Santander · Capítulo real 14 de 20
CAPITULO XVIII
Texto completo de esta unidad literaria, reunido aunque el lector la divida en 14 tramos técnicos para mejorar el rendimiento.
CAPITULO XVIII
Torrelavega. — Sus memorias históricas. — Sus monumentos
,CHO kilómetros dista la estación de Renedo de la de Torrelavega, en el ferrocarril de Alar á Santander, y desde luego adviértese la importancia de esta villa, cabeza del partido judicial de su nombre. Situada en anchuroso valle, su aspecto es tan diferente del que hasta aquí habrán para ti ofrecido, lector, los demás partidos de la Montaña, que quizás y sin quizás, atraiga tu atención por ello, brindando, desde la estación misma, con encantos en la provincia nada vulgares. Anchas avenidas pobladas de altos árboles, se encaminan en distintas direcciones: la una de ellas, es la carretera de primer orden de Valladolid á Santander por Falencia, la cual se cruza con la que naciendo allí, marcha á Oviedo por Cabezón de la Sal, Rivadesella, Las Arriondas é Infiesto; la otra, es la de tercer orden
SAN! ANDER
que, cruzando por su parte el ferrocarril, va desde Torrelavega á la Cabada; la otra es la municipal que va á Taños y Viérnoles, y la otra por último, de ínfima categoría, y en construcción al presente, marcha á Polanco, la residencia predilecta de Pereda, el gran pintor montañés, cuyo auxilio hasta aquí tantas veces llevamos invocado. Llano y dilatado el valle, fértil es sobre toda ponderación la hermosa vega que le dió apellido en remotas edades, y donde penetra esparciendo la vida el caudaloso Besaya al cual debe en mucha parte su prosperidad, para unirse con el río Saja en el sitio denominado Mortuorio^ término de Duález, y desde allí, mezclados y confundidos uno y otro, formar la ría de la Requejada y el puerto de San Martín de Suances, donde se arrojan al mar, desapareciendo entre sus ondas.
Camino distinto traen ambos cursos de agua, que vienen aquí á confluir, después de haber derramado bienes fecundos por comarcas diferentes: nacido el Saja, ó por mejor decir, el principal de sus manantiales, á altura considerable en el Puerto de Palombera^ — desde las cumbres eminentes de Sejos marcha ya regando tranquilo los valles de Cabuérniga, Cabezón de la Sal y Reocín, no sin que en su trayectoria caprichosa, haya saludado, como quieren los escritores de la Montaña, «misteriosas piedras célticas, rudos menhires ó fantásticos dólmenes,» ni conocidos ni explorados, ni menos clasificados todavía convenientemente. Del partido de Reinosa viene fatigado el Besaya, «que desde su origen ve el monte de Aradillos, donde pasó la postrera y final batalla entre cántabros y romanos,» y tendido «á lo largo de las hoces de Bárcena, de Iguña y de Buelna, admirando la prodigiosa construcción de un ferrocarril, que parecía imposible, despeñándose en algunos sitios para desembarazarse de obstáculos..., deteniéndose en otros á alborotar golpeando las peñas,» llega por fin á este valle, donde para contar las maravillas observadas, busca al Saja, y como amigos que se encuentran inopinadamente en el mismo sendero, y al mismo punto se dirigen, ya no se separan, y murmuran juntos, y juntos
llegan al término natural de su jornada, pasando por Barreda, sitio en que, «guardando la barca que aquí salva la corriente, está un venerable solar, alzada su torre sobre un manso cerro, tendida delante una alfombra de hierba, erizado á su espalda un bosque de castaños,» casa en la cual, según la tradición, se detuvo San Francisco, «cuando cruzó la comarca, peregrinando á Compostela» (i).
«Poco más abajo, ya la corriente lleva el peso de los barcos, harto aún para sus libres espaldas; por eso á intervalos los deja posar en seco arrimados á los muelles de Requejada, retirándose ella á descansar en lo más hondo de su lecho,» no sin que á aquellos, hace más de cuarenta años, llegasen ya «buques de hasta I20 toneladas,» y en ellos se hiciera «los embarques de trigos, harinas y otros granos» (2). «Luego [la corriente] se retuerce entre promontorios de roca por una parte y playas de tupido junco por otra, y en fin, haciendo puerto del perezoso Suances, que puesto en una altura, pasa su vida mirando al Mediodía, sale al mar entre dos rocas, el Torco y la de Afuera» (3).
Circunscribiendo en su extensión el valle, cercándole como barreras, — allá á lo lejos, y cerca, y con proyecciones varias y pintorescas siempre, — ^sobre el azul espacio dibujan sus movidas y gibosas cumbres las montañas, distinguiéndose entre ellas las de Viérnoles, Cartes, Polanco, Barreda, Duález, Torres, y la denominada La Montaña, y á poco de haber emprendido el camino para penetrar en la villa, que dista dos kilómetros de la estación ferroviaria, — comienzan á aparecer los edificios, de moderna labra y agradable aspecto, cual pregoneros de la impor-
(1) Escalante, Costas y Montañas, pág. 37$.— «El aposento en que tuvo lecho el glorioso peregrino,— dice el mismo escritor, — mudóse en oratorio, donde las generaciones sucesivas de los poseedores del solar han agradecido constantemente al cielo su favor divino y conservado piadosamente su memoria.»
(2) D. Antolín Esperón, Santander y provincias vascongadas^ art. pub. en el Semanario Pintoresco Español, t. de i8í>o, pág. 219.
(3) Escalante, loco laudato.
6^6
tancia incuestionable de la población, y más que todo de la prosperidad que el incansable esfuerzo de sus industriosos habitantes ha conseguido en breve tiempo para ella. Lugar acomodado y llano, de posición ventajosa en las zonas mediterráneas de la provincia, — á él, como á centro propio, de la una y la otra parte de la Montaña há luengos años acuden las gentes para las transacciones mercantiles; y vega incomparable, tanto cual hermosa, de ella, según propalan con razón los escritores, «brota la vida en su expresión más lata, opulenta y magnífica; vida rica, juvenil, que late en el sano ambiente de las faenas campesinas» propias de la sub-región de las praderas, á que en su mayoría corresponden los ayuntamientos del partido, «en el hervir inquieto de los establ<bcimientos fabriles, en el fresco rumor de» los dos ríos que se juntan en ella, «en el tráfago de... carreteras que se cruzan y se apartan, en el rumor de las arboledas, en el vaho de la mies» lozana, aunque ya en región de cultivos menos intensir vos, «en el murmullo sordo, continuo, penetrante de la población campestre esparcida por honduras y laderas, que, como el zumbido de las abejas desparramadas á libar en las flores de la espesura, indica la inmediación de una colmena, del centro activo en que se funde y junta el trabajo y caudal común para multiplicarse, y repartirse, y circular de nuevo, alimentando necesidades, deseos, gustos y aun caprichos de un dilatado pueblo» (i).
Ya no sobre aquel paisaje, verdaderamente espléndido, que sirve de fondo á la villa, — como antes, y como en casi todas las poblaciones de la provincia, que es en realidad, y cual lo confiesan sus hijos «tierra de caballería,» «tierra de blasón, donde todavía las armas esculpidas del solar dicen algo á los ojos del campesino, que torna del monte con la antigua partesana al hombro trocada en dalle segador» (2), — destaca hoy ufana y altanera, soberbia y amenazadora, con sus almenas y sus mata-
(1) Escalante, Op. cit. pág. 273.
(2) Id., id., pág. 78.
canes, sus blasones y sus divisas, la torre señorial ó palacio de los señores de la Vega, más tarde duques del Infantado, á quienes correspondían, no sin contradicción por cierto, las Asturias de Santillana, y que se elevaba aún hace años «sobre la población, y en medio de la llanura que la circunda» (i). De aquel resto de la pasada grandeza de sus dominadores «contábase en las aldeas» con temor no infundado, que «escondía una sima insondable, patíbulo y sepulcro á la vez de los mal avenidos» con sus señores, conforme patentizan declaraciones de testigos en el famoso Pleito de los Valles, «misterioso castigo que amedrentaba á los que veían.... alzada frente al solar la horca, instrumento de sumarios procedimientos y sentencias ejecutivas,» y acaso con la torre, hoy destruida, tuvieran «lazos de origen los nombres de dos de los barrios de Torrelave^a, edificados precisamente al entrar y salir de sus arterias, la Quebrantada y el Morhwrio» (2), donde celebran sus bodas el Saja y el Besaya, y donde halló notoriedad el señorío de la Vega, de tanta nombradía en nuestra nacional historia, y cuya casa solariega afirman que estuvo en la Barca, «lugar así llamado de la que facilita el paso del río Besaya» por aquella parte (3).
Confuso como todos, es el origen del linaje de la Vega: tuvo aquí, á no dudar, su principio y su cuna, y de aquí salió para seguir la suerte de los otros linajes de la Montaña, combatiendo sin tregua en la empresa nobilísima de la reconquista de la patria. Asegúrase que en los días del glorioso emperador Alfonso VII «se señalaba Diego Gómez de la Vega,» quizás procedente de ésta ó de otra cualquiera en la Montaña, pues solar de la extirpe del Fénix de los ingenios lo fué la de Pas, y aun, para enaltecer más la descendencia, se supone que hijo ó nieto de aquel Diego Gómez de la Vega, «sería el valiente paladín, cuyo
(1) Esperón, art. cit. del Sem. Pint. Esp. t. de i8$o, pág. 2 19.
(2) Escalante, Op. cit., pág. 386.
(3) Id., id., pág. 385, nota.
6^8
nombre calla la historia, el cual debía ganar nuevo y propio apellido que sustituir al patronímico, y añadir al del solar, » presentándose «al cabo de una batalla, maltratado y rendido de pelear, jadeante y sin alientos,... ante la hueste cuya victoria había asegurado.» «Lasso vienes — le dijo el rey, — lasso seas; y los Lassos de la Vega fueron tanto adelante que, corto tiempo después, en los de don Alfonso el Sabio, era almirante del Océano un Pero Lasso de la Vega» (i). Mas imaginaciones son tales, dignas con verdad de escaso crédito, como carecen de valor positivo, é hijas sólo de aquellos fantaseadores de linajes, en que no fué sino muy abundosa nuestra España, pues lo que como cierto aparece en escrituras fidedignas, es que aquel almirante de Castilla se llamaba don Pedro Díaz de Castañeda. «Un su hijo García, — expresa muy docto escritor montañés, — pudo llamarse por mote Laso^ como equivalente de flojo ó de pelo lacio^ y usar el apellido de la Vega^ como poseedor de esta parte de los dominios de Castañeda, que por entonces y aun mucho después abarcaban los valles de Toranzo, Carriedo, además del que hoy se dice propiamente de Castañeda» (2).
Fué este Garci Laso ó Garcilaso, elidiendo la vocal postrera del nombre, — quien con el cargo de Merino mayor de Castilla, alcanzaba la privanza y el favor de Alfonso XI, y quien quizás y á pesar de todo, «tuvo primeramente, así el mote, como el apellido;» asesinado en Soria el año de 1326, con un hijo suyo que le acompañaba, y «todos los más de los caballeros et escuderos que venieran hy con él» (3), — tomó el rey bajo su
(1) Escalante, loco laudato, tomándolo de Salazar y Mendoza, Origen de las dignidades seglares de Castilla y de León.
(2) «Así consta por los fueros dados á Toranzo y Carriedo en el... siglo xiv, siendo su señor Diego Gómez de Castañeda» (Ríos y Ríos, Ensayo histórico sobre los apellidos castellanos^ pág. 189, nota). El ilustre cronista de la provincia añade en el texto : «Someto esta duda á quien pueda consultar más documentos, pues el dicho de Argote y la genealogía de Salazar de Castro sobre esta familia, trayéndola de la de Aza, no me satisfacen.»
(3) Crónica del rey don Alfonso XI, cap. LXll (ed. de Rivadeneyra). La Crónica añade en el cap. siguiente que cuando el rey tuvo noticia de la muerte de Garci-
patrocinio y protección á los dos hijos que quedaron á Garcilaso vivos, llamado también Garcilaso el uno y Gonzalo Ruiz el otro. Armado caballero en Burgos por mano del príncipe el primero, quien aparece ya en la Crónica con el apellido de la Vega (i), confiábale juntamente con su hermano la conducta de varias gentes, con las cuales, luego de vencidos en 1334 los navarros y los aragoneses, entraron ambos en el primero de los citados reinos «quemando, et robando, et faciendo mucho mal» (2), nombrándolos después y respectivamente mayordomos de sus hijos los infantes bastardos don Fernando y don Fadrique, con lo cual regían los vasallos y la casa de los mismos, y llevaban el pendón de los infantes. En la intimidad del monarca , distinguíanse ambos de tal suerte, que en la batalla famosísima del Salado (28 de Octubre de 1340), donde fué libre España de la invasión muslímica, y donde iban los peones de las Asturias de Santillana, unidos á los de Vizcaya, Guipúzcoa, Alava y las Asturias de Oviedo, al mando del leonés Pero Núñez de Guzmán (3), — marchaban «los pendones et los vasallos de don Fadrique et de don Fernando sus hijos, et Garcilaso de la Vega, et Gonzalo Ruiz su hermano, que eran sus mayordomos» delante del rey (4); y como viese que la delantera, mandada por el hijo de don Juan Manuel recelaba pasar el río Salado, «Gonzalo Ruiz, Mayordomo de don Fadrique, coydando que facía lo mejor, llegó á una puente muy estrecha, que estaba en aquel río del Salado, et con él algunos vasallos de don Fadrique; et por acorrer unos omes de pié que estaban allende el rio, Gonzalo Ruiz et aquellas compañas de don Fadrique pasaron
laso, pesóle «mucho deste fecho porque aquel Garcilaso era buen caballero, et claro hombre, que amaba su servicio muy verdaderamiente», imponiendo justo castigo á los asesinos, según refiere el cap. LXXX.
(1) Crdníca, cap. CI.
(2) Id., cap. CXLVIII.
(3) Id., cap. CCL. Dice la Crónica, que «el Rey les avía dado á todos en Sevilla escudos y bacinetes, et lanzas, et ballestas.»
(4) Id., cap. CCLI.
aquella puente: et Garcilaso, de que vio que Gonzalo Ruiz su hermano avía pasado la puente, él con algunos vasallos de don Fernando pasó luego.» «Et estos fueron los primeros que en aquel día pasaron el río del Salado» (i).
Allí conquistaban prez y honra, «sufriendo muchas azagalladas et espadadas, et dando muchos golpes en los Moros», y allí era herido Garcilaso, prosiguiendo Gonzalo Ruiz con el pendón de don Fadrique en el alcance; y allí, al otro día de mañana, antes «que partiese de la Peña del Ciervo, armó el Rey» caballero y dió heredades al dicho Gonzalo (2), queriendo así premiar por el pronto su arrojo y su valentía, que habían sido ocasión de tan señalada victoria. «Ampliando y precisando mejor sus mercedes», hacíale donación en el siguiente año de 1341 del señorío de los valles de Santillana, donde radicaba el solar de la Vega; pero muerto sin hijos varones en 1349, «sus testamentarios Juan Martínez de la Mayona y Pero Díaz de Azedo» vendíanlos á su hermano Garcilaso (3), quien habiendo tenido la escudilla, — al advenimiento del rey don Pedro
( 1 ) Crónica, id.
(2) Id., id.
(3) Amador de los Ríos, Obras de don Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, pág. XIII, nota. Así resulta, pues, de los documentos existentes en el Archivo de la Casa del Infantado ; generalmente se afirma que pasaron aquellos estados á Garcilaso por muerte de su hermano (V. Escalante, Costas y Montañas^ pág. 385). Sin embargo, y conforme indica otro escritor montañés, «en el pleito de los nueve valles, presentó el duque del Infantado algunas escrituras auténticas, por las cuales consta que Pedro Ruiz de Villegas, señor de la casa de Villegas,... fué señor de muchos vasallos y fortalezas en los valles de Asturias de Santillana, los cuales heredó del famoso caballero Gonzalo Ruiz de la Vega,... padre de doña Teresa de la Vega, su hija única, que casó con » el dicho caballero (LasaGA Larreta, Dos Memorias, pág. 103). Llama el Sr. Lasaga á Pedro Ruiz de Villegas Adelantado Mayor de Castilla, como lo fué en efecto ; pero no dice que partidario de los bastardos, como gran parte de los señores de la Montaña, siendo Mayordomo del infante don Tello, hizo armas contra el rey, y que estando éste preso en Toro el año de 1354, allí los rebeldes le obligaron á dar el Adelantamiento de Castilla y la villa de Caracena ó Barahona al referido Ruiz de Villegas, quien gozó poco de aquella dignidad, pues recobrada la libertad, don Pedro le mandó dar muerte en Medina del Campo «en la semana de Ramos » del año 1355, según expresa la Crónica (vide el cap. XXXVllI del año i 3 54 y el III del año siguiente).
en 1350, y por indicación y ruego de don Juan Núñez de Lara, señor de Vizcaya, sustituía á Ferrand Pérez Puertocarrero en el Adelantamiento de Castilla. Bien porque, con efecto, durante aquella breve enfermedad que puso en trance de muerte á don Pedro en el primer año de su reinado, al tratar «los Señores que estaban estonce en Sevilla», como dice la Crónica, de designar la persona á quien en caso del fallecimiento del príncipe correspondería heredar los reinos, Garcilaso de la Vega se hubiese declarado partidario de don Juan Núñez de Lara, señor de Vizcaya, y descendiente de los infantes de la Cerda, ó por el mucho favor que gozaba con el referido don Juan Núñez y los bastardos, ó por otras causas no conocidas, entre las cuales figuraban su notoria amistad con don Alonso Fernández Coronel, lo incierto de su conducta, y las «grandes compañas» con que sospechosamente en la ciudad de Burgos salía á esperar al rey, que hacia allá caminaba en 1351, y poco antes de celebrar cortes en Valladolid, — es lo cierto que enemistado con él el monarca por instigaciones de don Juan Alfonso de Alburquerque, recibía allí sangrienta muerte.
En balde había sido que, noticiosa quizás de lo que contra el Adelantado de Castilla se fraguaba, — la reina doña María mandase «un Escudero á Garci Laso, que le dixese, que ella le enviaba decir, que por ninguna manera del mundo otro dia domingo non viniese á palacio» en las casas del obispo, «que decían al Sarmental» donde el rey posaba; «Garci Laso non lo quiso creer; antes otro dia, domingo, de grand mañana, fué á palacio, é estaban las puertas muy guardadas, é entró Garci Laso, é con él Rui González de Castañeda, é Pero Ruiz Carrillo, sus cuñados, casados con sus hermanas [doña Elvira y doña Urraca], é Gómez Carrillo, fijo de Pero Ruiz Carrillo, é otros Caballeros é Escuderos». «E desque fueron entrados do el Rey estaba, fuése la Reyna para otra cámara, é fué con ella don Vasco, Obispo de Falencia, su Chanciller mayor». «E luego que
la Reyna fué partida de allí, prendieron á tres omes de la ciudad
de Burgos», que fueron «tirados aparte», diciendo entonces «don Juan Alfonso de Alburquerque á un Alcalde del Rey que hy estaba...: — Alcalde^ vos sabéis lo que tenedes á facer — «E el Alcalde estonce llegóse al Rey, é díxole quedo, oyéndolo don Juan Alfonso: — Señor ^ vos mandad esto ; ca yo non lo diría». — «E estonce dixo el Rey muy baxo, pero que lo oían los que allí estaban: — Ballesteros^ prended á Garci Laso^. — «E don Juan Alfonso tenía hy ese dia tres Escuderos, sus criados, de quien se fiaba, con otros ornes suyos, que estaban apercibidos é armados de fojas de yuso de los paños, é tenían espadas é bronchas, é decíanles Alfonso Ferrandez de Vargas, que fué después Señor de Burguillos, é Rui Ferrandez de Escobar, é Ferrand García de Medina».
«E quando el Rey dixo aquellas palabras, que prendiesen á Garci Laso, estos tres Escuderos... travaron luego de Garci Laso muy denodadamente: é dixo estonce Garci Laso al Rey: — Señor sea la vuestra merced de me mandar dar mi Clérigo con quien me confiese». — «E dixo luego á Rui Ferrandez de Escobar:— Rui Ferrandez amigo ^ ruégovos que vayades á doña Leonor^ mi muger^ é traedme una carta del Papa de absolución^ que ella tiene». — «E Rui Ferrandez se escusó dello, diciendo, que lo non podia fazer». «E estonce diéronle un Clérigo que fallaron hy por aventura: é apartóse Garci Laso á un pequeño portal que estaba en la posada sobre la calle, é allí comenzó á fablar con él de penitencia». «E decia después el Clérigo, que quando Garci Laso comenzó á fablar de penitencia, que él le catara, por ver si tenia algún cuchillo, é que non ge le falló». «E á aquella hora que Garci Laso fué preso, Rui González de Castañeda, é Pero Ruiz Carrillo, é Gómez Carrillo, su fijo, é los que tenían la parte de Garci Laso, apartáronse á una parte del palacio, é estovieron todos juntos». «E don Juan Alfonso de Alburquerque dixo al Rey: — Señor ^ mandad lo que se ha de facer;— é estonce mandó el Rey á Vasco Alfonso de Portogal, é á Alvar González Morán, que eran dos Caballeros que guarda-
ban á don Juan Alfonso, que dixesen á los Ballesteros que tenían preso á Garci Laso, que le matasen». «E ellos fueron al portal do Garci Laso estaba, é mandáronlo á los Ballesteros, é ellos non lo osaban facer», hasta que uno, llamado Juan Ruiz de Oña, «salió al Rey, é díxole: — Señor, qué mandades facer de Garci Laso — «Edixo el Rey: — Mándovos qtie le matédesy>. — «E estonce entró el Ballestero, é dióle con una porra en la cabeza, é Juan Fernandez Chamorro dióle con una broncha, é le firieron de muchas feridas fasta que morió».
Refiere la Crónica, que no satisfecho don Pedro aún, mandó que arrojasen el cadáver á la calle; y como aquel día, en celebración de la entrada del rey, corrían toros en la dicha plaza los burgaleses, «delante los palacios del obispo al Sarmental, dó Garci Laso yacía,» y nadie se atreviese á tocarlo, pasando sobre el cuerpo los toros, — «mandóle poner en un escaño, é así estovo todo aquel día allí; é después fué puesto en un ataúd sobre el muro de la cibdad en Comparanda, é allí estovo grand tiempo» (i). No de otra suerte da el canciller Pero López de Ayala noticia de la muerte de aquel rico-home, señor de la Vega, mayordomo que había sido del bastardo príncipe don Fernando, protegido del rey don Alfonso XI, y que había tenido la escudilla de aquel monarca en su Palacio; las relaciones que sin duda tuvieron con los hijos de doña Leonor de Guzmán, él y sus parientes, entre quienes se contaba su sobrino Pedro Ruiz de Villegas, señor de Villegas, casado con la hija de su hermano Gonzalo Ruiz, y Mayordomo del infante don Tello; las que le unieron á donjuán Núñez de Lara; la influencia y el prestigio que en la Montaña y en Castilla, como Adelantado de este reino, hubo de adquirir, y no en beneficio del monarca, y la enemiga del de Alburquerque, — hubieron de ser sobradas causas para que el joven don Pedro sospechase, quizás no sin motivo, de la lealtad de aquel magnate, cuya grandeza humilló delante de los burgale-
( I ) Crónica^ año i 3 5 i , cap. VI.
6^4 SANTANDER
ses, á cuya viuda, doña Leonor Cornado ó Cornago redujo también á prisión en la misma Burgos, y de cuyos estados hubo de apoderarse, confiscándolos primero, y distribuyéndoles después entre el de Alburquerque, Garci-Fernández Manrique (i) y algunos otros de sus favoritos, de quienes se hace mención en el Libj'o Becei^ro de las Behetrías (2).
Temiendo por la vida del hijo del difunto señor de la Vega, también como él Garci Laso, y poniendo así al descubierto lo no descaminado por lo menos de las sospechas del monarca, — «algunos criados de Garci Laso... leváronle para Asturias (las Asturias de Oviedo), donde estaba el conde don Enrique» (3), y criado allí, al amparo del conde de Trastamara, crecía en su merced, contrayendo matrimonio con doña María de Cisneros, en quien tuvo una hija, llamada Leonor, como su abuela. Ansioso de vengar la afrentosa muerte de su padre, «¿qué había de hacer... el tercer Garcilaso, sino alistarse entre los enemigos» de don Pedro, y seguir su suerte?... «Siguiendo las armas de los bastardos, se acreditaba de valeroso y esforzado» al lado suyo; pero en la flor de la juventud todavía, hallábale la muerte el año de 1367 combatiendo por el de Trastamara en la batalla de Nájera, que tan funesta fué para don Enrique (4), heredando en consecuencia sus derechos aquella hija que «si no podía por su sexo perpetuar el apellido», tuvo luego «caudal bastante para
(1) En el Libro de las Behetrías se lee, con efecto: «Pando.— Este logar es behetría, é an por naturales (señores naturales) los de lavega, é que non saben otro natural; é aquel dicho logar, que está agora por (iarcía Fernandez manrique, que ge lo dió el rey».
(2) Lasaga Larreta, Dos Memorias^ pág. i 12.
(3) Crónica del Rey don Pedro, 2íño 1351, cap VI. «A 16 de Mayo se hallaba [don Enrique] en Oviedo, y conlirmó á Gutierre Bernaldo de Quirós la villa de Villoría, donada por el conde don Rodrigo Alvarez» de las Asturias, padre adoptivo del de Trastamara, como era su pariente (Nota del Sr. D. Cayetano Rosell, en la ed. de Rivadeneyra). Nuestro señor Padre incurrió en el involuntario error de suponer que el hijo de Garcilaso fué llevado á las Asturias de Santillana (pág. X, nota, de la Vida que precede á las Obras de don Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana)^ error que también nosotros hemos reproducido en la pág. 230 de este libro, y que debe ser corregido.
(4) Crdn. <íe/ /^ey rfow Peiro, año I 367, cap. XII.
ser solicitada por tal varón que entroncase en una de las más altas y próximas á la estirpe soberana de Castilla» (i).
Difícil resulta averiguar cómo y por qué razón, cuando el crimen de Montiel aseguró en las sienes del de Trastamara en 1369 la corona arrebatada á su infeliz hermano, — lejos de reintegrar don Enrique á la hija de Garcilaso de la Vega en la totalidad de los estados de que se apoderó don Pedro en 1351, y pagar de esta suerte la lealtad con que hubo de servirle aquél, el último de los señores de la Vega, — aparece el infante don Tello en posesión de gran parte de ellos por lo menos, y por privilegio rodado del propio don Enrique, otorgado «en concepto de irrevocable á favor» de don Juan de Castilla, hijo ilegítimo aunque reconocido del don Tello, «á quien llama en aquel documento sobrino suyo, y á favor de sus sucesores por siempre jamás,» — hace al dicho don Juan «donación de la Torre y villa de Potes, y de todas las demás villas y lugares de Liébana, y de Pernia, y de Campóo de Suso, según y como ya las tenía desde abites don Tello, con todas las rentas, pechos y derechos de las villas, lugares y aldeas, y tributos foreros y no foreros, heredades, montes, valles, prados, pastos, dehesas, ríos, aguas, hornos, aceñas, molinos, carnicerías, huertos y viñas» (2). En el antiguo lugar de Pando, y en las pertenencias de la Vega, que alcanzaban á Castañeda, Toranzo y Carriedo, parece sin embargo indudable que hubo de ser reintegrada doña Leonor, incluyendo acaso en ellas las que por su matrimonio con doña Teresa de la Vega, hija de Gonzalo Ruiz el del Salado, había poseído aquel Pedro Ruiz de Villegas, mayordomo de la casa del infante don Tello y Adelantado mayor de Castilla breve tiempo, muerto por orden del rey don Pedro en Medina del Campo el año de 1355, como refiere la Crónica, y quedó arriba mencionado.
Señores pues, de las Asturias de Santillana, cuyos dominios
(1) Escalante, Costas y Montañas^ pág. 383.
(2) Llórente Fernández, Recuerdos de Liébana, ya cit. pág. 92.
y cuya jurisdicción entre sí tenían repartidos de tal manera, — quizás para unificarlas y constituir un solo y único y poderoso estado, contraían matrimonio el don Juan de Castilla y doña Leonor de la Vega; y cuando aquél era muerto en los campos de Aljubarrota el año 1385, — de semejante enlace dejaba «un hijo, llamado también don Juan, que desde luego heredó los mencionados bienes y señoríos», y una hija, doña Aldonza de Castilla, casada más tarde con Garci Fernández Manrique; «pero habiendo fallecido [el varón] muy joven, quedó por única heredera su madre doña Leonor» (i), por lo que hace á los estados que habían sido de su esposo, viniendo así á vincularse en ella el total señorío de los valles. Años después, la rica-hembra, solicitada por don Diego Hurtado de Mendoza, Almirante mayor de Castilla, viudo de doña María, hermana del rey don Juan I (2), y «el más acaudalado caballero de su tiempo», — uníase á él en segundas nupcias, dándole «numerosa descendencia en don García, don Iñigo, Elvira, Teresa y don Gonzalo. » Fallecido á los siete ú ocho años de edad el primogénito don García en 1403, — sucedíale en el derecho á los mayorazgos fundados por sus abuelos aquel don Iñigo, que tan alta representación debía alcanzar en la historia literaria de Castilla, y por quien había de ser inmortalizado el recuerdo de la villa de Santillana, como bajaba al sepulcro prematuramente el Almirante en Julio de 1404, dejando por tutores de sus hijos y de sus bienes á doña Leonor su mujer «é á Pero López de Ayala, mi tío, — decía en el testamento, — é á Juan Furtado de Mendoza mi tío», prestamero mayor de Vizcaya.
La ambición, sin embargo, de sus parientes, turbaba á poco la paz de la rica hembra, sin respeto á la autoridad de los tuto-
(1) Llórente Fernández, Op. cit., pág. 93.
(2) Tuvo en esta señora «á un Pero González de Mendoza, que murió desgraciadamente en Madrid siendo niño, y á doña Aldonza de Mendoza, mujer que fué adelante del conde don Fadrique de Castro» (Amador de los Ríos, Op. cit., página X).
res; y mientras doña Aldonza de Mendoza, hija de las primeras nupcias del Almirante, y don Iñigo López de Mendoza, hermano de éste, movíanle pleitos con respecto á diversos bienes del mayorazgo de los Mendozas, — «Garci Fernandez Manrique alteraba los estados de Santillana, poniendo en tela de juicio los derechos de doña Leonor de la Vega y sus mayores», con fundar los suyos «al señorío de los valles de Liébana, Potes, etc.», en el privilegio ya mencionado y concedido por don Enrique II á su sobrino don Juan de Castilla, hijo del infante don Tello, por el cual le donaba la villa de Aguilar de Campóo, con las demás villas y lugares de tierra de Liébana, Pernia, Santa Agueda, Castañeda, etc., alegando que estos bienes «se habian dado en arras á doña Leonor», cuando contrajo matrimonio con el nieto bastardo de don Alfonso XI. «Incluidos en las mercedes enriqueñas que, por testamento del mismo rey [don Enrique II] volvieron á la corona», había hecho con efecto en 1395 Enrique III nueva donación de ellos al Almirante (i), y de derecho correspondían por tanto al linaje de los Mendoza al fallecimiento del insigne procer; pero la muerte del monarca, y «la del gran canciller Pero López de Ayala, llorado en los primeros meses de 1407», si fueron causa de contratiempo para la valerosa descendiente de los señores de la Vega, no le impidieron hacer valer sus derechos, y en lo que hace á los contradichos por Garci Fernández Manrique, á instancias suyas «en 17 de Marzo
(i) Llórente Fernández hace constar que «por Real cédula de privilegio, que he tenido,— dice, — el gusto de ver original escrita en magnífico pergamino, y fechada en 20 de Noviembre de 139$, reiteró el rey Enrique III» al Almirante don Diego Hartado de Mendoza, casado ya con doña Leonor de la Vega, «la donación del señorío de Potes y de ciento cincuenta y dos pueblos más, y una venta de la merindad de Liébana ; todo lo cual componía entonces cincuenta y ocho concejos.» «En dicha Real cédula de privilegio,— añade, — se expresa que la donación se confirma á favor del Almirante don Diego Hurtado de Mendoza, por su fidelidad y lealtad al Rey Don Juan I y á su hijo don Enrique Ilb) (Recuerdos de Liébana, página 93 cit.). «Ni se concibe de otra manera, — escribe el editor de las Obras del Marqués de Santillana, — cómo una madre tan amante de sus hijos, pudiese negar á su primogénita lo que era realmente suyo, echando sobre sí el negro borrón de ambiciosa y desnaturalizada» (pág. XIII, nota).
de aquel año declaraban... los oidores Juan González de Acebedo y Juan Alfonso de Toro, que los valles de Carriedo, Villaescusa, Gayón, Camargo, Cabezón y el alfoz de Lloredo estaban comprendidos en los privilegios de Gonzalo Ruiz de la Vega, y debían por tanto los moradores de ellos acudir á doña Leonor con todos sus pechos y contribuciones» (i).
No habremos de continuar en la tarea de exponer las vicisitudes por que hubo de pasar aquel señorío hasta quedar reconocido y firme en el linaje de los Mendoza, tanto por parte de Garci Fernández Manrique, como á causa de los pleitos promovidos por los nueve valles para reclamar y obtener su independencia, con declararse propios de la jurisdicción de la corona; algo hemos indicado en orden á este particular en capítulos anteriores (2), y muy poco puede deducirse con certidumbre por lo que á los pleitos se refiere, cuando contradicen lo resuelto en justicia, y unos y otros se atribuyen la victoria. Mas sea como quiera, y dejando intacta la empresa interesante de historiar estos pleitos á los escritores montañeses, — parece ser que «al mo-
l^i) Amador de los Ríos, Obras del Marqués de Saniillana^ pág- XV, —El señor Lasaga Larreta dice por su parte que «el primero que acudió á los tribunales contra los duques del Infantado fué el valle de Carriedo, con motivo de haberse anexionado á la Real corona, y le ganó el valle.» «Por las escrituras que se compulsaron de este pleito del valle de Carriedo,— afirma,— consta expresamente que la jurisdicción de todos los vasallos, que se dicen de Asturias de Santillana, de mar á mar son del Rey.» — «Consta también, — prosigue,— por el dicho pleito, que por petición de los dichos valles vino un juez del Rey para castigar algunos maleficios y muertes, y por haber agraviado y expelido á la Justicia de su Majestad, el cual juez se nombró ; y habiendo ido á la averiguación, condenó á muerte á muchos, y quedó la real justicia en su vigor: esto sucedió el año 1398.» «Después el año de 1403 se hizo una merced por el señor rey don Enrique [III] á su hermano el infante don Fernando, por i 2,000 doblas que le había mandado de las rentas que tenía su Majestad en todos los valles de Asturias de Santillana.» «Y siendo despachada persona por parte del dicho infante don P^ernando á averiguar las rentas reales en aquellos valles, y hacer información de quién eran, concluyeron los testigos, que así las rentas como la jurisdicción de sus lugares, tocaba á su Majestad» (Dos Memorias^ págs. 99 y 100). Mal se aviene esto ciertamente con lo que resulta del Memorial ajustado á favor de la casa de Infantado sobre la propiedad de los valles de Santillana, que existe en la Biblioteca de la Real Academia de la Historia (Bibl. de Salazar, tomo XXVII, fol. i 5).
(2) Véase la pág. 230 y siguientes de este libro.
rir [en 1404] don Diego Hurtado de Mendoza, legó aquellos bienes y señoríos» de que le había sido hecha merced por don Enrique III en 1395, «á su hija legítima doña Elvira, nacida de su esposa doña Leonor de la Vega; pero esta señora dió á la doña Elvira, de acuerdo con el marido de la misma, quince mil florines de oro^ y por tal juicio doña Elvira... renunció y traspasó á favor de su madre la propiedad de los enunciados bienes: todo lo cual fué aprobado y confirmado por Real cédula de privilegio, firmada por el Rey don Juan II en 20 de Noviembre de 1420» (i).
De tal suerte pues, é imponiendo quizás al antiguo lugar de Pando el nombre de Torrelavega, por radicar allí el solar de sus antepasados (2), — poseíale el insigne autor de las Serranillas y de la Comedieta de Ponza, edificada ya en los días de don Juan II la Torre de que recibió nombre la villa, y que hace aún pocos años subsistía gallarda; y «aunque los duques del Infantado por vanidad é interés procurasen su engrandecimiento centralizando en ella el personal de la administración antigua y la escribanía ; aunque se le concedió el mercado, y tuvo la fábrica de tejidos, costeada por los mismos duques, — Torrelavega prosperó muy poco según consta por el padrón de vecinos correspondiente al año de 1746», pues «su movimiento ascensional parte desde el día en que arrancó de la villa de Cartes la administración de correos» (3). De entonces acá, cuán diferente se presenta! Cómo dan ya razón de su prosperidad en nuestros días los edificios que se dilatan á uno y otro lado de la carretera de Oviedo, convertida en calle de Julián Ceballos, dándole aspecto señoril, y autorizándola! Cómo, con lo regocijado de su atavío, proclama sus excelencias y sus ambiciones, y patentizando ser población nueva, que nada conserva de las añejas
(1) Llórente Fernández, loco laudato.
(2) Lasaga Larreta, Op. cit. pág. i i 2.
(3) Id., id., id.
galas con que hubieron de pretender engrandecerla sus señores, goza con la libertad omnímoda de que disfruta, y con la posesión de sí propia, todas las ventajas y todos los beneficios de la vida moderna!
Recorrida grande extensión de la indicada carretera, trocada en espaciosa vía, y bordada de elegantes construcciones de varios pisos, — el ómnibus gira á la derecha, é internándose por bien empedradas calles, abundosas en comercios de toda naturaleza, y de todo género y categoría, — viene por último á penetrar por un extremo en espaciosa y rectangular plaza, que es la Mayor ^ con sus cuatro alas de anchurosos y cómodos soportales de cantería y configuración diversa, que ofrecen hermosa perspectiva, y sobre los cuales se alzan edificios modernos en su mayor número, que hablan muy alto en favor de la antigua villa, y acreditan su buen gusto. Allí ha establecido como centro y corazón el comercio sus reales con preferencia, por más que no falten, ni mucho menos, representantes suyos en las otras calles, que son arterias de la Plaza^ desplegando en sus instalaciones lujo comparable al de Santander, la émula y rival de Torrelavega, con quien ésta ha luchado largo tiempo, bien que sin poder vencerla (i), y quedando cual metrópoli de la zona occi^ dental de la provincia, á donde acuden de todas partes, quizás recordando con ello, que fué la capital de los estados de la casa del Infantado en la Montaña. Solitaria, cuando llegamos á ella, estaba á la sazón la Plaza, donde algunos puestos de pan y de verdura permanecían desde por la mañana allí inmutables, como el destino, hasta la noche, y nada hacía semblante de
( I ) En 1 8 5 o decía un escritor refiriéndose á la importancia mercantil creciente de Torrtlavega: «No es probable que Torrelavega llegue á ser de funesta vecindad para la capital [de la provincia] aun suponiendo que arribasen buques de alto bordo hasta la Requejada, y que se construyese el camino á la orilla del río.» «Todas las presunciones están por ahora,— añadía, —en favor de la supremacía y preponderancia de Santander, á no ser que sobreviniesen accidentes y transformaciones que no se pueden calcular ni presumir» (Esperón, art. cit. del Sem. Pint. Esp. tomo de 1850, pág. 220).
acreditar en presencia de quietud semejante la vida de que disfruta Torrelavega.
¡Qué distinta, con verdad, los días de mercado, los jueves, para ella tan famosos y de tanto provecho, y en especial los que llaman mercados del maíz menor ^ tiempo en el que «no hay pobres en el país, y cada cual acude á aquel concurridísimo centro de riqueza, á proveerse de lo que no tiene, con un poco de lo que menos necesita!» «Al calorcillo de esta animación, — dice Pereda, — hormiguean los tratantes y las mercancías de mil espe-
cies; y unidos todos estos estímulos á la suavidad de la temperatura, la belleza del lugar y la abundancia de las vías de comunicación, acontece que cada mercado es entonces una fiesta en que toman mucha parte las gentes desocupadas del contorno.» «Agitada, hacendosa, hirviente», — pinta yuan García la villa en tales ocasiones, «despojándose de los enjambres ya ahitos, y repoblándose de los que llegan hambrientos, manteniendo perennes y vivas las dos corrientes del hormiguero humano, la que va y la que viene, fluyendo y refluyendo por calles, caminos, paseos y veredas, á caballo, á pie, en coche, chasqueando látigos, sonando cascabeles, aguijando yuntas, silbando reses, cantando, plañendo, traduciendo en gritos, voces, ruidos y clamores varios, las pasiones todas del tráfico, de labradores y artesanos, de buhoneros y marchantes, la compra y la venta, la ganancia y
la pérdida, la alegría expansiva causada por oro, el placer del negocio feliz, el contento del traje nuevo, de la herramienta extraordinaria, del manjar no acostumbrado; el acento en suma, confuso, múltiple y turbio, pero ardiente y vivido del mercado,» el ambiente del negocio, que es el que se respira los jueves en el gran solar del linaje de la Vega.
«De los caminantes y recueros,... entre días... desparramados por los diversos caminos que cruzan la Montaña,» apenas habrá uno «que no venga al mercado de Torrelavega, ó que del mercado no venga.» «Pañeros de Castilla, vinateros de Rioja, pasiegas con el cuévano cargado á la espalda, asturianas con la ancha cesta rellena de aves sobre la indomable cabeza, aperadores, cesteros, mercaderes é industriales de industria y mercaderías varias, de poco y de mucho, de nuevo y de viejo, de rico y de pobre, de nacional y extranjero.» «Allí, los frutos de la tierra: pilas de borona sin moler, recogidas sobre tendidas sábanas; descoloridos trigos de la montaña, el álaga y el cutiano; tiernas alubias de blanca ó roja ó azotada piel; sabrosas legumbres y frescas verduras; coles y cebollas, y los pimientos y ajos duros de Quevedo.» — «Allí, los frutos de la mecánica: largas piezas de algodón pintado, que el viento flamea, y la vara mide, y corta la hábil tijera del pasiego; cintas vistosas de infinitos y vivísimos colores, tentaciones de la aldeana, y ornamento preciado del chaleco de su novio; y lienzos y muebles, hojalatería y barro, utensilio doméstico; y los frutos de la industria agrícola, apiñados quesos, y rubia manteca apellada y envuelta en hojas de rizado helécho.» «Allí, en fin, el pueblo cacareador y glotón del corral, de amarillos tarsos, colorada cresta y pomposa cola, merecida fama de esta feria, y el guarín humilde, á quien hipócrita, pero propiamente llaman los montañeses el de la vista baja, al que todo aprovecha y es á su vez todo provecho» (i).
(i) Cosids y Montañas ^"^kg^. 387-389.
Pero la vida, el «foco de la ebullición, verdadero mar de cosas y de gentes, con sus bramidos sordos y su agitación incesante,» no están sino en la Plaza, en aquel «vastísimo espacio circuido de grandes edificios, con espaciosos soportales de arco de sillería,» como quedó indicado. Sobre el encachado suelo, «el cestuco de patatas; el taleguillo de harina; los nabos de Reinosa; los limones de Cóbreces; las calladas de Puente [de San Miguel]; la triguera de chiribías; la banasta de manzanas; el queso de las Cabeceras; el celemín de físanes ; las tres parejas de pollos; las dos docenas de huevos... todas estas menudencias y otras infinitas, delante de los vendedores, acurrucados en el suelo en apretadas hileras.» «Después, en espacios más anchos, los zapatos de Novales, las abarcas de Carmona; los yugos y prisiones de Cieza; los montes de pan en roscos, en cruz y en tortas; las trébedes y calderos de Balmaseda; los puestos de baratijas, como dedales de acero, alfileteros de latón, navajas de poco más ó menos, cordones de estambre y gargantillas de cristal ; las montañas de pimientos morrones y choriceros; los corderos en capilla, — quiero decir, — escribe Pereda de quien tomamos este animado cuadro, — atados de pies y manos, jadeantes, con los ojos revirados y la punta de la lengua fuera de la boca, ora en el suelo, ora danzando en el aire sopesados por el comprador; las ollas y cazuelas de barro; las cestas de mimbre; los garrotes de Peñamellera; la vasija valenciana; amoladores y zapateros ambulantes; gallineras de Asturias.... y demonios colorados; y entre todo ello los compradores y curiosos yendo y viniendo, oprimidos, casi prensados, guardando el equilibrio, bregando sin cesar y ayudándose unos á otros para avanzar un paso en el continuo atolladero de contrarios oleajes, más irresistibles que por su fuerza, por su ruido ensordecedor y mordicante.»
«Publícase á gritos la mercancía, á gritos se regatea, y á
gritos se la ofrecen más barata desde otro puesto al comprador indeciso ; á gritos se pide paso donde, contra toda ley, no lo hay; á gritos se queja quien no puede apartarse á un lado por falta de terreno para moverse; á gritos se saludan las gentes, y á gritos se citan, y á gritos se entienden; el ferretero toca con el martillo una palillera sin fin sobre la mayor de sus sartenes; cacarean los gallos; gimen los cabritos amontonados ; gruñen los cerdos que pasan, á rempujones, del mercado de los de su especie desdichada; resuenan las panderetas probadas por mozas de buena mano, y los dalles heridos contra las piedras; rozna el paciente burro del pasiego, atado á un pilar de los soportales, libres sus lomos por entonces de la carga que su dueño publica á voces un poco más allá; suenan las campanillas de un puesto de ellas, sacudidas una á una por el aldeano que busca un par bien acordado, cuando no zarandea con toda su fuerza un collar cargado de esquilones... ¡que es lo que hay que oir!; chirría el eje del carro que pasa cargado de maíz; aulla el perro perseguido á punta piés por el queso robado ó el pan mordido; canta el ciego al son de la ronca gaita, y el lazarillo al de su pandereta, herida á puñetazo seco ; suena el martillo del herrador, y el mazo del hojalatero... y, en fin, la campana del reloj, cuando callan las de la iglesia. » «En los soportales álzase sobre improvisados mostradores cordilleras de paños y bayetas de todos los imaginables colores, y hay detrás de los mostradores tiendas atestadas de los mismos géneros y otros sin número ; y en cada calle de las que
parten de la plaza, tiendas y más tiendas, y hasta en los rincones de los edificios mal alineados ; y más lejos, otro mercado donde los granos y frutas de muchas especies entran por miles de fanegas y de arrobas; y más lejos todavía y en adecuado lugar, otro mercado de bestias de cerda; y lo mismo que en la plaza principal, en los soportales, en las tiendas, en las calles, y en los otros mercados gente y más gente, y ruido y más ruido » (i).
Tal es con efecto, el mercado de Torrelavega, famoso en toda la Montaña, conforme lo describen los mismos escritores montañeses, y por el que comprenderás, lector, en mucha parte, la razón del engrandecimiento de la villa (2), la cual, como moderna, no tiene otros recuerdos monumentales, sino es los que guarda de los tiempos en que fué del señorío de los Garcilaso y de sus sucesores los Mendoza, marqueses de Santillana y duques del Infantado, cuyo nombre es siempre allí, como en todos los que fueron dominios suyos, pronunciado todavía con singular respeto. Y pues resulta para ti conocida, después de lo expuesto, la historia del lugar, así como su fisonomía moderna, — ven con nosotros á recorrer la población, donde acaso encontraremos algo que te interese ; y cruzando la hermosa y abierta calle de Julián Ceb alio s por la de la Consolaczófi^ á poco trecho que por ella camines, verás surgir el cuadrado campanario de sillería, con tres cuerpos de distinta altura, balaustrada y chapitel exiguo de forma piramidal, correspondiente á su parroquial iglesia de Nuestra Señora de la Consolación^ que nada de particu-
( 1 ) Pereda, El sabor de la Tierruca, cap. XVIII, añadiendo : « Quisiera yo que el lector de ultrapuertos no tomara á broma esta pintura que le borrajeo de un pueblo montañés, que es, en España, quizá el primero entre los de su modesta categoría.» «Esto por lo que hace á su rápido crecimiento ; pues si se mira su belleza externa y la del paisaje que le circunda, es aún más difícil hallarle competidor. » — Al reproducir nosotros, como expresiva y plástica, y llena de energía, la pintura del mercado de Torrelavega, nos hemos permitido, con perdón de Pereda, acomodar á la marcha de la acción, el tiempo de los verbos.
(2) Celebra feria de ganado vacuno el primero y tercer domingo de cada mes; de vacuno, caballar, asnal y de cerda, de Santa María, del 18 al 20 de Abril, y las de Santa Isabel, del 19 al 2 i de Noviembre.
lar en su exterior ofrece, y cuya entrada se abre en la bonita Plaza de Baldome7'o Iglesias.
Capilla del Palacio ó Torre de los señores de la Vega, reducida, más reducida era aún que lo es en la actualidad, como destinada únicamente al referido palacio, á sus moradores y á los de la pequeña villa, pues la iglesia parroquial primitiva se hallaba en Sierra Pando, «que correspondía al señorío del monasterio de Oña» ; y sólo cuando «los Garcilasos edificaron la que hoy se dice Torrelavega» , hubo de tener iglesia propia, ejerciendo aquellos en la misma «el derecho de presentación de uno de los curas, sin duda para emanciparse» de la jurisdicción eclesiástica de Oña; «consagrada ó dedicada [entonces] á la Asunción de la Virgen, tomaron [los de aquel linaje] por divisa el Ave-María^ y de aquí, — dice el escritor montañés á que alu-'* dimos, — el que muchas veces se les diga los Garcilasos del Ave-María» (i). Tenía en el centro, y perpendicularmente delante del altar mayor, cual hubo de ser uso y costumbre en las capillas fundadas y erigidas por los magnates dentro y fuera de sus propias casas, tres sencillas tumbas ó sarcófagos de piedra, totalmente desornados, y de cubiertas de dos vertientes, en las cuales, era tradición, reposaban los restos de algunos de los progenitores del linaje de los Garcilasos, según veremos ; de menor latitud que la que hoy cuenta, — la capilla ostentaba en el presbiterio, reproduciendo sin duda el blasonado sitial señorial, sencillo banco de rústica madera, en cuyo semicircular respaldo, y aludiendo á tradición ni probada ni fundamentada tampoco (2), hallábase repartida la letra de la siguiente copla, divi-
(1) Lasaga Larreta, op. cit, pág. i i 1.
(2) Hácese eco de ella el señor D. Amos de Escalante, quien escribe que en el paso del puente sobre el Salado « fué donde, ofendido Garcilaso de la insolencia del gallardo moro que traía atado á la cola de su caballo un listón con las letras del Ave-María, cerró con él en desafío, dióle muerte, y puso las azules letras sobre el oro fulgente de su limpio escudo» (Costas y Montañas, pág. 382). La (2rónica de don Alfonso XI, en el lugar citado (cap. CCLI) no hace mención de nada de esto, y por el contrario expresa terminantemente que allí fué herido Garcilaso;
sa quizás del blasón de los Garcilasos, y no menos «desaforada» ciertamente, que la de los Quevedos en Bejorís, y que otras muchas de los linajes de la Montaña, diciendo :
« Garcilaso de la Vega en la batalla del Salado, venció al moro que llevaba á la cola del caballo el Ave-María» (i).
Deplorable y triste debía ser el estado en que la Capilla se encontraba al mediar de la presente centuria, á despecho de las reformas en ella ejecutadas desde el siglo xiv, fecha probable de su construcción (2), cuando decía de la misma en 1850 un escritor que, «aparte de ser poco decente, está amenazando desmoronarse en un día de tormenta», por cuya causa, «el ingeniero D. José Moreno, que permaneció allí algún tiempo, ha levantado,— añade, — un plano de una iglesia de una arquitectura sencilla y á la par elegante» (3), edificio de indispensable necesidad en la villa, que carecía de él y que no lo ha construido, decidiéndose en cambio el administrador del duque de Osuna en Torrelavega, y notable abogado, Sr. D. Nicanor Díaz de Lavandero, á acometer la empresa de ampliar, restaurar y fortalecer la Capilla en 1853, quedando después de aquellas obras en
por lo demás, conocida es la tradición, tenida por más verosímil y enaltecida en los romanceros, del Triunfo del Ave-Marta, en virtud de lo cual consta la hazaña de Pulgar en Granada, y el romántico y caballeresco desafío de Garcilaso con el moro Tarfe, en la Vega de aquella ciudad muslímica.
(1) Debemos esta noticia á la galantería del notable artista D. Eugenio de Lemus, natural de Torrelavega y actual entendido director de la Calcografía Nacional, quien vió muchas veces y grabó de niño en la memoria esta copla, añadiendo que debajo de ella y en números romanos estaba la fecha de la batalla.
(2) En el «codicilo de Gonzalo Ruiz [de la Vega], otorgado en Castro del Río (Córdoba) á tres de Octubre de i 349,» después de legar al rey « su lorigon, el que él me dió,» declara aquel : «é si finase, que me mande llevar á enterrar á Santa María de la Vega» (Escalante, Op. cit. pág. 385, nota, tomándolo del Pleito de los Valles).
(3) Esperón, art. cit. del Sem. Pint. Esp. t. de 1850, pág. 219.
la disposición y estado en que hoy se ofrece á las miradas del viajero. Consta en la actualidad de tres naves, con recios pilares cilindricos, sobre los cuales descansan las bóvedas, de cascos, recorridas de ornamentales nervios, según ocurre en orden á la mayoría de las iglesias modernas de la Montaña, y con aspecto de tal suerte indeciso, que ni conserva nada de la XIV. ^ centuria, ni de las siguientes cosa que sea por modo alguno característico en ellas, pues al paso que las bóvedas recuerdan la tradición ojival, los pilares tanto pueden ser del siglo xvi como del XVII, no siendo ni aquellos ni éstos los primitivos de la capilla, donde en 1349 mandaba enterrar su cuerpo Gonzalo Ruiz de la Vega, el héroe del Salado, todo lo cual hace suponer que la transformación debió de ser completa, con la agregación de la nave de la Epístola y la Capilla Mayor, y que aquel por cuyos planos fué llevada á efecto la reforma, no dió en ella cabida á las influencias greco-romanas, que allí por ningún lado tampoco aparecen, si no es en la Capilla Mayor, respetando lo que encontró hecho sin duda en el siglo de Felipe IV y Carlos II, é imitando en lo agregado la obra antigua, restaurada y fortificada.
De cualquier modo que sea, al extremo de la citada y mo derna nave de la Epístola, y bajo la tribuna que allí resalta, se abre sencillo y desornado, modesto, ó mejor humilde arco, apoyado en dos pilastras de piedra, y cerrado por una lápida de mármol negro, donde en diez líneas de capitales incisas se declara:
ESTOS TRES SEPULCROS QUE SEGUN LA TRA... ...DICION Y ANTIGUOS ESCRITOS CONTIENEN LOS
CUERPOS DE D.A LEONOR DE LA VEGA, DE GON... ...ZALO RUIZ DE LA VEGA Y DE FRANCISCO DE 5 LA VEGA SS. DE LOS ESTADOS Y CASA DE LA VE... ...GA, FUERON TRASLADADOS EN SU FORMA PRI... ...MITIVA DEL CENTRO DE LA YGLESIA A ESTE PAN,.. ...TEON EL AÑO 1853 CON PERMISO DEL E.o S.'^ DUQUE
DE OSUNA Y DEL INFANTADO, POSEEDOR 10 DE DHA. CASA POR ESTE ULTIMO TITULO
l . —
TORRELAYEGA.— Interior de la iglesia parroquial
'SANTAND.PZR
Panteón de los Garcilasos en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Consolación.
Allí con efecto, en aquella bóveda, á donde, para desembarazar la iglesia eran conducidos en la fecha memorada, — descansan los restos de aquella insigne doña Leonor de la Vega,
ó6o
nieta del Garcilaso muerto cruelmente por el rey don Pedro en Burgos el año 1351, esposa en primeras nupcias de don Juan de Castilla, sobrino de Enrique II, y en segundas del Almirante don Diego Hurtado de Mendoza, y madre por último del egregio Marqués de Santillana, honra de las letras españolas y gloria del siglo que ilustra don Juan II, el amador de toda gentileza; allí descansan, de la ímproba y agitada vida que llevó después de la muerte del Almirante, defendiendo el patrimonio de su primogénito, herencia de sus mayores en los valles de Santillana, «hasta apelar á la fuerza de las armas» (i), como descansan los de su último hijo Gonzalo Ruiz de la Vega, á quien sin duda la tradición confunde con el bravo montañés del mismo nombre, y mayordomo del infante don Fadrique, cuyo heroico ardimiento dió ocasión á la victoria del Salado, y que mandaba ser enterrado en Santa María de la Vega, según quedó insinuado arriba. Lugar aquel es por cierto, poco digno de la grandeza de los personajes cuyas cenizas guarda, y poco honor, en justicia, hace á la magnificencia de los duques de Osuna, herederos por el estado del Infantado, del de los señores de la Vega, quienes debían procurar para tales memorias más decorosa manera de ser perpetuadas.
Ruinas informes y descompuestas, son hoy todo lo que resta de la altiva y gallarda Torre señorial de la Vega, que dió nom-
(i) «No se apartó doña Leonor un punto de la def^^nsa y cuidado de su patrimonio: en 1426 requerían en su nombre Pero Gómez de la Lama y Alfón de la Vid á la familia de los Manriques, sobre la posesión de los Barros, San Maté y los Palacios, en el valle de Buelna (Arch. del Inf., caj. 9, leg. i , núm. 7): en 1428 rechazaba la usurpación que en el monasterio de San Salvador de Lariego hacía Diego de Arce, apoderándose de la cuarta parte de sus bienes, que eran del patronato de la casa de la Vega (Id., caj. iq, leg. 3, núm. 8); en 1429 solicitaba y obtenía cédula real para reservar del servicio de la guerra de Aragón cien fijos-dalgo de sus estados, con lo cual conquistaba su cariño y respeto (Id., caj. 9, leg. 3, número I 3); en Noviembre de 143 1 era requerida por el rey, á fin de que se apartase de todo debate con los Manriques sobre las merindades de Santillana, y despidiese la gente de guerra que tenía á punto, para defensa de sus contradichos derechos (Id., caj. 9, leg. i , núm. 5 r)» (Amador de los Ríos, Obras del Marqués de Santillana, pág. LV, nota).
bre á la villa: melancólico resto de las grandezas pasadas de aquel linaje exclarecido, aguarda sólo el momento en que, perdiendo el equilibrio al menor accidente, busque con estrépito descanso en la tierra. Alzase enhiesto aún y á pesar de todo, evocando recuerdos de tiempos fenecidos, entre las hierbas nacidas á la aventura sobre los escombros mutilados que la vegetación discreta, como con un sudario cubre con sus galas, habiendo visto desaparecer el noble Palacio, ya derruido, y cuya área se repartieron la iglesia, el humilde solar cerrado que aprisiona las ruinas, y el edificio que lleva título de Palacio de Saro que tiene el emplazamiento de la Torre propiamente dicha, y conserva aún dos de sus muros. Nunca con mayor propiedad pudieron ser aplicados aquellos sentidos versos con que Rodrigo Caro lloraba la desventura de la Colonia Italicense en su Canción famosa; nunca pudo decirse con mayor exactitud que
la casa para el César fabricada hoy yace del lagarto vil morada 1
Rojizos, corroídos y aun movidos están los sillares del muro que todavía subsiste, y que en su zona inferior perfora una ventana de arco florenzado, que lleva á pensar en los días de Enrique III, mientras en la zona superior se rasga otra ajimezada, de arquillos apuntados, tan desgastada toda y de carácter tan indeciso, que de igual suerte podría ser estimada como labor del siglo XIV ó como fruto del xv. A este último, sin embargo, debe ser referida la Torre^ aun supuesta indecisión semejante, tanto más cuanto que á ti y á nosotros, lector, nos constan ya por experiencia el prestigio y el arraigo que la tradición obtiene en la Montaña, y la dificultad, y aun la resistencia que podría decirse, opuso á recibir nuevas y desconocidas influencias por lo que al arte de construir se refiere, que es á lo que aludimos.
La iglesia reformada y las ruinas, es lo que queda ya ostensible de la Torre ó Palacio que engendró la villa, declarando
centro aquel lugar de los estados de sus señores; una y otras tienen enfrente espaciosa y alegre plaza, plantada de árboles, en la cual se hallan las Casas Consistoriales, erigidas en 1855 sobre porches, y en la esquina de aquel edificio, marmórea y negra lápida honra la memoria de uno de los hijos de Torrelavega, cuyo nombre ha recibido, con declarar en letras de oro y entre atributos marinos, que aquella es la
PLAZA
BALDOMERO IGLESIAS,
quien «pereció heroicamente en la catástrofe del vapor Gijón^ de cuyo buque era capitán, en la noche del 21 de Julio de 1884».
Catorce Ayuntamientos, con 28,977 habitantes en 1887, forman el partido de que es cabeza Torrelavega, y á cada uno de ellos corresponden los lugares siguientes:
Anievas. — 629 habitantes,
Arenas de Iguña. — 2,330 habitantes. .
Barrio Palacio. Caiga (aldea). Cotillo (capital). La Rosa (albergue). Villa Suso.
Arenas. Bostronizo.
Cajigas nuevas (corral de ganado).
Castaño (caserío).
Cohiño.
Laserna.
Las Fraguas.
Las Tejeras (caserío).
Los Llares.
Palacio (barrio).
Pedredo.
Riovaldeiguña (barrio). San Cristóbal. San Juan de Reyedo. San Vicente de León. Santa Agueda.
Barcena de Pie de Concha. — 1,155 habitantes
Bárcena de Pie de Concha.
Hoyancón (albergue).
Las Llamas (corral de ganados).
Pie de Concha (agregado).
Pujayo (villa).
San Lorenzo (caserío).
Cartes. — 1,245 habitantes.
Barquera. Bedicó. Cartes (villa). Corral.
Herrera (barrio).
Mijarojos.
Río Corbo.
San Cipriano (ermita)
San Miguel.
Santiago de Cartes.
Yermo.
Valle de Cieza. — 1,042 habitantes.
Alcedo (caserío). Collado.
Los Tojos (caserío). Media Hoz (id.) Villasuso. Villayuso (capital).
Los Corrales. — 2,384 habitantes.
Alzares (caserío). Barros.
Caldas de Besaya (caserío). Coó.
Los Corrales. Otero (caserío). Rebujones (id.) San Mateo. Somahoz.
M1ENG0. — 1,301 habitantes.
Bárcena de Cudón.
Cuchía.
Cudón.
Gornazo.
Miengo.
Mogro.
Monte (barrio del).
Molledo. — 2,200 habitantes.
Ongayo. — 1,793 habitantes
PoLANCO. — 1,054 habitantes
Bujín (caserío).
Campo de Helguera (ferrería). Cobejo.
El Bescaño (molino harinero).
El Concejo (id.)
El Pedrón (caserío).
Helguera.
La Cueva (caserío).
La Lera (molino harinero).
La Tejera (caserío).
Lonjar (fábrica de harina).
Maguales (molino harinero).
Media Concha.
Molledo.
Peñamesón (molino harinero). Pontón de Pedraza (id.) Portolín (fábrica de harina). Río (molino harinero). San Martín de Quevedo. Santa Cruz. Santa Olalla. Sihó.
Yosa (barrio). Villaordún (id.)
Avíos (barrio).
Cortiguera.
Hinojedo.
Lafuente (barrio).
Ongayo.
Puente-avíos.
Sangedo (barrio).
Suances (villa).
Tagle.
Vía (barrio).
La Iglesia. Mar.
Posadillo. Ramera.
Requejada (barrio). Soña.
S A N T A N
D E R
Reocín. — 2,982 habitantes
San Felices de Buelna. — 1,555 habitantes.
Santillana de la Mar. — 1,773 habi-
' Agüera (barrio). Barcenaciones. Caranceja. Cerrazo. Elguera. Golbardo. Izán (barrio). La Carrumbia (caserío). La Veguilla. Los Valles (capital). Mercadal.
Puente de San Miguel.
Quijas.
Reocín.
San Benito (caserío). San Esteban. Sierra Elsa. Villapresente. Vinueva (barrio).
• Jain. La Acebosa (caserío). La Barbecha (id.) Las Bárcenas. Llano. Mata. Posajo.
Rivero (capital).
Santa Marina (caserío).
Sopenilla.
Sovilla.
Tarriba.
Arroyo (barrio). Barrio Yuso (id.) Camplengo (id.) Cabo Redondo (caserío). Herrán (barrio). Mijares. Peredo (barrio). Queveda.
Tórrela VEGA. — 7,534 habitantes.
tantes 1 Quintas (caserío).
Riaño (barrio). Riáñaz (id.) Riayán (id.) Santillana. Ubiarco. Viveda. Vispieres.
Barreda. Campuzano. Duález. Ganzo. La Montaña. Lovio.
Sierra-Pando. Taños.
TORRELAVEGA.
Torres. Viérnoles.
Es por tanto el partido de Torrelavega, el tercero por lo que hace á la población en toda la provincia, y está llamado con verdad, por sus condiciones especiales, á mayor desarrollo que el que hasta aquí ha alcanzado, contando en su término municipal y sobre el río Besaya, fábricas de harinas tan importantes como lo son las denominadas La Estrella y La Casualidad; otra de pastas dependiente de la primera, otra de chocolate, con motor de agua, titulada La Constancia; dos de curtidos en grande escala; una de teja plana y curva, ladrillo y baldosa apellidada El Progreso ; molinos harineros en Barreda, Torres, Ganzo y Viérnoles, y telares, almacenes y depósitos comerciales de importancia. Con tales elementos, y la notoriedad que alcanza en la Montaña, la proximidad del puerto de San Martín de la Arena ó de Suances, y la de las minas famosas de Reocín, no hay que dudar cuál habrá de ser su destino en lo futuro, patentizándolo así su estado próspero presente. Ojalá que todos los pueblos que fueron solar de ilustres familias en la Montaña, siguieran el ejemplo con que les convida incesante ésta de los señores de la Vega!
CAPÍTULO XIX
De Torrelavega á Santillana de la Mar. — Don íñigo L(5pez de Mendoza. — Gil Blas. — Queveda.~El Palacio llamado de don Beltrán de la Cueva. — Santillana.— Su cueva de Altamira. — Sus memorias históricas. — Sus memorias monumentales. — La Colegiata, monumento nacional.— Su riqueza y valía arquitectónicas.
I, como en vínculo indisoluble, al nombre de Torrelavega aparece unido íntimamente el recuerdo de sus fundadores los Lasos de la Vega, linaje ilustre en la historia y en los romanceros, y cuya casa era de las mayores de Castilla, al decir de Gutierre Díaz de Gamez, alférez del conde de Buelna y su cronista, ^ quién habrá, que al oir siquiera el de Santillana, cual mágica evocación ó misterioso conjuro, no vea surgir, majestuosa y noble, la figura de aquel procer egregio, honra de la patria, «el más acabado modelo del buen gusto, del valor y de la hidalguía, » docto entre los doctos, amigo y protector de los que con él y como él se dedicaron en su tiempo al cultivo de las letras y de las ciencias, y que «realiza en sus obras aque-
lia saludable y gallarda máxima de que la sgiengia non embota el fierro de la langa, nin fage fioxa el espada en la mano del caballero (i), don Iñigo López de Mendoza, en fin, primer marqués de Santillana, señor de la Vega y del Real de Manzanares?... ¿Quién olvidará al magnate insigne, tan valeroso y diestro capitán como hábil político, apellidado el Marqués de los Proverbios en la Montaña, y á quien llamaban, entre otros, Juan de Mena «perfetto amador del dulge saber» y Gómez Manrique «fuente manante de sabiduría,» mientras ponderaba su erudición y su maestría este último poeta, diciendo:
Por cierto no fué Boecio ni Leonardo de Aregio en prosa más elegante ; pues en los versos el Dante ant'él se mostrara negio,
y lamentaba su muerte, al escribir.:
Lloren los onbres valientes por tan valiente guerrero ; é plangan los eloqüentes, é los varones prudentes lloren por tal compañero?
Y ¿quién habrá, que al lado de aquel hijo de doña Leonor de la Vega, á quien debió su educación, no halle también al fingido personaje de Gil Blas, en quien muy ilustre escritor mon-
(i) Prólogo á los Proverí)íos.— Repetían luego como adagio esta hermosa máxima, diferentes escritores del siglo xvi, como escribe el autor de la Historia critica de la Literatura Española: «Feliciano de Silva, en su Segunda Celestina^ decía:
«Allende de ver su grande excelencia verás el refrán cumplido y entero ; ^ no embota el saber la lanza al guerrero.))
«Algún tiempo después escribía Julián del Castillo en su Historia de los Reyes Godos, que daba al público su hijo en 1624: Letras no embotan las armas, según dice el proverbio vulgar, y es verdadero» (Amador de los Ríos, Hist. crit. de la Lit. Esp., t. VI, pág. III, nota).
tañés de nuestros días ha querido ver no sólo la mano, sino la representación real del autor de La Vida es sueño y El Alcalde de Zalamea^ cuando se encuentra en tela de discusión por parte de algunos todavía la nacionalidad del aventurero (i)? Acercarse pues á Santillana, es como salvar la barrera de los tiempos que pasaron, y penetrar en aquellos otros en los cuales florecen con don Juan II sobre todo, Juan de Mena, don Alvaro de Luna, don Alonso de Cartagena, don Enrique de Aragón, Hacías, Pérez de Guzmán, Juan Alfonso de Baena, Diego de Valera, Antón de Montoro, Gómez Manrique, y tantos y tantos como en medio de las desdichas que afligieron á Castilla en el siglo XV, supieron engrandecerle é inmortalizarle, y cree el viajero que á cada paso, en la carretera de tercer orden del Puerto de San Miguel, habrá de aparecer lucida cabalgata, ora de los partidarios del señor de la Vega, ora de los de Garci Fernández Manrique, quienes, con el brillo de las armas y los matices de los paños y de las telas, han de prestar animación y encantos nuevos al paisaje, cuando no alguna de aquellas vaqueras
De buen continente, La cara plagíente, Fresca como rosa, De todos colores Qual nunca vi dama Nin otra, señores,
según cantaba en una de sus Serranillas el marqués de Santillana (2), y que guardando «muy grand cabaña,»
Garnacha traía De oro, pressada Con brocha dorada Que bien relucía (3).
(í) Ríos Y Ríos, Biografía del célebre poeta dramático don Pedro Calderón de la Barca (Torrelavega, 1883).
(2) Obras del Marqués de Santillana, Serranilla IX. ^: MoQuela de Bores.
(3) /i. Serranilla ni : Después que nascí.
670 SANTANDER
Pasa la memoria revista involuntariamente á aquella gloriosa centuria, y como si algo faltase al cuadro, — fuera del camino, y produciendo efecto sorprendente en esta tierra, tan acaudalada y rica en grandezas de todo género, que cerca de Santander se
QUEVEDA, — Palacio llamado de D. Belthán de la Cueva, entre Torrelavega
Y Santillana
enorgullece con ser patria de Velarde en Muriedas, de los Acebedos en Hoznayo, de Juan de la Cosa en Santoña, y por no hacer mención de más hijos insignes de la Montaña, del linaje de Quevedo en Bejorís, del de Lope de Vega en la Vega de Pas, del de Garcilaso en Torrelavega, y aquí en la bahía de Oreña del de don Pedro Calderón de la Barca, — en el humilde pueblo de Queveda se levanta suntuoso Palacio al que la tradición une el nombre del famoso don Beltrán de la Cueva. Coronado en su
fachada lateral por la exuberancia de hojosas plantas trepadoras, — mientras su aspecto es por extremo pintoresco, muéstrase erguido aún, con sus tres cuerpos principales de sillería, su frontón almenado y en el medio de la tercera zona ó cuerpo de la fachada, el señorial blasón, que nunca falta en los edificios de esta especie por toda la Montaña, y en el cual hacen oficio de tenantes dos leones. Ventanas de medio punto, hoy tapiadas, flanquean las armas y corren por la fachada lateral, y por bajo de este cuerpo, en el segundo, sombreada por saliente penacho de verdegueantes parietarias, avanza volada reja, con cuadradas y reducidas ventanas que por toda esta zona se dilatan, resultando en su conjunto la fábrica de muy agradable romántica entonación, por más que no sea dable ni mucho menos referirla á la época del personaje á quien como solar es atribuida, y presente por el contrario caracteres por los cuales acredita ser fruto de la XVI. ^ centuria.
Pero dejando á un lado estas memorias, si interesantes no exiguas en la Montaña, y prescindiendo de cuanto pueda detener por más tiempo nuestra ansiedad por conocer á Santillana, que de la Mar se intitula, — habrás, lector, de perdonarnos pues ya te la hemos dado á conocer (i), que no te invitemos á visitar en Vispieres la Cueva de Altamira^ con sus controvertidas pinturas, su aspecto imponente, sus medrosos recintos y sus restos de edades remotas, que puedes apreciar por ti propio hoy entre las colecciones de los tiempos primitivos en el Museo Arqueológico Nacionaly donde son conservados. Hay además otra razón, y no despreciable, para ello: los desprendimientos de las bóvedas obstruyen el paso, y son tan frecuentes, que es peligroso el intento de penetrar en la Cueva^ donde nada nuevo hallarás, sin duda, sobre lo que arriba quedó consignado. Así pues, hagamos parada en el pueblo, situado á la derecha de la carretera; y mientras á la sombra de los copudos álamos esperas impaciente
(i) Véase el cap. III.
con nosotros más que el momento de fortalecer el estómago, cuyas tiranías son irresistibles, el de visitar la famosa Colegiata^ — no llevarás á mal que recordemos algo de la historia de esta localidad interesante, pero cuyo aspecto, desde el punto en que nos encontramos, ni ofrece nada de particular, ni tampoco incita y convida, como si dentro de sí no guardase un mundo de memorias, grande, de verdadero mérito y de importancia.
No falta con efecto quien, seducido por la similitud fonética del nombre de la villa, y arrastrado por el ambiente de la época, haya dado al olvido sin cautela ni razón la historia de aquella, para suponer que en este paraje existió cierta población llamada Castra Atilianay de donde le viene el nombre á la presente (i); tampoco falta quien, como Argáiz, recurra al de «Concana^ referido por Ptolomeo en los Cántabros»; pero esto nada nos importa, ni es cierto, ni merece siquiera ser discutido: porque lo que resulta verdadero, y como indiscutible puede ser aceptado, es que inmediato á Santillana, es decir al santuario devotísimo de Santa Juliana, Virgen y Mártir de Nicomedia en Bitinia, aun en el siglo xi perseveraba una villa apellidada Planes «por estar en plano ó llano», y que distando «de la iglesia de la santa un cuarto de legua», con el crecimiento de «lá devoción, y fama del santuario», «el vecindario se fué pasando» á éste; y despoblándose aquella, empezó «la actual con nombre de Santillana^ abreviado por el de Santa Juliana, que pronunciaban Santa lllana (y más compendiado Sant Illana), al modo que abreviaban el nombre de Julián en Illán» (2), como es notorio.
(1) Pedro Juan Núñez, «en los Comentarios que escribió en el 1562 sobre Dionisio Africano », según expresa el P. Mtro. FIórez, añadiendo éste: «pero no dice en qué Autor halló tal nombre, ni yo me acuerdo de haberlo leído ». « Antonino nos da un lugar llamado Atiliana (sin Castra), pero estaba entre Briviesca y Agreda: cosa que no puede acomodarse á Santillana, que es de la Región de los Cántabros, en la cual nadie mencionó á Castra Atiliana» {Esp. Sao-r., t. XXVIl, pág. 400).
(2) Flórez, Op. y tomo cits., pág. 40 i .
SANTANDER 673
Ignórase, en realidad, el tiempo y la ocasión en los cuales fueron conducidos á este lugar de la antigua Cantabria el cuerpo ó las reliquias de la santa, que obtuvieron singular veneración en la diócesis burgalesa, suponiéndose que la traslación á España debió acaso de verificarse en el último tercio del siglo VI, año de 568 (i). Humilde santuario debió ser aquel por cierto, en que la tradición afirma era guardado el cuerpo de la mártir, como en contrario debió ser grande la devoción que inspiraban sus reliquias entre los habitadores de la comarca, «pues en el siglo nono venía ya de antemano autorizada su iglesia con Monasterio famoso, á quien los fieles hacían muchas donaciones», según expresa el discretísimo Flórez, no existiendo prueba ni documento alguno relativos á la fundación de semejante casa religiosa (2). Con el afán de enaltecerla, sin embargo, hay quien la supone ya convertida en Colegiata^ y fundada en tal concepto por el insigne don Pelayo, en el primer tercio de la VIII/^ centuria, exhibiendo al propósito como irrecusable testimonio «una escritura de su archivo, que el P. Sota vió, y describe en estos términos:» «Pergamino suelto y letra gótica muy » dificultosa de leer... por su mucha antigüedad, despintada en » algunas partes, á cuya causa no la pudimos leer enteramente... »Lo restante, en que estaban los testigos ó confirmadores con
(1) Flórez, Es^. SagT., t. XXVII, pág. 405. El Sr. Fernández-Guerra, haciendo relación á los días del primer Alfonso, escribe aceptando el supuesto, que entonces « á Liébana y sus aledaños apodaron Asturias de Sancta Illana, por causa de atesorar dos siolos hacia ya las reliquias de Santa Juliana» (Cantabria^ página i i $ del t. IV del Bol. de la Soc. Geográf. de Madrid).
(2) « Algunos— dice el sabio agustino— la atribuyen á San Atanasio, que suena también en el ilustre monasterio de Valvanera, donde unos recurren á San Atanasio de Alejandría : otros á un santo Monge, y otros al Obispo de Brixia». «El fingido cronicón de Liberato atribuye el principio del monasterio de Santa Juliana al grande Atanasio ; pero no cuidando de aquel fingido escrito, es hoy más recibido, que aquel glorioso Patriarca de Alejandría no vino á España». «Gil González, en la descripción del Arzobispado de Burgos — añade,— escribió que fundaron esta Abadía las Infantas Doña Fronilda, y Doña Biceta: no añadiendo más, como que era punto muy notorio, y que no causaría novedad tales Infantas». «Pero ni hay tales personas en la Casa Real, ni aunque las hubiese, era suficiente nombrarlas» {Esp. Sagr., t. cit., pág. 29).
»la firma de este príncipe (Pelayo) y la del notario, también es- »taba despintado».
Donación de ciertos bienes al Monasterio, — el documento comienza: «Ego Don Pelayo... Sigue un claro dejado por las palabras que expresarían el apellido ó título del donante, y prosigue con las fórmulas curiales, constituyendo la donación a Sancta Juliana i7^ Planes^ et addate Don Pero^ designando los bienes por los nombres de sus antiguos poseedores: solar qui fuit de María loannes filia de loanne Sansigez... et la térra del solare de Michael Flanco {¿Yo\2SizoT), qui ftiit de Illana Miguelez...\ decláralos libres de pechos y cargas, y concluye conminando á los infractores». «De la fecha quedaba: Facta charta istius testamenti suó era... CC... quarto kalendas martias ; en cuyo estado se podía suponer que precedía al doble centenar el signo de quinientos (D), y que le seguían los necesarios para formar un tercio de siglo» (i). Mas si no es lícito invocar como prueba de la existencia de la Colegial en el siglo viii.° el documento, que resulta falso, no sucede así en orden al Monasterio, si ha de darse crédito á las escrituras alegadas, existiendo algunas «de donaciones hechas á los Abades y Monasterio de Santa Juliana por los años de 870», las cuales, según se asegura, «prosiguen por el tiempo de los Condes Fernán González, Don García y Don Fernando, primer Rey de Castilla, del cual pone el P. Sota la escritura 20, del año de 1043, ^[ue es insigne donación al Monasterio de Santa Juliana, anejándole los Monasterios de San Román de Fanniz, el de Santa Cecilia, el de San Julián de Ca-
(1) D. José Godoy Alcántara, Ensaco sobre los apellidos castellanos, páginas 212 y 213, donde continúa : « Sospecho que el tiempo destructor que tan discretas lagunas hizo en este documento bilingüe de fines del siglo xii, fué Lupián Zapata, quien durante su larga residencia en Burgos no dejaría de visitar la antigua y rica colegial de Santillana, llevado, bien de su afición, á registrar viejos archivos, hiende su industria de fabricante y compositor de órganos». «En que conocía el documento— añade el Sr. Godoy Alcántara,— no cabe duda, porque trató de autorizarlo en el cronicón de Hauberto Hispalense, mencionando en el año 736 como varón doctísimo al abad Pedro, que en él se nombra».
nalejas y el de San Ciprián, con varias posesiones de viñas, sernas, tierras, molinos, etc.» (i).
Prueba, sin embargo, superior á todas, y por la cual se acredita el prestigio, la autoridad y la fama del Monasterio en esta parte occidental de la antigua región cantábrica, ofrece el hecho de que desde el mismo siglo viii.° recibiera el título de aquella santa la zona montañesa de la Liébana y sus aledaños, hasta la confluencia del Saja y el Besaya, perpetuándose en las centurias siguientes, y siendo el lugar de Planes como el centro y corazón de la misma. No era pues de maravillar por tanto, que los Condes de Castilla procurasen honrar, enaltecer y acaudalar con frecuentes donaciones al Abad y al Monasterio de Santa Illana, ni que Fernando I el Magno le erigiese en cabeza y señor de otros monasterios, iglesias y santuarios, desde Aguilar de Campóo hasta la costa, ni que engrandecido ya y ricamente heredado por tales beneficios y mercedes, el mismo príncipe otorgase para él y su territorio el fuero que lleva la fecha de 19 de Marzo de 1045 (2), y de que hacen mérito los autores. Sospechan algunos que pudo ser monasterio dúplice^ deduciéndolo «de ciertas cláusulas de donaciones personales de conversos de uno y otro sexo y de esta frase: in presentía abbatisae Fronildi roborabi^ contenida en la escritura de heredamiento de ciertas viñas en Liébana, que firma el abad Juan, año 102 I» (3) ; pero sobre no hallarse tal conjetura demostrada, ni ser suficiente prueba la propuesta, consta por documentos que esta abadesa doña Fronilde, lo era á la sazón en el rico monasterio de Santa María de Piasca (4), aludiendo á ella por
(1) Flórez, Op. cit., pág. 30 del t. XXVII.
(2) Véase dicho documento en los Apéndices.
(3) Escalante, Coscas A/o«/awas, pág. 5 7 i , citando el libro de Regla, escritura número 42,
(4) Es el documento número 830 de los que procedentes del Monasterio de Sahagún se conserva en el Archivo Histórico Nacional, carta por la que «Munio Alfonso hace donación al monasterio de Santa María de Piasca, que habían fundado sus abuelos, y á su abadesa Fronildi, de la quinta parte de todos los bienes que
tanto la escritura de heredamiento de aquella fecha, relativa á Santillana.
No se sabe á punto fijo la época de la secularización é instituto de Colegial con que aparece en el siguiente siglo ; mas todo obliga á presumir, como propone el P. Mtro. Flórez, que tal reforma debió acaecer en la primera mitad del xii.° y días del glorioso Emperador Alfonso VII, conquistador de Almería, tanto porque en escritura de aquel tiempo se hace referencia á los canónigos de Santillana (i), cuanto porque así parece debe entenderse, de uno de los privilegios concedidos por Fernando IV al Monasterio, que lo es el de confirmación de todos los anteriores de que gozaba. Ganoso de honrarle aún más, y conforme lo practicaba en Santander y en Laredo, — también Alfonso VIII en 1209 fijaba su atención en el Monasterio de Santillana, cual sus antecesores, y daba entonces al abad y cabildo el señorío perpetuo de la villa, que había ido poco á poco formándose en torno de la prestigiosa casa de religión, y que era ya importante, y había crecido á expensas de Planes, convertida en pago (2). Por la concordia «hecha entre el Abad y Canónigos en Septiembre del año 1238» (3), viénese en co-
tenía en Val de Rodias, in illa Varcena y en otros puntos )>.—« Facta scriptura testamenti... notum die quod erit XVIII, kal. iulias, Era LX.VIII.^ post milésima (i 4 de Junio de 1030). Regnante Ueremundus princeps prolix Adefonsus lejionensis sedis» {Índice de los citados documentos del Monasterio de Sahagún, publicado por el Arch. Hisí. Nac, pág. 191).
(1) Libro de Regla, escritura del fol. 62 cit. por Flórez, y «por la cual el presbítero Pedro Ibañez, Prefecto de la Cofradía de Santo Domingo de la Barquera, unió la Iglesia y Barca que los tales cofrades edificaron en honor de Santo Domingo, al abad de Santillana Martín, y á sus Canónigos» (Esp. Sagrada, t. XXVII, pág. 33).
(2) El documento número 1830 de los que procedentes del Monasterio de Sahagún posee el cit. Arch. Hist. Nacional, así lo acredita; es una carta de venta de una viña in pago de Planis al dicho Monasterio, hecha «in Era M.* CC* XL. VIIII.'' (Año 12 11). Regnante rege Aldefonso cum regina Elionore in Tolete etin Castella» {Indice cit., pág. 420).
(3) Por distracción, sin duda, afirma el Sr. Escalante (D. Amós) que el clarísimo Flórez confiesa ser esta escritura «donde por vez primera encuentra la calificación de canónigos aplicada á la Comunidad de Santillana»; lo que el docto agustino hace es deducir por ella que existían de antes ; la mención primera la refiere á la pág. 33 y época de don Alfonso VIL
nocimiento de que «diez Monasterios de los pertenecientes á Santa Juliana servían á diez Canónigos de préstamos: y estos Monasterios daban al Abad sus porciones: los demás Monasterios é iglesias, rentas y bienes de Santa Juliana, daban también la mitad á los Canónigos, que eran veinte: pues fuera de los mencionados, había otros diez que tenían sus préstamos en las iglesias y Monasterios allí expresados», constando además «cuatro dignidades, Prior ^ Chantre^ Sacrista y Magister^ que tenían ración doble», todo lo cual demuestra con efecto, «cuán bien dotada estaba aquella iglesia» (i).
Rica pues, debía de ser y lo era en realidad la Colegiata en el siglo XIII, en el cual confirmaban Alfonso X y Sancho IV el fuero de 1045, Y tal disposición perseveró «el señorío abadengo... íntegro» respecto de la villa hasta los días de Fernando IV, gozando «de grandes exenciones, de no contribuir al Obispo, ni admitir Merino, ni Sayón, etc., ni pagar pechos, ni portazgos», así como del derecho de que ninguno de los de la iglesia pudiere «ser compelido por Juez seglar, ni usurpar sus bienes» (2). Aquel monarca, cuya desventurada minoridad protegió valerosa contra todos la egregia doña María de Molina, sobre confirmar en Valladolid durante el primer año de su proceloso y breve reinado á «Don Rui Pérez Abat de Santillana, mió Capellán, — dice, — et á nuestros sucesores, et al Cabildo et á la Clerecía» de la iglesia, así como á los vasallos del mismo Abad «todos los privilegios et las cartas» que habían recibido del emperador Alfonso VII, «et de todos los otros Reyes» que habían sido antes de él, — agradecido al Concejo de la villa en que cuando niño pequeño se había criado, por «el celo con que los de esta tierra miraron por su honor y bien de la Corona», otorgábales en Burgos á 27 de Julio de 1302 beneficioso privi-
(1) Es/>, Sa^rarfa, tomo cit. pág. 3 I .
(2) Id.^ id., pág. 33. Á estas mercedes añadieron algunos reyes «la expresión de ser Abadía suya, y de su Real Patronato.»
legio, «con muy particulares expresiones de cosas no publicadas» (i), como lo era lo referente á su crianza en aquel lugar apartado de la Montaña, añadiendo en 1 304 aquel otro privilegio por el cual concedía generosamente al Abad la fonsadera, que debía acrecentar las rentas, ya crecidas de que disfrutaba por merced del hijo de doña María de Molina y de sus antecesores en el trono.
Hasta los días de Alfonso XI perseveró en toda su integridad el señorío abadengo; pero «este rey emprendedor y resuelto, necesitando para el apresto de sus expediciones militares mayor caudal del que sus arcas le ofrecían, — dice un escritor montañés, — levantaba ciertos tributos, justificándolos con la patriótica razón de sus felices campañas;» y así, expedía en 1327 «desde Sevilla su real ejecutoria al abad de Santillana para que no cobrase el yantar que por señorío le era debido, sino que fuese entregado á su adelantado mayor de Castilla» (2), en remuneración de lo cual y de otros servicios exigidos, confirmaba en 1335 el fuero otorgado al Monasterio de Santillana por Fernando I el Magno ^ «de tal manera, que en el logar que dice fonsado, que se entienda por fonsadera'}> (3). No hubo sin em-
(1) Flórez, loco citato... Con electo, ni la Crónica^ ni el Sr. Benavides en sus Memorias de Fernando IV de Castilla, hacen mención de semejante y muy notable circunstancia, Don Fernando, según el documento á que hace referencia el docto agustino, declaraba en él conforme reprodujimos en capítulos anteriores: «A vos el Conceio de la villa de Santa Illana, fincando nos niño et pequeño, quando el Rey don Sancho nuestro padre finó, que Dios perdone, et abiendo guerra con nuestros enemigos, así con Christianos, como con Moros, et nos criastes, et nos levastes el nuestro estado et la nuestra honra adelante con los otros de la nuestra tierra...»
(2) Escalante, Costas y Montañas, págs. 572 y 573, expresando por nota: «El abad D. Gaspar de Amaya, en un papel al rey fecho en San Ildefonso á 6 de Octubre del año de 1744, solicitando seguir litigio sobre detentación del señorío y vasallaje de la villa y su territorio con la casa del Infantado, dice expedida la ejecutoria en el año de 1365.)) «Debe entenderse la era de igual título que corresponde al citado año de i 327.» «En i 365 reinaba don Pedro, hijo de Alfonso onceno.»
(3) Don Fernando, con efecto, había declarado á los vasallos del Monasterio libres de «nulla expeditione, quod dicitur fonsato», ó sea de la obligación natural de ir á la guerra, siempre que fuere necesario; pero semejante exención, obligaba
bargo de durar para el abad y para la villa mucho tiempo aquel pacífico estado de cosas, pues recompensando largamente el vencedor del Salado en 1341 y según sabemos, los buenos servicios de Gonzalo Ruiz de la Vega, señor del solar de este nombre, que tanto se distinguió en aquella gloriosa batalla, y que era mayordomo de la casa del infante don Fadrique, — hacíale merced del señorío de gran número de los valles de las Asturias de Santillana, donde hubo de pretender seguramente «algo en perjuicio del rey», que era natural señor de todos ellos, pues en su codicilo, «otorgado en Castro del Río (Córdoba), á tres de octubre de 1349», — pedía Gonzalo Ruiz perdón al monarca «de haber desobedecido, cuando le prohibió entrar en las Asturias» (i).
No consta si su hermano Garcilaso, durante los dos años que gozó por compra del señorío de aquellos valles, ejecutó acto alguno en daño de los privilegios del abad y de la villa, ó de la jurisdicción real ; mas todo inclina á sospechar que así hubo de acontecer, dados la alta representación, el prestigio y la fuerza de que como Adelantado de Castilla dispuso, y su triste fin en la ciudad burgalesa, y más que todo, la conducta seguida años después por su hijo, Garcilaso como él, quien, según se acredita en el famoso Pleito de los Valles^ por prueba testifical, «avia ido á Santillana á prender á Juan Tacón [alcalde ó corregidor quizá por el rey], pues que diz que se avía entrometido á conocer de pleitos entre vasallos del dicho Garcilaso, y que lo prendiera y lo fiziera degollar en la plaga de la dicha villa» (2). De poco, en aquellos desventurados tiempos, servía al abad el acogerse y escudarse con el regio patronato; pues los conflictos menudearon
en cambio á pagar el tributo llamado fonsadera, cuyo importe acrecentaba el fisco del Rey, ó se invertía en la reparación de muros, gastos de guerra, ó era concedido por privilegio á los señores ó abades, convirtiéndose luego la fonsadera en prestación ordinaria como q.\ yantar. Don Alfonso XI pues, beneficiaba al Abad y al Monasterio, declarándoles libres de semejante impuesto.
(1) Escalante, Op. cit., pág. 385, nota.
( 2) Id., id., pág. 5 74.
68o
con tal frecuencia, entre su propia jurisdicción y la de los señores de la Vega, que, unida ya en segundas nupcias con don Diego Hurtado de Mendoza doña Leonor, la hija de Garciláso y su heredera, — refiere un testigo en el mencionado Pleito^ y así lo recuerdan no sin orgullo los escritores montañeses, cómo «vido, siendo alcalde de Santillana (puesto por Gómez Arias, corregidor del rey) Juan Pérez de Piñera, porque avía dado algunos mandamientos para emplagar é prendar algunos vasallos del almirante y doña Leonor, yr el dicho almirante á Santillana y entrar en casa del dicho Juan Pérez alcalde, y tomarlo y quererlo echar por las varandas á baxo, llamándole villano, ruyn; que quien le mandava meter en su jurisdicción.» «E que todavia le echara por las varandas abaxo : salvo por ciertas personas que ende estaban.» «E que vió al dicho almirante dar al dicho alcalde con el puño y la mangana de la daga quatro ó cinco golpes buenos y bien dados en la cara: fasta que prometió y juró no entrometerse á juzgar entre los vasallos del dicho almirante.»
Situación era aquella ni conveniente ni sostenible, y en la cual tampoco el propio corregidor del rey alcanzaba, al decir de los testigos que en el Pleito de los Valles deponían, mayores miramientos por parte de don Diego Hurtado de Mendoza (i), ni menos de los partidarios de Garci Fernández Manrique, tan amigos de la violencia, ni aun del propio don Iñigo López de Mendoza (2), quien si «cortesano magnate,» según le apellidan
(1) El señor de Escalante, que es dequien tomamos la noticia anterior, expresa que otro testigo contaba cómo «estando en Santillana assentado de juicio^ el dicho almirante le avia dado ciertos palos^ porque avia entrado á corregir en sus valles.» «Y que oyó decir á dicho almirante, que si supiesse que el dicho Gómez Arias entrava otra vez á corregir en los dichos sus valles, que le faría matar por ello... y que el dicho corregidor non osava andar fuera de su posada; antes dice que estaba abscondido en casa del herrero de Valles, donde el dicho corregidor posava, que es en la dicha Santillana» (Op. cit. loco laudato).
(2) «Sobre la jurisdicción del mayordomazgo,— dice el pleito, refiriéndose al año de 1 436,— ovieron ruydo é pelea en uno Fernán González del Castillo, corregidor que á la sazón era del rey en Asturias de Santillana, y Sancho López de Guinea alcalde por el dicho Iñigo López en la casa de Vega.... en el cual ruido murieron hombres de ambas partes» (Escalante, Op. cit. pág. 575).
los escritores de la Montaña, valiente capitán en todas ocasiones, mientras obtenía del Sultán de Granada las famosas treguas de 1439, después de la conquista de Huelma, veía no sin regocijo que los hombres buenos de Reocín, Cabuérniga, Gayón y Penagos,... revocaban en 1439 y 1440 los poderes que habían dado... por hacer uso de ellos contra su legítimo señor,» y declaraban ante el rey reconocer el señorío de «Iñigo López, á quien pertenecían de derecho la justicia y jurisdicción de dichos valles» (1). Ni el título de Marqués de Santillana, concedido en 19 de Mayo de 1445 al hijo de doña Leonor de la Vega, lograba poner paz en la villa; y «para quitar todo pretexto [en lo futuro] á los inquietos y díscolos, en Septiembre del mismo año... obtenía el marqués dos cédulas reales que la conferían el señorío de Santillana con todas sus rentas y jurisdicciones» (2), de suerte que si en lo sucesivo conservaron algún poder los abades, «mantenida esta dignidad cuidadosamente en la casa de los Mendozas casi durante un siglo, no hacía gran sombra ni obstáculo á los opulentos jefes de ella, la cual sin embargo cuidó de llamar á sí aun los menores vestigios del antiguo señorío por medio de un convenio celebrado en Guadalajara entre Iñigo López de Mendoza, segundo duque del Infantado, nieto del primer marqués de Santillana, y el abad don Martín de Mendoza, por los años de 1 5 1 1 » (3).
(1) Amador de los Ríos, Obras del Marqués de Santillana, pág. LXXIX, nota, citando el tomo 27, fol. 38 y siguiente de la Biblioteca de Salazar, donde se insertan los Memoriales ajustados íBib. de la Real Acad. de la Historia), No está pues en lo justo el señor Escalante, por defender la independencia de los valles, al expresarse en la forma que emplea en la pág. 376 de su inestimable libro Costasy Montañas, respecto del Marqués de Santillana.
(2) Escalante, loco cit. haciendo relación á la obra mencionada de nuestro señor Padre. El P. Mtro. Flórez manifiesta sin embargo, que «el Abad y Cabildo.... cedieron [la villa de Santillana] por otros bienes al duque del Infantado don Iñigo López de Mendoza, marqués de Santillana, á quien como señor de dicha villa, acudió el Obispo Cartagena para tomar su beneplácito sobre la traslación de Santa Juliana, hecha en 145 3» (Esp. Sagrada, t. XXVII, pág. 34).
(3) Escalante, Op. cit., pág. 578, refiriéndose al «papel citado del abad don Gaspar de Amaya al rey.»
Humilde lugar despoblado en las cercanías de Planes, tuvo allá en el siglo vi principio la villa por modesto santuario donde fueron trasladadas entonces las reliquias, ó el cuerpo, según quieren los documentos, de aquella gloriosa mártir Santa Juliana, á quien profesaron particular devoción los naturales de los valles inmediatos; dos siglos después, el amor del santuario, los servicios de los religiosos congregados en él, y el prestigio mismo de la Santa mártir, causa eran poderosa para que la parte occidental de la que fué Cantabria recibiera en el siglo viii y en los días del Católico Alfonso el título de Asturias de Sancta Illana, y poco á poco, las mercedes de los reyes, las donaciones de los particulares, la influencia del Abad y de los regulares y el crecimiento de sus bienes, — fueron congregando en torno del Santuario numerosas familias, que debían ser causa de la despoblación de Planes, y origen de la villa de Sani Illana^ cuyo señorío daba Alfonso VIII en 1209 al Abad de la que había en Colegial erigido el Emperador Alfonso VII. Favorecida no sin excepciones por los príncipes que desde San Fernando se suceden en las centurias XIII. ^ á XV. ^, — sobre dar ocasión del título á aquel Marqués de los Proverbios^ que compendia el siglo de don Juan II, venía á vincularse desde Septiembre de 1445 en la poderosa casa de los Mendozas; y así se nos presenta, ofreciendo en espléndido maridaje reunidas la fama del edificio de su Colegial insigne, y la del autor de la Comedieta de Ponga y de las Serranillas.
La solana del rústico edificio donde hemos restaurado nuestras fuerzas, y donde hemos rápidamente recordado á la par la historia de la villa, — cae precisamente á uno de los sitios que mayor renombre alcanzaron en aquellas edades de revueltas y de luchas y de competencias entre señoríos y jurisdicciones: mermado por la carretera y por varias construcciones de la misma laya y fisonomía que la que nos sirve de posada, y es en realidad taberna,— extiéndese poblado de «copudos árboles de anchos troncos», brindando paz, «sombra y frescura, grato
rumor de aguas y de hojas», el que fué Campo de Revolgo^ que «suena en los papeles particulares de Santillana, y en las historias de los hidalgos sus moradores como lugar de no interrumpida pelea entre familias y poderes rivales, el merino del señor contra el del abad, y ambos contra el corregidor del rey.» «Allí, después de la batalla, reconocía el vencido la ley del más afortunado, y allí venían los procuradores de las villas y los valles á jurar en manos del regio enviado una obediencia, levantada algunas veces por la violencia feudal, lealmente conservada, mas á menudo á precio de lágrimas y sacrificios» (i). Hoy ya nadie se acuerda de nada de esto en la villa, «y la fuente cristalina que mana copiosa en medio» de los árboles frondosos que la hermosean apacibles, «parece, — al decir elegante del autor de Costas y Montañas, — hecha brotar por Dios para limpiar el sitio de la sangre vertida en estériles discordias domésticas. »
Dejando atrás el Campo de Revolgo, y entrando ya en la villa por la calle por donde continúa la carretera, al paso que en la línea de la izquierda se levantan las Escuelas municipales, edificio moderno y bien cuidado, y la restaurada Ermita de San Roqtce (2), — al lado opuesto, no será grande el interés con que habrá de convidarte el Coitvento de Santa Clara, con «su fachada pobre, mohosa y húmeda», y su espaciosa iglesia de una sola nave, de bóvedas de cascos, donde luce con vanidosa profusión sus armas el linaje de los Velardes: «un caballero armado [y en lucha] contra un endriago cerca de un castillo en presencia de una mujer», y por divisa, la leyenda extravagante: Velarde, EL QUE LA SIERPE MATÓ, CON LA INFANTA SE CASÓ (3).
(1) Escalante, Op. cit.. pág. 545.
(2) Cuando el Sr. Escalante escribía su bello libro, que nosotros venimos explotando, la ermita se hallaba en situación bien diferente. Formaba «peristilo á la ermita su ancho tejado, bajando hasta apoyarse en toscas columnas de asperón jalde, cuyos fustes parecían sostenerlo apenas, carcomidos por la lluvia, gastados por los aldeanos que acicalaban sobre ellos sus cuchillos durante las horas de ocio, en días de domingo ó de mercado.»
(3) «Que las patrañas tengan alguna vez fundamento, desconocido aun de los
Obra sin embargo es de los últimos días de la XVI. ^ centuria, como trasladado á este paraje en 1598 desde «su primer asiento inmediato á la Colegial->'> ^ y detrás de él, á espaldas suyas, se extienden los de Regina-coeli y San Ildefonso, ambos de la orden de Santo Domingo, y de los cuales el primero guarda legendaria^memoria (i). Más adelante, espáciase la población, y el viajero se detiene sorprendido y á pesar suyo, ante el espectáculo singular que se ofrece á su miradas; ante ellas, como espectro del pasado, y concertando perfectamente con los recuerdos que invencibles se apoderan del ánimo del visitante, desarróllase cual en fantástico panorama la villa de los tiempos medios, con sus sólidos edificios de cantería, morada de hidalgos y de caballeros, sombríos, algún tanto desconcertados ya, pero con su fisonomía propia, y tan diferente de la de los que forman otros lugares y otras villas, que bastaría esto solo para caracterizar y dar fama y nombre á Santillana.
«Tienen las poblaciones, como los individuos, su arreo y su traje [privativos], en que revelan sus gustos y sus hábitos, cuando no sus vicios y virtudes», — dice con exactitud el escritor montañés que ha ilustrado más detenidamente su patria; por eso
mismos que las difunden, — dice el montañés D. Ángel de los Ríos y Ríos,— tampoco es de olvidar ; como en el apellido Velarde, qu& no se halla antes de este siglo XVI, y merece una atención especial en obsequio al héroe del Dos de Mayo.» «Atribúyese el origen, como de otros, á un infante extranjero; y (dejando aparte el infantazgo) si no es el patronímico de Vela (Velaez), lo debe ser de Belardo (Velardez), levemente alterado por facilidad en la pronunciación...» «En Cataluña y Francia se pronuncia Belart ó Balarte pudiendo muy bien haber venido de allí el tronco de la familia y dar lugar á la tradición de un origen extranjero.» «En este siglo y siguientes vinieron muchos oficiales y soldados de las guardias tudesca, italiana y walona» (Ensayo hist. sobre los Apellidos castellanos, pág. 246). Por su parte el Sr. Godoy Alcántara escribe: «Velarde ó Belarde. Beraldtis ; del radical tudesco ber, que dan como correspondiente al vir latino.» uFemandus Beraldtis en escritura de 1228, en el tumbo viejo de Sobrado. Martin Beraldo, canónigo de Santiago á principios del siglo xii.» aBerardo, Berard, Baraldo, Baralt, Balart, Belart, Belarte, Berau, Brau, Brú, Borao, Bolao^) (Ensayo hist. sobre los Apellidos castellanos, pág. 144).
(i) Refiérela el Sr. Escalante, pág. 547 y siguientes de Costas y Montañas, y hála glosado en verso el Sr. Ciarán bajo el título de La Rechisa en el álbum De Cantabria, pág. 6$.
«hablan con la lengua de sus ángulos y contornos, de su verdura ó austeridad, de sus hojas ó sus piedras, vergeles, palacios, campiña, murallas, agujas y chapiteles;» por eso siempre, «tras de la fábrica muerta aparece el hombre, y bajo el techo silencioso de la vivienda se dejan penetrar la pasión, el juicio, la creencia, la opinión y el sentimiento» (i); por eso, también, en Santillana se respira extraño ambiente conmovedor, y parece que, aun á despecho de las alteraciones impresas por el tiempo, nos hallamos por inconcebible retroceso de la cronología, en la villa misma en que lucharon tantas veces los vasallos de la casa de Mendoza con los del Abad, con los de Garci Fernández Manrique ó con los alcaldes reales. Compárala cierto escritor «á una mujer en otro tiempo hermosa, rozagante, que recibió inciensos y adoraciones, y que ahora [se presenta] vieja, arrugada», pero viva, con sus arreos y sus galas descoloridos y desgarrados, afirmando que «á su aspecto hubiera podido exclamar Volney cual si estuviese al fi-ente de las ruinas de Palmira : Aquí fué una población importante y populosa, metrópoli de las antiguas Asturias..., entonces animada y bulliciosa, y ahora triste, solitaria, rodeada de un silencio sepulcral», en medio de «los torreones y... las murallas carcomidas y ruinosas» (2).
Allí en la plaza, irregular, con menguado grupo de árboles al medio, y en donde va á morir una de las dos calles principales,— al lado del Palacio de Borja se alza la Torre del Merino, cuyos sillares enmohecidos presentan «ese color sombrío con que bañan la piedra en estos climas los vientos inclementes del Norte;» desmochada, con su obscura montera de cuatro vertientes que ha hecho desaparecer las almenas por las cuales estuvo primeramente coronada, sus salientes imbornales, su puerta de arco ojivo, sus dos largos luceros en el cuerpo principal convertidos en balcones, y al medio é inmediatos á estos.
(1) Escalante, Op. cit., pág. 544.
(2) Esperón, arts. cits. del Sem. Pini. Esp., t. de 1850, pág. 229.
sendos escudos blasonados con sus lambrequines correspondientes,— la mano revela de los constructores del siglo xv, y acaso aquellos días en los cuales lograba de la merced de don Juan II en 1445 el que allí denominan Marqués de los Proverbios, el señorío absoluto de la villa, si no aquellos otros en los cuales, y atendiendo al apellido que lleva, hizo en ella morada el juez ó mayorino designado por el mayor de Castilla, en representación de los derechos de la corona. En el ángulo de la derecha de la plaza, y doblándose á la denominada calle de las Lindas^ — de apariencias vetustas destaca no menos sombríamente otra torre, con graciosa ventana ajimezada en uno de sus pisos, troneras, y otros residuos de su pasada significación, entre los que desde luego repararás, como indicio de su grandeza, en los desvencijados batientes de una ventana baja, obra de entalladores que recordaban sin duda las influencias mudejares, y característica de la XV. ^ centuria á la que hace semblante de corresponder la fábrica por completo.
Su antigua ojival portada, por ley de transformación acomodaticia, se ha convertido en adintelada y vulgar puerta, y la gente afirma convencida, que es aquella la Casa de Gil Blas^ el personaje en quien, no sin visos de verosimilitud, cree hallar el ilustre cronista santanderino la personalidad profana del insigne autor de La Vida es sueño, y por quien preguntaban afanosos «los gallardos oficiales que mandaban aquellos soldados ingleses» aposentados en el monasterio de Monte-Corbán, de que queda hecha referencia (i). Anejo á la torre, por la corta calle
(i) «Venidos á la villa [desde Santander] con pretexto de visitar su célebre colegiata, y con razón de ejercitar su fortaleza de jinetes y de lucir sus soberbios caballos,— -dice el Sr. Escalante,— no se descuidaban en pedir á los naturales noticias de la progenie y morada del aventurero personaje.» «Vivía entonces en la villa, —prosigue,— uno de los más respetables é ilustres caballeros de ella, D. Blas de Barreda, y deslumbrados por la paridad del nombre y la pronunciación confusa de los extranjeros, no vacilaban los preguntados en dirigirles á la casa de los Barredas.» «Y se cuenta que ciegos de aquel entusiasmo isleño que á las veces y en remotas partes del mundo ha tomado vandálica fisonomía, rascaban las paredes para llevarse reliquias del revoque, ó desencajaban peladillas del zaguán,
de las Lindas, — no más alegre, ni menos herrumbroso, sucede como agregado otro edificio, con dos graciosas ventanas ajime-
zadas, de buena traza, aunque sencillas, cuyo mainel ó parteluz es facetado, y de allí sálese á la calle del Cantón^ que guía y conduce derechamente á la Colegial, y que es también intereresante por las construcciones que conserva. Son
SANTILLANA. — Casa del Águila
Y ANTIGUA TORRE REFORMADA
empedrado en mosaico , de guijarros, á la manera usual de la tierra» (Costas y Montañas, págs. $42 y =543).
todas ellas moradas de hidalgos, blasonadas, de simpática y agradable estructura, que recuerdan edades fenecidas, y engalanadas con los vistosos arreos de la fantasía. « ¡Qué admirable libro de la sociedad antigua, fuera aquel que nos conservara en su forma original y primera, bárbara ó culta, explícita ó misteriosa, romana ó latina, la serie escrita de los hechos de nuestros padres en motes y divisas! » — «En la piedra de sus fachadas tiene escritas Santillana algunas de las hojas de tal libro : » allí está, con el escudo de los Mendoza, su ojival portada de saliente periferia, su piso alto decorado por moldurada imposta que á modo de greca recorre la fachada y rodea las ventanas como un marco, solitario edificio de sillería, ya al parecer abandonado; allí de época posterior, y señalada con el número 32, la Casa del dgzcila, sobre porches, con su resaltado escudo de los Villa, en el cual hacen dos guerreros oficio de tenantes, y custodian el blasón, en que destaca el águila, «agonizando de un saetazo que le pasa el pecho, recibido en defensa de buena causa, disparado tal vez por mano regia ó por mano armada», pues dice la divisa que le rodea: vn bven morir || honra to || da la vida.
«En otra parte, las fajas de los Ceballos, y su leyenda: es
ARDID DE CABALLEROS, CEBALLOS PARA VENCELLOS» ; « luegO alrededor de su brazo armado, el anónimo testimonio de la participación de los montañeses en las empresas ilustres de la política y las armas españolas,» expresado en el pretencioso y metrificado mote: brazo fuerte, á italia dió terror y á esforcia muerte; «más lejos estas misteriosas letras beth, arrimadas á atributos de la Pasión, cruz, columna y azotes» (i), «y por último, el resumen y compendio del código del caballero cristiano: da la
VIDA por la ONRA Y LA ONRA POR EL ALMA» (2). Así, Casi COmO
(í) «Son acaso,— escribe el señor Escalante,— las [letras] de la segunda consonante hebrea, expresión de la idea de la casa, hogar, domicilio,» cual manifiesta en su gramática el antiguo hebraizante y catedrático de este idioma en la Universidad Central don Antonio García Blanco. «Acaso [son], continúa el referido escritor montañés,— iniciales de una frase ya perdida, como las célebres f. e. r. t. de la guerrera casa de Saboya» (pág. 5 $2 de Costas y MontañasJ.
(2) Id., id.
museo arquitectónico se manifiesta por un lado la antigua y abadenga población, mientras por la otra aparece con los caracteres que distinguen en general las poblaciones montañesas, envanecidas con lo ilustre de los linajes que las habitaron; pero sobre todos estos recuerdos misteriosos y sombríos cual solitaria tumba; sobre todos aquellos residuos de culturas borradas por el eterno laborar del tiempo, y como lugar donde halla término la arqueológica y linajuda del Cantón^ — deformada y no menos sombría en su envoltura de sillares de asperón jalde, aparece la insigne Abadía^ con espacioso atrio empedrado, que sirvió un tiempo de enterramiento, y al cual da acceso moderna escalinata de piedra, fingiendo ser guardadores centinelas suyos sendos leones mutilados, y colocados á la una y otra parte de la entrada; sus salientes desordenados cuerpos, sus dos distintas torres del crucero y de las campanas, á uno y otro extremo, sus arcaturas superiores, y su aspecto en fin, de edificio venerable, precedido de grande y merecida nombradía, ñaera y dentro de la Montaña.
Más quizá que por efecto de los siglos, y de la situación y resentimiento de la fábrica de la Abadía^ más que por necesidad de conservar todos y cada uno de los miembros de aquella joya arquitectónica, con la cual, y no sin causa, se enorgullecen los hijos de esta provincia de Santander, considerándola como testimonio evidente de sus glorias, no disputadas, en las edades que fueron, — por aquel afán inmoderado de reformarlo todo, por aquel como invencible odio á las creaciones artísticas de los ingenuos tiempos medios, — manos trastornadoras han hecho que pierda la Abadía su fisonomía característica, y que al primer golpe de vista se enfríe el entusiasmo en quien por vez primera también la contempla. La portada, donde en su origen debió hacer é hizo ostentación de peregrinos primores el estilo de que es fruto, — compuesta se halla, es verdad, de cinco arcos concéntricos; pero ni voltean con la gallardía con que los hicieron moverse sus constructores, ni conservan su aspecto propio, á despecho de las
dos columnillas acodilladas y de corto fuste, que á cada lado fingen soportar las arcaturas, y á despecho de los capiteles que coronan los dichos fustes, donde en la columna de la derecha dos cuadrúpedos unen sus cuellos en la voluta, y en la de la izquierda se muestran dos aves en disposición análoga. Bien clara idea da de por sí, de las transformaciones injuriosas que este miembro del monumento ha experimentado, no ya el triangular frontón que cobija, en desacuerdo con todo, el saliente cuerpo de la portada, y en cuyo tímpano, y dentro de su ornacina, se destaca la imagen de la titular Santa Juliana; sino la indiscreta y mentirosa lápida negra, colocada en el machón derecho, donde poco escrupulosos restauradores declaraban en el pasado siglo:
ESTA YGLESÍA SE FIZO A ONRA DE DIOS ERA DE CCCXXV
Cubiertos de yeso los volteles, aderezado con imperito acuerdo el ingreso, renovada toda la portada y pintada no há mucho, — qué triste efecto produce, con el frontón que la agobia y descompone! Y cómo, en cambio, crece el interés, cuando á una y otra parte del arco exterior, sobre el paramento, se mira destacar á cierta elevación tres figuras distintas, entalladas las de la derecha en un bloque de rojiza piedra, mutiladas en su mayor parte, pues aparecen hoy descabezadas, la una con un libro abierto, la otra con una muleta entre las manos, todas ellas rígidas, con trajes talares y plegados característicos, que revelan en su tosquedad, en su actitud, en su acento y en su fisonomía, las Cándidas representaciones de la era románica, mientras que las del lado opuesto, sólo ofrecen informe masa irreductible de la misma era! Sobre la clave de la arcada referida, y en el espacio que media desde ella á la carcomida cornisa del frontón, con qué sinceridad, con qué sentimiento se abre elíptica gloria de enlazadas cintas, en cuyo centro descuella la efigie del Padre Eterno, con las tres potencias, barbado, sentado, ves-
tido de ondulada dalmática ornada de una cruz, y que excede de las salientes rodillas, la mano izquierda sobre el Evangelio que apoya en aquéllas, y la derecha levantada y bendiciendo con dos dedos á la multitud que debía llenar el atrio de la antigua Colegiata! Cuatro ángeles volantes, dos á dos colocados en la parte externa inferior y superior de la gloria, tendidos horizontalmente, fingen soportar la elipse, y llevan luengas mangas perdidas, y túnicas plegadas por igual arte que las demás representaciones.
Rígidas, mutiladas, perdida en mucha parte la forma, y ya de casi imposible interpretación, supuesto el estado en que se ofrecen, — en la misma línea de la gloria, talladas independientemente, y trabadas luego en la construcción, sobresalen de ella con distinto relieve y dimensiones distintas, no menos de doce figuras, las cuales se hallan seis á seis repartidas á cada lado de la gloria central memorada. De ellas, en el lado de la derecha, las dos primeras se muestran hoy sin cabeza, teniendo la una el brazo izquierdo sobre el pecho, y la otra un libro abierto sobre el abdomen ; la tercera, ya borrada, es de bulto más prominente y no carece de cabeza, cosa que sucede á la cuarta, la cual conserva resto del báculo abacial que acusa su dignidad religiosa, mientras la quinta y la sexta, en un solo bloque esculpidas, asen un vástago de retorcidas volutas, á cuyos lados se hallan colocadas, siendo acaso ó San Celedonio y San Emeterio, ó San Cosme y San Damián por aventura. Borrón informe es ya la primera de las representaciones de la parte de la izquierda, contando desde la gloria, como ocurre con la segunda, la cual tiene un libro entre las manos y viste capa pluvial; y al paso que la tercera, en traje sacerdotal lleva un fardo, la cuarta es asimismo informe, cual la sexta, y la quinta se halla en traje monacal indumentadá. Contribuyendo á la decoración de esta portada, que debió de ser suntuosa sin duda alguna, — en el chaflán de la misma aparece aun el comienzo del delgado fuste de la columna que le ornamentaba, como en la parte superior destaca un ca-
pitel de aves, y por cima de la cuarta figura del lado de la derecha, un vástago de retorcidas volutas, semejante al que separa las dos últimas imágenes de este ala.
En plano inferior, sucede luego el cuerpo de la iglesia, con dos impostas en sus dos alturas, ajedrezadas y de muy pronunciado relieve, y rota la superior por cuadrada ventana moderna, para girar después en torno de una fenestra del tiempo, formando la periferia de la misma. Medio oculta en el ángulo entrante que resulta del encuentro del muro con saliente torrecilla cilindrica, á cuyo pie existe un ataúd de piedra, sin indicación alguna,— conserva aún la indicada fenestra parte del cimáceo, de labor románica, y el capitel largo y de resaltadas pencas, corriendo luego las dos ajedrezadas impostas por la superficie convexa de la torrecilla, en cuya parte superior se abre gemelo ventanal de arcos de medio punto realzado, y sólido parteluz corto y resistente, mientras corona el muro posterior construcción á modo de galería dispuesta, con hasta diez y seis arcos de medio punto, que dan al monumento singular fisonomía. Interrumpiendo la construcción primitiva, como aberración arquitectónica,— surge rectangular, y desornado, moderno cuerpo herreriano de sillería, por cima de cuya cubierta asoma con su atavío propio la fachada del crucero ; y dando vuelta á aquella agregación incolora, pero bien construida, reaparece con amarillento matiz, un tanto agrio, en el que surten efecto extraño las llagas blancas de las juntas, — la primitiva fábrica, en los tres ábsides circulares, de diversa altura y de avance diferente, que se espacian gallardos, interesantes, y produciendo verdadero deleite, después de advertidas las dolorosas mutilaciones de la portada.
Decóralos la misma imposta ajedrezada, pronunciada fuertemente ; y en el ábside menor del lado de la Epístola, levántanse con dos retallos á manera de anillos sobre tres hiladas de sillares que les sirven de zócalo, dos cilindricos fustes, de trapezoidales largos capiteles, compuesto el uno de pomas y humanas
cabezas, boca abajo, y ya borroso el otro, fingiendo ambos soportar el cornisón moldurado, y provisto de caprichosos canes, en número de diez, ora ofrecen figuras humanas en varias actitudes, ora animales, ya fi'utas, cabezas de cabra, y otras varias representaciones características de la época en que fué labrado el monumento. Separa el primero de ambos fustes las dos ventanas de este miembro del edificio, las cuales son de arcos concéntricos de medio punto, apometada la archivolta del interior que termina en moldurada entrecalle, y á la cual sucede en plano oblicuo y entrante otra de resaltados botones, que vuelve hacia la imposta, recogiendo finalmente el conjunto la periferia, saliente y moldurada, la cual muere á los lados del último retallo del fuste que se levanta en la disposición marcada á toda la altura de este ábside. De la forma indicada los capiteles de alto cimáceo que coronan los gruesos y cortos fustes de las columnas en una y otra ventana, — muéstranse compuestos y decorados diferentemente ; pues mientras el capitel de la izquierda en la ventana de este lado, es de extraño exorno, á modo de volutas ó de nubes, y en el abaco resalta labor de espigas, el de la izquierda es de pencas y de abaco liso. Tapiada en la actualidad la otra fenestra, consta de dos arcos, inscripto el uno con el otro, y apeados por sus columnas correspondientes ; lisos los abacos de los interiores, el capitel de la de la izquierda es de salientes pellas, y en el de la contraria se dibuja un cuadrúpedo, ya mutilado, siendo de reparar que en la ejecución de estos miembros se recuerda la tradición latino-bizantina. Por su parte, los abacos de los capiteles del arco exterior se hallan decorados de palmas, y de ellos el de la izquierda es de pellas ó pomas, y en el de la derecha resalta un diablo desnudo, cabeza abajo, saliéndole del tórax la voluta.
No de distinta suerte se muestra compuesto el ábside central, que es sin embargo de mayor altura ; tiene el zócalo más elevado proporcionalmente, y se halla en sentido horizontal recorrido por la misma imposta ajedrezada ; las columnas diviso-
rías, son de tres cuerpos, que van adelgazando de una á otro, y en el punto en que intesta en él el ábside lateral de la Epístola, — tapiada y hermosa fenestra, estrecha y de arcos concéntricos, cobijados por ajedrezada periferia unida á la imposta superior por el pie que enlaza el tercero al segundo cuerpo de la columna que se eleva hasta el cornisón, — dibuja sus arcadas de grueso bocel la superior, de hombros de labor ajedrezada, con doble juego de columnas, y éstas enriquecidas de capiteles, merecedores de toda ponderación por lo peregrinos. Hállase el de la izquierda en el arco interior, formado por complicados y originales lazos de resalto, mientras historiado el de la derecha, ostenta en el frente varonil figura armada de una maza, un ave en el ángulo, con un ratón en la pechuga, y en el frente que podría decirse externo, destaca la cabeza de un monstruo en el lugar de la cartela, y una figura humana destruida. Ya sólo, en el arco exterior, subsiste la columna de la derecha, cuyo capitel es de pencas salientes, y se conserva sin duda protegido por el edículo de sillería agregado á este interesantísimo miembro de la iglesia en la centuria XVII.^ desfigurándole por completo, y haciendo sentir que la intemperancia y aun el fanatismo de las generaciones que, de cerca ó de lejos, seguían el ejemplo no obstante de Felipe IV, hayan destrozado impenitentes aquella obra tan importante como bella, la cual ofrece tantos puntos de contacto con el ábside de la no menos famosa Colegiata de San Isidoro en la antigua corte leonesa.
Dada la vuelta á esta construcción, que se autoriza con pirámides en los ángulos, columna en el chaflán y cornisa de rombos,— reaparece el ábside central, con otra arrinconada íenestra, de condiciones iguales á la anteriormente mencionada, y en la cual los capiteles son de indisputable mérito: finge la labor del uno las apretadas mallas de una red, ó mejor las de acero del lorigón, é historiado el otro é interesante, no se distingue en él por desventura sino las formas vagas de las figuras que le componen; caprichosos son los canes que soportan el cornisón, se-
mejantes á los de los ábsides laterales, de los que el de la parte del Evangelio, ya deformado, sucede al central, perdidas sus galas propias y primitivas, haciéndose en pos, con salientes estribos, rasgada ventana de arco peraltado y dos escudos cuartelados,— otra construcción que parece ser fruto de la XVI. ^ centuria, y en la que viven las tradiciones ojivales. Coronando el templo, elévase la cuadrada torre del crucero, decorada con arcaturas, y como es de suponer, lector, que después de haber contemplado y gozado con el exterior de la famosa Colegiata^ desearás conocer su interior con nosotros, — vuelve al atrio; y bajo del pegadizo porche vulgar del siglo xvii, que se extiende inmediato á la portada, hallarás la mano de los que erigieron la iglesia en el arco de ajedrezada periferia que allí se abre, como abandonado, tétrico y sombrío, encontrarás en el sitio en que el porche intesta con la fábrica, obscuro panteón, lleno de moho y humedad, y de revueltas tumbadas cubiertas de sepulcros, anónimas y temerosas.
Entremos en la iglesia: espaciosa, levantada, de planta de cruz latina, con sus tres naves paralelas que forman el buque del templo, ¡qué efecto tan singular causa, al ver sus muros, sus pilares y sus capiteles blanqueados recientemente y con desdichado acuerdo! En su construcción y en su estructura, atempérase al tipo general de la época; y midiendo treinta metros aproximadamente en su longitud, cuéntase hasta cerca de catorce en su latitud, en la cual corresponden 3"" 36 á las naves laterales y 5"'8o á la central, mientras hasta el crucero se reparte la longitud en los cuatro tramos de que consta. No son ya, seguramente, las bóvedas las primitivas, las cuales debieron ser de medio punto, ó de cañón seguido, como las de la Colegiata de Castañeda; pero aun con sus aristones de piedra, no desentonan del conjunto, y en cambio los pilares de los cuatro arcos, — de planta circular, y provistos de cuatro columnas, — se muestran enriquecidos por muy notables capiteles, dignos de verdadera estima, y todos ellos distintamente historiados. De gran tamaño, en
unos, á los pies de la iglesia, y por bajo del abaco decorado de palmas, represéntase el Purgatorio: llamas ingenuamente interpretadas llenan la parte baja del capitel, y en medio de ellas asoman las cabezas de las ánimas, que esperan el momento de hallarse purificadas; en el segundo tramo, roto el capitel del pilar de la izquierda, donde se descubre sin embargo los extremos de un caballo y de un hombre, — ostenta el del pilar del lado contrario interesante episodio de la época: sangriento desafío entre dos caballeros, quienes llevan cubierta por capacetes la cabeza, y van defendidos por largas tarjas ó adargas de agudo cabo, con el ombligo resaltado al medio.
Visten traje guerrero; y frente á frente, al paso que el de la derecha vuelve la cabeza, — con la espada, que es de hoja ancha, gavilanes rectos y pronunciada manzana en el puño, pasa la adarga de su contrario y le hiere fieramente en el cuello, y el caballero de la izquierda, defendiéndose valeroso, introduce el acero por el costado de su enemigo: una poma y un ave destacan á la derecha de estas figuras, que guardan la desconocida memoria de alguno de aquellos duelos, tan frecuentes en la Edad media, pero interesantes y de sensación sin duda en Santillana, y un monstruo aparece entre las retorcidas volutas. Hermosos pavones, que con elegante curva inclinan hacia atrás el cuello para tocarse, componen el capitel de la izquierda en el tercer arco, desapareciendo el capitel de la derecha detrás del retablo estimable allí adosado, y en cuyas columnas se enroscan sarmientos con pomposos racimos de buena ejecución, que revelan destreza y gusto en el artista; aves destacan en el capitel de la izquierda del cuarto y último arco, y otro retablo, el de San Rafael, dorado y no de ejecución tan esmerada como el anterior, oculta el capitel de la derecha, espaciándose en pos el crucero, por donde se desenvuelve, como tema obligado y característico, la imposta ajedrezada, que recorre la fachada exterior y los tres pintorescos ábsides del templo.
Quede para quien, con mayor espacio que nosotros puedar
hacerlo, la tarea de reconocer puntualmente las representaciones de los capiteles, entre las cuales no es para olvidada, en la nave del Evangelio, la de nuestros primeros padres, Adán y Eva, en el Paraíso terrenal, relieve de tal candidez y sentimiento tal, que bien merece ser reparado: llámanos principalmente en el centro de la nave mayor, y cerca de la del crucero, el sepulcro de Santa Juliana, que antes estuvo en el pavimento y hoy se muestra rodeado por vulgar verja de hierro que le oprime, y de tan poca altura, que sólo mide 82 centímetros de alto, en tanto que llega en su longitud á i"'95 y á o"'64 la latitud de la cubierta, lecho en el cual, interesante, ingenua y bien tallada, cobijada por las abiertas alas de funerario ángel, reposa la figura de la santa titular, á cuyas reliquias tan profunda veneración rindieron los montañeses de las Asturias que de ella recibieron nombre. No carece de belleza el rostro, donde se advierte desde luego la inexperiencia del artista; su largo cuello, ornado por una cinta, surge del redondo descote del vestido, que deja asomar las prendas interiores, y que va guarnecido de labrada y ancha fimbria, dibujándose en pos el torso por dos cintas que mueren en la cintura, donde se ajusta el traje, allí plegado, con mangas ajustadas al interior y de cabo caído y grande al exterior; tiene la mano derecha sobre el pecho, y con la izquierda ase la cuerda con que á sus pies agarrotado sujeta al demonio tentador, que en la cárcel, á donde fué conducida la santa mártir, «quiso burlarse de ella en figura de ángel de luz, moviéndola á que sacrificase á los Idolos; pero la gloriosa confesora de la fe recibió virtud de lo alto para triunfar del que la quería vencer, y le ligó á sus» plantas (i).
Ya no reposan allí las reliquias, que no el cuerpo, de Santa Juliana, según dice el P, Mtro. Flórez, y á despecho de las afir-
(i) Flórez, Esp. Sagr., t. XXVII, pág. 406, donde continúa: por eso «las efigies de la santa suelen representarla teniendo ligado al diablo con cadena, y el martirologio Romano expresa que en la cárcel lidió visiblemente con el diablo: Palam cum dtabolo conflixÜA.
maciones de las escrituras (i); por causas desconocidas, y previa autorización de los marqueses de Santillana, señores de la villa, el ilustre converso don Alonso de Cartagena, obispo de Burgos, y gloria de aquella diócesis como lo es de España, hubo de trasladarlas en 1453 al «Altar Mayor, al lado del Evangelio», mientras la cabeza de la santa confesora era llevada al Camarín^ donde se conserva «entre muy particulares reliquias, traídas de Tréveris y de Colonia por don Francisco de Prado y Calderón, conde del Sacro Imperio, natural de San Vicente de la Barquera, quien las dejó á esta iglesia» (2). Tampoco dejará, lector, de excitar tu curiosidad, antes de que lleguemos á las capillas absidales, el sarcófago que en la cabecera de la nave del crucero, al desembocar de la de la Epístola, se manifiesta allí con particular estima, como el de aquella doña Fronilde, gran bienhechora del convento, de quien se conservan algunas escrituras relativas á los años 982 al looi, y á quien se supone sin razón valedera fundadora del mismo; descansa el lucillo sobre leones, y su cubierta de dos vertientes y forma tumbada, que mide i^'qó de longitud por cerca de 98 centímetros de ancho, — muéstrale enriquecida por funicular orla, á la que suceden hermosa faja de reelevados vástagos serpeantes, y otra de elegante tracería, que forma el lomo, y en cuyas franjas inmediatas, á cada lado, se advierte la inscripción, en caracteres unciales de relieve, muy gastada ya en la parte de la vertiente externa, y confusa y complicada por extremo en la de la vertiente adosada al muro.
Circunstancias son éstas que, unidas á la obscuridad misteriosa del templo, la vaguedad de los contornos de los signos á la luz vacilante y débil de una vela, y la posición trabajosa á que obliga el lugar en que la referida inscripción fué labrada, — han imposibilitado hasta el presente, que sepamos, la interpre-
(1) Véase cuanto respecto del particular expresa en el tomo citado de la España Sagrada, pág. 400 y siguientes.
(2) Es/). Saar., t. cit. pág. 35.
tación y lectura de aquel epígrafe funerario, sin embargo de lo cual, el ilustre caballero y curioso literato D. Blas María de Barreda y Horcasitas, digno antecesor del actual marqués de CasaMena y de las Matas en Santillana, logró no sin esfuerzos y trabajo en 1835, entender parte de la leyenda de la franja externa, que dice según él:
« CONJUGIS FELIX ET REGE PARENTE BEATA CLAUDITUR IN HOC TUMULO NUNC
EJUS EXIGUUS...» (l).
Bien que interpretando algunas más palabras, y sin lograr la completa inteligencia del epitafio, — no hemos sido por desventura más afortunados sin embargo nosotros en el intento (2), á pesar del ahínco y de la perseverancia con que procuramos averiguar el nombre, la dignidad y la posición de la persona para quien fué labrado este sarcófago, que ha debido ser trasladado al interior de la iglesia después del siglo xiii, y cuya ornamentación hace de él ejemplar interesante y acreedor á la estimación de los entendidos, por más que no guarde ni guardara nunca en su seno los mortales despojos de doña Fronilde, ni menos los de la supuesta fundadora del primitivo santuario de Santa Juliana, en torno del cual, según sabemos, fué surgiendo la villa que había de ser patrimonio en el siglo xv de la opulenta casa de los Mendoza.
(1) El señor Escalante, en la pág. 562 de su citada obra publica esta inscripción por nota.
(2) Nosotros, con efecto, hemos creído entender en la primera franja, que podemos llamar externa : CONIUGO FELIX! ET REGE PARENTELA i fg)ENSl EX\
HUJUS No se halla indicio de la S de Conjugáis, y en su lugar se manifiesta
claramente la o ; no hemos hallado tampoco el adjetivo femenino Beata, después de párente^ y sí tras de parentela los tres puntos que indican el término de la palabra; sigue luego una letra borrada, y en pos la terminación ens, y las palabras restantes, con los puntos que las separan, sin descubrir la frase clauditur in hoc túmulo nunc ejus exiguus, que leyó el señor de Barreda.— En la franja interna parece descifrarse NON GENS i AD SPECIESi NON OPI (S ?) AD lUlCI (por mvíce?) ATRUM: MISSEREMIHl: NON POTUISSE MORI.
De acuerdo con lo que al exterior revelan, las dos capillas absidales menores son de bóveda de cascarón, Imposta ajedrezada y arcos apometados, y en el crucero, la linterna es también de cascarón, aunque de forma oval, recorriendo el muro, por cima de los arcos con que en esta nave desembocan las menores, la misma y común imposta ajedrezada, con singular profusión prodigada por los artífices que erigieron el templo. Dan luz finalmente al crucero una ventana del estilo á la parte de la Epístola, y otra gemela á la del Evangelio, notándose que en este paraje ha sido mayor el resentimiento de la obra, según lo manifiesta y declara el machón oriental moderno del arco toral de la nave mayor, que amenaza á pesar de todo peligrosa ruina para el edificio, en el estado en que en la actualidad se encuentra, por no poder soportar acaso la pesadumbre de la torre.
Sobre la descompuesta decoración de la Capilla Mayor ^ ornada á la parte inferior de una serie de arcos en planos diferentes, y cuyos ventanales han sido tapiados para abrir huecos que interrumpen las labores y desfiguran la capilla, — destaca erguido sus contornos hermoso retablo de fines del siglo xv, «con buenas tallas y pinturas,» pero que «ha sufrido las injurias de modernas restauraciones;» consta de tres alas, y mientras en la tabla superior aparece el Calvario, con modernizado- Crucifijo, á cuyo pie se hallan la Virgen y San Juan, — en las dos laterales superiores se hallan representados la entrada de Jesús en Jerusalem y el entierro de Cristo, cuyo nacimiento y adoración aparecen en las tablas centrales inferiores, teniendo á los lados los episodios de la prisión y el martirio de Santa Juliana. Los cuatro Evangelistas, de talla, aparecen en la parte inferior, entre molduras doradas y descoloridas, marquesinas y pináculos, propios del estilo y de la época; y si, á pesar de las restauraciones que perjudican las pinturas, resulta merecedor de elogio el retablo, que con notable acierto Juan García califica «de mano extranjera, flamenca ó borgoñona,» indicando que «su composición, el movimiento y vida de sus figuras pertenecen á un arte superior al que
por entonces mostraban los españoles» (i), — no dejará de sorprenderte, lector, después de levantar el * frontal de plata cincelada con dorados ríeles» del altar mayor, las cuatro figuras de bulto que aparecen empotradas en la fábrica, «figuras de apóstoles, iguales en proporciones y estilo, semejantes de dos en dos en actitud y disposición,» y de las cuales sospecha el escritor mencionado, sin fundamento verosímil, á lo que entendemos, «que parecen haber pertenecido á un sepulcro, no de tan remota edad como la iglesia» mientras no falta quien por olvido sin duda suponga «hermosa placa de piedra, con cuatro figuras de relieve, » lo que fué sólo piadosa diligencia de quien recogió y guardó allí tales simulacros, procedentes con verdad «de la primitiva obra» de la iglesia (2).
Con nimbo perlado, larga barba y cabellera, la mano izquierda levantada y el Evangelio en la derecha, acaso caracterice la primera figura al apóstol San Pablo, siendo difícil de determinar á quién representa la segunda, su inmediata, con iguales condiciones, y las letras PAME en una cinta; no sucede de igual suerte con la tercera, colocada de frente, pues las llaves, sin guardas ya, le denuncian, y si esto no fuera bastante, en el libro que levanta en la diestra, se lee repartido en cada página el nombre PET || RVS, mientras en la cuarta, «San Juan es denunciado por su aire juvenil y rostro imberbe». Prescindamos de mayores detalles, lector, pues el tiempo apremia, y queda aún por visitar y reconocer el claustro, «joyel precioso... cuya vida está hondamente amagada, cuya impresión primera vivirá en tu corazón, lector que lo visitas,... si al pisar sus melancólicos ámbitos viene la risueña luz del día á dar triste realce á las añosas piedras, á las memorias funerales, al tétrico recinto en que se juntan la ruina y la muerte, la huesa y el es-
(1) Costas y Montañas, pág. ^6
(2) Informe de la Real Acad. de Bellas Artes de San Fernando, fecha 2 de Marzo de 1889, en el cual fué ponente el Excmo. Sr, D. Juan Facundo Riaño.
¿ANTILLANA.— Ángulo SO. del Claustro en la Colegiata
combro, la destrucción del hombre y la de sus obras», como con exacta precisión escribe el autor de Costas y Montañas.
Que «supera en interés á las demás partes del edificio», notorio es, desde que por la puerta que en la nave del Evangelio se abre, penetra el viajero por el ala meridional en el triste lugar donde reposan las cenizas de tantas generaciones; pero que «puede competir con el tan celebrado de Santo Domingo de Silos», en la provincia burgalesa, según quiere docto escritor montañés (i), no puede afirmarse con justicia, por cuanto este último, á dicha se conserva en su integridad primitiva, mientras el de Santillana ha experimentado en varios tiempos sensibles modificaciones, que le adulteran. De planta rectangular, mide el claustro 20"'45 ancho por veinte sólo de largo, y consta el ala ó crugía del O. de hasta catorce arcos, ya apuntados, de columnas apareadas, de corto y grueso fuste y dobles capiteles tallados en alto relieve, todos distintos y desemejantes, pero todos ricos; unos historiados, otros de primorosas lacerías diversas, otros de hojas y vástagos, otros de aves y de cuadrúpedos entre lazos; un centauro disparando con arco una flecha sobre monstruoso dragón, de cabeza de ave y garras; otro, lu-. chando con un hombre; en el del ángulo, la fábula oriental de Ormúz y de Ahrimán, tantas veces reproducida por los musulmanes, así del tiempo de Al-Manzor como del de Mohámmad III de Granada (2), y por todas partes, palmas, pencas y representaciones de todo género. Asuntos profanos, en el ala del S. donde un guerrero, sorprendido en el monte por un oso, se desmonta del caballo, el cual es devorado por las fieras, dando muerte al oso el caballero; asuntos religiosos, como la entrada
(1) Escalante (D. Agabio), El espolique artista en el álbum De Cantabria., página 102.
(2) Así lo demuestran la magnífica é incompleta Pila de Al-Manzor, hallada en Sevilla y adquirida por el Museo Arqueológico Nacional, donde se conserva, como la que subsiste en el Palacio de la Alhambra, y fué labrada de orden del referido príncipe Abú-Abdil-Láh Mohámmad III, en los comienzos del siglo xiv.
en Jerusalem, la crucifixión, el descendimiento, y entre otros muchos innumerables, alguno «tan notable, que acaso sea ejemplar único porque, sin traspasar el tamaño del capitel, ofrece las principales escenas del Juicio final» (i).
«Solamente se conservan del claustro, — decía al Gobierno de S. M. la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1889, al demostrar la conveniencia de que se declarase monumento nacional la parroquia de Santillana, — los lados del Sud, Oeste y parte del Norte», y aun la del Sud ofrece un trozo de construcción ojival del siglo xv; y mientras en la crugía occidental se guarda dos placas de escultura denegrida y cubierta de verdín y moho, representando la una Santa Juliana con el demonio sujeto por el dogal que lleva al cuello, y la otra, bajo amedinado arco y guardando grandes analogías con la que procedente del Monasterio de Sahagún, se ostenta en el Museo Arqueológico Nacional^ es trasunto de la Virgen con el Niño en el regazo, — sobre el suelo, inmediata á la Capilla de San Luis en la crugía del S., mírase una cubierta sepulcral, húmeda y arrinconada. De las dos inscripciones de que consta la una, en caracteres monacales ilegibles ya, sólo se entiende:
aqut : \mu \ t\ ■ mm : ;
la otra, en la vertiente, trazada con caracteres incisos vulo-ares del siglo XV, y nada monumentales, dice en dos líneas: Itiys de de polanco. Este enterramiento es suyo é de || sus parientes del linaje de herrá^t.
La Capilla de San Ltús, ojival y del xv, se abr^e en el ángulo SO. y da paso al modestísimo enterramiento del Sr. Marqués de Casa-Mena; en el recinto interior y descansando unidos sobre leones, muéstranse dos sarcófagos de forma de ataúd, orlados de vástagos y relieves, todo tan gastado, todo tan pene-
(i) Informe citado.
7o6
trado de humedad, todo tan tétrico y sombrío, que infunde instintiva repulsión; las letras borradas y el epitafio ilegible, hacen que se ignore á quién correspondieron aquellas tumbas, y la lápida empotrada al frente en el muro y ya apenas legible, declara sin embargo en lo que de ella se puede entender:
IXR ^Bnhú mxt^ixR
manbü xttVxñmx
xjui Btijixxünboñ los
• • . pabns ü garda gonjak^
• • . Imxto Bxx nbxxúo
¿A qué seguir? Después de tanta magnificencia, de tanta riqueza allí atesorada para el arte, y tan menospreciada hasta nuestros días, qué hablar del espectáculo repugnante que ofrece la crugía oriental, donde en 15 19 se labró una capilla que no existe? (i). «Allí están arrimados, enteros unos, destrozados otros, los viejos ataúdes de piedra, donde el polvo de los siglos, llenando los huecos abiertos por el cincel, ha borrado la huella del arte, devolviendo á la materia su primitivo aspecto informe y bruto». «Ya en el siglo xvii no eran legibles sus epitafios, según testimonio de Sota (2)». «Por su mucha antigüedad,— escribe el benedictino, — están gastadas las más de sus
(1) La lápida que lo acredita, si aquel fué su sitio primitivo, comienza diciendo: Esta capilla se fizo año || de myl D y XIX años dio \\_el señor juan velarde \\ veynie mil mrs...^ etc.
(2) No sería á la verdad grandemente costosa la lectura de los epitafios; pero el hedor que despiden aquellas piedras, la humedad, fría y pegajosa que difunden, las osamentas verdosas que aparecen entre ellas, y lo mal sano del lugar, impiden hoy el intento. Cuando saneado el claustro debidamente se dé comienzo á su restauración, pues es monumento nacional, entonces podrán ser leídos los epígrafes, y nosotros nos atrevemos á aconsejar á los montañeses que trasladen entonces al Museo Provincial de Santander aquellos monumentos sepulcrales, que son dignos de figurar en un establecimiento de tal naturaleza.
letras, á cuya causa no se pueden leer, ni saberse los nombres de los que en ellos están sepultados; pero se saben sus descendientes que por derecho hereditario los poseen; y son las casas de Calderón, Velarde, Villa y Polanco». «Los Barredas, — añade,— tienen capilla particular dentro de la misma iglesia» (i), la cual es la de San Jerónimo, levantada en el siglo xv. El espectáculo es verdaderamente repugnante; como que convertido de antiguo en cementerio el claustro, la tierra fofa ha destruido todo, y todavía en 1 1 de Octubre de 1860, la Real Academia de San Fernando se veía obligada á recurrir al Gobierno, para impedir que se continuara profanando aquella joya artística (2), que si no por su conjunto, por la riqueza de sus capiteles, puede competir, y sólo en esta relación, con el claustro de Santo Domingo de Silos.
Antes de que nosotros te lo hayamos dicho, habrás por ti mismo, lector, comprendido la importancia que en la relación artístico-arqueológica tiene este monumento, declarado en justicia nacional por Real Orden de 12 de Marzo de 1889, á instancias del Ayuntamiento de la villa de Santillana. De propósito, habrás también reparado en que hemos huido hasta aquí de clasificarle, y ante la descripción del templo y de su notabilísimo
(1) Esc a'la:<¡te, Costas y Montañas, páf¡;. $67.
(2) Dice así el oficio á que hacemos referencia y cuya minuta tenemos á la vista : « Por conducto de uno de sus dignos individuos, ha llegado á noticia de la Academia que el claustro y patio de la Colegiata de Santillana, en la provincia de Santander, se hallan destinados á cementerio, habiéndose al efecto terraplenado el segundo hasta la altura de los antepechos )). «Esta disposición, contraria á todas las prescripciones de higiene pública y á lo dispuesto en la legislación vigente, por hallarse dicha Colegiata en el recinto de la población, afecta además de una manera perniciosa á un monumento de nuestras artes ; y en esta atención, la Academia ha acordado dirigirse á V. E. para que se sirva interponer todo su valimiento con el Excmo. Sr. Ministro de la Gobernación, á fin de que disponga sea removido á la mayor brevedad aquel cementerio del edificio indicado, conforme lo aconseja la salubridad pública, y el interés de un monumento importante, sin perjuicio de que la Academia, oyendo á aquella provincial de monumentos, proponga á V. E. lo que reclame el estado actual de dicha Colegiata». «.Dios etc. (Arch. de la Acad.— Santander, legajo 52).
claustro, que es con verdad de inestimable riqueza y muy subido mérito, — si recuerdas la Iglesia del Cristo y la Catedral en Santander, la Iglesia de Santa Maria de Portu, en Santoña, las parroquiales de Laredo y de Castro-Urdiales, y sobre todo, la olvidada é interesante Colegiata de Castañeda, sin grave esfuerzo te persuadirás de que esta de Santillana, con otros templos, entre los cuales figuran los de Cohicillos, Silió y Santa María del Yermo, viene á proclamar por modo cierto un hecho, de gran trascendencia para la vida de la Montaña, cual lo es el de que el origen de su engrandecimiento data ostensiblemente de aquellos días en los cuales, asegurada definitivamente la Reconquista por Alfonso VI, su glorioso nieto, el hijo de Raimundo de Borgoña, logra dilatar triunfante sus dominios á despecho de los islamitas, divididos entre sí bajo el gobierno aborrecido de los almorávides.
A partir pues de aquel tiempo, Alfonso VII y Alfonso VIII principalmente, consagran no sin cierta preferencia su atención á la que fué Cantabria; y así como dotan sus villas de privilegios y de mercedes, y procuran su repoblación y su prosperidad por todos los medios, así también erigen fábricas suntuosas, siendo una de ellas esta de la Colegial de Santillana, elevada á tal categoría bajo el patrocinio del Emperador, hijo de doña Urraca. Los caracteres arquitectónicos del edificio, prueba son de que si no en los días del Conquistador de Almería precisamente, en los inmediatos hubo de tener comienzo la erección de la fábrica, la cual sin embargo debió proseguir durante el reinado de Alfonso VIII, y hallar término y complemento en el siglo XIII. Acredítanlo así, demás de la disposición del templo, la fisonomía en particular de sus tres ábsides, donde el estilo románico impera sin contradicción, bien que recordando con frecuencia, en la ejecución de los exornos, las tradiciones perpetuadas hasta el finar de la X.^ centuria por los entalladores: revélanlo por igual modo, las imágenes de su hoy descompuesta portada, y patentízanlo en el interior del templo algunos otros
detalles no dignos de menosprecio (i). Son estas las partes más antiguas de la obra, la cual perdiendo lo humilde de su primitivo atavío, se transformaba arrogante y poderosa, y acaso no falte razón á quienes sospechen que fué esto fruto de la erección del templo en Colegiata; más cercana á la XIII/'^ centuria se revela la construcción del buque de la iglesia, aun después de haber perdido sus bóvedas de cañón seguido, que reemplazan en el siglo XII las antiguas techumbres; pero en esta parte, adquiriendo grandiosidad en su desarrollo , el respeto á la tradición obliga espontáneamente á los constructores á seguir las prácticas á que venían acostumbrados, y de este tiempo, es decir, del del vencedor insigne de las Navas, parece que sea la terminación de la Colegial, y la construcción del celebrado claustro.
Ocasión era aquella en la cual había ya dado comienzo el siglo que, con este príncipe, honran doña Berenguela, San Fernando y Alfonso X en Castilla; la nueva forma ojival comenzaba á luchar con la tradición caduca, y se imponía á las veces en algunas partes de la construcción arquitectónica; y aunque en la Montaña, como en Asturias y Galicia, la tradición lograra imponerse por su lado, perpetuada principalmente por los entalladores,— las construcciones obedecían ya á las nuevas influencias en su desarrollo. Esto acontece precisamente con el claustro, dando ocasión á que de él diga un escritor montañés no sospechoso por tanto, que «su apuntada arquería muestra que ya acababa el siglo xii» (2), como demuestra que el templo
(1) Demostrando la eficacia y el prestigio de la tradición, mientras el autor de Cosids y Montañas afirma que «el interior de la iglesia nos dice... que la época de su fábrica suntuosa [fué] el siglo xii, si no nos engañan la traza y estilo » (página 5 5 9), su inteligente hermano D. Agabio, escribe : « La iglesia de estilo románico del siglo XI,... parece obra de algún discípulo de aquel Pedro de Dios que levantó en León la famosa colegiata de San Isidoro por orden de los reyes don Fernando l y doña Sancha; quizás — añade,— luego que trabajó en aquella fábrica monumental, montañés y artista, vino á labrar digna casa que guardara el cuerpo de Santa Juliana, desde remotos tiempos venerado en esta antiquísima abadía» (El espolique artista, pág. 102 del álbum De Cantabria).
(2) Escalante (D. Agabio), art. cit. del Album De Cantabria.
en su conjunto no se hallaba aún completamente terminado, cuando «á juzgar por el traje la figura yacente de Santa Juliana, «parece de la primera mitad del siglo xiii», según declara uno de nuestros más entendidos arqueólogos (i), siendo de presumir que á hallarse en el xii concluido el templo, no se hubiera prescindido de aquel interesante, y más que interesante indispensable testimonio del amor y de la devoción de los monjes y colegiales de Santillana á la santa mártir de Bitinia, su titular y protectora.
La Colegiata, pues, prescindiendo de cuanto la adultera y desfigura, es obra románica (2), comenzada á labrar acaso en los días de Alfonso VII, y continuada y terminada en los días de Alfonso VIII, ya entrado el siglo xiii (3), por más que dé aspecto de mayor antigüedad á la fábrica los detalles que la avaloran, y al claustro el crecimiento del terreno que ha hecho desaparecer los antepechos por los cuales se cerraban como en el de Santo Domingo de Silos las crugías. No hay para qué detenerse en refutar la osada afirmación contenida en la lápida empotrada á la puerta de la insigne Colegial: notable arquitecto, miembro que fué de la Comisión de monumentos de Santander,
(1) RiAÑo, Informe cit. de 2 de Marzo de i88q.
(2) En el Sem. Pm¿. Es/)., tomo de 1857, pág. 36 i , publicó Assas un grabado de la Colegidtx^ y en la 364, detalles del exterior de la misma, como ilustraciones de uno de sus artículos titulados Nociones /isonómíco-hísióricas de la arquitectura en España^ dedicado especialmente á los Monumentos de estilo románico desde el siglo X hasta el XIII, y en la cual concluye diciendo : «Sean ó no acertadas nuestras opiniones con respecto á las causas, es indudable que á fines del siglo xi y durante el xii y principios del xiii se erigieron en España edificios de estilo románico bastante mayores y de mejor gusto que los construidos en la época precedente.»—«Los grabados del presente número,— añade,— son todos ejemplares del estilo románico.))
(3) A pesar de esto, el Sr. D. Enrique de Leguina asegura que «no puede dudarse que su construcción se verificó en los siglos xi y xii, conservando,— dice,— rasgos característicos de uno y otro siglo, así como se encuentran, en algunos de sus adornos,— afirma no sabemos con qué fundamento,— yes//^zos de la influencia del gusto árabe, tan pujante por entonces en otras comarcas de nuestra España» (Hijos ilustres de la provincia de Santander, estudios biogrdjicos, Madrid, 187$, tomo que comprende biografías de D. Luís Vicente de Velasco, D. Ángel de Peredo y Villa y Juan González de Barreda, pág. 198).
encontrando entre las figuras de la portada la de San Benito, decía á la Central en 16 de Julio de 1845: «Bien claro está que siendo el origen de la Colegiata de Santillana una Abadía de Benedictinos, como se colige del San Benito que... está en el centro de su fachada, no podía ser el edificio anterior al santo, ni á la fundación de la orden, y por consiguiente en la lápida que hoy existe debió suprimirse, al copiarla de la antigua, alguna letra que significaría mucho en la fecha, y que ha sido causa de que se dé como muy cierta una cosa falsa», juzgando que la Colegiata «corresponde á la era 1325, fines del siglo xii (1), tanto porque su construcción coincide perfectamente con los principales caracteres de la arquitectura en aquella época que... ya se aproximaba al engrandecimiento de las Iglesias, cuanto porque es de creer que, al copiar la antigua lápida, dejaron de poner una M, que unida á lo demás, formarían la época indicada» (2).
Declarado monumento nacional, bien que no sea el único merecedor de tal distinción, según veremos, en la provincia de Santander, — al Estado toca no sólo cuidar de su conservación, sino restaurarlo, devolviéndole en lo posible su fisonomía propia y primitiva, para lo cual serán necesarios grandes dispendios y no corto tiempo ; encargado de tan superior trabajo nuestro Sr. tío D. Demetrio de los Ríos, á quien debe España la sublime Catedral leonesa, — si lo quebrantado de su salud lo consiente, (3) y si la penuria de la Hacienda lo permite, seguro es
(i) Á la era de 132$ corresponde el año del nacimiento de N. S.Jesucristo de I 287.
(2j Don Antonio de Zabaleta, Mem. ya cit. (Archiv. de la Acad. de Bellas Artes de San Fernando, Santander, legajo n.° 52). «D. Pedro Rodríguez de Campomanes supuso, en uno de sus escritos que corre impreso, que fué [la Colegiata] edificada en el año de Cristo de 287, aceptando como digna de fe una antigua inscripción fija en sus muros», — dice el Sr. Leguina en la pág. cit. de sus Hijos ilustres de la provincia de Santander.
(3) Ya no será el Sr. D. Demetrio de los Ríos el arquitecto encargado de obra tan necesaria como interesante: en el breve tiempo transcurrido desde que escribimos el presente capítulo hasta que le corregimos de pruebas, el arquitecto di-
que Santander podrá orgullosa algún día ostentar como timbre de gloria entre sus muchos y desconocidos monumentos, el de esta Colegiata famosa, cuyo claustro, en medio de la repulsiva impresión que produce el hallarlo convertido en cementerio, es inestimable museo por «la variedad y profusión de esculpidos capiteles que ofrecen rico» caudal interesante «de historias, leyendas, pasajes bíblicos, lacerías y dibujos», de tal naturaleza, que «cada uno de esos capiteles merecería una descripción artística, una estudiada relación de todos sus particulares y mínimos detalles», conforme dicen con justicia los escritores de la Montaña (i).
Al lado de esta joya maravillosa, todo palidece y se borra: por eso, lector, apenas si cuando contemplas los peregrinos ábsides de la Colegiata^ habrás parado mientes en el Palacio de los Velardes^ que da como la antigua Abadía por esta parte á la llamada Plaza de las Arenas ; y sin embargo, con sus resaltados blasones, con su ventanal ajimezado, y con su aspecto seductor y romántico, es creación al parecer del siglo xv, la cual, de una en otra generación, ha venido á parar en manos de los herederos de Juan García, quien no es el escritor que ha adoptado como pseudónimo tal nombre en sus obras, viniendo á concluir en definitiva, y según arriba indicamos, que á despecho del lapso de los siglos, á pesar de las reformas y de los trastornos que consigo han traído éstos, — Santillana, con sus edificios blasonados y mohosos, pero interesantes, con su celebrada Colegiata, su Palacio de Velarde, y el ambiente singular que respira, parece toda ella en su aspecto, espectro vivo de las poblaciones de la Edad Media, juzgando á cada paso aberraciones peregrinas los tranquilos vecinos que con sus trajes á la mo-
rector de las obras de restauración de la Catedral leonesa ha bajado al sepulcro, el día 27 de Enero del año actual de 1892, habiendo sido nombrado para reemplazarle en aquella gloriosa pero difícil empresa nuestro querido hermano D. Ramiro, á quien ahora corresponderá el intento de restaurar la Colegiata de S> antillana. (i) Escalante (D. Agabio), loco cit.
derna asoman á las puertas para examinarnos, ó discurren en silencio por las calles. Santillana pues, debe ser considerada como sepulcro donde duermen las memorias de grandeza de aquella edad, y con ellas la gigantesca figura del egregio Marqués, que aquí llaman de los Proverbios, y en quien se personifica una época entera de nuestra cultura literaria.