo la carretera, donde, á la sombra de los copudos árboles, y bajo rústica, humilde y abovedada capilla, abierta y solitaria á orillas de la cuneta del camino, salíanos al paso otra Cruz terminal, más pequeña que la de Castañeda, aunque su semejante, pero ya destrozada é informe, penetrando en el hermoso y pin-
(i) Citada por Escalante (D. Amos) en la nota primera de la pág. 404 de Costas y Montañas.
(2} Escalante les llama con el P. Nitro. Flórez fundadores^ aña.áiv.ndo: «fundadores de la colegial, que la iglesia existía un siglo acaso antes de que el linaje de Manrique se ilustrara y hacendase en Castilla», pues como expresa por nota, «Manriques y Guzmanes, según los genealogistas, proceden de estirpe implantada en España por aventureros venidos en el siglo xi de allende el Pirineo á guerrear en nuestras comarcas» (pág. 404 de su ya cit. libro). Olvidando que en páginas anteriores estimaba el templo como labrado «cuando el mundo entraba en su undécimo centenar», resulta que aquí le atribuye dubitativamente al siglo x, siendo como es, en su parte primitiva, de fines del siglo xii. Está Colegiata tuvo un abad y seis canónigos, y aunque en varias ocasiones reclamó contra el conde, al fin «se estableció el sistema que actualmente rige, reducido á cinco beneficiados para toda la jurisdicción, iguales entre sí en cargos y preeminencias y sin superioridad ninguna, y debiendo residir y asistir uno al pueblo de Socobio, otro al de Villabáñez, dos al de Pumaluengo, y el otro al de Cueva » (Assas, art. citado).
(3) Escalante (D. Amós), loco laudato, tomándolo de Flórcz, Esp. Sagrada, t. XXVII, cap. I, en que trata de la Colegiata de Aguilar de Campóo, pág. 2.
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toresco Valle de Toranzo desde el empalme de Vargas, — pueblo de recuerdos prósperos para la milicia de Santander en la
vacas, y suenan sus esquilas al compás lento con que pacen golosas la grama», allí jugosa y abundante; y traspuesta «una primera garganta, cuya formación y naturaleza, así como la de las
SANTA i\DER
rocas grises que encauzan el río», — el famoso río Pas, que también, según el P. Mtro. FIórez se llamó Renuela (i), como se dijo Rionela y Rionella en escrituras de los siglos xiv y xv, acaso por denominarse Sierra de Nela una de las que circunscriben el Valle, y linda ya con la provincia de Burgos, — «prometen hervideros termales; y efectivamente, á una revuelta del camino aparece Viesgo, su puente todo ojos», sólido y de un arco, con dos óvalos á derecha é izquierda para dar salida á las aguas en tiempo de avenidas, «su iglesia maltratada y pobre, los baños sobre el Pas, y el caserío amontonado en la avenida del puente, ó asomando al camino á beber la constante polvareda que mantienen en alto volando llantas y herraduras» (2).
La carretera, abriéndose paso por entre los edificios del pueblo, y dejando á su izquierda el puente y el moderno balneario, tan incoloro como las medicinales aguas, — «sube siempre faldeando la montaña, opuesto al río, que baja» y se desliza silencioso por su anchuroso cauce, erizado de rocas desgastadas. «Por su ladera el uno, por su pedregal el otro, porfiando á quién hace más recodos ó da más vueltas, se acercan y se separan sin atravesarse nunca». «El río, venido de las nubes para tornar á ellas, pasa la vida mirando al cielo, siendo espejo fiel de sus mudanzas, gozando de la poesía de la creación, y es poeta, canta y llora, consuela sedientos, lava miserias, fecunda arideces; el camino va pegado á la tierra sin erguirse jamás, falto de voz, de acción y abrumado del peso de tanta picardía humana como le trilla y le pasea»... «Comienza á ensanchar el valle; en la otra orilla un nido de nogales encima del lecho de las aguas, es Co-
(1) España Sagrada, t. XXIV, pág. 45.
(2) Escalante, Costas y Montañas, pág. 412. Las aguas minerales de PuenteViesgo, nacen al pie del estribo derecho del puente; son clorurado sódicas, bicarbonatadas, cálcico-magnésicas nitrogenadas, incoloras, inodoras y sin sabor apreciable en el momento de la emergencia, y tan templadas, que sólo alcanzan 35° centígrados de temperatura, empleándose en los reumatismos, afecciones nerviosas, desarreglo de las funciones gástricas, infartos crónicos de la matriz, catarros vesicales, y cólicos nefríticos y biliosos.
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rrobárceno». «Luego pasa el viajero por Aes», cerca de dos kilómetros de Puente- Viesgo, y á poco más de uno, se abre en Puente del Soto el camino, que es la carretera de segundo orden de Burgos á Peña-Castillo, cruzando el río por cuidado puente
Convento del Soto en el valle de Toranzo
de piedra, y tomando la carretera de tercer orden del Convento del Soto á Selaya.
«Enfrente, pasado el río, una torre robusta, cuadrada, dentro de un cerco de almenas, señala el lugar de Penilla, torre de los Bustillos, que en vez de apoyarse en el monte, parece que el monte se apoya en ella; tal es su fortaleza». «Más allá, se espacia una tendida vega», á medio kilómetro del Puente, y aparece el Soto, en cuya plaza, y «arrimado á un bosquecillo de alisos», levanta erguido su octogonal y elegante campanario el notable convento de franciscanos de aquel título; plantado sobre
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771 / í'-y^
Torre del convento del Soto en el valle de Toranzo
grande y cuadrada torre del siglo XVI, que da entrada á la iglesia, — el c am p a nario, con sus dos cuerpos de rasgados ventanales, y sus columnas adosadas en toda la altura de los ángulos, ofrece
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S A N T A N D E R
el simpático aspecto de las construcciones ojivales, por más que sea obra de transición, y de la centuria que engrandecen las gloriosas figuras de Carlos V y de Felipe II (i). Dentro del árco, adintelada puerta del siglo xvii da acceso al templo, que es severo y de una sola nave, con tres capillas amplias á cada lado; agallonada pila, con orla de enlazadas cintas, recuerda á la entrada en el lado del Evangelio las tradiciones artísticas del siglo XV, mientras la del lado opuesto carece de expresión, y aunque en las bóvedas de las capillas se cruzan los nervios que las forman, todo ello revela la época de Felipe IV y de su hijo el desventurado Carlos II, acreditándolo así, no sólo el letrero pintado en la bóveda de la capilla mayor, donde se lee= Año i 687, = sino las memorias sepulcrales que aún subsisten en la segunda capilla del Evangelio y en la tercera de la Epístola (2).
(1) «La graciosa torre del convento del Soto,— dice bajo el mote de Arremiendos D. Agabio de Escalante,— llamará la atención del artista y aficionado por su traza original, tan distinta de la general dominante en este país.» «Las ligeras columnas que en el cuerpo superior, flanquean los lados, su planta poligonal, recuerdan obras del renacimiento, tan escasas en la Montaña» (Art. cit. del álbum De Cantabria).
(2) En la primera de las indicadas capillas, y en el fondo del arco sepulcral, que es de frontón partido, — declara con eíecto una lápida en ocho líneas de caracteres latinos incisos:
ESTA CAPILLA FVNDARON EL BEN E... ...RAELE SEÑOR DLO DON LOPE DE BVSTAMANTE
BVSTILLO Y DOÑA CHRISTINA RAMIRES MEDINI... ...LLA SV MVGER DEJARON POR SV PRIMER PATR... 5 ...ON DE ELLA A DON P° DE BVSTAMANTE BVSTILLO SV SOBRINO DOTARONLA EN 60 DVCADOS CA DA AÑO A HORA Y GLORIA DE DIOS Y DE SV MA... 8 ...DRE SANTISIMA ACABOSE AÑO DE l6^4
La lápida de la otra capilla, dice en nueve líneas de iguales condiciones:
ESTA CAPILLA MANDARON HAZ... ...ER DON P° DE QVEVEDO ZEBALLOS
Y DOÑA JOPHA DE ZEBALLOS COS
Y COSIO SV MVGER A HONRA 5 Y GLORIA DE DIOS Y DEL APOS
...TOL SA P.° Y LA DOTARON EN
40 DYCADOS CADA AÑO Y ENTRE... ...GARON EN ZENSOS LA CANTIDAD AÑO DE I 682
«Una inscripción, — dice el autor de Costas y Montañas^ — había en el convento, según autor del siglo pasado (i), que refería cómo en días de don Alfonso el Católico (739-757), yerno y sucesor del gran Pelayo, tras el breve reinado de Favila, una imagen de la Virgen se apareció en estos sitios á Ovechio ú Oveco, capitán de los cántabros, el cual, en memoria del suceso, fundó un hospital en los mismos lugares;» pero nada de esto queda, como nada hay que pueda autorizar la piadosa tradición; en cambio consta que «en el siglo xvi, la orden dominica, tomando por su cuenta el abandonado territorio de la montaña, intentó varias fundaciones, y una de ellas en este ya santificado sitio, según refiere su historiador F. Juan López, obispo de Monópoli (2); mas no llegó por entonces á realizarse el pensamiento». «Luego se establecieron los franciscos con devoción general de la comarca, que aún acude á celebrar en la iglesia y su espacioso atrio el célebre jubileo anual de la Porciúncula» (3).
La tarde caía ya, apacible, y en la imposibilidad de seguir adelante, — deshaciendo parte del camino, tornábamos de nuevo á cruzar el rumoroso Fas por el puente del Soto, y continuando por la carretera de Burgos, para pasar la noche en Ontaneda, desfilaron delante de nosotros Corvera, donde según el libro de las Behetrías «estaba el cillero del Rey, esto es, la casa ó aposento en que se recogía y guardaba la cilla, tributo diezmal que pagaban en grano los pueblos»; Cillero y Frases, barriadas «señaladas por dos santuarios»; Borleña, cuyas «lustrosas paseras brindaban en otro tiempo á cruzar el río, y descansar á la sombra de un fresco alisal que el Fas ha devorado;» Villegar, que, semejante á «un atezado hijo del Mediodía, se recuesta al sol, despojado de árboles, rico de praderas y maíces, que extiende
(1) «Duque, España, restaurada.— Obra citada en la Historia de la Bien A-parecida» (Nota del Sr. Escalante).
(2) «Historia general de la orden de Santo Domingo, 4.^ parte, lib, III, cap. $ "^w. (Nota del Sr. Escalante).
(3) Escalante, Costas y Montañas^ pág. 42 i y 422.
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y encumbra hasta el monte, como un mercader oriental, que hace muestra ostentosa de sus matizadas alfombras y perfumadas telas;» San Vicente, «lugar más considerable, dominado por la torre polígona de su iglesia, alegrado por blancas quintas con ventanaje verde, verjas y jardines,» y por último Ontaneda, «donde vuelven á acercarse las cordilleras, anunciando las gargantas postreras, límite de los páramos castellanos» (i). Mientras el carruaje se detenía en el Gran Hotel de Ontaneda, que así se intitula, edificio todo apariencias, con el aparato y la ostentación exteriores propios de este género de construcciones híbridas y no del mejor gusto, donde la humanidad doliente si no encuentra alivio á sus males, lo cual no es extraño, por lo menos halla mal herida la bolsa; y mientras nos daban aposento bien poco en harmonía con el boato de la fachada, por lo que hace al mobiliario, — el sol, tras del cercano monte frontero, tapizado de hermosa verdura, habíase ya ocultado, y á poco la avisadora campanilla daba los tres repiques de rigor, llamando á la mesa á los habitadores de aquel doliente falansterio.
■ No te importan nada, lector, por curioso que seas, ni el aspecto del gran comedor, situado á la izquierda de la escalera en el piso bajo; ni el adorno de la larga y tendida mesa; ni los jarrones de imitado Sévres y falso Sajonia, llenos de flores, que, sobre el blanco mantel lucían sus formas ; ni el servicio de Triana con las iniciales enlazadas del Hotel; ni el camarero de frac y corbata blanca, rígido como un muñeco de resorte, con sus clásicas patillas y su lustroso y peinado cabello; ni el viejo enclenque, con el rostro encendido, que enfrente de ti se sienta y te examina cómo bicho raro; ni la damisela almibarada, que luce todas sus joyas y atavíos en aquella hora solemne, y que cuchichea y ríe con el mozalbete de al lado, haciendo dengues, fingiéndose interesante, y ocultando quizás bajo aquel atavío de juventud y de frescura apetitosas, quién sabe qué alifafes y qué má-
(i) Escalante, op. cit. pág. 422 á 437.
culas... Nada de esto te importa, y puedes suponerlo, pues es cuadro que habrás presen ciado muchas veces en establecimientos de igual índole, donde todo el mundo se da tono, y más en el Gran Hotel ^ en el que no se hospeda sino gente comme ü faut, por lo mismo que es de buen gusto y muy chic^ si así se sigue diciendo, el darse aires de príncipes, donde nadie nos conoce; y como' tampoco te importa el saber de qué modo pasamos la noche, y si hicimos ó
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no muchos escrúpulos al introducir nuestra humanidad entre sábanas de cuya sanidad no podemos salir del todo garantes, — en tanto que nos supones dando reposo á los miembros ya bien zarandeados por los caminos de la Montaña, que al fin, por ofrecer todos panoramas asemejables, llegan á fatigar algún tanto á quien no sea montañés de pura raza, — consulta cualquier indicador de aguas medicinales, y en él leerás la historia y las indicaciones terapéuticas de este afamado balneario.
El te dirá, que por sus aguas sulfurosas, «tiene hoy nombre y fama Toranzo, fuera de sus asperezas, más que por ningún otro accidente de su hermosura ó recuerdo de un pasado»; que «el erudito y concienzudo hidrólogo doctor Ruiz de Salazar, nos describe en su excelente monografía, las medallas y monedas romanas con los bustos de Tiberio, Nerón, Vespasiano y Constantino, halladas en las primeras capas de grijo ó cascajo que constituyen el fondo del manantial» salutífero, lo cual es considerado como «feliz hecho», porque aprueba que ya los romanos bañaron sus cuerpos en tan bondadosas aguas, costumbre que — dicen no sin énfasis los montañeses, — debieron aprender de los cántabros, primitivos é indomables moradores del Valle de Toranzo » (i); que según análisis practicado por el doctor Rióz y Pedraja, «un litro de agua mineral de Ontaneda lleva en disolución:
PRINCIPIOS eNGrTmoS
Sulfhídrico o' oí 6
Acido carbónico o' 029
Sulfato cálcico i'77o
Id. potásico o'486
Id. sódico i'347
Cloruro sódico o' 980
Id. magnésico i'oSo
Carbonato cálcico o' 039
Id. magnésico 0024
Oxido férrico o' 005
Sílice o' Olí
Materia orgánica indeterminada. .
Total s'v^y »
(i) De Cantabria, pág. 261.
Te manifestará, además, que los gases espontáneamente desprendidos del manantial, conforme al análisis del doctor Ruiz de Salazar, se hallan compuestos de ázoe, ácido carbónico y gas sulfhídrico en las proporciones siguientes :
EN lOD PARTES Drt MEZCLA
Azoe ó nitrógeno 96
Acido carbónico 03
Gas sulfhídrico i
que la temperatura constante de estas aguas «calificadas de azoadas, sulfhídrico-sulfurosas termales es de 27^20 es. centígrado, ó sean 18° Fahrenheit, y su caudal permanente de 1.184 litros por minuto, ó 70,940 por hora»; que «el agua mineral, no altera sensiblemente los papeles impregnados de tinturas vegetales», aunque «si se concentra por evaporación lenta, la reacción es manifiestamente alcalina, perdiendo al mismo tiempo su sabor hepático, al que sustituye otro marcadamente salado y amargo»; que «hierve á la temperatura de 95° centígrados»; que «la densidad á la temperatura de 18° es de 1,00892» ; que «al pie del manantial», los ensayos sulfhidro-métricos demuestran que «un litro de agua mineral lleva en disolución 170 miligramos de azuíre, que corresponden á 1 1 centímetros cúbicos de hidrógeno sulfurado; que entre sus indicaciones terapéuticas se halla «el herpetismo, el linfatismo, escrofulismo», en sus diferentes causas y modalidades, «la sífilis en todos sus períodos, y los accidentes ocasionados por el uso del mercurio, arsénico, plomo y plata», el reumatismo, las afecciones de la piel, el histerismo y neurastemia (neuralgias, clorosis, cloranemia y leucocitenmia), el raquitismo, afecciones de los ojos, padecimientos propios de los órganos genitales de la mujer, esterilidad dependiente de trastornos ó lesiones, diátesis úrica, oxálica y fosfática, la gota, dispepsias, gastralgias, etc., parexia del hígado, hiperemia é in-
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fartos en esté órgano, etc., y por último las afecciones del aparato respiratorio, con otras muchas que omitimos.
Ontaneda «tiene la iglesia en bajo, para no fatigar los valetudinarios miembros de los fieles ; la botica sobre la carretera, pronta á quien necesita sus jarabes y linimientos ; esparcidas las viviendas al sol sobre la verde alfombra de la campiña ; apretada la población antigua entre la plaza y la parroquia y el palacio ; diseminada la nueva, la estacional, la nacida de las aguas á inmediación de éstas» (i), y sobre el manantial está fundado el Gran Hotel, que al decir de sus encomiadores anuncios, es «edificio sólido, espacioso, suntuoso como no hay otro»; y suponiendo por mi parte que nada de esto tampoco te interesa, porque creo que no habrás de necesitar nunca de las aguas, — complácete, lector, cuando el sol haya salido con el nuevo día, en recorrer aquel hermoso valle, que es por sí solo capaz de producir acción terapéutica superior á la del manantial, y que se prolonga hasta más allá de Alceda, lugar donde con mayor antigüedad suntuaria, si así- cabe decirlo, existe otro manantial famosísimo de aguas termales (2), pues « la vena sulfurosa mina
(1) Escalante, Op. cit., pág. 440.
(2) Las aguas termales de Alceda, son «sulfurado cálcicas, sulfhídricas con gran cantidad de ázoe y ácido carbónico, á la temperatura de 2 $° 76 constantemente, y un caudal, quizás el mayor de cuantos de su clase existen en Europa, pues su aforo da por resultado 2. =521 litros por minuto, 151.260 por hora, ó sean 3.630,240 por día» ; «el análisis hecho por diferentes químicos distinguidos, se halla representado de la manera siguiente :
Cent. cúb. Gramos á o de pr.
Azoe Ó nitrógeno . 0,0968 7,6787
Acido sulfhídrico 0,0108 6,9945
Id. carbónico 0,0699 3,5240
Bicarbonato de cal 0,0188
Id. de magnesia. . . 0,0898
Id. de hierro. . . . 0,0189
Cloruro magnésico 0,8762
Id. sódico 1,3265
Sulfato cálcico. 1,7099
Id. sódico 0,3906
Id, potásico 0,3411
Silicato sódico 0.0302
Alúmina . 0.0016
4,98 I 1 »
«Sus indicaciones generales y especiales... son el herpetismo, escrofulismo y
todas aquellas cercanías, y fluye á borbollones en una y otra parte del río». El espectáculo de la humanidad, afectada por males diferentes, y más ó menos vergonzosos, no habrá de seducirte por manera alguna; y como con nosotros has venido hasta aquí para contemplar la naturaleza, obra de Dios, y á la par las producciones del arte en el tiempo, que son obra de los hombres, inspirada por los destellos divinales, — no sentirás gran pena porque no hagamos permanencia en el balneario de Alceda, al que hacen notable sobre toda ponderación sus aguas, y por el contrario recibirás placer visitando el pequeño pueblo de Bejorís, impregnado de recuerdos gloriosos para la patria, y á donde los dolientes bañistas frecuentemente van de excursión, y vuelven no con las manos vacías.
Pequeño es el pueblo en verdad; pero grande en nombradía, á juzgar por sus casas blasonadas, donde, con «su cristiana divisa Credo in unum Deum^ » « se repite el caballeresco blasón de los Portillas,» y principalmente porque en él tuvo su solar, «entre los linajes que hacían famoso el valle deToranzo», aquel «reputado por de la primera nobleza, el de los Quevedos, que venía de los ricos hombres de Castilla, » y hubo de ser exaltado en el siglo xvii por D. Francisco de Quevedo v Villegas, gloria de las letras españolas. Ostenta por blasón esta familia, «escudo trino partido en pal: tres lises de oro en campo azul (una sobre otra) componen el primer cuartel; caldera sable en plata, el segundo; y el tercero, en campo de plata un pendón con su asta mitad blanco, mitad colorado.» «Por orla y divisa la siguiente desaforada letra:
linfatismo en sus diversas manifestaciones ; el reuma sifilítico ; las erupciones cutáneas de todas clases, y más esencialmente las de naturaleza específica ó herpética ; la sífilis secundaria y terciaria, úlceras, cancros, dolores osteocopos, etc. ; los catarros de todas las mucosas, del aparato respiratorio, digestivo y sexual de la mujer ; procesos tisiógenos incipientes, predisposición catarral ; necrosis ; dispepsias atónicas, y anemia consecutiva. »
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« Yo soy aquel que-vedó El que los moros no entrasen, Y que de aquí se tornasen, Porque así lo mandé yo (i).
Ufanábanse los Quevedos, — con tanta razón como otras familias montañesas proclamaban heroicas y aun imposibles hazañas en sus blasones, — de que sólo había sido á su valor y arrojo posible el que los musulmanes no hubieran jamás pisado el valle de Toranzo, con lo cual «eran los más hinchados de la Montaña;» é hijos de «Pedro Gómez de Quevedo el viejo, natural de Bejorís, y de María Saenz de Villegas, natural de Villasevil, del mismo valle de Toranzo,» eran «al promediar el siglo XVI, Pedro Gómez de Quevedo,» señor de la casa solariega, y su hermano Juan, quien «pagado y satisfecho con ver su nombre y armas en los recamos de los ornamentos suntuosos, ó en la multitud de vasos sagrados, lámparas y relicarios de plata que de su mano enriquecían continuamente la parroquial de Santo Tomás de Bejorís,» jamás quiso salir del lugar nativo (2).
«Amigo de las letras, y deseoso de hacerlas brillar calificando su hidalguía en el palacio imperial de Carlos V», don Pedro fué secretario de la princesa doña María, hija del César, y gobernadora del reino en ausencia de su padre; y «cuando su esposo Maximiliano se coronó emperador de Alemania,» consigo llevó al hidalgo de Bejorís la princesa, tornando él á España en 1578, donde Felipe II le honró «con la plaza de secretario de su cuarta mujer Ana de Austria, » ocasión en que hubo de conocer sin duda, y cual todo lo hace presumible, á doña María de Santibáñez, nacida en Madrid, é hija de Juan Gómez de Santibáñez Cevallos, originario de San Vicente de Toranzo,
(1) Fernández Guerra (D. A.), Vida de Don Francisco de Quevedo Villegas^ tomo XXIII, de la Bib. de Autores españoles, pág. XXXIX, nota,
(2) D. Pablo Antonio de Tarsia, Vida de don Francisco de Quevedo y Villegas^ pág. 8; Información de nobleza de don Manuel de Quevedo y Villegas, citados por el señor Fernández-Guerra en la obra mencionada.
y aposentador que había sido del palacio de la emperatriz doña Isabel, como era desde 1566 continuo en el real palacio. «De este vínculo nació en Madrid nuestro Don Francisco de Quevedo Villegas, el cual fué bautizado en la parroquia de San Ginés á 26 de Septiembre de 1580,» y por quien toma fama Bejorís, muy superior á la que pudiera proporcionarle la pomposa letra
Iglesia parroquial de Santo Tomás en el pueblo de Bejorís, solar DE D. Francisco de Quevedo
del blasón heráldico de los Quevedos. Arruinada estaba ya la solariega mansión, cuando el insigne vate, por recordar memorias de su extirpe, llegaba á este pueblo, y escribía en sus muros:
«Es mi casa solariega Más solariega que otras, Pues por no tener tejado Le da el sol á todas horas;»
y años hace, señalaban todavía el solar «cuatro arruinadas paredes vestidas de zarza y helécho sobre el áspero declive de un
prado llamado el Escajal, cuyos gallardos robles saltea el Pas
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en sus avenidas, y se los lleva de uno en uno, con la tierra donde arraigan» (i). Hoy queda como reliquia, demás de los «restos que son recogidos con entusiasmo por los admiradores del inspirado poeta,» — como dice la Guía del bañista, — la iglesia parroquial de Santo Tomás, descompuesta, adulterada por los contemporáneos del vate, con sus tres fuertes estribos en la imafronte, capaces de resistir el empuje de la montaña, su espadaña, y su ábside del siglo xv, época á que parece corresponde en su conjunto el edificio.
No lejos de este lugar y en el de Alceda, — como en tantos otros que hemos ya recorrido y hemos de recorrer aún, lector, si paciencia tienes para ello, — flanqueada de muros, írguese soberbia y ufana consigo propia, pregonando su alteza con altanero desdén, y pintando á lo vivo el carácter de la Montaña en el siglo de los linajes, que fué aquel en que mayores desdichas cayeron sobre la patria, — la enhiesta portalada de la casa solariega de los Cevallos. Conforme con el padrón general, compónese de dos cuerpos, anchos, sólidos y resistentes: el inferior ornado de pilastras, con volado cornisón, y al medio, arco grandioso de medio punto con botones en la archivolta; el superior, repartido en dos zonas, de las cuales la una, provista de aletas que rematan en grandes esferas de piedra, y de cornisón moldurado, ostenta en el centro, timbrado de un yelmo y con todo el aparato heráldico, el blasón de los Cevallos, mientras la otra se halla formada por semicircular frontón, terminado á la una y otra parte en pequeñas pirámides, y en cuyo tímpano se abre desornada ornacina, hasta donde trepan las parietarias, con una imagen de bulto, confirmando así el grito montañés, no cumplido aquí con entero rigor:
¡Alto, muy alto, el blasón; pero más alta la Cruz 1
Á la derecha del corralón á que da paso la portalada, se ha-
(i) Escalante, op. cit. pág. 443.
de mayor autoridad y altura,
ALCEDA.— Casa solariega de los Cevallos en cuya facha-
da destaca, para
que bien se vea, el mismo blasón nobiliario. Del linaje de estos Cevallos debía de ser sin duda aquella doña María que contrajo matrimonio con don Juan Gómez de Quevedo, hermano del se-
ñor de Bejorís don Pedro, y tío de don Francisco de Quevedo y Villegas.
Ya en pos de Bejorís, «el valle deja de serlo, y cuando llega á Entrambasmestas, se divide á Oriente y Mediodía en dos angostas y retorcidas cañadas que sirven de cama al Pas derramado de la sierra de su nombre, al Luena desprendido de las alturas que marcan el límite de la tierra castellana.» Por una de aquellas pintorescas hoces, ha de empalmar la carretera de tercer orden de Villasante á Entrambasmestas, hoy en construcción, y que pasando por Guzparras, La Gurueba y Candolias, llegará á la Vega de Pas con cerca de once kilómetros de desarrollo desde el punto de empalme mencionado. ¡ Qué apacible lugar aquél, donde resuena sólo el rumor indefinible del Pas que va constante hendiendo las grises rocas, puliéndolas en cariñosos y continuados besos; que agita y conmueve los escajos, los heléchos y las demás hierbas nacidas entre las piedras como para engalanar su camino, y que presta jugo á los árboles, y éstos por su parte fresca sombra á la pasiega fatigada por el peso del cuévano que descansa sobre sus fuertes costillas ! ¡Qué propiamente encajan en aquel lugar tales figuras, y qué hermosa se presenta la naturaleza allí, cuando todavía no ha logrado hacerla sierva suya la fijerza expansiva de la vida social moderna que todo lo trastrueca y mueve, con el afán de utilizarlo y de engrandecerlo para sí propia!
Hallarse en el valle de Toranzo y no visitar el de Pas, falta imperdonable sería por cierto, y de la cual no queremos, lector, hacernos á tus ojos responsables; y pues conoces ya Ontaneda, Alceda y Bejorís, este pueblo último principalmente, porque á él vive unida la memoria del madrileño oriundo de la Montaña, don Francisco de Quevedo y Villegas, tan notable teólogo y humanista como poeta y diplomático, — tornemos, pues no hay otro camino, al Puente del Soto, y al Soto, donde renovaremos la memoria del Convento de Franciscanos, no sin que antes, y al llegar cerca de Frases, se descubra «en terreno quebrado y es-
Hoz DE Entrambas-mestas. Camino nuevo (en construcción) para el v
DE PaS
peso la iglesia de Villasevil, puesta sobre alto terraplén vestido de sillería.» Villa de Fuente-sevir, se dijo en el siglo xi, según cierta escritura que cita el P. Flórez, y en el finar del xv, en el mes de Marzo de 1497, veía á deshora turbada su tranquilidad majestuosa por dos comitivas reales: era la una, la que acompañaba al príncipe don Juan, el hijo tan cariñosamente educado por los Reyes Católicos, y á quien ridicula tradición atribuye la causa eficiente de la expulsión de los judíos (i), mientras en la otra, desembarcada poco hacía en el puerto de Santander, venía la princesa doña Margarita de Austria, hermana de Felipe el Hermoso^ para contraer matrimonio con el príncipe citado; y allí, en aquella iglesia modesta y humilde, por mano del Patriarca de Alejandría y Arzobispo de Sevilla don Diego Hurtado de Mendoza, celebrábanse los desposorios, que tan poco firuto habían de dar para España (2).
No lejos de Villasevil, se encuentra Santiurde, en terreno también montuoso, y en cuya antigua denominación guarda
( 1 ) En el Libro Verde de Aragón^ que redactó Juan de Anchias, Asesor del Santo Tribunal de la Inquisición de Huesca, Lérida y sus distritos, y últimamente de Zaragoza, se refiere con efecto que el «Rey don Fernando tuvo un hijo, que se 11amaua el infante don Joan; y el Rey tenía en su casa un judío por físico, el qual llevaua al cuello una veta con un pomo de oro muy grande; y el príncipe, como era mochacho y se enamorase del pomo, pidióselo muchas vezes al judío, el qual reusaba de dárselo, y á la postre se lo dió ; y el mochacho, cuando lo tuvo en su poder, luego murió por ver lo que estaua dentro ; y así, lo abrió : el qual abierto, hallóle en él un pergamino y en él pintado mi Señor Jesu Xpo. en un crucifixo; y el perro del judío físico encima, y como que mi Señor Jesu Xpo. lo estuviese besando en el culo.» «Fué tanto el sentimiento que el príncipe recibió, aunque mochacho, que se yba consumiendo ; y como el Rey don Fernando no tuuiese mas hijo, y le quisiese como padre, andábale preguntándole como padre lo que tenía y dixéndole muchos regalos y heziéndole muchas fiestas.» «El dicho príncipe de nada se agradaua ni agradaua, y assí el Rey tomó en muy secreto al dicho su hijo, al qual con promessas y ofertas que le hizo de qualquiera merced que pidiese, le contó y escubrió su enfermedad, y que no tendría salud ni contento, sino que en la misma hora mandase castigar fuertemente al judío, al qual el Rey mandó quemar vivo luego y en la mesma hora, y desterrar todos los otros judíos de España, ó que se hiciesen Xpianos.» «Este fué el motivo y causa, — concluye, — que los desterraron, que verdaderamente trae razón.» «Dios sabe la verdad de todo» ( Revista de España, tom. CVI, págs. 567 y 568).
(2) Cronicón de Valladolid—i 4g']— Marzo— Publicado en los Documentos inéditos para la Historia de España^ t. XII (Nota del señor Escalante).
el título de su iglesia, San Jorge, que conserva su ábside románico, mientras lo demás «es obra sin importancia ni carácter» (i), hallándose agregados á su ayuntamiento Acevedo, Bárcena, San Martín, Penilla y Villasevil, demás de Iruz, por donde cruza la carretera de tercer orden para Selaya, á poco menos de un kilómetro de el Soto, siguiendo por Escobedo, Villapope, San Martín, La Canal y Villa-carriedo por último, cabeza del Partido judicial de su nombre, con 2,340 habitantes, según el Censo provisional de 1887, y notable, no sólo á causa de su Colegio de Segunda Enseñanza, dirigido por los Padres Escolapios y debido á la caridad del indiano D. Antonio Gutiérrez de la Huerta, sino por el interesante Palacio de Soñanes^ propiedad hoy de D. Fernando Fernández de Velasco y Soñanes. Restaurado aquel no sin gusto, ciertamente, intesta en la capilla, edificio de frontón circular, con una cruz en el acroterio y ménsulas en las vertientes, cuadrada ventana en la fachada con la fecha de 1743, y por bajo el escudo de la Compañía de San José de Calasanz: MP — %X. Cerrado por una puerta de hierro, tras de la cual se espacia cuidado parterre, aparece al lado, con sus hermosas proporciones y su aspecto simpático y agradable, que recuerda las creaciones del Renacimiento, el referido Palacio de Soñaites, á cuyo extremo izquierdo se muestra adosada la portalada, esbelta y de buena tradición, con arco almohadillado de medio punto, dados que soportan esferas de piedra sobre el en: tablamento, ático de retorcidas aletas, en el que destaca el blasón, frontón circular con una pirámide en el acroterio, y dos esferas en las vertientes.
De tres cuerpos principales de cantería consta el edificio, cuya presencia suspende con efecto allí por inesperada, y que goza de merecida reputación en la provincia; todos ellos muestran repartida la latitud de su alzado en hasta cinco zonas verticales, acusadas por seis á manera de estribos, y en los cen-
(i) Escalante ( D. Agabio ), loco cit.
tros de ellas se abre en cada cuerpo un hueco, decorado convenientemente, y en harmonía con el conjunto de la fábrica. El cuerpo inferior ó piso bajo, sobrio y sencillo, hállase compuesto, con arreglo al desnivel del terreno, por seis columnas estriadas que adosan á los estribos, y que soportan la imposta general, levantadas sobre rectangulares pedestales; ventanas cuadradas de ancho marco perforan los intercolumnios laterales, y en el eje de la fachada se abre de medio punto el ingreso, adovelado, flanqueado de columnas en cuyos pedestales resalta la cruz de Santiago, mientras que sobre los cimáceos de ellas se lee: Año en la de la izquierda, y 17 19 en la de la derecha, data que debe corresponder indudablemente á la fecha en que hubo de darse comienzo á la edificación de la señorial morada. Descansa en la moldurada cornisa de este cuerpo el segundo, que es de mayor esbeltez y altura; los tres huecos centrales forman corrido balcón ó solana de hierro, apoyado en salientes ménsulas decoradas con flores y con hojas de resalto, y de mayor riqueza, las columnas, levantadas sobre pedestales de igual disposición á los del cuerpo bajo, ofrécense profusamente enriquecidas y recargadas de vástagos de vid, con grandes hojas y racimos prominentes y de buena ejecución ; flanqueados de columnas por igual arte exornadas, los huecos son elegantes, adintelados, de frontón triangular, con esferas de piedra en las vertientes, jarrones con flores de relieve en el tímpano de los laterales y el monograma de Jesús (IHS) en el del central, sirviendo de remate á este cuerpo, volado cornisón por cima del entablamento, que es desornado, y en el cual en caracteres latinos de capitales incisas, se declara á lo largo de la fachada:
ESTA OBRA HAZE EL SEÑOR////// ANTONIO DIAZ DE ARZE CABALLERO DEL ORDEN DE SAN — TIAGO AXENTE GENERAL DE LA MAGESTAD CATOLICA EN LA CORTE////// AÑO DE 1720
Sobre el cornisón planta el tercer cuerpo, de menor altura, con pilastras adornadas de labores y estriadas, capiteles de pen-
cas, huecos rectangulares, convertidos en balcones los de los extremos, y ostentando en el eje, resaltado y soberbio, el escudo, timbrado por una corona que sustentan dos ángeles á la parte de arriba, y con sendos leones por tenantes; grabada en dos lápidas se halla á uno y otro lado del blasón la divisa, que dice en esta forma, y con no menos arrogancia que la de los Quevedos en Bejorís, y otras muchas de la Montaña:
A LOS DIAZ DE EN NVESTRAS Q. AVN LOS PRO DE SVS GLORIAS
ARZE LLEBAMOS CORONAS REALES PIOS ANIMALES NOS OLGAMOS
Rematan los estribos en graciosos pinaculillos que exceden de la cubierta, los cuales decoran también el cuerpo superior que asoma sobre ella, y corresponde á la caja de la escalera, formando esbelto, agradable y suntuoso conjunto, que habla - muy alto con verdad, así en orden á la magnificencia de D. Antonio Díaz de Arce, como con relación á los artífices, italianos á no dudar, y según las trazas; húmedo, pero espacioso y del mismo orden es el estraga! ó pórtico, en pos del cual se levanta monumental la escalera, semejante á uno de aquellos retablos complicados con que el siglo xviii enriqueció las iglesias ; hállase, á manera de castillete, compuesta de tres pisos, soportado cada uno por laboreadas columnas de madera, en las cuales descansan los andares, que giran en torno de la cuadrada caja, con balaustres de madera, produciendo toda ella muy singular efecto por lo inacostumbrado y singular de su constitución y forma, en los cuales resplandecen el anhelo de suntuosidad del fundador, distinguiéndose por esto de las demás señoriales casas de la Montaña, por nosotros reconocidas.
De carácter indeciso es la iglesia parroquial, que parece, á despecho de los nervios que recorren sus bóvedas, ser obra de Jos siglos XVI ó xvii, y de la cual nos apartaremos para se-
VILLACARRIEDO.— Escalera del palacio de Soñanes
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guír nuestro camino á Selaya, la villa pasiega de donde por lo general procedían los correos de gabinete, situada á menos de medio kilómetro, y en cuya entrada, á un lado de la carretera, se levanta solariega morada, en
heráldico blasón, timbrado por
uno de cuyos frentes resalta un yelmo, soportado por dos mancebos desnudos que se resuelven en follaje y tañen sendos cuernos marinos, y con dos grullas por tenantes, símbolo de la vigilancia y de la vida. Aquel hace semblante de ser solar de los Velardes, que se dicen falsamente oriundos de un infante extranjero, y cuyo apellido no aparece ni suena sino desde el siglo XVI ; no faltará quien te haga, lector, reparar en la singularidad de las grullas, observando que en estos emblemáticos animales se diferencian los linajes de los valles; pero como esto no es á nuestro propósito de importancia, y ya que el carruaje se halla detenido nada menos que en la Plazuela de Baco, que hace esquina á la Calle de las Hermosas, aunque allí no hay calle, sino vereda entre una casa y un bardal, que conduce á la Plazuela de la Colina, con su cajigal correspondiente y su bolera, y donde se levantan el Palacio de Donadío y la Ermita
SELAYA. — Escudo con grullas tenantes en
EL QUE se dice solar DE LOS VeLARDES
de San Roque, reedificada en 1835 por el Marqués de Donadío, — detengámonos un momento, lector, á reparar las fuerzas, si no con el ostentoso aparato del Gran Hdtel de Ontaneda, con jamón, leche y manteca, que no faltan nunca, gracias á Dios, en ninguno de los lugares de la Montaña.
Desde aquí, y teniendo á Mediodía las Estacas de Trueda, hay que caminar por camberas para llegar al Valle de Pas, de que son cabeceras los barrios de Campillo, Bustantego, San Bartolomé y Pisueña en Selaya, y los de Salcedillo, las Machorras y otros en Espinosa. Componen el Valle tres villas que son San Roque de Riomiera ó Rumiera, San Pedro del Romeral, y por último, Vega de Pas, donde tuvo su solar Fray Lope Félix de Vega Carpió, creador del teatro nacional y fénix de los ingenios, quien recordó siempre su procedencia, elogiando la Mon-
taña (i), y cuya casa, decorada con las armas del solar de Vega, hace poco tiempo que se destruyó, víctima del fuego (2). Ya allí, la tierra se muestra áspera y quebrada por el lado de los montes, despejada y abierta hacia las villas, y en todas partes dividida en frondosas praderías y bosques, sembrada de habitaciones rústicas, pero de agradable aspecto y poblada de ganados; llama, lector, «á cualquiera de aquellas pobres puertas,
Vista general del pueblo de Vega ( Solar del Fénix de los Ingenios)
EN EL VALLE DE CARRIEDO
y verás cómo de par en par se te abren, y con qué cordial voluntad te obsequian y agasajan, ofreciéndote cuanto tienen; pero suelta como al descuido alguna expresión que pueda llamarles la atención, ó hazles cualquiera pregunta capaz de despertar su
(1) En el Laurel de Apolo (Silva III) decía con efecto :
«... la gran Montaña, en quien guardada la fe, la sangre, y la lealtad estuvo, que limpia, y no manchada, más pura que su nieve la mantuvo».
(2) Lasaga Larret A, Dos Afeworías, pág. 1 66, nota.
desconfianza, y repara con cuanto cuidado miden sus palabras, cuán evasivas son sus respuestas, y con qué expresión tan marcada de suspicacia y de recelo escudriñan tu porte y examinan todos tus movimientos» (i).
Ya te hemos hablado en capítulos anteriores del pasiego; pero entra en su casa, y como en las demás casas montañesas, encontrarás en primer término la cocina, donde se levanta el cerval^ tronco provisto de ramas y plantado derecho al lado del llar, donde se coloca los pucheros, pendientes de cada rama cortada y dispuesta á propósito; como en los demás pueblos de la Montaña, allí también, de una á otra barriada van los mozos el primer viernes de Marzo á cantar las pedigüeñas y adulteradas mai^zas^ después de enormes relinchos, semejantes al ijujú de los asturianos (2), y cual cosa reparable, advertirás que hasta hace poco subsistieron las plañideras para acompañar los entierros, y poblaron en la octava el silencio del templo con sus gritos y llantos, los parientes de los difuntos, conservándose extrañas costumbres respecto de las paridas (3). Y pues nada más que lo indicado en varias partes y ya conocido, nos queda que observar en este valle, donde hicieron permanencia los berberis-
(1) Stímanar/o Pmí. Es/)., tomo de I 839, pág. 202.
(2) Las marzas aquí, terminan casi siempre de este modo, bien pedestre con verdad en todos sentidos :
«Dennos, dennos algo si nos lo han de dar, que es la noche corta y hay mucho que andar. No nos den huevos, que los romperemos, ni tampoco nueces, que las cascaremos, ni nos den chorizos, que los comeremos, dennos el dinero, que eso llevaremos.»
(3) Con objeto de conservar el cutis muy limpio, la parida entre los pasiegos toma una mezcla por partes iguales de manteca de vaca y miel, y bebe á destajo vino.
eos, donde ejercieron autoridad Santa María de Portu primero, y después el Monasterio de San Salvador de Oña, según quedó indicado, — demos aquí punto, lector, á la expedición para contemplar nuevos y no menos expresivos horizontes montañeses.